Capítulo 14
Adder tenía los nervios de punta. Andaba de un lado a otro como un tigre enjaulado, —comprobando todas las ventanas, y repitiendo el proceso un minuto después. Estaba llegando al límite de su paciencia. La niña más pequeña —Bernadette— estaba chillando a todo pulmón, y ninguno de los esfuerzos de su madre hacían que la mocosa se callara de una vez. Le faltaba muy poco para solucionar el problema de una vez por todas. Adder temía que los gritos de la niña hicieran que cualquier enemigo oculto se desesperase por atacar y acelerase sus intentos de rescate. ¿Y si se los cargaba a todos? Su AK podía encargarse de ello con una sola pasada. ¿Quién se enteraría? En la retorcida mente de Adder, esta familia se había convertido en una carga insoportable, un peso muerto del que tenía que deshacerse desesperadamente. Su propia vida estaba en peligro por el simple hecho de que estaban vivos, y morir en este fiasco era una conclusión inaceptable.
Corinne continuó tratando de calmar a Bernadette y al resto de los niños. Presentía el aumento de los nervios en el delincuente. Tenía el cuello de la camisa saturado de sudor, y le temblaban las manos. Justo cuando pensaba que la situación no podría empeorar, Tessa empezó a llorar casi tan alto como Bernadette.
Adder apuntó el arma a la cara de Tessa.
—¡CÁLLATE! —entonces apuntó a Corinne—. ¡Señora, haga que se callen o le juro que…!
Corinne estaba a punto de romper en lágrimas, tirarse al suelo de rodillas y empezar a suplicar clemencia, pero en ese momento desvió los ojos hacia las escaleras: un ruido acababa de llegar del primer piso. Todos se pusieron tiesos de alarma, especialmente Adder.
—¿Quién está ahí arriba? —le preguntó a Corinne amenazándola con el arma otra vez—, ¿Otro niño escondido?
Corinne abrió la boca para hablar, pero no dijo nada. Adder le dio la espalda abruptamente. Fuese lo que fuese lo que había causado el ruido, iba a morir. No iba a cambiar de opinión. Se dispuso a subir las escaleras con ímpetu, pero entonces titubeó. Sus primitivos instintos animales estaban en alerta. Si alguien se había infiltrado en el primer piso podría precipitarse derecho hacia una trampa, pensó. Giró la cabeza y se concentró en el poste de bomberos que estaba en la esquina del salón. Cautelosamente, se encaminó hacia él con la esperanza de que le permitiera espiar desde un ángulo secreto a quienquiera que se ocultaba arriba. Tenía el dedo sobre el gatillo de su AK—47, listo para lanzar un enjambre de balazos.
Al acercarse, Adder vio algo extraño. Había algo ahí arriba, aunque no podía…
En cuanto Adder se colocó en posición junto al poste de bomberos, se le agrandaron los ojos de alarma, ¡algo estaba cayendo!
Estos fueron los últimos pensamientos lúcidos del pandillero antes de que el baúl de madera del dormitorio de Teáncum se estrellase contra su cabeza. Se desplomó de bruces, dejando caer el arma al suelo. Natasha, reaccionando rápidamente, saltó de su silla y se apoderó del arma que estaba en el suelo. A pesar de su desorientación, Adder intentó abalanzarse sobre ella.
La voz del abuelo Lee resonó desde arriba:
—Si yo fuera tú no haría eso.
Adder se detuvo en seco y levantó las dos manos sobre su cabeza. Corinne y los niños se volvieron para mirar al abuelo Lee. Estaba bajando desde el primer piso con armas automáticas en ambas manos. Los ojos de los niños se agrandaron en asombro. Su abuelo tenía todo el aspecto de un Rambo septuagenario.
Brock, Kerra y Kiddoni volvieron al claro y comenzaron a buscar frenéticamente el cuerno antiguo. Kiddoni quería hacer sonar desesperadamente la voz de alarma para los otros centinelas —centinelas que a su vez, harían sonar la voz de alarma para todo el ejército nefita—. Kerra enseguida se sintió frustrada; ¿dónde podía haberlo dejado caer?
Su hermano buscó en la zona en la que Hitch había tirado a Kerra al suelo. De pronto, se agachó e introdujo su mano entre la hierba.
—¡Lo he encontrado!
Pero justo cuando Brock pronunció estas palabras, un grito alto y agudo le hizo vibrar los tímpanos. Al volverse, Brock vio al gadiantón del labio partido, llamado Ogath, corriendo desde los arbustos al ataque. Kiddoni empujó bruscamente a Brock a un lado, prácticamente arrojándolo a las zarzas. El nefita sacó su espada dentada, pero antes de poder poner su espada en posición, el asesino embistió contra su pecho. En una maniobra perfectamente cronometrada, Kiddoni se dejó caer al suelo y le dio la vuelta a Ogath sobre su cabeza, haciéndole caerse de espaldas. El gadiantón trató de sobreponerse, pero Kiddoni era demasiado rápido para él, demasiado ágil. Descargó un golpe con su espada de puntas de piedra negra.
Pero entonces otro grito hizo temblar el claro. Otro asesino salió de repente del follaje en el lado opuesto. Esta vez se trataba de Shemish. Llevaba en las manos su lanza de más de dos metros. Alzó la punta y, con un fuerte movimiento, como si fuese un hacha, intentó golpear al nefita con ella en la cabeza. Kiddoni levantó su propia espada justo a tiempo. La lanza de Shemish se partió en dos, pero el ágil asesino no se dio por vencido tan fácilmente. Tomó la mitad de la lanza que tenía la punta y con un golpe hacia abajo intentó acuchillarle. Kiddoni rodó a un lado. La punta se quedó clavada en la tierra. Sin perder ni un instante, el nefita agarró al gadiantón por las piernas y lo derribó al suelo. Los dos hombres comenzaron a pelear brutalmente en el suelo.
Brock observó la escena, estupefacto. Era como un sueño, un sueño vertiginoso y desconcertante que le dejó sintiéndose casi desprendido de mente y cuerpo. ¿Cómo podía todo esto ser real? Cuando se había despertado esa mañana el mundo seguía siendo un lugar normal y corriente. ¡Ahora estaba presenciando a hombres de la antigüedad luchando mano a mano!
De pronto, la mirada de Brock descendió hasta el antiguo cuerno que tenía en sus manos, y cayó en la cuenta de lo que era —de cuál era su significado—. Comenzó a llevarse el instrumento a los labios. Justo entonces algo le golpeó fuertemente la muñeca. El cuerno salió volando de nuevo, esta vez dando vueltas en el aire hasta caer directamente dentro de la fisura causada por el terremoto. Sintió que se le nublaba la visión cuando un dolor punzante le subió por el brazo. Se derrumbó de lado, apretándose con fuerza el miembro herido. Cuando se le aclaró la visión, vio a Bakaan. El gadiantón del pecho de granito golpeó otra vez la muñeca de Brock con la parte de la lanza justo bajo la larga punta de piedra. Entonces alzó la lanza de nuevo con la punta afilada como una cuchilla y la apuntó directamente al pecho de Brock. ¡Se disponía a rematar la tarea!
—¡NOOO! —gritó Kerra.
Se quedó inmóvil al borde sur del claro, con una expresión aterrorizada en el rostro. El asesino se detuvo al oír su grito. Kiddoni levantó la vista también. Su cuchillo ya había rematado a Shemish. Como un vikingo lanzando un hacha, Kiddoni arrojó su espada contra Bakaan. El arma dio una vuelta y media en el aire antes de llegar a su objetivo, pero Bakaan la había visto venir. Se inclinó hacia atrás, y las puntas serradas de la espada se clavaron en el árbol, justo detrás de su cabeza. El gadiantón sonrió y concentró toda su atención en el nefita, armado únicamente con su cuchillo. Los dos hombres se situaron en el centro del claro.
Kerra corrió hasta Brock, rodeándole el pecho con sus brazos, y empezó a arrastrarlo hacia atrás, fuera de peligro. Kiddoni y el gadiantón comenzaron a moverse en círculos, igual que lobos. Bakaan dio varios golpes de lanza para evaluar la distancia, pero Kiddoni los esquivó saltando hacia atrás.
—¡El cuerno! —le dijo Kerra a Brock ansiosamente—. ¿Dónde ha caído?
El chico, con una mueca de dolor aún en la cara, apuntó hacia la fisura con la mano ilesa. Kerra se dirigió a toda prisa al lugar, buscando frenéticamente entre los hierbajos a su alrededor.
El enorme gadiantón soltó otro chillido agudo para cobrar velocidad y, con un rápido movimiento hacia adelante, intentó clavarle a Kiddoni la lanza en el pecho. Kiddoni se giró violentamente, alzando un brazo. La lanza sólo le pasó rozando el pecho, pero, antes de incrustarse en el tronco del álamo, le rasgó la armadura del hombro, Kiddoni se tiró con fuerza hacia delante, arrojando a Bakaan a los brezos. Intentó apuñalar a Bakaan con su cuchillo, pero el asesino le agarró del brazo.
¡Entonces Kerra vio el cuerno! ¡Estaba en la grieta! Se hallaba equilibrado precariamente dentro de la brecha en la tierra, a casi un metro de profundidad. Más abajo, la grieta se ensanchaba. Un sólo movimiento en falso y el cuerno seguiría cayendo, fuera de su alcance. Kerra se tumbó en el suelo a lo largo del borde de la fisura.
Kiddoni y Bakaan continuaban luchando cuerpo a cuerpo. Con una mano, el gadiantón le sujetó el brazo en cuya mano aferraba el cuchillo; mientras con la otra, asió un cardo espinoso y se lo aplastó a Kiddoni contra la cara. Cuando el nefita apartó el rostro, Bakaan asió el cuchillo con ambas manos. Lleno de rabia, empezó a golpear las muñecas de Kiddoni contra las piedras, tratando de hacer que soltase el arma. Al soltarla, el gadiantón se lanzó sobre ella. A la vez, Kiddoni se lanzó hacia la punta de la lanza que seguía incrustada en el álamo. Cuando Bakaan volvió para acabar con él, Kiddoni arrancó la lanza del árbol y se dejó caer rodando al suelo, de espaldas, con la punta hacia arriba.
Al gadiantón se le escapó un grito de inmenso dolor de la garganta. Se le fueron las fuerzas y se cayó de rodillas. Kiddoni extrajo la lanza y el asesino se derrumbó de lado.
Kerra seguía alargando la mano dentro de la grieta.
—¡Kiddoni! —gritó.
Kiddoni estaba respirando con dificultad cuando la llamada de Kerra le devolvió a la realidad. Se puso en pie tambaleándose. Kerra tenía el brazo y el hombro extendidos dentro de la fisura, alargándolos lo más lejos posible.
—¡El cuerno! —continuó Kerra—. ¡No puedo alcanzarlo! ¡Necesito tu brazo!
Un poco desorientado todavía, Kiddoni asintió y dio un paso hacia ella; pero entonces, arqueó la espalda. El hombro del guerrero fue impulsado hacia delante, atravesado por una flecha que le hizo girar violentamente. Kiddoni se desplomó, retorciéndose de dolor. Detrás de él, al borde de los matorrales, se hallaba el último asesino. Brock reconoció a Lord Kush inmediatamente.
Presa de la desesperación, Kerra puso todo su empeño en alcanzar el cuerno. Con calma, el líder de los asesinos salió de entre los matorrales, entró en el claro y sacó otra flecha de su aljaba.
¡Podía tocarlo! ¡Pero no podía agarrarlo! Como mucho, podía darle un golpecito, moverlo de su sitio y perderlo para siempre. El gadiantón cargó el arco, apuntándole a Kerra directamente a la cabeza. Estiró la cuerda hacia su oreja.
Kush soltó todo el aire que tenía en los pulmones cuando Brock se estrelló contra su estómago. El peso del chiquillo apenas le hizo perder el equilibrio, pero al soltar la cuerda, el culatín de la flecha se quedó enredado en ella: ¡el proyectil no fue disparado! Kush le agarró por el cuello de la camiseta y lo arrojó lejos de sí, fácilmente, como al cachorro de un perro. Entonces se agachó para recoger la flecha del suelo.
Kerra hizo un último y desesperado esfuerzo mientras el borde rocoso de la fisura le trituraba el cuello y el omóplato. ¡Lo agarró! Cerró los dedos a su alrededor y sacó el cuerno de Kiddoni de la fisura. Kush estaba en el acto de colocar la flecha de nuevo en la cuerda cuando Kerra se levantó. Tocó el cuerno con toda la fuerza de sus pulmones. El eco del bramido llenó cada rincón del bosque, como el toque de una trompeta; pero de un tono más grave que hacía retumbar los mismos cimientos de la tierra.
Kush apretó los dientes en furia. Alzó el arco para disparar justo cuando Kerra emitió un segundo toque del cuerno, más alto incluso que el primero. La flecha estaba apuntada y la cuerda estirada y en tensión, cuando el eco de una respuesta resonó sobre las colinas: otro cuerno, desde otro risco.
El líder de los asesinos se quedó helado; ya era demasiado tarde, ¡demasiado tarde! Se había dado el toque de alarma. Kerra se quedó inmóvil, arrodillada en el suelo y con los ojos clavados en el astil de la flecha del gadiantón. En sus ojos, Kerra percibió el temor, como si sus acciones acabasen de sellar el destino de este hombre. Kush echó un vistazo a su alrededor, a sus compañeros caídos, y le dirigió a Kerra una mirada mordaz. Sus dedos continuaron estirando la cuerda del arco, pero cuando el culatín de la flecha le llegó al ojo, de repente se puso tieso como un palo y se le agrandaron los ojos. En un estado de incredulidad, Kerra vio cómo se caía de bruces, muerto. Tenía una flecha clavada en la espalda, entre hombro y hombro.
Kerra parpadeó. En el bosque, más allá de donde se encontraba Kush, había un hombre. En sus manos aferraba un arco sin flechas. Kerra entrecerró los ojos intentando ver de quién se trataba, pero el sol poniente se hallaba justo detrás de él, y sólo pudo ver que llevaba una barba larga; el resto de sus rasgos eran indistinguibles. Sin lugar a dudas, la flecha que había matado al gadiantón había salido del arco de este hombre.
La figura dio varios pasos hacia ella e, inmediatamente, su rostro salió del brillo de la luz. Kerra le miró a los ojos. Iba vestido con un manto antiguo y su cara estaba cubierta de golpes y arañazos, pero… ¡esos ojos! Su mente retrocedió cien años, mil años, hasta atisbar los lejanos recuerdos de su infancia; cuando los recuerdos parecían ser sueños y las imágenes se nublaban alrededor de los bordes. Y sin embargo, a pesar del paso del tiempo, a pesar de la multitud de otros muchos recuerdos amontonados sobre ella, esta imagen era tan nítida hoy como había sido cuando tenía cinco años. Tan vivida como el día en que le había observado salir por la puerta principal con un rifle de caza en las manos.
—¿Sakerra? —pronunció Chris suavemente, todavía aproximándose.
Kerra asintió, con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá —respondió ella, con la única palabra con la que le había conocido. El único nombre que jamás le había dado.
Chris McConnell tomó a su hija en sus brazos, abrazándola con todo el júbilo de su fatigado corazón. Brock se acercó también, mirándolo desde un punto de vista completamente diferente al de antes. Chris extendió el brazo hacia su hijo. Brock, indeciso, alargó la mano que no estaba herida y, un segundo después, se encontró en medio de los dos. Los tres pudieron disfrutar de ese calor sagrado: del abrazo de una familia que se encuentra finalmente reunida.
El eco del toque de más alarmas resonaba en la distancia, algunas más lejos… otras más cerca.
El tío Drew acababa de pasar por delante del taller de violines de su suegro, y se disponía a bajar el largo camino de entrada hacia su casa cuando se detuvo en seco. Desde aquí se podía ver una gran parte del este de la hondonada y en la distancia podía oír la cacofonía del antiguo son de cornetas.
La pequeña Tessa estaba apoyada contra la encimera, mirando por la ventana del comedor que daba al lado sur de la hondonada. El sol se ponía rápidamente y el fuerte contraste de las sombras la obligaba a entrecerrar los ojos. Y sin embargo, estaba segura de que podía ver a gente fuera, a docenas de hombres, saliendo del bosque y dirigiéndose hacia la casa.
Se volvió hacia su madre y preguntó inocentemente:
—Mami, ¿quiénes son esos hombres?
Corinne y el abuelo Lee entraron en la cocina para ver a qué apuntaba. Cuando Corinne lo vio, dio un grito ahogado de asombro que le llegó a la boca del estómago. Se trataba de una línea de guerreros gadiantones, impregnados en sangre y armados hasta los dientes con lanzas, arcos y otras armas antiguas. Para Corinne y el abuelo Lee parecía como si los guerreros se materializaran del bosque, casi como fantasmas emergiendo de otra dimensión y penetrando la esfera de la modernidad.
Cuando Adder se dio cuenta de que sus subyugadores estaban profundamente distraídos, aprovechó la oportunidad para escurrir el bulto a toda velocidad por la puerta principal. El abuelo le vio huir, pero lo que había visto a través de la ventana le había dejado tan pasmado que no le importó.
—Es la invasión —le susurró a Corinne.
—¿Cómo? —preguntó Corinne, totalmente fuera de sí con incredulidad.
El abuelo Lee no estaba dispuesto a perder tiempo con explicaciones.
—Tenemos que salir de aquí… ¡ahora mismo!
Cuando Adder saltó del porche, vio a Prince y a Dushane ponerse en pie, medio atontados. Adder se volvió y sus ojos presenciaron lo mismo que habían visto Corinne y el abuelo Lee. Ahora había cientos de gadiantones acercándose al acecho. El primero de ellos casi había llegado al borde sur del jardín de los Whitman.
—¡Las llaves! —gritó Adder corriendo hacia sus compañeros—. ¿Quién tiene las llaves?
Prince, desorientado todavía, concentró la vista en los guerreros que se acercaban. Cerró los ojos con fuerza y los abrió de nuevo sacudiéndose la cabeza.
—¿Qué…?
—¡Sólo conduce y ya está! —dijo Adder abriendo la puerta trasera del Acura NSX—T y prácticamente precipitándose de cabeza en el asiento de atrás. Prince se sacó las llaves del bolsillo y, de un salto, se colocó detrás del volante. Arrancó el motor y le metió una marcha.
—¡Espera! —gritó Dushane. Ya que sus compañeros no iban a reducir la velocidad para permitirle abrir la puerta, se conformó con meterse de cabeza por la ventana abierta del lado del acompañante. Sus pies aún le colgaban fuera cuando Prince apretó el acelerador a fondo y el coche salió disparado subiendo el camino de entrada.
El Acura pasó zumbando al tío Drew, que había llegado al pie de la colina y ahora continuaba corriendo en dirección a su casa. Cinco segundos después, los pandilleros pasaron por delante de Hitch también, aunque no lo vieron. Su ilustre líder se quedó de pie entre los árboles, temblando de dolor cuando rompió el astil de la flecha de Kiddoni y se la arrancó de la mano. Con dificultad, había subido hasta alcanzar la carretera cuando vio que su coche se acercaba a toda velocidad.
—¡HEYYY! —había gritado.
Pero el Acura le había pasado de largo con un fuerte zumbido. Hitch corrió hasta el medio del camino de entrada agitando en el aire el brazo que tenía ileso, y aullando en frustración, pero el deportivo pronto llegó a la cima de la colina y desapareció de vista.
El tío Drew llegó al porche de la entrada justo en el mismo instante en que su familia salía de la casa. Los guerreros gadiantones estaban ya a menos de veinticinco metros y se acercaban rodeándoles. El abuelo Lee llevaba a Saríah en sus brazos y tiraba de Tessa por el codo. La tía Corinne vio a su esposo y lo abrazó.
—¡Drew¡ ¡Tenemos que irnos!
—¡Lo sé! —dijo Drew en una voz sorprendentemente lúcida, más consciente de lo que había sonado en más di’ una década—. ¡TODO EL MUNDO! ¡A la furgonera! ¡Rápido! ¡Rápido!
Corinne se volvió, contando a los niños con una sola mirada.
—¿Bernadette? ¿DÓNDE ESTÁ BERNADETTE? —miró a Natasha, pensando que ella era la que llevaba a la pequeña en los brazos, pero Natasha negó con un gesto de cabeza y los ojos llenos de terror.
—¡Yo voy a buscarla! —anunció el abuelo Lee.
Puso a Saríah en los brazos de Drew; después entró como una flecha de nuevo en la casa, buscando con ansia a la niña. Vio el AK—47 que había dejado sobre la encimera para poder acarrear a Saríah. Si iba a continuar la búsqueda, decidió, tal vez necesitaría una de estas armas. Pero justamente cuando estuvo a punto de dar un paso para ir a recuperarla, el cristal de la ventana de la puerta lateral se hizo añicos. Una mano, teñida de un fuerte color rojo, se introdujo por el panel roto, intentando hacer funcionar el pestillo, como si no estuviese segura de cómo debía funcionar este artilugio llamado «puerta». Finalmente, el guerrero resolvió el enigma y entró en la cocina, bloqueando la entrada desde el comedor. Detrás de él apareció otro gadiantón, también con adornos de piel y garras de animales, también teñido en sangre. Ambos llevaban cascos en forma de calaveras de jaguares, con colmillos sobre sus barbillas y alrededor de sus caras. Se quedaron cautivados por todos los adornos desconocidos, tanteando el aire con sus lanzas, como si las dos armas fuesen las antenas de un insecto.
El abuelo Lee se quedó inmóvil, como una estatua, casi como si realmente tuviera la esperanza de que los guerreros no advirtiesen su presencia; a pesar de que estaba de pie en pleno centro del salón. En ese instante vio a la pequeña Bernadette salir de detrás de la encimera de la cocina, sólo a menos de un metro de los guerreros—demonios. En sus manos sujetaba un vasito anti—gota. Los gadiantones bajaron la vista para mirarla con la boca abierta. Con ojos llenos de inocencia, extendió los brazos levantando el vasito hacia ellos.
—Jugo? ¿Más jugo?
El abuelo Lee dio varios pasos hacia delante. Les sonrió a los dos hombres y asintió con la cabeza, tal y como si estuviese dándoles un amistoso buenos días. Los hombres estaban tan sorprendidos por sus acciones que simplemente se quedaron de pie, mirando.
Acto seguido, el abuelo Lee recogió a la pequeña de dos años y salió disparado por la puerta principal. Más guerreros entraron por la puerta lateral de la casa. Uno de ellos, que por lo visto era un comandante, regañó a sus hombres por quedarse de pie como troncos muertos. Les ordenó que salieran en su persecución. Los gadiantones salieron a toda prisa detrás del abuelo Lee y Bernadette, con las espadas en el aire y listos para el ataque.
Kiddoni apretó los dientes de dolor mientras Kerra y Chris le ayudaban a levantarse. Se apoyó en el tronco de un viejo sauce negro. Brock estaba cerca, masajeándose la muñeca herida. Kiddoni aún tenía la flecha clavada en el hombro.
Brock, todavía fascinado por la figura de este hombre al que Kerra había llamado «padre», le preguntó:
—¿Cómo conseguiste escapar?
—Es una historia muy larga —respondió Chris—. Basta con decir que si capturas a alguien será mejor que no te quedes ahí discutiendo para ver quién tendrá el placer de mandarle al otro mundo. Es posible que tu prisionero encuentre una buena oportunidad de escape y la tome. Tal vez incluso se haga con un arma —señaló con la cabeza en dirección :il arco, apoyado contra el árbol, que había usado hacía sólo unos momentos—
Por fin, Kiddoni consiguió ponerse en pie sin ayuda de nadie. Kerra trató de pasarle los brazos por la cintura para ofrecerle más apoyo, pero Kiddoni lo rechazó.
—No, estoy bien. Ya estoy bien.
De pronto, Brock se volvió hacia el sur del bosque.
—¡Se acercan!
El bosque se llenó de sonidos: miles de cuerpos moviéndose a través de la maleza. Kiddoni interpretó el origen de los sonidos inmediatamente.
—Es el ejército de Giddiani. ¡Vayanse! ¡Todos! ¡Busquen donde refugiarse! ¡Escóndanse!
—Pero no podemos dejarte aquí —dijo Kerra—, ¡estás herido!
—¡Aún puedo correr! Nuestro ejército, con el capitán Gidgiddoni, está en camino. ¡Tienen que salir de aquí!
Miró a Chris, por lo visto con toda certidumbre de que él entendería la urgencia. Brock parecía ansioso por marcharse, pero Kerra titubeaba, aferrada a la mano de Kiddoni y con los ojos nublados por las dudas y el miedo. Una lágrima le resbaló por su mejilla mientras consiguió decir con una voz ahogada:
—Te veré otra vez —era una afirmación, no una pregunta, como si estuviese dando una orden.
—Sí —dijo él rotundamente. Pero entonces, como si le hubiese fallado la confianza por un instante, añadió poéticamente—, en cada amanecer y a cada puesta de sol.
Kerra quería una certeza, no poesía; pero Chris agarró a su hija por los hombros.
—Kerra, tenemos que irnos.
Las sombras de los guerreros gadiantones ya se hacían visibles a través de los árboles.
—¡CORRAN! —gritó Kiddoni.
A regañadientes, Kerra le soltó la mano y tomó la de su padre. Brock también se agarró a Chris, y los tres cruzaron de un salto la fisura antes de adentrarse en el denso follaje.
Kiddoni se quedó quicio, observándoles durante un instante y con el brazo apoyado sobre su hombro herido. Se oyó otra vez el sonido de las cornetas, casi como un toque militar. Kiddoni fue tambaleándose hacia el sonido, desapareciendo hacia el norte, entre los árboles.
El tío Drew tomó a Bernadette de los brazos del abuelo Lee tan pronto como el anciano cruzó el camino de entrada. La tía Corinne ya estaba detrás del volante, intentando con dificultad introducir la llave de contacto. Todos se lanzaron hacia las puertas del coche y se tiraron dentro mientras docenas de guerreros gadiantones se aproximaban. Guerreros con cascos hechos de calaveras surgieron desde detrás del garaje. Marcharon a ambos lados de la cama elástica. Salieron a raudales por la puerta principal de la casa, rodeando rápidamente el vehículo. Skyler cerró a toda prisa la puerta lateral de la furgoneta. Los niños se aferraban los unos a los otros en los asientos traseros mientras Corinne conseguía finalmente girar la llave de contacto. Pero el motor no arrrancaba. Al inclinarse hacia atrás contra el respaldo del asiento, Corinne vio a un gadiantón de pie junto a su ventanilla, con una mirada feroz. El blanco de sus ojos se destacaba como reluciente porcelana. Observaba las acciones de Corinne con intensa curiosidad, tratando ele entender lo que estaba haciendo. Corinne siguió forcejeando con la llave de contacto, soltando entre dientes una letanía de pestes «mormonizadas».
—¡Caray! ¡Miércoles! ¡Vamos! ¡VAMOS!
Por fin, el motor arrancó con un rugido; pero antes de meter la marcha, el gadiantón intentó aplastar de un golpe la cabeza de Corinne con el extremo despuntado de SU lanza. La ventanilla del lado del conductor se transforme’) en una telaraña de rajas. Entre los chillidos y los alaridos de los niños, Corinne pisó el acelerador a fondo. El coche avanzó dando tumbos, haciendo que los gadiantones que rodeaban el vehículo salieran disparados en todas direcciones para apartarse de su camino. Arrojaron lanzas, las puntas de piedra de las cuales impactaron con los lados de la furgoneta familiar y dejaron abolladuras considerables en la puerta de atrás. Varios de los guerreros les persiguieron camino abajo, pero el Maxiwagon se les escapó de las manos a toda velocidad sano y salvo.
Chris, Kerra y Brock se abrieron paso a través de la maleza, iluminada sólo por el crepúsculo. El bosque se había convertido en un pandemónium con el ruido de hombres marchando y llamándose los unos a los otros, alzando gritos de guerra. Kerra se dio cuenta de que el eco de los Silbadores era más penetrante que nunca, infiltrándose hasta el mismo tuétano. Al llegar al viejo corral de caballos, Chris advirtió la existencia de un cobertizo viejo y deteriorado, parcialmente inclinado y sofocado entre matorrales y malas hierbas. Tiró con fuerza de la puerta de madera, casi arrancándola de sus oxidadas bisagras.
—¡Aquí! —dijo severamente.
Los tres se metieron dentro y se acurrucaron agazapados en un espacio de la abarrotada cabana, con el olor a cerrado del polvo, y telarañas por adornos. A través de las ranuras, entre los listones de madera deteriorados por la intemperie, comenzaron a percibir cientos de siluetas. Los guerreros gadiantones marchaban a raudales a través de esa zona, acelerando el paso en su avance hacia el Norte. Chris abrazó a sus hijos con todas sus fuerzas, determinado con toda su alma a mantenerlos a salvo. Era un instinto paternal —un privilegio— que nunca había podido experimentar con sus dos hijos en el mundo moderno.
Hitch Ventura se abrió paso a la fuerza a través del bosque, apretando su mano ensangrentada y mirando a sus espaldas frecuentemente. Podía ver a los misteriosos guerreros en el bosque detrás de él, acercándose cada vez más. Hitch tragó saliva. Mirando directamente al frente, vio un arco formado por ramas entrecruzadas y se dirigió derecho hacia él.
Al pasar bajo el arco, Hitch se detuvo en seco, con los ojos grandes como señales de stop. ¡El paisaje había cambiado! ¡Estaba en medio de una jungla! Y sin embargo, el cielo seguía siendo del mismo color vivo anaranjado de la puesta de sol. Hitch soltó un grito aterrorizado y se tambaleó hacia atrás.
El paisaje cambió de nuevo. Se hallaba de vuelta en la hondonada. Hitch se dio media vuelta. Los guerreros de la antigüedad brotaban de entre los árboles, ¡y venían derechos hacia él!
De nuevo se precipitó a través del arco. Efectivamente, se halló rodeado otra vez de una majestuosa jungla verde; pero cuando miró hacia atrás, para su gran horror, los guerreros con lanzas y hachas seguían marchando derechos hacia él, ¡a exactamente la misma distancia! El escenario era diferente; pero la posición de los fantasma, o indios o lo que quiera que fuesen, era exactamente la misma. Hitch atravesó un nido de heléchos tropicales. Las sombras eran muy densas; no podía ni siquiera ver adonde iba; y sin embargo, continuó corriendo.
De repente, sintió que le faltaba el suelo. Hitch se cayó rodando por un barranco, dando alaridos de dolor las dos veces que rodó sobre su mano herida. Cuando se recobró de la caída y miró a su alrededor, vio algunas rocas a su izquierda. Divisó una cavidad donde poder esconderse. Hitch se apresuró a deslizarse dentro, murmurando Ave Marías y otras oraciones que no había pronunciado desde que tenía seis anos,
Al cobertizo le faltaba parle del techo, de manera que Kerra podía levantar la vista y ver las estrellas que empezaban a parpadear en el cielo. También podía ver la última banda viólela del sol poniente que se recortaba contra las colinas al noroeste.
Su padre alzó los ojos al oír el eco de otra corneta, muy parecido al del cuerno de Kiddoni. Entonces oyeron otra, más cerca todavía. En algún lugar de la distancia, Kerra podía oír el lejano estrépito causado por golpes de espada y escudo, y los gritos de los hombres enfrentándose en el campo de batalla. Se acurrucó más en los brazos de su padre y apartó la cara, con los ojos llenos de lágrimas y pensando en Kiddoni. ¿Había conseguido su guerrero nerita dejar atrás la falange del ejército enemigo? ¿Cómo podía sobrevivir con una flecha en el hombro?
—Está ahí fuera, en medio de todo eso —le susurró a su padre—. Kiddoni está ahí fuera.
—Lo sé —respondió—. Todo estará bien. Te lo prometo.
Para su gran asombro, se sintió sorprendentemente reconfortada por sus palabras. Chris abrazó a sus hijos con más fuerza, mientras las sombras continuaron pasando de largo su escondrijo a toda velocidad, sin detenerse ni reducir la marcha. Con el paso del tiempo, la oscuridad se hizo demasiado densa como para poder distinguir las siluetas de los guerreros; pero siguieron oyendo el ruido intermitente de pisadas, algunas corriendo hacia delante y otras volviendo atrás. Y en la distancia, a través de la noche, reverberó el eco de los sonidos de antiguas guerras.
























