Capítulo 27
EL REGOCIJO QUE RESULTA
DE HABER VUELTO A LA RECTITUD
«Pero era menester hacer fiesta y regocijarnos, porque este, tu hermano, muerto
era y ha revivido; se había perdido y ha sido hallado.» (Lucas 15:32)
Con las Parábolas de la Oveja Perdida y la Dracma Perdida, Jesús justifica su interés en los publícanos y los pecadores. Pero en la Parábola del Hijo Pródigo y el hermano mayor, describe una situación que permite a los escribas y a los fariseos el verse, no en el papel del padre del hijo pródigo, sino en el del hermano mayor. De esta manera el Maestro obliga a los que lo critican a examinarse a sí mismos. Pero muchos de sus oyentes estaban tan empedernidos que no comprendieron todo el sentido de la parábola, no obstante, dieron ocasión a que Jesús refiriera una de sus más hermosas parábolas.
Desearíamos aconsejar al lector que abriera su Biblia y leyera del Evangelio según S. Lucas 15: 11-32. Debería leer y releer esta magnífica historia en alta voz. Sólo de esta manera puede uno captar parcialmente su belleza. El amor admirable del padre por sus dos hijos hace de este pasaje uno de los mejores que jamás se ha escrito. El cementerio que vamos a ofrecerles seguramente ayudara un poco más a su comprensión, pero estamos seguros de que nada puede embellecer a esta parábola, más de lo que es ya.
El Hijo Pródigo. ― Este hijo ansiaba la libertad, más la libertad de la que podía disfrutar sin peligro. Examinaba el horizonte, y deseaba poder traspasar sus límites. Sentía inmensos deseos de conocer la vida detrás de las colinas de su país natal; ya no podía hallar solaz en la vida monótona y rutinaria de la granja. La libertad sin estorbos se convirtió para él en la base misma de la vida. El padre no ignoraba que esta fuerza interior, si el joven la empleaba con prudencia, podía obrar grandes cosas. Pero temía que lo contrario también pudiese suceder; sin embargo, como no sabía cómo contenerlo sin quitarle su libre albedrío, el padre consintió, a petición suya, en darle la parte de la herencia que le correspondía. Al padre se le partía el corazón, ¿pero qué más podía hacer? Algún día el hijo quizá volviese, más prudente, y tal vez no muy destruido su cuerpo y espíritu. Cuando su hijo se marchó, este padre amante se puso a orar por él, y nunca cesó de rogar por el retorno del viajero.
En un país lejano el hijo pródigo probó sus ideas acerca de la vida. Dio libre curso a los impulsos naturales de su juventud. Se desembarazó de todas las tradiciones familiares que podían impedírselo. Quería ser libre a toda costa.
El muchacho no conocía la vida. Había confundido libertinaje con libertad, y pronto descubrió que la tal pretendida libertad no le había conducido más que a la servidumbre. Su precipitación en obrar según su gusto y voluntad le llevó hacia aventuras para las que no estaba preparado. No había querido escuchar a nadie; no quiso que ninguno le enseñase nada; él solo, pues, iba a ser responsable de lo que le sucediera. Y no tardaron en resultar penosas consecuencias.
Por fin sucedió el mejor de todos los acontecimientos: recobró la razón. «Volvió en sí» dice hermosamente la Escritura. Por la primera vez desde que había dejado de ser un niño, comprendió que había sido muy tonto con su egoísmo. Por la primera vez desde hacía muchos años la luz empezó a iluminar su espíritu ―comprendió la necesidad de ser dócil, y dejar que aquellos de mayor experiencia le enseñasen las cosas del espíritu. El que estaba perdido iba pronto a ser hallado. El hijo pródigo se resolvió a volver a las colinas de su país, a la comunidad en que había sido criado, al hogar en donde se le amaba. Necesitaba silgo sobre qué apoyarse, en donde hallar abrigo y se apresuró a ir hacia su casa.
Su padre le estaba esperando; siempre lo había estado esperando, y nunca dejó de echarlo de menos. El hogar no estaba completo sin él; sin duda que algún día volvería. Y ese gran día llegó; el muchacho se acercaba a casa. «Y como aun estuviese lejos, violó su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y echó sobre su cuello, y besó.»
Y hubo regocijo y alegría. El que se hallaba perdido había vuelto por su propia voluntad. Ningún pastor había salido a buscarlo por las montañas; ni mujer alguna había barrido el suelo y buscado en todos los rincones. El muchacho había vuelto porque al fin la luz había penetrado su mente.
El hijo pródigo fue perdonado. No sólo perdonó al hijo el padre, sino que le devolvió todos sus privilegios. «Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies.» El hogar iba a entrar en novedad de vida ― lo que estaba perdido había sido hallado; el muchacho estaba perdonado, y podía de nuevo gozar de sus privilegios.
El Hermano Mayor. ― Este hijo no había abandonado el hogar para «desperdiciar su hacienda viviendo perdidamente.» Era fiel y cumplidor en sus deberes, y el día en que regresó el hijo pródigo volvió tarde a la granja, después de su trabajo. Vio en su hermano Únicamente maldad ― un hermano que había desperdiciado su hacienda, y vivido perdidamente.
Con estos pensamientos llegó a la escena de la alegría y el regocijo que debía presentar la granja. Cuando le dijeron que su hermano había vuelto, y que el padre estaba celebrando el acontecimiento, no quiso entrar y participar en el regocijo, y salió solo. «Se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Más él respondiendo, dijo al padre: He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: Más cuando vino este tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras has matado para él el becerro grueso.»
«El hijo mayor, cegado por una cólera egoísta, no quiso escuchar al padre que le decía: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas,’ y con el corazón endurecido por el resentimiento no se dejó conmover por la expresión de amor y emoción que salió del corazón del padre: ‘Este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado.’
«No hay justificación para elogiar el arrepentimiento del hijo pródigo más que la fidelidad y el exacto cumplimiento de su hermanos que no se había ido de su hogar, sino que había sido leal a las obligaciones que se le habían impuesto. Este hijo devoto era el heredero; el padre no menospreció sus méritos, ni negó sus virtudes. Su enfado al ver el retorno de su hermano, y el regocijo que causó a su padre fue demostración de un espíritu mezquino; pero de los dos hermanos el mayor fue el más fiel, sean cuales fueren sus defectos. Lo que el Señor quería hacer resaltar en la parábola fue la falta de caridad, el débil egoísmo humano del hermano mayor.
«Los fariseos y escribas, a quienes se relató esta obra maestra de narración ilustrativa, deben haberla aplicado a sí mismos. El hermano mayor, dedicado laboriosamente a la vida rutinaria, haciéndolo todo a través de reglas aprendidas de memoria, sin vida, era el tipo perfecto que los representaba cabalmente, con su falta de interés por todo, excepto por ellos mismos, sin misericordia ni compasión por un publicano arrepentido o un pecador contrito. Con esta clase de personas nada tenían que ver, ni querían oír hablar de acogerlos con amor; aunque para el Padre indulgente y misericordioso pudieran ser «este tu hijo», nunca los aceptarían como a hermanos suyos. Poco les importaba quién o cuántos se perdiesen, en tanto que el regreso de estos pródigos arrepentidos no alterase su derecho de mayorazgo y posesión, Pero la parábola no era para ellos únicamente. Contiene una lección fecunda y eterna, digna de ser meditada en toda época. No hay una sola palabra de excusa en favor de los pecados del hijo pródigo, porque el Padre no puede mirar el pecado con el más mínimo grado de indulgencia, pero por el arrepentimiento de un pecador y la conversión de un alma. Dios y todos sus ángeles se regocijaron.»
La Obra Maestra. ― Con la descripción del padre, Jesús estaba pintando un cuadro perfecto de Dios, Nos lo representa, no aprobando la falta de rectitud interior o exterior, sino al contrario, regocijándose como Padre amante que es, en que un descarriado vuelva a la rectitud. El Maestro había logrado con ello su obra maestra.
Referencias:
Parábola del Hijo Pródigo: Lucas 15: 11-24
Parábola del Hijo Mayor: Lucas 15:25-32

























Hermosa enseñanza, me hace meditar muchas cosas
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Gracias por mandar discusos que ayudan en momentos difíciles GRACIAS
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Buenísimo los discurso
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Gracias bendiciones muy interesante es muy buen esquema y buena orientación para una mejor orientación de inteligencia espiritual gracias bendiciones saludos
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Esta bien gracias
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Me encanta que haya material para descubrir todo lo que se aprende acerca de esta frase. Está publicado el libro y acceciba para Uruguay?
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