Capítulo 36
EL PERDONAR Y EL SER PERDONADOS
« Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores.» (Mateo 6:12)
La capacidad de nuestro Padre Celestial para perdonar y amar no tiene límites. Sin embargo, el amor que tiene por sus hijos y el perdón que les concede, depende de ellos mismos. El hijo que, al orar a su Padre, regatea en lugar de rogar, le quita la oportunidad de mostrarle su amor; el hijo que no se arrepiente ni perdona evita a que el Padre lo perdone. El amor y el perdón parecen crecer y disminuir al mismo tiempo; cuanto más hay que perdonar tanto mayor es el amor que se necesita. (Lucas 8:47) El que no reflexiona podrá deducir de ello que es preciso pecar mucho para que el amor se pueda mostrar en abundancia; pero el que llega a tal conclusión, olvida que el perdón que el Padre otorga queda limitado por el arrepentimiento de la criatura, y su propia disposición en perdonar. Jesús ha hecho resaltar estas verdades en parábolas. La parábola de los dos deudores (Lucas 7:40-49) hace resaltar la necesidad de arrepentirse antes de recibir el perdón, y la necesidad de sentirse agradecido después de haber sido perdonado. La parábola del siervo malvado (Mateo 18:21-35) preséntala relación que debe haber entre el perdonar a los demás y el ser perdonado uno mismo.
La Ocasión de la Parábola de los Dos Deudores. ― Esta parábola tiene como fondo un acontecimiento dramático que tuvo lugar en casa de Simón el Fariseo. A Simón no le gustaba la costumbre que Jesús tenía de frecuentar a los pecadores y los pobres; sentía simpatía por Jesús, aun cuando no estaba dispuesto a abandonar su devoción por la ley y seguir a Jesús al reino; sin embargo, su amistad por Jesús lo instaba a perdonar lo que consideraba como indiscreciones por parte de Jesús. Un día, mientras estaban comiendo en casa de Simón el Fariseo, entró una mujer que venía de la calle. (Lucas 7: 36-50) Los extraños podían entrar y salir durante una comida, y se colocaban almohadones a lo largo de las paredes para que los visitantes pudieran descansar mientras conversaban con los invitados. Pero Simón se asombró en gran manera cuando reconoció a la mujer. Todo el mundo la conocía en el pueblo como pecadora. ¿Cómo quedaría su reputación de huésped después de la visita de aquella mujer? Creía que se sentaría en el lugar acostumbrado; pero no, buscó el lugar donde estaba Jesús, y le ungió los pies. !Qué mortificado se sentía Simón!
Esta mujer había pecado, pero deseaba encontrar de nuevo la pureza que había perdido. Habiendo caído en los pecados de la carne, se había vuelto tan notoria pecadora que los jefes religiosos de su pueblo le habían cerrado las puertas de la morada de Dios. En su beata rectitud se envolvían más con su ropa y cruzaban al otro lado de la calle para evitarla. Pero un día, sin duda, se encontró entre la multitud a la que Jesús estaba hablando; sintió el amor de Dios y su misericordia; parecía como si el camino que la llevaba hacia el Padre de amor se le había abierto de repente, y su verdadero yo, que aborrecía el pecado, quiso obtener el perdón de Dios. ¿Y de que otro modo mejor podía mostrar su arrepentimiento, que manifestando su gratitud hacia el buen pastor que la había encontrado, perdida en el valle del pecado? Al acercarse a Jesús, prorrumpió en lágrimas. Para ocultar sus lágrimas y sus besos, soltó sus trenzas, y con todo cariño besó los pies del Maestro una y otra vez. Secó sus contritas lágrimas con su pelo, y tiernamente ungió sus pies con óleo.
Cuando Simón vio aquellas cosas, quedó completamente desconcertado, y se dijo para sí: «Si este hombre fuera profeta, conocería quién y cuál es la mujer que le toca, que es pecadora.»
Pero Jesús, adivinando sus pensamientos, le dijo: «Simón, una cosa tengo que decirte.» Y Simón, contento de recibir una explicación, dijo: «Di, Maestro.»
La Parábola de los Dos Deudores. «Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos de qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de éstos le amará más?» (Lucas 7:41-42)
Fue una parábola muy corta, pero hizo reflexionar a Simón. «Y respondiendo Simón dijo: Pienso que aquel al cual perdonó más.» «Rectamente has juzgado» ― replicó Jesús ― y vuelto a la mujer, dijo a Simón: «¿Yes esta mujer? Entré en tu casa, no diste agua para mis pies. . . o más esta desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con óleo; mas esta ha ungido con ungüento mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados son perdonados, porque amó mucho; más al que se perdona poco, poco ama,
«Y a ella dijo: Los pecados te son perdonados. . . Tu fe te ha salvado, ve en paz.» (Lucas 7:40-50)
Esta mujer había pecado mucho; por ello era preciso que se le perdonara mucho. Pero el perdón no se basaba en la gravedad del pecado, sino más bien en la sinceridad de su fe y de su arrepentimiento. De manera que la fe y el arrepentimiento nos consiguen el perdón, y dan a Dios la oportunidad de mostrarnos su amor. La mujer podía amar mucho y aceptar de Dios mucho amor bajo la forma de perdón; no porque había pecado mucho, sino porque tenía una fe grande en Jesús y se arrepintió mucho. Por otra parte, Simón, que no reconocía todas sus imperfecciones, se arrepentía poco, amaba poco, y daba a Dios pocas ocasiones de demostrarle su amor y su perdón.
Jesús ha querido hacernos comprender ― lo mismo que a Simón ― que la relación entre el perdón y el amor es que crecen y disminuyen al mismo tiempo. Pero también ha querido enseñarnos que el perdón, basado en la fe y el arrepentimiento, puede también ser muy grande aun entre los justos. Todos somos pecadores, respecto de Dios de manera que no nos es preciso transgredir las leyes de Dios para obtener el amor de Dios. Siempre hay numerosas ocasiones para fortificar nuestra fe y obtener el amor y el perdón de Dios.
La Parábola del Siervo Despiadado. ― El perdón de Dios no conoce más límites que los que le imponen los pecadores mismos. Estos límites quedan determinados por la manera en que los pecadores producen «frutos dignos de arrepentimiento». Los límites que se traza a sí mismo el pecador no pueden quedar borrados por el simple gesto de un sacerdote. Ni tampoco puede perdonarse a sí mismo; esto es prerrogativa divina; pero sí puede dar a Dios la ocasión de perdonarlo, yendo hacia El con un corazón contrito y un espíritu humilde.
Ha dicho Jesús; «Si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial. (Mateo 6; 14) No vayamos a creer que, para obtener el perdón, nos bastará con perdonar a los demás, como si estuviésemos haciendo una especie de transacción comercial, Pero sí perdonamos sinceramente” a los otros sus transgresiones, los «frutos dignos de arrepentimiento» madurarán en el árbol de la vida para nosotros. Prosiguiendo, dijo Jesús; «Más si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.» (Mateo 6:15) En otros términos, el verdadero arrepentimiento quitará del corazón humano la tendencia a no perdonar.
«Entonces Pedro, llegándose a él, dijo: «Señor, cuántas veces perdonaré a mi hermano que pecare contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dice; No te digo hasta siete, más aun hasta setenta veces siete.» (Mateo 18:21-22)
Pedro estaba dispuesto a extender el número de veces que iba a perdonar, más allá de las tres tradicionales, aun hasta siete, pensando sin duda que el Maestro iba a quedarse favorablemente impresionado por su magnanimidad, Pero Jesús le hizo comprender que el perdón no se distribuye en pequeñas dosis, como si fuera un remedio, sino que debe fluir como un espíritu que no reconoce medida alguna sino la que le impone el mismo pecador que debe recibirlo.
En la parábola del siervo despiadado, cierto rey llama a cuentas a sus siervos. Le traen a uno que le debe mil talentos ― una cantidad que era igual a lo que toda Palestina pagaba cada año como impuestos. Como este siervo no pudo pagarle la deuda, él, su mujer, sus hijos y todas sus propiedades tenían que ser puestos a la venta para subsanar lo debido. «Entonces aquel siervo, postrado le adoraba, diciendo; Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo”, El señor, movido a misericordia de aquel siervo, le soltó y le perdonó la deuda.» (Mateo 18; 26-27)
El siervo, una vez perdonado, pensó en llamar a cuentas a sus propios deudores, y descubrió que uno de sus consiervos le debía cien denarios. «… Y trabando de él, le ahogaba, diciendo; Págame lo que debes.
«… Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo» el consiervo le rogaba. Pero el otro siervo, con el corazón empedernido, le Hizo echar en la cárcel. Los amigos del encarcelado notificaron al rey el acto despiadado del siervo a quien le había perdonado la deuda de mil talentos. Lo hizo llamar y le dijo; «Siervo mal vado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste; ¿no te convenía también a ti tener misericordia de tu consiervo, como yo también tuve misericordia de ti?»
Y entregó en manos de los verdugos al hombre que había sido perdonado, pero que no había querido perdonar. Se espera que, atormentado por el remordimiento de su conciencia culpable, el siervo despiadado alcanzó a darse cuenta que se había mostrado indigno del perdón que le habían otorgado porque él mismo no había querido perdonar.
Referencias:
La Parábola de los dos deudores; Lucas 7; 40-49
La parábola del siervo despiadado (malvado); Mateo 18; 21-35.

























Hermosa enseñanza, me hace meditar muchas cosas
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Gracias por mandar discusos que ayudan en momentos difíciles GRACIAS
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Buenísimo los discurso
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Gracias bendiciones muy interesante es muy buen esquema y buena orientación para una mejor orientación de inteligencia espiritual gracias bendiciones saludos
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Esta bien gracias
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Me encanta que haya material para descubrir todo lo que se aprende acerca de esta frase. Está publicado el libro y acceciba para Uruguay?
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