La Misión de Jesús el Mesías

4
Para Cumplir Con Toda
Justicia


Bautismo

Mateo 3:13-17

13 Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por él.
14 Pero Juan se lo impedía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
15 Pero respondiendo Jesús, le dijo: Permítelo ahora, porque así nos conviene cumplir toda justicia. Entonces se lo permitió.
16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió inmediatamente del agua; y he aquí, los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él.
17 Y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.

Contra-referencias
Marcos 1:17-11;  Lucas 3:21-23
Juan 1:32-34;  2Nefi 31:5-12

El bautismo ha sido y sigue siendo en las palabras del Eider James E. Talmage, “una ordenanza indispensable establecida en justicia y exigida a todo el género humano como condición esencial para ser mimbro del reino de Dios”.1 El Presidente Lorenzo Snow testificó, “No hay sino una manera por la cual el hombre puede recibir la salvación, exaltación y la gloria, y esto es por medio del bautismo y las ordenanzas conectadas con ello. . . ese es el orden que Dios ha establecido”.2

El bautismo fue requerido desde el principio. Adán fue bautizado (Moisés 6:64-65; véase también 1 de Corintios 10:1-4), y Jesús comenzó su ministerio público siendo bautizado para “cumplir con toda justicia”.

El bautismo fue reconocido y practicado entre los judíos en el tiempo de Cristo,3 pero Jesús específicamente buscó a Juan el Bautista para que efectuara Su bautismo.

Juan predicó la necesidad del arrepentimiento antes del bautismo en orden de recibir el perdón de los pecados, pero el Señor no necesitaba ni el arrepentimiento ni el perdón. Sin embargo, las escrituras lo dejan muy claro, que el Hijo de Dios necesitaba la ordenanza del bautismo. Aún el Mesías que no tenía pecado podía recuperar el reino del Padre sin ello.

El antiguo profeta Nefi fue testigo del bautismo del Salvador en una visión (1 de Nefi 11:27). Mientras enseñaba sobre esta visión para enfatizar la absoluta necesidad del bautismo para toda la humanidad, él fue cuestionado sobre la necesidad de que el Hijo perfecto fuese bautizado para “cumplir con toda justicia”. Entendiendo la perfección del Cordero de Dios ante el Padre y el hecho de que El no necesitaba el arrepentimiento, Nefi entonces enseñó cinco razones básicas para el bautismo del Salvador (los cuales también aplican a toda la humanidad):

  1. Para mostrar “a los hijos de los hombres que, según la carne, él se humilla ante el Padre”.
  2. Y para testificar “al Padre que le sería obediente al observar sus mandamientos”.
  3. Para mostrar que el bautismo era necesario antes de recibir el Espíritu Santo, el cual después del bautismo del Señor, descendió sobre él de la misma forma que lo había hecho con Adán (Moisés 6:65).4
  4. Para mostrar “a los hijos de los hombres la angostura de la senda, y la estrechez de la puerta por la cual ellos deben entrar”.
  5. Para invitar a todos los hijos del hombre que lo “Siguieran”.

Nefi continuó con esta instrucción a sus hermanos declarando, “¡Cuánto mayor es, entonces, la necesidad que tenemos nosotros, siendo pecadores, de ser bautizados, sí, en el agua!” (2 de Nefí 31:5-12).

Las escrituras están carentes de detalle concerniente a los dieciocho años entre la aparición del Salvador a la edad de doce años en el templo y el tiempo de su bautismo (Lucas 2:52), pero el tiempo eventualmente llegó que Él tuvo que dejar su acogedora vida en Nazaret y entrar a la misión para la que Él había nacido – “en los negocios de mi Padre me es necesario estar”.

Cuando Juan llevó al Salvador a las aguas del Jordán, él cerró la puerta del pasado muerto de Israel e inició su futuro: En un sentido similar, la vida pasada del Salvador estaba finalizada, y la nueva era de Su ministerio se abría ante Él. Los milagrosos acontecimientos que transpiraron inmediatamente después, testifican que el Padre acepto la obediencia del Salvador, porque inmediatamente después de que saliera de las aguas, el Espíritu Santo descendió sobre Él como testimonio con la señal de la paloma.5 La descensión del Espíritu Santo sobre Él fue prevista por Nefí e Isaías (1 de Nefill:27; Isaías 11:2). De esta manera las profecías del Antiguo Testamento concernientes al comienzo del ministerio del Señor fueron cumplidas.

El bautismo de fuego por el Espíritu Santo fue la señal predeterminada por la cual el Mesías se daría a conocer, y de allí en adelante “Juan conoció a su Redentor”.6 En adición a esta señal (y como para ratificar la misión del precursor), el Padre abrió los cielos y habló, testificando de la divinidad de su Hijo. La vida pasada del Salvador estaba finalizada: Con el bautismo llegó una nueva era y la apertura de Su ministerio público.

Autoridad y Bautismo

Para que el bautismo del Salvador fuera aceptado y reconocido a los ojos de Dios, debía de llevarse acabo por uno que tuviera la debida autoridad. Juan había sido ordenado y se le había dado la autoridad cuando tenía la edad de ocho años (D&C 84:28). Pablo enseñó este principio de debida autoridad cuando estaba instruyendo a ciertos discípulos en Éfeso. Cuando los estaba cuestionando, él descubrió que aunque habían sido bautizados por “alguien”, se había hecho sin la debida autoridad: Entonces él bautizó a todos (Hechos 19:1-6). En el Libro de Mormón, el Rey Limhi y muchos de su pueblo desearon ser bautizados, pero tuvo que ser postergado debido a “que no había en la tierra quien tuviera la autoridad de Dios” (Mosiah 21:33).

Mientras que José Smith estaba traduciendo el Libro de Mormón, se topó con pasajes concernientes a la necesidad del bautismo. Aún no entendía completamente la sagrada doctrina, él y Oliverio Cowdery, su escribiente, oraron a Dios para que les diera una aclaración y recibieron la siguiente respuesta:

Descendió un mensajero del cielo en una nube de luz, y habiendo puesto sus manos sobre nosotros, nos ordenó, diciendo:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados”. . .

El mensajero que en esta ocasión nos visitó y nos confirió este sacerdocio dijo que se llamaba Juan, el mismo que es conocido como Juan el Bautista en el Nuevo Testamento. (José Smith – Historia 1:68-69, 72).

Habiendo recibido la propia autoridad y habiéndosela conferido uno al otro como se les instruyó, José y Oliverio después se bautizaron uno al otro en él rio Susquehanna.

El Convenio

Nefi indicó que en el convenio bautismal cada persona “testifica al padre que [él será] obediente al observar sus mandamientos” (2 de Nefi 31:7).

Pablo, escribiendo a los Romanos, declaró, “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo” (Romanos 6:3-4). En el bautismo enterramos simbólicamente nuestra vida y existencia pasada y estamos de acuerdo en salir del agua a semejanza de Cristo (como si saliéramos del sepulcro), para que “andemos en vida nueva”. Pablo continuó: “Como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andamos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la resurrección: Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”. Concluyendo con esta metáfora, Pablo declaró, “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal”. (Romanos 6:4-12).

Nuestro “viejo hombre” es nuestro pasado – nuestra naturaleza pecaminosa, la actual comisión del pecado, y el quebrantar los mandamientos de Dios. La descripción de Pablo sobre la similitud con la muerte es la muerte del pecado: No debemos servir más al pecado; más bien, a semejanza de la resurrección de Cristo, debemos vivir (admisibles) a Dios.

Al explicar el convenio bautismal, Pablo utilizó esta enseñanza metafórica en casi todas sus epístolas.7 Él tenía un tema consistente de poner nuestra existencia pasada en el pasado, rechazar los hábitos pecaminosos, y en establecer un nuevo curso dedicado a la rectitud y una absoluta lucha a la obediencia.

El Señor confirmó las enseñanzas de Pablo en una revelación a José Smith cuando Él explicó que “después de ser recibidos por el bautismo… los miembros se manifestarán ante la iglesia, así como ante los élderes, por su comportamiento y proceder a la manera de Dios, que son dignos de ello [el bautismo], para que haya obras y fe de acuerdo con las Santas Escrituras – andando en santidad delante del Señor”. (D&C 20:68-69). Este es el convenio que hacemos al bautizamos.

Bautismo para la Remisión de Pecados

El cuarto artículo de fe declara: “Nosotros creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (cursiva añadida). La ordenanza del bautismo por sí sola no lava los pecados, ni el agua remueve el pecado, porque si una persona entra a las aguas del bautismo impuro y sin arrepentimiento, saldrá impuro de las aguas. Entonces ¿cómo es el bautismo para la remisión de pecados?

Las escrituras anotan que Juan el Bautista “fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados” (Lucas 3:3; cursiva añadida). Es el arrepentimiento que hace posible la remisión del pecado por medio de la expiación de Jesucristo. El bautismo establece un convenio entre el individuo y Dios y es el símbolo de la remisión. Moroni lo explica de esta forma: “Y las primicias del arrepentimiento es el bautismo; y el bautismo viene por la fe para cumplir los mandamientos; y el cumplimiento de los mandamientos trae la remisión de los pecados” (Moroni 8:25).

El bautismo es la señal por la cual nosotros declaramos a Dios nuestro sincero arrepentimiento, que completamente hemos abandonado el pecado, y que de allí en adelante obedeceremos todos sus mandamientos. Además, es la señal del convenio de Dios con nosotros, con la condición de que sí nuestro arrepentimiento está completo, nuestros pecados serán perdonados.

Tentaciones

Mateo 4:1-11

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.
Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.
Y se le acercó el tentador y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.
Mas él, respondiendo, dijo: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo
6 y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate abajo, porque escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y te llevarán en sus manos, para que no tropieces con tu pie en piedra.
Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.
Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,
y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adoras.
10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solamente servirás.
11 El diablo entonces le dejó, y he aquí, los ángeles vinieron y le servían.

Contra-referencias
Marcos 1:12-13;  Lucas4:1-13

Hay algunas discrepancias en las historias escritúrales, las cuales relatan los acontecimientos de las tentaciones de Cristo. De hecho, el Evangelio de Juan empieza su proceso histórico sobre la vida de Jesús después que las tentaciones ocurrieron. Marcos habla de ellas en general, y está de acuerdo con las narraciones de Mateo y Lucas de que Jesús fue guiado por el Espíritu en el desierto y que estuvo con las fieras salvajes.

Mateo y Lucas reportan de la misma forma la primera tentación pero invierten el orden de las últimas dos tentaciones. En Mateo notamos que “los ángeles vinieron y ministraron a Jesús” al finalizar las tentaciones, y Lucas concluye diciendo que la tentación se apartó de él “por un tiempo”. El evangelio de Mateo continuará con esta discusión.

Después de su bautismo, Jesús fue llevado al desierto, en donde sería tentado por el Diablo. Por un periodo de cuarenta días ayunó y oró. Su ministerio oficial había comenzado, y El escogió ayunar en este tiempo para que su cuerpo mortal pudiera estar mas completamente sujeto a su espíritu.8

Un ayuno de tan larga duración había acontecido previamente en la historia de Israel. Ambos Moisés y Elías habían ayunado por un periodo de cuarenta días (Deuteronomio 9:9; 1 de Reyes 19:8). Moisés había ayunado en la presencia de Dios, y se le dio el Convenio para que los hijos de Israel pudieran obedecer la ley. Después de su ayuno de cuarenta días era evidente que los Israelitas no habían obedecido las sencillas instrucciones que él les había dado, entonces con indignación él arrojó y quebró las tablas de la Ley. Elías había también intentado convencer a los hijos de Israel para que obedecieran la Ley y trató de restaurar el convenio de Dios que había hecho con ellos, pero no tuvo más éxito que Moisés. Igual a Jesús, los patriarcas y otros líderes israelitas habían sido tentados y probados por medio de las tentaciones de Satanás.9 Es interesante anotar que una de las preguntas presentadas a Jesús era él porque sus discípulos no ayunaban.10

Las tres tentaciones específicas que el Señor resistió están generalmente registradas como la culminación a su ayuno de cuarenta días. La narración de Lucas parece indicar que Jesús fue tentado durante el entero periodo de cuarenta días, pero la traducción de José Smith lo aclara de otra manera (TJS, Lucas 4:2). Aún más, como las escrituras anotan, el diablo se apartó de Él por un tiempo, pero él regresó para tentarlo en otras ocasiones y de otras formas como se iban presentando las oportunidades.11 Ecos de las tres tentaciones acontecieron durante todo el ministerio del Señor: Sus hermanos sugirieron que se mostrara al liderazgo de Israel en Jerusalén (Juan 7;’ 3-5); hubo un popular intento de hacerlo un rey político después de la alimentación de los cinco mil en el desierto;12 y Pilato lo tentó con la pregunta, “¿Luego, eres tú rey?” (Juan 18:37).

A la conclusión del ayuno de Cristo en el desierto, y en la etapa cuando Él sentía más fuerte el agotamiento y la debilidad física debido al hambre, Lucifer inició las tres tentaciones específicas. Durante los días precedentes, Su futura obra y misión estuvieron con toda probabilidad, constantemente en Su mente. Habiendo estado cuarenta días y cuarenta noches en ayuno y oración, el Maestro de todo lo que era bueno, ahora sería confrontado por el maestro de todo lo malo. Mientras el gran “hijo de la mañana” y defraudador de la humanidad estuvo ante Él, Satanás presentó sus tres grandes tentaciones, la experiencia en su totalidad girando hacía una “pregunta de absoluta sumisión a la voluntad de Dios, la cual es la suma y sustancia de toda obediencia”.13

Las tentaciones de Jesús

La primera tentación: Las escrituras registran que Jesús “tuvo hambre”. En este estado de debilidad, Satanás vino con toda su sutileza y astucia diciendo, “Si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan”.

La reacción de la carne a tan extenso ayuno típicamente habría sido predecible, porque el cuerpo del Señor necesitaba proveerse de alimento. Él se encontraba físicamente débil, “y esta era la oportunidad del tentador. El entero período fue de tensión moral y espiritual… [Y era ahora] … la hora de extenso peligro … el momento en el cual [muchos hombres han] caído victimas a la insidiosa sugestión o audaz asalto. Fue en dicho momento que la gran guerra de nuestro Señor contra los poderes del mal fueron peleados y ganados”.14

La tentación fue disfrazada dentro de la necesidad del momento, y el padre de todas las mentiras presumidamente pensó que había acunado dentro del disfraz de la comida la tentación que destruiría a Dios. Quizás Satanás pensó que Cristo, como Esaú, cedería su primogenitura por comida (Génesis 25:33). No era este Jehová, Él que había proveído a Agar con agua para que pudiera salvarse ella y su hijo de la muerte (Génesis 21:15-19). Aún Israel, mientras era liberado de la cautividad, luchó con el hambre colectivamente y fue alimentado con maná en el desierto por Dios (Éxodo 16:15). ¿Y no le proveyó comida un ángel a Elías en el tiempo de necesidad? (1 de Reyes 19:4-8). Entonces el tentador se presentó ante el Mesías (quien después alimentaría cinco mil y más en una ocasión y cuatro mil en otra), y tentó al Dios de la creación para que cediera y se proveyera de alimento.

Sin embargo, esta tentación no era simplemente por alimento, el diablo había pedido al Salvador que hiciera mucho más que utilizar sus poderes sobrenaturales para gratificar su necesidad física. Él astutamente lo había tentado, “Si eres Hijo de Dios. . .” (cursiva añadida). El alimento no era la tentación, sino la duda. Satanás estaba pidiendo al Señor que dudara de su divina relación con el Padre. Él que había nacido sin un padre terrenal, no era un hombre natural, sino que estaba investido eternamente con Divinidad desde su nacimiento – El Hijo Unigénito del Padre en la carne – ahora se le estaba pidiendo que dudara de esa relación. Ambos el Señor y el diablo tenían un perfecto entendimiento sobre el punto en cuestión, y ambos sabían que el ceder era dudar, y por lo tanto fracasó.

Con una terminante réplica el Señor contestó: “Escrito está, no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. La necesidad de una auto-preservación física era grande, pero la respuesta del Señor dictaba que todos los apetitos deben guardarse dentro del límite establecido por el estándar divino. La palabra de Dios prevalecería, no las necesidades temporales de Cristo, aunque Él poseía un poder ilimitado. Solamente cuarenta días antes el Padre había testificado de la divinidad de su Hijo, y Jesús fácilmente venció la primera tentación con confianza absoluta en el Padre y sumisión a Su voluntad.

La segunda tentación: En la segunda tentación el Señor fue transportado por el Espíritu a la ciudad santa de Jerusalén y fue puesto sobre el pináculo del templo (TJS, Mateo 4:5). El diablo, persistente en su propósito de destruir al Hijo de Dios, lo tentó allí. El Señor había utilizado la escritura para cerrar la previa tentación, y el diablo ahora utilizó la escritura para abrir la segunda. Una vez más el insidioso “si” prefacio sus comentarios, pero en el diseño de esta tentación el diablo citó una profecía mesiánica que tenía que cumplirse: “El [Dios] mandará a sus ángeles acerca de ti; en las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra”. El malvado’ estaba sutilmente pidiendo al Señor que cuestionara la confianza en el Padre que Él había utilizado para vencer la primera tentación para precipitarse caprichosamente él mismo en un aprieto que probaría la promesa del Padre.

En la primera tentación el diablo había intentado crear la duda en la mente del Señor concerniente a Su divinidad, y la implicación de la duda una vez mas fue insinuada en esta tentación. Pero la meta fundamental de Satanás era despertar en el Salvador un orgullo arrogante de Su relación con el Padre. No era nada mas su seguridad en el pináculo del templo que estaba en juego, sino el control de Su orgullo porque esta era una tentación del espíritu (Salmos 91:11-12). En este punto Satanás estaba apelando el lado humano de la naturaleza de Cristo, tentándolo para tentar a su Padre, porque no era la destrucción del cuerpo sino la destrucción del alma del Salvador que el diablo quería. En respuesta a todo esto el Salvador simplemente declaró, “Escrito está también: No tentaras al Señor tu Dios”.

La tercera tentación: El escenario para la última tentación fue en la cumbre de una montaña alta, en donde fueron proyectadas en una visión todas las riquezas del mundo con sus reinos y gloria. Poniendo a un lado toda su sutilidad, el tentador exhibió su propia debilidad ante el Maestro de lo bueno prometiéndole los reinos del mundo con una condición “si postrado me adorares”. Para aquel que había creado la tierra y todo lo que en ella hay, la ofrenda le debió haber parecido ridícula; pero era un personal enaltecimiento que el malvado buscaba y quizás en una base verdaderamente lógica, porque en “su presente estado, todo este mundo le ‘[había sido entregado]’ a él, y él tenía el poder de dárselo a quien él quisiera”.15

En esta tentación el Diablo buscaba seducir al Salvador para que fuera el rey terrenal que la gente escogida tanto anhelaba en sus expectaciones mesiánicas (capítulo 2). Si Él hubiera sucumbido, Él hubiera sido un Mesías satánico sobre un imperio temporal, pero el Señor de señores y Rey de reyes tenía que estar en los negocios de su Padre, entonces la más grande tentación de Satanás llego a ser “para Cristo la tentación más severa”.16 “Vete Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás”.

Que el Señor tenía la capacidad y la habilidad de pecar (si hubiera deseado hacerlo), es incuestionable, porque de otra manera se le hubiera negado su libre albedrío. Indudablemente Él había sido tentado desde su juventud, pero había triunfado sobre todas las cosas y había resistido constantemente la tentación.17

Jesús había conocido al tenebroso príncipe de este mundo y lo había derrotado, y aunque fuera tentado nuevamente (porque el mal no puede ser combatido en un solo encuentro)18 el diablo partió de Él “por un tiempo”. Por medio de su respuesta a estas tentaciones el Señor demostró el camino al reino de Dios. Solamente en absoluta obediencia y sumisión a la voluntad del Padre puede asegurase la victoria.

Jesús mismo debió haber relatado estas tentaciones a los Apóstoles para que aprendieran que Él, también, había sido tentado para que se revelara contra la voluntad de Dios, pero Él se había resistido a la tentación debido a su compromiso para cumplir con toda justicia.

La Transfiguración

Mateo 17:1-8

Y después de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro, y a Jacobo y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;
y se transfiguró delante de ellos; y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
Y he aquí se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.
Y respondiendo Pedro, dijo a Jesús: Señor, bueno es que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías.
Y mientras él aún hablaba, he aquí una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; a él oíd.
Y al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y temieron en gran manera.
Entonces Jesús, acercándose, los tocó y dijo: Levantaos y no temáis.
Y alzando ellos sus ojos, no vieron a nadie, sino a Jesús solo.

Contra-referencias
Marcos 9:2-9;  Lucas 9:28-36;  2Pedro 1:16-18

Los Apóstoles habían estado con el Señor por aproximadamente dos años al tiempo de Su transfiguración. Él los había estado entrenando para Su ministerio y enseñándoles las doctrinas del nuevo reino. Él también les había revelado a ellos evidencias de su Divinidad, para que lo reconocieran como el verdadero Mesías y eliminar su testarudo perjuicio relacionado con el anticipado Mesías el cual había sido incrustado en ellos desde su juventud.

Aproximadamente una semana antes de la Transfiguración, Jesús les preguntó a los Apóstoles quién pensaba la gente que Él era. Pedro respondió que algunos decían que Él era Juan el Bautista y otros que era el profeta Elías. Jesús entonces preguntó intencionadamente a los Apóstoles quién pensaban ellos que Él era, y Pedro, respondiendo por él y por los Doce, declaro que Jesús era el Cristo, el mismo Mesías (Mateo 16:13-19).19 Evidentemente los Apóstoles habían alcanzado el grado más elevado de su fe para este tiempo.

Jesús los alabó por su testimonio y reconoció que su entendimiento había venido del cielo, que habían recibido un testimonio de Dios por medio del Espíritu. Él inmediatamente empezó a enseñarles concerniente a su inminente muerte y porqué era necesario. Pero Pedro protestó a tan humillante fin para el Mesías.

Jesús reprochó a Pedro por su falta de entendimiento diciendo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (Mateo 16:23).

La realización de que Jesús entraría a Su reino sufriendo vergüenza y muerte fue un golpe para los Doce, y contradecía su incrustada preconcepción del Mesías. Ellos carecían de entendimiento sobre la misión espiritual del Señor, y se desilusionaron.20 Desde el grado más elevado del testimonio de Pedro, el espíritu de los Doce pareció debilitarse hasta la Ascensión, porque ellos continuamente exhibieron su poca disponibilidad para reconocer Su inminente muerte y no estaban preparados para compartir Sus sufrimientos, o aún para creer en su resurrección.21 “La proclamación de que Él era el Divino Mesías no había sido cumplida con promesas sobre la próxima gloria del reino Mesiánico, sino por declaraciones de ciertos rechazos públicos y por una terrible aparente derrota. Tales posibilidades nunca habían entrado seriamente en los pensamientos de [los Apóstoles] sobre el Mesías”.22

Seis u ocho días pasaron después de esta conversación,23 pero no se dice nada de lo que sucedió durante ese intervalo. Al final de la semana, el Salvador buscó aislamiento para la Transfiguración en lo alto de la montaña,24 llevando con Él a tres de Sus principales Apóstoles – Pedro, Santiago y Juan. Debieron haber escalado por algún tiempo, quizás no hasta la actual cumbre, pero por lo menos hasta las frías alturas en donde, en una tarde calmada de verano, ellos pudieran orar y ser instruidos sin interrupciones. Jesús quería completar las preparaciones para el resto de Su ministerio y crucifixión. Sabiendo que ellos pronto poseerían las llaves del reino, Él tomó a estos tres Apóstoles con Él para poder fortalecerlos y fortificar sus testimonios de Él y Su misión.

Ya sea que por las extensas actividades de ese día o de la fatigada experiencia de su escalacion, parece ser que los Apóstoles estaban cansados. Después de terminar sus devociones de todas las noches ellos se envolvieron en sus túnicas y se recostaron en la ladera para dormir.25 No está anotado cuanto tiempo durmieron, pero de acuerdo con Lucas parece ser que ellos durmieron extensamente que ellos no vieron el comienzo de la Transfiguración, pero de pronto fueron despertados debido a un gran resplandor.

El Maestro fue transfigurado ante ellos, y aparecieron otras dos figuras con Él – Moisés y “Elías” (en el Nuevo Testamento la imagen [Griega] de Elías).26 Las escrituras no indican como Pedro, Santiago y Juan sabían que era Moisés y Elías los que estaban con Jesús, pero quizás en su esclarecido estado espiritual y debido al esplendor de la Transfiguración en la que estaban participando, el Espíritu aceleró su entendimiento. Moisés y Elías, estos dos grandes profetas de la antigüedad quienes habían fundado y defendido la Ley Mosaica, habían venido a llevar acabo una misión, la cual suplantaría y cumpliría con la antigua ley y abriría camino para el evangelio – la nueva ley.

Los Apóstoles estaban maravillados con los tres seres transfigurados que se encontraban delante de ellos, y escucharon atentamente mientras los santos hombres hablaban sobre la inminente muerte del Mesías. Una razón de porqué Jesús había traído a Pedro» Santiago y Juan con El, fue para que pudieran obtener un entendimiento más grande sobre Su inminente muerte. La experiencia les daría la fortaleza espiritual necesaria para soportar el espectáculo de Su futura humillación, pero al mismo tiempo les permitiría que fueran testigos de la gloria que El eventualmente poseería. Estos tres grandes hombres guiarían la Iglesia del Señor y necesitaban ser fortalecidos y preparados para la gran autoridad que el Salvador les conferiría.

A Moisés y Elías se les había permitido retener sus cuerpos físicos para que ellos pudieran conferir las llaves del reino sobre Pedro, Santiago y Juan.27 Moisés confirió las llaves del recogimiento de Israel, y Elías las llaves del poder sellador. Toda la demás autoridad que ellos necesitaban se les fue dada por Jesús.28 Pedro después se refirió a la Transfiguración en su segunda epístola (2 de Pedro 1:16-19), y Juan se refirió a ella en su Evangelio (Juan 1:14) y en la apertura de su primera epístola a la Iglesia (1 de Juan 1:1-2).

El esplendor de la visión de la cual ellos fueron testigos y la Transfiguración de Cristo ante ellos dejaron a los Apóstoles asombrados, confundidos y desconcertados.29 Las escrituras anotan que ellos “tuvieron gran temor”, pero a pesar de su terror, Pedro declaró, “Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí”. De hecho, cuando Moisés y Elías se fueron, él sugirió que se hicieran tres enramadas para conmemorar la experiencia. Su inocente propuesta quizás fue con la intención de demorar la partida de Moisés y Elías, pero la magnitud de la Transfiguración no había llegado a su punto culminante, una nube de luz se apareció sobre la montaña y cubrió a los Apóstoles y al Señor. La voz del Padre surgió de la nube proclamando a Cristo como Su Hijo y testificando de Su divinidad. A la conclusión de su divino testimonio la nube se disipó, y Jesús y sus Apóstoles estaban nuevamente solos en la montaña.

Aunque a los Apóstoles se les había dicho sobre la inminente muerte y resurrección del Señor, aún parecía que no lo comprendían, y aparentemente no tenían un concepto claro de la resurrección.30 Sin embargo, la Transfiguración debió ser un tiempo de ánimo para el Salvador, y la aparición de Moisés y Elías indudablemente lo fortaleció, igual que la administración de ángeles lo había hecho después de Su ayuno de cuarenta días y de Sus tentaciones.31

No hay una extensa discusión registrada en las escrituras entre los Apóstoles y el Salvador concerniente a la Transfiguración. Solamente la admonición del Salvador está registrada: Que a nadie dijeran lo que había acontecido hasta después de Su ascensión.

Durante la Transfiguración, Jesús había confortado a los Apóstoles porque tenían miedo; ahora, cuando tuvieron una oportunidad de cuestionar al Señor, sus preguntas concernían a las enseñanzas del liderazgo judío, la cual indicaba que “Elías vendría primero”. Los tres Apóstoles justo habían visto a Elías, y Jesús les informó que el Elías del cual hablaba el liderazgo judío era de hecho, Juan el Bautista, el cual había venido “con el espíritu y poder” de Elías para preparar el camino del Mesías (capítulo 3). De esta manera el conflicto en sus mentes entre sus tradicionales enseñanzas judías y las del Salvador concernientes a la misión de Elías y Juan el Bautista estaba resuelto.

La Transfiguración era claramente un testimonio divino de que Jesús era el Mesías y que Su venida cumpliría con la ley y suplantaría a los profetas.32 La experiencia fue un testimonio para Pedro, Santiago y Juan que la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas solamente eran preparatorias para la nueva dispensación en el cual el evangelio de Jesucristo sería establecido. Desde la espiritual altura del Monte de la Transfiguración, el Salvador ahora continuaría con Su misión al valle de humillación y muerte.

→ Capítulo 5


Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

1 Response to La Misión de Jesús el Mesías

  1. Avatar de Pedro Morales Sánchez Pedro Morales Sánchez dice:

    Me gusta, pero hay personas como yo que le cuesta mucho ser espiritual y aprender como se puede conseguir

    Me gusta

Deja un comentario