El Evangelio de Jesucristo en el Antiguo Testamento


La maternidad en el Antiguo Testamento

John Hilton III


Jaroldeen Edwards, madre de doce hijos, acababa de publicar una novela y estaba siendo entrevistada en su hogar por dos reporteras. Aunque trató de mantener una apariencia profesional, sus hijos la avergonzaron al buscar continuamente su atención. Cuando las reporteras se estaban yendo, una fue a usar el teléfono, dejando a Jaroldeen sola con la reportera principal. Jaroldeen relata:

“‘Hay algo que quiero decirte’, [la reportera] dijo intensamente. . . . ‘Solo quiero que sepas que nos vendieron una mentira.’”

“‘¿Qué quieres decir?’ pregunté, totalmente desconcertada.”

“‘Quiero decir que, cuando fui a la universidad, nos mintieron. . . . Nos dijeron que no arruináramos nuestras vidas con esposos e hijos, sino que saliéramos al mundo y triunfáramos. Nos dijeron que solo por medio de una carrera profesional podríamos “encontrarnos a nosotras mismas” o vivir una vida valiosa.

“‘Solo quiero que sepas que esta mañana me he dado cuenta de que todo fue una mentira. . . . Cambiaría todo mi supuesto éxito mundano por un solo día viviendo tu vida.’”

Incontables personas hoy creen lo que le enseñaron a la reportera, que la maternidad es una carga y que hay mejores áreas que las mujeres deberían perseguir. Pero muchas madres en el Antiguo Testamento no estarían de acuerdo. Estas mujeres ofrecen varias lecciones para las matriarcas de los últimos días. En contraste con algunas filosofías actuales, el Antiguo Testamento enseña la importancia de la maternidad al establecer la trascendencia de la posteridad y la influencia y las bendiciones que provienen de criar hijos. Proporciona varios relatos de sacrificios que hicieron las madres y muestra cómo esos sacrificios cambiaron la historia. El Antiguo Testamento también enseña del poder de influencia que las madres tienen—no solo sobre sus hijos sino sobre naciones enteras y generaciones futuras.

Una visión general de la maternidad en los tiempos del Antiguo Testamento

La palabra madre o alguna de sus derivaciones aparece 232 veces en el Antiguo Testamento—más que en todas las demás obras canónicas combinadas (véase la Tabla 1). Esta cifra indica que el Antiguo Testamento enseña lecciones significativas sobre la maternidad.

Tabla 1. Veces que se usa alguna forma de la palabra madre

Antiguo Testamento — 232
Nuevo Testamento — 96
Libro de Mormón — 41
Doctrina y Convenios — 6
Perla de Gran Precio — 9
Total — 384

Así como las madres modernas tienen una variedad de roles y responsabilidades que consumen tiempo, también lo hacían las madres antiguas. Estas tareas incluían “mantener el hogar en orden, cuidar a los niños pequeños . . . , atender los huertos y animales pequeños, producir textiles y asumir la responsabilidad de preparar y conservar los alimentos.” Estas labores eran a menudo extensas y complicadas. Por ejemplo, para proporcionar ropa para la familia, había que esquilar ovejas u otros animales. “Después de esquilar, la lana o el pelo se golpeaba para liberarlo de tierra o hojas incrustadas. Luego, la madre de la familia, asistida por sus hijas, peinaba la lana, la hilaba en hilo, la tejía en el telar familiar y a veces teñía la tela en una tina.”

Incluso hacer pan era un proceso que tomaba mucho tiempo. Los cultivos de cereal usados por los israelitas “requieren una serie compleja de operaciones para hacerlos comestibles. Los granos deben procesarse remojándolos, moliéndolos, triturándolos; luego la harina se mezcla en una masa, se deja levar y se hornea para producir pan. Solo el procesamiento del grano podía consumir fácilmente dos horas o más al día del tiempo de una mujer, sin incluir la obtención de combustible y el cuidado del fuego del horno que eran el preludio para hornear.”

Además de administrar el hogar, las madres en el Antiguo Testamento estaban profundamente involucradas en la vida de su posteridad. Tenían un papel importante en el entrenamiento e instrucción de sus hijos (véase Deuteronomio 21:18; Proverbios 1:8; 6:20) y ejercían una influencia significativa en su futuro (véase Génesis 27:1–17). Notamos que “de los cuarenta y seis casos registrados de poner nombre a los hijos en el Antiguo Testamento, en veintiocho el nombre es dado por la madre. Generalmente se acepta que dar el nombre en el Antiguo Testamento representaba una expresión de autoridad.”

La maternidad era quizá el deseo más profundo de las mujeres en el Antiguo Testamento. Un erudito escribió: “Para los antiguos israelitas, la contribución más importante que una mujer podía hacer a un hogar era darle hijos a su esposo. . . . En verdad, la contribución más noble que una mujer podía ofrecer al hogar en general y a su esposo en particular era darle un hijo varón. A través de la maternidad, una mujer obtenía su lugar en la vida y su participación en el hogar. Por el contrario, no cumplir con esta obligación se consideraba una maldición y una vergonzosa deshonra.”

Aunque uno podría pensar que las mujeres en tiempos del Antiguo Testamento eran inferiores o subservientes a los hombres, sus roles eran igualmente importantes. Muchas de estas madres fueron poderosas maestras, influyendo significativamente en la crianza y la enseñanza de sus hijos y de generaciones posteriores. Comenzando con Eva, las matriarcas del Antiguo Testamento ofrecen varias lecciones para las madres de los últimos días.

La maternidad en el Jardín del Edén

Un patrón continuo a lo largo de la creación destaca la importancia de la posteridad. La primera declaración registrada que Dios hizo después de crear al hombre y a la mujer fue: “Fructificad y multiplicaos, y henchid la tierra” (Génesis 1:28).

La palabra Eva misma proviene “de la raíz hebrea hyh, ‘vivir,’” y significa “vida, dadora de vida.” Cuando Adán llamó a su esposa Eva, enfatizó su papel de dar a luz hijos. “Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva; por cuanto ella era madre de todos los vivientes” (Génesis 3:20). Después de que Adán y Eva comieron del fruto, el Señor habló a Eva respecto a su responsabilidad de maternidad, diciendo: “Con dolor darás a luz los hijos” (Génesis 3:16; énfasis añadido). Tener hijos era tanto una bendición como un mandamiento—y Adán y Eva lo cumplieron. Leemos: “Conoció Adán a su esposa Eva por su nombre, y ella le dio a luz hijos e hijas, y comenzaron a multiplicarse y a henchir la tierra” (Moisés 5:2). Tener hijos era una fuente de gozo. Eva “estaba ‘gozosa’ después de la Caída, al darse cuenta de que de otro modo ‘nunca hubiera tenido descendencia’ (Moisés 5:11).”

Aunque no todas las mujeres pueden tener hijos, Sheri L. Dew señaló que la maternidad es una parte inherente de la feminidad. Ella dijo: “Tanto Dios el Padre como Adán llamaron a Eva ‘la madre de todos los vivientes’, y lo hicieron antes de que ella diera a luz a un hijo (Moisés 4:26). . . . La maternidad . . . es la esencia de quienes somos como mujeres.” De Eva aprendemos que desde el principio el hombre y la mujer debían casarse y tener hijos. La maternidad es una parte vital de la feminidad; es un papel que puede traer gran gozo.

La posteridad y el convenio abrahámico

Tener hijos también era una parte clave del convenio abrahámico. El patriarca Abraham, así como sus descendientes, recibieron promesas del Señor que pueden ayudarnos a comprender las enseñanzas del Antiguo Testamento sobre la importancia y las bendiciones de la posteridad. El Señor prometió a Abraham que su esposa Sara “será madre de naciones; de ella saldrán reyes de pueblos” (Génesis 17:16). Más adelante, el Señor prometió: “Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar” (Génesis 22:17).

Este mismo convenio fue establecido con Isaac y, a su vez, con Jacob (véase Génesis 17:21; 28:1–4). Al respecto de Jacob, el Señor prometió: “Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y en ti y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Génesis 28:14).

Aunque estas promesas se dieron a los patriarcas, las bendiciones involucraban claramente tanto al esposo como a la esposa. Parece que tener una posteridad numerosa era una de las bendiciones más sublimes que podía ofrecerse.

Tres grandes matriarcas

Aunque la posteridad era una bendición clave prometida a Abraham, Isaac y Jacob, recibir esta bendición fue un gran desafío para ellos—y para sus esposas Sara, Rebeca y Raquel. Un estudio de sus vidas muestra cuán importante era la maternidad para estas mujeres nobles.

Sara se menciona por primera vez en Génesis 11:29. El versículo siguiente la describe en relación con la maternidad, diciendo: “Mas Sarai era estéril y no tenía hijo” (Génesis 11:30). Tener posteridad era tan importante para ella que dio su sierva a Abraham para que él pudiera tener descendencia (véase Génesis 16:1–3). Este énfasis en la infertilidad de Sara demuestra la importancia que se daba a la maternidad.

La historia de Sara registrada en el Antiguo Testamento es esencialmente la historia de la maternidad. Cuando ella tenía noventa años y Abraham cien, “dijo Dios a Abraham: A Sarai tu mujer . . . la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; de ella procederán reyes de pueblos” (Génesis 17:15–16).

Sara no podía creer que pudiera dar a luz en su vejez; sin embargo, “visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado. Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho” (Génesis 21:1–2).

Sara se regocijó en su maternidad y dijo: “Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere se reirá conmigo” (Génesis 21:6). Sin duda no fue fácil dar a luz en sus noventa años; sin embargo, Sara se centró en el gozo que proviene de la maternidad, no en las dificultades.

El hijo de Sara, Isaac, eventualmente se casaría con Rebeca. La necesidad de Abraham de sacrificar a Isaac se discute a menudo, pero ¿qué hay del sacrificio que hicieron Rebeca y su madre? La madre de Rebeca valientemente permitió que su hija decidiera por sí misma respecto a su matrimonio con Isaac, y Rebeca declaró con valentía: “Iré” (Génesis 24:58), y partió para comenzar una nueva vida. Al despedirse, los deseos de su familia para ella se centraron en su potencial de maternidad. Expresaron sus anhelos diciendo: “Nuestra hermana eres tú; sé madre de millares de millares” (Génesis 24:60). Esta despedida, centrada en la posteridad, nos ayuda a comprender aún más la alta estima que se tenía por la maternidad.

Pero la maternidad no llegó inmediatamente para Rebeca. Durante veinte años esperó hijos, pero no llegaron. Esto fue un asunto de oración para su familia y, finalmente, “oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer” (Génesis 25:21).

Rebeca amaba a sus hijos. Lloraba cuando ellos hacían mal (véase Génesis 26:35) y sin duda se alegraba cuando hacían bien (véase Proverbios 23:25). Su hijo Jacob viajó más tarde al lugar donde Rebeca había crecido. Allí conoció a Raquel y se enamoró de ella. Por las maniobras de Labán, su padre, Jacob se casó tanto con Raquel como con su hermana mayor, Lea. Lea podía dar hijos, pero Raquel no. De hecho, “viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y decía a Jacob: Dame hijos, y si no, me muero” (Génesis 30:1).

Aunque las oraciones de Raquel no fueron contestadas de inmediato, finalmente “se acordó Dios de Raquel, y la oyó Dios, y le abrió su matriz. Y concibió, y dio a luz un hijo, y dijo: Ha quitado Dios mi afrenta” (Génesis 30:22–23).

Tener hijos quitó la afrenta de Raquel. Su hijo José llegó a ser segundo al mando en Egipto y salvó a su familia del hambre. Raquel tuvo también otro hijo; hizo el sacrificio supremo para convertirse en la madre de Benjamín. Las Escrituras dicen que Raquel tuvo “duro trabajo” (Génesis 35:17) y murió en el proceso de dar a luz. Su sacrificio permanece como un testimonio sagrado del precio de la maternidad.

Muchas personas en todo el mundo hoy son descendientes de estas tres mujeres—Sara, Rebeca y Raquel—cada una de las cuales estuvo profundamente comprometida con la maternidad. La fe de estas grandes matriarcas es evidente en su deseo de honrar a Dios, ser fieles a sus convenios y criar una posteridad justa. Aunque cada una luchó por tener hijos, su servicio consagrado como madres ha bendecido a “millares de millares” (Génesis 24:60).

El papel de Dios en la maternidad

Un aspecto interesante de la maternidad en el Antiguo Testamento es su enfoque en el papel de Dios al enviar hijos a la tierra. Considera los siguientes ejemplos:

“Porque Jehová había cerrado completamente toda matriz de la casa de Abimelec” (Génesis 20:18; énfasis añadido).

“Y vio Jehová que Lea era menospreciada, y le dio hijos” (Génesis 29:31; énfasis añadido).

“Jehová le dio que concibiera” (Rut 4:13; énfasis añadido).

“Pero a Ana [Hannah] daba una parte escogida; porque él amaba a Ana, aunque Jehová no le había concedido tener hijos” (1 Samuel 1:5; énfasis añadido).

Cada una de estas declaraciones ilustra que Dios estaba involucrado en el momento en que se daba el nacimiento de un hijo, y las personas en el Antiguo Testamento lo reconocían. Cuando “Jehová había cerrado las matrices de la casa de Abimelec, oró Abraham a Dios; y Dios sanó a Abimelec, y también a su mujer y a sus siervas, y tuvieron hijos” (Génesis 20:18, 17).

De igual manera, “oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer” (Génesis 25:21).

En un momento parece que Jacob sintió que Raquel lo estaba culpando por su falta de hijos. Cuando ella le dijo: “Dame hijos, y si no, me muero,” Jacob respondió: “¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?” (Génesis 30:1–2).

Estos ejemplos contrastan con lo que a menudo se enseña en el mundo actual. Muchos en la sociedad moderna no reconocen el papel de Dios en el momento del nacimiento y eligen no incluirlo en sus decisiones sobre tener hijos.

Lecciones para nuestros días

Ochenta y cuatro madres se mencionan por nombre en el Antiguo Testamento (véase el apéndice para la lista completa). Se pueden aprender valiosas lecciones de estas mujeres, así como de las madres no mencionadas por nombre en el Antiguo Testamento. Considera los siguientes ejemplos:

Ana (Hannah). Una de las madres más prominentes del Antiguo Testamento es Ana, la madre de Samuel. Elcana, su esposo, la amaba, “aunque Jehová no le había concedido tener hijos” (1 Samuel 1:5). Su incapacidad de tener hijos era una profunda fuente de dolor; se angustiaba y “lloraba, y no comía” (1 Samuel 1:7). Elcana no culpaba a Ana; más bien, trató de consolarla diciendo: “Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?” (1 Samuel 1:8).

El hecho de que Ana siguiera preocupada por este asunto hace pensar que Elcana no era mejor para ella que diez hijos. Ana fue al Tabernáculo y pactó con el Señor que, si Él le daba un hijo, ella dedicaría su vida al Señor. Después de que ella “derramó [su] alma delante de Jehová” y regresó del Tabernáculo, “se acordó Jehová de ella” (1 Samuel 1:15, 19).

Poco después, ella dio a luz a un hijo (Samuel), y se regocijó diciendo: “Por este niño oré, y Jehová me dio lo que le pedí” (1 Samuel 1:27; énfasis añadido). Tal como lo había prometido, Ana lo entregó al Señor al permitir que sirviera en el Tabernáculo con Elí. Pero su dedicación a nutrir a Samuel no terminó ahí. Ella “le hacía una túnica pequeña, y se la traía cada año, cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio acostumbrado” (1 Samuel 2:19).

Además, “visitó Jehová a Ana, y ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas” (1 Samuel 2:21). Aunque Ana no vuelve a mencionarse en el relato escritural, se puede suponer que experimentó gozo en su posteridad. Ana es un ejemplo de una mujer con un “corazón de madre” que deseaba profundamente tener hijos y que sacrificó para criarlos para el Señor. Ana nos enseña a orar por posteridad y a atesorar a los hijos si el Señor nos los envía. Fue bendecida “para ser madre alegre de hijos” (Salmo 113:9).

Jocabed. Jocabed es otra mujer que destaca como madre fiel en el Antiguo Testamento, especialmente considerando el contexto histórico de su maternidad. El faraón había decretado que todos los niños varones debían ser muertos. Sin embargo, cuando Jocabed dio a luz a Moisés, ella “no temió el decreto del rey” (Hebreos 11:23). Al ver que su hijo “era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos, la calafateó con asfalto y brea; y colocó en ella al niño, y lo puso en un carrizal a la orilla del río” (Éxodo 2:2–3).

Jocabed hizo que su hija Miriam siguiera a Moisés, quien fue descubierto por la hija del faraón. Miriam entonces arregló que Moisés regresara con su madre para ser amamantado. No está claro cuánto tiempo permaneció Moisés con Jocabed; tres años puede ser una buena estimación. No se menciona qué enseñó Jocabed a Moisés durante ese breve período, pero debió haber sido poderoso—porque aunque Moisés se educó en toda la “sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22), él “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón” (Hebreos 11:24) y “dejó Egipto” (Hebreos 11:27). Las enseñanzas de su madre en sus primeros años probablemente tuvieron una influencia significativa en su decisión de dar la espalda a las riquezas y el poder que podrían haber sido suyos. Jocabed enseña a las madres a ser valientes en proteger a sus hijos. Las palabras de las madres se recuerdan (véase Alma 56:47–48).

Las madres de los reyes. La frase “el nombre de su madre era” aparece veintiún veces en los libros de 1 y 2 Reyes y 1 y 2 Crónicas. Mientras narraban los nombres y hechos de los diferentes reyes, los autores de estos libros registraron consistentemente los nombres de las madres de los reyes. Un comentarista preguntó: “¿Estaba el Cronista, al analizar tan bien el carácter de las madres de los reyes de Judá, tratando de enfatizar que el auge o caída de una nación puede ser determinado por sus madres? ¿Parece el Cronista decirnos que si quieres influenciar al mundo hacia el bien, debes comenzar con sus madres?”

No se dispone de información detallada sobre todas estas madres. Aunque algunos reyes ignoraron a sus madres (véase 1 Reyes 15:11–13), muchos siguieron sus enseñanzas. Por ejemplo, de Acazías leemos: “su madre le aconsejaba a que actuara impíamente” (2 Crónicas 22:3). Uno solo puede imaginar cómo habría sido diferente la historia si la madre de Acazías lo hubiera aconsejado a hacer el bien.

De las madres de los reyes aprendemos que las madres no solo influyen en sus hijos sino en las naciones. En este sentido, el élder Neal A. Maxwell preguntó: “Cuando la verdadera historia de la humanidad sea plenamente revelada, ¿destacará los ecos de los disparos o el sonido formativo de las nanas? ¿Los grandes armisticios logrados por militares o la pacificación realizada por mujeres en hogares y vecindarios? ¿Será lo que ocurrió en cunas y cocinas más determinante que lo que ocurrió en congresos?”

Rizpa. Aunque el nombre de Rizpa es poco conocido, se pueden aprender importantes lecciones de esta “madre en Israel” (Jueces 5:7). Ella fue una de las concubinas de Saúl y tuvo dos hijos, Armoni y Mefiboset (véase 2 Samuel 3:7; 21:8). Como parte de hacer la paz con los gabaonitas, David entregó a siete descendientes de Saúl, incluidos los hijos de Rizpa, a los gabaonitas, quienes “los ahorcaron” (2 Samuel 21:9). Después de que sus hijos fueron ejecutados, “Rizpa hija de Aja tomó un cilicio, y lo tendió para sí sobre una peña, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que las aves del cielo descendieran sobre ellos de día, ni las fieras del campo de noche” (2 Samuel 21:10).

Es inusual que los hijos de Rizpa no fueran enterrados de inmediato. Deuteronomio 21:23 declara que quienes son colgados “no dejarás que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día.” Tal vez esto haga aún más significativa la vigilia de Rizpa, porque aun así estuvo dispuesta a proteger los cuerpos de sus hijos fallecidos. El texto declara que Rizpa trabajó de día y de noche; sus esfuerzos incansables probablemente continuaron durante seis meses. El élder Charles H. Hart elogió a Rizpa: “Tenemos un hermoso cuadro en las Sagradas Escrituras del amor maternal de Rizpa. . . . Es una ilustración del amor de una madre que . . . mantuvo esta vigilante y fiel guardia.” De manera similar, las madres hoy deben proteger a sus hijos de día y de noche. Todavía hay “aves del cielo” y “bestias del campo” que buscan hacerles daño. Como Rizpa, las madres modernas en Israel demuestran su amor maternal al hacer todo lo que está en su poder para proteger a sus hijos.

La sunamita. Otra madre menos conocida en el Antiguo Testamento es la mujer sunamita. Ella mostró gran cuidado por el profeta Eliseo, pero cuando él ofreció recompensarla, ella no pidió nada. Eliseo y su siervo Giezi determinaron que su recompensa debía ser tener un hijo, a pesar de que su esposo era anciano (véase 2 Reyes 4:14). Entonces “la mujer concibió, y dio a luz un hijo al año siguiente, en el tiempo que Eliseo le había dicho” (2 Reyes 4:17). Ella atesoró a este hijo, y cuando él sufrió una grave enfermedad, ejerció gran fe al buscar a Eliseo para que sanara a su hijo. No confiaría en nadie más que en el profeta para sanarlo.

Su historia es breve y puede parecer poco llamativa. Sin embargo, se pueden aprender lecciones de la mujer sunamita. Su nombre nunca se menciona en las Escrituras—pero esto no disminuye su valor. Muchas madres trabajan en relativo anonimato, pero así como la mujer sunamita, ellas salvan la vida de sus hijos. Su labor importa. Además, así como la mujer sunamita centró su atención en Eliseo, las madres modernas bendicen y sanan a sus hijos cuando centran su atención en el consejo del profeta viviente.

Conclusión

Estos ejemplos de lecciones de madres del Antiguo Testamento son solo unos pocos entre muchos. Madres desde Abigail hasta Séfora (Zipporah) tienen lecciones adicionales que enseñar. Comenzando con “la madre de todos los vivientes” (Génesis 3:20), las madres ocuparon un papel supremamente importante en el Antiguo Testamento, y este papel continúa hasta nuestros días. Es interesante notar que la única escritura citada en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” proviene del Antiguo Testamento y trata sobre la importancia de la posteridad (véase Salmo 127:3).

En verdad, los profetas modernos han afirmado consistentemente la importancia de la maternidad. El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “No importa lo que lean o escuchen, no importa las diferencias de circunstancias que observen en la vida de las mujeres que las rodean, es importante para ustedes, mujeres Santos de los Últimos Días, entender que el Señor considera sagradas y tiene en la más alta estima la maternidad y a las madres. Él ha confiado a sus hijas la gran responsabilidad de dar a luz y criar hijos.”

En un tributo a las madres, el élder Russell M. Nelson citó a la Primera Presidencia, diciendo: “La maternidad . . . está cerca de la divinidad. Es el más alto y santo servicio que puede asumir la humanidad. Coloca a quien honra este sagrado llamamiento y servicio al lado de los ángeles.”

Aunque “por algún tiempo no ha estado de moda que las mujeres ensalcen las virtudes de la maternidad o que las jóvenes expresen los deseos de su corazón de ser madres,” las matriarcas del Antiguo Testamento se extienden a través de los siglos para afirmar el valor de la maternidad. Sus sacrificios alteraron el curso de la historia humana. Al leer sobre las madres en el Antiguo Testamento y en todas las Escrituras, debemos contemplar los sacrificios que hicieron. Sus vidas nos testifican de la importancia de la posteridad y del papel vital que las madres desempeñan al moldear el futuro del mundo.

Apéndice: Todas las madres nombradas en el Antiguo Testamento

Madre Hijos Referencia
Abigail1 Chileab 2 Samuel 2:2–3
Abigail2 Amasa 2 Samuel 17:25
Abihail1 Ahban, Molid 1 Crónicas 2:29
Abihail2 Mahalath 2 Crónicas 11:18
Abijah1 Asur 1 Crónicas 2:24
Abijah2 Ezequías 2 Crónicas 29:1
Abital Sefatías 1 Crónicas 3:3
Adah1 Jabal, Jubal Génesis 4:19–23
Adah2 Elifaz Génesis 36:2–4
Ahinoam1 Jonatán, Isví, Malquisúa, Merab, Mical 1 Samuel 14:49–50
Ahinoam2 Amnón 2 Samuel 3:2
Aholibama Jeús, Jaalam, Coré Génesis 36:5
Ahlai Zabad 1 Crónicas 11:41
Anah Aholibama Génesis 36:2
Asenat Manasés, Efraín Génesis 41:50–52
Atara Onam 1 Crónicas 2:26
Atalía Ocozías 2 Reyes 8:26
Azuba1 Josafat 1 Reyes 22:42
Azuba2 Jeser, Soba, Ardón 1 Crónicas 2:18–19
Basemat Reuel Génesis 36:4
Betsabé Hijo sin nombre, Salomón 1 Samuel 12:15–24
Bilha Dan, Neftalí Génesis 30:4–8
Bitía Miriam, Samai, Isbah 1 Crónicas 4:17–18
Eglá Itream 2 Samuel 3:5
Eliseba Nadab, Abiú, Eleazar, Itamar Éxodo 6:23
Efa Harán, Mosa, Gazez 1 Crónicas 2:46
Efrata Hur 1 Crónicas 2:19, 50
Eva Caín, Abel, Set y otros Moisés 5:2,16–17; 6:2
Gomer Jezreel, Lo-ruhama, Lo-ammi Oseas 1:4–6
Agar Ismael Génesis 16:15
Hagit Adonías 2 Samuel 3:4
Hammoleket Ishod, Abiezer, Mahalá 1 Crónicas 7:18
Hamutal Joacaz, Sedequías 2 Reyes 23:31; 24:18
Ana Samuel y cinco más 1 Samuel 1:20; 2:21
Helá Zéret, Jezoar, Etnán 1 Crónicas 4:7
Hefziba Manasés 2 Reyes 21:1
Hodesh Jobab, Zibia, Mesa, Malcam, Jeuz, Saca, Mirma 1 Crónicas 8:8–10
Husim Abitub, Elpaal 1 Crónicas 8:11
Jecolía Uzías 2 Crónicas 26:3
Jedida Josías 2 Reyes 22:1–2
Jehoadán Amasías 2 Reyes 14:2
Jehudía Jered, Heber, Jedutiel 1 Crónicas 4:18–19
Jeriot Jeser, Soba, Ardón 1 Crónicas 2:18
Jerusa Jotam 2 Reyes 15:33
Jezabel Ocozías, Joram, Atalía 1 Reyes 16:31; 22:53; 2 Reyes 3:2
Jocabed Miriam, Aarón, Moisés Números 26:59
Cetura Zimrán, Jocsán, Medán, Madián, Isbac, Súah Génesis 25:2
Lea Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Dina Génesis 29–30
Maaca1 Absalón 2 Samuel 3:3
Maaca2 (Micaía) Abiam 1 Reyes 15:2
Maaca3 Péreš, Séreš 1 Crónicas 7:15–16
Maaca4 Séber, Tirhaná, Saaf, Sevá, Aksa (?) 1 Crónicas 2:48–49
Maaca5 Gabaón, Abdón, Zur, Cis, Baal, Ner, Nadab, Gedor, Ahío, Zacarías, Miclot 1 Crónicas 9:35–37
Mahalat Jeús, Semarías, Zajam 2 Crónicas 11:18–19
Matred Mehetabel Génesis 36:39; 1 Crónicas 1:50
Merab Cinco hijos 1 Samuel 18:9; 2 Samuel 21:8
Mesulemet Amón 2 Reyes 21:19
Milca Uz, Buz, Kemuel, Kesed, Hazo, Pildás, Jidlaf, Betuel Génesis 11:29; 22:20
Naama Roboam 1 Reyes 14:21, 31
Naara Ahuzam, Hefer, Temeni, Haahashtari 1 Crónicas 4:6
Noemí Mahlón, Quelión Rut 1–2
Nehusta Joaquín 2 Reyes 24:8
Penina Muchos hijos 1 Samuel 1:2, 4
Fúa Hijos no especificados Éxodo 1:15–21
Raquel José, Benjamín Génesis 30, 35
Rahab Booz Mateo 1:5; Josué 2; 6
Rebeca Esaú, Jacob Génesis 25:24–26
Reumá Tebah, Gaham, Tahas, Maaca Génesis 22:24
Rizpa Armoni, Mefiboset 2 Samuel 21:8
Rut Obed Rut 4:17
Sarai (Sara) Isaac Génesis 21:3
Selomit Hijo sin nombre Levítico 24:11
Siméat Zabad 2 Crónicas 24:26
Simrit Jehózabad 2 Crónicas 24:26
Sifrá Hijos no especificados Éxodo 1:15–21
Tamar Fares, Zera 1 Crónicas 2:4
Timna Amalec Génesis 36:12
Zebudá Joacim 2 Reyes 23:36
Zeruá Jeroboam 1 Reyes 11:26
Zeruía Abisai, Joab, Asael 1 Crónicas 2:16
Zibía Joás 2 Reyes 12:1
Zila Tubal-caín, Naama (?) Génesis 4:19, 22
Zilpa Gad, Aser Génesis 30:9–13
Séfora (Zipporah) Gersón, Eliezer Éxodo 18:2–4
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