Capítulo 37.
EL VERDADERO AMOR HACIA EL PROJIMO
«¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que
cayó en manos de los ladrones?
Y él dijo: El que tuvo misericordia de él. Entonces Jesús le dijo:
Ve y haz tú lo mismo.» (Lucas 10:36-37)
Los fariseos no dejaban escapar nunca la ocasión de enredar a Jesús, en algún punto doctrinal o pasaje de la ley para poder acusarlo, Si podían humillarlo ante el pueblo, su popularidad disminuiría como consecuencia. Si podían demostrar que predicaba falsas doctrinas, podrían llevarle ante los tribunales. Además, también había personas que deseaban argumentar con el famoso Maestro sólo para probar su propia fuerza, y darse a conocer a todos como gentes de gran poder oratorio.
La Ocasión de la Parábola del Buen Samaritano. ― Cierto doctor de la ley «se levantó de entre la gente que se había congregado para escuchar a Jesús, y le pregunto; Maestro, ¿qué haré para al cansar la vida eterna?’ Como respuesta, Jesús le hizo otra pregunta, dando a entender claramente que si este hombre, versado en la ley, la hubiese estudiado detenidamente, sabría lo que era preciso hacer, sin tener necesidad de preguntarlo. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?’ El hombre le respondió con un admirable resumen de los mandamientos: ‘Amarás al Señor, tu Dios, de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas y de todo tu entendimiento, y a tu prójimo como a ti mismo.’ Le dijo Jesús: ‘Bien has respondido. Haz esto, y vivirás.’ Estas sencillas palabras contenían un reproche, como el doctor de la ley, sin duda comprendió, hacían resaltar más el contraste entre saber una cosa y hacerla. Habiendo fracasado así en su propósito de poner al Maestro en un aprieto, y dándose cuenta de que, para un doctor de la ley, acaba de hacer un papel bien triste, preguntando una cosa tan sencilla y respondiéndola él mismo, intentó desquitarse, y para justificarse preguntó: ‘¿Y quién es mi prójimo?’ Debemos sentirnos agradecidos por la pregunta del doctor de la ley, ya que dio al Maestro la oportunidad de presentar una de sus más estimadas parábolas.» (Jesús the Christ de Talmage, págs, 429, 430)
La Parábola del Buen Samaritano. ― «Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó.» (Lucas 10:30-36) Atravesaba un abrupto desfiladero, que bajaba de la cumbre hasta el llano. Los bandoleros que habitaban en las cavernas que había por allí constituían una grave amenaza, y a tal grado, que una, sección del camino se llamaba el «sendero sangriento». Este hombre, probablemente un judío de Jerusalén, cayó en manos de estos beduinos y lo hirieron, lo despojaron de todo lo que llevaba, y lo dejaron medio muerto en el camino.
Había muchos sacerdotes y levitas que vivían, en Jericó, A veces hacían el viaje a Jerusalén. «Y aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, se pasó de un lado.» Sí el herido hubiese sido un amigo, o un miembro de su propio grupo, el sacerdote se hubiera sentido obligado a ayudarle; pero si se trataba de un gentil, o de un samaritano, entonces no sentía ninguna obligación hacia él. Tenía prisa, debía celebrar un servicio religioso a una hora determinada, y sólo este deber era importante para él. Así, pues, dejó solo al pobre infortunado, y tranquilizó su conciencia diciendo que el herido era un extraño para él, y no precisaba dar le ayuda, de acuerdo con la ley.
«Y asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, se pasó de un lado.» Siendo quizá más amistoso por naturaleza que el sacerdote, podía acercarse a mirar más de cerca al herido, y todavía retirarse con la conciencia tranquila. Lo mismo que el sacerdote, estaba obligado por la ley a ayudar a un vecino, a un conocido, pero ciertamente este herido debía ser algún extraño ―al fin y al cabo, poco importaba― puesto que había otros deberes importantes que debía cumplir, deberes religiosos naturalmente.
Pero un samaritano, un disidente religioso con respecto al sacerdote y al levita, «viniendo cerca de él, y al verle, fue movido a misericordia; y llegándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino y poniéndole sobre su cabalgadura, llevóle al mesón, y cuidó de él. Y otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gaste de más demás, yo te lo pagare cuando vuelva.» (Lucas 10: 35-36)
Tal fue el relato hecho por Jesús, Había llegado el momento de preguntar otra cosa al doctor de la ley: «¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones?» El doctor de la ley, no queriendo designar directamente al samaritano, lo evitó diciendo: «El que usó con el de misericordia.»
El último cometario de Jesús fue sencillo y claro: «Ve, y haz tú lo mismo.»
¿Quién Es mi Prójimo? La ley exigía: «Ama a tu prójimo como a ti mismo. » La obediencia a la ley ocupaba toda la vida de los escribas y los fariseos. En este espíritu de conformismo muchos ayunaban más de lo que la ley requería, y otros pagaban el diezmo de la menta, el anís y el comino, que tampoco les requería la ley. Pero estos formalistas hipócritas no se preocupaban mucho de dar ayuda a sus semejantes, y así para ellos la palabra prójimo no se aplicaba ni a los gentiles ni a los samaritanos, con quienes no concordaban religiosamente.
El doctor de la ley suponía que Jesús le iba a dar una regla más precisa. Quería palabras definidas. No quería llevar a cabo deber alguno a menos que fuese esencial para la salvación. Le hubiese gustado que Jesús redujera el sentido de la palabra «prójimo» para poder así verse obligado a amar a menos personas. No estaba buscando el medio de ayudar a los demás, sino el de ganar el cielo lo más fácilmente posible. Admitir una extensión del significado de la palabra «prójimo» habría sido para él motivo de sufrimiento; porque le hubiera sido preciso hacer un esfuerzo para poner sus acciones de acuerdo con un ideal. Había ido a Jesús con la esperanza de aligerar su carga religiosa; se marchó comprendiendo que era preciso trabajar duro para obtener la rectitud.
El Verdadero Amor Hacia el Prójimo. ― El amor del prójimo no tiene límites. No solo se extiende de una casa a otra, de calle a calle, sino también de ciudad a ciudad y de un país a otro. El que ama a su prójimo, sólo espera la oportunidad de ayudar a sus semejantes. El levita se acercó un poco más que el sacerdote para mirar al herido, pero no por ello le ayudó más que el otro. El amor del prójimo no crece acercándonos más a las opiniones de los demás, sino sintiendo un sincero deseo de ayudarlos; no es el deber particular de una raza o credo. El samaritano encontró a «cierto hombre»; no se fijó en el color de su cabello, ni en la forma de su nariz; vio en él un hombre que necesitaba ayuda, y se la prestó. No basta con mostrarse obsequioso para demostrar que se ama al prójimo. Hay muchos que parecen desplegar gran actividad ayudando al prójimo, siempre solícitos, pero que no hacen nada; hay pocos que saben comprender realmente cómo hay que ayudar a los demás sin vanas demostraciones. El amor hacia los demás debe mostrarse con hechos personales. Es fácil tomar el teléfono y encargar a un florista que lleve un ramo de flores a un amigo, y luego pasarle la cuenta a otro, Es verdad que este acto es mucho mejor que si no se hubiera hecho nada; pero una llamada o visita personal al amigo, por ejemplo, hubiera hecho que las flores le parecieran más fragantes a éste, a causa de la amistad que le mostraba el que se las envió.
Es Preciso Unirse para Ayudar a los Demás. ― A menudo no podemos, nosotros solos, ayudar tanto como deberíamos hacerlo.
A menudo también aquellos que quieren ayudar solos, desean únicamente hacer gala de su bondad o bien cuando ayudan a alguien, éste se siente para siempre ligado a ellos por los lazos del agradecimiento. El amor al prójimo, cuando se trata de un esfuerzo unido, como por ejemplo, el Plan de Bienestar de nuestra Iglesia, puede ser de gran ayuda a una comunidad. El plan de la Iglesia tiene un propósito doble:
«Primero, socorrer a los necesitados. No debemos permitir que haya quien sufra por falta de alimentos, vestidos, combustible, o habitación, sobre todo, si estos miembros son dignos de nuestra ayuda y no pueden procurarse estas cosas por sí mismos, sin la ayuda de la asistencia pública.»
«Teniendo en cuenta que la ociosidad es una calamidad y que es preciso sostenerse a sí mismo para conservar el respeto por sí mismo, los dirigentes de la Iglesia proponen que el Plan de Bienestar cumpla este segundo objeto:
«Nuestro propósito mayor es establecer, basta donde sea posible, un sistema en el cual la ociosidad pueda desaparecer, acabar con la plaga de la humanidad que es la limosna., y devolver al individuo el respeto de sí mismo, alentando al mismo tiempo el ahorro índividual. El objeto de la Iglesia es el de ayudar a la gente a ayudarse a sí misma. El trabajo debe ser la regla suprema de los miembros de la Iglesia.» (Véase el folleto, «What Is the Mormon Church Welfare Plan»)
Referencias:
La parábola del buen samaritano: Lucas 10:25-37.

























Hermosa enseñanza, me hace meditar muchas cosas
Me gustaMe gusta
Gracias por mandar discusos que ayudan en momentos difíciles GRACIAS
Me gustaMe gusta
Buenísimo los discurso
Me gustaMe gusta
Gracias bendiciones muy interesante es muy buen esquema y buena orientación para una mejor orientación de inteligencia espiritual gracias bendiciones saludos
Me gustaMe gusta
Esta bien gracias
Me gustaMe gusta
Me encanta que haya material para descubrir todo lo que se aprende acerca de esta frase. Está publicado el libro y acceciba para Uruguay?
Me gustaMe gusta