La Misión de Jesús el Mesías

Parte Tres
El Ministerio Finaliza

5
Tiempos Sagrados


La Entrada Triunfal en Jerusalén

Lucas 19:28-44

28 Y dicho esto, iba delante, subiendo a Jerusalén.
29 Y aconteció que, llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió a dos de sus discípulos,
30 diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella, hallaréis un pollino atado en el que ningún hombre ha montado jamás; desatadlo y traedlo.
31 Y si alguien os pregunta: ¿Por qué lo desatáis?, le responderéis así: Porque el Señor lo necesita.
32 Y fueron los que habían sido enviados y hallaron como les dijo.
33 Y cuando desataban ellos el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino?
34 Y ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita.
35 Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre el pollino, subieron a Jesús encima de aquel.
36 Y yendo él, tendían sus mantos por el camino.
37 Y cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, regocijándose, comenzó a alabar a Dios a gran voz por todas las maravillas que habían visto,
38 diciendo: ¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas!
39 Entonces, algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.
40 Y él, respondiendo, les dijo: Os digo que si estos callaran, las piedras clamarían.
41 Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró por ella,
42 diciendo: ¡Oh, si también tú hubieras sabido, al menos en este tu día, lo que es para tu paz! Pero ahora está encubierto a tus ojos.
43 Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te cercarán con baluarte, y te sitiarán y por todas partes te acosarán,
44 y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti; y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.

Contra-referencias
Mateo 21:1-11;  Marcos 11:1-11;  Juan 12:12-20

¡Jerusalén en el tiempo de Cristo era un esplendor para contemplar! Había sido establecido como sede de gobierno de Israel por el Rey David y levantada a su prematura grandeza por Salomón, el hijo de David, quien la había hecho el centro del reino de Israel. Sin embargo, si los súbditos de Salomón la hubieran visto en el tiempo de Cristo escasamente la hubieran reconocido. Salomón había ampliado y expandido Jerusalén, pero Herodes verdaderamente la había magnificado, haciéndola un lugar de belleza y esplendor mas allá de cualquier cosa que jamás se había visto antes en el este.

La ciudad estaba rodeada por una pared protectora, pero aún dentro de la ciudad, paredes adicionales dividían las diferentes áreas distintivas de la ciudad. Estas paredes interiores habían sido levantadas durante varios periodos históricos y habían sido originalmente construidas ya sea para protección o segregación.1

La Jerusalén de Herodes estaba divida en dos áreas principales – la ciudad baja y la ciudad alta. La ciudad baja formaba el distrito para el comercio y se componía de mercados, bazares, calles para el intercambio, y gremios.2 La ciudad alta estaba compuesta de palacios. El palacio de los macadeos se encontraba allí, y a un lado se encontraba el Xystos (gimnasio) – un extenso recinto rodeado de pilares para proveer un lugar para las asambleas populares. También se encontraba el palacio de Anás (el patriarca de la familia de los sumos sacerdotes), y el palacio del gobernante sumo sacerdote Caifás (su palacio también era morada para la cámara del concilio Sanedrín y los archivos públicos). Finalmente, se encontraba el imponente y magnífico palacio del Herodes el Grande.3

Separado del distrito para el comercio y de los palacios por sus propias paredes y verjas se encontraba el templo. Salomón construyó el primer templo en Jerusalén, pero era relativamente pequeño, quizás del tamaño de una iglesia ordinaria.4 Herodes después construyó una grandiosa estructura que le tomó más de cuarenta y seis años para construirlo.5 Era tan magnífico que este refrán llegó hasta el extranjero, “Aquel que no ha visto el templo de Herodes, nunca ha conocido lo que es la belleza”.6

El templo era una estructura de tamaño y esplendor sin precedentes, sus cuatro paredes exteriores (cada una aproximadamente mil pies de largo), aislaba el área sagrada.7 Estaba construida de un mármol blanco reluciente, incrustado con oro en muchos de los edificios, columnas y cúpulas.8 Fue construida por más de diez mil hombres, los cuales fueron supervisados en todas las fases de la construcción por mil sacerdotes del templo.9

Durante el tiempo de Cristo, la población permanente de Jerusalén se extendía entre 200,000 y 250,000 personas (aunque este número aumentaba enormemente durante cualquiera de las festividades judías).10 La entrada triunfal de Cristo a Jerusalén, se llevó acabo durante la fiesta de la Pascua y fue en la fiesta de la pascua que Cestio llevo acabó un censo para informar a Nerón sobre el poder de la ciudad. Para establecer este censo, Cestio mandó a los sacerdotes que contaran la multitud que asistía a la fiesta: Ellos hicieron esto contando los sacrificios que se ofrecieron en el templo durante la Pascua. Contaron 256,000 corderos sacrificados, y estimaron que 10 u 11 personas celebraron cada sacrificio (no era legal que nadie comiera solo, y se sabía que algunas compañías incluyeron hasta 20 personas). Los sacerdotes reportaron a Cestio que 2.700.200 judíos habían venido a la fiesta puros y santos. Porque el “impuro”, y los extranjeros no podían ofrecer sacrificios, la suma estimada probablemente estuvo mas baja del verdadero total.11

De tan grande congregación, Jesús llevó una compañía de cinco mil hombres (más mujeres y niños) al desierto para alimentarlos y enseñarles.12 Entones, uno fácilmente puede comprender, qué tan rápidamente se pudo haber congregado una gran multitud cuando Jesús hizo su última entrada en la ciudad.

Jesús había declarado su Mesianismo muchas veces durante su ministerio por medio de milagros, parábolas y sermones,13 pero Él nunca estableció públicamente su reclamo en Jerusalén. De hecho, en su previa visita a la ciudad (durante la fiesta de Tabernáculos, Jesús había viajado “como en secreto” (Juan 7:10) – aunque Su familia y algunos de Sus discípulos lo animaban para que fuera allá y abiertamente proclamara su Mesianismo a los gobernantes (Juan 7:2- 5).17

El Señor sabía que la culminación de Su ministerio estaba cerca, y Él no quería ocultar mas su identidad. Había llegado la hora para que fuera a Jerusalén y darles al liderazgo, los residentes y a los celebrantes, la oportunidad de aceptarlo o rechazarlo abiertamente.15 Él entró a la Ciudad Santa como Rey de reyes – no como el Rey político de Israel sino como el Príncipe de Paz universal.

Los escritores de los evangelios sitúan a los discípulos de Cristo en diferentes ubicaciones a la entrada, dependiendo del punto de vista de cada escritor.16 Por ejemplo, Mateo y Marcos no registraron los acontecimientos de la entrada en orden cronológica,17 y del registro de Juan parece ser que él fue uno de los dos discípulos mandados por Jesús para que trajeran el asno, porque él registra la entrada de Cristo con la perspectiva del grupo que salieron de Jerusalén para recibir al Salvador mientras Él se acercaba a la ciudad. Lucas y los otros sinópticos, registran el acontecimiento con la perspectiva del grupo viajando con el Salvador desde Betania.

Betania estaba aproximadamente a dos millas de Jerusalén en la ladera oriental del Monte de los Olivos.18 Había tres caminos que iban de Betania a Jerusalén, y aunque no sabemos qué ruta tomó el Salvador, Él probablemente viajó por el camino principal de los comerciantes por Jericó, porque fácilmente acomodaría el gran número de discípulos que se encontraban con Él.19

Un corto tiempo antes de esto, el Señor había levantado públicamente a Lázaro de los muertos en Betania, un espectáculo tan asombroso que los sacerdotes y fariseos principales se habían reunido en un concilio especial para decidir qué debían de hacer con Jesús. Su conclusión fue que si ellos no hacían nada “todos creerán en Él” (Juan 11:48), entonces después de deliberar, ellos acordaron matarle. Jesús entonces se fue de Betania al país de Efraín, para evitar a todos estos gobernantes malintencionados hasta el tiempo de la Pascua.

Al acercarse la Pascua, la emoción concerniente al Señor una vez más aumento mientras la gente anticipaba Su regreso a Jerusalén. Ellos “buscaban a Jesús” y se preguntaban si vendría a la fiesta (Juan 11:56). Seis días antes de la Pascua, Jesús regresó a Betania y fue a la casa de María, Marta y Lázaro (Juan 12:1-2).20 La noticia de su llegada se esparció por toda Jerusalén, y muchos vinieron a verlo (Juan 12:9).

En el día de su entrada (probablemente como a mediodía o temprano por la tarde), el Señor dejó Betania para ir a Jerusalén, acompañado por muchos de sus amigos y discípulos. Otros discípulos probablemente se reunieron con El durante su viaje, e indudablemente algunos se apresuraron para esparcir la voz de que El venía. La comitiva del Señor pudo también haber incluido aquellos que fueron a ver a Lázaro, de igual manera los curiosos celebrantes de la fiesta que habían sido hospedados en las afueras de la ciudad y que ahora estaban impacientes de tomar parte de las celebraciones del día.22

Mientras el grupo viajaba, se acercaron a Betfagé, aparentemente un suburbio de Jerusalén.23 En este punto, el Señor mandó a dos discípulos (se piensa generalmente que fueron Pedro y Santiago)24 para que consiguieran un asno para que Él se sentara en él mientras entraba a Jerusalén. Se les instruyó que fueran a la “aldea de enfrente” (aparentemente Befagé) para que encontraran un asno. Si el dueño del asno les preguntaba por qué se lo llevaban, debían decir “porque el Señor lo necesita” y todo estará bien. Los dos Apóstoles hicieron lo que se les pidió, y pronto regresaron guiando al indomable asno por el freno. Eran acompañados por los discípulos, por los curiosos, y muchos más.25

No se menciona lo que el Señor hizo durante el tiempo que tomó traer al asno, pero la narración de Juan da testimonio de que muchos vinieron de Jerusalén para reunirse con el Salvador. Es evidente que el aviso de que Él se acercaba y había llegado hasta la ciudad y se había esparcido por toda el área del templo,26 porque muchas personas cortaron ramas de palmas y fueron a reunirse con Él, cantando alabanzas al “Rey de Israel”.

Debe anotarse que esta multitud también incluyó a los fariseos y a otros antagonistas celosos del Señor que habían observado cada uno de sus movimientos y ahora estaban determinados en destruirlo (Lucas 19:39; Juan 12:19). Quizás el grupo también incluyó al cojo a quien Él había curado, el sordomudo que ahora cantaba Sus alabanzas, y el ciego a quien le había devuelto la vista – todos agrupándose para poder ver a su benefactor.27 Sin duda alguna, ambos grupos estuvieron compuestos primeramente de discípulos y peregrinos curiosos quienes habían venido a la fiesta de la Pascua, porque “la abrumadora mayoría de los ciudadanos de Jerusalén eran implacablemente y determinadamente hostiles con Cristo”.28

La comitiva del Señor y la celebrante multitud de Jerusalén eventualmente se unieron. Jesús se montó sobre el asno y Su triunfante procesión a la Ciudad Santa comenzó.

La gente escogida había sido acondicionada para que esperaran este público acontecimiento Mesiánico,29 y Jesús había escogido deliberadamente al indomable pollino como su cabalgadura porque representaba su reinado sobre la gente escogida (Zacarías 9:9).31 Históricamente, Abraham montó un humilde asno cuando él fue a la santa montaña para sacrificar a Isaac (Génesis 22:1-14); Moisés, un profeta escogido de Dios, llevó a su esposa a Egipto en un asno (Éxodo 4:20); el Rey Asuero honró a Mardoqueo conduciéndolo triunfalmente a Susa en su propio caballo (Ester 6:8, 11); y el rey David declaró a Salomón como su sucesor montándolo en su propia mula para que lucra a Jerusalén ( 1 de Reyes 1:33). Debido a una importancia histórica y expectación profètica, cada judío creyente debió de haber anticipado la procesión del Mesías,32 y “ningún otro acto pudo [haber sido] más perfecto en conformidad con la concepción de un rey de Israel, y ninguna palabra pudo [haberse expresado] mas claramente que el rey se proclamara Él mismo como el Mesías”.33 El gozo de la multitud estalló espontáneamente y la gente aclamaba, “¡Hosanna al Hijo de David!”, y “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”

Esta salutación no quería decir que todos en la multitud sabían que Jesús era el Mesías – sus aclamaciones constituían, en parte, en cantos que las multitudes siempre recitaban en días solemnes festivos (Salmos 118:25-28). Después, este sería el saludo tradicional utilizado por los residentes de Jerusalén para darles la bienvenida a los peregrinos que venían a la fiesta. 34 Pero en este día las aclamaciones fueron aceptadas por Cristo como el cumplimiento de la profecía, porque lo honraron como el Rey y su Mesías. Mientras la gente se regocijaba sobre la entrada del Salvador a la ciudad, no solamente cantaban alabanzas y aclamaciones sino también se quitaron algunas de sus vestiduras y cortaron hojas de palmas y otras ramas para poner a lo largo del camino, haciendo una alfombra para el Rey.35 La reacción de los fariseos fue predecible – ellos instantáneamente le pidieron al Salvador que callase a la multitud. Pero Jesús explicó a los fariseos que si la multitud callara, las mismas piedras clamarían proclamándolo Rey.

Mientras la multitud descendía del Monte de los Olivos, con la ciudad de Jerusalén a plena vista, Jesús tomó una pausa, lloró, y tristemente pronunció profecías concernientes a la ciudad y a sus residentes. Generalmente hablando, los gobernantes y los habitantes de Jerusalén habían rechazado al Salvador y sus reclamos al Mesianismo. Aún ahora se oponían a Él, y esa oposición prontamente lo llevaría a Su crucifixión. Esto, sucesivamente, llevaría a la destrucción de Jerusalén y a su hermoso templo que se encontraba ante ellos, y el Señor profetizó que los enemigos de los judíos rodearían la ciudad “por todas partes”. Muchos morirían, y las piedras de las paredes de la ciudad que les habían dado protección y seguridad serían derribadas hasta no dejar piedra sobre piedra. Aunque nadie entendió Su profecía en ese tiempo, menos de cuarenta años después fue cumplida.

Aquellos en la multitud y aún en la ciudad que odiaban al Señor y buscaban Su destrucción, aún anhelaban la salvación. Ellos añoraban al Mesías que el Cristo clamaba ser, pero Él se rehusó a ser su Salvador político. A pesar de este conflicto, Su entrada estableció públicamente Su reclamo al Mesianismo, no como Israel percibía al Mesías sino como el Mesías que había sido proclamado proféticamente (Isaías 62:11; Zacarías 9:9).36 Tan grande eran las aclamaciones alabando al Salvador como el Hijo de David, que los fariseos se lamentaban con disgusto que si lo dejaban en paz, el mundo se iría tras Él (Juan 12:19).37

La entrada del Señor a Jerusalén ocurrió cuatro días antes de que empezara la celebración de la Pascua,38 y los gozosos cantos aclamándolo como Rey estaban basados en el mismo himno que sería entonado en el día cuando el cordero pascual sería sacrificado en el templo para ser consumido el día de la fiesta.39 Cristo no había informado a Sus discípulos o a los Doce sobre el significado de Su entrada a Jerusalén en este día en particular, y ninguno de ellos parecía entender realmente lo que estaba pasando.40 Sin este entendimiento, ellos indudablemente “caminaron en la procesión como si estuvieran en un sueño, o deslumbrados por una luz brillante a su alrededor – como si fueran impulsados por una necesidad, y la conservaban con ellos de acontecimiento en acontecimiento, cual venía sobre ellos con una sucesión de sorpresas parcialmente comprendidas”.41 Solamente el Salvador sabía que se estaba ofreciendo Él mismo como el cordero pascual para los pecados de toda la humanidad.

Aún cuando la gente cantaba hosannas y aclamaba a Cristo como su rey, ellos no comprendían completamente lo que está aclamación implicaba. Ellos aceptaban con entusiasmo a Jesús como el profeta de Nazaret de Galilea,42 pero Él no había cumplido aún con sus expectaciones como un poderoso y líder político. Los fariseos y los gobernantes, sin embargo, comprendían su reclamo, y ellos esperaban una oportunidad para asegurar Su destrucción.

La Última Cena, Primera Parte:
La Fiesta de la Pascua

Mateo 26:17-25

17 Y el primer día de la fiesta de los panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua?
18 Y él dijo: Id a la ciudad, a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos.
19 Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó y prepararon la Pascua.
20 Y al anochecer, se sentó a la mesa con los doce.
21 Y mientras comían, dijo: De cierto os digo que uno de vosotros me va a entregar.
22 Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?
23 Entonces él, respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, ese me va a entregar.
24 A la verdad el Hijo del Hombre va, como está escrito de él, mas, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.
25 Entonces, respondiendo Judas, el que le iba a entregar, dijo: ¿Soy yo, Maestro? Y él le dijo: Tú lo has dicho.

Contra-referencias
Marcos 14:12-21 Lucas 22:7-16, 21-38

La entrada triunfal del Señor a Jerusalén produjo una enorme emoción por toda la ciudad santa y entre los celebrantes de la Pascua, pero a cómo iban pasando los días y la fiesta de la Pascua se acercaba, Jesús no hizo nada mas para seguir haciendo su reclamo a los ojos de la gente. Todo lo que escucharon de Él fueron los discursos en el templo.44 Ellos indudablemente aún anticipaban el poderoso advenimiento del tan esperado reino Mesiánico, pero para ahora era evidente que Jesús no era Él que ellos esperaban.45 Sin embargo, sus reclamos Mesiánicos en este tiempo y durante Su ministerio pasaron inadvertidos. Desde el mismo momento que Jesús entró a Jerusalén, el liderazgo judío tomó consejo en cómo ellos podían prenderlo sutilmente y matarlo (Mateo 26:4). Sus deliberaciones fueron cautelosas porque ellos sabían que muchos miraban a Jesús como un profeta, entonces ellos determinaron que no lo aprenderían en el día de la fiesta por temor al alboroto de la gente (Mateo 26:5). En medio de su dilema apareció un aliado desconocido: Judas Iscariote los buscó, y con avaricia diabólica el “esclavo de Satanás”46 convino con ellos sobre el precio por la traición del Mesías. El negocio se llevó acabo, se hizo el convenio: Le darían treinta piezas de plata, el precio de un esclavo común, por la traición del Salvador del mundo.

Esta pudo haber sido la única Pascua que Jesús celebró como el “cabecilla” de la compañía más bien que como un huésped.47 En la primera Pascua después de empezar con Su ministerio público, Él todavía no había llamado a los Doce Apóstoles, entonces si Él asistió a la celebración en Jerusalén, Él no hubiera podido ejercer a la cabeza de la mesa.48 Durante la segunda Pascua Él no estuvo en Jerusalén, entonces Él no celebró la fiesta allí ese año (Mateo 15:21). Pero en esta, la tercera y última Pascua de Su misión, Él reunió a su ‘ grupo alrededor del cordero pascual, como lo hacía todo Israel en conmemoración del pasado, en celebración del presente, y con entusiasta anticipación del futuro.

Las escrituras registran que “llegó el día del pan sin levadura cuando la ofrenda de la Pascua debía ser sacrificada”, entonces el Señor mandó a Pedro y Juan para que prepararan la fiesta de la Pascua. Para preparar apropiadamente la comida, ellos tenían que adquirir un codero macho, de un año de edad y sin imperfecciones. Cerca de “las [2:00 p.m.], el toque de los cuernos anunciaron que los sacerdotes y levitas en el Templo estaban listos, y las puertas en los patios interiores fueron abiertas para que todos pudieran traer sus corderos para que fueran examinados, y poder convencer a los sacerdotes sobre el número que cada uno intentaba consumir”.49 Pedro y Juan debieron de haberse puesto en fila con los otros hombres dentro de los patios del Templo, con el cordero colocado sobre sus hombros. La navaja utilizada para matar al cordero debió de haber estado atrancada en su lana o amarrada en sus cuernos. Cuando el tiempo se acercaba para sacrificar a los corderos, las puertas del templo debieron de haberse cerrado. Como a las 2:30 p.m., el cordero para la ofrenda de la tarde fue sacrificado, y como una hora después esta ceremonia fue finalizada cuando partes del cordero fueron puestas sobre el altar. Tres toques de la trompeta sonaron y los levitas llevaron acabo cantos, señalando que era hora para el sacrificio de los corderos de la Pascua.50

La matanza de los corderos tomó lugar durante dos tardes de los judíos. La primera tarde fue definida como el intervalo después que el sol comenzó a declinar, y la segunda tarde ocurrió a la hora cuando el sol empezó a desaparecer, o como a las 6:00 p.m.51 Durante la ceremonia, los sacerdotes sostenían grandes recipientes de plata y vasijas doradas de extraña apariencia para recoger la sangre de los corderos a medida que eran sacrificados por los jefes de las familias. Los sacerdotes pasaron los recipientes llenos de sangre que se encontraban detrás de ellos a otros sacerdotes hasta que llegaban hasta el pie del altar, en donde se vertía la sangre. Los corderos eran despellejados y preparados en el templo, separando la cola, grasa, riñones, y el hígado para ser utilizados en el altar. El resto del animal era envuelto en la piel y los celebrantes se lo llevaban para ser puesto en leña de granada para ser asado en un homo debajo de la tierra en preparación de la comida de la Pascua.52

La fiesta empezaba inmediatamente después de que oficialmente se ponía el sol y las estrellas aparecían. Este acontecimiento era proclamado con el toque de las trompetas desde el templo y fue designado que diera comienzo el día quince del mes de Nisán.53

El Señor dio instrucciones extrañas a algunos de Sus discípulos de cómo debían preparar el cuarto en donde Él y los Apóstoles celebrarían la Pascua. Él les dijo que fueran a la ciudad, en donde encontrarían a un hombre llevando un cántaro de agua, y lo siguieran, porque él era el padre de la familia de la casa que ellos utilizarían. Ellos deberían decirle que el Maestro celebraría la Pascua con Sus discípulos en su aposento, y que cuando ellos llevaran acabo estas instrucciones, ellos sabrían que todo sería proporcionado – y así fue.

Cuando se acercaba la tarde y se llegaba la hora de la cena, el Señor escoltó a los Doce Apóstoles hasta llegar al preparado aposento para celebrar el fin del antiguo convenio y el comienzo del nuevo.54 Mientras ellos comenzaban con la última cena que el Señor comería con ellos en su estado mortal, se suscitó una conmoción entre los Doce.

Temprano en el ministerio de Jesús, los Apóstoles disputaban uno con el otro sobre quién sería el mayor en el reino celestial (Marcos 9:33-34). Santiago y Juan aún habían hecho una petición (por medio de su madre) que se les otorgara la primera y segunda posición en el reino de Dios (Mateo 20:20-28). Debido a su falta de entendimiento concerniente al Mesías y Su misión, ellos anhelaban y buscaban los honores y los reinos del mundo.55 El Señor una vez mas los instruyó aún en esta última noche antes de Su crucifixión – utilizando como una analogía las glorias terrenales y reinos que ellos deseaban. Más bien que ser como los reyes gentiles (ejercitando una injusta autoridad sobre los que ellos gobernaban), Él los exhortó para que dieran servicio a otros. Utilizándose Él mismo como ejemplo, Él indicó que aunque Él era el Maestro de la fiesta, Él se encontraba entre ellos “como el que sirve”.

Este conflicto se había levantado probablemente sobre cómo se sentarían en la mesa de la fiesta. La costumbre judía sienta al mayor o al hombre mas respetado a la cabecera de la mesa, descendiendo gradualmente al hombre menos importante al pie de la mesa.56 El Señor amonestó a Sus discípulos debido a su contención, pero Él no dejaría que esta noche se estropeara ya sea por su disputa o  por Su amonestación; por lo tanto, Él continuó con Sus instrucciones en una forma positiva, reconociendo que ellos en verdad habían permanecido con Él durante sus tentaciones y pruebas, y les prometió un lugar en el reino de su Padre, en donde ellos se “sentarían en tronos juzgando a las doce tribus de Israel”.

La mesa de la Pascua indudablemente fue puesta a nivel del suelo sostenida ya sea por patas o refuerzos muy cortos o quizás estaba colgando del techo, suspendida arriba del suelo para perseverarla de cualquier posible violación levítica.37 La mesa era ovalada, con cojines en el suelo alrededor de tres lados para poder sentarse, dejando abierto un lado para poder servir la cena. Los invitados se reclinaban en los cojines mas bien que sentarse en ellos, “recostados en su lado izquierdo y apoyándose con la mano izquierda, los pies extendidos hacia atrás, y cada invitado ocupando un diván o cojín”.58 Mientras que hay diferencias registradas acerca de la posición, descripción, y costumbres de cómo sentarse en la mesa de la Pascua,59 la mesa probablemente era como el siguiente diagrama.

Jesús como el anfitrión de la fiesta, probablemente ocupó el asiento tradicional central de los primeros tres cojines. Esta debió ser la segunda almohadilla o cojín del extremo de la mesa, indicado con él número 2 en el diagrama. Mientras Él se reclinaba, apoyando su cabeza con su mano izquierda, Su cabeza debió estar en la posición “H”, cerca de la mesa, Sus pies extendidos mas allá del cojín en dirección de la posición “F”, por fuera de la mesa. Cada persona alrededor de la mesa en una posición similar.

El lugar principal (reservado para el invitado principal de la fiesta), está indicado con el número 3 en el diagrama, y parece ser que Judas reclamó ese asiento.60 El asiento identificado con el número 1 en el diagrama debió de haber sido ocupado por Juan el Amado. Esto explicará porqué, cuando Cristo susurró a Juan la señal por la cual el traidor sería reconocido, ninguno de los otros discípulos pudo escuchar. En adición, si Judas ocupó el asiento número 3 en la mesa, debió de haber sido perfectamente normal, de hecho obligatorio, que Cristo le diera el primer bocado. Por lo tanto, los otros discípulos no debieron haber puesto especial atención cuando Cristo le dio el primer bocado a Judas. Este arreglo de los asientos, también nos explica por qué parece ser que nadie escuchó cuando Judas hizo la pregunta, “¿Soy yo?” Quizás para saber si Jesús sabía de su traición. Cuando él recibió una respuesta afirmativa del Señor, nadie en la mesa pareció saber o entender qué había pasado entre ellos.61

Mientras que este arreglo de los asientos es especulativo, también explica que tan fácilmente otras circunstancias descritas en las escrituras pudieron haberse llevado acabo. Si Juan estaba sentado en el cojín número 1, él debió de haber estado reclinado en el brazo izquierdo, y mientras que estaba recostado hacia atrás pudo haber descansado su cabeza en el pecho del Señor (Juan 13:23). Mientras que se encontraba en esta posición, él le preguntó al Señor quién era el traidor.

Finalmente, este arreglo de asientos sugiere la ubicación de otro miembro adicional de los Doce. Pedro probablemente ocupó este asiento designado con el número 4, al otro lado de la mesa enfrente de Juan. Mateo 26:21 registra la profecía del Señor que uno de los Apóstoles lo traicionaría. Pedro le hizo señas a Juan para que le preguntara al Señor quien sería el traidor. Esto pudo hacerse muy fácilmente porque Pedro estaba justamente sentado enfrente de Juan. Con relación a esto, este debió ser el lugar lógico para que Pedro se sentara después de la contienda entre los discípulos concerniente a quién sería el mayor en el reino del Señor. Pedro, en su costumbre normal y en un intento de degradarse él mismo después de la amonestación del Señor, debió haber tomado naturalmente el último lugar en la mesa. Los demás Apóstoles debieron de haberse sentado alrededor de la mesa a su convenciencia.62

La cena de la Pascua debió de haber consistido de por lo menos tres comidas: Primero, el cordero de la Pascua, el cual representaba que “Dios pasaría” las casas de los hijos de Israel que habían sido rociadas con la sangre del cordero, así perdonando a sus primogénitos; segundo, el pan sin levadura, el cual representaba el apresuramiento con el cual los hijos de Israel habían salido de Egipto; y tercero, hierbas amargas, la cual representaban la amarga vida que los hijos de Israel llevaron mientras estuvieron en cautiverio.63

Al comenzar la ceremonia formal de la Pascua, el Señor bendijo la primera copa de vino (como era costumbre de la fiesta). Entonces Él reveló a los Apóstoles que este sería la última vez que Él comería con ellos hasta que entraran a su reino celestial. Después de bendecir la copa de vino, Él la pasó entre los Doce para que cada uno pudiera tomar. Jesús entonces se levantó de la mesa, se quitó su manto, se ciñó una toalla, y procedió a lavarles los pies a los Apóstoles.

La Última Cena, Segunda Parte:
El Lavamiento de los Pies

Juan 13:1-10

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Y acabada la cena, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas hijo de Simón Iscariote que le entregase,
sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba,
se levantó de la cena, y se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó.
Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.
Entonces llegó a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies?
Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; pero lo entenderás después.
Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Le respondió Jesús: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.

Le dijo Simón Pedro: Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza.
10 Jesús le dijo: El que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.

De los cuatro escritores del evangelio, solamente Juan registró el lavamiento de los pies. El Señor probablemente celebró la Pascua en la forma tradicional, porque en verdad era la última cena del antiguo convenio el cual Jehová (el Dios del Antiguo Testamento, encamado en Jesucristo) había hecho con los hijos de Israel mientras huían de Egipto. Mientras el antiguo convenio estaba falleciendo, las ordenanzas del nuevo convenio estaban siendo instituidas, y la primera de estas ordenanzas fue el lavamiento de los pies.64 Jesús lo introdujo durante la cena de la Pascua en el tiempo del primer lavamiento simbólico de las manos (el cual era parte del ritual del antiguo convenio). “Ahora esta era la costumbre de los judíos bajo su ley; por lo tanto, Jesús hizo esto para que la ley se cumpliese” (TJS, Juan 13:10).

El lavamiento ceremonial de las manos era llevado acabo dos veces durante la cena pascual, primero solamente por el jefe de familia. Solamente él se ponía de pie mientras los demás permanecían reclinados en la mesa, por lo tanto, ritualmente se distinguía de todos los demás que se encontraban en la cena.65 Durante el segundo lavamiento de las manos, todos los miembros de la compañía se ponían de pie y participaban, lo cual haría que el lavamiento de los pies fuese innecesariamente difícil. Por lo tanto, aunque no sabemos exactamente cuándo se llevó acabo el lavamiento de los pies, debió llevarse mas fácilmente acabo durante al tiempo del primer lavamiento de las manos mientras que los Apóstoles aun se encontraban reclinados en sus cojines. De esta manera, el Señor se levantó de la mesa después, que la primera copa de vino había pasado por los labios de todos los presentes y “durante la cena”, se removió su manto y se ciñó con una toalla”.66

Durante Su ministerio, los lavamientos ceremoniales, como eran llevados acabo por los judíos, no significaban nada para el Señor. En verdad, Él fue criticado por no cumplir con estos lavamientos (Mateo 15:1-14; Marcos 7:1-23). Jesús consideraba las ceremonias de los judíos como nada mas que observancias exteriores, no les aprovechaba en nada a aquellos que no estaban limpios interiormente y no eran necesarias para aquellos cuyos corazones y vidas ya habían sido purificadas. El quizás ahora las llevó acabo para marcar el fin ceremonial de la Ley antigua.

Cristo probablemente empezó por derramar agua en un librillo grande de cobre o tazón, el cual probablemente fue proveído por el dueño de la casa el día de la cena.67 Él se lavó Sus manos de acuerdo con la ley y se acercó primeramente a Pedro, acercándose a él “no a los demás, sino al lugar en donde se encontraba el tazón y agua en donde se había llevado acabo la purificación”.68 Era natural que el Señor empezara solamente con Pedro porque no solo era el Apóstol principal sino porque probablemente estaba ocupando la última posición en la mesa opuesta a donde el Señor se había estado reclinando (como fue previamente descrito). Además, la objeción de Pedro a que el Señor le lavara los pies tendría más significado si fuera él el que primeramente recibiera este servicio.

La reacción de Pedro fue típica de Su personalidad. Él se portó de la misma manera cuando fue llamado para que siguiera al Salvador después del milagro de la primera pesca de peces.69 Después de su llamado, Él cayó de rodillas a los pies de Jesús y dijo, “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8). Mucho después en el ministerio de Cristo, cuando Jesús les informó a los Apóstoles que Él moriría en Jerusalén, Pedro nuevamente empezó a reconvenirle, “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mateo 16:22). Por lo tanto, fue natural que Pedro se opusiera a que el Salvador le lavara los pies porque consideraba que era la tarca de un esclavo y él mas bajo acto de servicio personal.70 La respuesta del Señor a la declaración de Pedro indica que Pedro no. entendió el significado de la ordenanza, y en su ignorancia él tercamente sostuvo, “No me lavarás los pies jamás”.

El Señor no discutió con Pedro como lo había hecho cuando Pedro lo reprendió por pronosticar Su muerte futura, sino que Él indicó a su Apóstol principal que si no le lavaba los pies, Pedro no tendría parte con Él. El gran carácter de Pedro y el gran amor por el Señor nuevamente se manifestó cuando Él inmediatamente declaró, “No sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”. Pero eso era innecesario, y el Señor indicó que lavar los pies era todo lo que se requería.

La breve discusión entre el Señor y Pedro reveló la primera razón para instituir el lavamiento de los pies. La ordenanza era necesaria para que los Apóstoles pudieran tener “una parte” con Jesús. Para tener parte con Él y compartir Su gran obra de salvación sobre la tierra, ellos voluntariamente debían someterse a Él, el Maestro de todo. La ordenanza conllevaba con ella un profundo significado simbólico concerniente al servicio requerido de aquellos que administrarían Su reino. El Señor reconoció que los Apóstoles lo habían llamado Maestro y Él aceptó ese título, pero Él enfatizó que de igual manera como Él había lavado sus pies, también ellos debían lavarse los pies unos a los otros. Su ejemplo fue uno de servicio: Como Él había servido, así también ellos debían servir. El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.

La segunda razón para la ordenanza, concernía la humildad, orgullo, y las ambiciones egoístas. Al aceptar el llamado del Señor, los Apóstoles había tomado la cruz y entrado en Su ministerio, lo cual significaba que ellos trabajarían como Él lo había hecho, servir como Él había servido, y amar como Él había amado. El lavamiento de los pies había sido mucho más que un servicio de comodidad personal, y más que mía lección objetiva sobre la humildad.71 A los Apóstoles les dijeron que la ordenanza simbolizaba su deseo de emular al Salvador y su buena disposición de liberarse del orgullo y de su ambición egoísta”.72

Finalmente, la tercera razón para el lavamiento de los pies fue expresada en el comentario del Señor que debido a esta ordenanza los Apóstoles “quedan limpios”. A este grado, el lavamiento estaba relacionado con el lavamiento de manos. Si los Apóstoles no estaban interiormente limpios antes del lavamiento, y no quedarían limpios después de esta. La ordenanza no tuvo ningún significado para aquellos que no se habían preparado propiamente y espiritualmente para ella, pero aquellos que estaban limpios de corazón y espíritu serían limpios de la sangre de esta perversa generación. (D & C 88:74-75, 137-41).73 Sin embargo, no todos estaban limpios entre los Doce y el Señor enfatizó que Judas, también había participado de la ordenanza. La ordenanza del lavamiento de los pies es una ordenanza eterna con un importe eterno.74 En los últimos días fue restaurado con el mismo significado como fue instituido por el Salvador en Su última cena (D & C 88:137-41).75

Cuando Él había terminado de lavar los pies de los Apóstoles, el Señor puso a un lado la toalla y la palangana, tomó Su manto, y regresó a la mesa para continuar con la cena de la pascua. Él resumió Su discusión con los Apóstoles profetizando que uno de los Doce lo  traicionaría, una declaración que profundamente entristeció a los discípulos. Ellos titubeando empezaron a preguntarle, “¿Soy yo?” “¿Soy yo?” Pedro le pidió a Juan que le preguntara al Señor concerniente a la identidad del traidor, y el Señor declaró que sería aquel a quien le diera el primer pan mojado. Puede parecer extraño que los discípulos por lo tanto no reconocieran al traidor cuando el pan mojado se le dio a Juan, pero se necesita recordar que Judas, estaba sentado como el invitado principal de la fiesta, y fue el primero en recibir el pan mojado en ese caso, y que después de esto, cada uno en la mesa recibió un pedazo de pan mojado. El “pan mojado” era una porción de un flexible pan ralo zambullido en el plato común,76 y Jesús debió de haberle dado a cada participante de la Pascua de acuerdo con el ritual establecido.

Mientras Jesús preparaba el primer pan mojado, Judas, quizás temiendo que Él podía ser descubierto por los otros, preguntó, “¿Soy yo?” Mientras que los otros habían hecho la pregunta con angustia de corazón, Judas preguntó con sutilidad para no delatarse. Sin embargo, al pronunciar esta pregunta se le cayó su máscara de traidor y el Señor respondió, “Lo que vas a hacer, hazlo más pronto”.

Aún ahora los otros no entendían completamente, porque ellos indudablemente no sabían lo que había pasado y estaban confundidos. Pero el diablo había entado en Judas y de prisa dejo la cena, mientras que los otros pensaron que él se había ido porque tuvo que hacer algún mandado por instrucciones del Señor.77

Después que se había ido el traidor, la atmósfera pareció aclararse y el Señor aparentemente parecía más relajado y tranquilo. Él habló como si Su misión estuviera terminada, y Él declaró que el Hijo del Hombre estaba glorificado y que el Padre estaba glorificado en Él. Él continuó instruyendo a los discípulos, informándoles que Él estaría con ellos solamente un poco mas: Después que Él no estuviera ellos lo buscarían, pero ellos no podían ir a donde Él iba.

Entonces Jesús, nuevamente declaró el nuevo mandamiento, que ellos debían amarse los unos a los otros como Él los había amado y que por esto todos los hombres sabrían que ellos eran sus discípulos. Pedro nuevamente demostró su falta de entendimiento y preparación a los acontecimientos que se aproximaban78 cuando él preguntó al Señor a donde iba Él. El Señor respondió que Pedro no podía ir inmediatamente con Él, pero que él iría después. Nuevamente Pedro protestó que él daría su vida por el Señor, después de lo cual el Señor le advirtió, “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido”.

El Señor entonces fortaleció a Pedro declarando que Él había orado para que la fe de Pedro no se debilitara. Él entonces concluyó declarando que cuando Pedro estuviera finalmente convertido, él debía fortalecer a sus hermanos. Pero Pedro no cedía. Él nuevamente protestó, declarando que estaba listo para ir con el Señor a prisión y hasta la muerte. Finalmente el Señor profetizó a pedro que “no cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces”.79

La cena de la Pascua continuó, e indudablemente durante su curso normal Jesús instituyó la segunda ordenanza del nuevo convenio – el sacramento.

La Última Cena, Tercera Parte:
El Sacramento

Mateo 26:26-29

26 Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y lo bendijo, y lo partió y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.
27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
28 porque esto es mi sangre del nuevo convenio, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
29 Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

Contra-referencias
Marcos 14:22-25;  Lucas 22:17-20;  TJS. Mateo 26:22-25;
3Nefi9:17, 19-20; 18:5-11; 20:8;  Moroni 4, 5;  D&C 20:75-79; 27:2-4

Solamente los sinópticos registran la institución del sacramento. Aunque hay algunas discrepancias entre los escritos de los sinópticos, son insignificantes. Lo más importante es que, cada uno da testimonio sobre el significado del sacramento y su institución como el emblema del nuevo convenio.

La celebración de la Pascua conmemoraba las bendiciones que Jehová dio a los hijos de Israel mientras escapaban de la esclavitud de Egipto. Incluida en la celebración, se encontraba el  sacrificio del cordero para la Pascua, un acto que esperaba con ansia al anticipado Mesías. Esto representaba parte del antiguo sacrificio practicado por Adán en anticipación de la futura Expiación y sacrificio del Hijo de Dios (Moisés 5; 5-8).80

Desde el éxodo en adelante, los hijos de Israel habían celebrado la Pascua en similitud al sacrificio de Cristo. “Todas las similitudes sacrifícales de todas las edades se combinaron para dar testimonio del infinito y eterno sacrificio expiatorio-el sacrificio del cordero de Dios quien había tomado los pecados del mundo”.81

Ahora el sacrificio eterno estaba por llevarse acabo, y los corderos para la Pascua que habían sido sacrificados en el templo, simbólicamente testificaban por última vez del gran y eterno sacrificio que en poco tiempo se cumpliría. Cuando Cristo dio su vida por la humanidad, los sacrificios de los animales autorizados por el Señor, como eran practicados desde Adán hasta el tiempo de Cristo, cesaron. En la Última Cena, el Señor instituyó una nueva ordenanza para reemplazarla. La nueva ordenanza fue llamaba el sacramento.

La cena de la Pascua ofreció la situación perfecta para instituir el sacramento. La similitud de la celebración de la Pascua y la del sacramento era lo mismo. Mientras que el sacrificio ceremonial de animales esperaba con ansia al gran sacrifico eterno, el derrame de sangre y la expiación de Cristo para toda la humanidad, el sacramento miraba hacia el pasado en recuerdo de ese glorioso acontecimiento. Ambas ordenanzas se enfocaban en ese específico momento cuando el Hijo de Dios cumplió Su misión terrenal y proveyó por medio de la Expiación, la Crucifixión, y la Resurrección, (1) la salvación para toda la humanidad y (2) la exaltación para aquellos que obedecieran Sus palabras. La sangre del cordero de la Pascua, redimió a la gente escogida de Dios del ángel de la muerte cuando pasó por Egipto; entonces, también la sangre del Hijo de Dios, rescatará a toda la humanidad del ángel de la muerte (pecado), así abriendo de esta manera el camino para entrar en el reino de Dios.

Después que Cristo lavó los pies de los Apóstoles, la cena continuó. La compañía sin duda comió hierbas amargas en recuerdo de la estancia de los hijos de Israel en Egipto. No se sabe si el Señor participó en cada porción de la observancia ceremonial, pero es poco probable que Él lo haya hecho, porque los líderes judíos cambiaron y expandieron la ceremonia con el paso de los siglos.82 Sin embargo, ellos ciertamente se comieron todo el pan sin levadura y el cordero, porque la fiesta lo requería. En este punto, la ceremonia requería la bendición de la tercera copa de vino, y con toda probabilidad fue en ese momento que el Señor instituyó la ordenanza del Sacramento.83

Igual que con el lavamiento de los pies, la fiesta de la Pascua proveyó al Señor con la oportunidad de instituir una nueva ordenanza, sin interrumpir indebidamente la cena. Él tomó el pan “lo bendijo, lo partió, y se lo dio a los discípulos”, Él les dio instrucciones de que ellos debían de comerlo, porque “este es mi cuerpo”. De igual manera, Él tomó la copa, “dio gracias, y les dio”, dándoles instrucciones de que bebieran porque “esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. Las escrituras anotan que el Señor bendijo el pan y el vino, pero las palabras específicas de la bendición no están registradas. Aunque la celebración de la Pascua contenía ciertas bendiciones rituales para el pan y el vino,84 el Señor probablemente no las utilizó.85 Aunque el Nuevo Testamento no registra instrucciones específicas en lo que respecta al sacramento, el Libro de Mormón si lo hace. Explica que después de la resurrección de Cristo, Él visitó a los nefitas e instituyó el sacramento (3 de Nefi 18:3-11). Con respecto a esto, sin duda alguna el Señor dio las mismas instrucciones a los Apóstoles de la antigua Iglesia como lo hizo con los nefitas y al profeta de la restauración de los últimos días.86 Esto incluye las oraciones sacramentales, las similitudes del pan con el cuerpo de Cristo, el vino con Su sangre; y la enseñanza de que al participar dignamente del sacramento llegamos a estar en asociación con Él y nos alimentamos espiritualmente en recordatorio de Su misión (Véase 3 de Nefi 18:3- 11; Moroni 4, 5; D&C 20:75-79).

El Señor utilizó el vino para el sacramento en la Ultima Cena y en el Hemisferio Occidental. Sin embargo, en la Restauración el Señor reveló que el agua podía ser substituida por el vino (D&C 27:2- 4), como lo hacemos hoy en día.

Tomamos el sacramento por los propósitos siguientes:

  1. Para recordar el cuerpo y la sangre de Cristo. La ordenanza conmemora la Expiación, la Crucifixión, y la Resurrección. Igual que el sacrificio, la celebración de la Pascua esperaba con ansia esos mismos acontecimientos. Por medio de nuestro recordatorio nosotros reconocemos que Jesús es la resurrección y la vida, y nadie puede ser salvo sino por Él (Juan 14:6).
  2. Tomar sobre nosotros el nombre de Cristo. Hacemos convenio con y testificamos ante nuestro Padre Celestial que tomaremos el nombre de Cristo sobre nosotros. Al hacer esto aceptamos las enseñanzas de Cristo y las aplicamos en nuestras vidas como guías de principios. Temprano en Su ministerio, Jesús se refirió a esto cuando Él pronunció un discurso en Capernaum sobre “el pan de vida”.87 En ese discurso Él utilizó las metáforas comunes de la comida y la bebida88 para enseñar a los judíos que ellos debían “comer Su carne” y “tomar Su sangre” para llegar a ser parte de Él. Los judíos literalmente cuestionaron cómo alguien podía comer Su cuerpo y beber Su sangre, pero el Señor estaba utilizando el ejemplo metafóricamente, no literalmente. Él quiso decir que ellos debían hacer que Sus enseñanzas y su creencia en Él, fueran parte de ellos y que ellos debían ejemplificar esa creencia en todo lo que hacían, igual que el pan y el vino eran asimilados en los tejidos de sus cuerpos y literalmente llegaban a ser partes permanentes del cuerpo. Cuando nosotros tomamos el sacramento dignamente, aceptamos a Cristo como nuestro Señor y Rey, y damos testimonio de esto al vivir Sus mandamientos y reconociéndolo como el Hijo literal de Dios, nuestro Salvador personal.
  3. Recordarlo siempre. Debemos dirigir nuestra atención constante a la expiación del Salvador. Al celebrar la última fiesta de la Pascua, el Señor cumplió con la antigua ley e indicó la nueva ley. “Se dio fin a los sacrificios e inició el sacramento”.89 El sacrificio y la Pascua conducían la antigüedad hacia la próxima expiación, el sacramento reemplazaba estas venerables ordenanzas y dirige la atención de Sus santos (después de Su muerte), hacia el gran sacrificio expiatorio el cual Él había traído.90
  4. Guardar los mandamientos del Señor. Nosotros específicamente hacemos convenio de guardar los mandamientos del Señor cuando participamos del sacramento. El Señor lo dijo sencillamente: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Guardar Sus mandamientos es “vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios” (D&C 84:44).
  5. Recibir las bendiciones de Dios. Con la condición de que nosotros participemos del sacramento dignamente y continuemos viviendo rectamente, Dios nos ha prometido que Él nos otorgará Su Espíritu para que esté con nosotros “para que todos en su debido tiempo podamos heredar la vida eterna”.91

La Iglesia creció rápidamente después de la resurrección de Cristo, y los Apóstoles indudablemente instruyeron a los nuevos conversos en la propia observancia del sacramento. El Salvador había instituido un ritual sencillo; sin embargo, varias doctrinas incorrectas se desarrollaron concernientes al sacramento hasta su restauración en tiempos modernos. Quizás estos cambios eran debido a un entusiasmo teológico o a un acalorado entusiasmo, pero en todo caso ellos hubieran alarmado y escandalizado a los Santos originales.

Evidencia de este problema se manifestó tempranamente en la Iglesia. Los Santos en Corinto hicieron una burla del sacramento reduciéndola en una insaciable fiesta repleta de embriaguez. Pablo, tratando de corregir esto, severamente declaró, “es preciso que entre vosotros haya disensiones. . . Cuando pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo”. (1 de Corintios 11:27-30).

Pablo advirtió a los Santos de no hacer burla de esta ordenanza ni de participar indignamente, concluyendo que si un hombre hacía esto, “juicio come y bebe para sí”. . . Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen [mueren]”. (1 de Corintios 11:27-30).

El sacramento es una ordenanza sencilla, pero es de una importancia singular en la vida de los Santos dignos. Si participamos de ella indignamente, ponemos en peligro nuestra salvación, pero si participamos dignamente abrimos la puerta de la vida eterna al aceptar a Cristo y sus enseñanzas en nuestras vidas.

Cuando el Salvador terminó de administrar el sacramento a los Apóstoles, El continuó con Sus enseñanzas para fortalecer su fe. El profètico advenimiento de su arresto y juicio pronto los esparciría en el extranjero, entonces Él les recordó del éxito de su primera misión. Ellos habían ido sin alforja ni espada y aun así no les faltó nada, y los Apóstoles reconocieron esto. Pero ahora el Señor les dijo que estuvieran preparados, que llevaran alforja y espada, porque ahora estarían sujetos a las circunstancias duras del mundo. La espada, dijo El como un ejemplo, mejor describiría sus futuros problemas proselitistas: si ellos no tenían una espada deberían de vender sus túnicas y comprar una. Era otra metáfora utilizada para describir los tiempos difíciles que ellos enfrentarían al enseñar a todas las naciones. Él sabía que Él y Sus seguidores serían “contados entre los inicuos”, a los ojos del mundo. Los Apóstoles nuevamente  fracasaron en entender el significado de las palabras del Señor y declararon que solamente tenían dos espadas en su posesión. Sin continuar con su explicación Jesús dio por terminada la conversación sencillamente declarando, “Basta” (Lucas 22:38).

La cena de la Pascua estaba terminada – el antiguo convenio se había extinguido.

→ Capítulo 6


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1 Response to La Misión de Jesús el Mesías

  1. Avatar de Pedro Morales Sánchez Pedro Morales Sánchez dice:

    Me gusta, pero hay personas como yo que le cuesta mucho ser espiritual y aprender como se puede conseguir

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