De la Oscuridad a la LUZ
La traducción y publicación del libro de mormón por José Smith
Michael Hubbard Mackay y Gerrit J. Dirkmaat
prólogo de Richard Lyman Bushman©2015 por Brigham Young University.
El libro De la Oscuridad a la LUZ, escrito por Michael Hubbard MacKay y Gerrit J. Dirkmaat, con prólogo de Richard Lyman Bushman, constituye una obra fundamental para comprender el complejo y fascinante proceso de la traducción y publicación del Libro de Mormón.
Los autores presentan con gran rigor histórico los retos, tensiones y milagros asociados a los primeros años de la obra de José Smith. Se exploran en detalle las circunstancias de la traducción —incluyendo el uso de las piedras videntes, el dictado a los escribas y la dinámica con Oliver Cowdery— y se contrastan las representaciones tradicionales con las fuentes históricas disponibles. Asimismo, se analiza el costoso y difícil proceso de publicación del libro, con especial atención al papel decisivo de Martin Harris, quien hipotecó sus tierras para financiar la impresión de los cinco mil ejemplares iniciales.
Uno de los grandes aportes del texto es la manera en que equilibra los hechos documentados con la dimensión espiritual de la historia. Los autores muestran la oposición que enfrentaron José Smith y sus colaboradores, tanto de críticos como de impresores reacios, y al mismo tiempo resaltan la fe y la convicción que sostuvieron el proyecto hasta su culminación. El relato cobra vida con episodios como el plagio de Abner Cole, las disputas sobre la autoría, y los primeros esfuerzos misioneros que usaron páginas sueltas del libro aún en prensa.
Richard Lyman Bushman, en el prólogo, sitúa esta obra dentro de los estudios más serios sobre los orígenes de la Restauración, recordando que la traducción del Libro de Mormón es un punto neurálgico para entender a José Smith no solo como profeta, sino como líder capaz de abrir nuevas perspectivas espirituales en medio de un ambiente hostil.
En conjunto, este libro es valioso tanto para creyentes que buscan profundizar en la historia de su fe, como para académicos interesados en la cultura religiosa y editorial del siglo XIX. Es una invitación a mirar con más detenimiento cómo “de la oscuridad a la luz” surgió un texto que transformaría la vida de millones de personas en todo el mundo.
El proceso de traducir y publicar el Libro de Mormón, según los testigos del acontecimiento y las primeras fuentes primarias, es en general desconocido para los miembros de la Iglesia porque José Smith dio poca importancia al proceso mismo. Este libro intenta captar el punto de vista en primera persona de José Smith y de quienes presenciaron la traducción y publicación del Libro de Mormón.
Este volumen es el primero de lo que podrían ser muchas historias potenciales que surjan del Joseph Smith Papers Project. Libros como este actualizarán a los Santos de los Últimos Días sobre los resultados de la investigación histórica más reciente. Como todas las historias, De la Oscuridad a la Luz es una interpretación de los acontecimientos, pero los autores han fundamentado su relato firmemente en las fuentes originales. Llegan a lo que los historiadores consideran la base sólida de la construcción histórica. Trabajando con materiales originales, los autores introducen a los lectores en aspectos de la historia temprana de la Iglesia que son bien conocidos por los historiadores, pero no necesariamente de conocimiento común entre los miembros de la Iglesia.
Los lectores descubrirán hallazgos nuevos en esta obra. Por ejemplo, en la traducción, José probablemente usó primero las piedras engastadas en los “espectáculos” que venían con las planchas. Luego, durante la mayor parte del período de traducción, sustituyó esas piedras por otra que él mismo había encontrado. José colocaba esta piedra vidente en un sombrero para excluir la luz y leer el texto traducido mirando la piedra. Mientras tanto, las planchas permanecían envueltas en un paño sobre la mesa. Según fuentes primarias descubiertas recientemente, José no miraba las planchas durante la mayor parte de la traducción.
Los lectores hallarán esclarecimiento en esta maravillosa narración. Cada página brinda acceso a los nuevos conocimientos descubiertos a través del Joseph Smith Papers Project. Los Joseph Smith Papers están estableciendo un estándar de verdad histórica para la Iglesia, basado en la investigación minuciosa y el juicio cuidadoso de los editores.
Prólogo
Este volumen es el primero de lo que podrían ser muchas historias potenciales que surjan del Joseph Smith Papers Project. Michael Hubbard MacKay y Gerrit Dirkmaat han sido editores de la serie Documents, que apenas comienza a publicarse. Los resultados de esta investigación pueden encontrarse parcialmente en las introducciones, notas iniciales y notas al pie de los volúmenes de The Joseph Smith Papers, pero los hallazgos serán valorados en su justa medida únicamente cuando se integren en la narración de la historia temprana de la Iglesia. Solo entonces los lectores comprenderán lo que significan los nuevos descubrimientos. Los dos autores han hecho precisamente eso para los primeros años de José Smith, desde la recuperación de las planchas en septiembre de 1827 hasta la publicación del Libro de Mormón en marzo de 1830.
Libros como este mantendrán a los Santos de los Últimos Días al día con los resultados de la investigación histórica más reciente. Aunque, como todas las historias, De la Oscuridad a la Luz es necesariamente una interpretación, los autores fundamentan su relato firmemente en las fuentes originales. Llegan a lo que los historiadores consideran la base sólida de la construcción histórica. Trabajando con materiales originales, los autores introducen a los lectores en aspectos de la historia temprana de la Iglesia que son bien conocidos por los historiadores pero que no son necesariamente conocimiento común en la Iglesia. MacKay y Dirkmaat también revelan hallazgos completamente nuevos en esta obra. Hablan extensamente, por ejemplo, sobre el uso de dos piedras videntes en la traducción por parte de José Smith. Al traducir, probablemente José usó primero las piedras engastadas en los “espectáculos” que venían con las planchas, y luego, durante la mayor parte del período de traducción, sustituyó una de las piedras que él mismo había encontrado. José colocaba la piedra vidente en un sombrero para excluir la luz y leer el texto traducido mirando dentro de la piedra. Mientras tanto, las planchas permanecían envueltas en un paño sobre la mesa. Al parecer, José no miró las planchas durante la mayor parte de la traducción.
Esta descripción sorprenderá a los Santos de los Últimos Días que están familiarizados con las representaciones artísticas que muestran a José Smith traduciendo con un dedo sobre las planchas mientras escribe las palabras tal como le llegan. La imagen de José con el rostro dentro del sombrero mientras traduce no es tan conocida y resulta mucho menos decorosa, lo que puede causar conmoción en algunos lectores. Pero es esencial que la Iglesia en general se dé cuenta de lo que los historiadores han descubierto en las fuentes. El no reconocer estos relatos fácticos —casi todos provenientes de fuentes amistosas— puede ser devastador para los Santos de los Últimos Días que se topen con ellos. Al sentir que la Iglesia ha encubierto la verdad, llegan a desilusionarse e incluso a enojarse. Este libro es un intento de corregir esas concepciones erróneas para que la próxima generación de Santos de los Últimos Días esté mejor informada.
Durante años, los eruditos mormones simplemente desestimaron las fuentes críticas, como las declaraciones juradas sobre la familia Smith en Mormonism Unvailed de E. D. Howe. Consideraban que esos escritos críticos estaban demasiado sesgados para ser de alguna utilidad. Pero en los últimos años, la exclusión automática de los informes negativos ya no es la práctica. Todo debe ser examinado y evaluado. MacKay y Dirkmaat trabajan bajo el principio de que el sesgo debe tomarse en cuenta al analizar cualquier fuente histórica. El arte del historiador consiste en extraer información útil de las fuentes originales, ya sean negativas o positivas. Las notas de De la Oscuridad a la Luz muestran a los autores revisando fuentes en todo el espectro. El resultado es una narración mucho más enriquecida y convincente, que resistirá el escrutinio crítico.
En las páginas del libro, uno casi puede escuchar a MacKay y Dirkmaat debatiendo las implicaciones de la evidencia que descubren. ¿Qué significa esto? ¿Estamos suponiendo demasiado? ¿Qué pasa con la evidencia contradictoria? Los buenos editores documentales persiguen detalles que la mayoría de los historiadores pasan por alto o no tienen tiempo de investigar: por ejemplo, cuánto beneficio iba a obtener E. B. Grandin con la publicación del Libro de Mormón. ¿Dependía de la venta del libro para recuperar sus costos? ¿Perdió dinero? Los autores descubren que el precio que cobró —3000 dólares por 5000 ejemplares— le prometía mucho más que el 12 % que los impresores acostumbraban esperar. La ganancia proyectada de Grandin fue del 33 % por encima de sus costos. Además, una vez asegurado el gasto con la hipoteca de la granja de Martin Harris, Grandin no corría riesgos. Vendió la hipoteca a un rico vecino de Palmyra, Thomas Rogers, por 2000 dólares —suficiente para garantizarle su ganancia del 12 %—, y Rogers a su vez la revendió poco después por 3000 dólares. Todos se beneficiaron económicamente, salvo Harris, que perdió su granja. El libro se adentra en rincones como ese, a los que nadie había prestado atención antes.
Algunas de las investigaciones han tenido un efecto duradero. La búsqueda de la hipoteca de Martin Harris a favor de E. B. Grandin en agosto de 1829, por ejemplo, ha afectado la datación de la sección 19 de Doctrina y Convenios. La revelación, que advierte a Harris de los peligros de negarse a financiar la publicación del Libro de Mormón, se había fechado durante mucho tiempo en marzo de 1830; sin embargo, la insistencia en el apoyo de Harris en 1830 no tenía sentido, pues habían pasado siete meses desde que ya había hipotecado su granja en 1829. Un examen cuidadoso de las diversas versiones de la sección 19 reveló que la fecha se colocó entre paréntesis en la impresión original, lo que indicaba la duda de los compiladores sobre su exactitud. Con el tiempo, los paréntesis se omitieron y se aceptó marzo de 1830 como un hecho. Ahora ese error ha sido corregido. La edición más reciente de Doctrina y Convenios cambia la fecha de la sección 19 al verano de 1829, en consonancia con el nuevo conocimiento sobre la hipoteca de Harris.
Aunque De la Oscuridad a la Luz cuenta una historia familiar, incorpora suficiente información nueva a lo largo de la narración como para captar la atención incluso de los lectores más conocedores. Todos saben acerca de los “caracteres” copiados de las planchas para la inspección de los eruditos de la Costa Este Samuel Mitchill y Charles Anthon. MacKay y Dirkmaat han encontrado evidencia de muchas de esas copias circulando entre los miembros de la Iglesia en los primeros años. Se usaban para despertar interés y para corroborar la realidad de la traducción. Los caracteres se copiaban en el papel que servía para envolver el texto del Libro de Mormón cuando se enviaba a la imprenta. Nos recuerdan el hecho de que Martin Harris y José Smith no sabían que los caracteres eran egipcios hasta después de la expedición de Harris a Nueva York en febrero de 1828. El idioma de las planchas no pudo haberse dado a conocer sino hasta después de que comenzó la traducción en marzo de 1828. Antes de ese tiempo, es más probable que Harris y Smith pensaran que los caracteres eran de origen americano antiguo, alguna variedad de lengua indígena. Fueron a ver a Mitchill porque era el mayor experto del país en dialectos indígenas y, probablemente, a Charles Anthon —conocido principalmente como clasicista— porque también coleccionaba oratoria indígena. Los autores sugieren además que José, al principio, no estaba seguro de si él mismo debía traducir las planchas. Le dijo a José Knight que quería que se tradujeran las planchas, pero al principio quizá supuso que lo haría una persona instruida. El pasaje de Isaías 29 lo impresionó tanto porque declaraba que una persona sin estudios sería quien las tradujera.
Los lectores del libro encontrarán esclarecimiento en cada página. La narración nos da acceso al nuevo conocimiento desarrollado en el Joseph Smith Papers Project. Los Papers están estableciendo un estándar de verdad histórica para la Iglesia, basado en la investigación minuciosa y el juicio experimentado de los editores. Todo lo que se incluye en las anotaciones de The Joseph Smith Papers ha sido debatido, revisado y evaluado. La obra de MacKay y Dirkmaat es muy propia de ellos y no tiene un sello oficial de aprobación, pero representa la amplitud del nuevo conocimiento que pronto estará disponible para los miembros de la Iglesia y para todo el mundo a medida que los volúmenes de los Papers vayan apareciendo.
Richard Lyman Bushman
Provo, Utah
Introducción
En noviembre de 1845, el apóstol Wilford Woodruff reflexionó profundamente sobre su vida en las páginas de su diario. Escribió:
“He leído mucho el Libro de Mormón durante los últimos doce años de mi vida, y mi alma se deleita mucho en sus palabras, enseñanzas y profecías, y en su sencillez. Me regocijo en la bondad y misericordia del Dios de Israel al preservar el precioso Libro de Mormón y sacarlo a la luz en nuestros días y generación. Enseña a la mente honesta y humilde las grandes cosas de Dios que se realizaron en la tierra de promisión, ahora llamada América, en la antigüedad, y también las grandes cosas de Dios que están cerca, aun a las puertas”.
Al referirse al libro como “este tesoro precioso”, Woodruff testificó de las profecías contenidas en él y de José Smith, quien había traducido la obra por el poder de Dios.
Woodruff se maravillaba de que tantas personas hubieran llegado a abrazar el Libro de Mormón en tan poco tiempo. En apenas quince años, miles de hombres y mujeres, como él, habían experimentado una poderosa transformación religiosa gracias al Libro de Mormón y a las enseñanzas de José Smith. Escribió:
“El comienzo de esta gran obra y dispensación fue como un grano de mostaza, aun pequeño. Las planchas que contenían el Libro de Mormón fueron reveladas a José Smith y entregadas a él por un ángel de Dios en el mes de septiembre de 1827, y traducidas por medio del Urim y Tumim al idioma inglés por José Smith, el Profeta, Vidente y revelador, quien fue levantado de los lomos del antiguo José para establecer esta obra en los últimos días”.
El camino personal de fe de Woodruff había comenzado años antes, mientras buscaba la verdad entre las diversas afirmaciones religiosas en pugna de las sectas cristianas durante el Segundo Gran Despertar. Cuando Woodruff escuchó a un élder mormón, Zera Pulsipher, predicar en una reunión pública a fines de diciembre de 1833 acerca de José Smith y el Libro de Mormón, “sintió que el Espíritu de Dios daba testimonio” de que su búsqueda de la verdad había llegado a su fin. Escribió:
“Sentí verdaderamente que era el primer sermón del evangelio que había escuchado. Pensé que era lo que había estado buscando por tanto tiempo”.
Fue bautizado, y su diario recogió sus pensamientos sobre el Libro de Mormón:
“Creí que era luz de entre las tinieblas y verdad de la tierra”.
La centralidad del Libro de Mormón y de su traducción profética en el testimonio personal de Woodruff solo creció con el tiempo. Ocho años después, escribió con reverencia y asombro acerca de una reunión de varios de los apóstoles durante la cual “José el Vidente les reveló muchas cosas gloriosas del reino de Dios”. Como parte de esa reunión, Woodruff y otros vieron la misma piedra vidente que José había usado para traducir gran parte del Libro de Mormón, y Woodruff exclamó:
“Tuve el privilegio de ver por primera vez en mi vida el URIM y TUMIM”.
La conversión de Wilford Woodruff a la fe mormona ocurrió años después de que José Smith ya no tuviera en su posesión las planchas de oro. A diferencia de John Whitmer y Hiram Page, Woodruff nunca pudo levantarlas, sentirlas ni examinarlas para saber que eran reales. A diferencia de David Whitmer y Oliver Cowdery, Woodruff no vio al ángel entregar las planchas a José ni presenció el poder milagroso por el cual José Smith convirtió los inescrutables jeroglíficos en inglés legible. Solo vio la piedra vidente usada para traducir el Libro de Mormón años después de su conversión. Como tantos mormones modernos, Woodruff tuvo que aceptar las explicaciones sobre el Libro de Mormón, las planchas de oro y el proceso de traducción por la fe. Pero, como demuestran las citas anteriores de Woodruff, esas explicaciones del proceso de traducción llegaron a ser no solo parte de su fe, sino un pilar de ella. Creía que José era en verdad el vidente del Señor por la gran obra de traducción que había realizado utilizando los instrumentos que Dios había preparado siglos antes.
Sin embargo, Woodruff —como tantos creyentes en el Libro de Mormón hoy en día— fue claramente parte de la minoría al aceptar las afirmaciones de José Smith sobre la naturaleza y el origen divino del registro. No todos recibieron con brazos abiertos las afirmaciones proféticas de José Smith y del Libro de Mormón. En agosto de 1829, un periodista de Palmyra, Jonathan Hadley, publicó el relato más antiguo que se conoce sobre la recuperación y traducción de las planchas de oro. Amargo escéptico de un libro que estaba a punto de ser publicado por el editor competidor en Palmyra, Hadley arremetió contra las afirmaciones de Smith, calificándolas como “la mayor pieza de superstición que jamás haya llegado a nuestro conocimiento”. Hadley recibió con duda y desdén la idea de que José Smith había encontrado la “Biblia de Oro”. Repitió con incredulidad la historia que le habían contado sobre cómo José había sido “visitado por el Espíritu del Todopoderoso” y se le había dicho que una colina cercana contenía “un registro antiguo de naturaleza y origen divinos”.
Informó a sus lectores que “las hojas de la Biblia eran planchas de oro, de unas ocho pulgadas de largo, seis de ancho y un octavo de pulgada de grosor, en las cuales estaban grabados caracteres o jeroglíficos”. Hadley además reportó que Smith había traducido las planchas mediante unos “espectáculos” encontrados con ellas y que el libro “pronto sería publicado en Palmyra”. Con burla, añadió lo dudoso que resultaba que “una persona como este Smith (muy analfabeto) hubiese sido dotado por inspiración para encontrarlo e interpretarlo”.
Desde aquel primer relato burlón de Hadley sobre la traducción del Libro de Mormón, hasta la plena aceptación de Wilford Woodruff de que era un don de Dios para un mundo destrozado, quebrantado y pecador, tanto detractores como defensores de la fe han centrado su atención en el Libro de Mormón como elemento fundamental de los cimientos de la religión. Cuando el autor antimormón Eber D. Howe, desesperado por desacreditar una fe a la que ya se habían unido su hermana y su esposa, contrató en 1833 a un miembro excomulgado para proporcionar pruebas que destruyeran el movimiento, también se enfocó en el origen del Libro de Mormón.
No obstante tal oposición, a finales de 1841 Woodruff registró el testimonio de José Smith sobre el libro:
“José dijo que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra y la piedra clave de nuestra religión, y que un hombre se acercaría más a Dios obedeciendo sus preceptos que los de cualquier otro libro”.
Así, tanto para creyentes como para opositores, las planchas de oro y la historia de su traducción han sido y continúan siendo una fortaleza clave en el campo de batalla de la fe.
Este libro fue escrito para proporcionar a los interesados una explicación detallada de cómo José Smith y los escribas que le asistieron describieron el proceso por el cual las planchas de oro fueron traducidas al inglés, así como las dificultades encontradas al procurar publicar el libro completo. Aunque tanto los miembros como los académicos suelen considerar esta historia como bien conocida, los descubrimientos y perspectivas recientes vinculados a los esfuerzos del Departamento de Historia de la Iglesia por anotar y publicar The Joseph Smith Papers han ofrecido una comprensión más completa y enriquecida de la traducción y publicación del Libro de Mormón.
Este libro seguirá lo que a menudo parecerá ser la muy conocida historia de los esfuerzos de José Smith entre 1827 y 1830, pero en ocasiones se apartará para brindar al lector detalles nuevos y significativos acerca de estos años formativos del mormonismo. Los lectores interesados encontrarán en él muchas cosas emocionantes y novedosas.
Mientras trabajábamos como historiadores y editores del Joseph Smith Papers Project, descubrimos que nuevas fuentes y un examen más minucioso de las ya existentes revelaban una historia mucho más matizada y profunda sobre el proceso de traducción de lo que generalmente se había representado en el pasado. Muchas de estas nuevas ideas y descubrimientos se publicaron en Documents, Volume 1 de The Joseph Smith Papers, pero solo dentro de la breve introducción del volumen y en la anotación de varios documentos contenidos en él. La investigación realizada en relación con ese volumen y otros del Joseph Smith Papers Project fue fundamental para los cambios efectuados en los encabezamientos de secciones en la edición de 2013 de Doctrina y Convenios de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Aunque estos cambios fueron, en general, breves —a menudo implicando solo una nueva ubicación o fecha—, las implicaciones de esos cambios para el registro histórico son bastante significativas. En ocasiones, la nueva datación cambia por completo la narrativa de la traducción y publicación del Libro de Mormón.
Por ejemplo, este libro contiene una narración renovada del complicado y difícil proceso que José Smith emprendió para negociar con varios impresores la publicación del Libro de Mormón. Gran parte de lo que antes se entendía sobre los pasos dados para pagar la impresión del Libro de Mormón ha sido modificado como consecuencia de investigaciones que corrigieron la fecha de la sección 19 de Doctrina y Convenios, pasando de marzo de 1830 al verano de 1829. Este cambio de fecha tiene implicaciones de gran alcance para nuestra comprensión de la revelación, de Martin Harris, de las negociaciones con los impresores y de las demoras asociadas con la impresión del Libro de Mormón. Aunque hemos presentado parte de este trabajo en conferencias públicas, esta será la primera vez que nuestra investigación se publique en su totalidad. Por lo tanto, este libro utiliza dicha investigación para contar toda la historia detrás de este acontecimiento fundamental.
Así como estas nuevas conclusiones sobre las negociaciones se basaron en la investigación realizada en el Joseph Smith Papers Project, el reexamen de estos documentos tempranos también reveló una nueva comprensión de cómo José Smith tradujo el Libro de Mormón. En nuestro trabajo en Documents, Volume 1, comprender la traducción del Libro de Mormón fue esencial para entender las primeras revelaciones de José, que aparentemente se recibieron de la misma manera en que se tradujeron las planchas de oro: mediante el uso de piedras videntes.
De este modo, este libro se expande más allá del alcance de la investigación que realizamos para el Joseph Smith Papers Project y el Departamento de Historia de la Iglesia. Esta ampliación ayudará a los lectores a comprender más plenamente dos de los acontecimientos fundacionales del mormonismo: la traducción de las planchas de oro por parte de José Smith y la publicación del texto resultante como el Libro de Mormón. A lo largo de este libro, el lector verá cómo el proceso de traducción se desarrolló de manera vacilante e irregular, tal como ocurrió para José Smith entre septiembre de 1827 y junio de 1829. El libro mostrará la lucha de José por aprender a traducir y luego enfrentarse a cada problema de la traducción, mientras examina la experiencia de cada escriba en su propio contexto histórico. Señalará a los lectores las fuentes primarias —los textos originales— que fundamentan estas conclusiones. Examinará y explicará esas fuentes en una narración que toma en serio los relatos de quienes fueron testigos de los acontecimientos.
El proceso mismo por el cual se tradujo el Libro de Mormón, según los testigos del hecho y las primeras fuentes, es generalmente desconocido para los miembros de la Iglesia. Esto se debe a que José Smith únicamente explicó que “por medio del Urim y Tumim traduje el registro por el don y el poder de Dios”. Se ha puesto poco énfasis en el proceso real de traducción. Aunque la conocida Historia de José Smith relata que el dispositivo hallado con las planchas estaba compuesto de dos piedras, la mayoría de las representaciones artísticas de estos acontecimientos generalmente excluían por completo las imágenes de dichas piedras, y no se hicieron intentos de mostrar que fueran utilizadas de la manera descrita por los testigos. Estas pinturas artísticas transmitieron con fuerza a los Santos de los Últimos Días modernos una imagen de José Smith sentado a una mesa con las planchas delante de él, pasando el dedo sobre los caracteres, mientras Oliver Cowdery estaba sentado frente a él, tomando diligentemente el dictado. Así, generaciones de mormones llegaron a imaginar el proceso de traducción de la misma forma reflejada en esas representaciones: un proceso en el que el milagro de la traducción ocurría cuando José Smith miraba las planchas y dictaba la traducción a Cowdery, sin utilizar herramientas externas ni las piedras videntes mismas, a pesar de los testimonios de los testigos que afirmaban que el proceso ocurrió de una manera muy diferente.
Esos testigos hacían de las piedras el aspecto central de la traducción. Relataban que José Smith colocaba varias piedras videntes en un sombrero para bloquear la luz externa. Entonces Dios hacía que aparecieran palabras en las piedras luminosas, las cuales traducían el texto en egipcio reformado al inglés.
Quienes son antagonistas hacia la Iglesia y hacia José Smith han utilizado esta discrepancia entre los relatos de los testigos de la traducción y la comprensión promedio de los miembros de la Iglesia como un garrote para golpear la fe de los creyentes. El simple uso de estas declaraciones de los testigos por parte de autores o programas de televisión antagonistas o irrespetuosos, con el fin de crear una imagen degradante de José Smith, ha alienado aún más a los miembros de una comprensión adecuada del proceso de traducción. Estos detractores resaltan lo aparentemente ridículo de una escena que involucra a José traduciendo con la cabeza metida en un sombrero “mágico”, sabiendo que esa imagen ofendería las sensibilidades de los mormones del siglo XXI.
Aunque las explicaciones de los testigos sobre el proceso de traducción difieren de lo que generalmente entienden los miembros de la Iglesia, los testimonios de esos testigos afirman que el uso de las piedras videntes —colocadas en un sombrero para bloquear la luz y así poder leer las palabras de Dios— fue para ellos la mayor evidencia de la naturaleza milagrosa de la traducción. Los detractores ridiculizan el proceso de traducción; sin embargo, lo hacen sin informar a sus lectores que esas mismas fuentes de lo que aparentemente es una evidencia desdeñosa declararon que, precisamente por el uso de una piedra vidente en el proceso de traducción, ellos tenían un mayor testimonio del don de vidente de José Smith.
Una de las maneras en que intentamos abordar el problema de la representación inexacta del proceso de traducción es añadiendo ilustraciones de la traducción en este libro. Estas imágenes fueron creadas por Anthony Sweat, profesor asistente de historia y doctrina de la Iglesia en la Universidad Brigham Young. Además de elaborar hábilmente obras de arte sobre los acontecimientos que rodearon la traducción —que se alinean más estrechamente con los testimonios de escribas y testigos—, Sweat ha realizado una investigación detallada e informativa sobre cómo se han utilizado las imágenes de la traducción a lo largo del tiempo. El apéndice de este libro contiene su ensayo exclusivo, “By the Gift and Power of Art” [“Por el don y el poder del arte”], el cual ayudará a los lectores a comprender de dónde se originaron las imágenes más conocidas de la traducción y cómo sus representaciones menos precisas han llegado a dominar la imaginación SUD al considerar la traducción de las planchas de oro.
Nuestro libro intenta captar el punto de vista en primera persona de José Smith y de aquellos que presenciaron la traducción y publicación del Libro de Mormón. Aunque hemos tomado en cuenta las perspectivas de los detractores e incrédulos en nuestro análisis, el propósito de nuestro libro es comprender la aparición del Libro de Mormón como un milagro, lo cual puede entenderse mejor a través de los relatos de quienes estuvieron más cercanos al proceso y de aquellos que creyeron. Para José Smith, sus amigos y su familia, el proceso milagroso de traducción fue una realidad. En otras palabras, nuestro enfoque plantea la pregunta: “¿Cómo explicarían José y su familia a los demás el proceso de traducción?”
Cada uno de los capítulos presentados en nuestro libro ofrece material nuevo, tanto en fuentes como en interpretación. En un formato mayormente narrativo, examinamos los acontecimientos principales relacionados con la aparición del Libro de Mormón desde septiembre de 1827 hasta septiembre de 1830, deteniéndonos solo en ocasiones para señalar cambios significativos en la historia. Este libro tiene como propósito acercar al lector a los eventos más importantes de esta cronología a través de los ojos de quienes los experimentaron. Su alcance no incluye temas más amplios, como la influencia de culturas religiosas más extensas, ni generalmente intenta situar la aparición del Libro de Mormón dentro del contexto de tendencias nacionales, políticas o del protestantismo, excepto en aquellos casos en que es evidente que esas influencias más amplias fueron reconocidas por José Smith y sus compañeros. Esto no significa que no contextualicemos e historicemos cada relato para comprenderlo mejor, pero sí intentamos dejar que quienes estuvieron más cerca de José Smith sean escuchados en sus propias palabras, reconociendo al mismo tiempo que sus relatos e interpretaciones reflejan sus propios prejuicios.
En muchos sentidos, nuestro libro es un intento de recobrar el valor religioso de la traducción y publicación del Libro de Mormón en la mente de los miembros creyentes. No estamos haciendo afirmaciones ni argumentando sobre la realidad de las planchas, ni estamos debatiendo sobre la historicidad de las mismas —cuestiones que pueden encontrarse en otras publicaciones—. En cambio, este libro busca llegar al corazón de lo que José Smith y quienes estuvieron más cerca de él creían acerca de la traducción y publicación del Libro de Mormón.
Sin embargo, ninguna obra histórica ni ningún examen de fuentes que hablen de manifestaciones celestiales y de visitaciones de ángeles puede demostrar la realidad de esos acontecimientos milagrosos. Los milagros son, por definición, sucesos que no pueden ser reproducidos por seres mortales sin la intervención de Dios. En este sentido, la lógica y el método histórico no pueden probar ni refutar por completo las afirmaciones milagrosas hechas por José Smith o por los escribas que trabajaron con él en la traducción. Así como no se puede demostrar con fuentes históricas o mediante la investigación científica la realidad de la Resurrección de Jesucristo ni la eficacia de Su Expiación para salvar a hombres y mujeres del pecado y de la muerte, la fe y la creencia son los ingredientes necesarios para llegar a saber que José Smith fue un profeta de Dios y que ejerció la labor de vidente al sacar a luz las palabras del Libro de Mormón, trayéndolas de la oscuridad a la luz.
Lo que los historiadores sí pueden demostrar, sin embargo, es cómo los testigos de estos acontecimientos los explicaron, cómo los entendieron y cómo llegaron a creer —como lo hizo Wilford Woodruff— que José Smith había sido llamado por Dios para traducir las planchas de oro y publicar esa traducción como el Libro de Mormón.
1
Recuperando las Planchas
José Smith declaró que fundó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días por medio de “el ministerio de ángeles” junto con la aparición del Libro de Mormón. Cuando José miró hacia atrás en estos acontecimientos años después, los registró en su historia, recordando que todo comenzó con su Primera Visión de Jesucristo y de Dios el Padre en la primavera de 1820. En la mente de José, todo empezó esa primavera, cuando visitó una arboleda cercana a su hogar.
La Primera Visión de José Smith
José comenzó a sentirse profundamente preocupado por la religión alrededor de los doce años, a finales de 1816, cuando los Smith llegaron por primera vez a Palmyra. Durante el primer año y medio, los Smith vivieron en el pueblo, vendiendo manteles de hule y refrescos desde un carrito, antes de comenzar a trabajar su propia granja. Mientras vivían en el corazón de la localidad, fueron testigos del auge religioso que se desarrollaba en la zona. Cuatro iglesias principales ofrecían paz espiritual a los residentes de Palmyra, y con las reuniones de avivamiento repartidas por todo el estado de Nueva York cuando ellos llegaron, muchas personas se preocupaban por su propia salvación.
Los presbiterianos atraían a las multitudes más numerosas en Palmyra, pero los metodistas también reunían a muchos en sus reuniones. A las afueras del pueblo, hacia Rochester, los bautistas tenían una capilla bien establecida. Para 1823, la Sociedad de Amigos también había construido un local de reuniones en Palmyra. Con varias opciones religiosas, las iglesias terminaron dividiendo al hogar de los Smith. Lucy Mack Smith y sus hijos Hyrum, Sophronia y Samuel se unieron a la Iglesia Presbiteriana del Oeste en Palmyra, mientras que los otros hijos se mantuvieron al margen junto con José padre. Con el tiempo, José hijo llegó a sentirse “algo inclinado hacia la secta metodista”, aunque la duda y la confusión llenaban su mente.
En 1818 construyeron una pequeña cabaña de troncos en el límite sur del municipio de Palmyra, donde José trabajó con sus hermanos para ayudar a mantener a la familia. Los Smith arrancaban y despejaban árboles de su terreno para acceder a la fértil tierra neoyorquina para cultivar y sembrar. Sin embargo, las labores diarias en la granja no consumían por completo la mente de José ni le restaban interés por la religión.
En la primavera de 1820, José salió pensativo de la cabaña de sus padres para buscar consuelo en una arboleda recientemente despejada cerca de su hogar. Al igual que muchos participantes de los avivamientos convencidos por la predicación entusiasta y el estudio de la Biblia, José se volvió a Dios en oración personal para obtener el perdón de sus pecados y para descubrir si la secta metodista era la verdadera Iglesia de Dios. Mientras inclinaba su cabeza en oración, enfrentó resistencia por parte del “poder de algún ser real del mundo invisible”, que momentáneamente le impidió invocar a Dios, hasta que un pilar de luz descendió del cielo y reposó sobre él.
Al relatar esta visión en 1838, José recordó la importancia personal de ese acontecimiento. Explicó que dos seres descendieron del cielo, y uno dijo: “Éste es mi Hijo Amado. Escúchalo.” A pesar de la naturaleza extraordinaria de este suceso, José no compartió de inmediato esta experiencia con su familia, ni la destacó ante los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días antes de que el periódico de la Iglesia, Times and Seasons, publicara su historia en 1842. Su visión permaneció como algo personal y no público durante años, aunque sí se la contó a un clérigo metodista local en 1820. El predicador alentó el silencio de José al tratar con desprecio sus afirmaciones. Otros, atrapados en los sentimientos del avivamiento religioso, habían relatado historias similares y aseguraban haber visto seres celestiales, lo que resultaba una amenaza para quienes deseaban esa misma autoridad o creían que experiencias como la de José habían cesado desde los tiempos del Nuevo Testamento.
José siguió el consejo que le dio Jesucristo durante la visión al evitar afiliarse a cualquiera de las iglesias locales. Recordó: “Ahora ya estaba lo suficientemente convencido, en lo que respecta al mundo sectario, de que no era mi deber unirme a ninguna [iglesia]… sino continuar como estaba hasta recibir más instrucciones.” Volvió a su vida habitual, limpiando terrenos y trabajando para ayudar a proveer para su familia, pero relató que los miembros de la comunidad pertenecientes a distintas religiones comenzaron a perseguirlo.
La visita de Moroni
Durante este período, José participó en excavaciones en busca de tesoros enterrados. Algunos pobladores afirmaban que los nativos americanos y exploradores españoles coloniales habían depositado tesoros en montículos locales y cofres enterrados. Se empleaban prácticas populares como el uso de varillas de zahorí o la búsqueda de objetos perdidos con piedras videntes, lo cual formaba parte de la cultura religiosa y agraria más amplia de principios del siglo XIX. El padre de José, que veía valor en estas prácticas, probablemente fue quien lo introdujo en ellas; pero también lo hicieron sus compañeros locales, algunos de los cuales poseían sus propias piedras y buscaban tesoros enterrados en Palmyra y sus alrededores junto con José. Aunque estas prácticas eran comunes, las clases educadas y la sociedad respetable las desaprobaban. La participación de José en la búsqueda de tesoros eventualmente lo llevó a ser acusado de conducta desordenada, ya que los legisladores veían con desprecio tales prácticas y estaban dispuestos a imponer cargos menores a quienes participaran en ellas. Aunque no se sabe si se refería específicamente a sus actividades como buscador de dinero, José recordó: “Me vi expuesto a toda clase de tentaciones y a convivir con toda clase de gente.” Declaró: “Frecuentemente caí en muchos errores necios y manifesté la debilidad de la juventud y la corrupción de la naturaleza humana.” Fuera cuales fueran esos errores o debilidades, lo llevaron a buscar el perdón de Dios.
José relató que en la noche del 21 de septiembre de 1823 oró en el piso superior de la pequeña cabaña de troncos de sus padres. Mientras invocaba a Dios, una luz lentamente llenó la habitación y un ángel apareció junto a su cama. El ángel era un hombre que se identificó como Moroni y declaró que “Dios tenía una obra para que [José] realizara”. El ángel explicó que había depositado un registro antiguo en una colina cercana a la casa de José. José recordó que el ángel dijo que el registro estaba “escrito sobre planchas de oro, dando un relato de los antiguos habitantes de este continente y del origen del cual procedieron” y que las planchas debían ser traducidas.
La oración silenciosa de José Smith en 1823 pidiendo perdón comenzó de manera similar a su Primera Visión. Sin embargo, mientras conversaba con el ángel en su habitación esa noche, el mensaje fue un llamado a la acción más que una comprensión, como lo había sido la Primera Visión. El ángel declaró que “Dios tenía una obra para que [José] realizara”, explicándole que no era una persona común y corriente, sino que “sería tenido para bien y para mal entre todas las naciones, tribus y lenguas”. El ángel transmitió el mensaje con absoluta claridad repitiéndolo tres veces en tres visiones separadas esa noche y al día siguiente. El ángel también visitó a José una vez al año durante cuatro años consecutivos, de 1824 a 1827.
Durante la visita inicial y en las posteriores, Moroni describió las planchas como un registro de un antiguo pueblo americano, del cual Moroni había sido el último profeta sobreviviente. Le dijo a José que podría tomar posesión de las planchas si permanecía fiel. Después de años de espera, José explicó que fue a una colina cercana a su hogar en Manchester, Nueva York, el 22 de septiembre de 1827 y recuperó las planchas de oro.
Los primeros intentos de José por obtener las planchas
José Smith explicó en su historia que, durante una de sus visitas de Moroni, se le dijo dónde “estaban depositadas las planchas, y debido a lo claro de la visión que había tenido al respecto, reconocí el lugar en el instante en que llegué allí”. José las encontró en la colina “más elevada” de la zona, “debajo de una piedra de considerable tamaño dentro de una caja de piedra”. José explicó que la “piedra era gruesa y redondeada en el centro de la parte superior, y más delgada hacia los bordes, de modo que la parte central era visible sobre la tierra, pero el borde alrededor estaba cubierto de tierra”. Recordó haber removido la tierra alrededor de la piedra y usar una palanca para levantar la tapa de piedra. Al mirar dentro de la caja de piedra, vio “las planchas, el Urim y Tumim, y el pectoral”.
José explicó que al ver las planchas por primera vez en 1823, “hizo tres intentos por obtenerlas y… clamó al Señor en la agonía de [su] alma por qué no podía obtenerlas”. En respuesta, apareció un ángel que le informó que no había “guardado los mandamientos del Señor” y que, por lo tanto, no podía obtenerlas. Junto con la reprensión, el ángel le dio esperanza: “arrepiéntete y clama al Señor [y] serás perdonado y en su debido tiempo las obtendrás”. José explicó que no había podido tomar las planchas al principio porque había “sido tentado por el adversario y había buscado las planchas para obtener riquezas y no había guardado el mandamiento de tener la vista puesta únicamente en la gloria de Dios”. Pero en los años que siguieron, José fue “reprendido y buscó diligentemente obtener las planchas, y no las obtuvo hasta que tuve veintiún años de edad”.
José mantuvo en gran parte en secreto las visitas del ángel. Sin embargo, inevitablemente su familia y algunos amigos cercanos se enteraron y esperaban ansiosamente el momento en que el ángel le entregara las planchas a José. José Knight padre, un amigo de Colesville, Nueva York, y Josiah Stowell, antiguo empleador de José, sabían acerca de las visitas y viajaron a Manchester a fines de septiembre de 1827 para estar en la casa de José Smith padre y Lucy Mack Smith cuando José hijo finalmente recibiera las planchas. Según Knight, hicieron su viaje con cierta aprensión, porque aunque Smith había encontrado la caja de piedra que contenía las planchas en 1823, el ángel le había informado a José que si no era digno de tomarlas en 1827, ya no tendría otra oportunidad. Según Knight, si José había hecho “lo correcto conforme a la voluntad de Dios”, Moroni finalmente le daría las planchas en 1827. Este ultimátum los mantuvo en ferviente expectativa en la noche del 21 de septiembre de ese año.
Pidiendo prestados el caballo y el carro de Knight, Smith y su esposa, Emma, salieron de la casa de sus padres en plena noche para ir a recuperar las planchas de la colina tras años de espera, tal como se lo había mandado Moroni. Una vez que llegaron a la colina, aparentemente Emma esperó pacientemente al pie, mientras José subía a la cima para sacar las planchas de su escondite. Como no tenía nada en qué guardarlas, las sacó de la tierra y las escondió en el bosque, en lugar de llevarlas a casa sin una cubierta o un lugar seguro donde guardarlas.
José explicó que “el mismo mensajero celestial” que le entregó las planchas también le dio un dispositivo que contenía dos piedras, al que José llamó “espectáculos”, junto con un pectoral para sostenerlos. Según Lucy Mack Smith, José llevó los “espectáculos” a casa en lugar de esconderlos con las planchas, explicándole a su madre: “todo está bien… tengo la llave”. Lucy recordó que su hijo le entregó los “espectáculos” envueltos únicamente en un pañuelo de seda tan delgado que le permitió identificar la forma y el diseño del dispositivo. Ella también los sostuvo en sus manos, demostrando su fisicalidad al sentir su forma y observar las dos “piedras lisas” unidas en “arcos de plata” conectados entre sí como unos “antiguos anteojos”. José mostró selectivamente los “espectáculos” a otras personas durante los dos años siguientes, pero el relato de Lucy parece ir más allá de lo que se podría imaginar mentalmente y de una visión personal. Con solo un pañuelo transparente separando sus dedos del dispositivo, describió su experiencia como física y, aunque nunca retiró la tela, recordó haber podido ver a través de la delgada cubierta.
Primeros intentos de robar las planchas
Al dejar las planchas escondidas en el bosque, José no tenía la intención inicial de mostrarlas a nadie, sino que se propuso encontrar un cofre o caja donde guardarlas. Más tarde explicó que le dijo a su familia: “el ángel del Señor dice que debemos tener cuidado de no proclamar estas cosas ni mencionarlas públicamente, porque no sabemos la debilidad del mundo, que es tan pecaminoso, y que cuando tengamos las planchas querrán matarnos por el oro, si saben que las tenemos”.
La historia de 1838 de José Smith declaraba que “se hicieron los esfuerzos más vigorosos para quitármelas [las planchas]”. Al parecer, había pedido dos veces en septiembre a su vecino Willard Chase, un carpintero y ebanista local, que le fabricara una caja antes de recuperar las planchas. Probablemente Chase se negó porque dudaba de que José pudiera pagarle los materiales y la mano de obra. Chase recordó que José hacía planes para proteger las planchas, contemplando los problemas que enfrentaría una vez que las tuviera y sabiendo que el ángel le había encargado mantenerlas ocultas. El día en que José fue a la colina a obtener las planchas, aún buscaba a alguien que le fabricara una caja para guardarlas.
Antes de salir hacia la colina, despertó a su madre y le preguntó “si [ella] tenía un cofre con cerradura y llave” para guardar las planchas una vez que las recuperara, pero ella no tenía nada que ofrecerle. Lucy le dijo “[después de que él hubiera recuperado las planchas] que fuera a un ebanista que estaba fabricando algunos muebles para su hija mayor, Sophronia”. Lucy pensaba comprar el cofre a crédito porque nadie en la familia tenía dinero para pagarlo. Ella recordó su situación de penuria, afirmando que no podrían pagar por el cofre, “porque no había ni un chelín en la casa”. En cambio, negoció para “pagarle por fabricar un cofre como [ellos] habían hecho por las otras cosas, es decir, mitad en dinero (aparentemente prestado) y mitad en productos”.
Al día siguiente, la señora Wells de Macedon mandó llamar a José para que trabajara cavando un pozo, lo cual Lucy “consideró una provisión de la Providencia para permitirnos pagar el dinero que debíamos al ebanista”.
Aunque José intentó mantener en secreto las planchas, y aunque solo un puñado de sus amigos y familiares sabía de las visitas de Moroni y de la recuperación del registro por parte de José, la noticia sobre las planchas poco a poco se filtró entre los residentes locales de Palmyra. La consulta de José acerca de un cofre pudo haber alertado a Willard Chase y a otros sobre su posesión de algo valioso, pero Moroni le había dicho a José que no hablara de las planchas “en público”. Cualquiera de los que sabían acerca de las planchas y de Moroni —incluidos Martin Harris, Lucy Harris, José Knight padre, Newel Knight y Josiah Stowell— pudo haber filtrado la información a otros, posiblemente incluso a uno de los Smith.
Algunos de los vecinos de José, en particular, sentían que tenían derecho tanto a ver las planchas como a participar de las riquezas que José podría haber obtenido al venderlas. Willard Chase, que conocía personalmente a José y había trabajado con él en alguna ocasión, afirmó después que el ángel le dijo a Smith que no podía recuperar las planchas hasta que llevara a su hermano Alvin con él a la colina durante una de sus visitas anuales. Después de la muerte de Alvin, Chase afirmó que el ángel mandó a José encontrar a otra persona que lo ayudara y que “José creyó que un tal Samuel T. Lawrence (un residente local y compañero buscador de tesoros) era el hombre aludido por el espíritu”. Chase aseguró que Lawrence acompañó a Smith a la colina antes de 1827 y le aconsejó a José que “no dejara que esas planchas se vieran durante unos dos años, porque eso causaría un gran alboroto en el vecindario”. Chase explicó que, aunque José pudo haber pensado que Lawrence debía ayudarle a recuperar las planchas, en 1827 José llevó en su lugar a su esposa, Emma, para obtenerlas.
Es posible que Lawrence se haya amargado después de que José lo invitara a la colina a buscar las planchas y luego procediera a recuperarlas sin él. Aunque Chase pudo haber hecho esta conexión con Lawrence para perpetuar su reclamo sobre las planchas, la afirmación parece posible porque los Smith temían que Lawrence quisiera quitárselas a José la noche en que las recuperó. De hecho, José padre fue a la casa de Lawrence esa noche para impedir que este fuera a la colina y emboscara a José hijo cuando sacara las planchas de su escondite. Knight recordó a José diciéndole a su padre que “se quedara hasta cerca del anochecer y que, si veía alguna señal de que [Lawrence] iba a salir, le [dijera]: si lo encuentro allí, le daré una paliza entre los tocones”.
Aparentemente Lawrence nunca salió de su casa esa noche, pero estos relatos ofrecen la posibilidad de que otros supieran acerca de las planchas y quisieran obtenerlas para su propio provecho; algunos de ellos incluso creían que eran legítimamente de su propiedad, como Chase y Lawrence.
Después de que los residentes locales oyeron que José había encontrado un conjunto de planchas de oro en Manchester, la posibilidad de hallar un tesoro atrajo a muchos otros a la colina. Según se informa, algunos fueron a buscar la caja de piedra en la que las planchas habían estado sepultadas. Lorenzo Saunders afirmó que fue a la colina solo unos días después de que José recuperara las planchas y buscó tierra que hubiera sido removida recientemente, pero no pudo encontrar nada. Declaró: “Había un gran hoyo donde los buscadores de tesoros habían cavado uno o dos años antes, pero no había tierra fresca”. Sin embargo, en una entrevista anterior explicó que no buscaron en toda la colina, sino solo en el lugar “donde [José] afirmaba haber obtenido las planchas”, lo cual deja abierta la posibilidad de que Saunders estuviera buscando en el sitio equivocado.
Incluso Martin Harris recordó que fue a la colina a buscar la caja de piedra. A diferencia de Saunders, Harris relató que encontró la caja y que “rompió una de sus esquinas”. Aparentemente declaró: “Algún día se encontrará esa caja y ustedes verán la esquina rota; entonces sabrán que les he dicho la verdad”. Este relato de Harris, dado cerca del final de su vida, estaba impregnado de folclore de búsqueda de tesoros, como la afirmación de que descubrió la caja justo antes de que esta se hundiera más profundamente en la tierra.
Sin el contexto del folclore local, David Whitmer explicó que otros habían visto la caja de piedra en la colina. Aunque al principio pensó que la historia de las planchas de oro era solo un rumor, conversó con varios jóvenes buscadores de tesoros en Palmyra que afirmaban saber dónde estaba ubicada la caja de piedra. Le dijeron a Whitmer que habían visto “el lugar en la colina de donde él las sacó”.
Las historias sugestivas y las noticias sobre las planchas envolvían a los residentes de Palmyra que habían oído hablar de la caja de piedra en la colina. Más tarde, David Whitmer diría: “Tuve conversaciones con varios jóvenes que decían que José Smith ciertamente tenía planchas de oro”. Supuestamente les preguntó: “¿Cómo saben que José Smith tiene las planchas?”, a lo cual respondieron: “Vimos el lugar en la colina de donde él las sacó, tal como nos lo describió antes de obtenerlas”. Whitmer explicó que quedó convencido porque los buscadores de tesoros “estaban tan seguros de haber visto el agujero y la caja de piedra de la cual Smith había sacado las planchas”. Whitmer recordó: “La comunidad en la que vivía estaba llena de entusiasmo respecto al hallazgo de un gran tesoro por parte de Smith, y me informaron que sabían que Smith tenía las planchas, ya que habían visto el lugar de donde las sacó, en la colina de Cumorah”.
Los residentes locales expresaban confianza en su creencia de que José había recuperado un conjunto de planchas de la colina porque la caja de piedra de donde se habían sacado aparentemente permaneció expuesta durante décadas. En 1893, Edward Stevenson explicó que, tras un viaje a Palmyra, un agricultor local le mostró dónde había estado la caja de piedra y que grandes piedras planas habían sido retiradas del agujero, “rodadas cuesta abajo, yacían cerca de la base de la colina”. Estos restos físicos permanecieron allí durante años, y los primeros buscadores de tesoros parecían haber presenciado la caja de piedra tal como estaba cuando José sacó las planchas de la tumba de piedra.
Irónicamente, mientras los detractores de José Smith pasaron el resto de su vida afirmando que él nunca había encontrado planchas de oro, ni tenido visitaciones de ángeles ni recibido visiones, los problemas iniciales de José con sus enemigos en 1827 fueron precisamente porque ellos estaban seguros de que en efecto había obtenido algún tesoro de oro de la colina y, por lo tanto, querían quitárselo, por la fuerza si no tenían otra opción. Aquellos que mejor conocían a José Smith en Palmyra no dudaban de que él había recibido las planchas, sino que más bien tomaron medidas para obtenerlas ellos mismos o, por lo menos, encontrar restos del tesoro enterrado que aún pudiera estar en la colina.
Los más ansiosos por quitarle las planchas a José eran quienes anteriormente habían trabajado con él para encontrar tesoros enterrados en la zona. José, que en 1825 había sido contratado por Josiah Stowell (un amigo de la familia) para ayudar a encontrar mineral enterrado, nunca ocultó el hecho de haber estado involucrado con los buscadores de tesoros locales. Los historiadores han sostenido que la asociación de José con la búsqueda de tesoros y el uso de piedras videntes lo preparó para su misión mayor como profeta y vidente. Martin Harris recordó más tarde la transición de José al dejar atrás la búsqueda de tesoros, cuando “el ángel le dijo que debía abandonar la compañía de los buscadores de dinero, pues entre ellos había hombres malvados”. Aunque José se apartó de su compañía, personas como Samuel Lawrence interpretaron su relación previa con José como una especie de derecho a compartir las planchas de oro con él. Sin embargo, habían confundido gravemente la tarea sagrada de José de traducir las planchas con sus anteriores ocupaciones seculares.
Al referirse al deseo de muchos de compartir el tesoro, Lucy Smith declaró: “Parecía ahora que Satanás había agitado el corazón de aquellos que de alguna manera habían tenido noticia del asunto, para investigarlo y hacer todo lo posible por impedir la obra”. Explicó que Chase reunió aproximadamente a una docena de hombres para encontrar el escondite inicial de las planchas de oro de José. De hecho, estaban tan desesperados por descubrir el escondite que “mandaron llamar a un adivino para que viniera desde sesenta millas de distancia a adivinar el lugar donde el registro estaba depositado por arte mágico”.
La misma historia fue contada más de veinticinco años después por Brigham Young, quien agregó que el “adivino era un lector de fortuna, un nigromante, un astrólogo, un adivino, y poseía tanto talento como cualquier hombre que hubiera caminado sobre el suelo americano, y era uno de los hombres más malvados que jamás vi”. Después de que los conspiradores de Chase se reunieran y empezaran a trabajar con Lawrence, José padre fue a la casa de Lawrence y, a través de la puerta, los oyó conspirar sobre cómo encontrarían las planchas. Su lenguaje fue lo suficientemente revelador como para que la esposa de Lawrence, quien vio a José padre escuchando a escondidas, le gritara: “¡Sam, Sam… te estás cortando el propio cuello!”. Pero el adivino gritó tan fuerte que José padre lo oyó decir: “No le temo a nadie; tendremos las planchas a pesar de José Smith o de todos los diablos del infierno”.
José padre entró en pánico. Sabía que José hijo estaba en Macedon trabajando para la señora Wells, así que regresó rápidamente a su casa para asegurarse de que las planchas estuvieran seguras. Al no saber dónde estaban las planchas, preguntó a Emma dónde las había escondido José. Emma no lo sabía. Aumentando la preocupación de que Lawrence pudiera robar las planchas, Lucy recordó que José las había escondido en un tronco cerca de la colina donde las había obtenido. Afortunadamente, José no las había dejado completamente expuestas. Aparentemente había ahuecado el interior de un árbol caído, había escondido las planchas dentro del tronco y luego había cubierto la abertura con pedazos de corteza caída y hojas como camuflaje. Esto pudo haber proporcionado incluso más seguridad que volver a enterrarlas, porque Chase y su grupo estaban buscando tierra recién removida y agujeros en el suelo. Consciente de la posible amenaza, Emma encontró un caballo con la ayuda de José padre y cabalgó hasta Macedon para alertar a José hijo de los planes de Chase y Lawrence para encontrar las planchas.
A millas de distancia, José trabajaba tranquilamente para ganar dinero con el fin de comprar un cofre en el cual guardar las planchas. Lucy escribió que, incluso antes de que Emma llegara, José estaba milagrosamente consciente de que ella venía en camino. Le dijo que sabía que las planchas estaban seguras. Lo sabía porque había llevado consigo a Macedon los “espectáculos” que había recuperado junto con las planchas. Al mirarlos, José vio que Emma venía a advertirle de la amenaza, pero también vio en los “espectáculos” una visión del lugar donde había escondido las planchas y supo que Chase no las había descubierto. José tranquilizó a Emma asegurándole que “el registro estaba perfectamente seguro por el momento”. Sin embargo, regresó con Emma a Manchester.
Cuando llegaron, José padre estaba paseando “con gran ansiedad de mente”, pero su hijo lo tranquilizó diciéndole que no había peligro de que el grupo de Chase encontrara las planchas. Como precaución, sin embargo, le dijeron a Hyrum que buscara un cofre temporal en el que pudiera guardarse bajo llave, de modo que José pudiera recuperar las planchas del tronco de abedul y llevarlas a casa.
Llevando las planchas a casa
Al día siguiente de regresar de Macedon, José fue a recuperar las planchas mientras José Smith padre y José Knight padre vigilaban la zona en busca de señales de los hombres que trabajaban con Chase y Lawrence. José recorrió tres millas hasta la colina, sacó las planchas del tronco y luego las envolvió en una túnica de lino. David Whitmer, quien más tarde vio las planchas, explicó que “parecían de oro, de unas seis por nueve pulgadas de tamaño, aproximadamente tan delgadas como el pergamino, muy numerosas, y unidas entre sí como las hojas de un libro por anillos macizos que pasaban por los bordes posteriores”. Las planchas pesaban alrededor de cincuenta libras, lo que dificultaba que José pudiera regresar caminando a la casa de sus padres con ellas, y mucho menos correr con ellas si encontraba problemas.
Cargó las planchas hasta la carretera principal que conducía a Palmyra, pero rápidamente se dio cuenta de que cualquiera que viajara por esa ruta lo vería. Por lo tanto, dejó el camino establecido y, en su lugar, luchó por avanzar entre el bosque y la maleza para evitar a posibles perseguidores. A pesar de sus mejores esfuerzos, fue abordado por un hombre “que exigió las planchas y lo golpeó con un garrote en el costado, lo cual le dejó un gran moretón”. Lucy explicó que el hombre en realidad golpeó a José con la culata de su rifle, tras lo cual José se volvió, derribó al hombre y corrió tan rápido como pudo, lo cual era difícil considerando la herida que había recibido y el peso de las planchas que llevaba. Lucy continuó explicando que, después de correr media milla, otro hombre desconocido atacó a José. Escapando nuevamente, fue atacado por una tercera persona. Esta vez, al intentar defenderse, José golpeó al agresor con tal fuerza que le dislocó el pulgar. La fuerza de ese golpe envió a su atacante hacia atrás, y finalmente José logró llegar a casa magullado, herido, exhausto y asustado. Katherine Smith, hermana de José, relató más tarde a sus familiares que José “llegó casi exhausto, cargando el paquete de planchas de oro… sujetado contra su costado con la mano y el brazo izquierdo, y con la mano derecha gravemente lastimada”.
José luego pasó las planchas, envueltas en lino, por la ventana de la casa a Josiah Stowell. Stowell, quien afirmó haber sido “la primera persona que recibió las planchas de las manos de [José Smith] la mañana en que las trajo”, habría sido la primera persona, aparte de José, en sentir y levantar las planchas. Al recibirlas, probablemente percibió el contorno de las planchas, pero fue lo que vio lo que hizo que su experiencia con ellas fuera única. En el verano de 1830, después de que José Smith fuera acusado de alteración del orden público, Stowell fue llamado por la defensa y juró como testigo. Testificó bajo juramento que había visto las planchas el día en que José las llevó por primera vez a casa. Cuando José las pasó por la ventana, Stowell alcanzó a verlas al correrse un poco el lino que las cubría. Stowell dio al tribunal las dimensiones de las planchas y explicó que consistían en hojas de oro con caracteres escritos en cada lámina. La transcripción impresa del juicio decía: “el testigo vio una esquina de ellas; se asemejaba a una piedra de tonalidad verdosa”.
Dado que Stowell también mencionó en su declaración que el registro estaba hecho de planchas de oro, es difícil saber a qué se refería con esa descripción. Puede que haya visto la banda que sellaba dos tercios de las planchas, la cual pudo haber sido de cobre y haberse oxidado con los años, adquiriendo un color verdoso. Alternativamente, puede que haya visto el pectoral, que también pudo haber sido de cobre y presentara un aspecto verde debido a la oxidación. En cualquier caso, el punto que Stowell dejó claro al tribunal fue que las planchas eran reales y que él las había visto y sentido.
Cuando Hyrum se enteró de que José había regresado con las planchas, de inmediato le llevó el cofre que este le había pedido antes, y José guardó las planchas bajo llave en su interior. Las planchas finalmente estaban seguras y en posesión de la familia y amigos de José. Lucy escribió: “Cuando llegó el cofre, José guardó el registro y se dejó caer en la cama”. Luego, “después de descansar un poco… salió y relató su aventura a su padre y al señor Knight”. Su padre le acomodó con ternura el pulgar dislocado mientras José relataba la traumática experiencia. Lucy explicó que José también “relató a nuestros invitados toda la historia del registro, lo cual los interesó mucho”.
Escondiendo y mostrando las planchas
José Knight padre recordó que, una vez que José había escondido las planchas de forma segura, estaba más interesado en los “lentes”, o el dispositivo que más tarde sería conocido como el Urim y Tumim, que en las mismas planchas. Declaró a Knight: “Puedo ver cualquier cosa, son maravillosos”. Aunque más tarde usaría los “espectáculos” para traducir las planchas, en este período José los utilizaba para protegerlas. Lucy escribió que José “podía en cualquier momento percibir la aproximación de un peligro, ya fuera hacia él mismo o hacia el registro, y por esta causa mantenía constantemente estos objetos consigo. A través de los “espectáculos”, el ángel le comunicaba que todavía había hombres conspirando para encontrar y robar las planchas.
En una ocasión, mientras trabajaba en el campo con su padre, José regresó apresuradamente a la casa, aparentemente advertido por los “espectáculos” de que un grupo de hombres hostiles se acercaba a la vivienda. En preparación para su visita, José y su familia cavaron un hoyo debajo de la chimenea lo suficientemente grande para guardar la caja que contenía las planchas y el pectoral. Luego volvieron a colocar la piedra para impedir que los hombres encontraran la caja. Casi inmediatamente después de que enterraron las planchas bajo el hogar, un gran grupo de hombres se aproximó a la casa. Pensando rápido, José y su hermano menor corrieron a la puerta gritando fuertemente, lo que sobresaltó a los hombres, quienes entonces se dispersaron.
Aunque José pudo evitar que sus enemigos encontraran las planchas, varios de sus amigos y familiares las tocaron, levantaron y sostuvieron, o al menos el cofre donde estaban guardadas. Varias personas dieron testimonio de haberlas visto bajo la cubierta de lino e incluso de haber sentido el tamaño y la masa de las planchas. Un hombre reveló que escuchó el traqueteo y el “tintineo” de las planchas cubiertas dentro de la caja. La hermana de José, Katherine, tuvo una experiencia similar. Cuando estaba desempolvando y limpiando, recordó haber visto “un paquete sobre la mesa que contenía las planchas de oro”, el cual levantó para juzgar su peso. Recordó que eran “pesadas como el oro”. Aún más revelador, ella “deslizó sus dedos por el borde de las planchas y sintió que eran planchas metálicas separadas, y escuchó el tintineo del sonido que producían”. Aunque Katherine nunca vio directamente las hojas de oro, percibió su forma y las experimentó tanto por el tacto como por el oído.
La mayoría de la familia de José afirmó haber tenido experiencias similares. William Smith, por ejemplo, que en ese tiempo era solo un adolescente, escribió más tarde que él había “alzado las planchas cuando estaban sobre la mesa envueltas en una vieja túnica o chaqueta en la que José las había traído a casa”. Al igual que su hermana Katherine, declaró que “las había palpado a través de la tela y comprobado que eran láminas delgadas de algún tipo de metal”. Amigos también, como Alvah Beaman, levantaron y tocaron las planchas (Beaman además ayudó a esconderlas bajo la chimenea y a reemplazar los ladrillos). Martin Harris dijo después que él “alzó las planchas muchas veces, y que pensaba que pesaban entre cuarenta y cincuenta libras”. De hecho, la mayoría de los amigos y familiares más cercanos de José testificaron haber tocado, levantado o visto las planchas.
Mientras algunos intentaban robar las planchas, otros visitantes menos hostiles simplemente deseaban verlas e incluso negociaron con José en un intento de lograr que compartiera las ganancias que las planchas podrían generar. José Knight padre recordó que numerosos vecinos llegaron a la casa de los Smith con la esperanza de echar un vistazo a las planchas o incluso hojear sus páginas. Algunos ofrecieron dinero y propiedades para verlas, pero Smith insistió firmemente en que no se las mostraría a cualquiera. Esto aparentemente enfureció a los visitantes, y como resultado, “persiguieron y maltrataron [a los Smith]”. Samuel Lawrence fue a la casa de José exigiendo que las planchas fueran al menos parcialmente suyas porque él había ido a la colina en busca de tesoro con José. Posiblemente sabiendo que José no cedería, Lawrence llevó consigo a un zahorí local, quien intentó usar una vara adivinatoria para encontrar las planchas. Lawrence y el zahorí entraron en la habitación occidental de la casa, donde estaba la chimenea. Allí, el zahorí apuntó su vara directamente hacia las planchas y declaró que estaban “bajo esa chimenea”. Después de que Lawrence y el zahorí salieron de la casa sin las planchas, José decidió que debía moverlas nuevamente para evitar que las descubrieran si regresaban.
Para proteger las planchas, José las sacó del cofre y las colocó en el pequeño taller de tonelería de su padre, cerca del granero, al otro lado del camino frente a la casa. Escondió la caja vacía como señuelo debajo de las tablas del piso del taller y puso las planchas en un gran montón de lino en el pequeño altillo del mismo. Una mañana, poco después, José fue al taller de tonelería y vio que las tablas del piso habían sido arrancadas y que la caja señuelo estaba destrozada debajo del suelo. De alguna manera, los intrusos habían pasado por alto por completo las planchas ocultas en el altillo. Posteriormente, José consiguió otra caja en la cual guardar las planchas. Martin Harris afirmó que la nueva caja era “una vieja caja de vidrio de Ontario” que había sido recortada para ajustarse a la longitud y tamaño de las planchas.
A pesar de los mayores esfuerzos de sus enemigos y posibles saqueadores, José pudo proteger y ocultar las planchas. Aunque se negó a exhibirlas a cambio de dinero, sus amigos y familiares tuvieron múltiples interacciones con ellas y más tarde testificaron acerca de su realidad física. Una vez que José finalmente obtuvo las planchas y las protegió de estos primeros agresores, se dispuso a cumplir el mandamiento del ángel de dar a conocer al mundo los mensajes inscritos en ellas.

























