Joseph: Explorando la vida y Ministerio del Profeta

Capítulo 15
La misión a los lamanitas

Grant Underwood


En el otoño de 1830, una serie de revelaciones comisionó a cuatro élderes para viajar al oeste y predicar a los nativos americanos, o lamanitas, como eran conocidos por los santos de los últimos días. Desde el principio, los lamanitas ocuparon un lugar destacado en la doctrina de la Iglesia. En su primera visita del ángel Moroni en 1823, José Smith fue “informado acerca de los habitantes aborígenes de este país, y se le mostró quiénes eran y de dónde venían”. Posteriormente, el Profeta recibió las planchas de metal sobre las cuales se registraba una parte de su historia. La portada del libro declaraba que el registro había sido “escrito a los lamanitas, que son un remanente de la casa de Israel”, y tenía como propósito “mostrar al remanente de la casa de Israel cuán grandes cosas el Señor ha hecho por sus padres; y para que conozcan los convenios del Señor, que no han sido desechados para siempre” (Libro de Mormón, Portada). Y en la revelación registrada más antigua que se conoce —recibida cuando solo se había traducido parte del Libro de Mormón— el Señor explicó que “con este mismo propósito se han preservado estas planchas… para que los lamanitas lleguen al conocimiento de sus padres, y para que conozcan las promesas del Señor, y para que crean en el evangelio y confíen en los méritos de Jesucristo” (DyC 3:19–20). A partir de entonces, en contraste con las actitudes y acciones muchas veces despectivas e incluso destructivas de muchos estadounidenses de la época, los santos de los últimos días procuraron ayudar a los indígenas a recuperar el sentido tanto de su identidad antigua como de su destino profético.

Lo que el Profeta y sus asociados quizá no comprendían del todo en el otoño de 1830 era la oportunidad providencial de enviar misioneros a los lamanitas. Solo unos meses antes de que llegara la comisión revelada, el Congreso había aprobado la Ley de Desplazamiento de Indígenas (Indian Removal Act), la cual permitía que cualquier tribu o nación indígena que residiera en los estados o territorios organizados de los Estados Unidos pudiera intercambiar sus tierras tradicionales por tierras ubicadas en los territorios no organizados al oeste del Misisipi. Varias tribus aceptaron rápidamente y emigraron al territorio al oeste de la frontera de Misuri, en lo que hoy es el este de Kansas. Esta área, descrita en la revelación como “los límites junto a los lamanitas” (DyC 28:9), era el destino final de los misioneros, aunque en el camino también visitaron varias reservas indígenas dentro de los estados. Como resultado, el único éxito bautismal que los misioneros experimentaron fue cuando predicaron a los colonos blancos del noreste de Ohio y del oeste de Misuri.

Los cuatro hombres llamados a esta misión —la primera en la historia de la Iglesia en dirigirse específicamente a un grupo de personas— fueron Oliver Cowdery, Peter Whitmer Jr., Parley P. Pratt y Ziba Peterson. Oliver Cowdery recibió su llamamiento en una revelación justo antes de que la Iglesia celebrara su conferencia trimestral a finales de septiembre: “He aquí, yo te digo que irás a los lamanitas y les predicarás mi evangelio… y harás que mi iglesia sea establecida entre ellos” (DyC 28:8).

En los días que siguieron, “varios de los élderes manifestaron un gran deseo respecto a los remanentes de la casa de José —los lamanitas que residían en el oeste— sabiendo que los propósitos de Dios para con ese pueblo eran grandes y esperando que había llegado el momento en que las promesas del Todopoderoso en cuanto a ese pueblo estaban por cumplirse… El deseo fue tan grande que se acordó que debíamos consultar al Señor”.

De ello resultaron varias revelaciones. A Peter Whitmer Jr. se le dijo:

“Emprenderás tu viaje con tu hermano Oliver; porque ha llegado el tiempo en que me es prudente que abras tu boca para declarar mi evangelio; por tanto, no temas, sino presta atención a las palabras y consejos de tu hermano, que él te dará.

Y participa tú en todas sus aflicciones, elevando siempre tu corazón a mí en oración y fe, por la liberación de él y la tuya; porque le he dado poder para edificar mi iglesia entre los lamanitas” (DyC 30:5–6).

Varios días después se reveló que Parley Pratt debía “ir con mis siervos Oliver Cowdery y Peter Whitmer, Jr., al desierto entre los lamanitas. Y Ziba Peterson también irá con ellos; y yo mismo iré con ellos y estaré en medio de ellos” (DyC 32:2–3).

Después de recibir estas revelaciones, los misioneros se ocuparon en prepararse para su viaje al oeste. Una de las preparaciones más significativas fue firmar un convenio comprometiéndose a cumplir su misión. El domingo 17 de octubre de 1830, en presencia de José Smith y David Whitmer, el líder de la misión, Oliver Cowdery, firmó este convenio:

“Yo, Oliver, habiendo sido mandado por el Señor Dios a ir a los lamanitas, a proclamarles alegres nuevas de gran gozo, presentándoles la plenitud del Evangelio del unigénito Hijo de Dios;… y teniendo conmigo a ciertos hermanos que han sido llamados por Dios para asistirme, cuyos nombres son Parley [Pratt], Peter [Whitmer] y Ziba [Peterson], por lo tanto, hago un convenio muy solemne ante Dios, de que andaré humildemente ante Él y realizaré esta obra, esta gloriosa labor, conforme Él me dirija por medio del Espíritu Santo, orando siempre por mi prosperidad y la de ellos, y por la liberación de prisiones y cadenas, y de todo lo que pueda sobrevenirnos, con toda paciencia y fe.—Amén.”

Luego, sus tres compañeros afirmaron:

“Nosotros, los abajo firmantes, habiendo sido llamados y mandados por el Señor Dios a acompañar a nuestro hermano Oliver Cowdery, para ir a los lamanitas y ayudar en la mencionada obra y labor gloriosa, por lo tanto, hacemos un convenio muy solemne ante Dios, de que lo asistiremos fielmente en esto, prestando atención a todas sus palabras y consejos, los cuales le sean o le serán dados por el Espíritu de verdad, orando siempre con toda oración y súplica por nuestra prosperidad y la de él, y por nuestra liberación de cadenas, de prisiones, y de todo lo que pueda sobrevenirnos, con toda paciencia y fe.—Amén.”

No mucho después de firmar este convenio, los misioneros partieron. En una carta del 12 de noviembre de 1830 escrita desde Kirtland, Ohio, Oliver Cowdery informó: “Llegamos a este lugar hace dos semanas este día [29 de octubre]. En nuestro viaje visitamos a la tribu de Buffalo, pero nos quedamos solo unas horas y dejamos con ellos dos libros”. Lo que Cowdery llamó la “tribu de Buffalo” era en realidad un grupo de la Nación Séneca (Confederación Iroquesa) que vivía en la Reserva de Buffalo Creek, a unos pocos kilómetros al sureste del centro de la ciudad de Buffalo. Parley P. Pratt describió la visita con estas palabras:

“Visitamos una nación india en o cerca de Buffalo, y pasamos parte del día con ellos, instruyéndoles en el conocimiento del registro de sus antepasados. Fuimos recibidos con amabilidad, y mostraron mucho interés al escuchar estas noticias. Regalamos dos ejemplares del Libro de Mormón a algunos de ellos que sabían leer… De allí continuamos nuestro viaje.”

Después de su breve interacción con los sénecas, los misioneros embarcaron rumbo a través del lago Erie hacia Fairport, Ohio, el puerto de entrada a la zona de Painesville-Kirtland. Cerca de allí, en Mentor, Ohio, los misioneros se reunieron con el mentor de Parley Pratt, Sidney Rigdon, a quien enseñaron y bautizaron, junto con muchos de sus seguidores.

El siguiente destino de los misioneros fue Upper Sandusky, a orillas del río Sandusky, al sur del lago Erie. No se sabe con certeza si Cowdery y sus compañeros predicaron allí, pero Pratt informó más tarde en su autobiografía que “fuimos bien recibidos y tuvimos la oportunidad de presentarles [a los wyandots] el registro de sus antepasados”. Recordó que los indígenas “se regocijaron con las nuevas, nos desearon éxito y nos pidieron que les escribiéramos sobre nuestros logros entre las tribus más al oeste, a donde ellos esperaban ir pronto. Tomando una afectuosa despedida de este pueblo, continuamos nuestro viaje hacia Cincinnati”.

Desde Cincinnati, los misioneros viajaron en barco por el río Ohio hasta su confluencia con el río Misisipi. Normalmente, habrían continuado río arriba unos trescientos kilómetros hasta San Luis y luego otros quinientos kilómetros por el río Misuri hasta llegar a los “límites junto a los lamanitas”. Sin embargo, por cosas del destino, llegaron en medio de uno de los inviernos más fríos registrados —conocido como el “invierno de las grandes nevadas”—, y les aguardaba una ardua travesía por tierra. Pratt describió así la parte del viaje en Misuri:

“Viajamos a pie durante quinientas millas a través de vastas praderas y parajes salvajes cubiertos de nieve —sin caminos transitados; las casas eran escasas y estaban muy distantes entre sí; y el viento del noroeste soplaba siempre de frente con una fuerza tal que casi nos arrancaba la piel del rostro. Viajamos días enteros, desde la mañana hasta la noche, sin ver una casa ni un fuego, caminando con nieve hasta las rodillas a cada paso, y el frío era tan intenso que la nieve no se derretía ni siquiera del lado sur de las casas, ni al mediodía, durante casi seis semanas. Llevábamos en nuestras espaldas ropa de cambio, varios libros, pan de maíz y carne de cerdo cruda. A menudo comíamos nuestro pan y cerdo congelados durante el camino, cuando el pan estaba tan duro por el hielo que no podíamos morderlo ni penetrar más allá de la corteza exterior.”

Según Peter Whitmer, los misioneros llegaron a Independence, Misuri, cerca de la frontera occidental de los Estados Unidos, el 13 de enero de 1831. “El día 14 del mes”, escribió, “comencé a trabajar con mis propias manos. Los hermanos Oliver, Parley y Frederick partieron a ver a la tribu de los delaware. A los pocos días vinieron a verme a mí y al hermano Ziba, y declararon que los lamanitas los recibieron con gran gozo.”

La carta de Oliver Cowdery al Profeta, fechada el 29 de enero de 1831, confirma que los misioneros no perdieron tiempo en buscar a los indígenas:

“Llegamos a este lugar [Independence, Misuri] hace unos días, que está a unas 25 millas de los indios shawnee, al lado sur del río Kansas en su desembocadura, y de los delaware, al norte. He tenido dos entrevistas con el jefe de los delaware, un hombre muy anciano y de apariencia venerable. Después de presentar ante él y ante dieciocho o veinte miembros del consejo de esa nación la verdad, dijo que él y ellos estaban muy contentos con lo que [su hermano] les había contado, y que lo habían recibido en sus corazones, etc. —Pero cómo se desarrollará este asunto con esta tribu, para mí es incierto; ni puedo, por el momento, sacar muchas conclusiones al respecto.”

El jefe principal de los delaware en ese momento era Kik-Tha-We-Nund (William Anderson), un hombre distinguido de ascendencia indígena y blanca, de unos setenta y tantos años. Había sido el líder de los delaware por más de una década y solo unos meses antes había negociado su traslado a tierras ubicadas en lo que hoy es el este de Kansas, donde Cowdery, Pratt y Williams los visitaron. Al igual que Cowdery, Pratt describió al jefe como:

“Un hombre anciano y de aspecto venerable, que había estado al frente de los delaware durante mucho tiempo, y a quien se le consideraba como el Gran Abuelo, o ‘sachem’ de diez naciones o tribus.”

“Estaba sentado sobre un sofá de pieles, cueros y mantas, frente a un fuego en el centro de su choza; la cual era una cabaña cómoda, compuesta por dos habitaciones grandes.
Sus esposas estaban vestidas con esmero, en parte con telas estampadas y en parte con pieles; y llevaban una gran cantidad de adornos de plata. Al entrar en su cabaña, nos dio la mano con una cálida bienvenida, y luego nos hizo señas para que nos sentáramos sobre un asiento agradable de mantas o pieles. Sus esposas, a su orden, nos sirvieron un recipiente de hojalata lleno de frijoles y maíz cocidos juntos, lo cual resultó ser una comida bastante buena… Había un intérprete presente, y a través de él comenzamos a exponerle nuestro propósito y a hablarle del Libro de Mormón.”

Pratt coincidió en que la reacción inicial de Kik-Tha-We-Nund y su consejo fue positiva, pero el jefe explicó:

“Ahora es invierno, somos nuevos en este lugar; la nieve es profunda, nuestro ganado y nuestros caballos están muriendo, nuestros wigwams son precarios; tenemos mucho que hacer en la primavera: construir casas, cercar y hacer granjas; pero construiremos una casa del consejo, y nos reuniremos, y ustedes nos leerán y nos enseñarán más sobre el Libro de nuestros padres y la voluntad del Gran Espíritu.”

Sin embargo, no fue así como sucedieron las cosas. Sin que los misioneros lo supieran, habían llegado justo cuando los metodistas y bautistas, impulsados por la reciente aprobación de la Ley de Desplazamiento de Indígenas, competían por establecer misiones y escuelas misioneras entre los indígenas recién reubicados. Apenas dos meses antes, tanto los metodistas como los bautistas habían obtenido permiso para comenzar una escuela misional entre los shawnee, pero la llegada del invierno había impedido que alguno de los dos iniciara formalmente su obra antes de que llegaran los misioneros mormones. Más problemático aún que los celos ministeriales fue el hecho de que los élderes no contaban con permiso formal del gobierno para comenzar su labor.

“Para nuestra tristeza”, informó Peter Whitmer, “vino un hombre llamado Cumons y nos dijo [que] era un hombre bajo autoridad; nos dijo que nos llevaría presos al fuerte”. Richard Cummins, el hombre al que se refería, era el jefe de la Agencia India de los shawnee y el funcionario gubernamental de más alto rango en la zona. Al enterarse de que los misioneros no tenían el permiso necesario, les ordenó cesar su labor y amenazó con detenerlos en el cercano Fuerte Leavenworth si persistían. Como explicó a su superior, el superintendente de Asuntos Indígenas con sede en San Luis, William Clark:

“Me he negado a permitirles permanecer o ir entre los indígenas a menos que primero obtengan permiso de usted o de alguno de los oficiales del gobierno general a quienes estoy obligado a obedecer.”

Cowdery respondió rápidamente a su encuentro con Cummins escribiendo al superintendente Clark:

“Al dirigirme a su señoría mediante esta comunicación, lo hago con gran placer, entendiendo que a su señoría le agrada apoyar todo esfuerzo hecho por el filántropo para instruir al indígena en las artes de la vida civilizada, lo cual es sin duda un resultado del Evangelio de Cristo.

Como he sido designado por una sociedad de cristianos en el estado de Nueva York para supervisar el establecimiento de misiones entre los indígenas, no dudo que contaré con la aprobación de su señoría y con un permiso para mí y para todos aquellos que me sean recomendados por dicha sociedad, para tener libre interacción con las distintas tribus a fin de establecer escuelas para la instrucción de sus hijos y también para enseñarles la religión cristiana, sin entrometerme ni interferir con ninguna otra misión ya establecida.”

El esfuerzo de Cowdery por aprovechar las disposiciones de la Ley de Desplazamiento de Indígenas respecto al establecimiento de misiones y escuelas misionales, así como su sensibilidad ante la política misional local, resulta notable. Se eligió a Parley Pratt para llevar la carta a San Luis. Desafortunadamente, Clark estaba ausente cuando Pratt llegó y estaría fuera durante otro mes. Tras una breve estadía en San Luis, Pratt regresó a Ohio.

Mientras tanto, los misioneros trabajaron como sastres o maestros para mantenerse, y esperaron pacientemente para continuar su misión a los lamanitas. Casi dos meses después, Cowdery escribió que Cummins

“es muy estricto con nosotros y creemos que algo exigente respecto a nuestra libertad de visitar a nuestros hermanos los lamanitas, pero confiamos en que, cuando nuestro hermano Parley regrese, tendremos un permiso del general Clark, quien… debe tener una recomendación o garantía antes de que pueda otorgar un permiso a cualquier extranjero o forastero para ir entre ellos a enseñar o predicar.”

Parece que parte del propósito del largo viaje de Pratt de regreso a Ohio fue obtener la recomendación necesaria. Como resultó, no volvería a Misuri hasta julio, cuando llegó acompañado de José Smith y un grupo de élderes comisionados por revelación para visitar la zona. Significativamente, la revelación contenía un mandamiento explícito de llevar una recomendación para Oliver Cowdery (DyC 52:41).

Aunque las semanas se convirtieron en meses sin oportunidad de predicar a los lamanitas, Cowdery y sus compañeros lograron mantener el ánimo y conservar la esperanza en una gran obra entre los indígenas. En la carta de abril, Cowdery expresó su firme convicción de que el Señor estaba “en verdad a punto de redimir a su pueblo del antiguo convenio y guiarlos con la plenitud de los gentiles a los manantiales, sí, a la fuente de aguas vivas, a su santo monte de Sion”. También reportó con optimismo que:

“Hoy oímos noticias de la Nación de lamanitas delaware, por medio del hombre que es empleado por el gobierno como herrero para esa Nación; él cree en la verdad y dice… que pusimos más [luz] en los lamanitas durante el corto tiempo en que se nos permitió estar con ellos (que fue solo unos pocos días), que todos los demonios del abismo infernal y todos los hombres de la tierra podrán sacarles en cuatro generaciones.”

James Pool, el herrero del gobierno al que se refería, también dijo a Cowdery que Kik-Tha-We-Nund, “el jefe principal, dice que cree cada palabra del libro, y hay muchos más en la Nación que creen; y entendemos que también hay muchos entre los shawnees que creen, y confiamos en que, cuando el Señor abra nuestro camino, tendremos tiempos gloriosos”.

La fe y paciencia continuas de los misioneros ante las dificultades se reflejan conmovedoramente en otra carta escrita por Oliver Cowdery en mayo: “Comenzamos a esperar pronto a nuestro hermano Parley; solo hemos tenido noticias de él cuando estaba en San Luis”. Además, la presencia y predicación de los misioneros entre los blancos locales logró despertar una considerable oposición. “Casi todo el país”, informó Cowdery, “que consiste en universalistas, ateos, deístas, presbiterianos, metodistas, bautistas, y sacerdotes y personas que profesan ser cristianos, junto con todos los demonios del abismo infernal, están unidos y rebosando de su propia vergüenza”.

Sin embargo, eso no les impidió predicar. Cowdery escribió que él y Ziba Peterson “fueron al condado del Este, que es Lafayette, a unas 40 millas, y en el nombre de Jesús llamaron al pueblo al arrepentimiento, muchos de los cuales [creo que] están buscando sinceramente la verdad”. Parece que Cowdery y Peterson bautizaron a una docena de personas en los condados de Lafayette y Jackson en los meses siguientes, incluyendo a Rebecca Hopper, con quien Peterson se casó el 11 de agosto de 1831.

Con el paso del tiempo, continuaron llegando informes de creencias entre los indígenas. Johnston y Delilah Lykins, una pareja de misioneros bautistas recién llegada para trabajar entre los shawnee, escribieron: “Creo que [los mormones] convencerán a la familia de Shane”. Shane, un indígena ottawa, servía como intérprete oficial del gobierno para los shawnee. Sin embargo, como era ilegal que los misioneros regresaran al territorio indígena, no pudieron bautizar a ninguno de los que se decía que creían.

En julio llegaron José Smith y los demás, pero el registro histórico guarda silencio respecto a nuevos intentos de obtener permiso para trabajar entre los indígenas. Si solicitaron nuevamente en ese momento y fueron rechazados, o si planeaban solicitar más adelante, simplemente se desconoce.

Lo que sí se sabe es que ese verano los líderes de la Iglesia consideraron varias otras formas de cumplir su misión hacia los lamanitas. Sidney Gilbert, un comerciante converso que había acompañado a José Smith a Misuri, fue instruido por revelación a abrir una tienda en Independence y obtener una licencia para que pudiera “enviar bienes también a los lamanitas [por medio de] empleados contratados en su servicio, y así el evangelio pueda serles predicado”.

Otra posible forma de tener acceso a los lamanitas —el matrimonio interétnico— también parece haber sido contemplada. Uno de los élderes visitantes, W. W. Phelps, años más tarde informó a Brigham Young que José había recibido una revelación cuyo contenido era: “Es mi voluntad que, con el tiempo, toméis para vosotros esposas de entre los lamanitas y nefitas”. Aunque no se conserva ningún registro contemporáneo de esta revelación en fuentes de los santos de los últimos días, Ezra Booth —quien abandonó la Iglesia poco después de su viaje a Misuri y posteriormente produjo el primer ataque apóstata contra el mormonismo— incluyó entre sus acusaciones que, mientras estaban en Misuri, “se dio a conocer por revelación que agradaría al Señor si [los élderes] formaran una alianza matrimonial con los nativos; y que por este medio… obtendrían residencia en el territorio indígena, independiente del agente del gobierno”.

Al final, ninguna de estas iniciativas se materializó, y nunca se recibió un permiso oficial para establecer una misión de los santos de los últimos días en territorio indígena. A pesar del fracaso de los misioneros en establecer la Iglesia entre los indígenas en 1831, durante el resto de la vida del Profeta él promovió regularmente el contacto con diversas tribus, así como varios intentos misioneros posteriores.

Seguía muy vigente la profecía de marzo de 1831 de que “Jacob florecerá en el desierto, y los lamanitas florecerán como la rosa” (DyC 49:24).

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