Capítulo 21
MIEMBROS DEL REINO
DESEOSOS DE ESCUCHAR EL MENSAJE
«El que tiene oídos para oír, oiga.» (Mateo 13:9)
La enseñanza constituye una relación estrecha entre el maestro y el discípulo. Ni el Maestro habrá tenido éxito en sus enseñanzas sin una correspondencia atenta por parte de sus discípulos. A veces «estaba maravillado de la incredulidad de ellos.» (Mar. 6:6) Aunque generalmente todo el mundo escuchaba sus enseñanzas, se sintió impulsando a exclamar: «¡Ay de ti, Corazón! ¡Ay de ti, Bethsaida! porque si en Tiro y en Sidón fueran hechas las maravillas que han sido hechas en vosotras, en otro tiempo se hubieran arrepentido en saco y en ceniza.» (Mat. 11:21) Comprendiendo que sus discípulos en particular y la multitud en general podían pasar por alto la responsabilidad que el oyente tiene, cuando del procedimiento docente se trata, les dijo: «Oíd, he aquí, el sembrador salió a sembrar.» (Mar. 4: 3) Y entonces terminó con estas palabras de estímulo: «Si alguno tiene oídos para oír, oiga.» La parábola que a menudo conocemos como la Parábola del Sembrador debería más bien llamarse la Parábola de los Terrenos, ya que con ella Jesús seguramente deseaba recomendar a sus discípulos la necesidad de ser dóciles y aprovechar sus enseñanzas. A sus discípulos más íntimos les dijo: «Porque el corazón de este pueblo está engrosado, y de los oídos oyen pesadamente, y de sus ojos guiñan: para que no vean de los ojos, y oigan de los oídos, y del corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane. Más bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen.» (Mat. 13: 15-16) Entonces les dio la interpretación de la parábola.
El Sembrador y la Simiente. ― «La simiente es la parábola de Dios.» (Luc, 8: 11) «El que siembra es el que siembra la palabra.» (Mar. 4: 14) Probablemente Jesús pensaba en sí mismo mientras refería esta parábola; Él era el sembrador, la simiente era sus enseñanzas. Pero como estaba ilustrando un principio general, el sembrador podría ser cualquier maestro sincero que enseña principios verdaderos y quiere sembrar la palabra de Dios en el corazón de la raza humana. Desde luego, se da por sentado que el sembrador de que hablamos es hábil y que su simiente es de buena calidad. La dificultad existe en el terreno.
La Simiente que Cae Junte al Camino. ― «Y sembrando, parte de la simiente cayó junto al camino; y vinieron las aves, y la comieron.» (Mat. 13:4) El camino es una vereda muy transitada. Es posible que el terreno sea rico y profundo, pero desde hace años incontables peatones y burros cargados han dejado duro el suelo. La semilla no podía penetrar la tierra de estos caminos que abundaban en Palestina; y se quedan en la superficie, el viento se las lleva o los pájaros hambrientos se las comen.
Jesús sabía que entre la multitud había algunos que eran igual que un camino endurecido. En algunos, la vanidad y la arrogancia habían empedernido su corazón. En otros sus mentes habían perdido la perspicacia, porque las habían convertido en un camino libre a todo lo que quisiera pasar por ellas: tanto para las cosas frívolas como para las profundas es una vía libre. El hábito de la auto justificación había endurecido las almas de otros; el arado de la docilidad no había podido penetrar en el endurecido suelo que, de poder ser cultivado, habría sido terreno ideal para la simiente, Y así también, por falta de penetración, la palabra de Dios, destinada para el alma humana, es devorada por las aves del cielo, o el viento del desierto se la lleva.
El Terreno Poco Profundo. ― «Parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y nació luego, porque no tenía profundidad de tierra: más en saliendo el sol, se quemó, y se secó, porque no tenía raíz.» (Mat. 13:5-6)
Hay muchos lugares rocosos en los campos de Palestina. La piedra caliza emerge a la superficie, y así en medio del campo puede haber una sección de tierra poco profunda. Esta delgada capa de terreno tiene grosor bastante para poder recibir la simiente y permitirle germinar y brotar de la tierra, pero con tan poca profundidad y humedad, que se marchita y muere a causa del calor del sol.
Algunos de los que seguían a Jesús demostraron que eran como el terreno de poca profundidad. Uno de ellos dijo: «Señor, te seguiré dondequiera que fueres» (Luc. 9:57); pero este suelo que prometía tan buena cosecha tenía insuficiente profundidad para resistir la cruel realidad. «Las zorras tienen cuevas, y las aves de los cielos nidos; más el Hijo del hombre no tiene donde recline la cabeza.» (Luc. 9:58) Jesús sabía que entre los campesinos de Galilea había muchos que eran capaces de recibir provechosamente sus enseñanzas. Pero aunque al principio sus palabras los impresionaban, luego les faltaba la estabilidad que les habría permitido consagrarse enteramente al servicio del reino. Estaban dispuestos a ponerla mano al arado, pero después de haber abierto algunos surcos, lo abandonaban todo por alguna otra cosa que atraía su atención; preferían ir a pescar, quizás, Se les podría aplicar aquel dicho de «se marchan tan prestamente como vinieron». Sólo aquellos que llevan su cruz con entusiasmo y determinación podían resistir la marchitez causada por la pérdida de ánimo,
La Simiente que Cae Entre Espinas. ― «Y parte cayó en espinas; y las espinas crecieron y la ahogaron.» (Mat, 13; 7)
Sin duda que previamente habían limpiado el campo de toda espina y cardo, pero quedaron las semillas de estas hierbas. El terreno no era duro como el que se hallaba al lado del camino, ni carecía de profundidad como el que apenas cubría la piedra, sino rico y fértil, No obstante, entre los rebordes de los surcos se hallaban escondidas las simientes de los cardos y otros espinos que crecerían y ahogarían el grano bueno. ¡Buen suelo, buena simiente, echada a perder por la irrupción de plantas extrañas que la destruyen!
El Maestro nos dice que estas espinas, que crecen en el huerto del alma para ahogar la palabra de Dios, son los cuidados de este mundo y los engaños de las riquezas. Esto les ocurre a aquellos que han aceptado la palabra de Dios (no como el terreno al lado del camino) y han resistido en su juventud el sol ardiente de las burlas de los demás (no como el terreno de poca profundidad), Pero ahora que con la edad madura les han llegado los cuidados de este mundo, están demasiado ocupados para asistir a las reuniones de la Iglesia; los domingos tienen que preparar las vitrinas de sus tiendas; tienen que ir a la pesca los domingos, porque durante la semana estuvieron bastante ocupados y tienen que descansar; descuidan las reuniones de la Sociedad de Socorro para dedicarse a sus actividades sociales, visitar los amigos o ir al club; o ha llovido durante la semana y es preciso guardar el heno del campo el mismo domingo, Y si esto sucede con las señas visibles de la rectitud, es dable suponer que la justicia interior debe perjudicarse todavía más. Se dejan absorber completamente por los negocios, las recepciones sociales, sus terrenos, los cuidados que hay que dar al ganado. La codicia, la fiebre de riquezas y de placer toman el lugar que deberían ocupar el amor y el servicio al prójimo. Creen así poder salvar su vida y sus posesiones, pero en realidad todo lo pierden, porque uno no puede salvarse sin perderlo todo, sin sacrificarlo todo. Y esto puede acaecer tanto a los ricos como a los pobres: los pobres a causa de sus muchas preocupaciones y los cuidados de este mundo; y los ricos por su alocada manera de gastar, o su tacaña manía de amontonar riquezas,
La Buena Tierra. ― «Y parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cual a ciento, cual a sesenta, y cual a treinta. » (Mateo 13: 8)
En buen terreno, el maestro siembra la semilla de la verdad con entusiasmo y esperanza, sabiendo que habrá una cosecha, quizá no tan abundante como él esperaba, pero de todas formas producirá fruto, tal vez a treinta si no a ciento.
Esta parábola que Jesús dio a la multitud pero interpretó sólo para el pequeño grupo de sus discípulos más íntimos, es la respuesta a la pregunta que se le hizo de «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» (Luc. 13:23) La respuesta es, sí y la razón de ello es bien patente. No obtenemos la salvación porque alguien nos obliga a entrar en el reino; entramos en él únicamente porque así lo deseamos: se nos deja la libertad de escoger. El sembrador debe ser hábil, y la simiente debe ser de buena calidad; pero no hay cosecha sin tierra buena, ni la enseñanza puede ser fecunda a menos que el discípulo esté dispuesto a recibir el mensaje. Si la tierra es buena, pero la siembra fue mal hecha, es el maestro que tiene la culpa de ello, La enseñanza produce una plenitud de fruto cuando la siembra se hace bien, la simiente es buena, y la tierra es fértil ― es decir, cuando el maestro presenta diestramente un mensaje que es verdadero a discípulos que poseen la docilidad de espíritu suficiente para escucharlo atentamente y sacar provecho de lo que se les dice. Si el maestro entiende la realidad, sabrá que estas condiciones no pueden siempre estar al alcance de la mano. Aún el Maestro de maestros se vio limitado por la clase de terreno que tenía para trabajar. Tomen nota de esto todos los que desean aprender.
Referencias:
El sembrador y los terrenos: Mateo 13:3-9, 18-23; Marcos 4:2-8, 13-20; Lucas 8:4-8, 11-15.

























Hermosa enseñanza, me hace meditar muchas cosas
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Gracias por mandar discusos que ayudan en momentos difíciles GRACIAS
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Buenísimo los discurso
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Gracias bendiciones muy interesante es muy buen esquema y buena orientación para una mejor orientación de inteligencia espiritual gracias bendiciones saludos
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Esta bien gracias
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Me encanta que haya material para descubrir todo lo que se aprende acerca de esta frase. Está publicado el libro y acceciba para Uruguay?
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