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Un segundo nacimiento
Hay mucho en las actividades para solteros de la Iglesia que no pertenece a la organización ni al programa, sino más bien al espíritu. Un impulso hacia un segundo nacimiento, un re-despertar, va seguido de una búsqueda eterna de aquello que es noble y bueno. Como Nicodemo, muchos preguntarán: ¿Cómo puede ser este segundo nacimiento? La respuesta sigue siendo la misma: a menos que un hombre nazca del agua y del Espíritu, no puede nacer dos veces. Nacer espiritualmente de Dios significa que debemos poder responder afirmativamente a la pregunta de Alma: “¿Habéis experimentado este poderoso cambio en vuestros corazones?” (Alma 5:14).
Nacer de nuevo significa que debemos ejercer una fe que no vacile y que no se distraiga con facilidad.
El inquisitivo y dudoso Tomás hizo una pregunta significativa: “Señor,… ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” La respuesta perdurable fue: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:5–6).
Muchos adultos solteros, al beber de la copa amarga, piensan equivocadamente que esa copa pasa de largo para otros. En sus primeras palabras al pueblo del continente occidental, Jesús de Nazaret habló con profundo sentimiento de la copa amarga que el Padre le había dado. (3 Nefi 11:11). Cada alma tiene alguna amargura que tragar. Los padres que tienen un hijo que se extravía llegan a conocer un dolor que desafía toda descripción. Una mujer cuyo esposo es cruel o insensible puede tener el corazón roto cada día.
Habiendo bebido la copa amarga, sin embargo, llega un momento en que uno debe aceptar la situación tal como es y extenderse hacia arriba y hacia afuera. El presidente Harold B. Lee dijo: “No permitáis que la autocompasión o la desesperación os aparten del curso que sabéis es correcto.” El Salvador trazó la brújula hace muchos años: debemos nacer de nuevo en espíritu y en corazón.
Hace algún tiempo, Bonnie McKean Giauque ganó el concurso nacional de decoración de sillas de ruedas. Esta ex Miss Salt Lake fue atacada hace muchos años por la esclerosis múltiple y desde entonces ha tenido que cuidar a su esposo y a sus cinco encantadoras hijas desde una silla de ruedas. Decoró su silla de ruedas como la muñeca Raggedy Ann para que los niños que la vieran tuvieran algo de qué hablar aparte de su discapacidad. Un día de ayuno confió que ella y otra amiga, también discapacitada, habían decidido: “Qué afortunadas somos porque tenemos sillas de ruedas.”
James Reston, analista político del New York Times, escribió: “Cuando G. K. Chesterton escribió su autobiografía al final de una vida notable, dijo que la lección más importante que había aprendido fue recibir las cosas con gratitud en lugar de darlas por sentadas.” El Sr. Reston también señaló que, por muy pesimista que pueda ser la visión de nuestras instituciones tradicionales, “aun entonces y especialmente entonces, uno puede o bien rendirse, o bien apoyarse en la amistad personal y el amor personal fiel, en los tratos sencillos y honestos en la vida privada.”
En Hamlet de Shakespeare, Polonio da este consejo a su hijo: “A esos amigos que tienes y cuya amistad ha sido probada, sujétalos a tu alma con aros de acero.” (Acto 1, esc. 3).
¿Cómo sabremos el camino? Lo descubriremos mirando más allá de nosotros mismos. Un amigo de confianza afirma: “Necesito que me recuerden los peligros de volverme hacia adentro, de aferrarme demasiado fuerte a mi propia alma. Al intentar preservarme, podría exprimir toda la vida fuera de mí mismo.” Hay graves peligros en considerar demasiado nuestros propios deseos y necesidades, los cuales estrangulan la oportunidad de nacer de nuevo. El caso de un renacimiento espiritual es irrefutable. Pablo dijo a los romanos: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.” (Romanos 8:6).
Esta no es una vida pasiva. La palabra de Dios constantemente nos presenta imágenes de vigor, acción y poder, imágenes que, bajo su benigna guía, pueden ser dirigidas y controladas. “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?”, preguntó Pablo a los romanos. (Romanos 9:21).
Thomas E. McKay, hablando de su hermano David O. McKay, dijo: “De niños, nadábamos en los fríos arroyos de Huntsville. David era el primero en lanzarse al agua helada y nos gritaba a los que permanecíamos con temor en la orilla: ‘¡Entren, el agua está bien!’” Llega un momento en que debemos saltar al agua fría, por amenazadora que parezca.
Es un error que las mujeres piensen que la vida comienza solamente al casarse. Una mujer debe tener identidad, ser útil y sentirse importante y necesaria, ya sea soltera o casada. También debe sentir que tiene algo que ofrecer. Shakespeare, hablando a través de Porcia en El mercader de Venecia, dijo: “Por mí misma sola no sería ambiciosa en mis deseos, de desearme mucho mejor; mas, por ti, me triplicaría veinte veces a mí misma.” (Acto 3, esc. 2).
En el mensaje del Divino Redentor hay una oferta de esperanza para todos, incluidos aquellos que se sienten pobres en espíritu y abatidos, no amados y poco amables. Es la esperanza trascendente de un nuevo nacimiento.
Hay una gran libertad para quienes han nacido del Espíritu. Pueden ser como el viento que sopla donde quiere, y nadie sabe “de dónde viene, ni a dónde va.” (Juan 3:8). Así, siendo nacidos dos veces, pueden liberarse de las ataduras restrictivas de la autocompasión, la duda, el desaliento y la soledad, y ser elevados hacia propósitos sublimes y nobles. “Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.” (Isaías 40:31).
El mensaje del Salvador es el mismo ahora que lo fue junto al pozo, o en el campo de maíz, o a la orilla del mar de Galilea. Es el mensaje de que puede haber un reino celestial en la tierra, así como en el cielo, y que aquellos que toman sobre sí Su obra nacerán dos veces, renovados en corazón y en espíritu. Es el mensaje de que quienes beban del agua que el Maestro les da “no tendrán sed jamás”, sino que esa agua será en ellos “una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Juan 4:14).
Quienes toman sobre sí las cargas de otros hallarán un gozo indescriptible. Esta gran y trascendente felicidad está disponible para todos, aun para los más humildes y abatidos. Está al alcance del más sencillo. Llegamos al Creador a través de Sus hijos. Quien da un vaso de agua al sediento se lo da al Salvador, y quien recibe esa agua recibe al Padre infinito que lo envió.
Este ministrar a otros no debe limitarse siempre a los nuestros. Recuerdo una ocasión en que, siendo un joven misionero, fui atacado por ictericia, conocida entre nosotros como la “enfermedad de los misioneros”. Estaba tan gravemente enfermo, que temía no morir. Una buena mujer, que no pertenecía a nuestra fe, me cuidó hasta devolverme la salud. Sentí que literalmente salvó mi vida. Ese servicio supremo hacia mí fue sin precio, pues no aceptó nada a cambio. Espero con ansias verla en el mundo venidero, si soy digno de ir adonde ella esté. Si se realiza con el espíritu correcto, no existe adoración más elevada que el servicio gratuito a otra alma, sea cual fuere su fe, creencia o condición social. El Salvador del mundo lo dijo sencillamente: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:40).
Quizás uno de nuestros dones en la vida sea tan simple y sin esfuerzo como regalar una sonrisa o una palabra amable. Una comunicación sencilla pero sublime, de alguien que se interesa, puede elevar el alma solitaria y levantar al atribulado. Ruego humildemente que haya un segundo nacimiento para todos nosotros, especialmente para aquellos valiosos miembros solteros que quizás hayan olvidado o nunca hayan conocido la naturaleza excelsa de sus propias almas.
























