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INTEGRIDAD
Alcanzando más allá
Poco después del programa de las Mujeres Jóvenes, transmitido vía satélite, en el que los líderes pusieron énfasis en la importancia de mantenerse firmes en sus creencias, supe de una jovencita llamada Melanie. Ella estaba con un grupo de amigas que asistieron al programa y una de ellas había llevado un video de clasificación «R» (restringido). Estaban a punto de poner el video cuando Melanie, de doce años, se paró ante el grupo y dijo: «Oigan, muchachas, hicimos un cometido de mantenernos firmes por la verdad y la rectitud; yo no voy a mirar esto. Si tengo que estar sola en hacerlo, así lo haré». Como resultado de la integridad de Melanie, ninguna de las muchachas miró el video.
Cuando me preguntan cuál es el papel de las mujeres Santos de los Últimos Días, pienso en Melanie. Ella ha tomado la decisión de mantenerse firme en defensa de la verdad y la rectitud, así como muchas otras mujeres Santos de los Últimos Días de otras épocas. A los doce años de edad, ella se ha fijado el cometido de permanecer en la rectitud y en la verdad.
Creo que algunas veces vemos a las mujeres dentro de un papel con una definición muy limitada. ¿Cuál es el «papel» de una mujer Santo de los Últimos Días? No es complicado de ninguna manera. Es simplemente ser una mujer recta.
Una mujer recta está cimentada en los principios del Evangelio. Ella fija sus prioridades de acuerdo con estos principios y trata de tomar decisiones a través de la inspiración. Ella comprende que el Señor tiene un propósito para su vida, y entonces desea encontrar y magnificar ese propósito. Ella es autosuficiente espiritualmente.
Toda mujer puede llegar a ser recta si está dispuesta a vivir de la manera en que lo dictan sus creencias. La base que le provee el Evangelio, así como el conocimiento que tiene de que es una hija de su Padre Celestial, la ayudará a tomar decisiones rectas, a escoger el camino ella misma, ya fuere que sea soltera, casada, divorciada, que críe a sus hijos sola, que trabaje en el hogar o en la oficina, o que se enfrente a decisiones complejas o simples. Su fundamento es el Evangelio de Jesucristo.
Si hubiera una causa digna en la vida de una mujer recta, ella se enfrentará a cualquier situación en defensa de esa causa. Y cuando la causa se basa en valores eternos que están ligados al Evangelio de Jesucristo, esa mujer no sólo estará dispuesta a morir por esa causa sino que vivirá para ella. Se encuentra arraigada en su vida con tal convicción que, sin importar la presión, podrá decir, «Escogeré lo que sé que es lo correcto».
Sin embargo, el mundo nos manda mensajes diferentes acerca de tal papel e importancia de las mujeres. La publicidad de las modas, la televisión, las películas y los carteles nos dicen que el ser atractivas es lo más importante. El mundo mide la belleza en términos de lo que es atractivo para los hombres. Por lo tanto, se les dice a las mujeres que cuanto más salgan con hombres, cuantos más novios tengan, mayor es su valor.
Ésta es una norma falsa que conduce a muchos problemas— anorexia, bulimia, normas bajas de moral, interés por la ropa y el dinero, y poco amor propio. Recientemente leí un artículo que decía que la mitad de las jóvenes de hoy día tienen muy bajo amor propio. Creo que éste es el resultado de tratar de llenar un estándar que no sólo es poco realista sino que carece de fundamento en esa verdad que trae consigo auténtico valor y felicidad.
A través de los profetas y de las Escrituras, sabemos que cada mujer viene de linaje divino y que ha heredado cualidades divinas que ella puede desarrollar. Su valor no depende de la moda cambiante o de las exigencias de la sociedad. Ella es de valor infinito, con su propia misión divina dada por el Señor. Al esforzarse por conocer cuál es esa divina misión, haciendo un esfuerzo por estudiar y llevar a cabo la obra del Salvador aquí en la tierra, ella podrá llegar a ser como el Señor.
Con el tiempo, en el eterno plan, cada mujer recta deberá tener como meta máxima ser esposa y madre. Pero la realidad de nuestro día es que algunas de nuestras jóvenes no tendrán la oportunidad de hacerlo en el tiempo en que lo anticipen o lo deseen. Por lo tanto es importante que tengan metas intermedias, no otras metas que estén en conflicto, sino metas que sean compatibles con su misión tan particular en esta vida. Y, por supuesto, todo aprendizaje y experiencia en cualquier esfuerzo recto la preparan para ser una mejor esposa y madre. Nada debe obstaculizar su camino para lograr esa meta. Qué triste sería para nuestras jóvenes que estuvieran sólo esperando esa experiencia y llegaran con las manos vacías.
Un aspecto en el que una mujer recta necesita prepararse es la educación—tanto espiritual como secular. La hermana Camila Kimball ha dicho: «Una cosa en la que debemos estar interesadas es en prepararnos para la vida, y eso viene de nuestra preparación académica. Ya sea que la utilicemos para educar a nuestra familia o para ganarnos la vida, tanto el hombre como la mujer necesitan tener el conocimiento que realce sus talentos naturales». La preparación para la vida es para ambas—las mujeres casadas y las que nunca se casarán. Es para las mujeres que tienen hijos que criar y quienes no los tendrán. Es para las mujeres que tendrán que mantenerse a sí mismas y a sus hijos en algún momento de la vida.
El Presidente Gordon B. Hinckley dijo en una charla fogonera para Mujeres Jóvenes: «Nunca antes en la historia del mundo han habido tantas oportunidades para las mujeres. Éste es el momento de capacitar tanto sus mentes como sus manos para realizar el trabajo que quieran desempeñar. No estoy sugiriendo que todas ustedes deben ir a la universidad. Hay necesidad de técnicos en varios campos, y el trabajo a realizarse es honorable y contribuye grandemente a la sociedad de la cual somos parte.
«Algunas de ustedes quizá piensen que el matrimonio satisfacerá todas sus necesidades. Éste es importante, y espero que cada una de ustedes tenga la bendición de un matrimonio feliz, pero algunas circunstancias se presentan en la vida de muchas mujeres que hacen que sea necesario que trabajen para satisfacer sus necesidades. El contar con una preparación académica puede llegar a ser la inversión más sabia y de más provecho. Obtengan toda la ayuda y dirección que puedan respecto a sus aptitudes y ambiciones, y entonces reciban la capacitación que afile sus habilidades y mejore sus oportunidades».
Al desarrollar las mujeres los dones divinos que tienen dentro de ellas, al comprender su potencial de crecimiento, de aprendizaje y de sabiduría, de fortalecer a las familias, el Señor estará allí para guiarlas, amarlas, cuidarlas, ayudarlas a progresar y a aprender. Como lo ha prometido el Señor, «Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros» (D. y C. 88:63). Las mujeres rectas tendrán muchas oportunidades de que su sabiduría, voz y voto marquen la diferencia.
Una cita el viernes
Su preocupación inmediata puede ser la decisión acerca del acompañante que llevarán a una fiesta este viernes, y sin embargo, sus decisiones respecto a con quiénes saldrán tienen algo que ver con las generaciones anteriores y también con las venideras. ¡Es una decisión importante! Vengan conmigo a través del tiempo y viajaremos hacia adelante hasta la cita, el joven, el lugar, el tiempo, y su decisión acerca de la cita de esta misma semana. Sean pacientes. Es una historia un poco larga porque se remonta muy atrás en el tiempo, pero descubrirán cómo se relaciona todo esto con la cita de esta semana.
Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, somos un pueblo de convenio. El comprender lo que eso significa es fundamental en todas nuestras decisiones, incluyendo su cita de esta semana y la próxima. Nuestro Padre Celestial envió a uno de Sus espíritus más fuertes a la tierra. Su nombre era Abraham, y ustedes y yo somos descendientes de él. Él es nuestro tatarabuelo de muchas generaciones atrás. Somos contadas entre su posteridad. Abraham fue probado repetidamente. Hasta se le dio el mandamiento de ofrecer a su único hijo, Isaac. El Señor sabía que podía depender de Abraham. Sólo después de haber probado la obediencia de Abraham, Isaac fue salvado.
A través de Abraham, el Señor pudo establecer un pueblo de convenio. Él prometió, o hizo convenio con Abraham, que todos sus descendientes pertenecerían a la casa de Israel y que todos aquellos que aceptaran y guardaran Sus mandamientos heredarían las bendiciones de la vida eterna, el más grande de todos los dones de Dios. Por tal razón, Abraham estaba muy ansioso de que su hijo no tomara esposa de entre las mujeres cananeas que allí habitaban, quienes no compartían su religión. Fue así que comisionó a su siervo que hiciera un viaje largo y poco placentero a fin de conseguir una compañera para Isaac que fuera de su religión. El siervo tomó diez camellos y partió.
Cuando el siervo llegó a su destino en un país lejano, necesitaba saber quién sería la compañera de Isaac. Pidió la ayuda del Señor, diciendo: «Sea, pues, que la doncella a quien yo dijere: Baja tu cántaro, te ruego, para que yo beba, y ella respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos; que sea ésta la que tú has destinado para tu siervo Isaac; y en esto conoceré que habrás hecho misericordia con mi señor» (Génesis 24:14).
Y antes de que terminara de hablar, Rebeca vino al pozo. Era una mujer bella. El siervo corrió a su encuentro y dijo: «Te ruego que me des a beber un poco de agua de tu cántaro». Ella respondió: «Bebe, señor mío; y se dio prisa a bajar su cántaro sobre su mano, y le dio a beber. Y cuando acabó de darle de beber, dijo: También para tus camellos sacaré agua, hasta que acaben de beber» (Génesis 24:15-20).
El siervo inquirió del padre de Rebeca si iría con él. Llamaron a Rebeca y le preguntaron: «¿Irás tú con este varón? Y ella contestó: Sí, iré». Cuando ellos regresaron a Isaac, él estaba en el campo y los vio venir. El siervo le contó todo lo acontecido. «Y la trajo Isaac a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer, y la amó; y se consoló Isaac después de la muerte de su madre» (Génesis 24:61-67).
Rebeca e Isaac fueron leales y fieles a los convenios que hicieron con el Señor, y anhelaban que sus hijos también lo fueran, para que gozaran de las bendiciones prometidas a aquellos que son leales y fieles. Tuvieron dos hijos, Jacob y Esaú. Esaú, sin embargo, se casó fuera de la fe. Un día Rebeca, con gran angustia y preocupación por su posteridad y por la necesidad de que sus hijos se casaran en la fe, le dijo a Isaac: «Fastidio tengo de mi vida, a causa de las hijas de Het. Si Jacob toma mujer de las hijas de Het, como éstas, de las hijas de esta tierra, ¿para qué quiero la vida?» (Génesis 27:46).
Jacob se casó dentro de la fe, y su nombre fue cambiado a Israel. Tuvo doce hijos y todos sus fieles descendientes llegaron a ser de la casa de Israel, el pueblo del convenio. Aquellos que no son de linaje israelita, conocidos comúnmente como gentiles, son adoptados dentro de la casa de Israel cuando se unen a la Iglesia, llegando a ser herederos del convenio de Abraham a través de las ordenanzas del Evangelio.
Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, somos descendientes de Abraham, un pueblo escogido, un pueblo de convenio con bendiciones prometidas, incluyendo las ordenanzas del matrimonio celestial. Cada uno de nosotros tiene una misión divina y un destino eterno. Pero para poder llegar, nosotros, como Abraham, debemos ser probados y probados. Debemos tener nuestro libre albedrío y ser probados en todas las cosas.
Cuando entiendan completamente el significado de ser de la casa de Israel, el pueblo del convenio, podrán entender mejor cómo sus decisiones en cuanto a las personas con quienes salen llegan a ser un asunto de consecuencias eternas. Su decisión respecto al matrimonio eterno es el eslabón que une a las generaciones pasadas con las futuras, de manera que es algo muy importante.
Por lo tanto, aquí, en esta vida terrenal, tenemos muchas pruebas en nuestro camino. ¿Y qué sucede con una joven de dieciséis años que ha recibido una invitación de un joven que es muy popular y caballeroso pero que es un gentil, que no es miembro? El Profeta ha hablado diciendo: «Siempre ha quedado prohibido casarse fuera de la fe» (Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdón, Bookcraft, 1969, pág. 245). El presidente Kimball continúa diciendo: «Desde luego, el matrimonio apropiado empieza con un noviazgo adecuado. La persona generalmente contrae matrimonio con uno de entre aquellos con quienes se asocia, con quienes va a la escuela, con quienes va a la Iglesia, con quienes pasa sus ratos de sociabilidad. Por lo tanto, se hace fuerte hincapié en esta amonestación: No corras el riesgo de salir ni con no miembros ni con miembros que carecen de preparación y de fe. Una joven podrá decir: ‘No, ninguna intención tengo de casarme con esta persona. Salgo con él para divertirme.’ Sin embargo, uno no debe correr el riesgo de enamorarse de alguien que quizá nunca acepte el Evangelio» (página 246).
Tal como Abraham y Rebeca se preocuparon de que sus hijos se casaran dentro de la fe, de igual manera ustedes llevan la responsabilidad de contraer un matrimonio celestial, si es que su relación ha de ser eterna y si sus hijos han de nacer bajo el convenio y sellados en el templo como una familia eterna.
Aquellos jóvenes de ambos sexos que vivan en un lugar en donde haya pocos o ningún miembro de la Iglesia, pueden ser una fuerte influencia para el bien, ayudando a esparcir el Evangelio por medio del ejemplo al asociarse con sus amigos que no sean miembros, invitándolos a las actividades de la Iglesia y a las noches de hogar, participando en las actividades de la escuela con jóvenes que tienen altas normas de moral. A través de la amistad y la asociación pueden ser llevados al conocimiento del Evangelio y aun al bautismo. Esto debe venir por medio de la participación en grupo y no saliendo solos.
Probablemente se pregunten si todo esto necesita ser repasado y revisado antes de que acepten la cita del viernes. Permítanme asegurarles que no es así. Una vez que hayan tomado la decisión de casarse en el templo y de recibir las bendiciones que se prometen allí, y lleven esas bendiciones a sus hijos que nazcan bajo el convenio, entonces tendrán la respuesta en cuanto a esas invitaciones tan atractivas, esta semana y también la siguiente.
Esta decisión requiere valor moral, pero también puede brindar un ejemplo que otras jóvenes puedan usar para conducir sus vidas en armonía con los convenios que también ellas han hecho. Y aun cuando se sientan solas debido al conocimiento de su destino divino como miembros de la casa de Israel, escogidas del Señor y reservadas para este tiempo, existen miles de jóvenes que están demostrando el mismo valor moral diciendo: «no», cuando sería mas fácil decir: «sí».
El presidente George Q. Cannon nos dice lo que podremos esperar de las pruebas: «Si hay algún aspecto en nuestro carácter que es débil y sensible, pueden estar seguros de que el Señor nos probará en eso y lo hará al máximo antes de que podamos pasar y recibir la gloria y la exaltación que Él tiene reservada para nosotros como Su pueblo. Cuando pensamos acerca del carácter de la exaltación que se nos ha prometido, podemos entender por que éste sería el caso» (Gospel Truth, Deseret Book, 1974, 1:103).
Yo creo que cuando una joven de quince años y medio de edad ha aceptado la invitación del joven más deseable a una baile especial, y todas sus amigas, tanto miembros como no miembros, aceptan invitaciones para ese evento especial, el Señor está pendiente de su prueba en ese preciso momento de su vida. La decisión está en ir o no ir. Si van, ¿qué pasa? Si no van, ¿qué pasa? Si deciden no ir, perderán un baile y sufrirán y quizá hasta les duela, un dolor interior en un momento en que tener amigos, ser popular, y ser aceptada son asuntos cruciales para su sentido de bienestar. Pero éste es un momento que se le ha proporcionado para descubrirse a si misma, tu amor por el Señor, así como el uso de su albedrío.
Antes de tomar una decisión, no hay manera de saber cómo se sentirán después. La autoconfianza, la autoestima y el aumento de la fe son las recompensas de la obediencia. Quizá pueda ser mas fácil alegar y decir: «Bueno, pues si casi tengo dieciséis años ¿que diferencia hay?» El asunto en este momento quizá no tenga mucho que ver con salir en una cita, sino más bien con la obediencia. Y la obediencia en ese momento puede llegar a ser una fuente de fortaleza para circunstancias desafiantes más adelante. La autodisciplina en cosas que encontramos por el camino nos prepara para las mismas pruebas y propósitos de esta vida mortal. El presidente Kimball ha dicho: «El salir con jóvenes del sexo opuesto solos o en parejas debe posponerse hasta por lo menos la edad de dieciséis años. Y aún así deben tener mucho juicio al hacer la selección y en asegurarse de que las relaciones no sean serias. Los jóvenes varones deben evitar tener relaciones serias durante varios años en vista de que saldrán a la misión cuando tengan diecinueve años». Cuando la presión social es tan fuerte y el deseo tan intenso, quizá se pregunten: «¿Es un mandamiento?» Y entonces nuevamente escuchamos las palabras del presidente Kimball: «De manera que les decimos a todos los jóvenes, sin importar dónde vivan y más allá de las costumbres de su país, su Padre Celestial espera que se casen por las eternidades, y que tengan familias fuertes y buenas. El Señor planeó que los hombres y las mujeres se encontraran y tuvieran relaciones familiares. Sean leales el uno al otro y manténganse limpios y dignos. Éste es el momento de planear matrimonios buenos y fuertes, organizar sus programas y fijar sus normas, de solidificar su determinación de prepararse para el matrimonio para que sea bello y gratificador».
La costumbre en algunos lugares es tener una relación sería. Esto implica un cierto nivel de compromiso; se espera que sean leales el uno al otro. Este arreglo es perjudicial cuando se es muy joven porque limita las amistades, y de mayor preocupación aún es la seriedad de la relación, que es contraria a la admonición del Profeta de «limitar relaciones serias durante varios años». Esto aumenta el riesgo de desarrollar relaciones íntimas, las cuales amenazan la lealtad a los convenios eternos, a guardar los mandamientos, e impone tentaciones, las cuales usa Satanás para atrapar a las personas en su red, porque desea que todos los hombres sean miserables como él. De la relación seria, el presidente Kimball ha dicho: «El salir con jóvenes del sexo opuesto en los tiernos años de la adolescencia conduce a relaciones serias con su multiplicidad de peligros y problemas y frequentemente al matrimonio a una edad muy temprana con sus correspondientes desilusiones». El que los jóvenes salgan juntos no es algo fuera de lo común y por lo regular es hecho con la aprobación de los padres. Sin embargo, es casi criminal someter a una criatura tierna a las tentaciones de la madurez. Los matrimonios jóvenes, los cuales están casi condenados al fracaso, son por lo regular el resultado de haber empezado a salir con jóvenes del sexo opuesto a una edad muy tierna. Por otro lado, la debida preparación para el matrimonio es el cortejo.
Y ahora, respecto a la cita para esta semana, ¿cuál será su respuesta? Ustedes tienen que decidir. Y aún después de que se haya tomado la decisión, la prueba continuará durante un tiempo, y por lo regular viene por medio de sus amistades más cercanas, de quienes más anhelan su aprobación. Viene de una forma como ésta: «¿Por qué no vas? Todos van a ir. No vamos a hacer nada malo. ¿Crees que eres mejor que nosotros? ¿Cuál es el problema? Nuestros padres nos están dejando ir. Nosotros hablaremos con tu mamá».
A las preguntas de los amigos en cuanto a ¿por qué hacen lo que hacen?, la razón puede ser sencillamente, porque yo sé lo que sé. Y mientras tengan que esperar a la edad apropiada para una invitación de un miembro de la Iglesia para aceptar salir con alguien, pueden tener muchos amigos, jóvenes y mayores, miembros y no miembros. Y a su mente vendrá el dulce refrán de la última estrofa de la canción: «Andar por la fe:» «Cuando Dios me haya probado, yo lo volveré a ver; ahora sólo puedo tener fe».
¿Quién adoptará una posición firme?
Había muchos niños en el vecindario. Los domingos, cuando se congregaban todos en la Iglesia, parecía que la proporción de adultos a niños era diez a uno, a favor de los niños. Pero a pesar del gran número de amiguitos que podrían estar disponibles durante la semana para jugar al sol y nunca entrar a la casa más que para ir al baño y comer emparedados de mantequilla de maní y mermelada, Betsy, de cuatro años de edad, frecuentemente abandonaba a sus amiguitos, caminaba calle abajo y llamaba a nuestra puerta.
Siempre podía reconocer que era Betsy. Golpeaba tres veces, hacía una breve pausa, y volvía a golpear hasta que abría la puerta. «Ya voy, ya voy, Betsy», me decía a mí misma mientras llegaba hasta la puerta. Ahí estaba con sus zapatos de tenis muy gastados, con sus rodillas raspadas por tratar de seguirle el paso a los niños mayores que ella y la nariz bronceada. Su cabello rubio se había aclarado aún más por el sol, y la piel gradualmente se le había convertido de un blanco mayonesa a un bronceado de galleta de jengibre. Su visita tenía un propósito específico, así es que inmediatamente anunciaba su pedido: «¿Puede salir a jugar tu papi?» Yo había tratado de explicarle a Betsy en varias ocasiones que mi «papi» no era mi papá sino mi esposo. El intento nunca tenía éxito, y la palabra esposo en lugar de papi era de poca importancia para Betsy. No era la palabra correcta lo que le interesaba a esta niña de cuatro años; ella simplemente quería saber si mi «papi» podía salir a jugar.
Para entonces mi «papi» estaba a la puerta para hablar por sí mismo. Desordenándole su cabello rubio rizado, estuvo de acuerdo en que su «mami» lo dejaría salir a jugar si trabajaban en el jardín durante un rato. No hubo demora. Ella tomó su mano grande y lo llevó tras ella al jardín en donde habían estado trabajando el día anterior. Ocasionalmente salía y pescaba un poco de su conversación, que no parecía tener fin.
Un día, recién había regresado a mi labor en la cocina, cuando escuché a Betsy golpear a la puerta nuevamente. Esta vez, en lugar de seguir golpeando hasta que yo llegara, entró abruptamente con sus ojos muy abiertos y hablando tan rápido que no podía entender lo que me estaba tratando de decir. Sabía que era algo respecto a mi «papi». «¿Qué pasa? ¿Qué pasa?» pregunté, tomándola de la mano y corriendo al jardín. Encontrando a su compañero de juegos bien, le dije con serenidad, esperando calmarla: «Betsy, dime una vez más, y habla más despacio para que pueda entender». Ella repitió su mensaje más despacio y con gran sentimiento, señalando a su compañero jardinero: «Él dijo una mala palabra». Heber, sentado en el suelo con sus piernas cruzadas, trataba de contener la risa.
Como había sido llamada para verificar la acusación de Betsy, empecé mi interrogatorio. «¿Qué palabra usó?» Yo sabía, claro está, que la palabra en cuestión era solamente mala en su mente. Sin embargo, eso en sí lo hizo un asunto de gran consecuencia.
Betsy estaba lista para dar un informe completo. Ella se paró cerca del acusado, lo señaló directamente y anunció: «Él dijo que yo estaba llena de charlatanería».
«¿Charlatanería?», repetí, tratando de ocultar mi risa al mirar al acusado esperando el veredicto. «¿Y qué quiere decir esa palabra?», pregunté.
«Yo no sé», dijo ella. Muy en control de la situación, lo señaló y dijo: «Tú pregúntale».
Continué con la investigación, esta vez dirigiéndome al ofensor. «¿Y qué es lo que significa la palabra?» pregunté.
«Bueno», reflexionó, tratando de recordar el origen de la palabra. «Es una palabra que mi abuelo usaba muy a menudo. Significa lleno de diversión, un poco de travesura, y mucho amor».
Había yo estado parada entre el acusado y la acusadora, pero con los hechos adicionales relativos al caso, Betsy abrazó a su amigo, lo perdonó, y me despidieron.
Y ahora, muchos años después, cuando ocasionalmente me encuentro en un centro comercial, en un cine, en los pasillos de una escuela o en privado en donde un grupo de jóvenes estén conversando, escucho las palabras que vienen de sus labios y siento algo muy parecido a lo que Betsy sintió cuando irrumpió en mi casa para poner fin a aquellas «malas palabras». Quiero tomar una actitud firme dondequiera que me encuentre, y llevar a cabo una sesión de tribunal con el mismo fervor que Betsy exhibió en su preocupación por palabras que suenan ofensivas y malas, inapropiadas e inmorales.
«¿Quién adoptará una actitud firme y hablará claro en defensa de la pureza de mente y la expresión limpia?», preguntaría el juez. Cada joven sería llamado a testificar, esos jóvenes valientes que he conocido en muchas partes del mundo. Alguien del grupo hablaría, aun arriesgándose a la persecución de sus amigos y ofrecería un desafío: «Intenten esto, si pueden», diría. «¿Pueden pensar en algo sin formular el pensamiento en su mente por medio del uso de las palabras? Las palabras forman nuestros pensamientos. Buenas palabras resultan en buenos pensamientos». Seguramente algunos se irían de allí disgustados, pero creo yo que la mayoría se quedaría.
Otra joven tomaría una actitud firme y alzaría su voz en defensa de la verdad y la rectitud. «No está bien», diría ella, «hablar con palabras que son vulgares, crudas, y blasfemas. Es injusto para ustedes mismos y para sus amigos el permitir que las imágenes creadas por las palabras vulgares lleguen a ser parte de su mente contaminando el aire».
Con ese llamado evangélico en apoyo de un lenguaje limpio, otra joven en la multitud se acercaría y esperaría su turno para dar apoyo a esta gran causa. «Nuestros pensamientos son la substancia que llena nuestra mente y nos hace lo que somos». Y testificaría: «Las Escrituras nos recuerdan que como piensa el hombre en su corazón, tal es él. Llegamos a ser lo que pensamos. Somos lo que hemos programado nuestras mentes para ser. Una persona recta es recta porque él o ella ha escogido pensamientos correctos que conducen a acciones correctas».
Otra persona citaría este comentario sabio: «Cada pensamiento que tenemos, cada pensamiento consciente o inconsciente que nos decimos a nosotros mismos, es traducido a impulsos eléctricos, los cuales, a su vez, dirigen los centros de control en nuestro cerebro para afectar y controlar eléctrica y químicamente cada emoción, cada sentimiento, cada acción que tomamos, cada momento del día» («What to Say When You Talk to Yourself,» Scottsdale, Arizona: Grindle Press, 1986).
El siguiente joven en alzar su voz sería uno más grande y más solícito en su consejo. «¿No se dan cuenta?», suplicaría a sus amigos. «El lenguaje vulgar no es pecaminoso porque alguien piense que debe ser evitado, sino que, debe ser evitado porque es pecaminoso».
El siguiente defensor de pensamientos puros y lenguaje limpio es una mujer de color, llamada Jamie Noit. Ella no es parte de mi campaña imaginaria contra las groserías, la vulgaridad y las palabras obscenas. Ella es una persona real, que habla con todo aquel que la escuche. Sus palabras vienen de la Circular «Ebony Rose?’: «El mundo sabe cómo debemos vivir. En lugar de decir las groserías abiertamente, ¿las deletrean? (¡El Señor también sabe cómo deletrear!) No podemos escaparnos de la responsabilidad que tenemos de estar del lado del Señor. Si son afortunados, no escucharán al gallo cantar tres veces para saber cuándo se habrán desviado del camino. … No tengan miedo de alzar la voz por lo que es correcto. Las personas que tienen influencia sobre miles necesitan toda la ayuda que puedan recibir. Si no dicen nada respecto a las cosas que no les gustan, los continuará molestando interiormente. El silencio es una forma de estar de acuerdo».
Siempre existirán aquellos que persistirán en decir: «Muéstrame en dónde dice que mi lenguaje está equivocado». Y existe mayor evidencia de la que podemos hacer uso. En el encabezado del tercer capítulo de Santiago en la edición SUD de la Biblia (en Inglés) leemos, «Al controlar nuestra lengua obtenemos perfección». Y en el versículo 10 leemos: «De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así» (Santiago 3:10).
La pregunta permanece para cada generación: ¿Quién tendrá firmeza y golpeará la puerta para pelear contra las «malas palabras» con la misma intensidad de Betsy?
El élder Dallin Oaks, un Apóstol del Señor Jesucristo, ha hablado tanto a los jóvenes como a los adultos respecto a este asunto. Él dice: «Un discursante que emplea profanación o vulgaridad para captar la atención de alguien de una manera escandalosa está haciendo uso de un recurso infantil que no tiene excusa para el comportamiento de un joven ni de un adulto. Tal lenguaje está en bancarrota moralmente. También es contraproducente ya que el impacto disminuye con la familiaridad y el usuario sólo puede mantener su efecto excediéndose cada vez más. Los miembros de la Iglesia, jóvenes y adultos, nunca deben permitir que palabras profanas o vulgares pasen por sus labios. El lenguaje que usamos proyecta la imagen de nuestro corazón y nuestro corazón debe ser puro. Como enseñó el Salvador: ‘Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas’ (Mateo 12:34-35)» (Ensign, mayo 1986, págs. 49-50).
Yo he visto a jóvenes que están dispuestas a alzar su voz con firmeza en defensa de la pureza de pensamiento y palabra y que golpearían cualquier puerta que fuera necesaria para eliminar las palabras profanas o vulgares del lenguaje de los jóvenes en estos últimos días. Escucho a las mujeres jóvenes cantar la canción de la juventud que avanza:
¿Quién habrá de defender
la verdad y noble ser,
guiando a otros a un mundo mejor?
Con firmeza y decisión,
hoy proclamo a viva voz-.
«Yo iré. Envíame a mí».
(Janice Kapp Perry, «La Juventud que Avanza».)
Ella es mi hermana
Las dos hermanas estaban sentadas juntas en el sofá de la recepción tapizado en cuero, susurrándose palabras de aliento. «Tú puedes ir primero si quieres», le dijo Linda a su hermana menor. Mary se quedó pensativa por un momento. «Realmente pienso que sería mejor que tú fueras primero». Entonces, con intensidad en su voz, tocó el brazo de su hermana y agregó: «Por favor, pasa tú primero».
En ese momento se abrió la puerta de la oficina y la secretaria invitó a cualquiera de las dos solicitantes a pasar para la entrevista de empleo. Linda intercambió una mirada con su hermana recibiendo la indicación y el ánimo para pasar primero. Con buen porte y dignidad, pero con su corazón latiendo a un ritmo acelerado y desequilibrado, pasó, sentándose en el sofá al frente del escritorio. Escuchó con interés los requisitos, las expectativas, las oportunidades, así como los beneficios del trabajo.
Con su confianza reforzada y fortalecida a través de los comentarios alentadores de Mary, Linda habló acerca de sus experiencias y preparación que fuera de valor particular para el trabajo de la empresa que se le había detallado. Su ánimo ante la posibilidad de ser contratada era evidente y continuó progresando. Con este trabajo de jornada parcial en la universidad misma, ella podría continuar con sus estudios, pagar el préstamo que había solicitado, y vivir en los dormitorios con sus amigas y su hermana. Todo parecía demasiado bueno para ser verdad, y sin embargo, había una posibilidad.
Con una oración en su corazón, esperó. La entrevista aparentemente había terminado, la persona encargada de tomar la decisión miró por la ventana pensativamente. Entonces, volviéndose hacia Linda, preguntó: «Y si te contrato para el empleo, ¿qué pasará con tu hermana?»
Cual el aire que se escapa de un globo inflado, el entusiasmo de Linda pronto desapareció. ¡Sólo había una vacante para el trabajo! De alguna manera el aviso en el periódico de la universidad le había dado la impresión de que había varias. Ahora estaba en competencia con su hermana por el mismo empleo.
Con gran esfuerzo pudo, de alguna manera, ocultar su desilusión y recobrar algo de su entusiasmo original. En ese momento, sus intereses personales quedaron a un lado. Con ambas manos extendidas para dar mayor énfasis, tomó la causa de su hermana. «Si sólo hay una vacante, un solo trabajo, por favor hable con mi hermana, Mary». Se levantó para irse y en un último esfuerzo por ayudar a su hermana, explicó: «Mi hermana trabajó largas horas mientras yo estaba en mi misión. Ella ahorró hasta el último centavo para que cuando yo regresara pudiéramos venir a la universidad. Yo sé que ella se sacrificó mucho para que pudiéramos estar juntas. Ella hizo todo eso por mí». Su voz se suavizó, y se llenaron sus ojos de lágrimas. «Ni siquiera estaría yo aquí si no hubiera sido por Mary. Cuando la conozca, entenderá lo que le digo».
Linda recobró su serenidad y salió de la oficina hacia la recepción donde Mary estaba esperando. Ella le susurró: «¡Buena suerte!», y cambiaron de lugar. Dentro de la oficina se repitieron los mismos procedimientos y se presentaron los mismos detalles. El entusiasmo de Mary era igual al de Linda—un anhelo honrado, fresco y sencillo de obtener el empleo.
Mary, sensible a la realidad de la situación, estaba ansiosa de inquirir acerca de Linda antes de seguir adelante con sus planes. «¿Qué pasará con mi hermana?», preguntó. Titubeando un poco, el entrevistador confirmó lo que Mary había temido. «Sólo hay una vacante», fue la respuesta.
Como una evangelista fiel, Mary tomó la causa de su hermana. «Mi hermana es la persona que deben emplear», dijo ella. «Ella fue una misionera y tiene mucho más habilidad que yo para tratar con la gente. Todos aman a Linda. Si hay un sola vacante, por favor considérenla a ella».
Los sentimientos profundos de amor, interés y lealtad que estas jóvenes habían expresado la una por la otra le interesaron más al entrevistador que la tarea inmediata de llenar una vacante. Ninguna de las dos sabía de la intervención de la otra.
A la conclusión de la entrevista el entrevistador le pidió a Mary que permaneciera sentada, entonces de pie frente a la puerta de su oficina le pidió a Linda que pasara. Las hermanas estaban sentadas una al lado de la otra, obviamente renovadas por la fuerza de estar juntas. La formalidad de las entrevistas había sido reemplazada ahora por el espíritu de expectativa al desear ambas lo que fuera mejor para la otra. Escucharon con atención mientras el entrevistador, cuidadosamente y con obvia emoción, explicaba los acontecimientos conmovedores anteriores.
Cuando Mary escuchó los detalles de la entrevista de Linda, agachó la cabeza. Tomó la mano de su hermana y se miraron. Las lágrimas llenaron sus ojos; se acercó a Linda y le susurró: «No es más de lo que tú hubieras hecho por mí si yo hubiera salido a una misión».
El empleador entonces relató los detalles de la entrevista de Mary mientras Linda se enteró de cómo su hermana había hecho a un lado sus deseos personales. Los sentimientos de amor y aprecio en Linda ahora requerían mayor expresión. «Mary tiene más amor en su corazón que cualquier persona que yo conozca. Ella tiene la cualidad de dar sin egoísmo y de servir a otros con enorme disposición. Es el Espíritu de Cristo y ella lo tiene más que yo. Eso es lo que me estoy esforzando por obtener».
Mary interrumpió a su hermana: «Pero tú te entregaste totalmente a tu misión». Entonces, mirando al entrevistador, habló con profunda emoción: «Linda es tres años mayor que yo y ella ha pavimentado el camino para mí durante todos los momentos difíciles de mi vida. Aún no llego a su altura, pero ella siempre me apoya en todo».
Linda, sonriendo a través de sus lágrimas, respondió: «Ella es mi hermana. Y siempre lo haré».
Un diezmo íntegro
«¿Está el obispo?» La voz al otro lado del teléfono estaba sin aliento y ansiosa cuando contesté la primera vez que sonó.
Como su tono indicaba cierta urgencia, vacilé en explicarle que el obispo no estaba en casa de momento, pero rápidamente interrumpió mi explicación con otra pregunta: «¿A qué hora estará de regreso?»
Me encontré hablando igualmente de rápido contagiada por su nerviosismo. Le expliqué que lo habían llamado a la casa de un vecino por unos minutos y que regresaría pronto. «¡Qué bueno!», contestó ella. «Voy para allá a esperarlo».
No reconocí la voz, y antes de que pudiera decir otra palabra, escuché que colgaba el auricular.
Era una tarde hermosa de primavera. Todo el día había podido escuchar las voces chillantes de los jóvenes mezclada con el sonido rítmico de los tambores de la banda en la secundaria a unas cuadras de la casa. Los sonidos felices me habían mantenido haciendo mis labores por la casa a un paso constante. Cuidadosamente le había dado los últimos toques a la alfombra de la sala, asegurándome de que la lanilla fuera toda del mismo lado. Entonces, parada en el umbral de la puerta para evitar dejar huellas en la alfombra, admiré el ramito de las flores de albaricoque que había colocado en la repisa de la chimenea.
En ese momento sonó el timbre de la puerta. Antes de que pudiera ir a la puerta a contestar, Julie, una estudiante del último año de secundaria, entró a la sala de un salto cayendo directamente sobre el sofá verde y blanco cerca de la ventana. La seguí sin preocuparme por las huellas en la alfombra.
Hablaba animadamente al entrar, mencionando que había, tenido que correr cinco cuadras cuesta arriba. Estaba agitada haciendo imposible que se entendiera lo que estaba diciendo. Tenía apretado en sus manos un montón de billetes de un dólar. Entonces vació el contenido de su pequeña bolsa cayendo billetes de dólar por todas partes, confundiéndose algunos de ellos al caer sobre la alfombra verde.
Aún saltando de la emoción, preguntó nuevamente: «¿A qué hora regresa el obispo?» Entonces, sin esperar una respuesta, dijo: «Ah, le voy a contar», y empezó a contar su historia con detalles. Un poco antes de que terminara llegó el obispo y se sentó silenciosamente. Sin hacer ninguna pausa, Julie empezó nuevamente a relatar su historia desde el principio, pero esta vez su emoción estaba más controlada.
Explicó que había estado trabajando en tres empleos diferentes mientras iba a la escuela, con la esperanza de ganar y ahorrar lo suficiente para ir a la universidad durante el otoño. Debido a unos gastos inesperados, ella se había atrasado en el pago de sus diezmos. Esto le había preocupado considerablemente, porque sabía la importancia del diezmo y que de alguna manera tenía que ponerse al día.
Cambió de posición y nos habló acerca de la cosa más emocionante que le había sucedido ese día en la escuela. Cada uno de los alumnos de la clase del último año de la secundaria secretamente tenía la esperanza de ser seleccionado para recibir ya fuera un premio de cincuenta dólares o un viejo automóvil que todo el alumnado había estado admirando. Julie explicó cómo el sólo pensar en los cincuenta dólares había tocado un nervio muy sensible dentro de ella, ya que ésa era la cantidad exacta que necesitaba para ponerse al corriente con sus diezmos. Ella habló de haber tenido un fuerte sentimiento de ofrecer una oración en silencio y de prometer que si ella recibía el premio, tomaría el dinero y se lo daría al obispo para su diezmo tan pronto como pudiera.
En este momento la voz de Julie tomó un tono más serio. Su nombre había sido anunciado, y fue llamada para recibir el premio. Entonces empezó la lucha. Inmediatamente todos sus amigos se juntaron a su derredor para compartir su emoción y aconsejarla. Todos parecían estar de acuerdo en que debería mejor escoger el automóvil. Uno de los muchachos hacia quien ella se sentía atraída le dijo: «Tienes que escoger el auto. Lo puedes vender por más de cincuenta dólares». Un coro de amigos se unieron diciéndole que no podía menos que escoger el auto.
Fue esa declaración: «Lo único que podía hacer», lo que determinó su curso. Para Julie, sólo había un cosa que hacer. Ella ya había hecho una promesa de la cual sus amigos no estaban enterados. Tenía que ir al obispo y entregarle los cincuenta dólares.
Dejando a sus amigos un poco extrañados, corrió al teléfono en la oficina de la escuela y pidió el número del obispo a la operadora ya que eso sería mas rápido que buscar su nombre en el directorio.
Y entonces hizo la primera pausa desde que empezó su relato, como si dijera: «Y aquí estoy». Respiró profundamente y mirando al obispo directamente, con los ojos llenos de lágrimas, declaró: «Aquí está mi diezmo íntegro».
Miré a Julie y después al obispo. Con una expresión cálida y sensible y con sus ojos llenos de lágrimas, el obispo tomó la mano de Julie. Silenciosamente dejé la habitación para que pudieran disfrutar de ese momento a solas, en que uno se presenta para dar un informe de su mayordomía y para recibir la aceptación de alguien que ha sido escogido por el poder del cielo.
Había pasado media hora cuando me reuní con ellos a la puerta ya que Julie estaba lista para irse. Estaba sonriente y su rostro humedecido por las lágrimas irradiaba una expresión de victoria, como cuando uno se ha conquistado a sí mismo.
«Gracias, muchísimas gracias, obispo», ella dijo, y el obispo respondió: «Yo te doy las gracias a ti, Julie, y tu Padre Celestial te lo agradece también».
Estaba entre corriendo y saltando para cuando llegó a la esquina de nuestra cuadra. El obispo y yo nos quedamos a la puerta mirándola. Antes de que se perdiera de vista, se dio vuelta y nos dijo adiós con la mano y siguió su camino feliz.
El obispo cerró silenciosamente la puerta y meditando en voz alta dijo: «La manera del Señor es siempre una manera feliz».
























