Un mensaje inspirados

El gozo y el crecimiento en el conocimiento de la verdad están estrechamente relacionados. Si crecemos en conocimiento útil, desarrollamos nuestras personalidades y habilidades. Jesucristo nos fijó la meta cuando dijo, «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.» (Mateo 6:48.) Este progreso hacia la excelencia es la esencia de la genuina felicidad y el gozo.
El Salvador es un ejemplo divino de crecimiento. Las Escrituras nos dicen que «el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.» (Lucas 7:40.) Cuando era un jovencito de doce años sus padres lo encontraron en el templo conversando con los sabios. Estos se hallaban admirados de su entendimiento y conocimiento. Todo lo que sabemos de él hasta que tuvo aproximadamente treinta años de edad, es que «crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.» (Lucas 2:52.)
El crecimiento hacia la excelencia parece estar basado en el mismo principio del crecimiento en la fuerza física y el poder. Todos sabemos que si dejamos que un músculo permanezca ocioso, pronto se vuelve débil e inútil. Por otra parte, el ejercicio desarrolla fuerza. Mientras mayor conocimiento de la verdad adquiramos, más grande será nuestra capacidad. Además, la adquisición de una verdad aumenta nuestro entendimiento, haciendo nuestra vida más interesante, hermosa y desafiante.
No obstante cuanto creamos saber acerca de la excelencia, nuestro conocimiento nunca estará completo. Nunca debemos dejar de aprender si queremos continuar jóvenes en mente y espíritu. Debemos buscar constantemente el crecimiento.
Este principio de buscar lo digno de alabanza y lo excelente se aplica no solamente a los miembros de la Iglesia sino también a la Iglesia como un todo.
La Iglesia busca aquellas cosas que sean de beneficio para el mundo y que traigan felicidad a toda la humanidad. Las experiencias de Jesucristo nos muestran las grandes potencialidades para el gozo y la libertad, si extendemos nuestra búsqueda de la excelencia y la verdad.
Miles de misioneros dan testimonio de la libertad que viene a ellos mientras desarrollan su fe para seguir al Señor. Un misionero, después de tres meses en el campo de la misión, se convenció de que no podía aprender un idioma extranjero. Aun escribió a la Primera Presidencia explicando que aunque él sabía que eran inspirados, seguramente en su caso había un error. La Primera Presidencia, con experiencia y familiarizada con tales problemas, demoró su respuesta, y cuando fue enviado, se hizo a través de su Presidente de Misión. Para cuando llegó, el misionero había descubierto que después de todo podía aprender realmente el idioma extranjero.
Antes de regresar a casa, se le pidió que diera un discurso en la rama más grande de la misión. Cuando terminó, uno de los miembros se volvió a la persona que estaba sentada a su lado y dijo: «No puedo creer que sea un extranjero. Habla mi idioma con mucha fluidez, y entendimiento. Parece como si no hubiera barreras en la comunicación. Es sorprendente que en dos años haya podido desarrollar tal excelencia, superando a muchos de mis compatriotas.»
La búsqueda de la excelencia y la verdad es un camino hacia la libertad.
























