El guerrero de Zarahemla

Capítulo 8


KERRA SE INCLINÓ SOBRE EL escritorio con las manos en la barbilla, mientras el abuelo Lee — tallaba con esmero el mástil de su próximo violín, deslizando el cepillo hacia afuera y dejando a su paso pequeños rizos de madera.

—Abuelo —preguntó Kerra—, ¿qué es un nefita?

El abuelo dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y le prestó toda su atención.

—Un nefita es un descendiente de Nefi. Era el nombre de una gente que vivió en la América antigua hace mucho tiempo. ¿Has oído esa palabra el domingo en la Iglesia?

—No —dijo Kerra, pero cambió rápidamente su respuesta cuando el abuelo arqueó una ceja—. Bueno, sí… claro. La he oído en la Iglesia.

—Los nefitas fueron una nación poderosa. Construyeron ciudades, barcos, templos… Su civilización sobrevivió durante más de mil años.

—¿Qué fue de ellos?

El abuelo comenzó a Callar de nuevo y dijo solemnemente:

—Fueron destruidos.

—¿Por quién?

—Por los lamanitas, los descendientes de Laman. Verás… Nefi y Laman eran hermanos, Cruzaron el océano alrededor del año 600 a.C. Luego, después de la muerte de su padre Lehi, sus dos tribus se convirtieron en enemigos acérrimos. Sus hijos heredaron su enemistad, al igual que los hijos de sus hijos, y así fue durante muchos siglos.

—¿Dónde vivían?

—¿Dónde? No se sabe con toda certeza, en algún lugar de este hemisferio. La mayoría piensa que en Centroamérica o Sudamérica.

—¿No aquí?

—¿Te refieres a Utah? Tal vez algunos han vivido aquí. No se sabe a ciencia cierta.

—¿Alguna vez hubo junglas aquí?

El abuelo se rió un poco.

—A lo mejor hace sesenta y cinco millones de años.

Kerra se mordió el labio. Aún no tenía sentido. Por lo visto este fenómeno no era sólo una falla en el tiempo, sino también una falla geográfica..

—¿Por qué nunca he oído hablar de estas tribus? —dijo frustrada.

—Supongo que lo habrías hecho si fueses mormona.

—¿Cómo lo saben los mormones?

De nuevo, dejó de trabajar, titubeó un momento y después pareció decidirse. Se acercó a una estantería llena de libros polvorientos y agarró un hermoso volumen viejo de rugosa piel marrón. Lo colocó justo delante de ella. El repujado llamaba la atención, con sus letras doradas que decían: «El Libro de Mormón».

—Edición de las Autoridades Generales, 1888 —dijo él—. El primero jamás dividido en capítulos y versículos. Su primer dueño fué Francis M. Lyman, del Quórum de los Setenta. Su firma está ahí mismo, en la primera página. Si tienes cuidado con él, puedes leerlo; es decir, si quieres.

Al principio Kerra observó el libro con inquietud. Después, con un ojo medio cerrado, preguntó:

—Abuelo, ¿estás intentando convertirme?

El abuelo se llevó la mano al pecho, como si acabase de ser herido.

—¡No! ¡Claro que no! Yo jamás… Bueno, sí, la verdad es que sí. Un poquito.

Kerra sonrió. Después se inclinó hacia delante y le besó en la mejilla.

Kerra iba echándole una ojeada a El Libro de Mormón mientras caminaba a paso lento a través del largo camino de entrada que llegaba hasta la casa. Cuando por fin levantó la vista reparó en que las camionetas blancas de los geólogos se habían ido. «Por fin», pensó Kerra. Miró en ambas direcciones y después descendió hasta el bosque.

Las sombras eran largas. Todo —los árboles, el suelo y las lejanas colinas— parecía resplandecer con el brillo de lingotes de oro. Llegó al claro pero no vio a Kiddoni por ninguna parte. A Kerra se le cayó el alma a los pies. Se sorprendió al sentir tanto miedo y decepción. ¿Y si Kiddoni se hubiese desvanecido otra vez? Si el milagro que le había hecho aparecer era realmente algún tipo de alteración —alguna especie de falla en tiempo y espacio—, era obvio que era tan frágil ahora como cuando era pequeña. Era posible que el fenómeno se hubiese autocorregido ya; sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Pero al cruzar la fisura, algo fuera de lo corriente —junto a la base de la piedra en el centro del claro— le llamó la atención. Allí mismo, clavada en el suelo, se hallaba una deslumbrante pluma azul y verde. No podía ni imaginarse a qué ave exótica había pertenecido, a ninguna del sur de Utah, de eso estaba segura. Se agachó para extraerla del suelo. Inmediatamente cayó en la cuenta de que se trataba del mismo tipo de pluma que recordaba desde hacía doce años, la misma pluma con la que Kiddoni y ella habían jugado cuando eran niños.

Kerra miró a su alrededor, con ansiedad. La había dejado ahí para ella, lo sabía, Pero, ¿dónde estaba él ahora? Entonces Kerra advirtió otra pluma en el borde opuesto del claro. Se acercó, pero en el mismo instante en que la juntó en su mano con la primera pluma, advirtió una tercera pluma; ¿había hecho un sendero de pistas?

Varios metros más adelante, Kerra desclavó una cuarta pluma. Cuando miró hacia atrás cayó en la cuenta de que se hallaba lejos del claro, por lo menos a 20 metros. Se dio media vuelta para continuar siguiéndole la pista cuando algo nuevo despertó su interés. Sobre la rama de un sauce negro —equilibrado contra el tronco del árbol— había un pequeño ramo de flores de colores extraordinarios, exóticos y tropicales. Kerra se aproximó a él, pero al estirar el brazo para agarrarlo, una mano salió de detrás del árbol y atrapó sus dedos suavemente a mitad de camino. Se trataba de Kiddoni.

Asustada, Kerra ahogó un grito, haciendo que el nefita se sintiera culpable y se sonrojara.

—Lo siento —dijo—. No debería haberte asustado.

Pero no había sido su aparición lo que la había sobresaltado. Abrió la boca con asombro al sentir la fuerte mano de Kiddoni estrechándole la suya.

—¡Puedo tocarte! —exclamó—. No lo entiendo.

—Es igual que antes —dijo Kiddoni refiriéndose de nuevo a los encuentros de su niñez—. A veces podía tocarte, y otras veces…

—La falla debe de estar ensanchándose —dijo Kerra— Se está haciendo más fuerte.

El semblante de Kiddoni cambió al oír eso. Le soltó la mano con una expresión apesadumbrada.

—Ahora sí te creo.

—¿Qué crees?

—Que vienes del futuro mientras que yo… mientras que yo soy un hombre del pasado. He hablado con Gidgiddoni, mi capitán en jefe, y ha confirmado lo que me has dicho acerca del destino de los nefitas. De hecho, los profetas han estado enseñándolo desde los días de Lehi. Todo lo que estoy haciendo ahora, las causas por las que lucho… en el fondo no habrá ninguna diferencia. Mi gente, mis ciudades… todo será destruido.

—Pero es posible que no sucederá por cientos de años —dijo Kerra.

—¿Y qué sucede entre ahora y entonces? ¿Qué esperanzas puede haber para el futuro? ¿O tendré que observar a mi pueblo ser lentamente aplastado, como el maíz bajo la muela de un molino, hasta que no quede nada de él?

Kerra se burló de él y le reprendió:

—Ahora te estás compadeciendo de ti mismo. Estoy segura de que el futuro está lleno de promesas y…

—¿Qué es eso? —dijo refiriéndose al libro que tenía en las manos.

—Oh —dijo Kerra. Casi se había olvidado de que lo había traído consigo—, es un libro. Acerca de ti, creo, de tu pueblo. Una historia.

—¿Lo has traído para divertirte a costa de nuestra desgracia?

—Vamos, basta ya, ¿eh? —le dijo, regañándole igual que a un niño que hace pucheros—. La verdad es que aún no lo he leído.

Kiddoni, intrigado, estiró la mano.

—Déjame verlo.

Kerra le pasó el libro.

Después de abrirlo dijo en tono de fastidio:

—¡No puedo leer esto! ¿Qué lengua es ésta?

—La misma que estás hablando ahora —dijo Kerra.

—Hablo la lengua de mis antepasados. La lengua de los hebreos. ¿Qué crees que estás hablando tú?

—La mía, claro. Y no es hebreo.

—¿Me tomas por un necio? ¿Acaso piensas que no conozco mi propio lenguaje?

—¡Basta ya! —le espetó Kerra—. ¿Puedes dejar de chillar como una morsa y pensar un poco? Es parte del milagro. Porque se trata de un milagro, ¿no te das cuenta?

—¿Una morsa? —preguntó inesperadamente.

—Es una gran… Olvídalo. Lo que estoy intentando decir es que…

Pero el humor de Kiddoni cambió bruscamente otra vez. Se llevó un dedo a los labios para decirle que guardara silencio.

—¡Shhh! Ven conmigo.

Aferró la mano de Kerra una vez más y la guió cuesta arriba por la colina que se encontraba directamente detrás de ellos. Kerra estaba teniendo problemas intentando no dejar caer el libro y asiendo las plumas y las flores a la vez. Unos minutos más tarde llegaron a un saliente con vistas al lado oeste de la hondonada. Inmediatamente, Kiddoni apuntó con el dedo hacia una casa, cuyo tejado asomaba entre los árboles.

—Ahora puedes decírmelo. ¿De quién es ese palacio?

Lo que Kerra vio hizo que se le parara el corazón en el pecho.

—¡Santo…! —agarró a Kiddoni del brazo y le obligó a agacharse—. ¡Pueden vernos! ¡Agacha la cabeza!

—Ayer no estaba ahí —dijo Kiddoni.

—Es la casa de mis tíos. Te lo he dicho, la falla se está ensanchando.

Kiddoni entrecerró los ojos y dijo analíticamente:

—He estado considerando si debería atacarlo o no.

—No, por favor —dijo Kerra.

—¡Pero está justamente en medio del camino de la invasión!

Kerra ladeó la cabeza en desconcierto.

—¿Cómo has dicho?

Kiddoni se levantó y se alejó varios pasos, suspirando en señal de impotencia.

—No importa, nadie me cree de todos modos.

Pero ella se negó a dejarlo pasar. Se puso en pie y se acercó a él.

—¿Qué quieres decir con «invasión»?

—El ejército de Gadiantón. Si atacan, sus guerreros podrían marchar precisamente a través de este lugar.

—¿Gadiantones? —preguntó Kerra. Otra palabra que su abuelo no había mencionado—. ¿Te refieres a los… lamanitas?

—Algunos gadiantones son lamanitas —dijo Kiddoni—, pero algunos son nefitas también. Los gadiantones son una sociedad secreta de brujos, saqueadores y asesinos. Han infestado todas estas montañas. Durante años se infiltraron en nuestras ciudades —nefitas y lamanitas—, corrompiendo a nuestros líderes, uniendo a sus miembros con juramentos de sangre y asesinando a aquellos que creían en la venida del Mesías. Mi gente se vio obligada a reunirse en un lugar para protegerse. Algún día los gadiantones atacarán, es inevitable. Verás… nuestros campos han sido abandonados y ellos son demasiado vagos como para trabajar honestamente, por eso padecen hambre. Mi misión sigue siendo importante, aunque Laconeo crea que no vendrán hasta la próxima temporada.

Descansó la mano sobre un instrumento que llevaba en su cinturón, una especie de cuerno de diseños simétricos, cuyo uso era posiblemente el de avisar a otros. Después se llevó la mano al arma de hoja negra que llevaba al hombro. Sus ojos exploraron la hondonada.

—Es posible que haya gente que piense que este puesto no sea muy importante —desenvainó la espada—, pero no importa. Seguiré estando alerta. Les odio a todos. Asesinaron a mi padre, uno de ellos incluso mató a mi hermano mayor… Esta vez estaré listo.

Blandió su espada en el aire con varios movimientos diestros. Kerra hizo una mueca de dolor aunque al mismo tiempo estaba sumamente impresionada.

Kiddoni se esforzó por mirar perspicazmente entre los árboles, como un león al acecho de su presa.

—Sinceramente, a mí me parece que este lugar es bastante estratégico. Si yo fuese el viejo Giddiani…

—¿Giddiani?

—Su malvado líder —continuó—. Si yo fuese el viejo Giddiani ordenaría a mi ejército que avanzase sigilosamente a través de esta quebrada, a cubierto bajo estos árboles. Esta arboleda es espesa, está llena de brezos, pero por esa misma razón es el lugar de más ventaja, el más inesperado. Sí, creo que han desestimado este lugar —se volvió hacia Kerra—. ¿No estás de acuerdo?

Estaba tan embelesada observando cada una de sus acciones que la pregunta la sobresaltó. Se encogió de hombros levemente y negó con un movimiento de cabeza. Kiddoni la observaba fijamente también. De pronto, comenzó a actuar un poco tímidamente.

Kerra indicó al Este las llanuras llenas de arbustos de artemisia, con varias casas humildes esparcidas aquí y allá.

—Kiddoni, ¿qué ves cuando miras hacia allá? ¿Ves las casas? ¿Ves el huerto de almendros de mi tío?

—Veo las colinas de Gedeón —dijo Kiddoni—. Las tierras salvajes de Hermount.

Kerra apuntó hacia el Oeste. La resplandeciente puesta de sol iluminaba la larga autopista 1—15 y el tranquilo pueblo de Leeds.

—¿Y hacia allí?

Kiddoni dio varios pasos hacia la región que ella indicaba.

—Bosques y junglas. Más allá se halla la ciudad de Zarahemla.

De pronto, a Kerra se le agrandaron los ojos. iKiddoni estaba desvaneciéndose! Incluso podía ver el brillo del sol anaranjado a través de su cabeza y torso.

—¡No te muevas! —exclamó con un grito ahogado.

Kiddoni se dio media vuelta.

—¡Estás ahí! ¡Estás al borde de la falla! —dijo Kerra caminando hacia él.

En medio del pánico alzó la mano para tirar de él hacia atrás, pero su mano le atravesó el brazo —moreno como el bronce— cuando trató de aferrado. Kerra perdió el equilibrio y comenzó a caerse hacia atrás. La reacción del nefita fue instintiva y fugaz: se abalanzó hacia ella para evitar su caída. Cuando Kerra se quiso dar cuenta ya se encontraba en sus brazos. Podía verle perfectamente enfocado otra vez, y le abrazó con alivio.

—Debe de abarcar la mayor parte de la hondonada ya, a lo largo de toda la falla —dijo sin aliento—. Será mejor que volvamos.

Descendieron otra vez hasta el bosque. La llevaba agarrada de la mano durante la mayor parte del camino. Cuando llegaron al claro Kiddoni dijo:

—Tienes que hablarme más acerca de tu gente, ¿han construido muchas ciudades? ¿Son muchos?

Kerra soltó un resoplido.

—Tantas que no puedo ni contarlas. Hay millones y millones, y algunas ciudades son tan grandes que tardarías días en atravesarlas de un lado a otro.

—Tu pueblo debe de ser muy poderoso —dijo Kiddoni asombrado.

—Supongo —dijo Kerra—. En cierto modo; pero por la mayor parte creo que no somos diferentes.

—¿Todavía hay guerras? He oído que con la llegada del Mesías no habrá más luchas, sólo paz.

—Oh, aún hay más que suficientes guerras y luchas —djo Kerra—. Supongo que la paz no viene hasta más tarde.

Llegaron al claro y Kerra se sentó sobre la piedra.

—Es una lástima —dijo Kiddoni solemnemente—. Lo único que he conocido durante mi vida ha sido desorden y guerra; nuestra gente siempre ha tenido muchos enemigos. Mi padre solía decir que hemos sobrevivido tanto tiempo únicamente por la gracia de Dios.

—Tu padre debe de haber sido un hombre sabio.

El semblante se le entristeció.

—Siempre escuchaba a los profetas, igual que mi madre antes de morir. Pero ella también escuchaba lo que le decía su corazón. A lo mejor algún día me casaré con una muchacha como ella —evaluó a Kerra otra vez—. ¿Y tú qué?

—¿Yo qué?

—¿Estás prometida?

—¡Cielos, no! ¡Tengo dieciete años!

—¿Es que te pasa algo malo?

Hizo una mueca de indignación y respondió malhumorada:

—¡Desde luego que no! ¿Qué quieres decir?

—Bueno, yo… es sólo que me sorprende.

Kerra le soltó la mano y caminó varios pasos hacia delante.

—No quiero casarme. No sé si realmente creo en el matrimonio, nunca he visto que haya traído otra cosa que no sea miseria.

—¿No quieres casarte? ¿Nunca? —preguntó Kiddoni.

Por lo visto la noticia le molestaba mucho, así que Kerra intentó zanjar la cuestión diciendo:

—Bueno, a lo mejor cuando tenga cuarenta años.

Kiddoni se encolerizó más todavía.

—jCuarenta! ¡Pero la edad de procrear te habrá pasado de largo!

—Me parece de maravilla —dijo Kerra de malhumor.

—¿Qué es la vida sin un esposo e hijos?

—Un paraíso —replicó Kerra con satisfacción—. Quiero vivir mi vida haciendo lo que me apetezca. Tal vez sus mujeres sean completamente felices teniendo niños, cocinando y transportando agua todo el día. Pero aquí…

—Amamos y valoramos a nuestras mujeres —se enfrentó Kiddoni—, igual que a las muchas aves del paraíso. Un buen esposo lleva a su mujer en las profundidades de su corazón, y son uno, tanto por este tiempo como por toda la eternidad.

Kerra se mordió la lengua, dándose cuenta de que había ido demasiado lejos.

—No era mi intención ofenderte —dijo sinceramente.

—Creo —dijo Kiddoni inclinándose hacia ella—, que no sabes cómo es.

—¿Que no sé cómo es qué?

—Ser realmente amada.

Abrió la boca para protestar, pero no emitió ningún sonido.

Kiddoni continuó:

—Tú… cada mujer… debería ser amada de forma tan profunda que nada más importe. Ni la guerra, ni ningún conflicto ni… ni el transporte de agua. Ese amor debería sustentarte y crecer solamente más fuerte.

Lo dijo todo sin pestañear, mirándola directamente hasta el fondo del alma.

Kerra se retorció un poco, inquieta.

—Sí, bueno, eso está bien para algunas, supongo —sintió que la cara le ardía de rubor. Quería negarlo con la cabeza, reírse y quitarle importancia, pero fue incapaz. «Realmente es una fantasía —pensó—, algo fuera del dominio de la realidad».

En cambio, le dedicó una sonrisa coqueta.

—Lo haces muy bien.

—¿Qué hago bien

—Hacer que las chicas pierda la cabeza.

Se encogió de hombros

—Lo que digo lo hago con el corazón en la mano —con un ojo cerrado preguntó dudoso—, ¿Perder la cabeza?

Kerra se rio. Pero cuando quiso darse cuenta Kiddoni parecía, de nuevo, tener la mente en otras cosas. Estaba mirando fijamente al Frente El semblante del nefita se volvió tan duro como el granito cuando su estado de ánimo sufrió un cambio radical.

—Quizás tengas razón —dijo con seriedad—. Tal vez no todos podamos permitirnos ese tipo de sentimientos. Yo no puedo. Sólo aquellos que conocen paz pueden. No puedo pensar en tales cosas, todavía no, y tal vez nunca. Primero vengaré la sangre derramada de mi familia. Mataré a tantos de ellos como pueda, y —si es necesario— lo haré hasta la muerte, con mi último aliento.

Kerra le estudió durante largo rato.

—No puede ser bueno —comenzó finalmente—. Quiero decir que no puede ser bueno sentir tanto odio.

Su comentario pareció irritarle.

—Odio es lo único que tengo en estos momentos.

—Pero no puedes cambiar las cosas —dijo Kerra—. No puedes cambiar lo que ha sucedido. A lo mejor deberías dejar que las cosas del pasado se queden en el pasado.

—Esas son palabras de cobardes. Yo cambiaré las cosas. Lucharé por mi gente —dijo temblando de ira.

—No me refería a eso. Quiero decir que… bueno, lo siento. Es sólo que… nada perdura, Kiddoni, especialmente las cosas que amas. De eso puedes estar seguro.

El rostro de Kiddoni se ablandó.

—¿Es que no crees en nada?

—La verdad es que no —respondió Kerra encogiéndose de hombros—, no mucho.

Sintió que la tensión aumentaba en su interior. Finalmente, se puso en pie de un salto.

—¡Ahhh! ¡Todo esto es una locura! No está bien. No es real, y tú tampoco eres real. Este milagro podría desaparecer en cualquier instante y jamás volvería a verte.

Kiddoni levantó el brazo para tomar su mano.

—Pero el milagro está aquí ahora. Nosotros estamos aquí ahora.

Kerra apartó la mano.

—Tengo que irme; pronto empezarán a buscarme.

Con El Libro de Mormón y las flores debajo del brazo, se encaminó hacia el borde del claro.

—Pero volverás, ¿no? —preguntó Kiddoni fervientemente.

Ella se detuvo justo antes de cruzar la fisura en la tierra y se volvió para mirarle de frente una vez más.

—Tal vez… Sí.

—¿Ves? —dijo Kiddoni sonriendo—. Entonces aún tienes algo de fe.

Kerra no pudo evitar su sonrisa. Después, siguió andando hasta desaparecer entre el follaje de la hondonada.

A Brock McConnell no le cabía ninguna duda de que había muerto y se encontraba en ese lugar de fuego y azufre, estaba seguro de ello. Estaba intentando hacer todo lo posible por disfrutar de esta aventura en el medio de la nada, en Utah, pero a cada hora echaba más de menos la vida nocturna y excitante de su barrio en California.

Su primo Teáncum no podría ser más anticuado ni poniendo todo su empeño en ello. No entendía nada acerca de qué cosas estaban genial, de lo que estaba de moda o de cómo divertirse. El tipo incluso coleccionaba piedras, ¡por el amor del cielo! ¡Piedras! Su segundo pasatiempo favorito era la caza de lagartos y tarántulas. Ese chico no era normal. O tal vez era que Teáncum, simplemente, no se enteraba de nada. Brock había decidido que, si se presentaba la oportunidad, abriría para Teáncum, lejos de su vida protegida, las puertas a todas las fascinantes posibilidades que ofrecía el mundo.

Al menos Brock pudo convencerle para ir al cine. Corinne les llevó en coche hasta el Estadio 8, en Saint George. Teáncum y él caminaron a lo largo de la pared exterior del cine, decorada con los carteles de las películas, para decidir cual sería la mejor.

—¿Ésta? —preguntó Teáncum.

Estaban delante de un cartel con dibujos de piratas de aspecto bastante tonto.

Brock negó con la cabeza. ¿Hablaba en serio?

—¡Son dibujos animados!

—¡Pero la película es divertida! —dijo Teáncum.

—¿Ya la has visto?

—Dos veces. Una de ellas con mis hermanas y la otra con mi clase de Escuela Dominical.

—¿Y estás dispuesto a pasar por esa tortura otra vez?

—Claro, si…

—¡Genial! —otro cartel le había llamado la atención a Brock. Era una película de acción, con explosiones, armas y hermosísimas mujeres con trajes de cuero negro—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Llevo mucho tiempo esperando a que saliera ésta!

Teáncum leyó lo que decía en la parte inferior del cartel.

—No está recomendada para menores de dieciocho años.

—¿Y qué? —dijo Brock—. Compramos una entrada para otra diferente y después «accidentalmente» nos metemos en la sala equivocada.

—No —dijo Teáncum—. Si mi madre se entera soy hombre muerto.

Brock le miró con asombro, después dio un gruñido y siguió hasta el siguiente cartel, una comedia con otro de sus actores favoritos, sujetando una bolsa llena de dinero y fumando un enorme cigarro.

—De acuerdo —refunfuñó—. Podemos ir a ésta.

De nuevo Teáncum advirtió la clasificación de la película.

—No está recomendada para menores de trece años.

—¿Ehhh?

—No tengo trece años.

Ahora sí que Brock se había quedado mudo.

—Estás bromeando.

Teáncum añadió:

—Mamá dice que para algunas de estas películas nunca tendré trece años.

Brock se dio la vuelta, exasperado.

—¡Eso se considera malos tratos! ¡Caray! ¡Sólo… ¡ ¡Olvídalo! —dijo sentándose de golpe sobre el bordillo de la acera, con una mueca de disgusto—. ¿Cuánto falta para que tu madre venga a buscarnos?

Teáncum miró su reloj.

—Dos horas, a menos que la llame para que vuelva —se sentó en el bordillo junto a su exasperado primo. Comenzaba a sentirse un poco exasperado él también—. ¿Qué quieres hacer?

Brock alzó la vista y miró hacia el oscuro estacionamiento del cine. Lentamente, una sonrisa le iluminó la cara. Miró a Teáncum de reojo y le hizo una suave señal con la cabeza para indicarle que le siguiera.

Brock guió a Teáncum a través de las filas de diferentes vehículos, casi como si estuviesen andando a través de un pasillo en una tienda de juguetes.

—¿Cuál te gusta? —preguntó Brock.

—¿Te refieres a los coches?

Brock le lanzó una mirada extrañada.

—No, a los triciclos. ¡Claro que me refiero a los coches!

Entonces los ojos de Teáncum se posaron en un Corvelte de color rojo cereza, un modelo viejo de mitades de los 70 que había sido puesto al día y pintado para la nueva generación.

—¡Anda! —dijo Teáncum—. Mi hermano se volvería loco por un coche como éste.

Brock se detuvo, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie les estaba observando y sacó un instrumento raro del interior de su chaqueta. Parecía una navaja de bolsillo, pero Brock lo desplegó como si fuese una regla. Uno de sus extremos acababa en un gancho.

—Teáncum, te presento a mi amigo, el Señor Barra de Uña.

Teáncum observó, con una expresión consternada, cómo Brock deslizaba la herramienta entre la ventana y la puerta en el lado del conductor del Corvette. En seguida oyeron un click, como si hubiese sido pan comido.

—¿Qué estás haciendo? —exigió saber Teáncum.

De forma casual, Brock abrió la puerta y reveló el interior del auto, como el chofer dándole la bienvenida a un millonario.

—¿Quieres ver cómo toma las curvas?

Teácum no se podía creer lo que acababa de ver.

—Estás loco.

—Como una cabra, pero soy astuto como un zorro —dijo Brock—. ¡Vamos!

Pero Teáncum se dio media vuelta y se dirigió al cine dando fuertes pisotones. Brock le miró durante un segundo, con la boca abierta. Finalmente, cerró la puerta del Corvette con fuerza.

—Increíble —se dijo a sí mismo mientras seguía al ingenuo de su primo.

Hasta aquí había llegado, ésa era la gota que colmaba el vaso. Brock se largaba de aquí. Sucediera lo que sucediera, había decidido que ésta sería su última noche en esta tierra de fábula llamada Utah

→ Capítulo 9

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario