Educador Religioso Vol. 26 Núm. 3 · 2025
Tabla de Contenido
- Segunda Conferencia Anual de Educadores Religiosos. 2
Michael A. Goodman - Discípulos de Jesucristo para toda la vida. 3
D. Todd Christofferson - El discipulado de por vida es nuestro objetivo. 13
Alvin F. Meredith III - Mesa redonda: Invitar a la participación del alumno. 18
Clark G. Gilbert, Jenet Jacob Erickson, John Hilton III, Nate Peterson, and Kaylee Merrill - Alineación doctrinal: Cómo evitar la deriva doctrinal 39
Mark A. Mathews - Emma Hale Smith: Primera mujer de fe de la Restauración. 51
Mary Jane Woodger - “Muchas cosas claras y preciosas”. 63
Matthew L. Bowen and Aaron P. Schade - “Un lugar para manifestarse a Su pueblo”. 85
Jack Manis - Revelación sobre la redención de los muertos (D. y C. 138). 93
Bret A. Bowcutt - Matrimonio eterno, matrimonio plural y confiabilidad profética. 103
Michael A. Goodman
Segunda Conferencia Anual de Educadores Religiosos
Nota del editor
Michael A. Goodman
Nos complace presentar este número de Religious Educator, basado en las presentaciones realizadas en la segunda Conferencia Anual de Educadores Religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia, llevada a cabo los días 12 y 13 de junio de 2025. Ya sea que usted sea maestro de Doctrina del Evangelio en su barrio, maestro de seminario o instituto de tiempo completo o parcial, o miembro del profesorado en alguna de las instituciones de educación superior de la Iglesia, creo que encontrará en los artículos aquí incluidos un beneficio significativo tanto para usted como para aquellos a quienes enseña.
La conferencia comenzó con una magnífica presentación del presidente D. Todd Christofferson (entonces élder Christofferson) sobre cómo ayudar a quienes enseñamos a convertirse en discípulos de Jesucristo para toda la vida. A continuación, el élder Alvin F. Meredith III, Setenta Autoridad General y actual presidente de la Universidad Brigham Young–Idaho, presentó el tema relacionado: “El discipulado de por vida es nuestro objetivo”. La presentación final de la sesión inaugural de la conferencia fue una mesa redonda dirigida por el élder Clark G. Gilbert, Setenta Autoridad General y actual comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia, centrada en cómo invitar a la participación activa de los alumnos.
Este número de Religious Educator también incluye varios artículos que surgieron de las presentaciones dadas durante la conferencia de dos días. Los artículos incluidos abordan el papel de Emma Hale Smith en la Restauración; la Traducción de José Smith como un marco centrado en Cristo para enseñar el Antiguo Testamento; las maneras en que los santos califican para recibir las bendiciones del templo; la importancia de permanecer doctrinalmente alineados con los profetas y los métodos para lograrlo como educadores religiosos; un estudio de la sección 138 sobre la redención de los muertos; y la relación entre el matrimonio eterno, el matrimonio plural y la confiabilidad profética.
La conferencia fue profundamente inspiradora y estuvo llena de lecciones importantes que pueden ayudar a los educadores religiosos a enseñar mejor el evangelio restaurado de Jesucristo. Espero que encuentre útiles los artículos incluidos para su comprensión y su servicio.
Michael A. Goodman
Discípulos de Jesucristo para toda la vida
D. Todd Christofferson
Presentado en el devocional de la Conferencia de Educadores Religiosos, 12 de junio de 2025
RESUMEN: En este discurso, el presidente D. Todd Christofferson enfatiza el enfoque de la Iglesia en desarrollar discípulos de Jesucristo para toda la vida mediante la agencia personal, el compromiso con los convenios y la participación activa en el aprendizaje del Evangelio. Enseña que el verdadero discipulado requiere fe perdurable, responsabilidad individual y crecimiento continuo a lo largo de la senda de los convenios. Al basarse en los métodos de enseñanza del Salvador—parábolas, preguntas inspiradas e invitaciones—el presidente Christofferson exhorta a los educadores religiosos a crear entornos de aprendizaje que animen a los alumnos a actuar, aplicar la verdad y hacerse responsables de sus testimonios. El discipulado de por vida se sostiene mediante la agencia, la verdad y una relación profunda y personal con Jesucristo.
PALABRAS CLAVE: discipulado de por vida, agencia, educación religiosa, enseñar a la manera del Salvador, senda de los convenios
Introducción: El énfasis de la Iglesia en desarrollar el discipulado de por vida
Estoy muy agradecido de estar con ustedes. Deseo agradecer a Gaye [Strathearn] por esa tierna oración inicial; a la hermana Ellen Amatangelo, quien siempre ha realizado una labor tan hermosa al piano; y al hermano Kevin Oviatt por ayudarnos con la música y con este maravilloso coro. Les agradezco a todos por su participación.
Escuché que se mencionó la presencia de intérpretes y que esto se está traduciendo a varios idiomas, así que no puedo resistirme a contar una pequeña historia humorística que pueden omitir en las retransmisiones porque es difícil de traducir. Hace años estuve en Tempe, Arizona, y las sesiones de esta conferencia—una conferencia de estaca—se estaban traduciendo al español por un intérprete que estaba en otra sala usando, supongo, unos audífonos. Pero él dejó una nota para mí en el púlpito. Así que cuando me levanté, vi que decía: “Por favor, hable despacio. Está siendo traducido”. [Risas] No funcionó. Así que esta noche tendrán que escucharme.
Permítanme comenzar expresando la gratitud de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce Apóstoles—en realidad, de toda la Iglesia—por la labor que ustedes realizan con nuestros alumnos en todo el mundo. Ustedes están en la primera línea al establecer y defender el fundamento de esta Iglesia, el reino de Dios sobre la tierra, para el futuro. Gracias por su consagración. Creo firmemente que sus esfuerzos están marcando una diferencia notable para bien.
El liderazgo de la Iglesia ha estado enfatizando la importancia de desarrollar discípulos de Jesucristo para toda la vida. Y subrayamos esto, por ejemplo, en la manera en que capacitamos a los líderes misionales y a los líderes locales de nuestros jóvenes y jovencitas en toda la Iglesia. Lo enfatizamos en los temas que pedimos a las Autoridades Generales que aborden al viajar de un lugar a otro, así como a los Oficiales Generales.
Obviamente, desarrollar discípulos del Salvador para toda la vida también es un principio fundamental para nosotros en la educación de la Iglesia. En el recurso del Sistema Educativo de la Iglesia titulado “Fortalecer la educación religiosa”, se nos enseña:
“El propósito de la educación religiosa es enseñar el evangelio restaurado de Jesucristo a partir de las Escrituras y de los profetas modernos, de una manera que ayude a cada alumno a
- Desarrollar fe en el Padre Celestial y un testimonio de Él y de Su ‘gran plan’, …
• Llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida, que hagan y guarden convenios, … [y]
• Fortalecer su capacidad para encontrar respuestas, resolver dudas, responder con fe y dar razón de la esperanza que hay en ellos ante cualquier desafío que enfrenten”.
De manera similar, el Objetivo de Seminarios e Institutos de Religión declara: “Nuestro propósito es ayudar a los jóvenes y a los adultos jóvenes a profundizar su conversión a Jesucristo y a Su evangelio restaurado, a calificar para las bendiciones del templo y a prepararse a sí mismos, a sus familias y a otros para la vida eterna con su Padre Celestial”.
El discipulado de por vida es un aspecto esencial de la doctrina de Cristo. La doctrina de Cristo expresa cómo venimos a Cristo y recibimos el don de Su gracia expiatoria. Ejercemos nuestra agencia al tener fe en Él, arrepentirnos, bautizarnos y recibir el Espíritu Santo. Sin embargo, para que la Expiación de Cristo tenga en nosotros su efecto pleno y transformador, es necesario que perseveremos en esta senda de los convenios —la senda del discipulado— hasta el fin de nuestra vida mortal. En palabras de Nefi:
“Y oí una voz del Padre, que decía: Sí, las palabras de mi Amado son verdaderas y fieles. El que persevere hasta el fin, ese será salvo. Y ahora, mis amados hermanos, sé por esto que a menos que el hombre persevere hasta el fin, siguiendo el ejemplo del Hijo del Dios viviente, no puede ser salvo”.
El presidente Nelson ha enseñado: “Los verdaderos discípulos de Jesucristo están dispuestos a destacarse, a alzar la voz y a ser diferentes del mundo. Son firmes, consagrados y valientes”. ¿Cómo se logra este tipo de discipulado? ¿Qué significa esto para nosotros como educadores religiosos? ¿Y cómo podemos enseñar de manera más eficaz para que nuestros jóvenes y adultos jóvenes lleguen a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida?
Esta noche comenzaré considerando cómo el ejercicio de la agencia personal profundiza la conversión y conduce al discipulado de por vida. Luego, los invitaré a reflexionar sobre cómo estas ideas deben influir en la manera en que enseñamos como educadores religiosos, centrándonos en cómo el propio Salvador enseñó a Sus discípulos. Finalmente, concluiré con algunos comentarios acerca de cómo brindar a los alumnos mayores oportunidades de asumir responsabilidad por su propio aprendizaje también les ayudará a responder al llamado del presidente Nelson de hacerse cargo de sus testimonios.
El papel de la agencia en el discipulado
Comencemos, entonces, con el papel de la agencia en el discipulado. Uno de los dones más importantes que Dios dio a Sus hijos fue la agencia moral. Este poder y privilegio —y responsabilidad— de actuar por nosotros mismos es esencial para alcanzar nuestro pleno potencial como hijos de Dios. Es fundamental para nuestro progreso en la senda de los convenios. El plan de Dios, como saben, no era hacerlo todo por nosotros, sino proporcionar una estructura que nos permitiera tomar nuestras propias decisiones para crecer de manera individual. La agencia fue clave para nuestro progreso como espíritus en el pasado, y es clave para lo que podemos llegar a ser bajo el plan de felicidad de Dios, ahora y en la eternidad.
El adversario sabe esto y procura socavar nuestra agencia. En el libro de Moisés leemos:
“Por cuanto Satanás se rebeló contra mí y procuró destruir la agencia del hombre, la cual yo, el Señor… le había dado, y también porque deseaba que yo le diera mi propio poder; por el poder de mi Unigénito hice que fuese arrojado;
y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos a su voluntad, a todos los que no quisieran escuchar mi voz”.
La Guerra en los Cielos puede entenderse, en gran medida, como una batalla para preservar la agencia del hombre. Y esa batalla continúa en esta esfera mortal. Satanás ataca la agencia al menos en dos frentes. Por un lado, inspira doctrinas y movimientos políticos que disminuyen la responsabilidad personal o que emplean la compulsión y la coerción. El Señor declara, por ejemplo, que la razón principal por la cual hizo que se estableciera y mantuviera la Constitución de los Estados Unidos es “para los derechos y la protección de toda carne… para que todo hombre actúe en doctrina y en principio… conforme a la agencia moral que yo le he dado, para que todo hombre sea responsable de sus propios pecados en el día del juicio”. Luego cita un ejemplo particularmente grave de la violación de la agencia, al declarar: “Por tanto, no es justo que ningún hombre esté en servidumbre de otro”. El plan de Lucifer siempre ha sido, de una u otra forma, la esclavitud.
El otro enfoque del ataque del adversario contra la agencia tiene una relevancia particular para nosotros como maestros. Tal como se identifica en la escritura recién citada, Satanás, “el padre de todas las mentiras”, actúa “para engañar y cegar a los hombres”. La agencia se vuelve insignificante si no sabemos qué es verdad y qué no lo es y, por lo tanto, no podemos tomar decisiones informadas e inteligentes. El antídoto contra el engaño es la verdad. Como declaró el Salvador: “Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Creo que Él se refiere a ser libres de la esclavitud del pecado y del error, pero también libres para ejercer nuestra agencia con entendimiento—libres y capaces de tomar decisiones sabias. Y ahí es donde entramos nosotros como maestros de la palabra de Dios. Satanás solo puede tener poder en la medida en que una persona no “escucha la voz del Señor”. Dios envió a Su Hijo como “el camino, la verdad y la vida”. Nos da profetas para enseñarnos y guiarnos a la verdad. Nos ha dado el don del Espíritu Santo para confirmar esa verdad, y nuestro papel es ayudar a los alumnos a oírla y a elegir abrazarla.
Pero la agencia en el contexto de la educación religiosa requiere un paso adicional más allá de impartir verdades del Evangelio. Es esencial que enseñemos de una manera que invite a los alumnos a ejercer su agencia en el proceso de aprendizaje. Queremos ayudarlos a convertirse en participantes activos del proceso y a asumir responsabilidad por su propio aprendizaje. Activar la agencia de los alumnos para que tomen posesión personal de su aprendizaje tiene implicaciones para el desarrollo de una creencia duradera, de un testimonio perdurable. Es así como pueden llegar a ser discípulos activos y de por vida de Jesucristo. Hablaré más de esto más adelante, pero permítanme añadir aquí un comentario relacionado con los convenios.
Elegir por nosotros mismos es una de las razones por las que el presidente Nelson se ha enfocado tanto en los convenios. Cuando elegimos hacer y guardar convenios, estamos tomando decisiones profundamente personales para seguir a nuestro Salvador. El presidente Nelson explica: “Durante esta vida podemos elegir qué leyes estamos dispuestos a obedecer—las del reino celestial, o las del terrestre, o las del telestial—y, por lo tanto, en qué reino de gloria viviremos para siempre. Cada decisión justa que tomen aquí dará grandes dividendos ahora. Pero las decisiones justas en la mortalidad producirán dividendos inimaginables eternamente. Si eligen hacer convenios con Dios y son fieles a esos convenios, tienen la promesa de que se añadirá ‘gloria sobre [vuestra] cabeza por los siglos de los siglos’”.
Así, asumir responsabilidad por nuestras decisiones profundiza la convicción personal. Cuando no actuamos por nosotros mismos, podemos descubrir inadvertidamente que nuestra fe carece de la profundidad necesaria para superar las preguntas y los desafíos de la vida y para ser discípulos de Jesucristo para toda la vida. En palabras del propio Señor: “Porque los que son sabios y han recibido la verdad, y han tomado al Espíritu Santo por guía, y no han sido engañados—de cierto os digo que no serán talados ni echados al fuego, sino que permanecerán en el día”.
Enseñar a la manera del Salvador
Ahora bien, este papel fundamental que la agencia desempeña en nuestro desarrollo personal tiene implicaciones para la manera en que enseñamos como educadores religiosos. Pedimos a los líderes misionales que lo recuerden al dar a sus misioneros oportunidades para dirigir y conducir la obra misional. Pedimos a los líderes de los jóvenes que den a los jóvenes oportunidades de “llevar el yugo” del liderazgo junto con sus mentores adultos. Y les pedimos a ustedes, nuestros educadores religiosos, que enseñen de maneras que inviten a la participación personal y a la responsabilidad por el aprendizaje. En cada uno de estos contextos, el crecimiento real ocurre con mayor eficacia cuando a los jóvenes se les brindan oportunidades de actuar y no solo de ser objetos de la acción de otros.
Recuerdo con agrado mi tiempo como maestro de seminario de madrugada. Aprendí por experiencia que es un llamamiento que definitivamente vale la pena anhelar. Dos de esos años como maestro de seminario coincidieron con mi etapa como estudiante de derecho. Deseando que mis alumnos tuvieran la experiencia de ver cómo se manifiesta el valor de vivir por la fe, invité a uno de mis compañeros de clase—no miembro de la Iglesia, pero un hombre de fe—a venir a hablar a mi clase una mañana. Mi amigo Richard tenía serios problemas de la vista que requerían tratamientos periódicos y dolorosos que incluían, si pueden imaginarlo, sacar sus globos oculares de las cuencas para procedimientos médicos. La escuela de derecho exigía mucha lectura, pero él no podía ver lo suficientemente bien para leer. Por ello, contrató a varios estudiantes universitarios para que le leyeran fuera de clase todos los días. A pesar de estos graves desafíos, era una persona de buen ánimo y muy apreciada por sus compañeros. Todos nos sentíamos inspirados por su ejemplo.
Así que Richard contó su historia en mi clase de seminario, incluida su fe en Dios y la manera en que sentía que Dios respondía a sus oraciones. Los alumnos tuvieron la oportunidad de verlo y escucharlo de cerca, y de hacerle preguntas. Eso les abrió los ojos al poder real de la fe en la vida diaria y a lo que esa fe podía significar en su propia vida. Al mismo tiempo, la experiencia abrió figuradamente los ojos de Richard a la bondad de mis preciados alumnos de seminario. (Algo que le impresionó fue ver a adolescentes en una clase a las 6:00 de la mañana).
Ahora bien, consideremos cómo enseñaba el Salvador. Jesús no solo decía a Sus discípulos lo que debían hacer, ni tampoco hacía todo por ellos. Enseñaba de maneras que requerían que pensaran, participaran, dialogaran y aplicaran Sus enseñanzas. Gracias a ello, cuando el Salvador ya no estuvo con Sus discípulos en persona, ellos estuvieron mejor preparados para recibir la guía del Espíritu Santo y actuar por sí mismos. En Enseñar a la manera del Salvador leemos: “Sin duda fue impresionante ver al Salvador caminar sobre el agua. Pero eso no fue suficiente para Pedro. Él quería [y necesitaba] hacer lo que hacía el Salvador, estar donde Él estaba y tener la misma experiencia por sí mismo”. Por supuesto, esto también significaba que Pedro cometería errores, pero el Salvador le dio repetidamente a Pedro —y nos da a todos nosotros— oportunidades de actuar y de fortalecerse mediante sus esfuerzos, incluso a través de sus fracasos.
Para crear este tipo de experiencias de aprendizaje para Sus discípulos, el Salvador encontró maneras de ayudarlos a asumir responsabilidad por su propio aprendizaje. Consideren tan solo tres formas en que el Salvador involucró a Sus discípulos: (1) el uso de parábolas, (2) las preguntas inspiradas y (3) las invitaciones personales.
El uso de parábolas
Un comentario sobre cada uno de estos métodos. Primero, las parábolas. Piensen en el uso que Cristo hacía de las parábolas. En lugar de dar siempre una explicación directa o una declaración explícita, el Salvador a menudo invitaba a Sus seguidores a buscar el significado más profundo de lo que estaba enseñando. Eso requería esfuerzo de su parte. Puedo pensar en cómo mi comprensión de la obediencia se ha fortalecido al estudiar la parábola del sembrador. He comprendido mejor el perdón al estudiar la parábola del hijo pródigo. Mi deseo de sentir y mostrar caridad hacia todos se ha ampliado mediante la parábola del buen samaritano.
De manera similar, he llegado a ser un mejor discípulo y líder al reflexionar sobre la mayordomía tal como se presenta en la parábola de los talentos. Una de las cosas que comprendí al meditar en esta parábola fue que los dos primeros siervos —el que recibió cinco talentos y el que recibió dos, y que en ambos casos los multiplicaron— recibieron la misma alabanza y la misma recompensa, aunque la cantidad de talentos fuera diferente. El primero, con cinco talentos, como recordarán, duplicó su total a diez, y el segundo, que comenzó con dos, devolvió cuatro. Sin embargo, ambos recibieron la respuesta idéntica de su señor: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”.
Entiendo esto como que no todos tenemos que lograr lo mismo ni progresar según el mismo calendario para recibir las bendiciones del Señor y, finalmente, el don de la vida eterna. Simplemente necesitamos ser diligentes con los dones, las capacidades y las oportunidades que tenemos. Creo que aun el siervo que recibió un talento, si hubiera trabajado y servido para obtener un segundo talento en lugar de esconder el que tenía, también habría recibido la misma recompensa que se dio a sus dos hermanos. Enseño a líderes y a otros que, si simplemente hacen lo que pueden, el Señor magnificará y recompensará sus esfuerzos, y a su debido tiempo recibirán la plenitud de Sus bendiciones.
Hacer preguntas inspiradas
En cuanto a hacer preguntas inspiradas, el Salvador también enseñó de esa manera. Por ejemplo, cuando preguntó a Sus discípulos: “¿Quién decís que soy yo?”, Él conocía la respuesta con mucha mayor claridad y profundidad que Sus discípulos, pero permitió que Pedro reflexionara y respondiera por sí mismo. Creo que el hecho de que Pedro expresara verbalmente su respuesta profundizó su propio testimonio cuando declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Después de Su resurrección, el Salvador hizo otra pregunta a Pedro en tres ocasiones distintas: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”. Cada vez Pedro respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”. Y en esta ocasión la pregunta permitió al Salvador enseñar a Pedro al responderle cada vez: “Apacienta mis ovejas”.
Extender invitaciones
Finalmente, extender invitaciones. Hubo ocasiones —en otras ocasiones— en que el Salvador respondió la pregunta que Él mismo había planteado, pero lo hizo de maneras que servían como una invitación. Al hablar a Sus discípulos en el hemisferio occidental, el Salvador preguntó: “¿Qué clase de hombres habéis de ser?”. Luego Él mismo respondió: “De cierto os digo: aun como yo soy”. Podemos pensar en otras invitaciones importantes del Salvador. Consideren, por ejemplo, Su invitación: “Venid, seguidme”. Y a veces Sus invitaciones venían acompañadas de promesas —y todavía vienen con promesas—. Por ejemplo, en Doctrina y Convenios, el Señor invita: “Acercaos a mí y yo me acercaré a vosotros; buscadme diligentemente y me hallaréis; pedid y recibiréis; llamad y se os abrirá”. En todas las invitaciones del Salvador, Él da a Sus discípulos oportunidades de actuar, de pensar y de asumir responsabilidad por su aprendizaje y su crecimiento.
Implicaciones para la educación religiosa
A principios de este año, el élder Clark Gilbert extendió una invitación a nuestros maestros de seminario e instituto para que encuentren maneras deliberadas de brindar a los alumnos oportunidades de actuar y asumir responsabilidad por su aprendizaje. Él se basó directamente en la sección de Enseñar a la manera del Salvador titulada “Invitar al aprendizaje diligente”. Me parece significativo que el título de esta sección se centre en el aprendizaje y no en la enseñanza. Para mí, esto es un recordatorio de que los maestros eficaces invitan a los alumnos a asumir responsabilidad por su propio aprendizaje. Y cuando enseñamos de una manera que solo invita a escuchar e ignora la participación activa del alumno, corremos el riesgo de comunicar a los estudiantes que valoramos más nuestra enseñanza que su aprendizaje.
En Enseñar a la manera del Salvador se nos recuerda que invitar al aprendizaje diligente requiere ayudar a los alumnos a convertirse en agentes de su propio proceso de aprendizaje. Hay varias maneras de lograrlo, pero permítanme destacar al menos tres de ese recurso didáctico.
Primero, podemos crear experiencias de aprendizaje en las que “invitemos a los alumnos a prepararse para aprender”. Esto puede lograrse mediante asignaciones de lectura previa, preguntas de estudio e invitaciones personales.
Segundo, debemos “animar a los alumnos a compartir las verdades que están aprendiendo”. Hay muchísimas maneras de hacerlo, y cada uno de ustedes encontrará enfoques personalizados que funcionen para ustedes y sus alumnos. Cuando yo estaba en la escuela de derecho, a menudo aprendía mediante lo que se llamaba el método socrático, en el cual los maestros ayudaban a los alumnos a explorar un caso legal haciendo que la clase interactuara con el material mediante una serie de preguntas cuidadosamente elaboradas. Teníamos que llegar a clase preparados para expresar nuestras propias ideas y para escuchar a los demás. He visto maestros de instituto que brindan a los alumnos oportunidades de compartir lo que están aprendiendo mediante debates bien estructurados en clase, lo cual requiere instructores bien preparados que involucren a alumnos bien preparados en un espíritu de indagación y diálogo. Sé que ese siempre es el caso en sus clases. Todos los alumnos están bien preparados. Todos los maestros están bien preparados. Esa es la invitación.
Y tercero, debemos “invitar a los alumnos a vivir lo que están aprendiendo”. Siempre debemos buscar maneras de invitar a los alumnos a aplicar en su propia vida lo que están aprendiendo. Esto puede lograrse mediante invitaciones personales, ejercicios de reflexión y una gran variedad de otros esfuerzos destinados a ayudar a los alumnos a cambiar y a llegar a ser algo más en Cristo.
Estos esfuerzos por prepararse, compartir y aplicar requieren reflexión y, en ocasiones, pueden exigir más trabajo por parte del instructor. Esto puede ser especialmente cierto cuando procuramos ayudar a los alumnos a compartir y a enseñarse unos a otros. Esto no significa que no haya momentos específicos en los que hablemos de manera directa y unilateral, especialmente cuando estamos enfatizando un mensaje clave o estableciendo un principio fundamental. La reunión de esta noche es un ejemplo de ello: establecer un mensaje fundamental. Pero este mensaje debe ir seguido de oportunidades más frecuentes para que todos participemos en el proceso de aprendizaje, compartiendo lo que estamos aprendiendo y aplicando ese aprendizaje como parte de nuestra propia enseñanza.
Espero que hayan reconocido la preparación que les pedimos realizar antes de esta noche mediante las preguntas de estudio y los materiales de lectura que se compartieron con anticipación. Mañana y en las semanas venideras, los invitaremos a conversar con sus colegas y compañeros sobre lo que están aprendiendo acerca de enseñar a la manera del Salvador. También les pediremos que identifiquen áreas en las que pueden fortalecer su propia enseñanza basándose en el mensaje de esta noche y en otros recursos didácticos que se compartirán mañana.
Permítanme detenerme aquí y hacer una recomendación de otro recurso de enseñanza que vale la pena estudiar, aunque fue escrito para un público diferente. Me refiero al capítulo 10 del manual misional Predicad Mi Evangelio. Este capítulo se titula “Enseñar para edificar la fe en Jesucristo”. La enseñanza misional es, por supuesto, el máximo ejemplo de ayudar a las personas a involucrarse y transformar su vida al ejercer su agencia moral. El objetivo es la conversión mediante la influencia del Espíritu Santo y la gracia de Cristo que conduce al discipulado de por vida. Esto es también lo que buscamos en el Sistema Educativo de la Iglesia. Por lo tanto, considero que pueden obtener valiosas ideas adicionales tanto de este recurso como de Enseñar a la manera del Salvador. Naturalmente, existe una considerable superposición entre ambos manuales, pero leer algo que exprese un principio o una idea de manera un poco diferente puede, en ocasiones, aportar una perspectiva nueva o una comprensión más profunda. Algunas de las preguntas que se abordan en el capítulo 10 de Predicad Mi Evangelio son: “¿Cómo puedo enseñar por el Espíritu?”, “¿Cómo puedo enseñar a partir de las Escrituras?”, “¿Cómo debo compartir mi testimonio al enseñar?”, “¿Cómo puedo planificar y ajustar mi enseñanza para satisfacer las necesidades de las personas?” y “¿Cómo puedo hacer mejores preguntas y ser un mejor oyente?”. Quiero que sepan que no me están pagando por esta recomendación.
Ayudar a los alumnos a hacerse cargo de sus testimonios
Finalmente, hablemos de ayudar a los alumnos a hacerse cargo de sus testimonios. Invitar al aprendizaje diligente es fundamental para desarrollar discípulos de Jesucristo para toda la vida, porque ayuda a los alumnos a asumir responsabilidad por su propio aprendizaje, como hemos venido señalando. Una de las maneras en que el presidente Nelson ha fomentado este sentido de responsabilidad por nuestro crecimiento personal es mediante su invitación a los jóvenes adultos a hacerse cargo de sus testimonios. En su devocional mundial para jóvenes adultos de 2022, el presidente Nelson declaró:
“Les ruego que se hagan cargo de su testimonio. Trabajen por él. Háganlo suyo. Cuídenlo. Nútranlo para que crezca. Aliméntenlo con la verdad. No lo contaminen con las falsas filosofías de hombres y mujeres incrédulos y luego se pregunten por qué su testimonio se debilita. Participen en la oración diaria, sincera y humilde. Aliméntense de las palabras de los profetas antiguos y modernos. Pidan al Señor que les enseñe a oírlo mejor. Pasen más tiempo en el templo y en la obra de historia familiar. A medida que hagan de su testimonio su máxima prioridad, observen cómo comienzan a ocurrir milagros en su vida”.
El presidente Nelson repitió este ruego a toda la Iglesia en su discurso de la Conferencia General de octubre de 2022, titulado “Vencer al mundo y hallar descanso”.
Cuando se dirigió a los jóvenes adultos, el presidente Nelson planteó una serie de preguntas: “¿Desean sentir paz con respecto a las preocupaciones que actualmente los aquejan? ¿Desean conocer mejor a Jesucristo? ¿Desean aprender cómo Su poder divino puede sanar sus heridas y debilidades? ¿Desean experimentar el dulce y consolador poder de la Expiación de Jesucristo obrando en su vida? Procurar responder a estas preguntas requerirá esfuerzo—mucho esfuerzo”. Validó las inquietudes de los jóvenes al decir: “Si tienen preguntas —y espero que las tengan— busquen respuestas con el ferviente deseo de creer. Aprendan todo lo que puedan acerca del evangelio y asegúrense de acudir a fuentes llenas de verdad para recibir guía”.
Para mí, esto es lo que significa invitar al aprendizaje diligente, y esto es lo que se nos requerirá para invitar a nuestros alumnos a hacerse cargo de sus testimonios. Esa responsabilidad sobre el aprendizaje debe ser apoyada en la forma en que estructuramos nuestra instrucción, de modo que los alumnos tengan oportunidades de involucrarse con la profundidad y el rigor necesarios para desarrollar un discipulado verdadero. Reflexionemos nuevamente sobre la invitación del profeta: “Trabajen por él. Háganlo suyo. Cuídenlo. Nútranlo para que crezca”. ¿Invitan nuestras aulas a este tipo de participación individual que fortalezca el testimonio y el discipulado? ¿Hay maneras en que podamos mejorar —o intensificar— nuestros esfuerzos para llegar a los alumnos e invitarlos a un aprendizaje diligente?
Conclusión: Esta noche comencé repasando los propósitos de la educación religiosa en la Iglesia, entre ellos la necesidad de ayudar a nuestros alumnos a:
“Desarrollar fe en el Padre Celestial y un testimonio de Él y de Su ‘gran plan’, …
Llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida, que hagan y guarden convenios, … [y]
Fortalecer su capacidad para encontrar respuestas, resolver dudas, responder con fe y dar razón de la esperanza que hay en ellos ante cualquier desafío que enfrenten”.
Cuando ayudamos a los alumnos a ejercer su agencia personal, su conversión se profundiza de maneras que conducen al discipulado de por vida. El pasado octubre, el presidente Nelson declaró: “Ahora es el momento de hacer de nuestro discipulado nuestra máxima prioridad”. Y añadió: “No es ni demasiado temprano ni demasiado tarde para llegar a ser un discípulo devoto de Jesucristo”. Actuemos diligentemente ahora, antes de que sea demasiado tarde. Ahora es el momento, como él dijo. Cada vez me conmueve más la advertencia —la súplica de advertencia— de mi hermano Pablo a los élderes de Éfeso:
“Mirad, pues, por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia de Dios, la cual él ganó por su propia sangre.
Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño.
Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”.
Los alumnos de los cuales somos, en palabras de Pablo, “obispos” o “supervisores” son infinitamente preciosos, comprados con la propia sangre del Salvador. Se nos ha encomendado dar un ejemplo fiel y alimentarlos y fortalecerlos contra los “lobos rapaces” que puedan encontrar fuera de la Iglesia e incluso dentro de la Iglesia —en la frase de Pablo, entre “nosotros mismos”— que hablan falsedad y procuran hacerlos discípulos suyos en lugar de discípulos del Maestro. Debemos ayudarlos a aprender la verdad, a usar sabiamente su agencia y, por encima de todo, a desarrollar un amor profundo y constante por el Padre y el Hijo.
Doy testimonio de nuestro amoroso y amado Padre Celestial y de Su plan de redención. Testifico de la realidad viviente de Su Hijo Unigénito, Jesús, el Redentor resucitado, que se sienta a la diestra del Padre, donde ha reclamado Sus derechos de misericordia sobre los hijos de los hombres. Con Mormón, profeso ser discípulo de Jesucristo y procuro ser discípulo de Cristo mientras viva. Que cada uno de nosotros sea fortalecido en su propio discipulado y en sus esfuerzos por ayudar a tantos como podamos a llegar a ser discípulos devotos y de por vida de Jesucristo.
Que Dios los bendiga. En el nombre de Jesucristo, amén.
El discipulado de por vida es nuestro objetivo
El impacto de una buena enseñanza del Evangelio
Alvin F. Meredith III
Presentado en el devocional de la Conferencia de Educadores Religiosos, 12 de junio de 2025
RESUMEN: En este devocional, el presidente Meredith enseña que el objetivo de la instrucción del Evangelio es el discipulado de por vida. Basándose en la experiencia y en el consejo profético, insta a los maestros a comenzar con el fin en mente, dando forma a lo que enseñan y a cómo lo enseñan para inspirar fe, arrepentimiento, observancia de convenios y estudio de las Escrituras. Utilizando la metáfora del pastel del presidente Boyd K. Packer, muestra que la manera en que servimos el Evangelio importa. Los maestros aman, enseñan doctrina y guían; los alumnos asumen la responsabilidad de aprender diligentemente, actuar y aplicar la verdad. El presidente Meredith invita a una enseñanza intencional que ayude a la generación en ascenso a oír la palabra y llegar a ser nuevas criaturas en Cristo.
PALABRAS CLAVE: discipulado de por vida · enseñanza del Evangelio · aprendizaje diligente · agencia · pedagogía intencional
Soy de Tennessee, el “corazón” del llamado Cinturón Bíblico, y cuando estaba en la preparatoria formé parte de una organización llamada Fellowship of Christian Athletes (Compañerismo de Atletas Cristianos). No lo adivinarían al verme ahora, pero en aquel entonces yo era un atleta decente y estaba bastante en forma. Hace algunos años, mi madre le envió a mi esposa una fotografía mía de la preparatoria, cuando tenía la cabeza llena de cabello y algo de músculo. Junto con la foto venía un mensaje consolador de mi madre para mi esposa que decía: “Esto es lo que te espera en la Resurrección”.
Pues bien, el Fellowship of Christian Athletes era —y es— una organización con una gran misión. Era una comunidad de atletas de distintas denominaciones que compartían la fe en Cristo. Al final de mi penúltimo año de preparatoria, fui elegido presidente del capítulo de mi escuela para el año siguiente, mi último año.
Mi nombre, junto con mi afiliación religiosa, fue enviado a la sede estatal como nuevo presidente del capítulo. Poco tiempo después, llegó un mensaje a nuestro asesor docente indicando que debía enviarse un nuevo nombre. Nuestro asesor me dijo que le habían informado que yo no podía ser el presidente porque no reconocían a los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como cristianos. Mi fe nunca había sido puesta a prueba de esa manera.
Se eligió a un nuevo presidente, pero después de unos meses recibí noticias de que algunos representantes de la Iglesia habían hablado con el Fellowship of Christian Athletes y que el asunto se había resuelto. Continué participando activamente en el grupo debido a las excelentes personas que lo integraban.
Pues bien, al final de cada año escolar, el capítulo de cada preparatoria vota por un atleta del año, y al final de mi último año fui elegido por mis compañeros como el Atleta del Año del Fellowship of Christian Athletes. Para ser honesto, sentí que eso era una dulce justicia. El año anterior ni siquiera había sido reconocido como cristiano, y ahora estaba recibiendo su premio.
Mi nombre, junto con mi afiliación religiosa, fue enviado a la sede estatal como el atleta del año de mi preparatoria. Pero una vez más, llegó un mensaje a nuestro asesor docente indicando que debía enviarse un nuevo nombre. Al parecer, el asunto no se había resuelto.
Nuestro asesor, que también era mi entrenador de fútbol americano y de lucha libre, me dijo que había exigido que alguien de las oficinas estatales viniera a visitarme a nuestra preparatoria para explicarme una decisión que él no apoyaba.
Un hombre muy amable y bien intencionado vino a reunirse conmigo. Nos encontramos en el salón de clases de mi entrenador durante uno de sus periodos libres. El hombre me explicó que quería que yo entendiera por qué los miembros de nuestra Iglesia no eran considerados cristianos.
Sacó una hoja de papel de su portafolio. En ella había diez puntos de nuestra doctrina que, según él, eran incompatibles con su definición de cristianismo. Esos puntos les resultarían familiares: nuestra creencia de que la Trinidad está compuesta por seres separados, que existen otras Escrituras además de la Biblia, y así sucesivamente.
Él compartió esos puntos y fue muy amable —incluso diría cristiano—. Era un buen hombre, solo que estaba equivocado. Abrió su bolso, guardó el papel y, con sinceridad, me preguntó si yo tenía alguna pregunta.
Y yo respondí: “Sí, tengo”. Dije: “¿Era una Biblia la que vi en su bolso?”.
Y él respondió: “Sí”.
Entonces dije: “¿Podemos ver algunos pasajes en ella?”.
Ahora bien, debo decirles que yo tuve maestros de seminario realmente excelentes. Y éramos muy buenos en las competencias de búsqueda de escrituras. En aquellos días, teníamos cuarenta pasajes de dominio de las Escrituras cada año, y todos los viernes en la clase de seminario había donas, y hacíamos competencias de búsqueda de escrituras; y yo era más competitivo de lo que debería haber sido. No solo marcaba los pasajes de dominio en rojo, sino que también aprendí —me avergüenza decirlo— que, si arrugaba un poco las páginas, podía llegar más rápido a los pasajes. Y luego, justo antes del torneo de estaca de búsqueda de escrituras, espolvoreaba talco para bebé sobre las páginas. Si acercaba lo suficiente mis Escrituras y chasqueaba los dedos, se abrían en uno de los pasajes de dominio.
Pues bien, el caballero tuvo la amabilidad de compartir su Biblia conmigo, la cual, por cierto, no estaba marcada para competencias de búsqueda. Fuimos a Mateo 3, Hechos 7, 1 Crónicas 29, y así sucesivamente. En su mérito, escuchó con cortesía. La decisión no cambió, pero yo sí cambié.
De algún modo, al repasar esos pasajes, sentí su verdad con mayor profundidad que antes. A veces el testimonio llega después de la prueba. Mi testimonio, mi conversión, no surgió por esa experiencia; los acontecimientos aislados rara vez producen una fe duradera. Pero esa fue una experiencia entre muchas que brindaron un testimonio que ha ido creciendo con el tiempo.
Estoy profundamente agradecido por mis maestros de seminario de madrugada, quienes me ayudaron a poner un fundamento sobre el cual edificar. Por mucho que desearan que nuestro barrio ganara el torneo de estaca de búsqueda de escrituras, les preocupaba mucho más ayudarnos a llegar a ser discípulos de Cristo para toda la vida. Ellos marcaron una diferencia en mi vida. Espero que, en sus momentos tranquilos de reflexión sobre su enseñanza, reconozcan el impacto significativo que tienen en la vida de quienes enseñan.
Esta generación en ascenso es extraordinaria. En la conferencia general más reciente, el presidente Russell M. Nelson dijo: “La generación en ascenso se está levantando como firmes seguidores de Jesucristo”. En otra ocasión les dijo: “¡Tienen la capacidad de ser más inteligentes y sabios y de tener un mayor impacto en el mundo que cualquier generación anterior!”. Para alcanzar esa capacidad, necesitan, entre otras cosas, buenos maestros del Evangelio.
Están llenos de fe, pero “la fe viene por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. “¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”. Comprenden el Evangelio como ninguna generación anterior, pero ¿cómo entenderán lo que leen si no hay quien los guíe como maestro?
A los corintios, Pablo escribió: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros”. Así que ustedes se encuentran ubicados claramente entre apóstoles y profetas, y los milagros, con un papel esencial en la grandeza de este momento y en el apresuramiento de la obra del Señor.
El discipulado de por vida es el objetivo
En el mensaje del élder D. Todd Christofferson de anoche, él comenzó y concluyó sus palabras repasando los propósitos de la educación religiosa en la Iglesia. Me llamó la atención su repetición y el énfasis en ayudar a los alumnos a llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida. Parecía decidido a recordarnos lo que esperamos lograr con nuestra enseñanza.
Tan solo seis meses después de ser llamado al Cuórum de los Doce Apóstoles, el entonces élder Russell M. Nelson habló en este campus en un devocional dominical. Su mensaje fue inspirador y lleno de ideas valiosas, pero es el título de su discurso lo que deseo destacar. Lo presentó de esta manera: “He titulado mis palabras ‘Comenzar con el fin en mente’”. Luego explicó: “Supongo que parte de esto proviene de mi formación quirúrgica. Nunca se hace una incisión electiva sin planear cerrarla. Sin embargo, el mismo principio se aplica, por lo general, a todos los ámbitos. Los atletas de pista no comienzan una carrera sin conocer la ubicación de la meta”.
Tener presente el fin —saber dónde se encuentra la meta y comprender el objetivo final— siempre es importante, pero es especialmente esencial en la enseñanza del Evangelio. Cuando nos mantenemos enfocados en ese objetivo divino, es mucho más probable que lo alcancemos.
El presidente Thomas S. Monson enfatizó: “La meta de la enseñanza del Evangelio… no es ‘verter información’ en la mente de los miembros de la clase… El objetivo es inspirar a la persona a pensar, a sentir y luego a hacer algo con respecto a vivir los principios del Evangelio”.
Como declara el Manual General: “Enseñamos el Evangelio para ayudar a las personas a fortalecer su fe en el Padre Celestial y en Jesucristo. Procuramos ayudar a las personas a llegar a ser más como el Salvador, a recibir Su poder en su vida y, en última instancia, a obtener la vida eterna”.
Ustedes ya hacen esto de una manera extraordinaria. Vemos su impacto en la vida de la generación en ascenso. Más participan en seminario e instituto, más salen a misiones, más sirven en el templo y más llegan a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida.
Mi invitación hoy es sencilla: sean intencionales al enseñar, teniendo como meta el discipulado de por vida. Analicen todo lo que hacen a través de ese lente. Revisen periódicamente lo que enseñan, cómo lo enseñan e incluso lo que evalúan. Revisen no solo lo que están ayudando a los alumnos a saber, sino también lo que los están inspirando a hacer y a llegar a ser. Enseñen con la intención de ayudarlos a llegar a ser “nueva[s] criatura[s]” en Cristo.
Algunas preguntas para reflexionar: ¿Cómo influyen lo que enseño y la manera en que enseño en cómo se sentirán mis alumnos con respecto a las preguntas que se hacen en una entrevista para la recomendación del templo? ¿Mi enseñanza edifica la fe en el Padre Celestial, en Jesucristo y en el Espíritu Santo? ¿Fortalece los testimonios de la Restauración del evangelio de Jesucristo y de los profetas y apóstoles vivientes? ¿Fortalece la determinación de los alumnos de guardar los mandamientos y arrepentirse a diario?
Invitar al aprendizaje diligente
Si nuestra meta es el discipulado de por vida, debemos, como nos invitó el élder Christofferson, “considerar cómo enseñó el Salvador”. La manera en que enseñamos importa.
Quizás recuerden la enseñanza del presidente Boyd K. Packer sobre “el cómo de la enseñanza” en conferencias de zona cuando él era presidente de misión. La hermana Packer horneó un pastel de tres niveles, bellamente decorado con capas de glaseado de colores. En la parte superior escribió las palabras: “El Evangelio”.
Cuando los misioneros se reunieron, el pastel fue llevado con cierta ceremonia. El presidente Packer señaló que el pastel representaba el Evangelio. Luego preguntó: “¿Quién quisiera un poco?”.
Bueno, no es difícil encontrar a un misionero que quiera pastel. Se llamó a un voluntario desprevenido. Entonces el presidente Packer tomó su mano, la hundió en la parte superior del pastel y arrancó un gran pedazo. Apretó el puño de modo que el glaseado se escurría entre sus dedos. Luego lanzó el pedazo de pastel sobre el élder atónito, salpicándole glaseado por el frente del traje.
Después de hacer una pausa para causar efecto, se volvió hacia el resto de los misioneros y preguntó si alguien más quería pastel. Él decía: “Por alguna razón, no hubo voluntarios”.
Entonces sacó una bandeja de cristal, un tenedor de plata, una servilleta de lino y un hermoso cuchillo de servir de plata. Giró el pastel y, con gran dignidad, cortó cuidadosamente una rebanada del otro lado, la colocó con delicadeza en la bandeja de cristal y preguntó: “¿A alguien le gustaría un pedazo de pastel?”.
El presidente Packer explicó: “La lección era evidente. Era el mismo pastel en ambos casos, el mismo sabor, el mismo alimento. La manera de servirlo lo hacía atractivo, incluso apetecible, o poco atractivo, incluso repulsivo”. Recordó a los misioneros que el pastel representaba el Evangelio y les preguntó cómo lo estaban sirviendo.
La manera en que servimos el Evangelio puede marcar la diferencia entre simplemente verter información en la mente de nuestros alumnos e inspirarlos a ser aprendices diligentes que cambien su corazón, sus perspectivas, sus acciones y aun su propia naturaleza para llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida.
Para enseñar como enseñó el Salvador, amamos a quienes enseñamos, enseñamos por el Espíritu y enseñamos la doctrina. Esas son responsabilidades que nos corresponden como maestros.
¿Pero qué hay del alumno? ¿Cuál es su papel? Su papel es aprender diligentemente, asumir responsabilidad por su propio aprendizaje, actuar y aplicar los principios del Evangelio en su vida diaria.
Anoche, el élder Christofferson nos invitó a fomentar el aprendizaje diligente. Nos enseñó cómo el Salvador invitó al aprendizaje diligente. Dijo: “Él enseñó de maneras que requerían que [Sus discípulos] pensaran, participaran, dialogaran y aplicaran Sus enseñanzas”. Que podamos hacer lo mismo.
Conclusión: Para concluir, gracias por lo que hacen por aquellos a quienes enseñan y por lo que hacen por el reino de Dios. El objetivo de nuestra enseñanza es desarrollar discípulos de Jesucristo para toda la vida. Que sean guiados al “servir el Evangelio” y hacerlo de una manera que invite al aprendizaje diligente.
Comparto mi testimonio del Maestro de maestros, Jesucristo, nuestro Abogado, “el autor y consumador de nuestra fe”, y el “sumo sacerdote de los bienes venideros”. En el nombre de Jesucristo, amén.
Mesa redonda: Invitar a la participación del alumno
Clark G. Gilbert, Jenet Jacob Erickson, John Hilton III, Nate Peterson y Kaylee Merrill
Presentado en el devocional de la Conferencia de Educadores Religiosos, 12 de junio de 2025
RESUMEN: El élder Clark G. Gilbert modera una conversación con Jenet Erickson, John Hilton III, Nate Peterson y Kaylee Merrill acerca de cómo crear aulas que activen la agencia, fomenten la preparación y profundicen el discipulado. Esta mesa redonda explora cómo los maestros pueden invitar a los alumnos a asumir responsabilidad por su propio crecimiento espiritual e intelectual. Los panelistas enfatizan que la enseñanza eficaz implica más que transmitir contenido: significa involucrar a los alumnos en una participación significativa que conecte el aprendizaje con el discipulado de convenios de por vida en Jesucristo. La conversación destaca maneras prácticas de cultivar un aprendizaje diligente, guiado por el Espíritu.
PALABRAS CLAVE: agencia · educación religiosa · aprendizaje diligente · discipulado de por vida · Enseñar a la manera del Salvador
Élder Clark G. Gilbert: Gracias, élder Meredith. Qué mensaje tan poderoso. Y si no conocen al élder Meredith, espero que hayan podido sentir su fortaleza y convicción.
Voy a plantear un tema que vamos a analizar aquí en un momento. Y quiero retomar algo que dijo el élder Meredith: la manera en que enseñamos importa. Por sus comentarios [en la sesión inaugural] queda claro —y creo que todos lo sabemos— que un maestro eficaz marca una gran diferencia en la vida de nuestros alumnos y en la forma en que aprenden. Pero cómo lo hacemos realmente importa. El élder Christofferson se refirió a esto anoche [en su devocional mundial para educadores religiosos]; el élder Meredith lo mencionó nuevamente hoy.
Les hemos pedido que vengan a este conjunto de talleres habiendo leído y revisado Enseñar a la manera del Salvador, en particular la sección titulada “Invitar al aprendizaje diligente”. Mucho de lo que se presenta allí requiere que invitemos a los alumnos a asumir responsabilidad por su aprendizaje.
Algunos de ustedes ya han escuchado esta historia, así que me disculpo. Pero quiero compartirla porque ha sido muy significativa para mí. En el Hotel Charles, en Cambridge, Massachusetts, cada tercera habitación tiene un cuadro colgado que muestra un pizarrón y a un profesor frente a él dibujando imágenes de sí mismo en el pizarrón. Y el texto decía: “A Doug le gustaban sus propias clases”, y lo único que está haciendo es dibujarse a sí mismo una y otra vez para los alumnos. Y a veces, en nuestro amor —y sinceramente en nuestro amor por nuestros alumnos— queremos compartir con ellos cosas que son muy profundas para nosotros personalmente, pero en ocasiones eso puede impedir que ellos tengan la oportunidad de actuar e invitar su propio aprendizaje.
Recuerdo que, en esa misma etapa, había pasado cuatro años de mi vida estudiando un solo tema, y escribí un estudio de caso sobre una empresa llamada Knight Ridder que llegó a ser material de curso en la Escuela de Negocios de Harvard. Yo era el autor del caso; y en mi primer año enseñando, creo que ocho profesores distintos enseñaron mi caso. Al final del año, recibimos datos sobre cómo se desempeñó el caso en comparación con todos los demás casos. Y al revisar los datos, para mí fue el segundo peor caso del semestre, y yo era el autor del caso. Para todos los demás, estaba entre los cinco mejores.
Entonces, ¿qué estaba pasando? ¿Por qué el estudio de caso que yo escribí, que estudié durante cuatro años, fue el penúltimo en desempeño de todo el semestre cuando lo enseñé yo, y estuvo entre los cinco mejores cuando lo enseñaron los demás? ¿Qué creen que estaba ocurriendo? Y voy a preguntarle al grupo. No sé si tenemos micrófonos, así que me acercaré un poco. Rosemary, ¿puedo llamarte a ti? ¿Por qué el caso que yo mismo escribí y enseñé tuvo un desempeño tan bajo? Y no digas: “Porque eres un muy mal maestro, Clark”.
Hermana [Rosemary]: Tal vez estabas explicando más y dejándolos pensar menos.
Gilbert: Sí, eso fue absolutamente parte del problema. ¿Alguna otra idea? ¿Qué estaba haciendo mal para que ese caso tuviera un desempeño tan pobre?
Hermana: Tal vez no era aplicable a los alumnos.
Gilbert: De acuerdo. Puede que no fuera aplicable a los alumnos. O quizá algo aún más problemático: lo que yo consideraba realmente importante tal vez no era aplicable para ellos. Al semestre siguiente, uno de mis colegas me dijo: “Clark, este caso se enseña solo. Solo necesitas tres buenas preguntas; lo estás sobrecomplicando. Sabes demasiado sobre el tema y estás yendo más allá de los alumnos”. Por cierto, [después] utilicé su plan de enseñanza —con un poco de frustración, francamente— y de inmediato el caso volvió a ubicarse en el cuartil superior.
A veces nuestra propia experiencia y conocimiento, si se interponen en invitar a los alumnos a aprender [por sí mismos], pueden convertirse en un obstáculo. Y eso no significa que el conocimiento no deba aprovecharse [de la pericia del maestro]. La pregunta es: ¿se está utilizando de una manera que invite al aprendizaje diligente? Hoy me gustaría tener una mesa redonda con cuatro excelentes maestros que hacen esto muy bien. [El tema del panel será:] “¿Cómo invitamos a los alumnos a asumir responsabilidad por su aprendizaje?”. Voy a invitarlos a que suban y se unan a mí para este panel, y presentaré a cada uno.
A mi lado está Kaylee Merrill. Ella es la directora de seminario en East High, en Salt Lake City, Utah. Junto a ella está John Hilton, profesor de Escrituras Antiguas en BYU. A su lado está Jenet Erickson, profesora de Historia y Doctrina de la Iglesia en BYU. Y junto a ella está Nate Peterson, profesor de religión en BYU–Idaho.
Me gustaría iniciar nuestra conversación de hoy y remitirnos directamente al discurso del élder Christofferson de anoche. Analizamos su mensaje sabiendo el tema que abordaríamos en este panel, y lo comentamos como grupo al prepararnos. [El élder Christofferson] estableció una conexión directa entre asumir responsabilidad por el aprendizaje y el discipulado de por vida —no solo el discipulado, sino el discipulado de por vida—.
Voy a comenzar con la hermana Erickson. Al considerar esa pregunta, ¿cómo se relacionan esas dos cosas? ¿Qué te llevaste del discurso del élder Christofferson anoche? ¿Y cómo debería eso informar la manera en que enseñamos?
Jenet Erickson: Gracias, élder Gilbert. Es maravilloso estar con todos ustedes, maestros tan inspiradores. Cuando comencé a enseñar en BYU —justo antes de empezar— el élder Richard G. Scott, ese maestro magistral, vino y dio una presentación durante la Semana de la Educación. Compartió algo que me impactó profundamente y que antes no había comprendido, y que llevé conmigo al aula ese semestre. Habló de la importancia de que la vida sea una búsqueda por ser enseñados por el Señor mediante Su Espíritu. Para eso estamos aquí. Luego dijo: “Cada vez que un maestro invita a la participación del alumno y un alumno levanta la mano para responder, le está señalando al Señor Jesucristo su deseo de aprender”. Y anoche, al escuchar al élder Christofferson hablar del poder de la agencia, recordé un devocional reciente en BYU–Idaho en el que un maestro extraordinario enseñó que el poder está en ellos —usando el lenguaje que empleaste, élder Gilbert—. Reconocemos que el poder de Dios, el poder del adversario y el poder dentro de las personas se manifiestan en la disposición a acceder —a dar acceso— al Señor en sus vidas.
Eso es lo que deseo invitar en mis alumnos: su anhelo de permitir que el Señor tenga acceso a sus vidas, porque Él es el poder para cambiar. Él es el poder para crecer. Y eso ocurre de innumerables maneras. Han oído al presidente Packer decir que el testimonio se halla al compartirlo. En ese proceso, experimentamos el poder de apresurar Su obra en nuestra propia vida y sentimos cómo se enciende Su influencia transformadora y convertidora. Se activa —en el lenguaje del élder Christofferson de anoche— se activa el poder de permitir que Jesucristo y Su influencia entren en nuestra vida.
Ahora bien, sigo aprendiendo cómo hacer esto. He estado muy agradecida por mentores que han entrado en mi clase y me han dicho: “Jenet, prueba esto, prueba aquello”. Y en cada caso, lo que me invitan a hacer es permitir que los alumnos activen su agencia al descubrir, al participar; y entonces pueden sentir el Espíritu Santo. Yo puedo sentir, junto con ellos, cómo el Espíritu Santo les da testimonio de una manera profundamente personal de la verdad que necesitan en su vida. Eso los pone en una senda de actuar con agencia para llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida.
Gilbert: Hermoso. Y creo que lo que estás destacando es que hay algo en la acción personal —esa activación de la agencia— que está directamente conectado con esto. ¿Algún otro comentario? Asumir responsabilidad por nuestro aprendizaje: ¿por qué eso crea discipulado de por vida? ¿Alguien más del panel?
John Hilton III: Tal vez pueda compartir una analogía que a veces uso con mis alumnos. No es una analogía perfecta, pero saco un trozo de lana sin procesar y digo: “Esto es como las Escrituras que estamos analizando hoy”. Supongamos que doy una lección increíble en la que comparto muchas ideas maravillosas. Les he dado mucha lana. Se siente bien. Se la ponen sobre la cabeza y luego salen por la puerta; sopla el viento y se va a caer.
Entonces, ¿qué tiene que suceder? El alumno tiene que peinar y cardar la lana. Tiene que hilarla hasta convertirla en hilo, y entonces puede transformarse en un abrigo de lana que no se vuela cuando el alumno sale.
Comparto esa analogía en parte como un recordatorio para mí mismo de que, en realidad, no estoy en el negocio de repartir lana sin procesar. Quiero que los alumnos tengan abrigos, y ese trabajo tienen que hacerlo ellos mismos.
A veces ponemos tanta importancia en lo que decimos, y es difícil porque sé que como maestros tenemos muchas cosas buenas que decir. Pero para que los alumnos realmente lo interioricen en su corazón, tienen que actuar. Tiene que pasar de su cabeza a su corazón. Y así, ayudar a los alumnos a actuar es realmente la única manera en que pueden llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida.
Gilbert: Entonces, John, tú quieres que lleguen a algo más refinado que la lana sin procesar. ¿Por qué tienen que refinarla ellos y no simplemente tú?
Hilton: Porque en el proceso de actuar es cuando lo obtienen por sí mismos. Si yo solo estoy diciendo y diciendo y diciendo, eso es simplemente ponerlo encima de ellos. Y es fácil para mí, como maestro, sentir que estoy haciendo un trabajo fantástico.
En realidad, lo estoy pegando sobre ellos. Pero para que entre [de verdad], hay que actuar. Simplemente no hay otra manera. Bien.
Gilbert: Nate—
Nate Peterson: Élder Gilbert, justo en ese punto, el élder Christofferson lo llevó a ese nivel, ¿verdad? ¿Quién hubiera pensado que la agencia era algo tan importante? Es como ese personaje de una película que ha estado en el fondo desde el principio. ¿Y si la agencia es la respuesta—si ha estado allí desde el inicio—? Eso fue lo que él dijo: agencia. El progreso requiere agencia, y la agencia requiere verdad. Y yo puedo enseñar verdad en una lección.
Pero eso es lo que él dijo: esa es una de las maneras en que Satanás la ataca. Creo que a veces a Satanás no le molesta que enseñemos la verdad. Pero el élder Christofferson dijo que ese segundo ataque es el que debemos superar: cuando invitamos a los alumnos a usar su agencia. Así que puedo enseñar una gran lección; puedo testificar de la verdad, pero luego, para activar esa agencia, ese es el siguiente nivel: cuando les doy una invitación a participar, a convertirse en agentes y a permitirles usar esa agencia que han tenido desde el principio.
Así que el progreso requiere agencia. La agencia requiere verdad, y la verdad requiere una invitación, lo que nos lleva de nuevo al progreso.
Gilbert: Excelente. Kaylee, ¿algo que te gustaría añadir?
Kaylee Merrill: Me encanta la conexión que hizo el élder Christofferson anoche. Para añadir a eso, él lo llevó al tema de los convenios. Porque ¿qué es un discípulo de por vida? Es alguien que hace y guarda convenios. Así que estamos pidiendo a nuestros alumnos que ejerzan su agencia dentro del aula y fuera del aula, para que cuando llegue el momento, sepan cómo usar su agencia para hacer y guardar convenios durante el resto de su vida.
Gilbert: Hermoso. Me encantó cuando dijo que los convenios son individuales. Requieren acción, y esa es la medida máxima de un discípulo.
A quienes nos escuchan, espero que hayan estado pensando en la misma pregunta. Me gustaría dedicar solo un minuto a que reflexionen sobre ella: ¿cuál es la relación entre asumir responsabilidad y crear específicamente un discipulado de por vida? ¿Por qué es tan importante?
El élder Christofferson dijo que la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce han estado enseñando esto en los seminarios para líderes misionales. Lo han enseñado a los asesores de los jóvenes. Y lo están enfatizando a nosotros como educadores religiosos.
¿Cuál es esa conexión? Responsabilidad personal por el aprendizaje y discipulado de por vida.
Tómense un minuto. Escriban lo que creen que es esa conexión. ¿Qué escucharon anoche? ¿Qué están escuchando ahora? ¿Qué otros pensamientos tienen? Haremos una pausa de un minuto en el panel mientras escriben algunas ideas.
[Pausa en la discusión]
Ahora les voy a pedir que, en grupos de dos o tres —según cómo estén organizados—, compartan con alguien cercano lo que sintieron. Si están en casa y no hay nadie a su lado, busquen a alguien con quien puedan compartirlo. Compartan con alguien cercano lo que sintieron; y nosotros haremos lo mismo aquí en el panel.
[Conversación inaudible del público]
Volvamos a reunirnos. Si alguien se sintió inspirado a compartir algo sobre este tema, ¿podría ponerse de pie y compartirlo con el grupo? Tomaremos solo un par de comentarios. Cami Anderson, voy a llamarte directamente. Gracias.
Cami Anderson: Gracias, élder Gilbert, por esta oportunidad. Yvonne y yo estábamos hablando del discipulado diario del que habló el élder Christofferson. De cómo, al ayudar a nuestros alumnos a verlo, eso les ayuda a perseverar en su fe y discipulado a través de las pruebas de la vida. Y es más que solo leer las Escrituras o decir sus oraciones en tiempos de dificultad; es que pueden hacerlo cuando enfrentan pruebas muy difíciles, y mantienen su enfoque en el Salvador. Y se dan cuenta de que, pase lo que pase, su fe en Él les ayudará a superar cualquier desafío que deban enfrentar.
Élder Clark G. Gilbert: Me encanta eso. Y me encanta la idea de la prueba como marco de referencia. Es como preguntarnos: ¿lo recordarán cuando la vida se ponga difícil? Retomando el punto del hermano Hilton: ¿esa lana simplemente se les volará? ¿O llevarán consigo algo que permanezca?
¿Algún otro comentario? Por favor, alguien levante la mano y ofrézcase. Sí, usted, ahí mismo.
Hermano: Esto ha sido algo en lo que he pensado durante toda mi carrera. El élder Bednar dio un discurso titulado “Procurad aprender por la fe” cuando yo era un joven maestro de seminario. Él dijo que con mucha frecuencia hablamos de enseñar por el Espíritu, pero no hablamos lo suficiente de lo que significa aprender por la fe. Nos enseñó a partir de 2 Nefi 33 que el Espíritu puede llevar la palabra de Dios al corazón, pero que el hecho de que esa palabra entre o no en el corazón depende de nosotros. Tenemos que actuar con fe para que eso llegue a nuestro corazón. Y que nosotros, como maestros, no estamos simplemente en el negocio de repartir pescado; tenemos que enseñarles a pescar. Las mayores enseñanzas de la vida se capturan, no solo se enseñan.
Desde entonces, ese mensaje ha sido muy influyente para mí. Lo he comparado con esto: como maestros, nuestro trabajo no es solo pararnos frente a la clase y hacer ejercicio delante de ellos, mostrando cómo levantamos pesas. Eso no los va a hacer más fuertes. Tenemos que invitarlos a actuar. Ellos tienen que hacer sus propias flexiones. Tienen que hacer su propio esfuerzo para obtener la fortaleza que proviene de la experiencia, la cual luego los sostendrá como discípulos de por vida y les dará la fuerza para enfrentar las pruebas y desafíos que vendrán.
Así que, desde ese discurso del élder Bednar, he pensado mucho en eso: que realmente es nuestra responsabilidad invitarlos a actuar con fe para que puedan tener la fortaleza necesaria para enfrentar los desafíos.
Gilbert: Y en tu forma de pensar, esa es la conexión con el discipulado de por vida. La capacidad de actuar en clase durante el semestre se va a trasladar cuando tú ya no estés allí.
Hermano: Exactamente.
Gilbert: Muy bien. Gracias. Tal vez un comentario más. ¿Hermano Bolingbroke?
Hermano Bolingbroke: Cuando yo era coordinador de seminario de madrugada, tenía un maestro que había sido maestro del año en la facultad de medicina de la Universidad de Nevada, Reno, y hablábamos sobre RPA: preparación, participación y aplicación.
Con el tiempo, él dijo: “Al final del día, hermano Bolingbroke, esto es un codo. Y podemos conversar y participar, pero esto es un codo y siempre va a ser un codo. Yo enseño anatomía. No podemos solo hablar y compartir…”. Pero yo le hice esta pregunta —que conecta con lo que dijo Nate—: existe este equilibrio entre enseñar la verdad y permitir que los alumnos la apliquen. Le dije: “¿Pero no aprenden mejor sus alumnos cuando mueven el codo? ¿Cuando saben cómo funciona? ¿Cuando pueden ver todos los ligamentos?”.
Y creo que a veces, en la educación religiosa, hay maneras en que los alumnos pueden experimentar las cosas por sí mismos. Recordarán mucho mejor el codo si se lo lastiman, o si lo han lesionado, o si se convierte en algo relevante para ellos. Así que, como maestros, declaramos que el matrimonio entre un hombre y una mujer es ordenado por Dios, y que la familia es central en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos, pero ellos tienen que descubrirlo por sí mismos. Y si solo enseñamos la verdad sin “mover ese codo”, entonces el viento la sopla y se la lleva.
Gilbert: Hermoso. Gracias. Espero que sigan reflexionando sobre esta pregunta, porque a veces, cuando he conversado con maestros acerca de la importancia de involucrar a los alumnos, lo ven como algo obligatorio. No quieren que se les etiquete como “expositores”, y la conversación pasa de inmediato a la técnica, sin anclarse en el por qué: “¿Por qué hacemos esto? ¿Cuál es la conexión entre esta forma de participación y el discipulado personal de por vida?”.
Los invito a seguir pensando en esa pregunta, incluso mientras ahora pasamos a hablar de algunos enfoques de enseñanza que ayudan a nuestros alumnos. Por favor, sigan regresando a este propósito más elevado: por qué hacemos esto en primer lugar.
Ahora bien, una de las maneras en que invitamos al aprendizaje diligente es pedir a los alumnos que vengan preparados. Y, como preparación para la sesión de hoy, les pedimos que leyeran “Invitar al aprendizaje diligente” de Enseñar a la manera del Salvador y el discurso “El poder está en ellos” que di en enero; que asistieran al devocional del élder Christofferson y reflexionaran sobre estas dos preguntas:
¿De qué maneras invitó el Salvador al aprendizaje diligente en aquellos a quienes enseñó?
¿Cómo puedo ayudar de manera más eficaz a quienes enseño a asumir responsabilidad por su aprendizaje?
Esa fue la asignación de preparación. ¿Cuántos de ustedes hicieron al menos dos de esas actividades antes de venir? Bien. Entonces, ¿cómo hacemos esto? ¿Cómo invitamos a los alumnos a prepararse antes de una experiencia de aprendizaje? ¿Qué ideas tiene el panel?
Peterson: Creo que el élder Gilbert está dando un paso atrás para ver el panorama completo. Es decir, está muy bien —como enseñaba John— que lean para mi clase, y está bien que lean y luego obtengan una buena calificación. Pero es aún mejor si desarrollan el hábito del estudio diario de las Escrituras.
Así que, si amplío la mirada y pregunto: “¿Para qué les estoy pidiendo que se preparen? ¿Por qué les pido que se preparen?”, como nos ha enseñado el élder Meredith, uno mira ese camino a largo plazo. El discipulado requiere disciplina.
Entonces, lo que realmente les estoy pidiendo no es solo que lean para mi clase y obtengan una buena nota, sino que lean las Escrituras para poder oír la voz del Señor, para sentir el Espíritu. Es excelente si leen durante un mes o un semestre para mi clase, pero es mucho mejor si comienzan un hábito —una constancia— de leer un poco cada día, aun cuando sea como preparación para mi clase. Esa es mi oportunidad de invitar al uso de la agencia. Es decir: “Sí, quiero que lean aquí, pero quiero que lean para siempre, porque es la palabra de Dios. Traerá luz a su vida. Y así sentirán el Espíritu; así oirán la palabra de Dios”, lo cual los ayudará después de mi clase.
Gilbert: Hermano Peterson, me encanta esto porque estás conectando la preparación directamente con el discipulado de por vida. Y sí, eso nos ayudará en la clase del martes. Pero lo que estás diciendo es: “Estoy tratando de crear un patrón de venir preparado a lo largo de la vida del alumno”. Y esta es una de las razones por las que invitamos a la preparación antes de una experiencia de aprendizaje.
Peterson: Porque lo necesitarán en la Escuela Dominical. Lo necesitarán en el quórum de élderes y en la Sociedad de Socorro. No queremos que lean solo para las clases de religión. Queremos que se preparen para las reuniones sacramentales. Esperamos que vayan al templo preparados. Es un patrón de preparación, de discipulado de por vida.
Gilbert: Hermoso. ¿Alguna otra idea?
Erickson: Élder Gilbert, mientras escuchaba a Nate —tan hermoso— pensaba en cuánto deseo que ellos sepan que Jesucristo anhela ayudarles, que literalmente está a la puerta y llama, y desea ser parte de sus vidas. Y parte de eso requiere que yo los prepare para ver la relevancia de lo que estamos hablando: por qué esta historia importa para ellos; por qué sus preguntas encuentran respuesta en estas verdades; por qué los anhelos más profundos de su corazón —el poder para cambiar, crecer y ser sanados, y todo lo que desean— se responden aquí, en este proceso.
Pero eso requiere que yo crea eso respecto de mí misma y de ellos, y luego ayudarlos a comprender la relevancia para sus vidas: que Jesucristo no se trata solo de que aprendan algo. Su anhelo es derramar personalmente verdad, ayuda, sanación y poder sobre ellos mediante lo que hacemos hoy en clase, su preparación para ello y la manera en que actuarán después.
Gilbert: Mientras te escucho hablar, siempre pienso: “Bueno, vamos a cubrir esta lectura en clase. Por favor, léanla antes de la clase”. Pero estás sugiriendo algo en lo que no había pensado, y es que si logro que piensen en su relevancia, entonces la discusión en clase será mucho más impactante. Eso incluso podría dar forma a la pregunta que les pida que reflexionen con anticipación o a la lectura que les asigne antes de la clase, porque quiero que comprendan por qué nuestra conversación será importante cuando nos reunamos en el aula.
John, ¿algo que quieras añadir?
Hilton: Creo que parte de esto implica que yo, como maestro, cambie mi paradigma respecto a la importancia de mi papel en ayudar a los alumnos a estudiar. Pienso que la mayoría de nosotros enseñamos Escrituras, así que la preparación más importante será leer las Escrituras con anticipación.
Hace algunos años, el presidente Dallin H. Oaks dijo: “Creo que lo más importante que podríamos hacer como maestros de seminario e instituto sería conectar a los alumnos con las Escrituras y con los resultados del estudio diario de las Escrituras”.
Si ese paradigma está profundamente arraigado en mi corazón, entonces no es solo algo secundario que hago; es una parte central de mi labor. ¿Cómo voy a ayudarlos? Y, para añadir a lo que ustedes dijeron, parte de esto es ayudar a los alumnos a interactuar con las Escrituras antes de la clase. Hay muchas técnicas para hacerlo, que pueden ser tan simples como ayudar a los alumnos a aprender distintos enfoques para el estudio de las Escrituras.
A veces se trata simplemente de ayudarlos a comprender. Tuve una alumna el semestre pasado que tenía dificultades de comprensión lectora. Yo estaba enseñando una clase basada en la Biblia, y en clase hablamos de cómo el Manual General dice que, en ocasiones, otras traducciones de la Biblia pueden ser útiles en el estudio personal. Vimos un sitio web que muestra diferentes traducciones bíblicas. Pues bien, dos semanas después ella regresó y me dijo: “Hermano Hilton, encontré una traducción de la Biblia escrita a un nivel de lectura de sexto grado, y mi estudio de la Biblia ha cambiado por completo. Ahora la entiendo”.
Así que, si enseñamos de maneras que ayuden a los alumnos a obtener más de su estudio personal de las Escrituras, entonces querrán hacerlo. Si se están conectando con Jesucristo, querrán estudiar. No será solo una casilla que tengan que marcar.
Gilbert: Eso es hermoso. Y me imagino que todos ustedes sienten que, si un alumno leyó algo antes de la clase, la experiencia de aprendizaje en clase será más profunda gracias a ello. ¿Es una suposición justa?
Hilton: Sin duda.
Gilbert: Una de las cosas que me preocupa es que tenemos una especie de contrato social con los alumnos. Si les pedimos que vengan preparados, por supuesto que, de manera intrínseca, son recompensados por esa preparación. Pero si esa preparación no se utiliza, no se aprovecha ni se activa en la clase, en cierto modo les estamos diciendo: “Realmente no necesitas prepararte para venir a mi clase”. Es como decir: “Sé que lo puse en el programa, pero no importó que te prepararas”. Y eso puede deshacer la cultura que intentamos crear.
Tú dijiste que estás formando un hábito de preparación diaria. Pero, Nate, si no tienen la oportunidad de activar, usar y beneficiarse de su preparación, ¿qué le hace eso a su motivación para venir preparados a clase?
Peterson: Creo que ahí es donde se conecta con la agencia y el discipulado: los estoy invitando. Y eso se relaciona con otras cosas de las que hablaremos, como hacerles preguntas y darles oportunidades reales de participar.
Si les pido que sean discípulos —tal como aprendemos como misioneros y en la Iglesia—, entonces hay seguimiento. Las clases también deben dar seguimiento. ¿Tienen la oportunidad de practicar su discipulado en vivo con sus compañeros?
Es mi testimonio y mi convicción: ¿de verdad creo que necesitan leer las Escrituras? Y, como decía John, ¿por qué? Porque creo que Dios puede hablarme. Creo que, si leo las Escrituras, se abre mi mente al Espíritu. Aprendo más que lo que está simplemente en la página.
Si creo eso, entonces necesito ayudarlos a aprenderlo… pero también a hacerlo. Y, como dijiste, creo que hace que la clase sea mejor. Porque si los alumnos están leyendo las Escrituras, practicando su discipulado y guardando sus convenios, habrá más luz en mi clase. Mi clase será mejor porque ellos estarán más iluminados, y yo necesito permitirles practicar ese discipulado. Dejar que brillen en clase.
Gilbert: Entonces, ¿cómo se ve eso en la práctica? Sé que creo que, si han leído, aprenderán más. Pero ¿cómo validas y activas esa preparación en tu clase?
Jenet, tú enseñas el curso de la familia eterna. Así que el alumno lee una sección de la proclamación y hace una lectura previa —quizá un discurso del élder Christofferson sobre “Por qué la familia”—. ¿Cómo se va a utilizar ahora esa preparación en tu clase?
Erickson: Una de las cosas que usted recomendó el año pasado, élder Gilbert, y que ha sido realmente poderosa, es pedir a los alumnos que escriban en clase. Este último semestre les pedí que compartieran sus sentimientos por escrito, con papel y lápiz. Cada vez que tienen que actuar —aunque solo sea reflexionando y escribiendo su testimonio de lo que han experimentado— están reflexionando realmente sobre lo que aprendieron, sobre lo que el Espíritu les enseñó en esa lectura, por ejemplo, del discurso del élder Christofferson.
Luego, cuando comparten entre ellos —y como todos saben— es algo bellísimo ver al Espíritu del Señor darles testimonio mientras ellos nos testifican en clase de cómo esa verdad les ha enseñado. Entonces saben —porque lo han experimentado— que Él desea iluminar su vida, que así es como sucede, y que lo han vivido y han dado testimonio de ello aquí en clase.
Ya sea que compartan en grupos pequeños —incluso quienes no disfrutan mucho compartir pueden simplemente escribirlo—, recibo respuestas preciosas cuando sienten que el Espíritu del Señor les enseñó algo, que les dio una respuesta que necesitaban, y luego pueden dar testimonio de ello a sus compañeros. Así, ese discipulado se vuelve real. Vivirlo en clase es real gracias a la preparación que hicieron.
Gilbert: Me encanta lo que dijiste, pero para ser justos, yo te lo compartí. Aunque, en realidad, observé que nuestro decano de BYU hace eso en sus clases, y enseñamos juntos el año pasado; de ahí lo aprendí. Yo nunca lo había hecho en mi propia clase. Pero es muy eficaz, Scott.
Kaylee, déjame preguntarte algo. Estos tres tienen una ventaja injusta.
Merrill: Sí.
Gilbert: Ellos califican sus clases de religión. Nosotros no calificamos las clases de seminario. ¿Cómo logras que los alumnos de seminario quieran venir preparados? Lo ideal sería que la preparación fuera un beneficio intrínseco, incluso en clases con calificaciones.
Ellos tienen esa ventaja injusta de tener un “palo”. Entonces, ¿cuál es la “zanahoria” para la preparación? ¿De verdad se puede lograr que un alumno de seminario, temprano en la mañana y con tantas cosas sucediendo, llegue preparado a la clase?
Merrill: Creo que hay muchas cosas que debemos cambiar. Y creo que debemos estar dispuestos a cambiar si queremos lograr lo que el élder Christofferson nos enseñó anoche. Tiene que haber un cambio en nuestra cultura, en nuestras aulas. Y pienso que lo número uno es lo que usted mencionó: debemos tener tiempo específico y significativo en clase donde los alumnos compartan lo que prepararon, donde participen activamente en el proceso de enseñanza. Creo que debe ser diferente cada día, pero tiene que existir esa sensación de que, cuando llegan a clase, habrá responsabilidad sobre ellos. Y si no vinieron preparados, sentirán ese vacío en su experiencia.
Hay muchas maneras de hacerlo. Pero creo que un cambio importante es este: anoche el élder Christofferson dijo que esto requerirá maestros bien preparados que interactúen con alumnos bien preparados, y nosotros tenemos que cambiar la forma en que nos preparamos. Si estamos preparando las lecciones el mismo día o incluso el día anterior, no es suficiente para ayudar a nuestros alumnos a prepararse. Tenemos que estar preparados con anticipación, desde antes, para poder ir compartiendo con ellos —a lo largo de dos o tres clases— lo que viene y lo que necesitan hacer.
Gilbert: Me encanta esta idea de maestros bien preparados trabajando con alumnos bien preparados. Debo señalar que, cuando el élder Christofferson dijo eso, hubo algunas risas en la sala. ¿Es realista? ¿De verdad podemos esperar esto de un alumno de seminario de dieciséis años?
Merrill: Creo firmemente que, si mantenemos a los alumnos en un estándar más alto, ellos estarán a la altura. Pienso en la historia que usted compartió en “El poder está en ellos” acerca de los misioneros. Si no vemos a nuestros alumnos con un potencial mayor, ellos no lo vivirán. Y esto es lo que el Señor nos está pidiendo. Necesitamos tener fe y confianza en el Señor y en nuestros alumnos. Si cambiamos la cultura y somos firmes y constantes, ellos responderán. Porque sabemos que en la vida tendrán que estar a la altura de grandes exigencias. Debemos enseñarles cómo hacerlo en el aula.
No será fácil. Veremos fracasos en el camino. Pero si somos constantes, creo que sí es posible.
Gilbert: Entonces, las expectativas altas ayudan a algunos escépticos que dicen que no se puede lograr que la gente se motive para la clase de John. Dicen: “Sí, él me va a poner un poco de lana en la cabeza; puedo simplemente presentarme”.
De manera práctica, ¿cómo podemos hacer esto? Incluso para quienes tienen el “palo”, ¿cuáles son algunas zanahorias que les han funcionado para fomentar la preparación?
Hilton: Me encanta lo que dice Kaylee, y es difícil porque simplemente significa que tengo que asignar tiempo en clase para hacerlo. Si uso mi “palo” y digo antes de la clase: “Quiero que todos escriban un párrafo sobre algo que aprendieron”, eso significa que en clase necesito llamar a tres o cuatro alumnos para que compartan lo que aprendieron. Y eso no puede ser algo secundario. Tengo que ser flexible con mi lección para construir a partir de ello. Al final, tengo que hablar menos y hacer espacio para que los alumnos hablen más.
Erickson: Anoche escuché a una maestra maravillosa —Faith Spencer, que enseña en Roosevelt, Utah— describir una ventaja que ha sido útil para ella al tener a los alumnos todos los días en seminario. Dijo que, si sabía con dos días de anticipación lo que iba a enseñar, extendía la invitación a todos para que se prepararan o pensaran al respecto. Pero luego se acercaba a un par de ellos y les decía: “Sé que has tenido algunos sentimientos o experiencias con este tema. ¿Te importaría venir mañana preparado para compartir algo?”.
Lo poderoso, explicó ella, es que cuando esos alumnos daban testimonio, los demás querían ser parte de eso. Querían haber vivido esa experiencia también. Y así, para la siguiente ocasión, otros que habían visto el poder en sus compañeros querían participar, dar su propio testimonio, compartir su propia experiencia.
Qué maravilloso es ver a estos maestros de seminario tan creativos en la forma de involucrar a jóvenes de catorce, quince y dieciséis años en ese proceso de aprendizaje. Eso me inspira profundamente.
Gilbert: Me encanta esa idea. Y hay alumnos que son tímidos, para quienes participar es difícil. Un poco de preparación no solo envía la señal al resto de la clase: “Oigan, alguien ha estado pensando en esto”, sino que también puede invitar a participar a alguien que de otro modo no sabría cómo hacerlo o no se atrevería.
Pasemos a la siguiente pregunta: participar, enseñar lo que están aprendiendo, interactuar con otros en el aula. ¿Cómo ayudan a los alumnos a aprender de sus compañeros en un entorno de clase? ¿Qué hacen ustedes?
Hilton: Algo que considero muy importante es ayudar a los alumnos a entender por qué les pido que compartan.
Mencionaste antes que, a veces, para el instructor puede convertirse en una casilla que marcar: no quiero ser un expositor, así que “todos hablen con su compañero durante treinta segundos”. Pero si explico con claridad a los alumnos que —así como la revelación se distribuye entre nosotros— las experiencias personales también se distribuyen entre nosotros, todo cambia. Puede haber una alumna aquí que llega con una pregunta en el corazón. Y yo no tengo la experiencia que pueda hablarle directamente. Pero tú sí la tienes. Así que, si vienen con espíritu de oración y no solo pensando: “¿Qué me va a dar el hermano Hilton?”, sino: “¿Cómo puedo contribuir?”, el Espíritu puede inspirarlos a compartir la experiencia que ella necesita. Entonces los alumnos entienden el porqué: “No hacemos esto solo porque tenemos que hacerlo”.
Y aun al final de la clase —porque compartir no ocurre solo dentro del aula—, puedo decir: “Miren, aquí hay cuarenta alumnos. Supongamos que cada uno conoce a diez personas. En conjunto, conocemos a cuatrocientas personas. Probablemente algunas de ellas necesitan escuchar lo que hemos estado hablando hoy. Al salir, ¿podrían orar y considerar quién, dentro de su círculo, necesita experimentar lo que ustedes han experimentado hoy?”. Así, ese compartir puede continuar fuera del aula.
Gilbert: Hermoso. ¿Algún otro comentario?
Merrill: Algo que encontré mientras me preparaba y estudiaba fue una conexión con una sección de Dirigir a la manera del Salvador sobre la agencia. El Salvador respeta y honra nuestra agencia. Hay una frase allí que se me ha quedado muy grabada. Dice: “Además, proporcionen expectativas claras, capacitación suficiente, tiempo y espacio para que otros actúen por sí mismos”.
Creo que podemos organizar nuestras clases de tal manera que los alumnos sepan qué se espera de ellos. Como dijiste, saben por qué lo estamos haciendo, y luego les damos ese tiempo y espacio para que puedan expresar por sí mismos lo que están pensando, lo que están sintiendo y lo que están aprendiendo.
Gilbert: Me encanta esta idea de dar espacio, y a veces eso tiene que ver con cómo se estructura la clase. También ocurre justo después de hacer una pregunta. La manera más fácil de desalentar una mayor participación en una discusión en el aula es hacer una pregunta, no dar tiempo para que se responda y luego responderla uno mismo.
Y saben, cada alumno aprende rápidamente que el hermano Gilbert va a “rescatarnos” y que no tenemos que decir nada. Pero esa pausa larga, expectante —solo tendrán que pasar por ella una o dos veces— y entonces alguien va a intervenir para ayudar. Y esto es muy importante: los alumnos pueden hacerlo.
Recuerdo cuando estaba en BYU–Idaho y estábamos implementando el modelo de aprendizaje de BYU–Idaho. Yo servía en una presidencia de estaca y teníamos una presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca que dijo: “Voy a dar esta lección cada semana en las conferencias de barrio”, durante lo que entonces era la tercera hora. Yo pensé: “Estos alumnos van a querer…”. La observé enseñar una vez y ella simplemente quería dar una clase magistral de cincuenta y cinco minutos a estos alumnos de BYU–Idaho.
Y entonces ocurrió algo asombroso: la gente empezó a levantar la mano, aun cuando no se había respondido una pregunta, porque estaban acostumbrados a las aulas de BYU–Idaho donde, una y otra vez, se les pedía participar e involucrarse. No podían soportar quedarse sentados cincuenta y cinco minutos escuchando una conferencia.
Los alumnos seguían levantando la mano, pero ella no llamaba a nadie. Así que comenzaron a levantar la mano y luego a hablar sin que se les diera la palabra, y ella pensó: “¿Qué está pasando con estos alumnos de esta universidad?”. Finalmente le dije: “Ellos están acostumbrados a participar. Tienes que permitirles hacerlo, y tu lección será más profunda, pero tendrás que reducir parte de tu material para darles ese espacio”. Así que este patrón de dar tiempo a los alumnos —y me encanta tu expresión de “crear espacio”— es realmente importante.
Ahora bien, algunos —y sé que incluso maestros muy buenos, reflexivos y amorosos— dicen: “Ustedes están locos. Nos están pidiendo que dirijamos un desorden total”, ¿verdad? Es como: “Todos hablen. El élder Gilbert nos va a poner a compartir ideas otra vez. Y ni siquiera sabremos si alguien está aprendiendo”.
Y, Nate, ¿cómo te aseguras —porque sería un error interpretar mi historia inicial del estudio de caso que escribí como si mi formación y mi experiencia no importaran—? Sí importan. Se volvieron un obstáculo porque no permití que los alumnos aprendieran. Pero deberían servir para llevarnos más profundo. Yo debería usar esa profundidad para ir más allá de lo que podría si solo dijera: “Todos júntense y compartan, y eso es todo lo que haremos hoy”. ¿Cómo te aseguras de que un aula centrada en la participación no sea superficial, desestructurada y, en realidad, un caos?
Peterson: Creo que, como mencionaste, élder Gilbert, a veces venimos a estas ideas y, al escuchar “no den conferencias”, nos vamos al otro extremo: traemos la bolsa de cacahuates, la tiramos por todo el piso y dejamos que los monos corran libres. Eso se convierte en la clase.
Es decir, solo les pedimos que hablen. Y a veces es fácil lograr que hablen de cualquier cosa: lo que vieron en redes, lo que está pasando. Pero creo que esta conversación se ordena cuando buscamos discipulado. Esos son los anclajes. Buscamos agencia.
Luego, como dijo Kaylee, todo está en la planificación. Tengo que planear con propósito. Tomando algo que dijiste: tres preguntas convincentes. Si empiezo a planear con propósito, no quiero que solo hablen; no quiero que solo hablen de Escrituras; no quiero que solo hablen de la verdad. Tiene que haber un plan y un propósito.
En Fortalecer la educación religiosa se enseña que queremos que conozcan más profundamente, que sientan más profundamente y que hagan y lleguen a ser mejores. Eso requiere, como dijo Kaylee, planificación de mi parte. Quizá tenga tres preguntas ancla. No vamos a hablar de cualquier cosa. Como dijiste, Jenet, entramos con un problema. Tal vez necesito presentar la relevancia: como enseñó el presidente Nelson, todos vamos a morir, todos seremos juzgados, todos resucitaremos. Entonces enmarco eso y luego vamos a las Escrituras. Ese es el proceso. He creado una pregunta: “¿Cómo resolvemos esto? ¡Vamos a morir!”. Vamos a las Escrituras para encontrar respuestas.
Así, pasamos de la cabeza —comprender— al corazón —sentir— y luego a las manos, donde comenzamos a practicar. Entonces hacemos preguntas convincentes: ¿Cuál es nuestro problema? ¿Cómo lo resolvemos? ¿Qué vas a hacer tú al respecto? Si planifico —como mencionaste— borradores de preguntas y procesos, igual que cuando aprendemos sobre codos, a tocar el piano o a jugar básquetbol, un maestro no dice simplemente: “Practiquen el piano” o “Mírenme lanzar tiros libres”. Creemos —en BYU–Idaho— que nuestra misión es edificar discípulos, desarrollar discípulos de Jesucristo. Eso implica práctica.
Así que en mi clase tiene que haber práctica, para que cuando llegue el momento de actuar fuera del aula, puedan ser discípulos.
Gilbert: Me encanta lo que dijiste: que el ruido, el murmullo y la gente hablando no equivalen automáticamente a un aprendizaje profundo. Has mencionado varias cosas importantes. Por ejemplo, las preguntas que hacemos: ¿son las preguntas correctas?, ¿son preguntas que profundizan? ¿Has practicado con anticipación llevar esa pregunta dos o tres niveles más abajo? También hablaste de los problemas: la manera en que podemos estructurar una clase alrededor de un problema específico. Creo que eso puede profundizar mucho el aprendizaje.
¿Alguna otra idea sobre cómo estructurar y profundizar el aprendizaje? No solo para que haya participación, sino para que las personas piensen, ejerzan su agencia y vayan más a fondo.
Merrill: Algo que usted me dijo y que fue una píldora difícil de tragar fue que este método de enseñanza no es más eficiente. Vamos a tener que recortar algunas cosas. Vamos a perder tiempo valioso. Como usted dijo, a veces queremos ser nosotros los que hablamos y usamos ese tiempo, pero vamos a tener que sacrificar eso por algo mayor: esta experiencia de aprendizaje profundo. Tal vez no sea más eficiente, pero definitivamente es más eficaz. Y creo que, si logramos hacer ese cambio en nuestra mente, nos resultará más fácil aceptar ese intercambio.
Gilbert: Entonces voy a reducir un poco la cantidad de contenido que cubro en clase. Voy a ir más profundo; puede que se vuelva algo desordenado, pero como maestro voy a seguir profundizando.
Recuerdo cuando estábamos creando el aprendizaje en línea en BYU–Idaho. No fue el hermano Bolingbroke —no diré quién fue—, pero alguien me dijo: “Oh, presidente Gilbert, ¿por qué no simplemente me graba dando mi clase, graba mi conferencia, y la ponemos en línea para que ellos la vean?”. Y yo respondí: “Bueno, así no es como vamos a hacer esto”.
Y es interesante: si todo lo que hacemos es hablar unilateralmente, podríamos simplemente grabarlo y verlo. Podríamos hacer exactamente lo que ese profesor me sugirió. Grabar mi conferencia y entonces ni siquiera necesitarían venir a clase, porque en realidad no estarían haciendo nada en clase más que escuchar. Todo eso podría ir en los materiales de lectura previa, ¿verdad? Así que hay otras maneras de profundizar el aprendizaje en el aula para que no se trate solo de conversación superficial.
Erickson: Élder Gilbert, mientras hablaba, pensaba en esa enseñanza tan poderosa que atesoramos en Doctrina y Convenios: “para que todos sean edificados”. Y en esa instrucción de que, en cierto sentido, todos lleguen a ser maestros en el aula.
Creo que, John, tenemos que abordar esto desde ese marco: creer que, como aclaró el élder Christofferson, hay verdades fundamentales que estamos tratando de enseñar en clase cada día. Hay verdades que deseo profundamente que ellos comprendan mejor. Y al mismo tiempo, reconozco que la inspiración del Señor está distribuida entre ellos, y que yo necesito —que nosotros necesitamos— ser edificados juntos por la verdad que intento ayudar a centrar en la lección.
Así que volvemos, creo yo, a preguntas que guíen su capacidad de recibir revelación sobre ese tema específico y de compartirla con la clase. Eso requiere una preparación muy cuidadosa en las preguntas que se hacen. Entonces, pueden experimentar lo que significa ser edificados juntos. Yo no podría haberlo hecho sola. No podría haberles enseñado por mí misma lo que necesitaban saber sobre esa verdad, porque la verdad está aquí distribuida mediante la revelación entre todos nosotros en torno a esta poderosa idea.
Así que anclo la lección en esas verdades, mientras me apoyo en la manera en que el Espíritu les enseña ese principio.
Gilbert: Es hermoso. Les voy a pedir a todos que sigan reflexionando sobre esta pregunta y que la lleven a sus reuniones de departamento o a una capacitación interna: ¿cómo nos aseguramos de que el aprendizaje centrado en la participación sea un aprendizaje profundo? ¿Cómo estructuro un aula para que los alumnos participen, pero al mismo tiempo los esté llevando a un nivel más profundo?
Hemos escuchado algunos ejemplos aquí: preguntas y preguntas de profundización; problemas que se presentan a la clase. Creo que una parábola es un ejemplo maravilloso de esto, porque obliga a preguntarse: “¿Qué significa realmente?”. No vamos a tener la capacidad de hacerlo plenamente en un entorno tan grande como este, pero espero que todos ustedes lo hagan en sus propios contextos. Porque sí, queremos profundizar el aprendizaje permitiendo que los alumnos participen, pero no queremos que esto sea superficial ni una serie de respuestas rápidas sin profundidad.
Los invitamos a buscar maneras de profundizar el aprendizaje en el aula, yendo más allá de la primera respuesta. Y, John, mencionaste antes algo que dijo la hermana Merrill: dar espacio. Crear espacio para que esto ocurra. Y dijiste que una manera de crear ese espacio es permitir que los alumnos hagan sus propias preguntas. ¿Podrías explicar un poco más eso?
Hilton: Hemos estado hablando de nuestra preparación de preguntas, lo cual creo que es excelente. Permítanme compartir una experiencia personal. Hace muchos años, yo era un maestro joven e inexperto y estaba enseñando sobre la ley de castidad. Pensé que era una gran lección: ¿por qué es tan importante?, ¿cómo podemos vivir la ley de castidad? Y hacia el final, cuando hice un poco de espacio para preguntas, una alumna levantó la mano y dijo: “Bueno, hermano Hilton, ¿qué pasa si una persona ha quebrantado la ley de castidad? ¿Todavía hay esperanza para ella?”. Me da vergüenza decir que, por mi inexperiencia como maestro, no tenía planeado hablar de esa pregunta, pero claramente era una de las preguntas más importantes que podíamos abordar ese día.
Y así, porque hicimos espacio para su pregunta, ocurrió un aprendizaje más profundo. Incluso ahora, como maestro con más experiencia, podría anticipar algo así. Pero aun el maestro más experimentado no puede anticipar cada matiz ni cada experiencia que un alumno trae consigo al aula. Por eso, a veces tenemos que detenernos y decir:
Gilbert: ¿Dónde están ellos?
Hilton: “Tomemos un momento para procesar. ¿Qué preguntas tienen?”.
Gilbert: ¿Cómo se ve eso en tu aula? ¿Cuándo lo haces? ¿Es formal, ocasional o recurrente?
Hilton: Creo que hay muchas maneras distintas de hacerlo. A veces, si quiero hacerlo de una forma un poco más dinámica, ponemos un Google Doc en la pantalla con un código QR y les digo: “Escriban su pregunta de forma anónima”. Pero muchas veces es tan sencillo como hacer una pausa y dejar que los alumnos escriban.
Porque si digo: “¿Qué preguntas tienen?”, pasan cinco segundos y no hay preguntas. “Muy bien, sigamos adelante”. Pero si digo: “Tomemos treinta segundos; procesen lo que hemos estado hablando. ¿Qué preguntas tienen, ya sea sobre las Escrituras o sobre cómo esto se aplica a su vida?”, entonces cambia. Y a veces, en lugar de que yo responda las preguntas, decimos: “Hagan una pregunta a la persona que está a su lado y dejen que ella responda”. Hay muchas maneras de que esto nos lleve a un nivel más profundo.
Gilbert: Eso es realmente poderoso. Vamos a abordar un último tema y luego cerraré con algunas invitaciones y pasos a seguir. Venir preparados a una experiencia de aprendizaje y luego tener la oportunidad de compartir lo que se está aprendiendo son formas de asumir responsabilidad por el aprendizaje.
Una tercera manera que se analiza en la sección que les pedimos leer de Enseñar a la manera del Salvador es permitir que los alumnos tengan oportunidades de aplicar ese aprendizaje cuando salen de la clase. ¿De qué maneras hace cada uno de ustedes esto? Y cuando llegan al final de la clase, ¿cómo esperan que el aprendizaje de esa lección se extienda más allá del aula de ese día o de esa discusión?
Merrill: ¿Puedo darle un pequeño giro a esta idea? Mientras reflexionaba, me di cuenta de que he hecho algo similar, pero estoy entusiasmada por probar esto el próximo año.
Hablamos de la preparación, y mucho de lo que mencionamos fue estudiar el bloque de antemano. Pero ¿qué tal si la aplicación fuera la preparación? ¿Qué pasaría si supieran que dentro de dos semanas van a tener una lección sobre el ayuno, y tomaran cinco minutos de una clase, un par de semanas antes, para hablar de algunas cosas que están causando dolor en el interior de esos alumnos? Y luego los invitan: “¿Podrían tomar un día en la próxima semana para ayunar por esta cosa específica?”.
Entonces, cuando llegan a enseñar sobre el ayuno, ellos ya han tenido esas experiencias. ¿Cuánto más probable será que compartan en clase? ¿Y cuánto más probable será que vuelvan a hacerlo después de la clase? Porque lo vieron a través de su propia experiencia, y además pudieron compartirla y testificar.
Y como dijiste, el testimonio se encuentra al compartirlo. Creo que eso aumentará enormemente la probabilidad de que apliquen lo aprendido después.
Gilbert: Me gustó mucho esa idea de que la aplicación pudiera ser parte de la preparación.
Merrill: No funciona perfectamente para todos los principios, pero creo que se puede aplicar de muchas maneras.
Gilbert: ¿Alguna otra idea?
Hilton: Otro pensamiento es simplemente —creo que lo mencionaste antes, Nate— el seguimiento. Eso implica reservar un poco más de tiempo en clase para decir: “En nuestra clase anterior hablamos de esta invitación. ¿Qué hicieron para actuar en cuanto a ella?”.
Si siempre extiendo invitaciones pero nunca doy seguimiento, ocurre algo parecido a lo que mencionaste antes: si hago una pregunta y luego yo mismo doy la respuesta, los alumnos se dan cuenta rápidamente: “Ah, en realidad no le importa”. Pero si de manera constante comienzo la clase con algo como: “Oigan, hablamos del ayuno” o “Hablamos de este principio”, los alumnos empiezan a darse cuenta de que esto importa, de que es importante.
Peterson: Hay algo que todavía estoy tratando de entender. Así que tal vez esto pueda ser una invitación. ¿Está permitido dejar tarea?
Gilbert: Adelante.
Peterson: Usted dijo que íbamos a extender algunas invitaciones. Eso ocurrió anoche. El élder Christofferson —creo que cuatro o cinco veces— usó la palabra propiedad (ownership). Y usted, élder Gilbert, también usó esa palabra.
Así que volví a estudiarla. En Invitar al aprendizaje diligente se habla de poseer (owning). He estado tratando de entenderlo. Esta podría ser la asignación: ¿cuál es la conexión entre el discipulado y la propiedad, y por qué?
Y quizá, élder Gilbert, al final usted podría hablar de eso: ¿por qué esa palabra sigue apareciendo? Si quiero que ellos sean discípulos —tal vez sea mayordomía— esa es nuestra agencia. Dios nos dio este don. El discipulado es lo que hago con ese don. Pero nos gusta poseer cosas. Queremos ser dueños de nuestro auto. Queremos ser dueños de nuestra casa. La idea de propiedad aparece una y otra vez cuando hablamos de discipulado.
Gilbert: Y eso viene directamente del profeta en esa cita —o de donde el élder Christofferson la tomó— de “Decisiones para la eternidad”. El presidente Nelson dice: “Les suplico que se hagan cargo de su testimonio, que trabajen por él, que lo posean, que lo nutran para que crezca”. Él está suplicando a todos nosotros y a todos nuestros jóvenes adultos que sean dueños de su testimonio.
Peterson: Y creo —¿puedo añadir algo más?
Gilbert: Claro.
Peterson: Creo que eso es lo que queremos que hagan después. Vienen a clase y practican el discipulado, pero luego quiero que lo posean, porque yo no estaré allí en su entrevista para la recomendación del templo. No estaré allí cuando sean tentados. No estaré allí cuando enfrenten pruebas.
Pero si ellos poseen la verdad, poseen el discipulado y poseen su agencia, hay algo allí —todavía no lo tengo completamente claro, pero es algo que quiero seguir estudiando—: si pueden poseer la verdad cuando salen de mi clase, entonces creo que eso es lo que usted nos está pidiendo que hagamos. Yo necesito poseerla. Necesito tenerla como algo propio.
Gilbert: Sonrío mientras lo escucho decir esto: no estaremos con ellos en todas las decisiones de la vida. Recuerdo que mis jóvenes del centro urbano de Boston bromeaban una noche: “Sí, cada vez que quiero hacer algo malo, tengo esta imagen imaginaria de Clark sentado en mi hombro, diciéndome: ‘No deberías hacer eso’”. Y, bueno, él tiene que hacerlo porque quiere hacerlo, no porque tenga la imagen de su líder de los Hombres Jóvenes diciéndole que no.
Vamos a hacer algo que no estaba programado, pero John sugirió dar espacio para hacer preguntas. Estoy seguro de que algunos de ustedes están pensando: “¡Dios mío! ¿Tengo que preparar una asignación previa antes de cada clase? ¿Luego tengo que involucrar a todos? ¿Tengo que tener todas estas preguntas, profundizar el aprendizaje en clase, y además una aplicación?”. Y estoy seguro de que algunos están pensando: “Élder Gilbert, yo enseño otra vez el miércoles, enseño la próxima semana y la siguiente también. ¿Cómo hacemos todo esto?”.
Estoy seguro de que muchos de ustedes tienen preguntas para este panel.
Así que me gustaría tomar unos minutos y permitirles hacer al panel algunas preguntas que no he podido incluir en la conversación. Si tienen alguna pregunta que haya surgido mientras hablábamos, por favor pónganse de pie y háganla.
Sí, no alcanzo a ver bien allá atrás. Solo diga su nombre.
Hermana Faith Spencer: Hola, mi nombre es Faith Spencer. Me gustaría saber cómo se prepararon de manera diferente como panel, sabiendo que se esperaba que compartieran.
Merrill: Mucho tiempo. Creo que el élder Gilbert mencionó esto en “El poder está en ellos”. Si los alumnos saben que se espera que compartan, van a asumir responsabilidad. Van a dar un paso al frente y hacer el trabajo. Así me sentí yo, porque sabía que se esperaba que compartiera.
Lo abordé desde una perspectiva más humilde de: “¿Qué necesito saber para poder compartirlo?”. Y aprendí que eso es lo que quiero que mis alumnos experimenten. Quiero que tengan este sentimiento: “Cuando vaya a clase hoy, no puedo simplemente sentarme. Va a haber un momento en el que se me pedirá compartir, y quiero tener algo que compartir”.
Gilbert: Gracias. ¿Alguna otra pregunta?
Erickson: Solo un pensamiento que me vino con tu pregunta. Estaba pensando en cómo puedo sentir que el Señor desea que yo sea una maestra más eficaz y más capaz de encender y activar la agencia de los alumnos.
Pensaba en un colega que, al inicio del semestre, hace que los alumnos —antes de empezar la clase— tomen treinta minutos para escuchar al Espíritu y dejar que los guíe sobre lo que necesitan. Luego establecen metas que, a lo largo de la clase, pueden trabajar y recibir entendimiento.
Así que, al pensar en este panel, fue como sentir: el Señor me ama. Él quiere ayudarme a ser una maestra más eficaz. Quiere bendecir a esos alumnos. Y qué privilegio que me dé la oportunidad de pensar y estudiar estas cosas. De modo que, al final, yo pueda actuar de una manera diferente. Y quiero que mis alumnos tengan esa misma experiencia poderosa. Toda esta clase trata de que el Señor los bendiga para que sean más capaces de llegar a ser todo lo que están destinados a ser, y por eso les da este privilegio de aprender de Él aquí.
Gilbert: Gracias. ¿Alguna otra pregunta?
Hermana: ¿Está encendido? Oh, perdón. Tengo la bendición de ser parte del seminario de necesidades adaptativas, y diría que la mayoría —si no todos— mis alumnos son no verbales. ¿Cómo podría aplicar esto con ellos?
Gilbert: ¿Qué hacen ya actualmente?
Hermana: Hacemos mucho de… imprimimos imágenes, las plastificamos y dejamos que elijan diferentes aspectos de la lección. Los involucramos en el dominio de las Escrituras usando tiras de papel, también plastificadas. Hablamos del dominio de las Escrituras. Hacemos muchas situaciones tipo lenguaje de señas en el aula. Realmente es una experiencia muy especial.
Hilton: Puedo intentar responder, aunque no tengo experiencia enseñando en contextos de aprendizaje adaptado. La experiencia que sí tengo es personal: estoy preparando una clase para este otoño y, antes de ser invitado a este panel, aproximadamente el 99 % de mi preparación era “¿Qué voy a enseñar?”. Todo estaba centrado en el contenido. Y, como parte de este panel, empecé a cambiar las preguntas que me hago, dedicando más tiempo de preparación a pensar: “¿Cómo puedo ayudar a los alumnos a prepararse antes de la clase? ¿Cómo puedo ayudarles a actuar?”. Y al llevar esas preguntas a mi Padre Celestial, he recibido respuestas.
Así que, aunque no conozco la respuesta específica para el aprendizaje adaptado, sé que el Padre Celestial sí la conoce. Y mi testimonio es que, al llevarle preguntas desafiantes como esta, recibiremos las respuestas personalizadas que nuestros alumnos necesitan.
Erickson: Es ese cambio tan hermoso —del maestro que ama enseñar y piensa “¿Cómo puedo ser eficaz?”— a “¿Qué está experimentando el alumno?”. ¿Cómo podría la música llevar el Espíritu a ellos? ¿Cómo podría la interacción con otros, de alguna manera, llevar el Espíritu a ellos?
Es este enfoque en lo que ellos están experimentando lo que también he sentido, John. Ese deseo de cambiar el enfoque: ¿qué están experimentando en la clase?
Gilbert: ¿Querías añadir algo? Ah, otra pregunta. Me indican que van a apagarme el micrófono si no cerramos ya. Permítanme concluir.
Estamos llegando al final de nuestro tiempo. Entramos a esta reunión con la invitación de venir preparados pensando en esta pregunta: “¿Cómo puedo ayudar de manera más eficaz a quienes enseño a asumir responsabilidad por su aprendizaje?”
Quiero volver a extender la invitación que hice antes. Tómense un minuto al salir de aquí para registrar una idea que hayan recibido personalmente hoy. Voy a hacer una pausa. Creo que aún tenemos un par de minutos, así que pausaré por un minuto. Quiero que escriban una cosa que aprendieron hoy —y puede que no haya sido algo que nosotros dijimos—. ¿Qué aprendieron hoy que creen que les ayudará a ser mejores maestros? Tómense un minuto para anotarlo antes de concluir.
Si no terminan, sigan reflexionando. Y, por favor, en las próximas semanas, les pediré que hagan dos cosas con lo que escribieron: compártanlo con alguien más y establezcan una meta para mejorar su propia enseñanza basándose en la impresión que recibieron.
Permítanme concluir con este pensamiento: Primero, quiero agradecer a los panelistas. Son grandes maestros, y he aprendido mucho hoy y durante nuestra preparación previa. También quiero agradecerles a todos ustedes. Sé que muchos dan muchísimo de sí en sus responsabilidades. Me encanta lo que dijo el élder Christofferson anoche: que ustedes están, literalmente, en la primera línea del futuro de esta Iglesia.
Al concluir, añado mi testimonio de que, en el Sistema Educativo de la Iglesia, estamos preparando a jóvenes en toda la Iglesia para crecer y llegar a ser discípulos de por vida. Y en ningún lugar ocurre esto de manera más significativa que en la educación religiosa que se lleva a cabo en el Sistema Educativo de la Iglesia: en la clase de seminario, en uno de nuestros campus universitarios y en una clase de instituto. Ustedes forman parte de ayudarles a asumir responsabilidad para que puedan llegar a ser discípulos de Jesucristo de por vida.
Sé que una de las razones principales por las que la Iglesia invierte tanto en lo que hacemos —y en todos los que participan en esta obra— es porque creen que esto importa. Y cuando el presidente Nelson dice: “¿Ven lo que está sucediendo ante nuestros propios ojos?”, espero que sientan que la inscripción en seminario está en un nivel récord en toda la Iglesia, tanto en el número total de alumnos como en el porcentaje de participación.
La inscripción en nuestras universidades continúa rompiendo récords, aun en un tiempo en que muchas personas no asisten a la universidad, y el instituto se encuentra en su nivel más alto en toda la historia de la Iglesia.
Tenemos la responsabilidad de ayudar a todas esas personas que llegan a nuestras aulas a asumir responsabilidad por su aprendizaje. Y, en palabras del presidente Nelson, estamos preparando “un pueblo que ayudará a preparar el mundo para la Segunda Venida del Señor”.
Que asumamos esta mayordomía con seriedad, humildad y confianza, mientras el Señor nos ayuda a cumplirla con poder y fortaleza en nuestras asignaciones. Les dejo esto en el nombre de Jesucristo. Amén.
Alineación doctrinal: Cómo evitar la deriva doctrinal
Mark A. Mathews
RESUMEN: La deriva doctrinal ocurre cuando las enseñanzas del Evangelio se desvían de la verdad revelada, a menudo al mezclar las Escrituras con ideas mundanas, buscar popularidad, enfatizar verdades incompletas o participar en la especulación. Este artículo explora por qué ocurre la deriva doctrinal y ofrece principios para evitarla y corregirla. Al seguir a los profetas vivientes, mantener el equilibrio doctrinal dentro del contexto completo del Evangelio y volver a la doctrina pura en lugar de la especulación, los maestros pueden asegurarse de que la instrucción en el aula permanezca centrada en la verdad revelada de Cristo. Mantener la doctrina pura invita al Espíritu Santo, fortalece la fe y preserva la integridad de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
PALABRAS CLAVE: doctrina · deriva doctrinal · enseñanza del Evangelio · profetas vivientes · educación de la Iglesia
En una reunión de capacitación para Autoridades Generales, el presidente Gordon B. Hinckley ofreció un consejo que se aplica a todos nosotros como maestros en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él enseñó:
“He hablado antes sobre la importancia de mantener pura la doctrina de la Iglesia y de asegurarnos de que se enseñe en todas nuestras reuniones. Me preocupa esto. Pequeñas desviaciones en la enseñanza doctrinal pueden conducir a grandes y perniciosas falsedades.”
La deriva doctrinal se refiere a cualquier desviación de la doctrina pura que hemos sido comisionados a enseñar. Como explicó el presidente Hinckley, estas desviaciones son peligrosas porque desvían a las personas del sendero del convenio. En el aula, estos errores doctrinales pueden ser introducidos tanto por maestros como por alumnos. Como maestros, debemos tener cuidado de enseñar doctrina pura y de corregir con mansedumbre los errores expresados por nuestros estudiantes.
Este artículo busca responder dos preguntas principales:
(1) ¿Por qué ocurre la deriva doctrinal?
(2) ¿Cómo podemos evitarla y corregirla?
Por qué ocurre la deriva doctrinal
Mezclamos la verdad revelada de Dios con ideas creadas por el hombre
El propio Salvador identificó una forma de deriva doctrinal cuando advirtió:
“Enseñan como doctrinas mandamientos de hombres” (JS—H 1:19).
Las Escrituras se mezclan con las filosofías de los hombres cuando puntos de vista religiosos no ortodoxos, ideas culturales no inspiradas y opiniones personales se infiltran en nuestras lecciones. Esto a menudo se hace por ignorancia, debido a la falta de suficiente conocimiento espiritual para discernir la verdad de Dios del error.
Ejemplos incluyen:
- Enseñar que la verdad es una cuestión de preferencia personal y que no se puede decir qué está bien o qué está mal.
- Aceptar normas culturales con respecto al matrimonio, el género y la castidad.
Torcemos la verdad para tratar de hacerla más popular
Otra forma de deriva doctrinal la encontramos en el ejemplo de Nehor, quien estaba:
“predicando… lo que él llamaba la palabra de Dios… declarando al pueblo que todo sacerdote y maestro debía llegar a ser popular” (Alma 1:3).
A veces podemos sentir la tentación de torcer la verdad para hacerla más aceptable y popular ante el mundo y atractiva para el hombre natural (Alma 30:53). Las redes sociales pueden aumentar esta tentación al fomentar la búsqueda de aprobación del mundo para obtener más seguidores y menos críticas.
Ejemplos incluyen:
- Enseñar que el amor de Dios anula la necesidad de obedecer Sus leyes.
- Enseñar algo que se asemeje a la doctrina de Nehor de que “al final, todos los hombres tendrían vida eterna” (Alma 1:4).
- Enseñar cualquier cosa que rebaje las normas de Dios.
Somos incompletos y desequilibrados en nuestra doctrina
El Señor reveló al profeta José Smith que “todo lo que es más o menos que [la verdad] es el espíritu de aquel inicuo que fue mentiroso desde el principio” (DyC 93:25). Como resultado, cuando la verdad es incompleta, puede llegar a ser inexacta. A veces la deriva doctrinal es el resultado de no decir toda la verdad, sino de sobreenfatizar una doctrina verdadera excluyendo otras verdades relacionadas o equilibrantes, lo cual produce una impresión falsa.
Ejemplos incluyen:
- Hablar de Jesucristo pero omitir deliberadamente el mensaje de la Restauración por temor a ser diferentes de nuestros amigos cristianos.
- Dar una impresión falsa del carácter de Cristo al contar únicamente relatos de Su misericordia y amor, pero nunca de Su justicia y Sus elevadas expectativas.
El élder Neal A. Maxwell nos advirtió acerca de esta forma de deriva doctrinal cuando enseñó:
“La ortodoxia asegura el equilibrio entre los poderosos y correctos principios del Evangelio. En el cuerpo de la doctrina del Evangelio, no solo la justicia y la misericordia están ‘bien concertadas’ para un ‘funcionamiento eficaz’, sino que todo lo demás también lo está (Efesios 4:16). Pero los principios del Evangelio requieren sincronización. Cuando se separan unos de otros o se aíslan, las interpretaciones y aplicaciones humanas de estas doctrinas pueden volverse descontroladas.”
Me gusta ilustrar este problema mostrando a mis alumnos caricaturas de celebridades famosas. Una caricatura es un dibujo que exagera intencionalmente ciertos rasgos mientras minimiza otros para producir una imagen cómicamente distorsionada. Los alumnos pueden identificar rápidamente a quién se supone que representa la caricatura, pero también reconocen que la imagen no es precisa. No es como la persona realmente luce. De manera similar, la forma en que el Salvador es descrito en la cultura popular se parece más a una caricatura de Jesús que a un reflejo fiel del verdadero carácter de Cristo tal como se revela en las Escrituras.
Especulamos sobre cosas que no han sido reveladas
Jesucristo identificó otra forma de deriva doctrinal cuando reprendió a Sus críticos, diciendo:
“Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29).
A veces el error doctrinal es el resultado de especular sobre cosas que no sabemos o que no han sido plenamente reveladas.
Ejemplos incluyen:
- Enseñar ideas acerca de la Madre Celestial que van más allá de lo que ha sido revelado por los profetas de Dios.
- Enseñar razonamientos personales sobre por qué históricamente la ordenación al sacerdocio no fue ofrecida a todas las razas.
Evitar y corregir la deriva doctrinal
Para ayudar a los maestros del Evangelio a evitar y corregir la deriva doctrinal, la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles han aprobado los Principios para asegurar la pureza doctrinal. Este documento identifica nueve principios, que se citan a continuación, los cuales proporcionan una norma para asegurar que el contenido doctrinal permanezca puro:
Centrados en el Padre Celestial, Jesucristo y Su doctrina fundamental
Los materiales y mensajes deben centrarse en el Padre Celestial, Jesucristo y Su doctrina fundamental para ayudar a las personas a aumentar su fe en Ellos, convertirse a Ellos y recibir las bendiciones de la vida eterna (véase 1 Nefi 15:14).
Autoridad de las Escrituras y de los profetas
Los materiales y mensajes deben basarse en las Escrituras y en las enseñanzas de los profetas de los últimos días, que son las fuentes autorizadas del Señor para la doctrina (véase Doctrina y Convenios 28:2–3, 8).
Múltiples testigos
Los materiales y mensajes deben comunicar únicamente aquellas enseñanzas doctrinales que el Señor ha establecido mediante múltiples testigos autorizados (véase 2 Nefi 11:3).
Evitar la especulación
Los materiales y mensajes no deben ir más allá de lo que Dios ha establecido y deben evitar introducir error mediante especulación, opiniones personales o ideas mundanas (véase 3 Nefi 11:32, 40).
Edificación espiritual
Los materiales y mensajes deben estar en armonía, tanto en contenido como en tono, con la influencia del Espíritu Santo, para ayudar a las personas a experimentar edificación espiritual (véase Doctrina y Convenios 50:21–23).
Equilibrio doctrinal
Los materiales y mensajes deben dar el énfasis o peso adecuado a un punto doctrinal dentro del contexto de las verdades relacionadas del Evangelio, a fin de evitar distorsiones y ayudar a cultivar una comprensión equilibrada (véase Mateo 23:23).
Claridad
Los materiales y mensajes deben comunicar la verdad con claridad para aumentar la comprensión y evitar posibles malentendidos (véase Alma 13:23).
Exactitud
Los materiales y mensajes deben comunicar únicamente información exacta y confiable para instruir y fortalecer a los hijos de Dios y para proteger la integridad de la Iglesia del Señor (véase Doctrina y Convenios 93:24).
Ausencia de distracciones
Los materiales y mensajes deben evitar elementos que puedan distraer de las verdades del Evangelio que se pretende comunicar (véase Doctrina y Convenios 6:36).
Seguir las enseñanzas y el tono de los profetas vivientes
Antes de servir como Autoridades Generales, A. Theodore Tuttle y Boyd K. Packer se desempeñaron como administradores del Sistema Educativo de la Iglesia (SEI). Existía una preocupación creciente de que los líderes de la Iglesia estaban perdiendo confianza en los maestros del SEI debido a la deriva doctrinal y otras inquietudes relacionadas. En busca de una solución a este problema, estos dos administradores acudieron una mañana a la oficina en ayuno, suspendieron todas las llamadas telefónicas y deliberaron juntos sobre qué hacer. La respuesta sencilla, de tres palabras, llegó por revelación: “Seguid a los Hermanos.”
Lo que el hermano Packer y el hermano Tuttle descubrieron sigue siendo fundamental para los maestros del SEI en la actualidad. Haríamos bien en seguir el consejo que el presidente Howard W. Hunter dio a las Autoridades Generales cuando enseñó:
“En los últimos años, mi estrecha asociación con los miembros de la Primera Presidencia y los Doce ha sido una bendición excepcional para mí en mi servicio. … Les sugiero que los observen cuidadosamente. Sean atentos y enseñables. Tomen notas mentalmente y de otras maneras. Aprenderán su deber mediante este proceso de una manera poderosa. No se equivocarán si hacen lo que ellos hacen, si visten como ellos visten; no errarán si piensan, hablan y oran como lo hacen mis hermanos.”
Muchos de los principios para asegurar la pureza doctrinal se observarían si nosotros, como maestros, simplemente siguiéramos las enseñanzas y el tono de los profetas vivientes. Si tan solo siguiéramos este principio, se lograría eliminar en gran medida la deriva doctrinal del Sistema Educativo de la Iglesia. Esto se debe a que los profetas vivientes son muy cuidadosos de representar a Jesucristo tanto en sus enseñanzas como en su tono. Ellos reconocen que son la correlación de la Iglesia.
Aunque por lo general pensamos en la Correlación como un departamento dentro de la Iglesia de Cristo que asegura la pureza doctrinal, en realidad ese departamento está presidido y recibe dirección de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce Apóstoles. Como resultado, los profetas vivientes son la correlación de la Iglesia de Cristo, y al seguirlos, aseguramos la pureza doctrinal.
Consideremos cómo estas derivas doctrinales actuales se evitarían y corregirían si simplemente siguiéramos las enseñanzas y el tono de los profetas vivientes.
Deriva doctrinal de sobreenfatizar la falibilidad profética
Existe la preocupación de que algunos estén sobreenfatizando la falibilidad de los profetas, lo cual conduce a una pérdida de confianza en el oficio profético y en las llaves. Observemos lo que dice (y lo que no dice) el élder Andersen para evitar y corregir esta deriva doctrinal:
“Algunos intentarán diseccionar en exceso las palabras del profeta, luchando por determinar qué es su voz profética y qué es su opinión personal.
En 1982, dos años antes de ser llamado como Autoridad General, el hermano Russell M. Nelson dijo: ‘Nunca me pregunto: “¿Cuándo habla el profeta como profeta y cuándo no?” Mi interés ha sido: “¿Cómo puedo ser más como él?”’. Y añadió: ‘Mi filosofía es dejar de poner signos de interrogación detrás de las declaraciones del profeta y poner signos de exclamación en su lugar. …
En mi vida personal, he descubierto que, al estudiar con oración las palabras del profeta de Dios y al alinear cuidadosamente, con paciencia y de manera espiritual, mi voluntad con sus enseñanzas inspiradas, mi fe en el Señor Jesucristo siempre aumenta. Si decidimos dejar de lado su consejo y determinar que sabemos más, nuestra fe se debilita y nuestra perspectiva eterna se nubla’.”
En esta declaración sencilla y poderosa, el élder Andersen evita los extremos. No dice que un profeta no pueda cometer errores, pero tampoco se detiene críticamente en la falibilidad profética. Nos dirige a seguir a los profetas con fe. Debemos seguir este tono y esta enseñanza.
Deriva doctrinal de que el amor de Dios suplanta Sus leyes
Esta es otra preocupación relacionada con la deriva doctrinal. Es una idea popular fuera de la Iglesia y con frecuencia también se infiltra dentro de ella. Consideremos cómo seguir las enseñanzas y el tono de estos profetas vivientes nos ayudaría a evitar y corregir la deriva doctrinal relacionada con el amor de Dios:
“El amor de Dios no suplanta Sus leyes ni Sus mandamientos. … Algunos parecen valorar el amor de Dios debido a la esperanza de que Su amor sea tan grande y tan incondicional que los excuse misericordiosamente de obedecer Sus leyes.”
“Debido a que el Padre y el Hijo nos aman con un amor infinito y perfecto, y porque saben que no podemos ver todo lo que Ellos ven, nos han dado leyes que nos guiarán y protegerán. Existe una fuerte conexión entre el amor de Dios y Sus leyes. … Las leyes de Dios están motivadas enteramente por Su amor infinito por nosotros y por Su deseo de que lleguemos a ser todo lo que podemos llegar a ser.”
Deriva doctrinal de especular acerca de la Madre Celestial
Una vez más, consideremos cómo esta deriva doctrinal se evitaría y corregiría simplemente siguiendo las enseñanzas y el tono de este profeta viviente:
“Muy poco se ha revelado acerca de la Madre Celestial, pero lo que sí sabemos está resumido en un tema del Evangelio que se encuentra en nuestra aplicación Biblioteca del Evangelio. Una vez que haya leído lo que allí se presenta, sabrá todo lo que yo sé sobre el tema. Desearía saber más. Usted también puede tener preguntas y querer encontrar más respuestas. Buscar una mayor comprensión es una parte importante de nuestro desarrollo espiritual, pero por favor sea cauteloso. La razón no puede reemplazar a la revelación. La especulación no conducirá a un mayor conocimiento espiritual, pero puede llevarnos al engaño o desviar nuestra atención de lo que ha sido revelado.”
En 2016, el presidente Ballard nos advirtió acerca de “exagerar afirmaciones” (overclaiming) y dijo: “Permítanme advertirles que no transmitan rumores que pretendan fortalecer la fe pero que no estén fundamentados, ni explicaciones anticuadas sobre nuestra doctrina y prácticas provenientes del pasado”. Para evitar esto, aconsejó a los maestros del SEI que “siempre es sabio convertirlo en una práctica: estudiar las palabras de los profetas y apóstoles vivientes; mantenerse al día en los asuntos actuales, las políticas y las declaraciones de la Iglesia”.
Debemos prestar atención de manera constante a nuestros profetas vivientes y luego imitar sus enseñanzas y su tono en el aula. Es importante recordar que servimos y trabajamos bajo su dirección inspirada. Respondemos ante ellos, y debemos seguirlos tanto en nuestra vida como en nuestras lecciones.
Mantén toda verdad en el contexto del “pastel del Evangelio” completo
Pero, ¿es posible que los maestros sigan a los profetas vivientes y aun así sufran deriva doctrinal?
Sí. Esto puede ocurrir si tomamos un solo principio del Evangelio y lo llevamos al extremo. Un ejemplo reciente de esto puede encontrarse en conversaciones en línea acerca de la Segunda Venida de Cristo. Algunos extremistas toman una sola verdad enseñada por el presidente Russell M. Nelson, la separan de otras enseñanzas y se desbordan en su interpretación y aplicación. Para evitarlo, debemos mantener toda verdad dentro del contexto del pastel completo del Evangelio.
Imagina el Evangelio restaurado de Jesucristo como un gran pastel, y cada doctrina como una rebanada de ese pastel. Cuando enseñamos una lección, esencialmente sacamos una rebanada para examinarla y comprenderla mejor. ¡Pero no podemos tratarla como si fuera todo el pastel! Cuando terminamos de enseñar esa doctrina, debe poder encajar nuevamente dentro del resto del pastel del Evangelio. Si enseñamos de más o sobreenfatizamos una sola verdad, corremos el riesgo de exagerarla de tal modo que ya no encaje en su lugar adecuado dentro del pastel. El peligro de esto es que, así como cualquier virtud en exceso se convierte en un vicio, cualquier doctrina verdadera puede convertirse en una doctrina falsa si se aísla de principios complementarios que la equilibran. Toda verdad se corrompe cuando se la aísla del todo, incluso las verdades fundamentales. Jesucristo reveló todas las verdades de Su Evangelio porque desea que las aprendamos todas, en su lugar y prioridad correctos.
El élder Neil L. Andersen explicó esto a los maestros del SEI cuando enseñó: “Sean sabios al equilibrar la doctrina que enseñan. Den el peso adecuado a un punto de doctrina dentro del contexto de otras verdades relacionadas. … El élder Neal A. Maxwell explicó: ‘Los principios del Evangelio están entretejidos en una tela que los mantiene bajo control y en equilibrio unos con otros’”. Debemos enseñar la doctrina completa, no solo partes, para evitar la deriva doctrinal. A continuación hay ejemplos para considerar:
La gracia de Cristo
Considera los muchos malentendidos clásicos acerca de la gracia de Cristo que pueden surgir al aislarla del resto del “pastel del Evangelio” y convertirla en todo el Evangelio. ¿Cómo se evitarían esos malentendidos si esta verdad se enseñara junto con las verdades complementarias de convenios, mandamientos y ordenanzas?
El amor y la misericordia de Dios
Considera también los muchos malentendidos sobre el amor y la misericordia de Dios que pueden surgir al aislarlos del resto del pastel del Evangelio. ¿Cómo se evitarían esos malentendidos si el amor de Dios se enseñara más plenamente y se mostrara que Sus leyes son una manifestación de Su amor, y no una contradicción de él?
La justicia de Dios y Sus expectativas
Considera también los malentendidos históricos acerca de la justicia de Dios que han surgido al aislarla del resto del pastel del Evangelio, y las conclusiones falsas a las que algunos han llegado acerca de un Dios vengativo, áspero y exigente. Qué diferente es esto del Dios del Libro de Mormón, que proclama: “Sí, y cuantas veces mi pueblo se arrepienta, lo perdonaré” (Mosíah 26:30).
Debemos recordar que toda verdad del Evangelio tiene dos contextos en los que debe ubicarse:
- El contexto histórico de la Escritura y del entorno donde fue revelada, y
- El contexto doctrinal de las verdades relacionadas que la rodean, la sostienen y la equilibran.
Debemos preguntarnos siempre: ¿Qué malentendido podría surgir de esta verdad si no tengo cuidado de equilibrarla con otras doctrinas? Sí, existe poder en el sacerdocio para sanar, pero debe ser conforme a la voluntad de Dios. Sí, Jesucristo perdona nuestros pecados, pero solo bajo condiciones de arrepentimiento. Sí, las ordenanzas tienen el poder de la santidad para santificarnos, pero solo si guardamos los convenios asociados. Todas las verdades del Evangelio pueden circunscribirse dentro de un solo “pastel” completo del Evangelio. Así que ten cuidado. Sé equilibrado. Este es el peligro potencial de las clases especializadas en Instituto y la sabiduría de las clases fundamentales obligatorias, que brindan una comprensión más amplia y completa del Evangelio restaurado de Cristo.
Podemos evitar la especulación y el error al girar hacia la doctrina pura
¿Es posible seguir las enseñanzas de los profetas vivientes y mantener el equilibrio doctrinal, y aun así experimentar deriva doctrinal?
Sí. Una manera en que esto puede ocurrir es cuando la deriva doctrinal se introduce mediante los comentarios y las preguntas de los alumnos.
A veces, en nuestros esfuerzos por involucrar a los estudiantes, podemos invitar de manera no intencional a la deriva doctrinal. Por ejemplo, una práctica común es preguntar a los alumnos qué piensan que es la doctrina sobre un asunto en particular. El problema de este enfoque es que lo que se comparte suele ser solo una opinión personal y, con frecuencia, está influenciado por la sabiduría convencional del mundo. Pero la doctrina no se establece por opinión; es revelada por Dios a través de Sus profetas. Un mejor enfoque sería invitar primero a los alumnos a estudiar un pasaje de las Escrituras o una cita profética y luego compartir lo que aprendieron de ella y cómo pueden aplicarlo.
Un malentendido cada vez más común en la educación de la Iglesia es pensar que solo debemos ser moderadores de debates, cuando en realidad somos llamados a ser maestros. Esto significa que tenemos la responsabilidad de asegurarnos de que las verdades puras del Evangelio se enseñen y se aprendan en nuestra clase. Si un alumno comparte ideas falsas, debemos encontrar la manera de ayudarle a sentirse amado y valorado, mientras corregimos con mansedumbre el error. Debemos validar al alumno, pero no la idea. No podemos permitir que una enseñanza falsa quede sin corrección.
Otra forma en que podemos sentir la tentación de apartarnos de la doctrina pura en el aula es al tratar de ayudar a resolver preguntas o inquietudes de los alumnos. En esta situación, es importante recordar la instrucción que el élder Renlund dio a los educadores religiosos:
“Con algunas preguntas y con algunas personas que preguntan, simplemente no sabemos lo suficiente acerca de la voluntad del Señor y de la plenitud de la doctrina de la Iglesia como para satisfacer completamente a los alumnos. En estas situaciones, intentar persuadir a quienes preguntan con lógica o razonamiento adicional puede no ayudar.
Una trampa en la que muchos maestros pueden caer inadvertidamente es dar razones o explicaciones que el Señor no ha dado. Cuando eso sucede, la razón o la respuesta proporcionada puede eventualmente desmoronarse, y entonces el alumno puede tener menos fe. Es mejor decir que no sabemos que fabricar una razón o explicación. …
Notarán que muchas de las sugerencias para ayudar a otros con sus preguntas se hacen de manera más eficaz de forma individual. Creo que esta es la mejor manera. Puede no ser prudente que un maestro permita que toda la clase se dedique a responder la importante pregunta de una sola persona. Las preguntas de los alumnos no deben desviar el currículo planificado que está diseñado para edificar la fe. Recuerden siempre que su objetivo es edificar la fe de toda la clase, no distraerse por unos pocos que son más insistentes.”
Nuestro objetivo es edificar la fe, y para edificar la fe debemos enseñar doctrina pura.
Entonces, ¿cómo podemos enseñar doctrina pura mientras corregimos con mansedumbre el error y respondemos preguntas que nos tientan a la especulación? Podemos evitar la especulación y el error girando hacia la doctrina pura.
El élder Neil L. Andersen capacitó a los maestros del SEI sobre cómo hacer esto cuando enseñó:
“Seamos capaces de decir: ‘No sé eso, pero esto sí sé’.”
Considera estas preguntas y respuestas:
- “Hermano Jones, ¿cuál es la relación entre el Big Bang y Adán y Eva?”
“No sé la respuesta a esa pregunta, pero permíteme decirte lo que sí sabemos acerca de Adán y Eva”. - “Hermana González, ¿por qué no sabemos más acerca de nuestra Madre Celestial?”
“No sé la respuesta a esa pregunta, pero sí sé que tú eres ‘una hija amada de padres celestiales, con una naturaleza divina y un destino eterno’”.
Piensa en cómo puedes transformar buenas preguntas —pero preguntas que invitan a la especulación— en respuestas que edifiquen la fe en nuestro Salvador Jesucristo. Y aquí hay un desafío para ti: ayuda a inculcar en tus alumnos la comprensión de que no todas las preguntas son iguales. La comprensión espiritual y la madurez ayudan a distinguir las preguntas importantes de las preguntas meramente interesantes.
¡Qué instrucción y recordatorio tan útiles del élder Andersen! No todas las preguntas son iguales. Existe el peligro de desviarnos de enseñar la verdad que toda la clase necesita. Debemos volver a encaminar a los alumnos que se desvían hacia el terreno firme de la doctrina pura, donde su fe puede ser fortalecida. He aquí algunos ejemplos:
Alumno: ¿Es verdad que podemos progresar a reinos de gloria más altos después de la Resurrección y el Juicio Final?
Considera cómo la siguiente cita del presidente Nelson llevaría con mansedumbre al alumno de regreso a la doctrina pura:
“Mi propósito esta noche es asegurarme de que tengan bien abiertos los ojos a la verdad de que esta vida realmente es el tiempo en que ustedes deciden qué tipo de vida desean vivir para siempre. Ahora es el tiempo ‘de prepararos para comparecer ante Dios’.
La vida mortal apenas es un nanosegundo en comparación con la eternidad. Pero, mis queridos hermanos y hermanas, ¡qué nanosegundo tan crucial es! Durante esta vida elegimos qué leyes estamos dispuestos a obedecer —las del reino celestial, o las del terrestre, o las del telestial— y, por lo tanto, en qué reino de gloria viviremos para siempre.”
Alumno: ¿Es verdad que podemos rechazar el Evangelio aquí y aun así ser exaltados si alguien hace nuestra obra del templo?
Una vez más, ¿cómo podría esta cita del presidente Nelson ayudar a dirigir la lección lejos de la especulación y hacia la doctrina pura?
“Uno de mis queridos amigos tenía experiencias limitadas con Dios, pero anhelaba estar con su esposa fallecida. Así que me pidió ayuda. Lo animé a reunirse con nuestros misioneros para comprender la doctrina de Cristo y aprender acerca de los convenios, las ordenanzas y las bendiciones del Evangelio.
Eso hizo. Pero sintió que el camino que se le aconsejaba requeriría demasiados cambios en su vida. Dijo: ‘Esos mandamientos y convenios son demasiado difíciles para mí. Además, no puedo pagar el diezmo y no tengo tiempo para servir en la Iglesia’. Luego me preguntó: ‘Cuando muera, por favor haz la obra del templo necesaria por mi esposa y por mí para que podamos estar juntos otra vez’.
Afortunadamente, yo no soy el juez de este hombre. Pero sí cuestiono la eficacia de la obra vicaria del templo para un hombre que tuvo la oportunidad de ser bautizado en esta vida —de ser ordenado al sacerdocio y recibir las bendiciones del templo mientras estaba en la mortalidad— pero que tomó la decisión consciente de rechazar ese camino.”
Alumno: ¿Es verdad que los profetas anteriores eran racistas y que esa fue la razón de la restricción del sacerdocio y del templo?
En lugar de especular acerca de las razones de esta restricción —como muchos hicieron imprudentemente en el pasado— sería más seguro dirigir a los alumnos a declaraciones como esta del presidente Dallin H. Oaks:
“Si leen las Escrituras con esta pregunta en mente: ‘¿Por qué el Señor mandó esto o por qué mandó aquello?’, descubrirán que en menos de uno de cada cien mandamientos se da alguna razón. No es el patrón del Señor dar razones. Nosotros [los mortales] podemos poner razones a la revelación; podemos poner razones a los mandamientos. Cuando lo hacemos, estamos por nuestra cuenta.
Algunas personas pusieron razones a [la restricción del sacerdocio] y resultaron ser espectacularmente erróneas. Hay una lección en eso. … La lección que yo he aprendido es que decidí hace mucho tiempo tener fe en el mandamiento y no tener fe en las razones que se sugirieron para él. … No cometamos el error que se cometió en el pasado, aquí y en otros ámbitos, de tratar de poner razones a la revelación. Las razones resultan ser en gran medida obra del hombre. Las revelaciones son lo que sostenemos como la voluntad del Señor, y ahí es donde se encuentra la seguridad.”
Como enseñó el presidente Ballard: “Ya pasaron los días en que un alumno hacía una pregunta sincera y un maestro respondía: ‘¡No te preocupes por eso!’”.
Pero, como nos recuerda el élder Andersen, eso no significa que inventemos nuestra propia doctrina como sustituto de la verdad revelada ni que fomentemos una especulación interminable basada en opiniones personales. “A veces”, explicó el élder Renlund, “la única respuesta es confiar en la fe en el Señor Jesucristo y en la fe en la Restauración de Su Evangelio, y ser pacientes al esperar respuestas del Señor cuando Él decida revelarlas”.
Conclusión: Mantén la doctrina pura
El presidente Harold B. Lee resumió bien nuestra comisión cuando enseñó:
“Ahora bien, ustedes como maestros no son enviados a enseñar doctrina nueva. Han de enseñar las doctrinas antiguas; no tan simplemente que solo puedan entenderlas, sino que deben enseñar las doctrinas de la Iglesia con tal claridad que nadie pueda malinterpretarlas.
Las doctrinas de la Iglesia no son ‘nuestras’, sino Suyas, de Aquel cuya Iglesia es esta. Eso debemos impresionar en todos. El no mantener puras y sencillas las doctrinas dadas por Cristo causaría mucha miseria humana aquí y en la eternidad. Por esta razón, la especulación infructuosa, la fascinación por los misterios y la tendencia de algunos maestros a añadir su propio bordado personal al tejido del Evangelio deben ser resistidas.”
Nuestro deber no es crear ni moldear la doctrina de la Iglesia de Cristo. Nuestro deber es hacer eco y amplificar la doctrina que el Señor ha revelado y que enseñan nuestros profetas vivientes. Al mantener esa doctrina pura, bendeciremos y cambiaremos vidas.
El presidente Henry B. Eyring explicó por qué esto es así:
“Debido a que necesitamos al Espíritu Santo, debemos ser cautelosos y cuidadosos de no ir más allá de enseñar la doctrina verdadera. El Espíritu Santo es el Espíritu de verdad. Su confirmación es invitada cuando evitamos la especulación o la interpretación personal. Eso puede ser difícil de hacer. … Es tentador intentar algo nuevo o sensacional. Pero invitamos al Espíritu Santo como nuestro compañero cuando somos cuidadosos de enseñar únicamente la doctrina verdadera.”
¡Nuestra doctrina es hermosa! Es algo que nos distingue de todas las demás iglesias. Creo que la mayor evidencia de que Jesucristo es el Salvador y de que esta es Su Iglesia se encuentra en la doctrina pura que hemos sido comisionados a enseñar. No necesitamos intentar mejorarla. No necesita nuestra ayuda. Es perfecta tal como es. Es verdadera. Enseñémosla con poder y autoridad y ayudemos a nuestros alumnos a aprenderla por el Espíritu. Eso es lo que los convertirá a Cristo.
La doctrina pura cambia vidas —lo cambia todo—, ¡así que enseñémosla! Como dijo el presidente Nelson:
“La doctrina pura de Cristo es poderosa. Cambia la vida de toda persona que la comprende y procura ponerla en práctica. La doctrina de Cristo nos ayuda a encontrar y a permanecer en la senda del convenio.”
Emma Hale Smith: Primera mujer de fe de la Restauración
Mary Jane Woodger
RESUMEN: Este artículo reevalúa la vida y el legado de Emma Hale Smith, esposa del profeta José Smith y la primera mujer de la Restauración. Durante mucho tiempo incomprendida y juzgada injustamente, Emma emerge como una mujer de profunda fe, inteligencia y resiliencia. Mediante reflexión personal, análisis histórico y perspectiva doctrinal, Mary Jane Woodger destaca los papeles cruciales de Emma como escriba, protectora de registros sagrados y compañera firme en la Restauración. A pesar de profundas pruebas personales y grandes pérdidas, Emma ejemplificó la devoción a Dios, a la familia y a la verdad. Este estudio invita a los lectores a mirar a Emma con compasión y a reconocerla como un modelo de discipulado perseverante.
PALABRAS CLAVE: Emma Hale Smith · José Smith · Restauración · mujeres Santos de los Últimos Días · fe y perseverancia
Cuando era una joven profesora asistente de historia de la Iglesia, me encontraba sentada en una reunión de educadores de la Iglesia en la que se analizaba la posibilidad de que existieran hijas de perdición. Durante la discusión, un profesor sugirió que, si una mujer Santos de los Últimos Días pudiera llegar a ser hija de perdición, Emma Hale Smith era una posibilidad. Quedé conmocionada y deseé defender a Emma. Sin embargo, por ser joven e inexperta, no participé en la discusión.
Ese tipo de actitud negativa hacia Emma, la esposa de José Smith, no es algo aislado. Admito que cuando era joven, mi actitud hacia Emma tampoco era positiva. Pensaba que, si alguna vez hubo una Santos de los Últimos Días que se desvió, esa fue Emma. Como adolescente, no podía comprender cómo alguien podía estar casada con un profeta y luego denunciar a la Iglesia. Con esa mentalidad hice de Emma el tema de un discurso en un Festival de Oratoria de la Asociación de Mejoramiento Mutuo (MIA), en el que se nos pidió hacer una comparación como base de nuestros discursos. Pensé que había elegido el tema perfecto al comparar a dos mujeres Santos de los Últimos Días de los primeros tiempos: la admirable Mary Fielding Smith y Emma. No gané el festival de oratoria. Mi hipótesis fue crítica, errónea e inapropiada. Desde entonces, he aprendido cuán equivocada estaba en mi actitud hacia la esposa de José.
Gran parte de ese cambio de corazón ocurrió gracias a mi participación en el Certamen del Cerro Cumorah. Tras viajar en autobús durante tres días, los voluntarios nos reunimos al pie del cerro y escuchamos por primera vez al director, Harold I. Hansen. Lo que Hansen eligió hablar en esa introducción fue acerca de Emma. Dijo que había imaginado a Emma al pie de ese mismo cerro, esperando que José descendiera con las planchas de oro. Luego afirmó: “Ella siempre estaba esperando a José”. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras nos amonestaba: “Ustedes, los que han sido duros con Emma, no entienden. Muchas veces, cuando José Smith no tenía a nadie a quien recurrir, aún podía recurrir a Emma. José sostuvo a la Iglesia; Emma sostuvo a José. No debemos juzgarla. Simplemente no lo entienden”.
Cuando esa noche me registré en los dormitorios de la Universidad de Rochester, sentí que había sido reprendida con justicia. En oración esa noche, le dije al Señor que iba a arrepentirme de mi actitud anterior hacia Emma y que nunca volvería a hablar mal de ella. Desde ese momento en adelante, he estudiado la vida de esta primera mujer de la Restauración y he aprendido mucho de su ejemplo. Debido a mi transgresión pasada al juzgarla de manera tan injusta, me he prometido a mí misma que la defenderé cuando se me presente la oportunidad, y agradezco poder compartir en este artículo mi presentación en la Conferencia de Educadores Religiosos (2025).
Emma y José: unidos en yugo y preparados por igual
La preparación de Emma para su futuro papel como la primera dama de la Restauración fue, en muchos aspectos, similar a la preparación de su futuro esposo para su papel en la Restauración; y, en otros aspectos, fue una preparación única que José no tuvo. Por ejemplo, Emma recibió una educación formal más amplia que José. La madre de Emma, Elizabeth Hale, era una mujer instruida y se aseguró de que Emma también recibiera educación. Aun desde niña, Emma era conocida por poseer una “inteligencia inusual” y una gran capacidad para pensar con profundidad, lo cual la llevó a conocer bien la Biblia y a desarrollar una fe profunda.
El tío de Emma, Nathaniel Lewis, se convirtió al metodismo y llegó a ser predicador, y Emma asistió a la escuela dominical metodista. Toda su familia se unió al movimiento metodista, excepto su padre, Isaac Hale, quien se desilusionó con las religiones organizadas de su época. Al creer que Dios no intervenía en los detalles de la vida de las personas, se convirtió en deísta. Isaac sentía que Dios sí había creado la tierra, pero creía que Dios era distante. Nosotros, por supuesto, entendemos que Dios no es un Dios distante. El élder Neal A. Maxwell, del Cuórum de los Doce Apóstoles, declaró: “¡Dios está en los detalles!”.
Debido a las creencias erróneas de Isaac, prohibió a su familia orar. Por lo tanto, Emma comenzó a orar en el granero o en el bosque cuando necesitaba hablar con su Padre Celestial.
Un día, cuando Emma tenía ocho años, estaba orando por su padre y pidiendo a su Padre Celestial que le permitiera volver a orar dentro de su casa. Sin que Emma lo supiera, su padre entró al bosque para ir a cazar y la escuchó orar por él. Isaac quedó tan conmovido por la oración de su pequeña hija que rechazó el deísmo, se convirtió a Cristo y permitió nuevamente que su familia orara en el hogar. Podríamos decir que Emma estaba siendo preparada mediante estas experiencias para estar “unida en yugo” con un joven de catorce años que también iba al bosque a orar en voz alta.
Un año antes de que ese joven profeta conociera a su futura esposa, Isaac escuchó acerca de una mujer que decía ser una “vidente”. En aquella época, a los videntes generalmente se les veía con simpatía y la mayoría de las personas los tomaban en serio, pero no Isaac. Esta mujer afirmaba tener el poder de ver bajo tierra y decía haber visto un tesoro enterrado en la granja de los Hale. Por ello, cuando José llegó a la casa de los Hale, Isaac ya desconfiaba de ese tipo de afirmaciones acerca de tesoros enterrados.
En octubre de 1825, Josiah Stowell empleó a José por la misma razón por la que se había contratado a la vidente: José era conocido por su poder espiritual para ver cosas invisibles al ojo natural. Josiah quería que José encontrara una mina perdida de plata española, pero José lo persuadió de abandonar esa empresa y permitirle ayudar en su granja. Mientras José trabajaba en la granja de los Stowell, se alojaba en la propiedad de Isaac Hale, donde conoció a Emma.
Amor a primera vista
José amó a Emma desde el momento en que la vio. La adoraba y le dijo a su madre:
“He estado muy solo desde que Alvin murió… He decidido casarme, y si no tienes objeciones, la señorita Emma Hale sería mi elección antes que cualquier otra mujer que haya visto.”
Mientras tanto, José se estaba preparando con el ángel Moroni para obtener las planchas. Después de la Primera Visión, José iba cada año al cerro para encontrarse con Moroni. Cuando José fue allí por tercera vez, Moroni lo reprendió por no dedicar suficiente tiempo a la obra del Señor. Entonces Moroni le hizo una promesa, dándole ánimo:
“José, si traes contigo a la persona correcta el próximo año, obtendrás las planchas.”
José llegó a entender que la persona correcta era Emma. Sin embargo, obtener la aprobación de su padre sería más difícil de lo que parecía.
José fue a ver a Isaac en dos ocasiones para pedir la mano de Emma, y en ambas la respuesta fue un no claro y contundente. Una fuente antagonista incluso afirmó que Isaac dijo: “Preferiría seguirla hasta la tumba antes que verla casarse con alguien como tú”.
La tercera vez, Joseph Knight le dio a José ropa nueva y le prestó su caballo y su trineo para que pudiera hacer la propuesta con cierta elegancia. La respuesta de Isaac siguió siendo no. Sin embargo, esta vez Emma y José salieron a dar un paseo, y ella decidió no regresar. Podríamos preguntarnos qué fue lo que Emma sacrificó por José. Cuando se fugaron, lo único que parece haber tenido Emma era la ropa que llevaba puesta.
Se casaron en la casa del juez de paz local, Zachariah Tarbell, el 18 de enero de 1827. Luego, los recién casados fueron a Palmyra, donde los padres de José recibieron a Emma con los brazos abiertos. José Smith padre y Lucy Mack Smith se convirtieron en los segundos padres de Emma mientras vivió en su hogar.
Después de unos meses de matrimonio, José y Emma regresaron a Harmony para recoger su ropa, algunos muebles y unas vacas. Isaac le dijo a José:
“Has robado a mi hija; preferiría seguirla hasta la tumba.”
Emma y las planchas
El 22 de septiembre de 1827, Emma se puso su sombrero y su atuendo de montar y acompañó a su esposo en el carruaje de Joseph Knight rumbo al Cerro Cumorah. Ella se sentó al pie del cerro con los caballos mientras José desaparecía en la oscuridad para finalmente recibir las planchas de oro del ángel Moroni. Martin Harris declaró que Emma estaba arrodillada en oración mientras José obtenía las planchas. Emma no solo era la persona correcta para convertirse en la compañera eterna de José; también era la persona correcta para ayudar en la venida a la luz del Libro de Mormón y en la Restauración del evangelio de Jesucristo. La imagen de ella orando al pie de aquel cerro otorga un nuevo significado a la escena que Hansen había imaginado.
Cuando José apareció con las planchas, que pesaban aproximadamente sesenta libras, Emma asumió su papel como coprotectora de las planchas. Inmediatamente preocupados por la seguridad del registro, la pareja escondió las planchas en un tronco ahuecado. A partir de ese momento, Emma se concentró en protegerlas. Por ejemplo, en una ocasión, mientras José cavaba un pozo para una viuda, Emma se enteró de un complot para robar las planchas. Montó a caballo sin silla y fue apresuradamente hasta el pozo para advertirle a José. En otra ocasión, Emma y Lucy (la madre de José) enterraron las planchas bajo la piedra del hogar. Cuando la persecución aumentó en diciembre de 1827, quienes protegían las planchas preguntaron a los Hale si podían regresar a Harmony. El hermano de Emma, Alva Hale, fue a Manchester para buscar a José y a Emma, llevando consigo grandes garrotes —incluido uno para Emma— para que pudieran defenderse de los ladrones durante el trayecto.
El verano anterior, cuando José fue a Harmony para pedir las pertenencias de Emma, aseguró de buena fe a Isaac que había abandonado la búsqueda de tesoros. El corazón de Isaac se había ablandado cuando la pareja regresó a Harmony. Isaac les dijo que podían quedarse con los Hale si podía ver las planchas. Cuando José le explicó que había hecho un voto solemne de no mostrar las planchas a nadie, Isaac se negó a permitir que se mudaran a su casa. Sin embargo, Isaac apoyó la compra que José hizo de una cabaña de caza que anteriormente había pertenecido a Alva y que estaba ubicada cerca de la propiedad de los Hale.
Después de que José y Emma se mudaron a la cabaña, la traducción de las planchas comenzó con diligencia, y Emma actuó como escriba durante el proceso. El Señor aconsejó a Emma: “Sé para él una escriba”. El manuscrito conserva la delicada letra de Emma. Aunque actuó como escriba, no se le permitió ver las planchas de oro. ¡Cuán difícil debió haber sido tener esa responsabilidad y, sin embargo, nunca ver las planchas! Mary Whitmer sí vio las planchas. Lucy Harris también las vio. Pero no Emma. Ella fácilmente podría haberlas mirado. Proporcionó una caja de vidrio para guardarlas; cada noche se colocaban allí, se cerraban con llave y se ponían debajo de la cama, pero ella nunca las miró. También proporcionó un mantel de lino para que José las cubriera. Al limpiar, levantaba las planchas mientras aún estaban cubiertas con el paño y tenía cuidado de no mirar debajo. La fe de Emma en José fue notable, pero también lo fue la fe de José en Emma. Él le dijo que nadie tenía permitido ver las planchas, pero nunca se las ocultó.
Siempre esperando en medio de una crisis
El servicio al Señor rara vez es conveniente. Los registros muestran que cada vez que los Santos fueron expulsados de una ciudad, fue durante el invierno. Casi siempre que Emma atravesó una crisis, estaba embarazada, y la mayoría de sus bebés no sobrevivieron. En el resto de este artículo, me concentraré en los embarazos de Emma. Las mujeres a menudo marcan sus vidas según el hijo que estaban esperando o el bebé que dieron a luz; por ello, relataré la vida de Emma a través de sus embarazos.
Primer embarazo
El primer hijo de Emma nació el 15 de junio de 1828, tras un parto difícil y prolongado. Ese nacimiento ocurrió solo un día después de que Martin, quien había venido a ayudar a José como escriba, partiera con las 116 páginas del manuscrito del Libro de Mormón. ¿Es posible que el estrés que Emma debió sentir al saber que Martin se llevaba las páginas traducidas haya contribuido a que entrara en trabajo de parto prematuro? Aquel pequeño hijo nació con defectos congénitos y vivió solo tres horas. Emma y José lo llamaron Alvin Smith, en honor al hermano de José.
Durante las dos semanas siguientes, Emma estuvo tan enferma que osciló entre la vida y la muerte. En los días posteriores a que Martin se llevara las páginas, el ángel Moroni retiró temporalmente las planchas de José. El estrés de saber que su esposo había actuado incorrectamente con el manuscrito pudo haber agravado la enfermedad de Emma.
Después de que Moroni devolviera las planchas a José en septiembre de 1828, Emma y José fueron a Colesville para el bautismo de Emma, y una turba los recibió. La turba arrestó a José “por causar alboroto, poner el país patas arriba y predicar el Libro de Mormón”. Cuando Emma y José regresaban a Harmony, Emma decidió que se quedarían allí, y José sembró una cosecha. Emma estaba cansada de vivir de la caridad y no quería regresar a Colesville. En respuesta a su decisión, recibió la única escritura dirigida exclusivamente a una mujer, en la que se le instruyó que fuera con José “en el tiempo de su salida” (DyC 25:6).
Segundo embarazo
Con esta revelación, los Smith regresaron a Colesville, y Emma estaba nuevamente encinta. Su segundo embarazo llevaba seis meses cuando el Señor le dijo a José que fuera a Ohio. En diciembre, a los veintiséis años de edad, Emma viajó a través de la tundra congelada rumbo a Kirtland, sin saber que estaba esperando gemelos.
Cuando José y Emma llegaron a Kirtland, primero visitaron la tienda de Newel K. Whitney. Ann Whitney registró más tarde este acontecimiento:
“José Smith, con su esposa, Emma, … se detuvo frente a la tienda de mi esposo; José saltó del carruaje y entró; extendió la mano sobre el mostrador hacia mi esposo y lo llamó por su nombre. Mi esposo, sin pensar que se tratara de alguien por quien tuviera interés especial, respondió diciendo: ‘Yo no podría llamarte por tu nombre, pues tú me has llamado por el mío’. Él respondió: ‘Yo soy José el Profeta; tú has orado para que yo venga aquí; ahora, ¿qué deseas de mí?’. Mi esposo los llevó de inmediato a nuestra casa; estuvimos más que felices de recibirlos y de compartir con ellos todas las comodidades y bendiciones de las que disfrutábamos.”
El nieto de los Whitney relató posteriormente que José llamó a Newel por su nombre y añadió: “Tú eres el hombre”.
Mientras José y Newel conversaban, se sugirió que Emma fuera llevada en un trineo por un joven mozo de establo hasta la casa de los Whitney para que pudiera descansar. Durante el trayecto, el conductor perdió el control, el trineo se deslizó de lado, volcó y lanzó a Emma a un banco de nieve. Aunque en ese momento no pareció haber resultado herida, es posible que este accidente contribuyera a que los gemelos, Thadeus y Louisa Smith, nacieran de manera prematura el 30 de abril de 1831 y vivieran solo unas pocas horas. En ese punto, tras cuatro años de matrimonio, Emma tenía tres hijos enterrados.
Al día siguiente, el 1 de mayo de 1831, Julia Murdock dio a luz gemelos: Joseph y Julia Murdock. Lamentablemente, la madre murió durante el parto. El padre de los gemelos, John Murdock, buscó una nodriza y pidió a Emma que amamantara a sus hijos, y ella aceptó. El hecho de que Emma amamantara a los hijos de otra persona tan poco tiempo después de haber perdido a los suyos demuestra su espíritu desinteresado. Al ver el gran amor que Emma y José tenían por los bebés, John pidió que los Smith adoptaran a sus gemelos.
Unos meses más tarde, José, Emma y los gemelos se mudaron a Hiram, Ohio. Mientras la familia vivía en la granja de los Johnson, la persecución se volvió violenta y José fue embadurnado con alquitrán y emplumado. La noche del ataque, José había estado cuidando al gemelo varón de once meses, quien padecía sarampión. Cuando la turba tomó a José, dejaron una puerta abierta, exponiendo al bebé al frío de marzo. Joseph Murdock Smith murió el 30 de marzo de 1832. La muerte de este niño marcó cuatro años de matrimonio y cuatro bebés enterrados para José y Emma. Es interesante notar que, cuatro meses después, José recibió una revelación que aborda lo que sucede en la vida venidera con los niños que mueren siendo pequeños (DyC 137:10).
Poco después de perder al pequeño Joseph Murdock Smith, el padre del profeta, el patriarca José Smith padre, le dio a Emma su bendición patriarcal, y el Señor le dio esperanza en cuanto a una posteridad futura:
“Emma, … eres bendecida del Señor por tu fidelidad y verdad; serás bendecida con tu esposo y te regocijarás en la gloria que vendrá sobre él. Has visto mucho dolor porque el Señor ha tomado de ti a tres de tus hijos. En esto no eres culpable, pues Él conoce tus puros deseos de levantar una familia para que el nombre de Mi Hijo sea bendecido. Y ahora, he aquí, te digo que así dice el Señor: si crees, aún serás bendecida en esto, y darás a luz otros hijos, para el gozo y satisfacción de tu alma y para el regocijo de tus amigos. Serás bendecida con entendimiento y tendrás poder para instruir a tu sexo, enseñar a tu familia la rectitud y a tus pequeños el camino de la vida; y los santos ángeles velarán por ti, y serás salva en el reino de Dios. Verás muchos días; sí, el Señor te preservará hasta que estés satisfecha, pues verás a tu Redentor. Así sea. Amén.”
Tercer embarazo
Yo sugeriría que una de las cosas que probablemente precipitó la revelación que hoy conocemos como la Palabra de Sabiduría fue el malestar matutino de Emma. Emma estaba embarazada cuando la Escuela de los Profetas se reunía en un salón del segundo piso, justo encima de su cocina. Mientras los hermanos se reunían, encendían sus pipas o se llenaban la boca de tabaco de mascar. A menudo, al escupir el tabaco, erraban las escupideras y dejaban el salivazo en el suelo para que Emma lo limpiara. El embarazo de Emma pudo haber hecho que limpiar la saliva de tabaco resultara aún más desagradable. En cierto momento, Emma se acercó a su esposo y le preguntó qué pensaba el Señor acerca del tabaco. Cuando José acudió al Señor en busca de revelación a petición de Emma, recibió Doctrina y Convenios 89.
El 6 de noviembre de 1832, Emma dio a luz a un niño sano, a quien ella y José llamaron Joseph Smith III, en honor a su padre.
Cuarto embarazo
Emma dio a luz a otro niño sano el 20 de junio de 1836, en Kirtland, Ohio, a quien ella y José llamaron Frederick Granger Williams Smith, en honor a un miembro de la Primera Presidencia que fue el editor del himnario de Emma, el cual se concluyó ese mismo año. Emma incluso escribió algunos de los himnos.
Quinto embarazo
En enero de 1838, José y Sidney Rigdon fueron expulsados de Kirtland. Huyeron hacia Misuri, escapando por poco de la violencia de las turbas. José tuvo que dejar atrás a Emma y a los niños. Emma, de treinta y tres años, estaba una vez más embarazada. Cargó su carreta con provisiones escasas y con sus hijos: Julia, de seis años; Joseph, de cinco; y Frederick, de dieciocho meses. Salió de Kirtland de manera muy similar a como había llegado: embarazada y en pleno invierno. Sion se encontraba a 800 millas de distancia, en Misuri.
Después de que Emma y los niños se reunieron con José en Far West, Misuri, dio a luz a otro hijo el 2 de junio de 1838. Ella y José lo llamaron Alexander Hale Smith. Allí, con un bebé recién nacido, las cosas fueron difíciles, pues Emma volvió a presenciar cómo una turba se llevaba a su esposo.
Miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles y otros Santos de los Últimos Días no solo se volvieron contra el profeta, sino también contra su esposa. Emma había alimentado y vestido a algunos de los hombres que firmaron una declaración jurada que incitó a una turba. La turba expulsó a Emma y a los niños a la calle y saqueó la casa. Cuando José fue arrestado el 31 de octubre de 1838, su pequeño hijo Joseph III se aferró a su pierna, llorando: “Papá, ¿la turba te va a matar?”. Empujándolo con el costado de una espada, un miembro de la turba respondió: “Pequeño mocoso, regresa; no volverás a ver a tu padre”, y finalmente llevaron a José a la miserable Cárcel de Liberty. José escribió desde la prisión: “Mi querida y amada compañera de mi seno en tribulación y aflicción. Mi corazón está entrelazado con el tuyo para siempre jamás”.
Varias veces durante ese invierno, Emma hizo el viaje de ida y vuelta de cuarenta millas para ver a su esposo en la Cárcel de Liberty. Cuando se emitió la orden de exterminio de Far West en febrero de 1839, Emma se convirtió en refugiada y cruzó el congelado río Misisipi en una carreta tirada por caballos para huir hacia Illinois. Temiendo el hielo delgado, separó a los dos caballos, usando uno para tirar de la carreta mientras el otro iba detrás. Ella caminaba delante de la carreta con Frederick, de dos años y medio, y Alexander, de dieciocho meses, en brazos; Julia se aferraba con fuerza a la falda de Emma de un lado y el pequeño Joseph se sujetaba del otro, mientras Emma llevaba atadas firmemente a la cintura pesadas bolsas con los papeles de José. Cuando Emma se vio obligada a abandonar su hogar, una de las cosas importantes que eligió salvar fue la traducción de la Biblia que había hecho José. Esa traducción de la Biblia puede leerse hoy gracias a los esfuerzos de Emma. Más tarde, describió la experiencia a José, quien languidecía en la Cárcel de Liberty:
“Nadie sino Dios conoce las reflexiones de mi mente y los sentimientos de mi corazón cuando dejé nuestra casa y hogar y casi todo lo que poseíamos, excepto a nuestros pequeños hijos, y emprendí mi viaje fuera del estado de Misuri, dejándote encerrado en esa solitaria prisión. Pero la reflexión es más de lo que la naturaleza humana debería soportar, y si Dios no registra el sufrimiento ni venga nuestras injusticias sobre los culpables, estaré tristemente equivocada.”
Emma no buscó venganza; confió en que Dios se encargaría de ello.
Las cartas de Emma a José muestran que su amor, afecto y lealtad lo sostuvieron durante sus días en la cárcel. Sin embargo, al compartir Emma lo que estaba viviendo, también afectó a su esposo, quien se sentía incapaz de cuidarla. Él escribió: “Si Dios preserva mi vida una vez más para tener el privilegio de cuidarte, aliviaré tus cargas y procuraré consolar tu corazón”. Las secciones de Doctrina y Convenios reveladas en la Cárcel de Liberty (121–123) son, en muchos sentidos, el resultado de la preocupación de José no solo por sí mismo y por sus compañeros cautivos, sino también por su esposa y por todo lo que ella había soportado.
Sexto embarazo
Al considerar la vida de Emma, surge la pregunta de si alguna vez experimentó un período sin pruebas. Ese tiempo de contentamiento y felicidad sí ocurrió en Nauvoo. Gran parte de ese bienestar llegó para Emma cuando, por primera vez en su vida matrimonial con José, tuvieron un hogar propio. Emma asumió su lugar en la sociedad como una mujer de presencia imponente, perdiendo el autocontrol o cediendo a las lágrimas solo en raras ocasiones.
Emma era conocida como una conversadora brillante, de ingenio rápido, y tenía reputación de ser vivaz. Por ejemplo, en una ocasión un hombre la molestó diciendo que estaba “pescando” un cumplido, y ella respondió: “Nunca pesco en aguas tan poco profundas”. En otra ocasión, cuando Emma estaba preparando grandes cantidades de comida para los muchos visitantes de la Mansion House, W. W. Phelps le dijo: “Deberías cocinar como Napoleón Bonaparte y poner una mesa pequeña”. Emma respondió con gracia: “El señor Smith es un hombre mucho más grande que Bonaparte; él nunca puede comer sin sus amigos”. José elogió la respuesta de Emma y le dijo que era “lo más sabio que [la había] oído decir”.
Como madre, Emma mostró una capacidad extraordinaria para perdonar lo que había vivido, modelando esa actitud para sus hijos. En una ocasión, sus hijos estaban jugando a un juego llamado Los mormones y los misurianos, y el juego se volvió brusco. Cuando Joseph III llegó a casa y le describió el juego a su madre, ella escuchó con atención, pero se preocupó por las ideas de venganza que él le estaba describiendo. Entonces pidió a sus hijos que dejaran de jugar ese juego. Ellos la ignoraron, por lo que Emma utilizó una rama de sauce para reforzar la lección. Tuvo que hacerlo dos o más veces para lograr que dejara de jugar al juego de la venganza.
El 13 de junio de 1840, Emma dio a luz a su quinto hijo varón, Don Carlos Smith, llamado así por el hermano menor de su esposo. Este nacimiento fue, sin duda, el más feliz para Emma; sin embargo, esa felicidad pronto se vio empañada, esta vez por un brote de malaria en Nauvoo. En cierto momento, había tantos enfermos de malaria que la Mansion House se convirtió en un hospital, y Emma y José cedieron sus camas y durmieron en una tienda en el jardín delantero. La enfermedad cobró la vida de muchos ciudadanos de Nauvoo, entre ellos su cuñado Don Carlos Smith y su suegro, Joseph Smith padre. Pero quizás la tragedia más grande para Emma en ese tiempo ocurrió cuando su hijo Don Carlos, de dieciocho meses, murió en sus brazos el 14 de junio de 1840. Emma estaba nuevamente embarazada, por lo que la esperanza de volver a sostener un hijo en sus brazos pudo haberle brindado algo de consuelo.
Séptimo embarazo
Emma dio a luz el 6 de febrero de 1842, pero el bebé murió. Ella y José lo llamaron Thomas Smith. Durante este tiempo, en el que perdió dos bebés más, Emma sirvió como la primera presidenta de la Sociedad de Socorro. Fue la primera mujer en esta dispensación en recibir su investidura y la primera matrona del templo en administrar la investidura a otras mujeres. Aun así, también tuvo tiempo para su esposo. Fue durante este período que José instruyó a la Sociedad de Socorro. Tal vez estaba pensando en Emma y en todo lo que ella significaba para él cuando aconsejó a las hermanas de la Sociedad de Socorro:
“Cuando un hombre está abrumado por las dificultades, cuando se siente perplejo, si puede encontrar una sonrisa, no un argumento, si puede ser recibido con mansedumbre, su alma se calmará y sus sentimientos serán apaciguados. Cuando la mente se inclina hacia la desesperación, necesita consuelo.”
Octavo embarazo
En 1844, a la edad de cuarenta años, Emma estaba nuevamente embarazada. Al ser perseguido, su esposo se vio obligado a esconderse. En cierto momento, se organizó un encuentro entre Emma y José en una isla en medio del río Misuri. Después de ese encuentro, José escribió acerca de su amada Emma en su diario:
“¡Con qué deleite indescriptible y con qué transportes de gozo se llenó mi pecho cuando tomé de la mano aquella noche a mi amada Emma, la que era mi esposa, sí, la esposa de mi juventud y la elección de mi corazón! Muchas fueron las reverberaciones de mi mente cuando contemplé por un momento las muchas escenas que se nos había llamado a atravesar. ¡Oh, qué mezcla de pensamientos llenó mi mente por un instante! ¡De nuevo está aquí, aun en la séptima prueba, intrépida, firme, inquebrantable, inmutable, afectuosa y perfecta Emma!”
José había planeado ir hacia el oeste. Se encontraba a salvo con su guardaespaldas, Orrin Porter Rockwell, y con Hyrum, cuando llegó una carta de Emma. En ella, Emma le dijo que los Santos en Nauvoo lo estaban llamando cobarde, y su carta lo persuadió para que regresara. José dijo: “Si mi vida no es de provecho para mis amigos, tampoco lo es para mí”, y regresó a Nauvoo. El hecho de que la carta de Emma finalmente condujera a su esposo a la muerte debió haber sido insoportable para ella.
A las 6:30 de la mañana en la Mansion House, José se preparó para partir hacia Carthage mientras besaba a cada uno de sus hijos. Un testigo declaró que luego José se volvió hacia Emma y le pidió: “¿Puedes criar a mis hijos para que sigan las huellas de su padre?”. Emma respondió: “¡Oh, José, tú vas a regresar!”. La pregunta y la respuesta se repitieron por segunda vez. La tercera vez que él preguntó, Emma respondió entre lágrimas: “¡Oh, José, tú vas a regresar!”.
Fue entonces cuando Emma pidió a su esposo una bendición del sacerdocio. Con los Carthage Greys esperando para escoltarlo a la cárcel, José no pudo darle la bendición. En su lugar, le pidió que escribiera la mejor bendición que pudiera imaginar y le dijo que la firmaría cuando regresara. En lo que Emma pidió en esa bendición puede verse la profundidad de su alma:
“Ante todo, aquello que más anhelo de las más ricas bendiciones del cielo es sabiduría de mi Padre Celestial, concedida diariamente, de modo que haga o diga lo que haga, no tenga que mirar atrás al final del día con arrepentimiento, ni deje de cumplir ningún acto que traiga una bendición. Deseo el Espíritu de Dios para conocerme y comprenderme a mí misma; deseo una mente fructífera y activa para poder comprender los designios de Dios cuando sean revelados por medio de Sus siervos, sin dudar. Deseo el espíritu de discernimiento, que es una de las bendiciones prometidas del Espíritu Santo. Deseo especialmente sabiduría para criar a todos los hijos que están o puedan estar bajo mi cuidado, de tal manera que sean ornamentos útiles en el reino de Dios y que en un día venidero se levanten y me llamen bienaventurada. Deseo prudencia para no abusar de mi cuerpo por ambición ni hacer que envejezca prematuramente por el cuidado y la preocupación, sino que pueda llevar un semblante alegre, vivir para cumplir toda la obra que he convenido realizar en el mundo de los espíritus y ser una bendición para todos los que, con sabiduría, necesiten algo de mis manos. Deseo con todo mi corazón honrar y respetar a mi esposo como mi cabeza, vivir siempre en su confianza y, actuando en unidad con él, conservar el lugar que Dios me ha dado a su lado… Deseo llegar a ver que me regocije con ellos en las bendiciones que Dios tiene preparadas para todos los que estén dispuestos a obedecer Sus requerimientos. Finalmente, deseo que, cualquiera que sea mi suerte en la vida, pueda ser capacitada para reconocer la mano de Dios en todas las cosas.”
Emma dejó esa bendición sobre el escritorio de José para que la firmara cuando regresara a casa. José nunca regresó de Carthage para firmarla.
Emma dio a luz por última vez a la edad de cuarenta y un años, el 17 de noviembre de 1844, a un niño sano al que José había deseado que se llamara David Hyrum Smith.
Juzgar a Emma
Parece haber dos cosas que algunos Santos de los Últimos Días reprochan a Emma. La primera es que Emma no viajó hacia el oeste con los pioneros. La madre del profeta, Lucy, tampoco fue pionera; sin embargo, nunca se escuchan las mismas críticas contra Lucy. Es interesante notar que, en los últimos años de su vida, Lucy no eligió vivir con su único hijo sobreviviente, William, ni con sus hijas Sophronia o Katharine. Vivió con su nuera Emma en la Mansion House. Lucy describió a la esposa de José de la siguiente manera:
“Nunca he visto en mi vida a una mujer que pudiera soportar toda clase de fatiga y dificultad. De mes en mes y de año en año, con ese valor, celo y paciencia inquebrantables, ha sido arrojada al océano de la incertidumbre; ha afrontado las tormentas de la persecución y ha resistido la furia de hombres y demonios, lo cual habría abatido a casi cualquier otra mujer.”
El otro asunto que algunos Santos de los Últimos Días reprochan a Emma es su reacción ante el matrimonio plural. Está bien documentado que tuvo grandes dificultades con los celos respecto a esta práctica. ¿Quién no las tendría? Aunque Emma no logró superar completamente esos celos durante la vida de José, hay un embarazo más que revela que Emma aprendió a refrenar esos impulsos.
Noveno y último embarazo
El último embarazo que influyó en la vida de Emma no fue el suyo propio. Cuando Emma tenía cincuenta y nueve años, su segundo esposo, el mayor Lewis Crum Bidamon, tuvo una relación con una joven de diecinueve años llamada Nancy Abercrombie. De esa relación nació un niño llamado Charles. Cuando Charles tenía nueve años, su madre, Nancy, lo llevó a la Mansion House y llamó a la puerta. Cuando Emma abrió, Nancy le explicó que tenía dificultades para mantenerse a sí misma y a su hijo, y le pidió a Emma que acogiera a Charles y lo criara como suyo.
Emma inicialmente se opuso a la propuesta, pero más tarde le dijo a Nancy que tanto ella como Charles podían mudarse a la Mansion House y vivir con ella y su esposo. Emma y el mayor Lewis apoyaron a Nancy y a Charles, y Nancy pudo criar a su propio hijo. Una de las últimas cosas que hizo Emma fue pedir que el mayor Lewis se casara con Nancy y que diera a Charles su apellido legítimo.
Con todo lo que Emma sufrió durante su vida, resulta desalentador que todavía deba soportar críticas por parte de Santos de los Últimos Días. José una vez dijo a una de sus otras esposas: “Si deseas mi amor, nunca hables mal de Emma”. Yo deseo el amor de José, y nunca volveré a hablar mal de Emma. Discrepo firmemente con quienes afirman que ella ha perdido su exaltación o su lugar como esposa de José.
Pocos días antes de su muerte, Emma tuvo un sueño en el que José se le apareció y le pidió que fuera con él. Su hijo Alexander relató que la enfermera de Emma informó que ella dijo:
“Me puse mi sombrero y mi chal y fui con él; no pensé que fuera algo inusual. Entré con él en una mansión, y me mostró los distintos aposentos de esa hermosa mansión. Y uno de los cuartos era la guardería. En esa guardería había un bebé en la cuna. Ella dijo: ‘Conocí a mi bebé, a mi Don Carlos, que me fue quitado’. Se adelantó, tomó al niño en sus brazos y lloró de gozo sobre él. Cuando Emma se recuperó lo suficiente, se volvió hacia José y dijo: ‘José, ¿dónde están el resto de mis hijos?’. Él le respondió: ‘Emma, sé paciente, y tendrás a todos tus hijos’. Entonces vio, de pie a su lado, a un personaje de luz: el Señor Jesucristo.”
Este sueño es el cumplimiento de la bendición patriarcal de Emma, en la que se le prometió:
“Verás muchos días; sí, el Señor te preservará hasta que estés satisfecha, porque verás a tu Redentor.”
Pocos días después, el 3 de abril de 1879, cuando Emma se encontraba en su lecho de muerte y su hijo Alexander estaba a su lado, ella llamó: “José, José, José”, extendió su brazo izquierdo y entonces partió.
¿Emma como modelo a seguir?
Muchas veces, mis alumnos lamentan que no haya más mujeres en las Escrituras a quienes puedan tomar como modelos a seguir. A menudo les digo que pueden usar a Emma como un modelo.
Al considerar la vida de Emma, sugeriría que ciertamente puede ser utilizada como modelo para nuestros jóvenes. Es verdad que Emma decidió no seguir a Brigham Young y a los Doce, y esa decisión parece haber tenido consecuencias, ya que sus hijos y su posteridad, en general, no formaron parte del reino de Dios que José ayudó a establecer. Sin embargo, en su sueño, cuando Emma preguntó a José: “¿Dónde están el resto de mis hijos?”, José respondió: “Sé paciente. Los tendrás a todos”.
Durante 128 años, la paciencia de Emma tuvo que ejercitarse, pues no hubo ni uno solo de sus descendientes que poseyera el Sacerdocio de Melquisedec. Pero poco a poco, Emma fue encontrando al resto de sus hijos. En 1972, su tataranieto Michael Kennedy se unió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él compartió sus sentimientos acerca de sus antepasados:
“Hoy tengo plena confianza en que José Smith, mi tatarabuelo, quien aún guía los asuntos de esta última dispensación sobre la tierra, está observando cuidadosamente el ministerio de su familia, y lo hace junto con la madre de su posteridad, Emma Hale Smith. … José enseñó que esta vida trata sobre la perpetuación de la familia y la preservación de esa familia, de modo que mi esposa y mis hijos siempre sean míos y estén siempre conmigo. Sé que el Señor hizo esta promesa a José y a Emma. Ellos confiaron y se apoyaron en esa promesa. Emma desea a sus hijos y nietos tanto como José. Sé que ellos dependen de mí para liderar este esfuerzo de recogimiento. José Smith sabía antes de su muerte que dependería de su propia posteridad para bendecir a su familia mediante las ordenanzas del templo, así como otras familias dependen de su posteridad para que realicen su obra en el templo.”
Sí, nuestros alumnos pueden usar a Emma como modelo a seguir. Sin embargo, hay uno aún mayor. A menudo pregunto a mis alumnos por qué elegirían a un simple mortal como su modelo. El mejor modelo para hombres y mujeres por igual es siempre el Salvador. Él es nuestro modelo supremo, quien nos guía a lo largo de la vida y nos ayuda a evitar las trampas en las que caen los mortales, incluida Emma. Al seguirlo a Él, podemos recibir nuestra exaltación y, finalmente, como Emma lo hizo, contemplar a un Ser de luz: el Señor Jesucristo.
“Muchas cosas claras y preciosas”
El uso de la Traducción de José Smith en la enseñanza del Antiguo Testamento
Matthew L. Bowen y Aaron P. Schade
RESUMEN:
La Traducción de José Smith (incluido el Libro de Moisés) constituye un marco indispensable y centrado en Cristo para la enseñanza del Antiguo Testamento. Al examinar las revelaciones que acompañaron la Traducción de José Smith (1830–33), Matthew L. Bowen y Aaron P. Schade muestran cómo estos textos aclaran la Creación, el consejo divino, la Caída, el sacrificio, el sacerdocio y el convenio abrahámico, a la vez que establecen la antigüedad del evangelio y de las ordenanzas. Lecturas detenidas de Moisés 1–7; JST, Génesis 14–17, 50; y Doctrina y Convenios sugieren preguntas que invitan al Espíritu y profundizan el discipulado.
PALABRAS CLAVE: Traducción de José Smith · Libro de Moisés · Génesis · pedagogía del Antiguo Testamento · enseñanza centrada en Cristo
La enseñanza eficaz y significativa del Evangelio se centra en Jesucristo y en Su papel multifacético para llevar a cabo el plan de salvación de nuestro Padre Celestial, lo cual incluye la Creación de este mundo y de innumerables mundos, Su participación en los acontecimientos relacionados con la Caída de la humanidad y la realización de la Expiación infinita y eterna. Cuando los alumnos leen los libros de Génesis, Moisés y Abraham, se encuentran con la participación del Salvador en la Creación, con los acontecimientos de la historia primordial, con el concepto de los convenios desde el principio y con el convenio abrahámico: relatos o hilos individuales que conforman un tapiz mayor del plan de salvación de Dios a lo largo de las eras.
En el libro de Génesis, debido a la falta de detalle o de claridad que resulta de la historia redaccional del texto, los lectores pueden no llegar a apreciar plenamente cuán involucrados estuvieron Dios y Su Hijo en los acontecimientos que este libro narra, ni cuán importante es el contexto de los convenios. Esto puede dejar a los lectores con preguntas acerca de cómo interpretar esos relatos y hallar relevancia en ellos. No obstante, la traducción de la Biblia realizada por José Smith (que incluye el Libro de Moisés) restaura muchas verdades y conocimientos perdidos que aportan claridad y propósito, y revelan la profundidad de la participación de Jesús a lo largo del plan de salvación, así como el hecho de que dicho plan —con sus principios, convenios y ordenanzas— no solo fue pertinente en la antigüedad, sino que sigue siendo relevante hoy.
En este estudio, analizaremos el origen y la naturaleza de la Traducción de José Smith de la Biblia y por qué sus restauraciones relacionadas con el libro de Génesis (y con la Biblia en general) son tan esenciales para establecer la antigüedad del evangelio de Jesucristo, y por qué esa antigüedad importa. Debido a que la Traducción de José Smith de Génesis está tan profundamente centrada en Cristo, constituye una herramienta de enseñanza indispensable para educadores religiosos e instructores del Evangelio que deseen ayudar a los alumnos a adquirir un mayor amor y aprecio por Jesucristo, así como una conexión más profunda con Él, no solo en su acercamiento a la Biblia, sino también en su estudio de todos los libros de las Escrituras.
La Traducción de José Smith: ¿qué es y por qué importa?
¿Qué fue la Traducción de José Smith (TJS) de la Biblia que comenzó en junio de 1830 y se extendió hasta julio de 1833? El Señor se refirió a ella por revelación como “la nueva traducción de mi santa palabra para los habitantes de la tierra” (DyC 124:89). ¿Qué tenía de tan relevante esta nueva traducción bíblica como para ser iniciada y dirigida continuamente por revelación? Las propias revelaciones ayudan a responder estas preguntas (los ejemplos que siguen son ilustrativos, no exhaustivos):
- Diciembre de 1830. El Señor mandó a Sidney Rigdon, un ex predicador bautista reformado que había sido bautizado en la Iglesia junto con otros miembros de su congregación: “Y te doy un mandamiento: que escribas para él [José Smith]; y las Escrituras serán dadas, tal como están en mi propio seno, para la salvación de mis escogidos” (DyC 35:20; énfasis añadido en las citas).
- 9 de febrero de 1831. El Señor declaró: “Todo esto observaréis hacer conforme a lo que os he mandado respecto de vuestra enseñanza, hasta que se os dé la plenitud de mis Escrituras. … Pedirás, y mis Escrituras te serán dadas conforme a lo que he designado” (DyC 42:15, 56).
- 7 de marzo de 1831. El Señor mandó a José que pausara la traducción de Génesis en el Antiguo Testamento y comenzara a trabajar en el Nuevo Testamento: “He aquí, os digo que no se os dará a conocer nada más concerniente a este capítulo [Mateo 24], hasta que se traduzca el Nuevo Testamento, y en él se darán a conocer todas estas cosas; por tanto, os concedo que ahora lo traduzcáis, para que estéis preparados para las cosas que han de venir” (DyC 45:60–61).
- 10 de enero de 1832. Después de una pausa en el proceso de traducción, el Señor mandó a José que “conviene traducir de nuevo” y que, después de la conferencia próxima, “conviene continuar la obra de traducción hasta que se concluya” (DyC 73:3–4).
- 16 de febrero de 1832. José Smith y Sidney Rigdon recibieron una de las revelaciones más grandiosas registradas hoy en las Escrituras (DyC 76). Esto ocurrió mientras estaban “haciendo la obra de traducción que el Señor nos había señalado” (DyC 76:15). La revelación que se abrió ante José y Sidney llegó como respuesta directa a preguntas que ambos ancianos tenían mientras traducían Juan 5:29.
- 6 de mayo de 1833. El Señor reveló: “Es mi voluntad que os apresuréis a traducir mis Escrituras, y a obtener conocimiento de la historia, y de países, y de reinos, de las leyes de Dios y de los hombres, y todo esto para la salvación de Sion” (DyC 93:53). Esta notable revelación se dio en medio de experiencias relacionadas con temas abordados en la TJS de Génesis, incluidos asuntos concernientes a Enoc que se discutían entre los miembros que participaban en la Escuela de los Profetas.
- Agosto de 1833 (probablemente el día 2). La TJS estaba ejerciendo efectos profundos en la Iglesia primitiva, y el Señor instruyó continuamente al Profeta para que concluyera la obra. En esa fecha, el Señor dio una revelación relacionada con “la impresión de la traducción de mis Escrituras” (DyC 94:10).
- 19 de enero de 1841. Después de que la traducción se completó, pero aún no se había publicado, el Señor mandó a William Law ayudar a José Smith a “publicar la nueva traducción de mi santa palabra para los habitantes de la tierra”, añadiendo:
“Y si hace esto, lo bendeciré” (DyC 124:89–90).
El momento de esta revelación parece providencial, ya que los Santos estaban en pleno proceso de construir el Templo de Nauvoo y estaban recibiendo doctrinas milagrosas para establecer Sion, doctrinas que ya se les habían revelado ampliamente en la TJS y en otras revelaciones. La necesidad de que los principios enseñados en la TJS fueran accesibles era esencial.
Esta traducción de la Biblia era claramente preciosa para el Señor y para Sus propósitos de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna” de Sus hijos (Moisés 1:39). Él empleó un lenguaje afectuoso para describir Su santa palabra:
“Y las Escrituras serán dadas, tal como están en mi propio seno, para la salvación de mis escogidos” (DyC 35:20).
Estas revelaciones ayudan a explicar por qué esta “nueva traducción” es tan importante y cómo podemos comenzar a utilizarla en la enseñanza del Antiguo Testamento y de las Escrituras en general. La TJS es tan relevante y tan imperativa de estudiar, meditar y emplear en nuestra enseñanza que el presidente Dallin H. Oaks la describió como “un miembro de la familia real de las Escrituras” que “debe ser notado y honrado en toda ocasión en que esté presente”. Comprender el proceso de su venida al mundo nos ayuda a ver mejor su relevancia y el peso que Dios le dio para adelantar Su mensaje de salvación y exaltación por medio de Jesucristo y Su evangelio.
Mientras el Libro de Mormón se estaba imprimiendo en octubre de 1829, Oliver Cowdery compró una edición Phinney de la Biblia del Rey Santiago a E. B. Grandin. José Smith utilizaría posteriormente ese volumen en su traducción de la Biblia. En marzo de 1830 se completó la publicación del Libro de Mormón, y tan solo tres meses después comenzó oficialmente la TJS. En junio de 1830, el Señor reveló las “visiones de Moisés”, ahora conocidas como Moisés capítulo 1, y aproximadamente un mes después se estaban registrando manuscritos de la traducción bíblica comenzando con Moisés 2 (equivalente a Génesis 1).
A medida que José traducía las Escrituras antiguas por diversos medios y formas de revelación, comenzó a aprender verdades sagradas que parecían faltar en la Biblia. Esto lo llevó a concluir en varias ocasiones:
“Reanudé la traducción de las Escrituras. Por diversas revelaciones que se habían recibido, era evidente que muchos puntos importantes, relacionados con la salvación del hombre, habían sido quitados de la Biblia o se habían perdido antes de que se compilara”; “Por lo que podemos deducir de las Escrituras en cuanto a las enseñanzas del cielo, somos inducidos a pensar que se ha dado mucha instrucción al hombre desde el principio que nosotros no poseemos”; “Hay muchas cosas en la Biblia que, tal como ahora se encuentran, no concuerdan con las revelaciones del Espíritu Santo que he recibido”; “Creo en la Biblia tal como debería ser, tal como salió de la pluma de los escritores originales”; y “Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente” (Artículos de Fe 1:8).
Estas declaraciones articulan la importancia reveladora de la Traducción de José Smith (TJS), y cuando comenzamos a ver exactamente cuáles fueron esas revelaciones que ya no existían, empezamos a comprender por qué la TJS es tan valiosa y el gran valor de las revelaciones de Dios que restauraron estas verdades. Como declaró el élder Parley P. Pratt:
“Nunca podremos entender con precisión lo que se quiere decir con restauración, a menos que entendamos lo que se ha perdido o quitado”.
A través de esta perspectiva, podemos comenzar a responder la pregunta: ¿Por qué usar la TJS en nuestra enseñanza? La recuperación profética que hizo José de textos sagrados en su pureza primitiva —“cosas… que de otro modo no podrían conocerse” (Mosíah 8:17)— responde a preguntas que eruditos, teólogos y personas comunes han intentado contestar durante siglos. Mediante la TJS, la revelación proveniente de un Dios omnisciente sale a la luz y, como explicó el presidente D. Todd Christofferson, dirige nuestra atención a la fuente de todas las fuentes cuando se trata de la Biblia:
“Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” (Artículos de Fe 1:9).
Esto quiere decir que, aunque hay mucho que todavía no sabemos, las verdades y doctrinas que hemos recibido han venido y seguirán viniendo por revelación divina. … Valoramos la erudición que aumenta la comprensión, pero en la Iglesia hoy, así como en la antigüedad, establecer la doctrina de Cristo o corregir desviaciones doctrinales es asunto de revelación divina a aquellos a quienes el Señor inviste con autoridad apostólica.
Nosotros también valoramos la erudición, y nuestros comentarios no tienen la intención de disminuir su valor, sino de subrayar el valor de la revelación. Además, deseamos explicar cómo la TJS puede ayudar a resolver preguntas que la erudición no puede —o que aún no ha podido— responder plenamente. Las conclusiones académicas no siempre coinciden con el contenido de las revelaciones, pero la veracidad de estas no depende de ello. Aplicar todo lo que la erudición puede aportar, junto con un testimonio poderoso de todo lo que Dios ha revelado, puede ser esclarecedor, ennoblecedor y fortalecedor, a medida que recurrimos a todas las fuentes disponibles y tenemos confianza en la prioridad y el peso que damos a cada una, especialmente cuando no siempre concuerdan.
José consideraba la traducción de la Biblia como una obra sagrada y como parte de su llamamiento profético. Había recibido una comisión divina para traducir. Registró en su diario el 1 de diciembre de 1831:
“Reanudé la traducción de las Escrituras y continué trabajando en esta parte de mi llamamiento con el élder Sidney Rigdon como mi escriba”.
A medida que se registraban las traducciones —quizá basándose en experiencias pasadas con manuscritos perdidos— el Señor mandó que se produjeran copias de respaldo. Las revelaciones de José y otros comentarios suyos nos ayudan a responder la pregunta: ¿qué es la TJS? En resumen, es revelación recibida de Dios “para la salvación” de Sus hijos (DyC 35:20). La revelación es el tema que se repite a lo largo de la TJS y la característica clave de su producción.
La TJS y otras revelaciones
El proceso de traducción sirvió como un importante catalizador para numerosas revelaciones esenciales para la Restauración. Con frecuencia, el Señor dio estas revelaciones a José en conexión directa con la producción de los textos traducidos. En otras ocasiones, las dio de manera más periférica, en respuesta a preguntas sobre qué acciones debían tomar líderes y miembros individuales, así como para detallar la manera en que los Santos debían llevar a cabo estas y otras revelaciones. Estudiar estas revelaciones surgidas a raíz de la traducción puede ser de gran valor en los esfuerzos por enseñar cómo se desarrolló la Restauración. Este período fue extraordinario, y el profeta José Smith explicó que las revelaciones fluían como una “oleada desbordante” ante su mente.
El Profeta comenzó a ver las cosas con mayor claridad a medida que el Señor urgía a apresurar el proyecto de traducción (Doctrina y Convenios 93:53). Dios estaba restaurando enseñanzas que habían existido o que eran relevantes en un pasado remoto (particularmente las relacionadas con Enoc y Sion) y estaba instruyendo sobre cómo estas seguían siendo pertinentes en el presente y continuarían siéndolo en el futuro. En esencia, “la traducción también tuvo una influencia significativa en la Iglesia en la manera en que dio forma al contenido de Doctrina y Convenios. Más de la mitad del actual Doctrina y Convenios consiste en revelaciones recibidas durante el período de tres años en el que José Smith trabajó en la traducción de la Biblia. Muchas revelaciones se recibieron como respuestas directas a preguntas que José fue inspirado a hacer a medida que su comprensión del evangelio se ampliaba durante el esfuerzo por restaurar las partes claras y preciosas de la Biblia”.
Este elocuente preludio de dirección divina, en el que más de la mitad de las revelaciones contenidas en Doctrina y Convenios se recibieron durante el proyecto de traducción (junio de 1830–julio de 1833), parece subrayar cómo los principios revelados en la antigüedad a Enoc y a Sion podían articular la manera en que Dios continuaba revelándolos en nuestra época, con el mismo objetivo de edificar una Sion preparada para comunicarse con Dios. Como explicó Orson Pratt:
“La Sion de los últimos días se asemejará, en la mayoría de los aspectos, a la Sion de Enoc: será establecida sobre las mismas leyes celestiales, edificada sobre el mismo evangelio y guiada por revelación continua. Sus habitantes, al igual que los de la Sion antediluviana, serán los justos recogidos de entre todas las naciones; la gloria de Dios se verá sobre ella, y Su poder se manifestará allí, tal como en la Sion antigua. Todas las bendiciones y las grandes características que se manifestaron en la Sion antigua se mostrarán en la Sion de los últimos días”.
El Antiguo Testamento es culturalmente muy distinto de nuestra época, pero comparte principios que pueden unirnos al texto y a todos los propósitos de Dios desde el principio; el Señor comenzó a revelar algunos de estos principios en los primeros años de la Iglesia en relación con la TJS. A la luz de esto, “muchos versículos de Doctrina y Convenios no irradian todo su significado y resultan oscuros para el lector moderno hasta que [uno] aprende que existe una conexión con la traducción de la Biblia realizada por José Smith”. A pesar de la distancia cultural que podamos sentir entre nosotros y el Antiguo Testamento, existen verdades vitales que pueden conectarnos —a nosotros y a nuestros alumnos— con el texto y sus relatos.
Es imprescindible estudiar el Antiguo Testamento a partir de su propio contexto histórico, y revelaciones clave recibidas durante este período, como Doctrina y Convenios 84 —una revelación sobre el sacerdocio que vincula lo antiguo con lo moderno al explicar por qué el Sacerdocio Aarónico, y no el Sacerdocio de Melquisedec en su plenitud, fue más común en el Israel antiguo—, nos ayudan en ese esfuerzo. Junto con Moisés 4, Doctrina y Convenios 29 puede ayudarnos a comprender mejor la agencia y la naturaleza de la Caída. De este modo, estas revelaciones pueden darnos un fundamento firme al intentar comprender tanto el Antiguo Testamento como nuestra adoración actual.
La antigüedad del evangelio y de sus ordenanzas, y por qué importa hoy
La antigüedad del evangelio fue una parte significativa de su restauración continua. Dado que la TJS es una restauración de lo que fue traído del pasado al presente, resulta pertinente utilizarla en la enseñanza y aprovechar el valor que aporta al proceso de aprendizaje y edificación de la fe. Ver la TJS a través del lente de la revelación proveniente de Dios —la fuente suprema— puede ayudar a aliviar la presión y la tensión evitable que algunos de nosotros y de nuestros alumnos pueden sentir entre la religión y la erudición (u otras fuentes y plataformas de los medios sociales).
Podemos abordar las preguntas (que todos tenemos) y los temas a través del lente de la declaración del presidente Christofferson, a la cual ahora volvemos:
“Aunque hay mucho que todavía no sabemos, las verdades y doctrinas que hemos recibido han venido y continuarán viniendo por revelación divina. … Valoramos la erudición que aumenta la comprensión, pero en la Iglesia hoy, así como en la antigüedad, establecer la doctrina de Cristo o corregir desviaciones doctrinales es asunto de revelación divina para aquellos a quienes el Señor inviste con autoridad apostólica”.
Es importante utilizar la erudición, y tal enfoque puede ayudarnos a desarrollar humildad académica al estudiar las Escrituras. Esto puede dejarnos con una sensación de mayor serenidad, al depender en última instancia de la revelación para obtener respuestas a preguntas doctrinales, aun cuando ello parezca —y a veces sea— contrario a las conclusiones alcanzadas por la erudición académica (considerando además que los propios eruditos no siempre coinciden entre sí).
El Señor reveló en relación con la TJS: “Es mi voluntad que os apresuréis a traducir mis Escrituras, y a obtener conocimiento de la historia, y de países, y de reinos, de las leyes de Dios y de los hombres, y todo esto para la salvación de Sion” (Doctrina y Convenios 93:53). Podemos tomar este mandamiento con seriedad y, quizá, a medida que aprendamos más sobre estos elementos, podamos comprender mejor lo que Dios estaba restaurando mediante la TJS al verla a través del lente de la antigüedad. Esta revelación de aprender historia no es un paso que deba omitirse, sino un peldaño de aprendizaje hacia los propósitos de Dios “para la salvación de Sion”.
Con todo el conocimiento que revela la TJS, esta no siempre responde todas las preguntas. Cuando algunas preguntas quedan sin respuesta, no es necesario reaccionar con frustración, desdén, dudas o escepticismo, sino más bien ver esto como una oportunidad para abordar dichas preguntas, entablar conversaciones significativas y recurrir al estudio personal y a la revelación para obtener más respuestas. Tanto para educadores como para estudiantes, “no lo sé” es una respuesta aceptable, siempre y cuando hayamos hecho el esfuerzo de buscar respuestas. Poder decir: “Esto es lo que sí sé gracias a la revelación y a la traducción inspirada de la Biblia (la TJS)” puede ser edificante e inspirador.
Las conclusiones que toman en cuenta la revelación no siempre coincidirán con las conclusiones académicas (las cuales con frecuencia varían o incluso se contradicen entre sí), porque los autores de esos estudios no siempre recurren a todas las fuentes disponibles que la revelación proporciona. Sin embargo, esto no debe ser motivo de excesiva preocupación si confiamos en la fuente suprema de la revelación. Las preguntas pueden permanecer, pero las partes no respondidas no tienen por qué dejarnos en un estado de consternación ni hundirnos en la duda mientras trabajamos por resolverlas, especialmente si evitamos descartar la TJS y las Escrituras antiguas en general como fuentes históricas significativas. La revelación personal puede confirmar la veracidad de esos relatos y disipar, al menos en parte, algunas de las inquietudes que puedan surgir. Si contamos con un ancla que nos impida desviarnos, podemos navegar con paciencia las preguntas que aparezcan y aferrarnos firmemente a la revelación durante el proceso.
La TJS y la revelación sí resuelven algunas preguntas importantes que nosotros o nuestros alumnos pueden escuchar desde diversas fuentes, cercanas o lejanas. Por ejemplo, la TJS (así como el Libro de Mormón) deja fuera de toda duda varias verdades que a veces se cuestionan y se presentan como ingenuas, indemostrables o incluso refutadas en algunos —aunque no todos— círculos académicos. Estas verdades incluyen: que el bautismo existía antes de los tiempos del Nuevo Testamento; que Jesús es Jehová; que el rey David fue una persona real; que Israel fue una entidad real; que el Éxodo ocurrió y no es una ficción; que el diablo existía antes de los tiempos del Nuevo Testamento; y que realmente existe un esparcimiento y un recogimiento de Israel, los cuales siempre han sido fundamentales en el plan de salvación de Dios. La TJS ayuda a confirmar la antigüedad del Evangelio y, por lo tanto, puede darnos a nosotros y a nuestros alumnos la confianza de que el Libro de Mormón, el Libro de Abraham y el Libro de Moisés también son antiguos, y no algo que José Smith haya compuesto mientras intentaba “cristianizar” el Antiguo Testamento o la Biblia. La TJS puede ser fundamental para ayudarnos —a nosotros y a nuestros alumnos— a enfrentar este tipo de preguntas.
Por qué importa la antigüedad del Evangelio de Jesucristo
La naturaleza antigua de los convenios de Dios es relevante porque son eternos. Algunas formas de adoración han cambiado a lo largo del tiempo, pero el concepto de los convenios y de las ordenanzas salvadoras permanece constante. Por ejemplo, la doctrina del bautismo se encuentra en el Libro de Mormón (2 Nefi 31), en la TJS (Moisés 6:62–68; Moisés 7–8; TJS, Génesis 17:3–7, 11–12) y en otras revelaciones que sitúan el bautismo antes del Nuevo Testamento (Doctrina y Convenios 84:23–27). Las declaraciones del profeta José Smith confirman que el bautismo existía desde el principio. Él enseñó:
“Quizá nuestros amigos digan que el Evangelio y sus ordenanzas no se conocieron sino hasta los días de Juan, hijo de Zacarías, en los días de Herodes, rey de Judea. Pero examinemos este punto: por nuestra parte, no podemos creer que los antiguos, en todas las épocas, hayan sido tan ignorantes del sistema del cielo como muchos suponen, puesto que todos los que alguna vez fueron salvos, lo fueron mediante el poder de este gran plan de redención, tanto antes de la venida de Cristo como después.”
Y añadió: “Algunos dicen que el reino de Dios no fue establecido sobre la tierra hasta el día de Pentecostés, y que Juan no predicó el bautismo de arrepentimiento para la remisión de los pecados; pero yo digo en el nombre del Señor que el reino de Dios fue establecido sobre la tierra desde los días de Adán hasta el tiempo presente.”
Aunque cuestiones como la antigüedad del bautismo se debaten en los círculos académicos, la profecía, la revelación y las Escrituras antiguas definen claramente esta realidad. Cuando el élder Franklin D. Richards compiló y publicó la primera edición de La Perla de Gran Precio en 1851, tenía en mente la antigüedad del Evangelio. Explicó que uno de los propósitos de ese volumen era demostrar que el Evangelio restaurado, la doctrina y las ordenanzas contenidas en él eran “las mismas que fueron reveladas a Adán para su salvación después de su expulsión del jardín, y las mismas que él transmitió y mandó enseñar a sus generaciones después de él, como el único medio designado por Dios mediante el cual las generaciones de los hombres pueden recobrar Su presencia”.
Cuando nosotros y nuestros alumnos aprendemos acerca del poder de la revelación y obtenemos un testimonio de estos principios, ello puede ser fortalecedor y aliviar las luchas de fe y las tensiones emocionales que pueden surgir cuando la revelación queda relegada en nuestro esfuerzo por comprender el pasado. Con el ancla de la revelación, podemos tener preguntas sin abandonar la fe y obtener respuestas sin renunciar a nuestras búsquedas académicas.
Cuando un testimonio de la revelación se vuelve activo en nuestra propia vida y en la de nuestros alumnos, lo que a los ojos de otros puede parecer ridículo o no comprobado llega a ser fortalecedor y ennoblecedor para quien ha recibido la revelación y el testimonio de ella. Sabemos lo que sabemos y por qué lo sabemos, independientemente de que otros lo acepten o lo reconozcan. Tales diferencias de experiencia no tienen por qué ser confrontacionales ni contenciosas, ni tampoco debemos ser ostentosos o arrogantes en nuestras interacciones con los demás. Más bien, estas visiones y destellos del plan de Dios pueden infundir confianza, humildad, propósito y paz. Además, nos ayudan a comprender y a abordar mejor lo que los profetas modernos enseñan en relación con el convenio eterno de Dios:
“El convenio nuevo y sempiterno” (Doctrina y Convenios 132:6) y el convenio abrahámico son esencialmente lo mismo: dos maneras de expresar el convenio que Dios hizo con hombres y mujeres mortales en distintos momentos.
El adjetivo sempiterno indica que este convenio existía incluso antes de la fundación del mundo. El plan expuesto en el Gran Concilio en los cielos incluía la sobria realidad de que todos seríamos separados de la presencia de Dios. Sin embargo, Dios prometió que proveería un Salvador que vencería las consecuencias de la Caída. Dios le dijo a Adán después de su bautismo:
“Tú eres según el orden de aquel que no tuvo principio de días ni fin de años, desde toda la eternidad hasta toda la eternidad.
He aquí, tú eres uno en mí, un hijo de Dios; y así pueden todos llegar a ser mis hijos” (Moisés 6:67–68).
Adán y Eva aceptaron la ordenanza del bautismo y comenzaron el proceso de llegar a ser uno con Dios. Habían entrado en la senda de los convenios.
Cuando tú y yo también entramos en esa senda, adoptamos una nueva manera de vivir. De ese modo creamos una relación con Dios que le permite bendecirnos y transformarnos. La senda de los convenios nos conduce de regreso a Él. Si permitimos que Dios prevalezca en nuestra vida, ese convenio nos acercará cada vez más a Él. Todos los convenios están destinados a ser vinculantes; crean una relación con lazos eternos.
Comprender la naturaleza eterna de los convenios puede motivarnos tanto a entrar en ellos como a guardarlos, y puede brindarnos confianza y valor al enfrentar los desafíos de la vida con una perspectiva eterna. Las preguntas importan, y el lugar donde buscamos las respuestas a esas preguntas importa aún más.
El esfuerzo por publicar la TJS
Tan importantes eran las revelaciones de la TJS, junto con otras que estaban saliendo a la luz, que en Kirtland, el 15 de junio de 1835, José suplicó a la Iglesia primitiva que ayudara a impulsar la publicación de la Nueva Traducción con su apoyo:
“Amados hermanos en el Señor, os envío mi amor y mis mejores deseos para vuestra prosperidad en la gran causa de nuestro Redentor. Ahora estamos comenzando a preparar e imprimir la Nueva Traducción, junto con todas las revelaciones que Dios ha tenido a bien darnos en estos últimos días; y como carecemos de fondos para continuar una obra tan grande y gloriosa, hermanos, <deseamos> que nos donéis y prestéis todos los medios o el dinero que podáis, a fin de que seamos capacitados para llevar a cabo la obra como un gran medio para la salvación de los hombres. Mi amor a mis parientes, etc. Vuestro hermano en los lazos del Nuevo Convenio.
José Smith, hijo”
Como la traducción aún no se había publicado en 1842, José describió el gran valor de la Nueva Traducción y de otras revelaciones que procuraba publicar:
“En el futuro, tengo la intención de proporcionar mucho material original, el cual se hallará de un valor incalculable para los santos y para todos los que deseen un conocimiento del reino de Dios, … para que los de corazón sincero sean alentados y consolados, y sigan su camino regocijándose a medida que sus almas se ensanchan y su entendimiento se ilumina mediante el conocimiento de la obra de Dios a través de los padres.”
Tales eran los efectos que estas revelaciones podían producir. Fragmentos de la TJS se publicaron en los periódicos de la Iglesia y en otros medios en la medida de lo posible. Sin embargo, debido a la pobreza, las persecuciones y los constantes traslados, y a otras prioridades, cuando el Profeta fue martirizado en 1844, no había visto realizada la publicación completa de la Nueva Traducción. Hoy no es así, y podemos utilizar estos extraordinarios recursos con facilidad.
¿Cómo podemos usar la TJS en nuestra enseñanza?
Uno de los aspectos más vitales de la Traducción de la Biblia realizada por José Smith (TJS), especialmente su traducción de Génesis, es la clarificación de la participación central de Jesucristo en los acontecimientos y escenas bíblicas donde los mecanismos de la acción divina pueden parecer opacos. Estas escenas incluyen el concilio divino en el mundo premortal, la creación de la tierra y de la humanidad, y la manera en que Dios establece y honra convenios con Sus hijos. A continuación se presentan panoramas generales de algunas de estas enseñanzas y posibles maneras de tratarlas tanto en contextos formales como informales.
Moisés 1
En la TJS, los textos de Génesis reciben un marco profundamente cristológico, comenzando con la restauración de Las visiones de Moisés. El relato se inicia con la experiencia de tipo templo que tiene Moisés en la cima de una “montaña muy alta” cuyo nombre no se menciona. Como parte de esta experiencia sagrada de aprendizaje, el Señor enseña a Moisés que él es un hijo de Dios a semejanza del Hijo Unigénito de Dios:
“Y he aquí, tú eres mi hijo; por tanto, mira, y te mostraré la hechura de mis manos; mas no toda, porque mis obras no tienen fin, y tampoco mis palabras, porque nunca cesan” (Moisés 1:4).
Una vez que Moisés sabe quién es Cristo (junto con los propósitos generales de Dios), llega a conocerse mejor a sí mismo (compárese Moisés 1:4 con Salmos 2:7 y Mosíah 5:7).
El conocimiento de la verdad acerca de la relación de Moisés con Dios fue esencial para la obra que el Señor lo estaba llamando a realizar:
“Y tengo una obra para ti, Moisés, hijo mío; y tú eres a semejanza de mi Unigénito; y mi Unigénito es y será el Salvador, porque está lleno de gracia y de verdad. … Y ahora, he aquí, esto es lo que te muestro, Moisés, hijo mío, porque estás en el mundo, y ahora te lo muestro” (Moisés 1:6–7).
Como alguien criado por la hija del faraón en las cortes reales de Egipto, el concepto egipcio de la realeza como manifestaciones “engendradas” de seres divinos del panteón egipcio habría formado parte integral de la cosmovisión temprana de Moisés. Ayudar a Moisés a comprender su propia filiación divina en relación con Dios fue preparatorio para que entendiera la filiación divina de Jehová. Así, su llamamiento para liberar a Israel del cautiverio se convirtió en un antitipo de Jesucristo como Libertador y Redentor divino. Además, lo colocó en una senda continua de guía reveladora.
Mediante las revelaciones, vemos al Señor reorientar la cosmovisión egipcia de Moisés, desde una en la que los reyes egipcios eran manifestaciones divinas de deidades egipcias, hacia una en la que Moisés comprendía que era “un hijo de Dios, a semejanza de Su Unigénito” (Moisés 1:13). Este conocimiento amplió su visión y afirmó su valor e identidad en relación con Dios. Posteriormente, esto permitiría a Moisés vencer el ataque de Satanás (véase Moisés 1:12–22, especialmente el versículo 21) y avanzar con confianza en la obra de Dios.
Lo que le sucedió a Moisés no solo puede informarnos e instruirnos, sino que también puede conectarnos con el mundo del Antiguo Testamento de maneras que quizá antes no habíamos percibido. Algunas preguntas para dialogar con los alumnos podrían incluir:
- ¿De qué manera el hecho de que Moisés supiera que era hijo de Dios “a semejanza de Su Unigénito” fue esencial (y capacitador) para cumplir su misión de liberar a Israel?
- ¿Cuál era el panorama general que Dios estaba revelando en Moisés 1?
- ¿Cómo pudo haber afectado esto a Moisés al avanzar en la obra de Dios?
- ¿Cómo puede el saber que somos hijas e hijos de Dios de la misma manera darnos confianza y seguridad en situaciones difíciles de la vida e inspirarnos a seguir adelante?
Las verdades que ayudan a responder estas preguntas pueden introducir conversaciones edificantes en una variedad de entornos de enseñanza, tendiendo puentes y reduciendo la sensación de distancia que a veces sentimos, a medida que las experiencias registradas en el Antiguo Testamento se vuelven más personales.
Enseñar a Cristo como la Palabra creadora (Moisés 1–2)
La parte final de Moisés 1 recalca la verdad doctrinal de que Jesucristo, bajo la dirección de Dios el Padre, es el Creador de “mundos sin número” (Moisés 1:33). La descripción revelada de Jesús en la vida premortal como “la palabra de mi poder” proporciona un marco cristológico para la creación de todo el cosmos (Moisés 1:32–33).
Como forma restaurada del relato de la creación correspondiente a Génesis 1, el texto de Moisés 2 continúa enfatizando a Jesucristo como el Creador (Moisés 2:1, 5). Dado este énfasis en Jesucristo como Creador de este mundo y de mundos sin número, una pregunta significativa que un maestro podría plantear a los alumnos es: “¿Cuál es la relación entre el papel de Jesucristo como Creador de mundos innumerables y Su papel como Redentor?”
El maestro puede ayudar a los alumnos a llegar a la verdad expresada en el testimonio de José Smith y Sidney Rigdon en Doctrina y Convenios 76:22–24:
“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este es el testimonio, el último de todos, que damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos, aun a la diestra de Dios; y oímos la voz que daba testimonio de que él es el Unigénito del Padre; que por él, y mediante él, y de él, los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios”.
Los propósitos de la creación (Moisés 1:39) pueden conducir a conversaciones sobre la visión familiar y personal que Dios y Jesucristo tienen para cada uno de nosotros y sobre cómo Sus propósitos se llevan a cabo (la Expiación y la redención mediante Jesucristo y Su evangelio). Esto vincula la creación con las aspiraciones convenidas de Dios a las que podemos aspirar, con la senda de exaltación que podemos recorrer con Su pleno apoyo e intención, y con la paz que ese conocimiento puede traer a nuestra vida.
La participación de Cristo en la creación de la humanidad y en el concilio divino
La TJS de Génesis (Libro de Moisés) revela la profunda participación de Cristo en la creación de la humanidad. El concilio divino está implícito en Génesis 1:26–27, con la acción colectiva indicada por el verbo en primera persona del plural naʿăśeh (“hagamos”):
“Y yo, Dios, dije a mi Unigénito, que estaba conmigo desde el principio: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y fue así. Y yo, Dios, dije: Tengan dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves de los cielos, y sobre el ganado, y sobre toda la tierra, y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra.
Y yo, Dios, creé al hombre a mi propia imagen; a imagen de mi Unigénito lo creé; varón y hembra los creé” (Moisés 2:26–27).
A continuación, ofrecemos dos ejemplos de preguntas que los maestros podrían plantear a los alumnos para ayudarlos a reflexionar sobre las implicaciones doctrinales de estos importantes versículos:
- ¿Qué significa que los seres humanos hayan sido creados “a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… varón y hembra”, y qué diferencia hace esto?
- ¿Qué implica haber sido “creados… a imagen del Unigénito [de Dios]” respecto de nuestro potencial eterno y de nuestra relación con Él, y cómo puede esto ayudarnos en nuestra vida?
La primera pregunta puede conducir a los alumnos a la verdad de que “todos los hombres y mujeres están hechos a semejanza del Padre y la Madre universales y son literalmente hijos e hijas de la Deidad”. Esto puede influir en la manera en que nos vemos a nosotros mismos y a los demás, con compasión y sensibilidad. Puede abrir conversaciones sobre la tolerancia hacia los demás y sus experiencias con la identidad personal, el potencial y el género, así como sobre el valor que cada persona posee como hija o hijo de Dios, cualquiera sea el punto en el que se encuentre dentro de esa ecuación.
La segunda pregunta puede llevarlos a comprender que toda hija, hijo o persona nacida de padres celestiales tiene el potencial de progresar como un hijo precioso hacia todo aquello para lo que su familia celestial fue diseñada, tal como lo hizo Jesucristo. La TJS puede ayudar a responder estas preguntas y llevar esperanza a las circunstancias más fundamentales y críticas de la vida, al afirmar que cada persona tiene un lugar en la familia de Dios.
El poder de Jesucristo expulsó a Satanás del cielo
La Traducción de José Smith (Libro de Moisés) también contrasta el carácter y la conducta de Jesucristo con los de Satanás en la presentación del plan del Padre en el concilio premortal en los cielos. Al recordar la expulsión previa de Satanás por Moisés en Moisés 1, el egoísmo de Satanás se coloca en primer plano cuando el Señor relata los acontecimientos del concilio premortal:
“Y yo, el Señor Dios, hablé a Moisés, diciendo: Que Satanás, a quien mandaste en el nombre de mi Unigénito, es el mismo que fue desde el principio; y vino delante de mí, diciendo: He aquí, aquí estoy, envíame; seré tu hijo y redimiré a toda la humanidad, para que no se pierda ni una sola alma, y ciertamente lo haré; por tanto, dame tu honra” (Moisés 4:1).
La mansedumbre y la renuncia al yo formaron parte del carácter de Jesús en la vida premortal tanto como en la vida terrenal. Reconocer Su carácter desde el principio puede brindar confianza y consuelo a nuestros alumnos al darse cuenta de que Jesús siempre ha tenido en mente su mayor bien, y de que estuvo dispuesto a vivir y a dar Su vida por ellos para ayudarles a hallar paz en un mundo atribulado. Así, la respuesta de Jesús al plan del Padre no podría ser más opuesta a la del adversario, cuyos designios eran dañar en lugar de ayudar a los hijos de Dios:
“Pero he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).
Jesús y Satanás representan dos tipos opuestos de liderazgo, así como dos enfoques distintos respecto al valor de las personas. El profeta José Smith enseñó:
“Ahora bien, en este mundo la humanidad es naturalmente egoísta, ambiciosa y procura sobresalir unos sobre otros; aunque algunos están dispuestos a edificar a los demás así como a sí mismos, en el otro mundo hay una variedad de espíritus, algunos que buscan sobresalir; y este fue el caso del diablo cuando cayó: buscó cosas que no le eran lícitas; por eso fue derribado, y se dice que arrastró a muchos consigo”.
El liderazgo humano tiene éxito en la medida en que se acerca al modelo de liderazgo de Cristo (“dispuesto a edificar a los demás así como a sí mismo”) y fracasa en la medida en que se aproxima a los métodos egoístas de Satanás. Estas conversaciones pueden conducir a una mejor comprensión del enfoque compasivo, cuidadoso y plenamente benevolente del Salvador, quien vivió y dio Su vida por nosotros. Pueden infundir inspiración, confianza y el deseo de venir a Él. Confiamos lo suficiente en Él como para entregar nuestra vida en la manera en que vivimos, interactuamos y vemos a los demás. Su ejemplo puede llegar a ser nuestra realidad.
El deseo de acercarnos a la divinidad también puede llevarnos a recurrir a la divinidad para obtener fortaleza. El mismo poder que Moisés utilizó para expulsar a Satanás de su presencia fue el mismo poder que lo expulsó de la presencia de Dios en el concilio premortal en los cielos: el poder de Cristo:
“Por tanto, porque Satanás se rebeló contra mí y procuró destruir la agencia del hombre, que yo, el Señor Dios, le había dado, y también porque procuró que yo le diera mi propio poder; por el poder de mi Unigénito hice que fuese arrojado; y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos conforme a su voluntad, a todos los que no escucharan mi voz” (Moisés 4:3–4).
El relato restaurado en Moisés 4 también presenta a Cristo como presente en la expulsión de Adán y Eva del Jardín de Edén (véase Moisés 4:28–31), como participante activo en los acontecimientos que conducirían a la familia humana a las oportunidades relacionadas con la inmortalidad y la vida eterna. Ver a Cristo en el Antiguo Testamento puede ayudarnos a ver a Cristo en nuestra vida hoy.
La tipología cristológica del sacrificio (Moisés 5)
En cuanto a los sacrificios y ofrendas —que a muchos les resultan difíciles de relacionar al estudiar el Antiguo Testamento—, Moisés 5 establece con claridad que, desde los días de los primeros sacrificios de Adán y Eva hasta la época de Jesucristo, todos los sacrificios de sangre ordenados divinamente al Señor eran tipológicos de Su suprema ofrenda expiatoria:
“Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán, diciendo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le dijo: No lo sé, sino que el Señor me lo mandó. Y entonces habló el ángel, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, que está lleno de gracia y de verdad. Por tanto, harás todo lo que hagas en el nombre del Hijo, y te arrepentirás y llamarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:6–7).
Este pasaje de la TJS puede dar lugar a conversaciones profundas y sensibles con los alumnos acerca de la Expiación y el arrepentimiento mediante Jesucristo. Tal vez no haga que la naturaleza ajena de los sacrificios del Antiguo Testamento resulte de pronto familiar, pero dialogar sobre cómo vivimos hoy la ley del sacrificio —mediante ofrendas personales y la ordenanza del sacramento— ciertamente puede tender puentes, acercando a las personas a los propósitos e intenciones de dichos ritos.
Este episodio también enseña que está bien no tener todas las respuestas; que la obediencia en tiempos de incertidumbre puede traer fortaleza y, con el tiempo, acercarnos a las respuestas, conduciéndonos finalmente a una claridad liberadora e inspiradora a medida que llega la revelación. Asimismo, estos pasajes enseñan acerca de la naturaleza sagrada y los efectos fortalecedores de la Expiación de Cristo. En el marco más amplio de lo que costó la Expiación de Jesucristo, Donald W. Parry ha señalado que cuando el Señor “hizo túnicas de pieles y los vistió” a Adán y Eva (Moisés 4:27), probablemente los introdujo a la doctrina y la práctica del sacrificio; y que dicho sacrificio implicaba dar vida para preservar la vida, aunque el Señor no explicó el porqué sino hasta “muchos días” después.
En ese momento, el ángel del Señor subrayó la interrelación eterna entre el arrepentimiento y el sacrificio (“y te arrepentirás y llamarás a Dios en el nombre de su Hijo para siempre jamás”). En otras palabras, lo vinculó con la doctrina de Cristo, como parte de Su evangelio eterno. Esta conexión se enfatiza aquí:
“Y en aquel día el Espíritu Santo descendió sobre Adán, y dio testimonio del Padre y del Hijo, diciendo: Yo soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que así como tú has caído, seas redimido, y toda la humanidad, cuantos quieran” (Moisés 5:9).
Mediante la TJS, los alumnos pueden sentirse más cercanos a los principios presentados en el Antiguo Testamento, y quizá el libro llegue a resultarles menos extraño al comprender mejor su simbolismo. Una vez más, es crucial ver el Antiguo Testamento dentro de su contexto cultural. La TJS puede ayudar a proporcionar parte de ese contexto mientras analizamos las diferencias culturales e históricas entre aquel tiempo y el nuestro.
Además, al utilizar este relato del sacrificio y la versión de la TJS, resulta más fácil comprender el rechazo del sacrificio de Caín y la aceptación del de Abel por parte del Señor, uno de los aspectos más desconcertantes del relato bíblico de Caín y Abel para algunos exégetas. Los detalles son escasos en la versión bíblica, pero abundantes y claros en la TJS. Primero, Caín obedeció a Satanás en lugar de a Dios al hacer la ofrenda (Moisés 5:8–19). Esto abre oportunidades para analizar a qué voces escuchamos y para considerar nuestras decisiones a la luz de las prescripciones de adoración definidas por Dios, frente a aquellas que nosotros u otros intentan redefinir. Segundo, en este contexto, el sacrificio no se hizo a semejanza del sacrificio del Unigénito. No fue una ofrenda de los primogénitos del rebaño ni siquiera una ofrenda de primicias. El texto simplemente afirma que “Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda al Señor” (Moisés 5:19), eliminando la Expiación de Cristo de la ecuación.
Lo que puede parecer caprichoso en el rechazo de Dios a la ofrenda estaba arraigado en lo que ya se había revelado acerca del propósito del sacrificio como tipo del sacrificio infinito del Hijo de Dios. Establecer estas conexiones puede edificar la fe de los alumnos. En tercer lugar, no hubo arrepentimiento de parte de Caín que acompañara la ofrenda, tal como el ángel del Señor había mandado anteriormente a Adán y Eva en el capítulo (compárese Moisés 5:7 con 5:25). Así, el relato no trata de supuestas injusticias que recayeron sobre Caín (como a veces se interpreta en la erudición bíblica), sino de acción y responsabilidad, de revelación y su rechazo. En resumen, la ofrenda de Caín carecía de todos los elementos esenciales prescritos por Dios que prefiguraban la Expiación infinita de Cristo.
Una de las verdades más importantes que los alumnos deben identificar al estudiar la versión revelada en Moisés 5 es que el sacrificio de Caín no se ajusta al modelo cristológico establecido en Moisés 5:5–7. Algunas preguntas que pueden ayudar a los alumnos a reconocer esta verdad son:
- Según lo que leemos en Moisés 5 y las diferencias que vemos con el relato de Génesis, ¿cuáles son algunas razones por las que el Señor rechazó la ofrenda de Caín?
- ¿Quién estaba guiando a Caín hacia ese comportamiento?
- ¿Cómo trata Dios a Caín en esta situación y cómo reacciona Caín ante Dios?
- ¿Cómo cambian las respuestas a estas preguntas nuestra manera de ver el relato?
- ¿Qué esfuerzos se hicieron para ayudar a Caín, y cómo puede eso ayudarnos a comprender mejor las situaciones en las que Dios intenta ayudarnos?
- ¿De qué manera el rechazo a Dios en esta historia condujo al dolor?
Después de estos acontecimientos, Moisés 5:59 explica que la predicación del evangelio de Jesucristo y la administración de sus ordenanzas entre la posteridad justa de Adán continuaron, al menos en parte, como respuesta a la combinación secreta fundada por Satanás y Caín y perpetuada por Lamec. Así, el evangelio y sus principios se convirtieron —y continúan siendo— una parte vital de la existencia humana.
Enoc enseña acerca de Jesucristo y el plan de salvación (Moisés 6)
Moisés 6 tiene como tema central la enseñanza, desde el libro de memorias mediante el cual se instruía a la posteridad justa de Adán y Eva, hasta los predicadores de justicia que enseñaban la doctrina de Cristo, incluido Enoc, quien llegó a ser uno de los oradores más grandes que el mundo haya conocido (véase Moisés 6:47; 7:13). En Moisés 6:48–68, Enoc imparte una verdadera clase magistral sobre el plan de salvación y la centralidad de Jesucristo en dicho plan. Ayudar a los alumnos a descubrir esto por sí mismos puede ser una experiencia que cambie su vida.
Si los alumnos aprenden a identificar lo siguiente, puede abrirse ante ellos una abundancia de revelación:
- evaluar qué enseña Enoc y por qué esas enseñanzas fueron eficaces;
- identificar qué ayudan a ver las enseñanzas de Enoc a su propio auditorio (y a nosotros) acerca del evangelio de Jesucristo tal como se ha enseñado en todas las dispensaciones;
- por qué Enoc enseña lo que enseña y cuál es el resultado.
Los alumnos pueden reconocer que una de las cosas más eficaces que hace Enoc es usar el ejemplo de Adán y Eva —quienes fueron enseñados en los principios del evangelio y recibieron ordenanzas— como modelo para su audiencia, puesto que Adán era un punto de referencia común para ellos. También pueden reconocer la centralidad de Jesucristo en la enseñanza de Enoc:
“Y llamó a nuestro padre Adán con su propia voz, diciendo: Yo soy Dios; hice el mundo, y a los hombres antes que estuvieran en la carne. Y también le dijo: Si te vuelves a mí, y escuchas mi voz, y crees, y te arrepientes de todas tus transgresiones, y te bautizas, aun en agua, en el nombre de mi Unigénito, que está lleno de gracia y de verdad, que es Jesucristo, el único nombre que será dado debajo del cielo por el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres, recibiréis el don del Espíritu Santo, pidiendo todas las cosas en su nombre, y todo lo que pidáis os será concedido…
Por tanto, enseñadlo a vuestros hijos, que todos los hombres, en todas partes, deben arrepentirse, o de ningún modo pueden heredar el reino de Dios; porque ninguna cosa impura puede morar allí ni morar en su presencia; porque, en el lenguaje de Adán, Hombre de Santidad es su nombre, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, aun Jesucristo, un Juez justo, que vendrá en el meridiano del tiempo” (Moisés 6:51–52, 57).
“Os doy un mandamiento de enseñar estas cosas libremente a vuestros hijos, diciendo que así como fueron engendrados en el mundo por la caída —la cual trae la muerte— por el agua, la sangre y el espíritu que yo he creado, y así llegaron a ser, del polvo, un alma viviente; de igual modo debéis nacer de nuevo, del agua y del Espíritu, y ser limpiados por la sangre, sí, la sangre de mi Unigénito, para entrar en los misterios del reino de los cielos, a fin de que seáis santificados de todo pecado y disfrutéis las palabras de vida eterna en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero, aun la gloria inmortal; porque por el agua guardáis el mandamiento; por el Espíritu sois justificados; y por la sangre sois santificados”.
Además, la instrucción reiterada del Señor a Adán y Eva de enseñar estas cosas a sus hijos puede ayudar a los alumnos a ver la importancia de enseñar la doctrina de Cristo y el plan de salvación (lección que se refuerza nuevamente cuando Noé y sus hijos enseñan la doctrina de Cristo en Moisés 8). Como parte de la familia de Dios y dentro del contexto de Su plan de salvación, nuestros hijos pueden referirse no solo a los hijos biológicos, sino a cualquier hijo o hija de Dios, joven o mayor. La audiencia de Enoc necesitaba ser recordada de esto. Colectivamente, nosotros todavía necesitamos ese recordatorio.
Enoc contempla la muerte expiatoria del Hijo del Hombre (Moisés 7)
Jesucristo también ocupa un lugar central en la visión panorámica que Enoc tiene de la tierra. Enoc lo ve todo: desde sus propios tiempos turbulentos y el diluvio que seguiría, hasta la venida del Mesías en el meridiano del tiempo y el triunfo final del bien sobre el mal que traerá el reposo milenario de la tierra. En la Traducción de José Smith, el título “Hijo del Hombre” se utiliza siete veces en referencia a Jesucristo.
En una de las escenas más significativas de esta visión, Enoc contempla la venida del Salvador en la mortalidad y comprende lo que su muerte expiatoria significará:
“Y he aquí, Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre, aun en la carne; y su alma se regocijó, diciendo: El Justo es levantado, y el Cordero es inmolado desde la fundación del mundo; y por la fe estoy en el seno del Padre, y he aquí, Sion está conmigo” (Moisés 7:47).
Dado que este pasaje es fundamental tanto para la experiencia de Enoc como para su audiencia, un ejemplo de pregunta que podríamos hacer al analizar este texto es:
¿Por qué Enoc se “regocija” ante la perspectiva de la Crucifixión del Salvador y de Su sufrimiento expiatorio?
¿Cómo cambia la respuesta a esta pregunta nuestra comprensión de todo lo demás?
Cuando observamos el panorama general de los sermones de Enoc y lo que estos enseñan, estos episodios y visiones pueden transformar nuestra perspectiva del evangelio y de la vida, e infundir propósito en nuestra existencia. También podríamos analizar cómo Enoc llegó a obtener respuestas a sus preguntas y qué efecto tuvieron esas respuestas en él.
Esto puede conducir a conversaciones sobre nuestro propio potencial de buscar, preguntar y recibir respuestas, y sobre cómo esas respuestas pueden transformarnos. Tal vez no tengamos las mismas experiencias que Enoc, pero las que sí tenemos pueden ser tan poderosas y duraderas para nosotros como lo fueron para él:
“Por cuanto tú eres Dios, y te conozco, y me has jurado, y me has mandado que pida en el nombre de tu Unigénito; tú me has creado, y me has dado derecho a tu trono, no por mí mismo, sino por tu propia gracia” (Moisés 7:59).
Aunque a primera vista pueda parecer contraintuitivo que Enoc se regocije al conocer la Crucifixión de Cristo, nosotros y nuestros alumnos podemos identificar la verdad de que Enoc se regocija porque sabe que la Expiación de Cristo significa la posibilidad de vida eterna y exaltación (compárese Moisés 7:59), para él, para su pueblo y para todos nosotros. Esta comprensión nos conduce hacia la misma devoción y compasión por los demás.
El sacerdocio eterno según el orden del Hijo de Dios (JST, Génesis 14)
La Traducción de José Smith de Génesis también recalca que los patriarcas antiguos, comenzando con Adán y su posteridad justa, poseían y ejercían la autoridad del “Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios”, lo que más adelante se caracterizaría como el Sacerdocio de Melquisedec. Aunque no se declara de manera explícita, la revelación confirma que los sacrificios y las ordenanzas efectuados por Adán y Eva y su posteridad justa se realizaron bajo esta autoridad.
En los diversos manuscritos de la JST, se hicieron aclaraciones que llegaron a formar parte de Moisés 6:7, enfatizando la naturaleza eterna de este sacerdocio:
“Ahora bien, este mismo sacerdocio que estaba en el principio, continuará hasta el fin del mundo.”
Este tema continuó desarrollándose a lo largo de la Restauración como parte del eslabón de unión que se crearía mediante el sacerdocio y sus ordenanzas. Más adelante, el profeta José Smith enseñó acerca de este sacerdocio eterno y de su alcance a toda la familia humana:
“Él (Adán) es la cabeza y recibió el mandamiento de multiplicarse. A él se le dieron las llaves; y tendrá que rendir cuentas de su mayordomía. … El sacerdocio es eterno. El Salvador, Moisés y Elías dieron las llaves a Pedro, Santiago y Juan en el monte, cuando fueron transfigurados delante de Él. El sacerdocio es eterno, sin principio de días ni fin de años, sin padre ni madre, etc. Si no hay cambio de ordenanzas, no hay cambio de sacerdocio. Siempre que se administran las ordenanzas del evangelio, allí está el sacerdocio. ¿Cómo hemos recibido el sacerdocio en los últimos días? Ha descendido en sucesión regular.”
Estas enseñanzas y revelaciones nos remiten nuevamente a la importancia de la antigüedad del evangelio y a cómo nosotros encajamos dentro de este marco mayor de la obra de Dios para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de todos Sus hijos desde el principio. Como parte de su enseñanza acerca de cómo Adán, Eva y los miembros fieles de su familia vivieron la doctrina de Cristo, Enoc declaró que Adán recibió el sacerdocio mediante un juramento sagrado:
“Y tú eres según el orden de aquel que no tuvo principio de días ni fin de años, de toda eternidad a toda eternidad. He aquí, tú eres uno en mí, un hijo de Dios; y así todos pueden llegar a ser mis hijos” (Moisés 6:67–68).
Esto es semejante al juramento divino y convenio hecho mucho tiempo después a los reyes davídicos de Judá:
“Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Salmos 110:4).
Estas enseñanzas sitúan los convenios actuales dentro de un marco eterno.
Melquisedec y el sacerdocio del Hijo de Dios
La Traducción de José Smith también nos proporciona mayor información sobre Melquisedec, la fuente del sacerdocio de Abraham. Los escasos detalles biográficos que aparecen en Génesis 14:18–20 se amplían de manera notable en la JST. De especial importancia para nuestro propósito, este texto revelado conecta directamente el sumo sacerdocio de Melquisedec con Jesucristo:
“Y así, habiendo sido aprobado por Dios, [Melquisedec] fue ordenado sumo sacerdote según el orden del convenio que Dios hizo con Enoc, siendo según el orden del Hijo de Dios; el cual orden vino, no por hombre ni por la voluntad de hombre, ni por padre ni por madre, ni por principio de días ni fin de años, sino de Dios; y fue conferido a los hombres por el llamamiento de Su propia voz, conforme a Su voluntad, a todos cuantos creyeron en Su nombre” (JST, Génesis 14:27–29).
Los juegos de palabras hebraicos asociados al nombre Melquisedec (“rey de justicia”; malkî, “rey de”, + ṣedeq, “justicia”) y a Salem (šālēm, “paz”; compárese con šālôm) en este texto apuntan directamente a Jesucristo. Como rey-sacerdote según este orden, Melquisedec:
“Obró justicia” y “obtuvo paz en Salem, y por tanto fue llamado Príncipe de paz [compárese śar-šālôm, Isaías 9:6; Abraham 1:2]. Y su pueblo obró justicia, y obtuvo el cielo. … Y este Melquisedec, habiendo así establecido justicia, fue llamado por su pueblo rey del cielo, o, en otras palabras, Rey de paz” (JST, Génesis 14:26, 33–34, 36).
Invitar a los alumnos a reflexionar sobre cómo estos nombres y títulos señalan a Jesucristo, a Su sacerdocio y a Su función en nuestra salvación puede ayudarles a reconocer que Jesucristo es la encarnación perfecta del tipo profético prefigurado en la vida y la persona de Melquisedec.
Jesucristo y el convenio abrahámico
La JST conecta directamente la concesión y el cumplimiento del convenio abrahámico con la misión del Hijo del Hombre, el Mesías, en la mortalidad. La Expiación y la Resurrección de Jesucristo harán posibles todas las promesas de Dios a la humanidad, incluidas las promesas del convenio hechas a Abraham.
“Y Abram dijo: Señor Dios, ¿cómo me darás esta tierra por heredad eterna? Y el Señor dijo: Aunque estés muerto, ¿no soy yo capaz de dártela? Y si murieres, aun así la poseerás; porque el día viene en que el Hijo del Hombre vivirá; pero ¿cómo podrá vivir si no muere? Primero debe ser vivificado. Y aconteció que Abram miró y vio los días del Hijo del Hombre, y se regocijó, y su alma halló reposo, y creyó en el Señor; y el Señor se lo contó por justicia” (JST, Génesis 15:9–12).
El texto de la JST deja claro que el horizonte para el cumplimiento total del convenio abrahámico se extiende mucho más allá de los límites de la mortalidad. Probablemente a este momento se refería Jesús cuando enseñó en el monte del templo:
“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56).
Abraham y Sara murieron sin haber heredado la tierra de Canaán ni haber visto una posteridad numerosa como se les había prometido; sin embargo, las promesas de Dios eran eternas y no podían ser restringidas por el tiempo (Hebreos 11:11–13). Esta fue la gran revelación dada a Abraham en la JST.
Aquí se podría dialogar con los alumnos sobre preguntas como estas:
¿Por qué es importante comprender que el plazo para el cumplimiento de las promesas de Dios —incluidas algunas que se encuentran en nuestras bendiciones patriarcales— se extiende más allá de la mortalidad?
¿Cómo podemos interpretar, desde esta perspectiva, las decepciones, las promesas aparentemente incumplidas, los futuros inciertos o los fracasos percibidos?
¿Cómo podemos perseverar cuando los resultados no son los que esperábamos?
Las respuestas y el diálogo que surjan pueden conducir a la comprensión de que, gracias a Jesucristo, ni siquiera la muerte física puede impedir el cumplimiento de las promesas del convenio de Dios a Sus hijos, y que toda lágrima será finalmente enjugada (Isaías 25:8; Apocalipsis 7:17; 21:4). Esto no elimina el dolor inmediato que podamos sentir, pero nos fortalece para avanzar en medio de la adversidad con esperanza, confiando en un futuro eterno más luminoso prometido en el amor convenial de Dios.
Un contexto para el convenio abrahámico: apostasía de Cristo y de Su doctrina
La Traducción de José Smith (JST) aporta un contexto adicional al otorgamiento del convenio abrahámico, situándolo en medio de una apostasía respecto a Jesucristo y a Su doctrina. Los pueblos de Canaán en la época de Abraham habían perdido el entendimiento del significado y del simbolismo de la ordenanza del bautismo, de la doctrina de la responsabilidad personal y de la Expiación de Jesucristo:
“Y habló Dios con [Abraham], diciendo: Mi pueblo se ha apartado de mis preceptos, y no ha guardado mis ordenanzas, las cuales di a sus padres; y no han observado mi unción, ni la sepultura, o bautismo que les mandé; sino que se han apartado del mandamiento, y se han tomado para sí el lavamiento de niños, y el rociamiento de sangre; y han dicho que la sangre del justo Abel fue derramada para remisión de pecados; y no han conocido en qué cosas son responsables ante mí” (JST, Génesis 17:4–7).
La muerte de Abel, cuya ofrenda de “los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas” en similitud del sacrificio del Salvador había llegado a ser considerada por algunos como expiatoria (Génesis 4:4; Moisés 5:20), había sido malinterpretada. La revelación presentada en la JST explica así un desplazamiento doctrinal que fue corregido en la época de Abraham.
El otorgamiento del convenio abrahámico, mediante el cual Abraham llegó a ser padre de muchas naciones, constituyó el esfuerzo del Señor por salvar a esas naciones por medio de Cristo, quien mismo vendría a través del linaje de Abraham y tomaría “sobre sí la simiente de Abraham” (Hebreos 2:16).
“Y este convenio hago contigo: que tus hijos sean conocidos entre todas las naciones. Ni se llamará más tu nombre Abram, sino que tu nombre será Abraham; porque padre de muchas naciones te he puesto. Y te haré en gran manera fructífero, y de ti haré naciones, y de ti procederán reyes, y de tu descendencia. Y estableceré contigo el convenio de la circuncisión, el cual será mi convenio entre mí y ti, y tu descendencia después de ti, por sus generaciones; para que sepas para siempre que los niños no son responsables ante mí hasta que tengan ocho años. Y observarás guardar todos mis convenios en los cuales hice convenio con tus padres; y guardarás los mandamientos que te he dado con mi propia boca; y yo seré tu Dios y el de tu descendencia después de ti” (JST, Génesis 17:9–12).
El discurso del Señor, tal como se registra en la JST, explica además que la circuncisión al octavo día servía como un recordatorio anticipado de que “los niños no son responsables ante mí hasta que tengan ocho años”. En otras palabras, el bautismo antes de los ocho años no era necesario. Como requisito para la salvación, entrar en la senda del convenio mediante la vivencia de la doctrina de Cristo —incluidos el arrepentimiento y el bautismo— comienza a la edad de responsabilidad moral definida por Dios.
En este punto, podría dialogarse con los alumnos sobre la siguiente pregunta: ¿por qué es tan importante observar las ordenanzas del evangelio de Jesucristo tal como el Señor las prescribe y comprender correctamente nuestra responsabilidad ante Dios? Las respuestas pueden conducir al reconocimiento de que la observancia correcta de las ordenanzas no solo refleja reverencia hacia Dios y Su Hijo, sino también Su ternura y misericordia hacia nosotros. Estas conversaciones también pueden profundizar la comprensión de la Expiación de Jesucristo y de la doctrina del albedrío moral, que nos lleva voluntariamente a participar en la realización de convenios con Ellos. Todo ello puede generar un sentido liberador y vigorizante de propósito y confianza en cuanto al poder y a las bendiciones que se reciben mediante los convenios.
José en Egipto, Moisés, el Mesías y el vidente levantado (JST, Génesis 50)
La Traducción de José Smith (JST) de Génesis concluye con las alusiones proféticas de José en Egipto acerca de la venida del Mesías, otorgando a todo el libro de Génesis un marco cristológico. José profetiza que será levantado Moisés, quien no es el Mesías, pero cuya misión de librar a Israel de la servidumbre constituye un tipo anticipatorio de la misión del Mesías:
“Y dijo José a sus hermanos: Yo muero, y voy a mis padres; y desciendo a mi sepulcro con gozo. El Dios de mi padre Jacob esté con vosotros, para libraros de la aflicción en los días de vuestra servidumbre; porque el Señor me ha visitado, y he obtenido una promesa del Señor, de que del fruto de mis lomos, el Señor Dios levantará una rama justa de mis lomos; y a ti, a quien mi padre Jacob llamó Israel, un profeta (no el Mesías que es llamado Silo); y este profeta librará a mi pueblo de Egipto en los días de tu servidumbre” (JST, Génesis 50:24).
José vincula así el levantamiento del profeta Moisés con el Señor, “el Dios de mi padre Jacob”, cumpliendo las promesas contenidas en el convenio abrahámico.
De este modo, llegamos nuevamente al punto de partida: la antigüedad del evangelio. La misión liberadora del Mesías, en cumplimiento del convenio abrahámico, no solo fue relevante para los pueblos del Antiguo Testamento, sino también para los pueblos del Libro de Mormón y del Nuevo Testamento, cercanos a la época de Su venida en el meridiano del tiempo. Esta relevancia se extiende igualmente a nosotros en los últimos días, mediante la obra continua de Cristo al recoger las ramas dispersas de Israel y traerlas a la luz y a la libertad:
“Y acontecerá que serán esparcidos otra vez; y una rama será separada y llevada a una tierra lejana; sin embargo, serán recordados en los convenios del Señor cuando venga el Mesías; porque Él se manifestará a ellos en los últimos días, con el Espíritu de poder; y los sacará de las tinieblas a la luz; de la oscuridad escondida, y del cautiverio a la libertad” (JST, Génesis 50:25).
Un instructor podría dialogar con los alumnos sobre la siguiente pregunta: ¿qué nos enseña la participación del Salvador —desde la Creación hasta el recogimiento de Israel— acerca de quién es Él? Los estudiantes pueden llegar a reconocer que Jesucristo —las verdades que enseñó y las bendiciones que ofrece— ha formado parte de la vida de los pueblos desde el principio, y que continúa siendo la solución a muchos de los desafíos que enfrenta la humanidad. Tales conversaciones pueden facilitar la revelación a medida que los alumnos reflexionan sobre su propio camino de discipulado y sobre hacia dónde los conduce ese camino cada día. El discipulado puede volverse más pleno y significativo cuando se vive de manera más intencional la doctrina de Cristo.
Conclusión
En este estudio hemos procurado proporcionar a educadores religiosos e instructores del evangelio recursos para aprender y enseñar sobre la Traducción de José Smith de la Biblia, a fin de capacitarlos mejor para enseñar los relatos bíblicos, en particular el libro de Génesis. Hemos explicado la naturaleza de la JST y por qué es tan importante para establecer la antigüedad del evangelio de Jesucristo, y por qué esa antigüedad es relevante. Asimismo, hemos demostrado cuán profundamente centrado en Cristo está el texto restaurado de Génesis y hemos ofrecido ejemplos de preguntas que pueden ayudar a los alumnos a reflexionar sobre las verdades doctrinales reveladas en la JST, dando al Espíritu Santo la oportunidad de darles testimonio de Jesucristo.
Estos recursos y preguntas pueden ayudar a los alumnos a reconocer la importancia del Salvador en el plan de salvación, incluyendo la Creación de la tierra y de la humanidad, los acontecimientos relacionados con la Caída y sus consecuencias, el otorgamiento del convenio abrahámico y el eventual recogimiento de Israel. Tales enseñanzas pueden traer inspiración al estudiar el Antiguo Testamento.
“Un lugar para manifestarse a Su pueblo”
Un modelo para calificar para las bendiciones del templo
Jack Manis
RESUMEN: El presidente Russell M. Nelson enfatizó el papel del Salvador en la expansión de la adoración en el templo y de las ordenanzas sagradas. Este artículo traza un modelo para calificar para las bendiciones del templo que se evidencia en las revelaciones y en la historia de la época de Kirtland: recibir dirección inspirada y promesas, actuar y aprender con fe, suplicar al Señor que honre los esfuerzos sinceros y regocijarse en las manifestaciones de Su poder. Un análisis detenido de Doctrina y Convenios 88, 95, 109 y 110, junto con un estudio de la Escuela de los Profetas y de la dedicación del Templo de Kirtland, muestra este modelo en la preparación de los santos para la investidura de 1836. Este modelo puede adaptarse para su uso en el aula.
PALABRAS CLAVE: adoración en el templo · investidura de poder · Templo de Kirtland · Escuela de los Profetas
Uno de los aspectos más hermosos del ministerio del presidente Russell M. Nelson como Presidente de la Iglesia fue su notable capacidad para enfatizar el papel directo del Señor Jesucristo en el crecimiento y la expansión de los templos y de las ordenanzas sagradas. Él enseñó:
“Bajo la dirección del Señor, se han realizado recientemente ajustes de procedimiento. Él es quien desea que ustedes comprendan con gran claridad exactamente a qué se comprometen al hacer convenios. Él es quien desea que experimenten plenamente Sus ordenanzas sagradas. Él desea que comprendan sus privilegios, promesas y responsabilidades. Él desea que tengan percepciones y despertares espirituales que nunca antes hayan tenido. Esto lo desea para todos los asistentes al templo, sin importar dónde vivan”.
Como educadores religiosos, nuestra responsabilidad es amplificar este mensaje profético en nuestras aulas.
Las revelaciones registradas en Doctrina y Convenios y las acciones fieles de los primeros santos que las recibieron revelan que estos deseos no son nuevos en nuestra época. El Señor Jesucristo ha tenido la intención de manifestarse a Su pueblo, en templos santos, desde el comienzo de esta dispensación. En una revelación de 1831 a los santos, el Señor prometió que los “investiría de poder de lo alto” (D. y C. 38:32), pero esta bendición vendría después de años de preparación continua. La investidura de poder de 1836 en el Templo de Kirtland fue precedida por una serie de comunicaciones y enseñanzas divinas y, cuando se observan en el contexto de cómo los primeros miembros de la Iglesia las recibieron y respondieron a ellas, surge un modelo observable: los primeros santos fueron preparados para manifestaciones divinas del Salvador al (1) recibir dirección o promesas inspiradas, (2) actuar y aprender con fe, (3) pedir al Señor que honrara sus esfuerzos sinceros y (4) regocijarse en las manifestaciones divinas de Su poder.
Aunque no se limita exclusivamente al Templo de Kirtland, pasajes clave de Doctrina y Convenios 88, 94–97, 109 y 110, junto con episodios relacionados de la historia de la Iglesia, demuestran este modelo. Este mismo modelo puede adaptarse en nuestras aulas para el beneficio de nuestros estudiantes.
Recibir dirección o promesas inspiradas
El tema de recibir dirección y promesas inspiradas es, sin duda, más amplio que el contexto del Templo de Kirtland y constituye en sí mismo un aspecto fundamental de la Restauración en su conjunto. Un aspecto notable de este principio dentro del contexto del desarrollo del templo es la aparente dependencia de José Smith de las revelaciones que recibió, así como su interés en cumplirlas (considérese la cita que Moroni hace de Malaquías 3). Según muchos relatos, José tomó las revelaciones que produjo tan seriamente como cualquier otra persona, volviendo a ellas de manera habitual para comprender qué se esperaba de él y de la naciente Iglesia. Y aunque las secciones tempranas de Doctrina y Convenios también podrían servir como evidencia de esto —como el mandamiento de congregarse en Ohio—, Doctrina y Convenios 88 es de suma importancia. Estas revelaciones no solo definen, sino que también impulsan el avance de la obra de edificación del templo. Deben destacarse los siguientes puntos clave:
- Un mandamiento de “santificaos para que vuestras mentes se concentren en Dios, y vendrán los días en que lo veréis” (D. y C. 88:68).
- Una promesa de que el Señor “descorrería su rostro” ante los primeros santos, pero que lo haría “a su propio tiempo, y a su propia manera, y conforme a su propia voluntad” (D. y C. 88:68).
- La instrucción de “permanecer” en Ohio y “convocar una asamblea solemne” (D. y C. 88:70).
- Una invitación a “prepararos y santificaros; sí, purificar vuestros corazones, y lavar vuestras manos y vuestros pies delante de mí, para que yo os limpie… de la sangre de esta generación inicua” (D. y C. 88:74–75).
- La instrucción de enseñar a fin de ser “instruidos más perfectamente en teoría, en principios, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios” (D. y C. 88:78).
- El mandamiento de “organizaros; preparar todas las cosas necesarias; y establecer una casa” (D. y C. 88:119).
- Esta casa debía ser “una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de aprendizaje, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. y C. 88:119).
- Mandamientos para cesar de conductas impuras, tales como la liviandad de pensamiento y la codicia o la lujuria, y para abrazar conductas rectas y la caridad (D. y C. 88:121, 123).
En cuanto a la edificación física de la casa, Lisa Olsen Tait y Brent Rogers resumen que las instrucciones de “enseñarse unos a otros” y de “buscar conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”, junto con las instrucciones para la construcción física de la casa, fueron entendidas por José Smith y los élderes en Kirtland como un “mandato doble”: debían “edificar una casa de Dios y establecer una escuela para los Profetas”.
José Smith y los santos en Kirtland comenzaron a actuar conforme a estas instrucciones casi de inmediato; sin embargo, como lo indicaba la revelación del 1 de junio, todavía tenían solo una comprensión tenue de lo que aquello significaría en última instancia o de los enormes sacrificios que requeriría. Si la edificación de la casa sería el cambio físico más notable en el horizonte de Kirtland, la edificación de un pueblo preparado para la casa sería igualmente notable en la Escuela de los Profetas. Nathan Waite señala: “Una revelación del 8 de marzo de 1833, hoy Doctrina y Convenios 90, otorgó a la recién establecida Primera Presidencia de la Iglesia las ‘llaves’ para administrar la Escuela de los Profetas, y parece que José Smith tomó la iniciativa en los asuntos espirituales, con la ayuda de Sidney Rigdon”.
Actuar y aprender con fe
Después de recibir instrucción inspirada y promesas claras, los santos de Kirtland demostraron un esfuerzo sostenido por actuar conforme a lo que habían recibido, al mismo tiempo que continuaban aprendiendo de sus experiencias, del consejo mutuo, de la oración y de revelaciones adicionales. En el caso de Doctrina y Convenios 95, fue precisamente el retraso en la acción lo que motivó una mayor dirección. Aunque los santos ya habían comenzado a organizar la Escuela de los Profetas, la construcción de la casa se había demorado. Tal vez con el propósito de enseñar a los santos el valor de la obediencia como preparación para una investidura divina de poder, el Señor reiteró la dirección y la promesa previas:
“Porque habéis pecado contra mí un pecado muy grave, en que no habéis considerado el gran mandamiento en todas las cosas que os he dado concernientes a la edificación de mi casa… Sí, de cierto os digo, os di un mandamiento de que edificaseis una casa, en la cual casa me propongo investir con poder de lo alto a aquellos que he escogido; porque esta es la promesa del Padre para vosotros” (D. y C. 95:3, 8–9).
Con una claridad renovada, los miembros de la Iglesia en Kirtland se comprometieron nuevamente y comenzaron a hacer sacrificios considerables para cumplir el mandamiento. El intento de poner en práctica la orden de edificar una casa trajo consigo oportunidades para aprender mediante desacuerdos, desafíos y consejos. Muchos de los santos nunca habían emprendido una obra semejante, y mucho menos con un riesgo financiero tan elevado. En cierto momento, la Primera Presidencia fue “debidamente designada ‘para obtener un plano o diseño del patio interior de la casa’”. Frederick G. Williams describió posteriormente la visión que siguió: “Nos pusimos de rodillas”, recordó, “invocamos al Señor, y el edificio apareció a la vista; yo fui el primero en descubrirlo. Luego todos lo contemplamos juntos. Después de haber observado detenidamente el exterior, el edificio pareció venir directamente sobre nosotros”. El edificio terminado, dijo, “parecía coincidir con lo que allí vi hasta en el más mínimo detalle”.
De esta manera, el Señor continuó enseñando a José Smith y a otros líderes de la Iglesia cómo cumplir Su mandamiento original. José claramente sentía que estaba recibiendo del propio Señor el conocimiento adicional que necesitaba para actuar. Lucy Mack Smith recordó haberlo oído predicar que “no estaban edificando una casa para ellos mismos ni para ningún otro hombre, sino una casa para Dios”, y enfatizar: “¿Edificaremos, hermanos, una casa para nuestro Dios de troncos? No, hermanos, tengo un plan mejor que ese. Tengo el plan de la casa del Señor, dado por Él mismo”.
Por supuesto, los actos de fe no provinieron únicamente de los líderes de la Iglesia; hombres, mujeres y niños de la comunidad manifestaron un espíritu de obediencia, sacrificio y consagración en apoyo a la casa física del Señor. Al mismo tiempo, estos mismos principios los estaban preparando como pueblo para la investidura de poder. Fundamental para esa preparación espiritual, la Escuela de los Profetas comenzó a reunirse a los pocos meses de la dirección dada en la sección 88. Aunque los temas seculares no eran poco comunes en el grupo, existía un claro énfasis en la purificación espiritual de los miembros, tal como lo dictaba la revelación.
Revelations in Context describe la manera en que este énfasis resaltaba el lenguaje directo de las revelaciones:
“El orden revelado de la Escuela de los Profetas fue diseñado en parte para ayudar a los miembros a elevarse por encima de estas deficiencias de su cultura. Las prácticas rituales subrayaban la necesidad de llegar a ser limpios y estar unidos. Para llegar a ser ‘limpios de la sangre de esta generación’ y apartarse del mundo, los élderes participaban en lavamientos rituales… Las revelaciones los instaban una y otra vez a ‘amaros los unos a los otros’ y a ‘cesar de hallar faltas los unos en los otros’, advirtiendo: ‘Si no sois uno, no sois míos’. José Smith enseñó que la unidad era un requisito previo para ser investidos y que formaba parte de la definición de Sion… y enseñó que, además de la limpieza espiritual, el lavamiento de los pies estaba ‘calculado para unir nuestros corazones, a fin de que seamos uno en sentimiento y pensamiento’”.
Fue una demostración notable de fe y de formación espiritual que un grupo relativamente rudo de hombres de la frontera se uniera con la elevada aspiración de renunciar a los pecados de su generación y entrar en un convenio eterno conforme a las leyes del evangelio. El Señor había revelado que el ritual les ayudaría en ese esfuerzo.
A medida que la dedicación del Templo de Kirtland se acercaba en 1836, la mente de José parece haberse vuelto nuevamente a la invitación del Señor de “lavar vuestras manos y vuestros pies delante de mí, para que yo os limpie”. Saints, volumen 1: El estandarte de la verdad resume cómo José actuó aún más conforme a lo que había aprendido del Señor y en la Escuela de los Profetas:
En la tarde del 21 de enero, José, sus consejeros y su padre subieron las escaleras a un desván en la imprenta detrás del templo. Allí, los hombres se lavaron simbólicamente con agua limpia y se bendijeron unos a otros en el nombre del Señor. Una vez purificados, fueron al templo contiguo, donde se unieron a los obispados de Kirtland y de Sion, ungieron la cabeza unos de otros con aceite consagrado y se bendijeron mutuamente. Cuando llegó el turno de José, su padre ungió su cabeza y lo bendijo para que dirigiera la Iglesia como un Moisés de los últimos días, pronunciando sobre él las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob. Luego los consejeros de José pusieron las manos sobre su cabeza y lo bendijeron. Cuando los hombres concluyeron la ordenanza, los cielos se abrieron y José vio una visión del futuro. Contempló el reino celestial, cuya hermosa puerta resplandecía ante él como un círculo de fuego. Vio a Dios el Padre y a Jesucristo sentados en tronos gloriosos. Allí también estaban los profetas del Antiguo Testamento Adán y Abraham, junto con la madre y el padre de José y su hermano mayor Alvin.
Para abril, José y los miembros de la Iglesia a quienes dirigía y amaba habían hecho esfuerzos significativos para estar preparados para que el Señor cumpliera Su gran promesa de investirlos con poder de lo alto. Habían edificado la casa con un costo y sacrificio considerables. Habían procurado conocimiento mediante el estudio y también por la fe. Habían procurado santificarse mediante la obediencia a las leyes del evangelio y por medio de lavamientos rituales simbólicos. Ahora podían presentar su ofrenda.
Pedir al Señor que honre los esfuerzos sinceros
Habiendo hecho lo mejor posible por cumplir los mandamientos del Señor, José demuestra un acto adicional de fe que fácilmente puede pasar desapercibido. En nuestros esfuerzos por comprender la historia de la Iglesia, podemos sentir la tentación de simplificar el relato: el Señor dio un mandamiento, los santos obedecieron y fueron bendecidos. Aunque esto es esencialmente cierto, ya hemos visto que tal simplificación omite un elemento crucial de actuar con fe: a saber, el trabajo espiritual y físico que requiere discernir qué implica realmente cumplir un mandamiento. De igual modo, José no recibió simplemente las bendiciones del Señor de manera inmediata tras completar las instrucciones divinas. Más bien, comenzó otra forma de trabajo espiritual: invocar de manera intencional y explícita al Señor para que honrara los esfuerzos sinceros de los santos al adherirse al consejo divino y pedirle que cumpliera Sus promesas.
Los versículos iniciales de la oración dedicatoria conservada en Doctrina y Convenios 109 son un claro ejemplo. José oró: “Gracias sean dadas a tu nombre, oh Señor Dios de Israel, que guardas el convenio y muestras misericordia a tus siervos que andan rectamente delante de ti, con todo su corazón; tú que has mandado a tus siervos edificar una casa a tu nombre en este lugar”. José continuó reconociendo que este mandamiento estaba centrado en la salvación mediante Cristo y que era en Su nombre que procuraban que Dios “aceptase esta casa, la obra de las manos de nosotros, tus siervos, que nos mandaste edificar. Porque tú sabes que hemos hecho esta obra en medio de grande tribulación; y de nuestra pobreza hemos dado de nuestros bienes para edificar una casa a tu nombre, a fin de que el Hijo del Hombre tenga un lugar donde manifestarse a su pueblo” (D. y C. 109:1–2, 4–5).
A lo largo del texto de la oración dedicatoria, José procura fielmente otras bendiciones de la mano del Señor, muchas de las cuales tienen su raíz en revelaciones anteriores. En última instancia, un tema unificador es que el poder del Señor reposará sobre la casa y sobre Su pueblo, en diversas manifestaciones. Entre ellas se encuentra la súplica de que el poder de la Expiación de Jesucristo ayude a José y a los santos en su búsqueda continua de purificación y santificación. José oró: “Oh Jehová, ten misericordia de este pueblo; y como todos los hombres pecan, perdona las transgresiones de tu pueblo, y sean borradas para siempre” (D. y C. 109:34).
Y aunque otras interpretaciones son posibles, la súplica: “Sea sellada la unción de tus ministros sobre ellos con poder de lo alto” (D. y C. 109:35) adquiere un significado especial a la luz de los acontecimientos del 21 de enero, tres meses antes. En la culminación de años de fe y obras, José colocó simbólicamente los sacrificios y la obediencia de la Iglesia naciente sobre los altares del nuevo templo. José sabía que fue el Salvador quien mandó edificar la casa, quien guio y sostuvo a los santos durante su construcción, y quien tenía el poder de cumplir Sus promesas divinas ahora que existía un lugar donde manifestarse a Su pueblo.
Regocijarse en las manifestaciones divinas de Su poder
La oración de José no quedó sin respuesta. El 3 de abril de 1836, el Señor vino repentinamente a Su templo en una magnífica teofanía. De pie sobre el barandal de los púlpitos del templo recién dedicado, el Señor Jesucristo resucitado habló a José y a Oliver Cowdery: “Yo soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado con el Padre”. Sus siguientes palabras debieron traer un gran alivio a un joven profeta que tan a menudo había procurado el perdón y la santificación mediante la reflexión y la oración: “He aquí, vuestros pecados os son perdonados; estáis limpios delante de mí; por tanto, alzad la cabeza y regocijaos” (D. y C. 110:5).
José también había suplicado que el sacrificio de los santos fuera honrado y que el Señor aceptara la casa que habían edificado. Debió sentir un gran gozo al oír al Señor hablar acerca de ellos: “Regocíjense los corazones de vuestros hermanos, y regocíjense los corazones de todo mi pueblo, que con su poder han edificado esta casa a mi nombre. Porque he aquí, he aceptado esta casa, y mi nombre estará aquí; y me manifestaré a mi pueblo con misericordia en esta casa” (D. y C. 110:6–7).
El Señor había cumplido Sus promesas conforme los santos actuaron con fe y lo buscaron diligentemente. Había llegado el tiempo de regocijarse con Él, no solo para José y los primeros santos, sino para “miles y decenas de miles” para quienes este sería el “comienzo de la bendición que sería derramada” (D. y C. 110:9–10).
El Salvador envió tres mensajeros adicionales con autoridad y conocimiento que ayudarían a José a extender esa bendición a todos los hijos de Dios a ambos lados del velo. Moisés, Elías y Elías (Elijah) aparecieron en una secuencia con comisiones distintas para José y Oliver: las llaves del recogimiento de Israel, la dispensación del evangelio de Abraham y el poder para volver el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres. Dentro del contexto y del modelo más amplio, estas manifestaciones llegan después de la recepción de instrucción y promesas divinas, de un período de actuar y aprender con fe cómo cumplirlas, y de peticiones explícitas para que el Señor honrara los esfuerzos de los santos y la palabra que Él había pronunciado previamente.
José sabía que el Señor deseaba investirlo con poder. Había procurado la santificación mediante las leyes del evangelio y, de manera importante, mediante prácticas rituales orientadas a la limpieza y la unción. Luego había orado específicamente para que la unción de los ministros del Señor fuese sellada sobre ellos. De manera notable, dos de las bendiciones invocadas sobre José durante la unción son paralelos exactos de los dones divinos traídos por estos tres mensajeros especiales. José, con las llaves del recogimiento de Israel, podía ahora conducir a la Iglesia como un Moisés de los últimos días. La comisión de Elías referente a la dispensación del evangelio de Abraham ciertamente abriría todas las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob. ¿Es demasiado osado, desde el punto de vista interpretativo, hallar también en la contribución de Elías (Elijah) el cumplimiento de bendiciones conferidas el 21 de enero?
En efecto, la visión que se abrió a José en el momento de la unción fue excepcional y hoy se halla registrada como Doctrina y Convenios 137. Él había visto el mundo celestial y, en él, a su propio padre y a su madre —quienes aún vivían— reunidos con Alvin, que había fallecido (D. y C. 137:5–6). Esta misericordia inesperada de una familia unida, con los corazones vueltos unos hacia otros, hizo que José se maravillara aquel día. Ahora, unos meses después, Elías (Elijah) le había conferido la autoridad para hacer de tales relaciones duraderas una realidad.
21 de enero de 1836: unción y bendición
(Saints, vol. 1, El estandarte de la verdad, 233–34)
3 de abril de 1836: manifestaciones y cumplimientos
(D. y C. 110:11–15)
| 21 de enero de 1836 | 3 de abril de 1836 |
| Bendecido para dirigir la Iglesia como un Moisés de los últimos días | Moisés apareció y confirió las llaves del recogimiento de Israel |
| Pronunciadas las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob | Elías apareció y confirió la dispensación del evangelio de Abraham |
| Visión del reino celestial con el padre, la madre y el hermano Alvin juntos | Elías (Elijah) fue enviado para volver el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres |
Conclusión
Las revelaciones y los registros históricos que rodean al Templo de Kirtland se erigen como un testimonio sagrado del deseo del Señor de manifestarse a Su pueblo. Mediante las revelaciones de Doctrina y Convenios y las respuestas fieles de los primeros santos, observamos un modelo divino: (1) recibir dirección y promesas inspiradas, (2) actuar y aprender con fe, (3) pedir al Señor que honre los esfuerzos sinceros y (4) regocijarse en las manifestaciones de Su poder. Aunque ciertamente es sugestivo, este modelo no es solo un ejercicio académico, sino una invitación a participar en un proceso semejante, primero como discípulos y luego como educadores religiosos con la responsabilidad de edificar a la generación en ascenso.
En un discurso reciente dirigido al personal de Seminario e Instituto, Chad Webb reflexionó sobre las enseñanzas del presidente Nelson acerca de las bendiciones del convenio que Jesucristo ofrece en los templos santos. Luego, al referirse al objetivo de Seminarios e Institutos, explicó: “Creo que hay más que podemos hacer para… ayudar a más jóvenes y adultos jóvenes a calificar para las bendiciones del templo. No estoy sugiriendo que todos escriban una nueva lección o creen nuevos programas, pero sí les pido que sean reflexivos, incluso orantes, respecto de qué más pueden hacer personalmente dentro del contexto de lo que ya están haciendo”.
El modelo que he presentado es una forma adicional de ayudar como educadores religiosos. Podemos guiarlos a recibir las promesas del Señor por medio de las Escrituras y de la enseñanza profética respecto del templo. Podemos elegir ser tan intencionales con esas promesas como lo fueron los primeros santos y José, volviendo a ellas con frecuencia. Los alentamos a actuar con fe y a aprender mediante la experiencia, invitando conversaciones abiertas y pertinentes sobre cómo vivir de manera que conduzca a un mayor poder del convenio. Podemos invitarlos de forma deliberada a suplicar al Señor, en oración sagrada, el cumplimiento de oportunidades y promesas sagradas del templo en su propia vida. Y podemos disminuir el ritmo para dar nuestro propio testimonio de la manifestación continua del Señor y regocijarnos con ellos a medida que experimentan Su poder en su vida, especialmente de maneras asociadas con Sus templos santos.
Las enseñanzas del presidente Nelson nos recuerdan que el templo es central en la obra del Señor en nuestros días. El mismo Salvador que guio a los santos en Kirtland continúa guiándonos ahora. Él es quien desea investir a Sus hijos con poder, santificarlos y manifestarse a ellos. Que nosotros, como educadores y discípulos, ayudemos a preparar a una generación que lo busque, lo sirva y se regocije en Su presencia.
Revelación sobre la redención de los muertos (D. y C. 138)
Bret A. Bowcutt
RESUMEN:
Bret A. Bowcutt examina la sección 138 de Doctrina y Convenios, destacando su mensaje centrado en Cristo, el cual con frecuencia queda eclipsado por estudios históricos o contextuales. En lugar de centrarse en las circunstancias personales del presidente José F. Smith, este artículo explora cómo la revelación manifiesta el amor infinito del Salvador, el alcance de Su Expiación y Su obra redentora entre los muertos. Subraya que la sección 138 no trata únicamente del mundo de los espíritus, sino del incansable empeño de Cristo por alcanzar a todos los hijos de Dios mediante Su Expiación y el recogimiento de Israel. Se invita a los lectores a meditar profundamente en su lenguaje y a ver en él un testimonio profundo de la misericordia y la misión del Redentor.
PALABRAS CLAVE: Doctrina y Convenios 138 · José F. Smith · Expiación de Jesucristo · redención de los muertos · recogimiento de Israel
Las conversaciones sobre la sección 138 de Doctrina y Convenios a menudo se centran en la visita de nuestro Señor al mundo de los espíritus. Como seres humanos, sentimos una curiosidad innata y profunda acerca de la vida después de la muerte; no es de extrañar que este tema nos atraiga. Mucho se ha escrito acerca del mundo de los espíritus y de la obra que allí se lleva a cabo. Este es un detalle doctrinal importante. La sección 138 es un rico depósito de verdad revelada acerca del mundo de los espíritus, nuestro próximo hogar. Sin embargo, el presidente José F. Smith abre su relato de esta revelación escribiendo: “Me hallaba sentado en mi habitación reflexionando sobre las Escrituras; y meditando sobre el gran sacrificio expiatorio que fue hecho por el Hijo de Dios para la redención del mundo; y sobre el grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida del Redentor al mundo; para que por medio de Su Expiación, y mediante la obediencia a los principios del evangelio, la humanidad pudiera ser salva” (D. y C. 138:1–4).
La mayor parte de los primeros cuatro versículos de esta revelación se centra en la Expiación de Jesucristo. El presidente Smith parece fijar su atención en el “maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida del Redentor al mundo”. Esta revelación comunica mucho acerca de la Expiación y del deseo de nuestro Salvador de compartir ese amor con todos Sus hijos. No debemos permitir que este mensaje quede oscurecido por un énfasis en otros aspectos, por importantes e interesantes que estos puedan ser.
En la mayoría de los comentarios sobre la sección 138, los eruditos y otros relatan los efectos de la muerte y de la pérdida experimentados en la vida de nuestro amado profeta José F. Smith. Esta es una labor importante y encomiable; inspira una comprensión del motivo por el cual esta revelación llegó cuando lo hizo. Centrarse en la vida y la historia del presidente Smith también puede inspirarnos a servir con la misma fidelidad y perseverancia que él demostró, y a mantener la esperanza al enfrentar la pérdida de seres queridos y otras pruebas. Además, este enfoque puede persuadirnos a disminuir el ritmo y a meditar la palabra de nuestro Señor, tal como él lo hacía cuando esta serie de visiones le fue concedida. Todos estos esfuerzos son positivos y útiles. En este artículo, tengo la intención de dejar ese tipo de trabajo contextual a otros y centrarme en algo que resulta notablemente poco común en la literatura disponible. En concreto, hay sorprendentemente pocos comentarios sobre cuán poderosamente y cuán bellamente centrada en Cristo es la sección 138, la revelación sobre la redención de los muertos.
El presidente M. Russell Ballard no pasó esto por alto. En octubre de 2018 habló sobre esta revelación en la conferencia general. Hacia el final de su discurso, después de detallar la historia pertinente, dijo: “Los invito a leer esta revelación de manera minuciosa y reflexiva. Al hacerlo, que el Señor los bendiga para comprender y apreciar más plenamente el amor de Dios y Su plan de salvación y felicidad para Sus hijos”. Ciertamente, la manifestación más importante del amor de Dios es la Expiación de Jesucristo. El presidente Ballard parecía desear que concluyéramos el estudio de esta revelación con una apreciación más profunda del amor de Dios. La historia que rodea la revelación y el lenguaje de Doctrina y Convenios 138 revelan mucho acerca de nuestro Salvador y de Su amor por nosotros. Esta revelación demuestra de manera hermosa el deseo de Jesús de compartir Su Expiación con todos Sus hijos por medio de las ordenanzas del templo. Los profetas han enseñado esto.
El profeta José Smith enseñó: “La mayor responsabilidad en este mundo que Dios ha puesto sobre nosotros es buscar a nuestros muertos”.
El presidente Russell M. Nelson enseñó: “No perdamos nunca de vista lo que el Señor está haciendo por nosotros ahora. Él está haciendo que Sus templos sean más accesibles. Está acelerando el ritmo al que edificamos templos. Está aumentando nuestra capacidad para ayudar a recoger a Israel”. Además, declaró: “Cada vez que hacen algo que ayude a alguien —a uno u otro lado del velo— a dar un paso hacia hacer convenios con Dios y recibir las ordenanzas esenciales del bautismo y del templo, están ayudando a recoger a Israel. Así de simple”.
Posteriormente enseñó: “El templo se halla en el centro del fortalecimiento de nuestra fe y de nuestra fortaleza espiritual, porque el Salvador y Su doctrina son el corazón mismo del templo. Todo lo que se enseña en el templo, mediante la instrucción y por medio del Espíritu, aumenta nuestra comprensión de Jesucristo. Sus ordenanzas esenciales nos vinculan a Él mediante convenios sagrados del sacerdocio. Entonces, a medida que guardamos nuestros convenios, Él nos inviste con Su poder sanador y fortalecedor. Y oh, cuánto necesitaremos Su poder en los días venideros”.
Parece haber una aceleración de la revelación y de las investiduras de poder en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nos estamos volviendo más centrados en Cristo. Estamos más enfocados en Él, y hay un impulso creciente que nos está preparando para Su regreso. Para quienes tienen ojos para ver, oídos para oír y corazones que saben y sienten, Él se está revelando por medio de las Escrituras. Se está revelando mediante las ordenanzas. Se está vinculando a nosotros a medida que hacemos y guardamos convenios. El presidente Nelson enseñó: “Cualesquiera que sean las preguntas o los problemas que tengan, la respuesta siempre se encuentra en la vida y en las enseñanzas de Jesucristo. Aprendan más acerca de Su Expiación, de Su amor y de Su misericordia”. Al procurar sinceramente seguir este consejo, seremos atraídos al templo, y allí “todo sincero buscador de Jesucristo lo hallará”.
En todo bloque sustancial de Escritura hay un lugar —a veces más de uno— donde Jesús revela algo acerca de Sí mismo. Debemos buscar estos pasajes incansablemente y ayudar a nuestros estudiantes a verlos. Luego, debemos apartarnos y permitir que nuestros estudiantes estén con Él mientras meditan en lo que Él está revelando, para que Él y ellos puedan comunicarse juntos. Él les enseñará. Él los edificará y los investirá con los dones y poderes que necesitarán para sus desafíos y misiones particulares en la vida.
Él es un Ser tan inmensamente poderoso y misericordioso que Sus atributos están más allá de nuestra comprensión. Uno de los nombres del Señor Jesucristo en el Antiguo Testamento es el Tetragrámaton, YHWH, o YO SOY. Un estudio cuidadoso de este nombre enseña mucho acerca de Su poder eterno y autoexistente. Este Ser de poder inmenso está recogiendo a Su pueblo. Este recogimiento parece ser un movimiento eterno en Su alma. La sección 138 de Doctrina y Convenios ilustra aún más Sus persistentes esfuerzos por rescatarnos; a todos nosotros, a ambos lados del velo. Como enseñó el élder Patrick Kearon, el Señor “nos persigue incansablemente”.
Lo que el presidente Smith presenció y compartió con nosotros revela mucho acerca de la Expiación de Jesucristo. En las Escrituras hay una compresión del lenguaje que permite que capas de verdad se plieguen unas dentro de otras de una manera que contiene tanto amplitud como profundidad. Me impresiona constantemente la cantidad de verdad que se encuentra apretada, sacudida y rebosante en el lenguaje de las Escrituras. Acompáñenme a considerar lo que el presidente Smith reveló, especialmente acerca de Jesucristo y de Su Expiación, en la sección 138 de Doctrina y Convenios. En este ejercicio, disminuyamos el ritmo y permitámonos empaparnos de las palabras de esta revelación. En un contexto sin prisas, quizá veamos más allí de lo que veríamos de otro modo. A continuación se presentan citas directas de la sección 138 y preguntas destinadas a profundizar nuestra consideración de lo que el presidente Smith estaba pensando y de lo que se estaba revelando.
“Y meditando sobre el gran sacrificio expiatorio que fue hecho por el Hijo de Dios para la redención del mundo” (D. y C. 138:2).
¿Qué estaba contemplando exactamente? ¿Qué estaba viendo espiritualmente? ¿Qué ves tú aquí? Considera lo que el presidente Smith sabía acerca de lo que estaba ocurriendo en el mundo en 1918 y lo que nuestro Salvador podía hacer al respecto.
El presidente Ballard enseñó: “Ese año fue particularmente doloroso para él [el presidente José F. Smith]. Lloró por el número de muertos de la Gran Guerra Mundial, que continuaba aumentando hasta superar los 20 millones de personas fallecidas. Además, una pandemia de gripe se estaba propagando por todo el mundo, cobrando la vida de hasta 100 millones de personas”.
Suponemos que el presidente Smith esperaba y oraba por aquellos cuyas vidas se vieron afectadas por la guerra y la pandemia. Como profeta, debió sentir cierta responsabilidad por ellos. Probablemente también estaba pensando en sus propios seres queridos fallecidos. Si bien es cierto que todo el mundo estaba tambaleándose bajo los efectos de la guerra y la enfermedad, esta revelación aborda mucho más que las necesidades de ese momento. En particular, el sufrimiento de nuestro Redentor satisfizo las demandas de la justicia para mucho más que esos problemas inmediatos, por enormes que fueran. El lenguaje que utiliza el presidente Smith en esta revelación no se limita a las dificultades cercanas a su propia experiencia. Esta revelación se extiende a lo largo del tiempo en ambas direcciones y atrae a toda la humanidad al redil del amor de Dios.
¿Qué es la Expiación de Jesucristo? ¿Cuánto abarca Su Expiación? ¿Hasta dónde llegan —y cuán profundamente— las investiduras de amor que fluyen mediante la Expiación de Jesucristo? ¿Qué ofrece nuestro Salvador por medio de Su Expiación y cuán amplia es esa promesa?
El versículo 3 ofrece una oportunidad semejante para la meditación y la revelación:
“Y el grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida del Redentor al mundo”.
¿Qué estaba meditando aquí el presidente Smith? ¿Qué verdades que ensanchan el alma abarca este versículo?
Este versículo no solo contempla el Jardín de Getsemaní y la cruz, sino toda la maravillosa vida de nuestro Señor. Si tuviéramos un registro completo de Su vida, Su ministerio y Su Expiación, “pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25).
¿Qué ves tú cuando meditas en esto? ¿A quién conoces que se beneficiaría de sentir esto proveniente de Él? ¿Qué más te gustaría saber acerca de Él, de Su vida, de Su ministerio? ¿Cómo fue Él como niño? ¿Cuál fue Su relación con María, con José?
¿Creemos que deberíamos pasar apresuradamente por estas cosas? ¿O más bien deberíamos disminuir el ritmo y permitir que se asienten en nuestra alma? ¿Cuáles son las preguntas de tu alma acerca de la vida de nuestro Salvador, de Su ministerio, de Su Expiación tanto por la muerte como por el pecado?
Versículo 4: “Para que por medio de Su Expiación, y mediante la obediencia a los principios del evangelio, la humanidad pudiera ser salva”.
Creo que este versículo define y resume las verdades contenidas en el resto de la sección 138. En él, Jesús afirma que la humanidad puede ser salva por medio de Su Expiación. Esta oferta tan amplia nos invita a mirar más allá de nuestros problemas inmediatos y a contemplar la tierra y a todos sus habitantes desde el principio hasta el fin. Los versículos siguientes ilustran precisamente cómo esto comenzó a sucederle al presidente Smith.
Ministerio entre los justos
Sus reflexiones lo llevaron a abrir la Biblia y considerar las palabras de Pedro. En 1 Pedro 3:18 leyó: “Cristo padeció una sola vez… para llevarnos a Dios”. Luego, el presidente Smith emprendió, junto con Pedro, un viaje escritural al mundo de los espíritus. Mientras meditaba en ese escenario, “los ojos de [su] entendimiento fueron abiertos, y el Espíritu del Señor reposó sobre [él], y [vio] las huestes de los muertos, pequeños y grandes” (D. y C. 138:11).
El presidente Smith vio en visión “una innumerable compañía de espíritus de los justos” (v. 12). Fue testigo de que esa vasta multitud de santos fieles estaba “firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección” (v. 14), “llenos de gozo y de alegría” (v. 15) y “regocijándose juntos porque el día de su liberación había llegado” (v. 15). Algunos de ellos habían esperado este momento durante milenios. Todos habían aguardado con anhelante expectación ese tiempo. ¡El día de su liberación había llegado!
Es difícil imaginar el nivel de gozo y alegría que inundó a esa congregación. ¿Cuántas personas devotas había allí? ¿Cuán grande era esa multitud de santos justos? El presidente Smith la describió como “una innumerable compañía” (v. 12).
Al describir la visita de Juan el Bautista, Oliver Cowdery se expresó con efusiva emoción. Para ilustrar los sentimientos de su corazón, escribió: “¡Qué gozo! ¡Qué maravilla! ¡Qué asombro!”. Si estas palabras describen el gozo de Oliver en aquella ocasión, ¿qué palabras podrían siquiera comenzar a capturar los sentimientos de gozo y alegría experimentados por los santos en el mundo de los espíritus al anticipar la aparición de Jesús ante ellos, sabiendo que ese era el momento? El día de su liberación había llegado. Ahora multiplica ese gozo por todos los que estaban allí aquel día.
Mientras ellos se congregaban a un lado del velo, el Señor Jesucristo estaba, al otro lado, concluyendo Sus sufrimientos por ellos. Sus últimas palabras registradas en la mortalidad fueron: “Consumado es” (Juan 19:30) y “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). En todas las palabras de las Escrituras que actualmente poseemos, quizá no haya un lenguaje más comprimido que estas dos expresiones. ¿Cuánta verdad se halla contenida en estas dos declaraciones hechas por nuestro Señor al completar esta fase tan decisiva de Su gloriosa eternidad? Este lenguaje merece una meditación prolongada, profunda e inspirada.
Después de pronunciar estas palabras, Su cuerpo mortal “entregó el espíritu” (Juan 19:30). El élder Bruce R. McConkie enseñó: “Cuando la paz y el consuelo de una muerte misericordiosa lo libraron de los dolores y las tristezas de la mortalidad, entró en el paraíso de Dios”. Estas palabras han resonado en mi alma durante décadas. La muerte debió de haber sido algo sumamente dulce para nuestro Salvador. Las expresiones del élder McConkie —“paz y consuelo”— probablemente no alcanzan a abarcar plenamente la poderosa liberación que la muerte proporcionó a nuestro Salvador. Todo había sido consumado. Había peleado la batalla y bebido la amarga copa hasta las heces. La victoria estaba asegurada. Sin cansarse jamás, permitió que Su voluntad fuera absorbida por la voluntad de nuestro Padre Celestial. Encomendó Su espíritu completa y absolutamente en las manos de Su Padre Celestial.
Algún tiempo después de que “la muerte lo librara de los dolores y las tristezas de la mortalidad, entró en el paraíso de Dios”. Allí lo aguardaba aquella asamblea de Sus amigos justos. ¡Debió de ser un momento maravilloso! Me he preguntado cuánto se parecería esta experiencia —tanto para Él como para ellos— a Su aparición en el templo de la tierra de Abundancia, descrita en el Libro de Mormón. Me pregunto si primero se movió entre ellos, amándolos, abrazándolos, permitiéndoles celebrar profundamente Su presencia. Existen algunos paralelos interesantes. Por ejemplo, en 3 Nefi 19 leemos: “Jesús los bendijo mientras oraban a Él; y Su semblante sonrió sobre ellos, y la luz de Su semblante resplandeció sobre ellos; y he aquí, eran blancos como el semblante y también las vestiduras de Jesús; y he aquí, la blancura de ellos excedía toda blancura” (3 Nefi 19:25). Para aquellos adoradores hubo una comunión y una unión de almas que hizo que Su poder, Su luz y Su semblante, y los de ellos, llegaran a ser uno.
En la sección 138, versículos 18 y 24, leemos: “Mientras esta vasta multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación de las cadenas de la muerte, apareció el Hijo de Dios, proclamando libertad a los cautivos que habían sido fieles; … sus semblantes resplandecían, y la radiancia de la presencia del Señor reposaba sobre ellos, y cantaban alabanzas a Su santo nombre”.
Al igual que los adoradores en las Américas, la unión de su fe y de su amor con los de Él los invitó a recibir luz, radiancia y poder. Fueron investidos con Su poder y Su luz. Sin mayor revelación, no podemos conocer ahora los detalles de sus regocijos. Sin embargo, meditar en Su amor por ellos y en el derramamiento de Su poder expiatorio recién obtenido resulta profundamente inspirador. Cuánto tiempo se regocijaron juntos y qué ocurrió entre ellos permanece como un misterio fascinante. Para tomar prestadas las palabras de Oliver Cowdery, “mientras el mundo [está] sacudido y distraído —mientras millones [andan] a tientas como ciegos buscando la pared”, hallamos esperanza, certeza y una fe aumentada al contemplar Su tiempo con ellos en aquel lugar.
Ministerio entre los inicuos
“A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48). Ahora que estos santos fieles en el mundo de los espíritus habían recibido amor, poder y unión con el Salvador, había llegado el momento de ponerse a trabajar.
Doctrina y Convenios 138:30 declara: “Pero he aquí, de entre los justos organizó sus fuerzas y nombró mensajeros, investidos de poder y autoridad, y los comisionó para que salieran y llevaran la luz del evangelio a los que estaban en tinieblas, sí, a todos los espíritus de los hombres; y así fue predicado el evangelio a los muertos”.
Y así, se pusieron a trabajar. Ellos “predicaron a los que habían muerto en sus pecados”. Se les “enseñó fe en Dios, arrepentimiento del pecado, bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de manos”. También se les enseñó “que la redención había sido efectuada mediante el sacrificio del Hijo de Dios sobre la cruz” (D. y C. 138:35). Esta doctrina de Cristo es el estandarte de la verdad. El Señor Jesucristo dio Su vida para que nosotros pudiéramos ser salvos. Hallamos acceso a Él y a Su Expiación por medio de la fe en Jesucristo, el bautismo para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo, y el perseverar con un brillo de esperanza (2 Nefi 31:20) y fe en Él. Mientras estaban reunidos aquel día, el Salvador del mundo impartió a los espíritus fieles en el mundo de los espíritus una especie de repaso del evangelio y de cómo enseñar estas buenas nuevas llenas de esperanza.
Así, nuestro Señor Jesucristo los preparó para salir y recoger al resto de Sus hijos. Leemos:
“Así se dio a conocer que nuestro Redentor pasó Su tiempo durante Su permanencia en el mundo de los espíritus instruyendo y preparando a los espíritus fieles de los profetas que habían testificado de Él en la carne; para que llevasen el mensaje de redención a todos los muertos, … a fin de que por medio de la ministración de Sus siervos también oyesen Sus palabras” (D. y C. 138:36).
Cuando el élder Patrick Kearon enseñó que “Dios está en una búsqueda incansable de ti”, los cínicos quizá se burlaron. Algunos pudieron haber pensado que Dios no persigue a nadie. Este relato de Cristo organizando la obra de salvación y del recogimiento en el mundo de los espíritus parece respaldar la afirmación del élder Kearon. Esta obra del recogimiento parece ser un movimiento eterno en el alma de Jesucristo, nuestro Maestro. En palabras del presidente Nelson: “¡Este recogimiento es el mayor desafío, la causa más grande y la obra más importante sobre la tierra hoy!”.
Mientras contemplaba la escena ante él, el presidente Smith observó que “entre los grandes y poderosos que estaban reunidos en esta vasta congregación de los justos” (D. y C. 138:38), se hallaban muchos de los profetas y mujeres más grandes. Tras enumerarlos, escribió:
“A estos el Señor enseñó, y les dio poder para salir, después de Su resurrección de entre los muertos, y entrar en el reino de Su Padre, para allí ser coronados con inmortalidad y vida eterna” (D. y C. 138:51).
Esta concesión de poder se menciona casi como un comentario de paso. Una de las características llamativas de las Escrituras es que acciones de consecuencias eternas se describen con muy poco —a veces ningún— énfasis. Estos dos dones —salir en la Resurrección y ser coronados con inmortalidad y vida eterna— son, según mi entendimiento, los dones más elevados y grandiosos de la eternidad. Representan la investidura de los mayores dones disponibles mediante la Expiación de Jesucristo. Me pregunto cómo se siente llegar a un punto en el que el Salvador de la humanidad entrega estos dones a una persona. Este es otro momento en esta gran revelación en el que haríamos bien en detenernos y meditar.
Sin embargo, parece que el presidente Smith y aquellos grandes y poderosos santos en el mundo de los espíritus estaban dispuestos a avanzar con rapidez y ponerse a la obra que tenían delante. Quizá esto sea lo que distingue a los grandes de los demás. Personas —o seres— de esta estatura parecen estar tan comprometidos con la obra que, aunque sienten profundamente el amor del Salvador, no pueden conformarse por mucho tiempo con simplemente disfrutar el momento.
Una vez estuve estudiando el don de la caridad. Al considerar “el amor puro de Cristo” (Moroni 7:47), pensé que este don requiere que una persona vacíe su alma del egoísmo y llene ese vacío con las necesidades de los demás. Al actuar con fe en Cristo y vaciarnos de nosotros mismos, el Señor nos ayudará a llenarnos de deseos de servir.
En el proceso de meditar en esto, pensé en algo que antes no había considerado. Me vino en forma de pregunta: “¿Qué don podrías darle a una persona cuyo corazón está lleno de caridad que realmente le resultara satisfactorio?”. Solo se me ocurre una respuesta. El único don que agradaría a un ser o a una persona llena de caridad es otra oportunidad de servir. Me pregunto si esto explica, al menos en parte, lo que ocurre aquí en esta revelación. Cristo concede a estos santos en el mundo de los espíritus el poder de salir coronados con inmortalidad y vida eterna. Luego, sin mucho más, la revelación continúa describiendo la obra que están realizando para recoger a Israel.
Esta maravillosa visión concluye de la siguiente manera:
“Vi que los élderes fieles de esta dispensación, cuando parten de la vida mortal, continúan sus labores en la predicación del evangelio de arrepentimiento y redención, por medio del sacrificio del Unigénito Hijo de Dios, entre los que están en tinieblas y bajo la esclavitud del pecado en el gran mundo de los espíritus de los muertos. Los muertos que se arrepientan serán redimidos mediante la obediencia a las ordenanzas de la casa de Dios, y después de haber pagado la pena de sus transgresiones y haber sido lavados, recibirán una recompensa conforme a sus obras, porque son herederos de la salvación. Así fue la visión de la redención de los muertos” (D. y C. 138:57–60).
Sin lugar a dudas, el presidente José F. Smith concluye su relato de la visión declarando sencillamente que los élderes fieles que pasaron su vida mortal sirviendo, amando y enseñando el evangelio continuarán haciéndolo después de la muerte en el mundo de los espíritus. Esta ha sido mi experiencia con el evangelio. He sentido el amoroso aliento y el abrazo de Jesucristo en mi vida. He experimentado Su socorro. También soy testigo de que, cuando pregunto con sinceridad, Él siempre tiene obra para que yo haga. Esto no parece ser diferente para nuestro Salvador. Él concluyó Su sacrificio expiatorio y luego pasó al mundo de los espíritus para amar, elevar, alentar y bendecir a los justos allí. Después los organizó para ir a rescatar a los que estaban en prisión.
La revelación narrada en la sección 138 de Doctrina y Convenios nos invita a adentrarnos de lleno en la obra del recogimiento. Revela cuánto está en juego y sugiere cuántas almas necesitan esta obra. Una consideración honesta de esta revelación espera que nos pongamos de pie y pongamos el hombro en la obra de la salvación. Resulta difícil exagerar la importancia y la urgencia de esta obra.
El presidente Nelson nos suplicó que captáramos la visión de esta gran obra. Enseñó: “No perdamos nunca de vista lo que el Señor está haciendo por nosotros ahora. Él está haciendo que Sus templos sean más accesibles. Está acelerando el ritmo al que edificamos templos. Está aumentando nuestra capacidad para ayudar a recoger a Israel”. Añadió: “Cada vez que hacen algo que ayude a alguien —a uno u otro lado del velo— a dar un paso hacia hacer convenios con Dios y recibir sus ordenanzas esenciales del bautismo y del templo, están ayudando a recoger a Israel. Así de simple. Ese recogimiento es lo más importante que ocurre sobre la tierra hoy. Nada se le compara en magnitud, nada se le compara en importancia, nada se le compara en majestad”.
Doctrina y Convenios enseña: “Cuando los hombres son llamados a mi evangelio sempiterno y conciertan un convenio eterno, son considerados como la sal de la tierra y el sabor de los hombres; son llamados a ser el sabor de los hombres; por tanto, si la sal de la tierra pierde su sabor, he aquí, no sirve ya para nada sino para ser echada fuera y hollada bajo los pies de los hombres” (D. y C. 101:39–40). Una lectura superficial de este pasaje podría llevarnos a hablar solo de no pecar y, por tanto, de no contaminarnos como representantes del Señor. Sin embargo, dos secciones después leemos versículos similares, pero más enfáticos: “Porque fueron puestos para ser una luz al mundo y para ser los salvadores de los hombres; y en tanto que no sean los salvadores de los hombres, son como la sal que ha perdido su sabor, y no sirve ya para nada sino para ser echada fuera y hollada bajo los pies de los hombres” (D. y C. 103:9–10; énfasis añadido).
En otras palabras, hemos sido invitados a participar en la obra del recogimiento. Esta es la obra más importante sobre la tierra hoy. Al concluir la conferencia general de octubre de 2022, el presidente Nelson invitó a los miembros de la Iglesia de todo el mundo a “centrarse en el templo de maneras en que nunca lo han hecho antes”. Dijo anteriormente en la conferencia que pasar más tiempo en el templo es una manera de hallar descanso —o paz— frente a los desafíos del mundo actual: “Mi súplica para ustedes esta mañana es que hallen descanso del agobio, la incertidumbre y la angustia de este mundo al vencer al mundo por medio de sus convenios con Dios”. Más adelante declaró: “No perdamos nunca de vista lo que el Señor está haciendo por nosotros ahora. Él está haciendo que Sus templos sean más accesibles. Está acelerando el ritmo al que edificamos templos. Está aumentando nuestra capacidad para ayudar a recoger a Israel. También está facilitando que cada uno de nosotros llegue a ser espiritualmente refinado. Les prometo que un mayor tiempo en el templo bendecirá su vida de maneras que nada más puede hacerlo”.
Puesto que todo esto es cierto, tenemos mucho por hacer, “y en tanto que no sean los salvadores de los hombres, son como la sal que ha perdido su sabor, y no sirve ya para nada sino para ser echada fuera y hollada bajo los pies de los hombres”. Se nos invita a ser salvadores de los hombres. Es fundamental notar que aquí se utiliza la minúscula en la palabra salvadores. Solo hay un Salvador: el Señor Jesucristo. Él llevó a cabo nuestra salvación en Su vida, Su ministerio y Su gran Expiación. Él nos invita a participar con Él en esta obra de recoger a todos los hijos de Dios de regreso a Sus amorosos y salvadores brazos.
No obstante la importancia de la obra que debemos realizar y nuestra invitación a ayudar en ella, la sección 138 de Doctrina y Convenios también nos invita a ser testigos de cómo Él ama, bendice y derrama Su Expiación sobre Su pueblo. Esta gloriosa revelación ofrece otro testimonio de la Expiación de Jesucristo, añadiendo a nuestra comprensión de lo que Él hizo por nosotros y de cómo obra para asegurar que todos Sus hijos puedan tener acceso a ella. Si disminuimos el ritmo y meditamos, esta revelación nos enseñará mucho acerca de Él.
Personalmente, estoy agradecido por la palabra de Dios tal como se encuentra en las santas Escrituras. Tenemos un testimonio de Jesucristo porque, a lo largo de décadas de estudio de las Escrituras, hemos aprendido de los escritos de los profetas. Las santas Escrituras nos dan la bienvenida al mundo y a las vidas de profetas, sacerdotes y reyes. Al estudiar las Escrituras, podemos aprender por medio del Espíritu Santo las cosas que aprendieron los profetas, tanto antiguos como modernos. He aprendido con Nefi y Lehi lecciones de la visión del árbol de la vida (1 Nefi 8; 11–15). Me he maravillado ante la majestad, el poder y la fuerza de Jehová al estudiar la teofanía del trono de Isaías (2 Nefi 16). Mi gratitud y mi amor por Jesucristo crecen al estudiar Su vida incomparable. He sentido dolor y esperanza por Él al estudiar los relatos de Getsemaní y de la cruz en el Nuevo Testamento (Mateo 26–27; Marcos 14–15; Lucas 22–23; Juan 17–19; D. y C. 19:15–19). Al estudiar Doctrina y Convenios, me he maravillado de Él al contemplar Su visita al mundo de los espíritus. He quedado conmovido por Su bondad al amar, bendecir y servir a los santos justos allí.
Como muchos otros, he llorado por mis pecados. He suplicado Su perdón. He recibido de Su amor, de Sus bendiciones y de Su Expiación. Lo amo. Lo amo porque Él me salva. Sin embargo, creo que lo amo aún más por la manera en que ama a las personas que yo amo. Estoy eternamente agradecido por lo que se revela en Doctrina y Convenios 138 acerca de Jesucristo y de Su Expiación. Que el cielo bendiga a cada uno de nosotros a medida que acudimos a Él.
Matrimonio eterno, matrimonio plural y confiabilidad profética
Michael A. Goodman
RESUMEN:
Las doctrinas relacionadas con el matrimonio no solo son cruciales para nuestra comprensión del evangelio, sino que también influyen en la manera en que entendemos la confiabilidad profética. Comprender qué enseñanzas pueden cambiar y cuáles no pueden cambiar ayuda a fortalecer los testimonios tanto de la doctrina verdadera como de la confiabilidad de los profetas. Comprender la obra y la gloria de Dios —Su propósito o telos— nos ayuda a situar mejor la doctrina del matrimonio eterno dentro del plan de salvación. Es importante ayudar a todos los hijos de Dios a ver cómo ellos y sus seres queridos encajan en Su plan.
PALABRAS CLAVE: matrimonio eterno · matrimonio plural · confiabilidad profética · doctrina frente a política · exaltación
“En la gloria celestial hay tres cielos o grados; y para obtener el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [que significa el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio]; y si no lo hace, no puede obtenerlo. Puede entrar en el otro, pero ese es el fin de su reino; no puede tener aumento”. —Doctrina y Convenios 131:1–4
El matrimonio entre el hombre y la mujer ha sido fundamental para la sociedad durante milenios y continúa siendo un mandamiento sagrado o un sacramento en muchas religiones. Ya en 1831, José Smith enseñó que “el matrimonio es ordenado por Dios” (D. y C. 49:15). Para mayo de 1835, introdujo la idea del matrimonio eterno a algunos de sus colaboradores cercanos. Doctrina y Convenios 131 es la revelación escrita más temprana que declara el matrimonio eterno no solo como divinamente ordenado, sino como esencial para la exaltación.
Lo que durante mucho tiempo fue aceptado y venerado en la Iglesia como una verdad restaurada hermosa se ha convertido recientemente en un desafío para algunos, especialmente entre la generación más joven. En ocasiones, sus preguntas son teológicas: ¿No basta con amar a Cristo? ¿Cómo puede estar mal amar a alguien? Con frecuencia, las inquietudes implican reconciliar la doctrina del matrimonio eterno con circunstancias personales: ¿Qué pasa con mis padres divorciados, con mi hermano casado pero infeliz, con mis amigos solteros que anhelan casarse, con mi familia y amigos que experimentan atracción hacia el mismo sexo o disforia de género?
Estas preguntas sinceras, a menudo profundamente personales, merecen una consideración seria. Para comprender la doctrina sagrada relacionada con la familia eterna, al menos dos cosas son esenciales: saber dónde encaja la doctrina dentro del plan de salvación y ver cómo nosotros y nuestros seres queridos encajamos en ese plan. Es difícil obtener un testimonio de la doctrina sin ver nuestro lugar en el plan de Dios, y es poco probable que obtengamos un testimonio de algo que creemos que conducirá a la infelicidad.
Introducción
El matrimonio, el género y la sexualidad influyen de manera significativa en las decisiones de fe de la generación emergente de nuestros días. Estos temas siempre han sido sensibles, pero la divergencia entre las normas sociales y el evangelio restaurado los vuelve aún más desafiantes. Un estudio sobre los miléniales Santos de los Últimos Días informa que las cuestiones relacionadas con la orientación sexual y el género constituyen la tercera razón más citada por la que los miléniales se desvinculan de la Iglesia, mientras que no representan un desafío importante para generaciones mayores. La Generación Z —aquellos nacidos aproximadamente desde mediados de la década de 1990 hasta mediados de la de 2010— es aún más sensible a estos asuntos.
La proclamación sobre la familia expone doctrina fundamental relacionada con estos temas y es central en los esfuerzos proféticos por ayudar tanto a miembros como a no miembros a comprender las revelaciones de Dios acerca del matrimonio y la familia. El presidente Dallin H. Oaks declaró: “Hace cuarenta años, el presidente Ezra Taft Benson enseñó que cada generación tiene sus pruebas. … Creo que nuestra actitud hacia la proclamación sobre la familia y la forma en que la utilicemos es una de esas pruebas”. Por supuesto, la proclamación sobre la familia no es doctrina nueva. Como explicó el presidente Gordon B. Hinckley, la proclamación es “una declaración y reafirmación de normas, doctrinas y prácticas relativas a la familia que los profetas, videntes y reveladores de esta Iglesia han declarado repetidamente a lo largo de su historia”.
Desde una perspectiva escritural, pocos textos son tan centrales para el matrimonio y la familia en el plan de Dios como Doctrina y Convenios 131 y 132, y la Declaración Oficial 1. Algunos podrían suponer que, dado que una enseñanza fundamental como la necesidad del matrimonio entre un hombre y una mujer para la exaltación cuenta con un respaldo escritural tan claro (D. y C. 131), sería bien comprendida y aceptada entre los miembros de la Iglesia. El presidente Oaks señaló que, cuando el Cuórum de los Doce y la Primera Presidencia comenzaron a redactar “La familia: Una proclamación para el mundo”, algunos líderes se sorprendieron, pues creían que las doctrinas sobre la familia ya estaban claras y eran ampliamente aceptadas. Sin embargo, se ha hecho evidente que existe una necesidad real de aclarar y reafirmar estas verdades cruciales relacionadas con la exaltación.
Confiabilidad profética
Antes de examinar la doctrina en sí, podemos reflexionar sobre cómo la creencia o incredulidad en esta doctrina afecta la confianza en la confiabilidad profética. En el estudio mencionado anteriormente, la principal razón que dieron los exmiembros para dejar la Iglesia fue que “no confiaban en el liderazgo de la Iglesia” (empatada con “se sentían juzgados o incomprendidos”). En tercer lugar se encontraban los asuntos relacionados con el matrimonio, el género y la sexualidad. Como la preocupación doctrinal más fuerte señalada, estos temas parecen tener una clara conexión con la dificultad que algunos miembros experimentan para confiar en los líderes de la Iglesia.
Entonces, ¿cómo puede uno conocer por sí mismo la veracidad de las enseñanzas proféticas relativas a estas doctrinas y principios? Como ocurre con muchas doctrinas del evangelio, no existen medios puramente mortales para conocer la verdad de lo que se enseña acerca de realidades eternas. La revelación es el único medio seguro para conocer. El conocimiento de tales verdades fluye de la revelación profética, así como nuestros testimonios personales de esas verdades fluyen por medio de la revelación personal.
Esto refleja la manera en que obtenemos un testimonio de todas las verdades más esenciales del evangelio, como que Jesús es el Hijo de Dios y nuestro Salvador. Aunque la evidencia secular puede sugerir la existencia de un Jesús histórico, es la revelación la que confirma que Él es el Hijo de Dios. De manera semejante, la lógica y la razón pueden justificar el matrimonio y la familia, pero el conocimiento de su naturaleza eterna debe venir de Dios y de Sus profetas. Por lo tanto, un testimonio de la confiabilidad profética es esencial al procurar comprender estas doctrinas.
Aunque no creemos en la infalibilidad profética, el Salvador afirmó que podemos confiar en Sus profetas (véase D. y C. 1:37). El profeta José Smith declaró: “Nunca les dije que yo fuera perfecto; pero no hay error en las revelaciones que he enseñado”. La mayoría de los miembros activos probablemente creen que las enseñanzas de Doctrina y Convenios son verdaderas. Sin embargo, como se señaló anteriormente, algunos aún tienen dificultades cuando esas enseñanzas se refieren al matrimonio y la familia, aun cuando se basan firmemente en las Escrituras.
Claridad doctrinal: ¿qué puede cambiar?
Para saber que los profetas son confiables, es fundamental recibir ese testimonio por medio del Espíritu Santo. En un discurso que abordó algunos de estos temas delicados, el presidente Nelson nos exhortó encarecidamente a hacer precisamente eso:
“Mis queridos hermanos y hermanas, les suplico que procuren con diligencia una confirmación del Espíritu de que lo que les he dicho es verdadero y proviene del Señor. Él ha declarado que podemos buscar conocimiento del cielo y esperar recibirlo: ‘Si preguntas’, prometió el Señor, ‘recibirás revelación tras revelación, conocimiento tras conocimiento’.
Pregunten a su Padre Celestial si realmente somos los apóstoles y profetas del Señor. Pregunten si hemos recibido revelación sobre estos asuntos [enseñanzas relacionadas con la sexualidad y el género] y otros temas. Pregunten si estas cinco verdades son, de hecho, verdaderas”.
Como se ha señalado, se requiere revelación para conocer la verdad de afirmaciones que van más allá de la evidencia secular. Además de este componente crucial, los profetas han proporcionado principios adicionales para fortalecer nuestra confianza en lo que enseñan. De manera constante, los profetas han compartido tres criterios para ayudar a los miembros de la Iglesia a evaluar sus enseñanzas:
(1) ¿Es la enseñanza de naturaleza eterna? Es decir, ¿los profetas declaran que la enseñanza es eterna y ha sido consistente e inmutable?
(2) ¿La enseñanza es presentada de manera colectiva por la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce?
(3) ¿La enseñanza es salvífica? ¿Tiene que ver con nuestra salvación?
Ayudar a los miembros a comprender qué enseñanzas pueden cambiar y cuáles no puede cambiar aclara la confiabilidad profética. Esto es particularmente importante en doctrinas sensibles. Por ello, el criterio de la eternidad —aquello que no puede cambiar— resulta tan valioso. La eternidad también es la definición de doctrina citada con mayor frecuencia tanto en la conferencia general como en el currículo oficial de la Iglesia.
Como los profetas han enseñado en las últimas décadas, la doctrina y los principios son eternos, mientras que las políticas y las prácticas —aun aquellas que son mandadas por Dios— pueden cambiar. El presidente Dieter F. Uchtdorf explicó: “Los procedimientos, programas, políticas y modelos de organización son útiles para nuestro progreso espiritual aquí en la tierra, pero no olvidemos que están sujetos a cambio. En contraste, el núcleo del evangelio —la doctrina y los principios— nunca cambiará”.
En la conferencia general de octubre de 2023, el élder John C. Pingree Jr. explicó por qué es tan importante diferenciar entre doctrina y política:
“Al buscar la verdad, ayuda comprender la diferencia entre doctrina y política. La doctrina se refiere a verdades eternas, como la naturaleza de la Trinidad, el plan de salvación y el sacrificio expiatorio de Jesucristo. La política es la aplicación de la doctrina basada en circunstancias actuales; ayuda a administrar la Iglesia de manera ordenada.
Mientras que la doctrina nunca cambia, la política se ajusta de vez en cuando. El Señor obra por medio de Sus profetas para sostener Su doctrina y modificar las políticas de la Iglesia conforme a las necesidades de Sus hijos.
Lamentablemente, a veces confundimos la política con la doctrina. Si no comprendemos la diferencia, corremos el riesgo de desilusionarnos cuando cambian las políticas e incluso de comenzar a cuestionar la sabiduría de Dios o el papel revelador de los profetas”.
Que una enseñanza sea eterna no es el único criterio para determinar si proviene de Dios. Algunas verdades reveladas por Dios son específicas para un tiempo y un lugar determinados. Sin embargo, saber que una enseñanza o práctica puede cambiar nos ayuda a evitar juzgar a profetas pasados o actuales como equivocados cuando las enseñanzas o prácticas parecen modificarse. Creer que los profetas del pasado estuvieron en error establece un precedente para desconfiar de los profetas, videntes y reveladores actuales.
¿Cómo se aplican estos principios y criterios al matrimonio eterno? La necesidad del matrimonio eterno entre el hombre y la mujer para la exaltación, tal como se enseña en Doctrina y Convenios 131 y 132, cumple con los tres criterios: eternidad, enseñanza constante por la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce, e importancia salvífica. Reconocer esto ayuda a confirmar que las enseñanzas fundamentales sobre el matrimonio y la familia no están sujetas a cambio.
Los profetas de Dios, desde Adán y Eva hasta nuestros días, han enseñado que el matrimonio en el plan de Dios es la unión entre el hombre y la mujer. Aunque otras relaciones tienen valor, ninguna otra forma de matrimonio ha sido jamás respaldada por los profetas de Dios. Las Escrituras muestran que Dios unió a Adán y Eva en matrimonio y les mandó traer hijos a su familia (Génesis 1:27–28). Pablo enseñó: “ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor” (1 Corintios 11:11). Los profetas modernos, desde José Smith hasta el presente, han afirmado que el matrimonio eterno entre el hombre y la mujer tiene un origen divino, no meramente mortal, y es necesario para la exaltación (D. y C. 131 y 132). Los profetas confirman repetidamente que esta es una doctrina eterna e inmutable. El élder D. Todd Christofferson enseñó: “Nuestra doctrina —no solo creencia, sino doctrina— de que las relaciones sexuales son apropiadas y lícitas ante los ojos del Señor únicamente entre un hombre y una mujer legal y legítimamente casados no ha cambiado y nunca cambiará”.
Sin embargo, algunos cuestionan la naturaleza eterna de esta doctrina. Una razón común es la equivalencia errónea entre la doctrina del matrimonio eterno y la práctica del matrimonio plural, el cual en ciertos momentos ha sido mandado y en otros prohibido. Algunos razonan que los cambios relacionados con el matrimonio plural sugieren que la Iglesia puede —o llegará a— cambiar su doctrina acerca de la necesidad del matrimonio eterno entre el hombre y la mujer. ¿Cómo aclaran los principios y criterios expuestos anteriormente por qué esta comparación es problemática?
Desde tiempos antiguos, Dios ha dejado claro que el matrimonio plural se practica solo cuando Él lo manda. No es un requisito universal ni eterno. Jacob enseñó: “Por tanto, hermanos míos, oídme y escuchad la palabra del Señor: Porque no habrá entre vosotros sino una sola esposa, y no tendrá concubinas… Porque si yo quiero, dice el Señor de los Ejércitos, levantar descendencia para mí, mandaré a mi pueblo; de otro modo, atenderán a estas cosas” (Jacob 2:27, 30). A diferencia del matrimonio eterno entre el hombre y la mujer para la exaltación, el matrimonio plural es una práctica que Dios puede mandar o prohibir según sea necesario. Es importante señalar que esto no significa que el matrimonio plural no haya sido mandado por Dios ni que carezca de significado eterno; significa que el mandamiento de practicarlo o no practicarlo puede cambiar conforme el Señor lo determine.
El matrimonio plural fue claramente enseñado y mandado por Dios, como se observa en Doctrina y Convenios 132, lo cual afirma que la práctica llegó por revelación. La sección 132 también enseña que el matrimonio plural, cuando es mandado y vivido fielmente, es eficaz en las eternidades. Sin embargo, los mandamientos relativos a su práctica han cambiado con el tiempo. Esto puede llevar a algunos a preguntarse acerca de su relación con la doctrina eterna del matrimonio. El matrimonio plural también puede resultar confuso porque, en épocas anteriores, en ocasiones se lo denominó como una doctrina.
Al comienzo de esta dispensación, el matrimonio plural fue llamado con frecuencia una doctrina. Una búsqueda de discursos de conferencia general desde 1850 hasta comienzos del siglo XX muestra que el matrimonio plural o la poligamia fue mencionado como doctrina en más de treinta ocasiones. No obstante, durante casi los últimos cien años, casi siempre se lo ha referido como una práctica. Esto es consistente tanto en la conferencia general como en los ensayos de la Iglesia sobre el matrimonio plural y en la sección de temas y preguntas del evangelio en churchofjesuschrist.org.
Entonces, ¿por qué importa cómo se le denomina? ¿Por qué es relevante el cambio en la terminología? Algunos equiparan erróneamente los cambios en el mandamiento de Dios respecto al matrimonio plural con posibles cambios en las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio eterno. Se preguntan si la doctrina del matrimonio también cambiará. Esta suposición lleva a algunos a creer que es solo cuestión de tiempo antes de que esta doctrina eterna —el matrimonio celestial como la unión de hombres y mujeres perfeccionados— cambie, y que así se abra el camino para que cualquier otra forma de matrimonio sea incluida, ya sea para el tiempo o para la eternidad.
Una aclaración útil consiste en comprender que la palabra doctrina se utilizaba de manera distinta durante el primer siglo de la Restauración. En su uso temprano, simplemente significaba “aquello que se enseña”, con poco esfuerzo por distinguir entre verdades eternas y enseñanzas temporales dentro de la Iglesia. Como se explicó brevemente más arriba, y con mayor detalle en el artículo de BYU Studies citado, las declaraciones de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce distinguen entre doctrina y principios (verdades eternas e inmutables) y políticas y prácticas (enseñanzas que pueden cambiar por mandato de Dios y de Sus profetas según las necesidades de la Iglesia).
No resulta sorprendente que la Iglesia haya referido al matrimonio plural únicamente como una práctica durante más de medio siglo. Nuevamente, esto no significa que no haya sido mandado por Dios ni que no pueda ser eficaz en los mundos eternos; simplemente significa que el mandamiento de practicarlo puede cambiar sin socavar la confiabilidad profética. Los cambios en el mandamiento relativo al matrimonio plural no sugieren que los profetas del pasado estuvieran equivocados, ni establecen un precedente de que la doctrina del matrimonio eterno vaya a cambiar.
El matrimonio eterno: el porqué
Comprender que las prácticas —incluso aquellas mandadas por Dios— pueden cambiar es esencial al considerar las doctrinas del matrimonio eterno. Aun sabiendo que el matrimonio eterno es una doctrina inmutable, y que Dios puede mandar o prohibir el matrimonio plural, algunos todavía tienen dificultades para comprender las razones que hay detrás de las leyes de Dios relativas a ambos. Las Escrituras ofrecen explicaciones para el matrimonio plural tanto en el Libro de Mormón como en Doctrina y Convenios. Jacob 2:30 declara que su propósito es “levantar descendencia para mí”. Doctrina y Convenios 132:63 explica que es “para multiplicar y henchir la tierra conforme a mi mandamiento, y cumplir la promesa que fue dada por mi Padre antes de la fundación del mundo, y para su exaltación en los mundos eternos, a fin de que puedan llevar las almas de los hombres; porque en esto continúa la obra de mi Padre, para que Él sea glorificado”.
No poseemos una comprensión perfecta de la razón por la cual Dios en ocasiones manda el matrimonio plural; simplemente contamos con evidencia escritural de que así lo ha hecho. Para un análisis más detallado de los fundamentos doctrinales e históricos, véase el capítulo del libro titulado “Matrimonio eterno y matrimonio plural”.
El resto de este artículo se centrará en las razones de la doctrina general de Dios sobre el matrimonio eterno. Dios ha revelado razones suficientes acerca de Su doctrina sobre el matrimonio para ayudarnos a comprender mejor aquello que, para algunos en la era moderna, puede parecer incomprensible. Neal A. Maxwell citó al filósofo y teólogo Austin Farrer para destacar el papel de la razón en el sostenimiento de la fe: “Aunque el argumento no crea convicción, la falta de él destruye la creencia. Lo que parece estar probado puede no ser aceptado; pero aquello que nadie es capaz de defender se abandona rápidamente. El razonamiento racional no crea la fe, pero mantiene un clima en el que la fe puede florecer”.
Hace más de tres décadas, en la Universidad Brigham Young, el élder Boyd K. Packer enseñó un principio que nos ayuda a navegar preguntas complejas del evangelio. Explicó:
“Después de haber enseñado seminario durante varios años, descubrí algo que marcó una diferencia en cuánto aprendían los alumnos y cuánto recordaban. Lo que descubrí fue esto: hay un gran valor en presentar, desde el principio, una visión general breve pero cuidadosamente organizada de todo el curso. …
Hay un marco que se adapta a cada curso que se enseña. Sus elementos se encuentran por todas partes en las Escrituras. Tiene muchos nombres”.
Luego enumeró catorce nombres para el plan de salvación y sugirió que todos los temas del evangelio se analizaran dentro de ese contexto. Explicó:
“Los jóvenes se preguntan ‘¿por qué?’—¿Por qué se nos manda hacer algunas cosas y por qué se nos manda no hacer otras? El conocimiento del plan de felicidad, aun en forma esquemática, puede dar a las mentes jóvenes un ‘porqué’… Alma dijo esto, y creo que últimamente se ha convertido en mi pasaje favorito, aunque cambio de vez en cuando: ‘Dios les dio mandamientos, después de haberles dado a conocer el plan de redención’ (Alma 12:32; énfasis añadido). Permítanme decirlo otra vez: ‘Dios les dio mandamientos, después de haberles dado a conocer el plan de redención’. Ahora, déjenme decirlo nuevamente: ‘Dios les dio mandamientos, DESPUÉS de haberles dado a conocer el plan de redención’”.
Comprender el “porqué” detrás de las enseñanzas de Dios sobre el matrimonio eterno, la sexualidad y el género aporta una mayor claridad sobre su lugar en el plan de salvación. Por supuesto, no solo debemos comprender estas doctrinas, sino también vivirlas, pues nuestro destino depende de ello. En el artículo citado anteriormente, el élder Packer subrayó, usando las palabras de Alma en Alma 12:32, que somos más propensos a obedecer los mandamientos —ya sea sobre el matrimonio, la ley de castidad u otros— cuando vemos su propósito dentro del plan de Dios.
Muchos recuerdan desde la niñez que la frase “porque yo lo digo” —aunque autoritaria— resultaba poco satisfactoria como razón para obedecer. En teoría, escuchar “Dios lo dijo” debería ser suficiente, y para algunos lo es. Sin embargo, muchos aún anhelan “razón de la esperanza” que hay en ellos (1 Pedro 3:15). Buscan el “porqué”. Como enseñó el élder Uchtdorf, “el qué informa, pero el porqué transforma”. Entonces, ¿dónde encajan estos temas dentro del plan? ¿Cuál es su “porqué”?
Telos: no solo inmortalidad, sino vida eterna
La palabra griega telos se refiere a “el fin al que todas las cosas se dirigen, el objetivo, el propósito”. Sócrates, Platón y Aristóteles utilizaron de manera constante el concepto de telos al referirse a la causa o al propósito último. Cuando se trata del propósito final para el cual Dios creó al ser humano y manda todo lo que manda, Moisés 1:39 proporciona la clave: “Porque he aquí, esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. En otras palabras, el telos —el objetivo, la meta o el fin último— para el cual Dios creó al ser humano y le da mandamientos es ayudarnos a alcanzar tanto la inmortalidad como la vida eterna.
Aunque los términos inmortalidad y vida eterna a veces se utilizan de manera intercambiable, se refieren a dos resultados distintos.
La vida eterna es la expresión que se utiliza en las Escrituras para definir la calidad de vida que vive nuestro Padre Eterno. … La inmortalidad es vivir para siempre como un ser resucitado. Por medio de la Expiación de Jesucristo, todos recibirán este don. La vida eterna, o exaltación, es vivir en la presencia de Dios y continuar como familias. Al igual que la inmortalidad, este don se hace posible mediante la Expiación de Jesucristo. Sin embargo, heredar la vida eterna requiere nuestra “obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio”.
El Manual General declara: “La inmortalidad es vivir para siempre con un cuerpo físico resucitado. La vida eterna, o exaltación, es llegar a ser como Dios”. Doctrina y Convenios 19:10 enseña que “Infinito” es otro nombre de Dios, así como “Eterno” en el versículo 11. Por lo tanto, la vida eterna significa vivir como Dios vive, lo cual es Su meta para todos Sus hijos. El manual Principios del Evangelio explica: “La exaltación es la vida eterna, el tipo de vida que vive Dios”.
Hacia el final de su vida, José Smith enseñó: “Tenéis que aprender cómo ser un dios vosotros mismos”. La indicación escritural más temprana de esta posibilidad apareció en 1832, cuando José describió a los habitantes del reino celestial:
“Ellos son aquellos en cuyas manos el Padre ha puesto todas las cosas; ellos son sacerdotes y reyes, que han recibido de su plenitud y de su gloria; y son sacerdotes del Altísimo, según el orden de Melquisedec, que fue según el orden de Enoc, que fue según el orden del Unigénito Hijo. Por tanto, como está escrito, son dioses, aun los hijos de Dios; por tanto, todas las cosas son de ellos, sea la vida o la muerte, o las cosas presentes o las venideras; todo es de ellos, y ellos son de Cristo, y Cristo es de Dios” (D. y C. 76:55–59).
Un año después, José aprendió por revelación cómo el Salvador progresó de gracia en gracia hasta recibir una plenitud. El Señor explicó: “Os doy estos dichos para que entendáis y sepáis cómo adorar, y sepáis lo que adoráis, a fin de que vengáis al Padre en mi nombre, y a su debido tiempo recibáis de su plenitud” (D. y C. 93:19).
José estuvo lejos de ser el único profeta de esta dispensación en enseñar esta posibilidad. La Primera Presidencia de Heber J. Grant, Anthony W. Ivins y Charles W. Nibley enseñó de manera semejante: “El hombre es hijo de Dios, formado a imagen divina y dotado de atributos divinos; y así como el hijo pequeño de un padre y una madre terrenales es capaz, con el tiempo, de llegar a ser un hombre, así también esa descendencia no desarrollada de padres celestiales es capaz, mediante la experiencia a lo largo de eras y eones, de evolucionar hasta llegar a ser un Dios”. Cuando decimos que nuestro destino final es la exaltación, como se citó anteriormente, estamos hablando de vivir “el tipo de vida que vive Dios”.
La idea de llegar a ser como Dios no es exclusiva de los Santos de los Últimos Días, aunque nuestra comprensión de ella es singular. El término griego para llegar a ser como Dios es theosis. Aunque resulta poco familiar para gran parte del cristianismo moderno, esta idea se ha enseñado desde la antigüedad y por profetas desde la época de José Smith. Como señala el ensayo de Temas del Evangelio “Llegar a ser como Dios”, los primeros padres cristianos, tales como Ireneo, Clemente de Alejandría y Basilio el Grande, enseñaron la deificación desde los inicios de la era cristiana. Se han escrito libros enteros sobre este tema. Esto no significa que los teólogos cristianos antiguos o los eruditos modernos conciban la deificación exactamente como la enseñó José Smith, pero el concepto básico está bien establecido dentro de la tradición cristiana.
El ensayo “Llegar a ser como Dios” explica: “La naturaleza divina de la humanidad y su potencial para la exaltación se han enseñado repetidamente en discursos de conferencia general, revistas de la Iglesia y otros materiales de la Iglesia. Cuando las jovencitas Santos de los Últimos Días recitan su lema, cada una afirma: ‘Soy una amada hija de padres celestiales, con una naturaleza divina y un destino eterno’. Las enseñanzas sobre la filiación divina, la naturaleza y el potencial del ser humano ocupan un lugar destacado en ‘La familia: Una proclamación para el mundo’. La naturaleza divina y la exaltación son enseñanzas esenciales y profundamente apreciadas en la Iglesia”.
El telos y la familia eterna
Entonces, ¿qué tiene que ver llegar a ser como Dios con el matrimonio y la familia eternos? Como señala el Manual General: “La inmortalidad es vivir para siempre con un cuerpo físico resucitado. La vida eterna, o exaltación, es llegar a ser como Dios y vivir en Su presencia eternamente como familias”. Esta es la esencia de Doctrina y Convenios 131. De hecho, cuando los profetas ayudan a los miembros a comprender la necesidad del matrimonio eterno entre el hombre y la mujer para la exaltación, con frecuencia hacen referencia a Doctrina y Convenios 131, que aclara que la vida eterna requiere el matrimonio eterno. Por ejemplo, el presidente Nelson y el presidente Oaks han enseñado esta conexión en la conferencia general en numerosas ocasiones durante las últimas décadas.
Estas referencias reflejan únicamente enseñanzas de conferencia general de los presidentes Nelson y Oaks. Al ampliar la mirada a las revistas de la Iglesia, el currículo y otros líderes —incluidas referencias a Doctrina y Convenios 132— se encuentran muchas enseñanzas similares. Una cita extensa del presidente Oaks ilustra claramente esta conexión:
“Por último, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es conocida apropiadamente como una Iglesia centrada en la familia. Sin embargo, no se comprende bien que nuestro enfoque en la familia no se limita a las relaciones mortales. Las relaciones eternas también son fundamentales en nuestra teología. La misión de la Iglesia restaurada es ayudar a todos los hijos de Dios a calificar para lo que Dios desea como su destino final. Por la redención provista mediante la Expiación de Cristo, todos pueden alcanzar la vida eterna (exaltación en el reino celestial), la cual la madre Eva declaró que ‘Dios da a todos los obedientes’. Esto es más que la salvación. El presidente Russell M. Nelson nos ha recordado que ‘en el plan eterno de Dios, la salvación es un asunto individual; [pero] la exaltación es un asunto familiar’.
Fundamental para nosotros es la revelación de Dios de que la exaltación solo puede alcanzarse mediante la fidelidad a los convenios de un matrimonio eterno entre un hombre y una mujer. Esa doctrina divina es la razón por la que enseñamos que ‘el género es una característica esencial de la identidad y el propósito individual en la vida premortal, mortal y eterna’”.
El matrimonio y la familia eternos no pueden separarse de nuestro telos último: llegar a ser como Dios. En nuestra teología, llegar a ser como Dios significa llegar a ser como nuestros Padres Celestiales. El presidente Dallin H. Oaks explicó: “Nuestra teología comienza con padres celestiales. Nuestra aspiración más elevada es ser como ellos”. Más adelante, ese mismo año, enseñó: “El propósito de la vida mortal y la misión de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es preparar a los hijos e hijas de Dios para su destino eterno: llegar a ser como nuestros Padres Celestiales”. Conocer esto nos ayuda a comprender por qué Doctrina y Convenios 131 enseña que, para obtener el reino más alto (recibir la exaltación), debemos entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio]; y si no lo hacemos, no podremos obtenerlo. Podemos entrar en el otro, pero ese será el fin de nuestro reino; no podremos tener aumento (D. y C. 131:2–4).
Esta verdad sagrada —que estamos destinados a llegar a ser como nuestros Padres Celestiales— aclara la necesidad de la unión en matrimonio entre los hijos y las hijas del Padre Celestial. Llegar a ser como nuestros Padres Celestiales requiere la unión de un hombre y una mujer perfeccionados. Como enseñó el presidente Nelson al citar Doctrina y Convenios 131: “Ningún hombre en esta Iglesia puede obtener el grado más alto de la gloria celestial sin una mujer digna que esté sellada a él”. También enseñó: “El matrimonio entre un hombre y una mujer es fundamental para la doctrina del Señor y crucial para el plan eterno de Dios. El matrimonio entre un hombre y una mujer es el modelo de Dios para una plenitud de vida en la tierra y en los cielos. El modelo de matrimonio de Dios no puede ser abusado, malentendido ni tergiversado”.
Como explicó el apóstol Pablo: “ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor” (1 Corintios 11:11). De manera semejante, el élder Richard G. Scott enseñó: “En el plan del Señor, se requieren dos —un hombre y una mujer— para formar un todo”. Ser un todo es la definición misma de la perfección que Dios pretende que Sus hijos alcancen. En Mateo 5:48 y 3 Nefi 12:48, Jesús nos manda ser “perfectos”. Muchos interpretan “perfecto” como impecable. Sin embargo, la palabra griega utilizada para perfecto en Mateo es teleios, que significa “haber alcanzado su fin, es decir, completo”. Por consiguiente, nuestro telos (nuestro objetivo o propósito último) es llegar a ser teleios (completos, íntegros), lo cual solo es posible mediante la unión de hombres y mujeres en el matrimonio eterno.
Así pues, el matrimonio y la familia son centrales para nuestro telos último: llegar a ser como nuestros Padres Celestiales. El élder Tad R. Callister explicó: “Fuimos engendrados a imagen de Dios nuestro Padre; Él nos engendró semejantes a Él. Hay naturaleza de Deidad en la composición de nuestra organización espiritual. En nuestro nacimiento espiritual, nuestro Padre nos transmitió las capacidades, los poderes y las facultades que Él poseía, de la misma manera que el hijo en el regazo de su madre posee, aunque en estado no desarrollado, las facultades, los poderes y las sensibilidades de sus padres”. A medida que comprendemos nuestra identidad como hijos de Dios y nuestro destino de llegar a ser como Él, las doctrinas y los mandamientos relacionados con el matrimonio eterno dejarán de parecer arbitrarios y se verán como centrales en el plan de Dios para la felicidad eterna.
Aunque los detalles de la exaltación a veces se caricaturizan o se convierten en objeto de especulación, las fuentes proféticas proporcionan muy poca información específica al respecto. Aunque conocemos la necesidad del matrimonio eterno y nos regocijamos en esa verdad, es prudente evitar especular más allá de lo que ha sido revelado. Como declara el ensayo “Llegar a ser como Dios”:
“Los Santos de los Últimos Días tienden a imaginar la exaltación a través del lente de lo sagrado en la experiencia mortal. Ven las semillas de la divinidad en el gozo de dar a luz y criar hijos y en el amor intenso que sienten por ellos; en el impulso de extenderse en servicio compasivo hacia los demás; en los momentos en que quedan sorprendidos por la belleza y el orden del universo; en la sensación de arraigo que produce hacer y guardar convenios divinos. Los miembros de la Iglesia imaginan la exaltación menos por medio de imágenes de lo que recibirán y más por medio de las relaciones que tienen ahora y de cómo esas relaciones podrían ser purificadas y elevadas”.
Un lugar en el plan
Aun si obtenemos un testimonio de que la doctrina del matrimonio eterno, tal como la enseñan los profetas, es verdadera y comprendemos cómo encaja en el plan de salvación, todavía necesitamos ver cómo nosotros y nuestros seres queridos encajamos en ese plan. Si no podemos ver cómo nosotros o quienes amamos encajan en el plan de Dios, es menos probable que nuestros testimonios perduren. Como se señaló anteriormente, muchas personas tienen dificultades para ver cómo las verdades relativas al matrimonio eterno se aplican a su propia vida. ¿Cómo podemos ayudarlas a verse a sí mismas dentro del evangelio restaurado?
Cuatro principios generales pueden ayudarnos a todos a vernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos prosperando en el evangelio:
- El Padre Celestial no negará ninguna bendición a ninguno de Sus hijos por algo que esté fuera de su control.
- El Padre Celestial honra nuestro albedrío y no lo eliminará ni lo limitará.
- Mediante el amor del Padre, la gracia de Cristo y la ayuda del Espíritu Santo, podemos hallar paz y gozo aun cuando las circunstancias nos limiten temporalmente.
- El Padre Celestial ama perfectamente a cada uno de nosotros y hará todo lo que esté a Su alcance para ayudarnos a recibir todo lo que Él tiene.
Todos pueden recibir todo
Los profetas de Dios han prometido repetidamente que ninguna persona será jamás privada de alguna bendición que Dios promete a todos Sus hijos debido a situaciones o circunstancias que estén fuera de su control. El presidente Hunter explicó: “Ninguna bendición, incluida la del matrimonio eterno y una familia eterna, será negada a ningún individuo digno. Aunque para algunos pueda tomar más tiempo —quizá incluso más allá de esta vida mortal— alcanzar esa bendición, no les será negada”.
El élder Christofferson explicó que esto se aplica a quienes nunca se casan por circunstancias fuera de su control, a quienes ven terminar su matrimonio y a quienes se casan pero no pueden tener hijos:
“A algunos de ustedes se les niega la bendición del matrimonio por razones que incluyen la falta de oportunidades viables, la atracción hacia el mismo sexo, discapacidades físicas o mentales, o simplemente un temor al fracaso que, al menos por el momento, eclipsa la fe. O quizá se hayan casado, pero ese matrimonio terminó, y ahora se encuentran gestionando solos lo que apenas dos juntos pueden sostener. Algunos de ustedes que están casados no pueden tener hijos a pesar de deseos abrumadores y oraciones suplicantes.
… Con confianza testificamos que la Expiación de Jesucristo ha previsto y, al final, compensará toda privación y toda pérdida para aquellos que acudan a Él. Nadie está predestinado a recibir menos de todo lo que el Padre tiene para Sus hijos”.
Estas promesas no anulan nuestro albedrío ni nuestra responsabilidad de hacer lo que esté a nuestro alcance. Pero para quienes permanecen vinculados a los convenios y actúan dentro de su albedrío, la promesa es segura. No hay temor de perder las bendiciones de la vida eterna. El Salvador corregirá todo lo que salga mal si permanecemos fieles. Como enseñó el presidente Nelson: “Una vez que hacemos un convenio con Dios, abandonamos para siempre el terreno neutral. Dios no abandonará Su relación con quienes han forjado tal vínculo con Él”.
Además, explicó:
“Debido a que Dios tiene hesed por aquellos que han hecho convenios con Él, los amará. Continuará obrando con ellos y ofreciéndoles oportunidades para cambiar. Los perdonará cuando se arrepientan. Y si se desvían, los ayudará a encontrar el camino de regreso a Él.
Una vez que usted y yo hemos hecho un convenio con Dios, nuestra relación con Él llega a ser mucho más estrecha que antes de ese convenio. Ahora estamos unidos. Debido a nuestro convenio con Dios, Él nunca se cansará en Sus esfuerzos por ayudarnos, y nosotros nunca agotaremos Su paciente misericordia. Cada uno de nosotros tiene un lugar especial en el corazón de Dios. Él tiene grandes esperanzas para nosotros”.
En resumen, cada uno de los hijos del Padre Celestial, independientemente de los desafíos mortales que enfrente, puede en última instancia experimentar el tipo de relación matrimonial que conduce a la vida eterna y a la exaltación.
Albedrío
¿Qué sucede con quienes están en matrimonios infelices, o con quienes fallecen y cuyo cónyuge vuelve a casarse, o con quienes experimentan atracción hacia el mismo sexo y no pueden imaginar un matrimonio con alguien del sexo opuesto? ¿Quedarán atrapados en una relación que no desean, o serán colocados en una que no eligieron? Así como nuestros Padres Celestiales honraron el albedrío en la vida premortal, continúan honrándolo ahora, incluso en asuntos relacionados con el matrimonio y la familia.
El élder Gerrit W. Gong enseñó: “Los convenios matrimoniales son vinculantes por la elección mutua de quienes los hacen—un recordatorio del respeto de Dios y del nuestro por el albedrío, y de la bendición de Su ayuda cuando juntos la procuramos”. El presidente Oaks explicó además: “Tenemos un Padre Celestial amoroso que se asegurará de que recibamos toda bendición y toda ventaja que nuestros propios deseos y decisiones permitan. También sabemos que Él no obligará a nadie a entrar en una relación de sellamiento contra su voluntad. Las bendiciones de una relación sellada están aseguradas para todos los que guardan sus convenios, pero nunca mediante la imposición de una relación sellada a otra persona que no sea digna o que no esté dispuesta”.
Además, para que un sellamiento sea eficaz en el mundo venidero, debe ser sellado por el Espíritu Santo de la Promesa. Doctrina y Convenios 132:7 explica que “todos los convenios, contratos, lazos, obligaciones, juramentos, votos, hechos, conexiones, asociaciones o expectativas” deben ser sellados por el Espíritu Santo de la Promesa para que tengan “eficacia, virtud o fuerza en y después de la resurrección de los muertos; porque todos los contratos que no se hacen con este fin tienen fin cuando los hombres mueren”. Ese sello ratificador requiere que la persona use su albedrío para elegir entrar en ese convenio y guardarlo. El albedrío es esencial. Nadie debe temer ser forzado a entrar o permanecer en una relación que no elija.
Promesas de gozo y poder compensatorio
Tan importante como saber que Dios cumplirá toda bendición prometida y honrará el albedrío, es saber que Dios hace posible el gozo ahora para quienes permanecen vinculados a los convenios. La vida mortal no es justa. Todos enfrentaremos desafíos. Ninguno de nosotros tiene la promesa de una felicidad constante en la mortalidad. Sin embargo, Dios no espera que simplemente soportemos la miseria hasta cruzar el velo.
El versículo “Adán cayó para que los hombres existiesen; y los hombres existen para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25) habla claramente del deseo del Señor de que tengamos gozo. Aunque ninguno de nosotros experimentará una plenitud de gozo en esta vida, sí es posible que cada uno experimente gozo. Como enseñó el presidente Nelson: “Mis queridos hermanos y hermanas, el gozo que sentimos tiene poco que ver con las circunstancias de nuestra vida y todo que ver con el enfoque de nuestra vida. Cuando el enfoque de nuestra vida está en el plan de salvación de Dios… y en Jesucristo y Su evangelio, podemos sentir gozo independientemente de lo que esté ocurriendo —o no ocurriendo— en nuestra vida. El gozo proviene de Él y es gracias a Él. Él es la fuente de todo gozo… ¡Para los Santos de los Últimos Días, Jesucristo es gozo!”.
Algunos se preguntan si es posible tener gozo siendo soltero. Por supuesto que lo es. De no ser así, más de la mitad de los adultos de la Iglesia estarían condenados a la miseria, ya que más del 50 por ciento son viudos, divorciados o aún no se han casado. Como compartió el élder Ballard en ese mismo discurso: “Algunos se preguntan acerca de sus oportunidades y su lugar en el plan de Dios y en la Iglesia. Debemos comprender que la vida eterna no es simplemente una cuestión del estado civil actual, sino de discipulado y de ser ‘valientes en el testimonio de Jesús’”. De manera similar, el élder Gong enseñó: “Nuestra condición ante el Señor y en Su Iglesia no depende de nuestro estado civil, sino de llegar a ser discípulos fieles y valientes de Jesucristo”.
Algunos se preguntan específicamente si quienes experimentan atracción hacia el mismo sexo o incomodidad con su sexo biológico pueden hallar gozo y prosperar en la Iglesia. Si bien muchas personas que experimentan atracción hacia el mismo sexo o disforia de género sí enfrentan dificultades, estudios con muestras representativas muestran que las minorías sexuales y de género que eligen permanecer en la Iglesia generalmente experimentan una mejor salud mental y física que quienes no son miembros de la Iglesia o que se alejan de ella. Investigaciones con adolescentes, adultos jóvenes y adultos muestran que es posible que quienes experimentan atracción hacia el mismo sexo —ya sea casados o solteros— encuentren gozo dentro del evangelio restaurado si eligen permanecer vinculados a convenios con el Salvador. Nada de esto niega los desafíos que muchas personas fieles experimentan. Los desafíos pueden ser muy reales, y el Señor requiere que todos hagamos lo posible por amar y ayudar a quienes luchan de esta manera. Simplemente muestra que no es inevitable que nuestros familiares y seres queridos que experimentan atracción hacia el mismo sexo o disforia de género vivan en la miseria dentro del evangelio. El gozo no solo es posible; es una realidad vivida por muchos. También es el propósito declarado del Señor para nuestra existencia (2 Nefi 2:25).
Ninguna de estas promesas sugiere que no habrá desengaños ni soledad. Casados o no, todos enfrentaremos pérdidas y expectativas no cumplidas. Sin embargo, mediante el amor de Dios y la gracia del Salvador, cada uno de nosotros puede experimentar gozo, como enseñó el presidente Nelson. Existe un principio de compensación que entra en juego en la vida de cada uno de nosotros cuando permanecemos fieles a Dios. El élder Joseph B. Wirthlin, del Cuórum de los Doce, explicó: “El Señor compensa a los fieles por toda pérdida. Aquello que se les quita a quienes aman al Señor les será añadido a Su manera. Aunque quizá no llegue en el momento que deseamos, los fieles sabrán que toda lágrima de hoy será finalmente devuelta cien veces con lágrimas de gozo y gratitud”.
Confianza en el amor de Dios y en Su plan
El presidente Nelson testificó que el plan de Dios es maravilloso y perfecto y que “la Expiación del Salvador es lo que hace posible el plan de nuestro Padre”. El sacrificio del Padre Celestial y del Salvador muestra hasta dónde están dispuestos a llegar para salvarnos y exaltarnos. No necesitamos temer. Saber que el propósito completo de Dios es nuestra vida eterna nos ayuda a poner en perspectiva Sus mandamientos relativos al matrimonio y la familia. El presidente Nelson declaró: “El Señor ha enseñado claramente que solo los hombres y las mujeres que están sellados como esposo y esposa en el templo, y que guardan sus convenios, estarán juntos a lo largo de las eternidades”. En esa misma conferencia general, el presidente Oaks explicó: “El plan de Dios, fundado en verdades eternas, requiere que la exaltación solo pueda alcanzarse mediante la fidelidad a los convenios de un matrimonio eterno entre un hombre y una mujer en el santo templo, matrimonio que, en última instancia, estará disponible para todos los fieles”.
Algunos se han preguntado si el hecho de que los profetas declaren estas enseñanzas con claridad resulta insensible o excluyente. El presidente Nelson compartió: “A veces nosotros, como líderes de la Iglesia, somos criticados por mantenernos firmes en las leyes de Dios, defender la doctrina del Salvador y resistir las presiones sociales de nuestros días. Pero nuestra comisión como apóstoles ordenados es ‘ir por todo el mundo y predicar [Su] evangelio a toda criatura’. Eso significa que se nos manda enseñar la verdad. Al hacerlo, a veces se nos acusa de ser insensibles al enseñar los requisitos del Padre para la exaltación en el reino celestial. Pero ¿no sería mucho más insensible no decir la verdad, no enseñar lo que Dios ha revelado?”.
Es esencial comprender que el plan de Dios es perfecto y que Él ha provisto un camino para que cada uno de Sus hijos reciba todo lo que rectamente desee. Él desea nuestra felicidad más de lo que nosotros mismos la deseamos. Él sabe que, para recibir todo lo que ofrece, el matrimonio eterno es, en última instancia, necesario, aun cuando temporalmente no sea nuestra realidad vivida. No podemos recibir la exaltación sin él. Qué importante es aprender estas verdades para no cometer el error de valorar o vivir de maneras que nos impidan recibir todo lo que Dios ofrece. Por ello, el presidente Nelson nos aconsejó “pensar en términos celestiales”.
El mundo no comprende las verdades eternas que Dios restauró por medio de Sus profetas. Como resultado, muchos abogan por ideas que, en última instancia, nos privarían a nosotros y a quienes amamos de la felicidad que Dios ha preparado para nosotros en esta vida y en la venidera. La mayoría de quienes lo hacen defienden sinceramente lo que creen que es lo mejor. A menudo no se trata de una falta de compasión, sino de no comprender la realidad eterna tal como Dios la ha revelado por medio de Sus profetas. Ver el matrimonio y la familia como Dios los revela nos ayuda a comprender el “porqué” de estas verdades sagradas e inspira un deseo más profundo de vivir de maneras que nos permitan ser exaltados juntos como familias y vivir en gozo para siempre.
También podemos saber con certeza que Dios nos ayudará a nosotros y a quienes amamos a través de los desafíos de la mortalidad hasta alcanzar nuestro destino final. Podemos confiar en Él. Debemos confiar en Él. Recordemos que “el hermoso plan de nuestro Padre, incluso Su ‘plan maravilloso’, está diseñado para llevarnos a casa, no para dejarnos fuera. Nadie ha construido un obstáculo ni ha colocado a alguien allí para hacernos dar la vuelta y enviarnos lejos. De hecho, ocurre lo contrario. Dios está en una búsqueda incansable de nosotros. Él ‘quiere que todos Sus hijos elijan volver a Él’, y ‘emplea todas las medidas posibles para traernos de regreso’”.

























