Nuevas de Gran Gozo para todo Pueblo

Capítulo 35
LA HUMILDAD

«Porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.»
(Lucas 14:11)

Jesús había sido invitado a comer en casa de Simón el Fariseo. Al llegar, se dio cuenta del afán de todos por obtener los mejores asientos en el banquete, intentando cada uno de los invitados lograr el lugar de mayor prominencia, el sitio mejor situado de la mesa. Vio en esta patente muestra de grosería la oportunidad de hacer resaltar una virtud indispensable para la vida buena. Hubiera sido impropio hacerles observaciones sobre su conducta mientras estaban sentados a la mesa; pero sí se atrevió a referirles una parábola a propósito para el caso, aunque sin hacer referencia a la cena de que tomaban parte, sino a un banquete de bodas. Siempre alerta y dispuesto a enseñar el evangelio del reino, Jesús no dejaba escapar una sola oportunidad de presentar alguna enseñanza. Lo que pudo haber sido un simple comentario sobre los modales que es preciso observar cuando se come en la mesa, se tornó en inmortal parábola sobre una de las cualidades del carácter y del espíritu que debe prevalecer en el reino de Dios.

La Parábola de los Primeros Asientos. «Cuando fueres convidado de alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más honrado que tú esté por él convidado.» (Lucas 14:8-11)

Jesús evocaba así una situación en la que casi todos los presentes se habían encontrado alguna vez en su vida. Era fácil acordarse de todos los detalles de la celebración. «El banquete de bodas constituía el gran acontecimiento de una aldea, y toda la gente importante del lugar estaba invitada a participar en él. Los preparativos duraban semanas, no solamente por parte del huésped sino también de los convidados. Era preciso sacar los vestidos de los arma ríos, plancharlos, arreglarse el cabello y limpiar las joyas. Se trataba de un acontecimiento realmente importante porque era probablemente la única oportunidad que se iba a presentar durante mucho tiempo de mostrar a los demás la prosperidad de los negocios. El éxito social traía consigo el éxito en la vida corriente; por esto todos querían estar lo mejor situados que les fuera posible durante el banquete.

«Llega el día del banquete. Todos acudimos llenos de un íntimo sentimiento de nuestra propia importancia, y nos apresuramos a ocupar los asientos situados a la cabecera de la mesa, sin hacer caso de los que están lejos del huésped. Aún hacemos menos a los antiguos y buenos amigos, en el afán de encontrar buenos lugares. Por fin nos sentamos en los lugares tan deseados, con la satisfacción interior de haber obtenido un lugar distinguido e importante.

«De pronto hay confusión por todas partes. Un siervo va a comunicar a su amo; ‘Señor, los sitios que se habían preparado para tus convidados de honor, están ya ocupados. ¿Qué debo hacer?’ El amo dice; ‘Ve en seguida y prepara otros asientos para éstos, a fin de que mis invitados de honor puedan sentarse en el lugar que les corresponde.’ Mortificados, llenos de pena y rubor nos vemos obligados a sentarnos en los más humildes asientos, porque todos los demás ya estaban ocupados.»

Por eso dice Jesús; «Cuando fueres convidado, ve y siéntate en el postrer lugar; porque cuando viniere el que te llamó, te diga:

Amigo, sube arriba: entonces tendrás gloria delante de los que juntamente se asientan ala mesa. Porque cualquiera que se enzalsa, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.»

La Parábola del Fariseo y del Publicano. En la parábola de los primeros lugares, Jesús les dio una lección acerca de la humildad tal y como debe encontrarse en las relaciones humanas. En la parábola del fariseo y del publicano (Lucas 18:9-14), de nuevo les habló sobre la humildad, pero esta vez tal y como debemos encontrarla en las relaciones entre Dios y el hombre. Esta parábola está cuidadosamente construida para presentar un contraste manifiesto. Los dos personajes que la componen son sinceros. Cada uno quiere conseguir, mediante su oración, una ventaja personal. El fariseo tiene la reputación de ser un hombre bueno, mientras que el publicano lleva sobre sí el estigma del hombre inicuo; el fariseo no ve en sí mismo más que la rectitud; el publicano únicamente culpabilidad, Jesús escribe este contraste de una manera magistral.

En su oración, el fariseo empieza diciendo: «Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.»

La oración del publicano es realmente corta. Humildemente, «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo», y con un alma arrepentida, exclama: «Dios, sé propicio a mí, pecador.»

La oración del fariseo no era una oración de acción de gracias. Es verdad que había dicho, «Te doy gracias», ¿pero de qué? Estaba agradecido, no por las bendiciones de Dios, sino por el privilegio de poder exhibir todas sus virtudes a los ojos del cielo. Lleno de orgullo, habló de todas las faltas que no había cometido; todas sus virtudes eran de omisión, ¿Y sus virtudes de comisión? También tema una lista: Ayunaba con más frecuencia de lo que se le exigía, pagaba el diezmo de todo lo que poseía, aun de los productos de su huerta, como la menta, el anís y el comino, de lo que estaba exento por la ley. (Deut. 14:23) Su lista era impresionante; sin embargo, ¿qué se podía decir de su rectitud interior? Le faltaba la humildad; estaba completamente satisfecho de sí mismo. Había llegado más lejos que los demás hombres, y estaba muy contento de ello; pero ¿por qué no alcanzó el reino de los cielos? Porque no era de aquellos que son pobres de espíritu, de los que siempre están dispuestos a aprender, a hacerse mejores.

El publicano tenía la reputación de ser pecador. No podía exhibir ante el cielo una lista de sus virtudes. Todo lo que podía hacer era venir a Dios con un alma arrepentida, con un ferviente deseo de obtener su perdón. Este era su propósito, no el de catalogar ante Dios todas sus bondades. Las manifestaciones de su rectitud exterior no eran buenas; su profesión de publicano hacia que esto fuese imposible ante los ojos de los hombres; pero su justicia interior era sin duda mejor, ya que Dios podía ver a través de las manifestaciones externas. Hablando del publicano, dijo Jesús: «Os digo que éste descendió justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.»

La Humildad. «La docilidad, la buena voluntad y la humildad se manifestaban en Jesús en su gustosa sumisión a la voluntad de Dios, en su disposición de frecuentar los pobres y aun los pecadores que necesitaban la inspiración para poder vivir una vida mejor, y en el hecho de que siempre estaba dispuesto a servir a sus discípulos como si fuera el menor entre ellos. Y sin embargo, estas cualidades no le impedían tener el valor y el ánimo para predicar la verdad tal y como El la comprendía; no vacilaba en redargüir a los orgullosos fariseos y doctores de la ley, que dependían casi exclusivamente de lo que la ley y la tradición decían, descuidando lo más importante de la vida religiosa.

«Desgraciadamente, muchas personas bien intencionadas, generalmente gente respetable, no pueden evitar el poseer un cierto sentimiento de orgullo que les hace sentirse ofendidos cuando se les llama la atención a sus errores. Aparentemente, no quieren creer que nunca puedan cometer errores. Esta pretensión, inconsciente sin duda, de infalibilidad es la mejor garantía de que repetirán sus equivocaciones indefinidamente. Hay otras personas que no pueden soportar ninguna observación por parte de sus «subordinados», de los que probablemente podrían aprender muchas cosas si hubiesen cultivado en ellos las cualidades que se nos recomiendan en las bienaventuranzas.

«Luego hay los dogmáticos, que tanto existen entre los hombres de ciencia, como entre los teólogos, y aun entre los ignorantes. Son espíritus que se han aferrado a cierta teoría, y entonces rechazan cualquier otra que les parece ir en contra de ella. No sólo perjudican su propio progreso, sino que llegan a perjudicar el progreso del mundo y de todo aquello sobre lo que pueden tener influencia.

«Evidentemente el remedio para estos males consiste en cultivar la costumbre de ser liberales en sus miras, tener entusiasmo perla verdad, la rectitud y la costumbre de decidirse a actuar después de haber considerado las mejores razones para ello en toda ocasión que se presente. El hecho de que hay fanáticos que a menudo manifiestan gran entusiasmo por lo que en su estrechez de miras consideran la verdad, no es razón para que los espíritus tolerantes que han comprendido la verdad desconfíen del entusiasmo, o que este entusiasmo los provoque a perseguir a otras personas que poseen diferentes convicciones.»

Referencias:
La parábola de los primeros asientos: Lucas 14: 7-11
La parábola del fariseo y del publicano: Lucas 18: 9-14.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

6 Responses to Nuevas de Gran Gozo para todo Pueblo

  1. Avatar de Victor Rubén Rosales Sánchez Victor Rubén Rosales Sánchez dice:

    Hermosa enseñanza, me hace meditar muchas cosas

    Me gusta

  2. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Buenísimo los discurso

    Me gusta

  3. Avatar de Maria Montes Maria Montes dice:

    Gracias bendiciones muy interesante es muy buen esquema y buena orientación para una mejor orientación de inteligencia espiritual gracias bendiciones saludos

    Me gusta

  4. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Esta bien gracias

    Me gusta

  5. Avatar de Norma milar Norma milar dice:

    Me encanta que haya material para descubrir todo lo que se aprende acerca de esta frase. Está publicado el libro y acceciba para Uruguay?

    Me gusta

Deja un comentario