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Matriarcas y patriarcas
Mientras el profeta José Smith trabajaba en su Nueva Traducción de Génesis, realizó muchos cambios en los capítulos iniciales (Génesis 1–9, 14) y en dos de los capítulos finales (Génesis 48, 50). Aunque hizo menos cambios en los capítulos intermedios, estos siguen siendo informativos, y algunos tienen importantes implicaciones doctrinales. El libro de Abraham también contribuye de manera significativa a nuestro entendimiento de las generaciones de Abraham, Isaac y Jacob.
Abram y Sarai eran originarios de un lugar llamado Ur de los caldeos, situado en el norte de Mesopotamia, en una región rica en interacción entre culturas. No muy lejos se encontraba Harán, también llamada Aram-Naharaim y Padán-aram (véase Gén. 24:10; 28:5–6), un lugar que en la Biblia se conoce como la tierra natal de la familia (véase Gén. 24:4) y la fuente de donde procederían las madres de Israel—Rebeca, Lea, Raquel, Bilhá y Zilpá. No es improbable que Sarai y Abram fueran parientes consanguíneos, de acuerdo con una costumbre común de la época de casarse dentro de la familia extendida. En un pasaje Abram declara que Sarai era “hija de [su] padre, mas no hija de [su] madre” (Gén. 20:12). La revelación moderna aclara que, mientras estaban en Egipto, Abram fue instruido por Dios para que Sarai se identificara como su hermana, y no como su esposa, como un medio para salvar su vida (véase Abr. 2:22–25; Gén. 12:9–15; 20).
Algún tiempo después de su matrimonio, Abram y Sarai demostraron su obediencia a los deseos del Señor al dejar para siempre su tierra natal y viajar a un nuevo país a cientos de millas de distancia (véase Abr. 1:16; 2:3, 6, 14–16). Harán fue solo una parada en el camino, pues Canaán sería su tierra prometida. Pertenecería no solo a ellos, sino también a sus descendientes, conforme a los términos del convenio que el Señor establecería con ellos—“cuando obedezcan mi voz” (Abr. 2:6).
Por medio de la Restauración sabemos que Abram, Sarai y los miembros de su familia poseían conocimiento del Evangelio de Jesucristo. Durante Su ministerio terrenal, Jesús fue confrontado por los fariseos con el desafío de que se hacía mayor que Abraham y los profetas. Él respondió: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56). En el Antiguo Testamento no hay referencia alguna al cristianismo de Abram ni a que él previera los días de Jesús. Pero la Traducción de José Smith en Génesis 15:6 añade un pasaje importante: “Y aconteció que Abram miró hacia adelante y vio los días del Hijo del Hombre, y se regocijó; y su alma halló descanso, y creyó en el Señor; y el Señor se lo contó por justicia”.
El gran énfasis que Génesis pone en el establecimiento de convenios muestra la importancia de los convenios en la vida de los creyentes. Abram y Sarai, en respuesta a su fidelidad, recibieron nuevos nombres: “He aquí mi convenio es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham; porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes” (Gén. 17:4–5). Y “a Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre… Yo la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella” (Gén. 17:15–16). Los nombres nuevos probablemente significan básicamente lo mismo que los antiguos. Pero los cambios son importantes porque los nombres nuevos representan la nueva relación que existía dentro del convenio entre Dios y nuestros fieles padres.
Lot en Sodoma
Después de entrar en Canaán, Abraham y su sobrino Lot hallaron necesario dividir la tierra entre ellos. Lot escogió vivir en el valle del Jordán entre los habitantes de las “ciudades de la llanura” (Gén. 13:12; véanse también los vv. 5–11). La residencia de Abraham fue la región montañosa al occidente del valle del Jordán. Mediante la Traducción de José Smith, la revelación moderna añade información interesante al relato de las experiencias de Lot entre el pueblo de Sodoma. Génesis 14 relata cómo cinco reyes invadieron juntos la región, derrotaron a los reyes locales, saquearon la tierra y se llevaron botín y cautivos al retirarse. Entre los cautivos estaba Lot. Abraham, “el hombre de Dios”, movilizó sus fuerzas para rescatar a su pariente. Su ejército consistía de 318 hombres, incluidos “sus criados adiestrados y los nacidos en su casa”. Con esta fuerza armada, Abraham persiguió a los reyes y los derrotó en batalla. “Trajo de vuelta a Lot, hijo de su hermano, y todos sus bienes, y también a las mujeres y al pueblo” (TJS en Gén. 14:13–14, 16). Fue a su regreso de la batalla cuando Abraham fue recibido por Melquisedec, rey de Salem.
Lot reanudó su residencia en Sodoma. Sin embargo, esta no fue una elección afortunada, porque aunque Sodoma sobrevivió a la invasión de los reyes, no sobreviviría a los juicios de Dios. Cuando Abraham supo por medio de tres mensajeros que Sodoma y Gomorra serían destruidas, nuevamente se encontró con la necesidad de salvar a Lot. Demostrando su preocupación por su sobrino y su familia, rogó al Señor que perdonara la ciudad si tan solo se hallaban diez justos en ella (véase Gén. 18:22–33). Pero al final no se encontraron diez justos. Lot, su esposa y sus dos hijas lograron salir, pero la ciudad y el resto de sus habitantes fueron destruidos. José Smith enseñó que la destrucción de Sodoma y Gomorra fue consecuencia de su rechazo del Evangelio y de los profetas que lo enseñaban: “Como consecuencia de rechazar el Evangelio de Jesucristo y a los profetas que Dios ha enviado, los juicios de Dios han reposado sobre pueblos, ciudades y naciones en diversas épocas del mundo, como fue el caso de las ciudades de Sodoma y Gomorra, que fueron destruidas por rechazar a los profetas”.
La Traducción de José Smith añade algunas aclaraciones al relato del rescate de la familia de Lot. Cuando los hombres malvados de la ciudad quisieron que Lot entregara a sus huéspedes, “para que los conozcamos” (Gén. 19:5), la Biblia presenta a Lot ofreciendo perversamente a sus dos hijas (véase Gén. 19:8). La Traducción de José Smith explica que los ciudadanos exigían tanto a los visitantes como a las hijas, pero Lot se negó a entregar a ambos. Toda esta maldad, añade la Traducción de José Smith, “era conforme a la iniquidad de Sodoma”.
Circuncisión y bautismo
Dios renovó Su convenio con Abraham (véase Gén. 17:1–9) e instituyó la circuncisión como la señal del convenio. La Traducción de José Smith aporta dos adiciones significativas al texto. La primera es una declaración del Señor con respecto a la apostasía de Su pueblo: “Mi pueblo se ha apartado de mis preceptos, y no ha guardado mis ordenanzas, las cuales di a sus padres; y no han observado mi unción, ni el sepulcro, o bautismo que les mandé; sino que se han apartado del mandamiento, y han adoptado el lavamiento de los niños y la aspersión de sangre; y han dicho que la sangre del justo Abel fue derramada para los pecados; y no han sabido en qué cosas son responsables ante mí” (I.V. Gén. 17:4–7). En lugar de describir a naciones paganas que nunca conocieron la verdad, estos versículos describen a personas que una vez habían sido favorecidas con el Evangelio, pero que habían pervertido sus doctrinas y ordenanzas. Entre otras cosas, habían cambiado la ordenanza del sepulcro mediante el bautismo por el lavamiento de los niños y “la aspersión de sangre”. Además de esto, habían sustituido la doctrina de la expiación de Jesucristo por una doctrina de redención mediante la sangre de Abel. Fuera de una referencia enigmática en Hebreos 12:24, esta idea no se encuentra en ninguna otra parte de las Escrituras. Debe haber sido una doctrina común entre los apóstatas de los días de Abraham.
Génesis 17 es la primera mención en el Antiguo Testamento de la ordenanza de la circuncisión, la remoción quirúrgica de la piel de la parte frontal del órgano sexual masculino. Esta práctica fue dada a Abraham para que fuera la señal del convenio establecido entre él y Dios. En las sociedades modernas es común llevar ropa decorada con palabras o símbolos que representan aquello con lo que elegimos identificarnos. La señal del convenio abrahámico, que era grabada en la carne del creyente, no era para exhibición pública, sino para servir como un recordatorio personal. Una adición inspirada de la Traducción de José Smith en Génesis 17:7 brinda mayor comprensión del propósito de esta ordenanza: “Y estableceré un convenio de circuncisión contigo, y será mi convenio entre tú y yo, y tu descendencia después de ti, por sus generaciones; para que sepas para siempre que los niños no son responsables ante mí sino hasta que tengan ocho años de edad”. Es claro, a partir de los pasajes de la Traducción de José Smith citados anteriormente, que los conceptos de bautismo, redención y responsabilidad habían sido distorsionados en los días de Abraham. La circuncisión, administrada cuando un niño varón tenía ocho días de edad, no solo era una señal de que el niño había nacido dentro del convenio de Abraham, sino que también mostraba que había nacido libre de pecado y que no era responsable sino hasta los ocho años de edad, cuando recibiría el bautismo para la remisión de los pecados—una señal de su participación en la obra redentora del Señor Jesucristo.
Sara, Agar y Abraham
Cuando Sara es presentada por primera vez en Génesis, se nos dice que era estéril (véase Gén. 11:30). Esta información no pretende ser insignificante ni despectiva, sino que es fundamental para el relato debido al nacimiento milagroso que tendría lugar muchos años después. Antes del nacimiento de Isaac, tanto Sara como Abraham son descritos como “viejos y de edad avanzada”, y Sara ya había pasado la edad natural de concebir hijos (Gén. 18:11; véase también el v. 12). Su frustración, o confusión, por su estado de no tener hijos debió haberse intensificado ciertamente como resultado de las frecuentes promesas del Señor de que tendrían una gran posteridad (por ejemplo, Gén. 13:16; 15:5; 17:4). Sara no dejó de creer en las promesas, como se evidencia en sus acciones, pero después de toda una vida sin poder concebir hijos, y ahora aparentemente siendo demasiado mayor para hacerlo, propuso una solución que ella sentía permitiría que se cumplieran las profecías. Animó a Abraham a tomar por esposa a su sierva Agar, “para que yo tenga hijos por medio de ella” (Gén. 16:2). Sara era dueña de Agar, y por lo tanto, cualquier hijo nacido de la unión de Agar con Abraham pertenecería a Sara. Una revelación a José Smith aclara aún más el asunto: “Dios mandó a Abraham, y Sara dio a Agar a Abraham por mujer” (D. y C. 132:34). Este matrimonio dio como resultado el nacimiento del hijo de Abraham, Ismael, y de toda una línea de descendientes de Abraham. “De Agar procedieron muchos pueblos. Esto, por lo tanto, estaba cumpliendo, entre otras cosas, las promesas” (D. y C. 132:34). Al igual que la descendencia israelita de Abraham, a los descendientes de Ismael—los árabes—se les prometen hijos que ayudan a cumplir el convenio de Dios con Abraham.
Génesis registra la visita a Abraham y Sara de tres hombres que habían sido enviados para darles un mensaje importante. El texto no es del todo claro en cuanto a la identidad de los tres, porque se les llama tanto “hombres” como “ángeles” (Gén. 18:2; 19:1). Además, en algunos pasajes el texto presenta a Dios hablando como si Él fuera uno de los tres (véase Gén. 18:10, 13–14; compárese con 18:1; 21:1). La Traducción de José Smith cambia “los hombres” por “los ángeles que eran hombres santos” (en Gén. 18:22) y por “los ángeles de Dios, que eran hombres santos” (en Gén. 19:10). En otros lugares llama a los visitantes “ángeles” (en Gén. 21:1; véase también el v. 2), y José Smith se refirió a ellos como “ángeles”. Sin embargo, quizá la referencia deliberada a que comieron (véase Gén. 18:5–8) tenga el propósito de indicarnos que eran mortales y no seres angélicos, y que el término “ángeles” debe entenderse en su sentido original (tanto en inglés como en hebreo) de “mensajeros”. El mensaje de los tres visitantes fue que Sara y Abraham finalmente tendrían un hijo. A pesar de la edad de los futuros padres, nada es “difícil para el Señor”. Y en verdad, por medio de Sara, “Abraham ciertamente vendrá a ser una nación grande y poderosa” (Gén. 18:14, 18).
Algunos años después del nacimiento del hijo prometido, Isaac, la fe de sus padres fue puesta nuevamente a prueba cuando Abraham fue mandado a ofrecerlo en sacrificio al Señor (véase Gén. 22:1–19). A este acontecimiento la revelación moderna añade un contexto completamente desconocido en la Biblia. En el libro de Abraham aprendemos que el propio Abraham, muchos años antes, había sido el posible sacrificio humano a instancias de su propio padre (Abr. 1:5–17, 30). Aunque Abraham sabía que el intento de sacrificarlo había sido motivado por la adoración de falsos dioses, el mandamiento de sacrificar a su propio hijo debió haber despertado sentimientos en su corazón que solo podemos imaginar. El hecho de que estuviera dispuesto a obedecer, a pesar del recuerdo de aquel suceso pasado, resalta aún más poderosamente la nobleza de su carácter. Su acción fue, como dijo el profeta del Libro de Mormón Jacob, “una semejanza de Dios y de Su Hijo Unigénito” (Jacob 4:5). La fidelidad de Abraham al mandamiento del Señor aseguró sus bendiciones. Como enseñó José Smith, Abraham obtuvo “poder, aun poder de una vida sin fin… por la ofrenda de su hijo Isaac, lo cual no era el poder de un profeta, ni de un apóstol, ni de un patriarca solamente, sino de [un] rey y sacerdote para Dios: para abrir las ventanas de los cielos y derramar la paz y la ley de vida eterna al hombre”. En verdad, “si un hombre quiere alcanzar—debe sacrificarlo todo para alcanzar las llaves del reino de una vida sin fin”.
El enfoque del Antiguo Testamento está en los descendientes de Abraham por medio del hijo de Sara, Isaac, y del hijo de Isaac, Jacob. Por medio de ese linaje continuaría una relación de convenio única y especial. Pero sabemos también que, a partir de otros matrimonios, Abraham tuvo hijos adicionales. Su hijo Ismael llegó a ser el padre de doce tribus. Abraham y su esposa Cetura, con quien aparentemente se casó después de la muerte de Sara, tuvieron seis hijos y quizá también hijas. Muchos años después, la Biblia nos presenta a Jetro, un descendiente de Abraham y Cetura (véase Gén. 25:1–6, 12–18; Éx. 2:16–21; 3:1). A diferencia de los israelitas de su generación, que habían perdido su conocimiento del Evangelio en Egipto, Jetro tenía el Evangelio y poseía el Sacerdocio de Melquisedec. Presumiblemente, estos habían sido transmitidos por medio de sus fieles antepasados desde los días de su padre Abraham. De hecho, Moisés probablemente aprendió el Evangelio y se convirtió a él solo cuando entró en contacto con Jetro en la tierra de Madián. Allí se casó con la hija de Jetro y recibió, bajo las manos de Jetro, su ordenación al Sacerdocio de Melquisedec (véase D. y C. 84:6–13, 23–27).
Por medio de la revelación moderna aprendemos que los matrimonios de Abraham no solo estaban en armonía con la voluntad del Señor, sino que también eran matrimonios eternos, sellados por el poder del santo sacerdocio bajo el nuevo y sempiterno convenio. El Señor dijo a José Smith: “Abraham recibió todas las cosas, cualesquiera que recibió, por revelación y mandamiento, por mi palabra, dice el Señor… Abraham recibió concubinas, y ellas le dieron hijos; y le fue contado por justicia, porque le fueron dadas, y él permaneció en mi ley” (D. y C. 132:29, 37). Para evitar suposiciones incorrectas, una concubina era una esposa, pero una esposa que, en la cultura de la época, no gozaba del estatus legal de una mujer libre, por lo general siendo una sierva como Agar, o como Bilhá y Zilpá, las esposas de Jacob.
Rebeca, Lea, Raquel,
Bilhá y Zilpá
La Traducción de José Smith hace solo unos pocos cambios menores en los registros de Isaac y Jacob y de sus familias. La Restauración revela pocos detalles nuevos para esos capítulos y, por lo tanto, nuestra exposición se limitará a algunos principios generales. Sin embargo, el Evangelio restaurado sí proporciona un trasfondo que no es claramente visible en la Biblia. Ese trasfondo es la naturaleza eterna de las unidades familiares selladas por el poder del santo sacerdocio. Al leer el texto de Génesis, uno podría concluir que el deseo de buscar cierto tipo de esposa y el deseo de tener hijos reflejan únicamente la cultura del antiguo Cercano Oriente de los tiempos bíblicos. Pero mediante la Restauración aprendemos principios concernientes a la familia que han motivado a los creyentes en el Dios verdadero en todas las generaciones.
El Evangelio nos enseña a casarnos dentro de nuestra fe. Génesis enfatiza la importancia de hacerlo al registrar los esfuerzos por obtener esposas apropiadas para Isaac y Jacob. Parece que durante algún tiempo después de la traslación de la comunidad de Melquisedec, el grupo de creyentes donde Abraham vivía en Canaán pudo haber sido algo limitado. Al igual que los Santos de los Últimos Días modernos en una situación similar, Abraham deseaba que su hijo se casara con una mujer justa que adorara al Dios verdadero. Una cananea politeísta no sería aceptable. Por lo tanto, envió a su siervo a Aram-naharaim, la tierra ancestral Harán, y le dio instrucciones de encontrar allí una esposa para Isaac (véase Gén. 24). En la siguiente generación, Isaac y Rebeca se entristecieron al ver que su hijo Esaú se había casado con dos mujeres hititas (véase Gén. 26:34–35). Deseando que su hijo Jacob se casara dentro de su religión, también lo enviaron a la tierra de Harán para encontrar esposa entre la familia de su madre. Con el tiempo, Jacob se casó con dos hermanas que eran sus primas hermanas, así como con otras dos mujeres. Estas cuatro llegaron a ser las madres de las doce tribus de Israel (véase Gén. 27:46; 28:1–30:43).
En estos dos casos singulares, es poco probable que la nacionalidad o la etnicidad de las posibles esposas estuviera en juego. La esposa de Abraham, Agar, era egipcia (véase Gén. 16:1). Su esposa Cetura era presumiblemente de Canaán, donde él vivía (véase Gén. 25:1–6). La Biblia nos dice que la esposa de José, la madre de Efraín y Manasés, también era egipcia (véase Gén. 41:50–52). Aunque sabemos muy poco acerca del trasfondo de estas mujeres, tenemos toda razón para creer que todos estos matrimonios se realizaron dentro de la fe y que las esposas eran creyentes justas y dignas en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
Incluso una lectura casual muestra que un tema principal de Génesis es el deseo de tener hijos, un deseo que influye en gran parte del relato a lo largo de las tres generaciones desde Abraham hasta Jacob. En el antiguo Cercano Oriente, los hijos eran un bien valioso. Los varones eran particularmente importantes para el bienestar económico de la familia, para la perpetuación de la propiedad ancestral y para el cuidado de los padres en su vejez. La Biblia muestra que la infertilidad era vista como causa de gran aflicción. Sin duda, sus implicaciones se sentían de manera especial en una esposa estéril dentro de un matrimonio plural. El Evangelio nos enseña acerca de la permanencia de la relación entre padres e hijos, y vivir el Evangelio desarrolla instintos heredados divinamente que nos llevan a desear descendencia. Como consecuencia, los Santos de los Últimos Días a lo largo de su historia han tenido más hijos de lo que era habitual en la sociedad, y es probable que los Santos de otras generaciones también hayan otorgado un alto valor a la familia. Sin embargo, no todos han podido tener las familias que deseaban. En Génesis, la esterilidad de Sara es seguida por la de su nuera Rebeca. En la siguiente generación, Raquel, la nuera de Rebeca, también es estéril. En los tres casos, la concepción y el nacimiento posteriores fueron considerados actos de intervención divina en respuesta a mucha súplica y oración (véase Gén. 25:20–26; 29:31; 30:1–2, 22–23).
En el mundo antiguo, donde la literatura a menudo se producía para engrandecer a la familia gobernante, esta parte de Génesis destaca como una obra de profunda honestidad que no siempre presenta a su familia bajo una luz halagadora. Expone su historia con franqueza, aun cuando hacerlo deja al descubierto imperfecciones en las personas cuyas vidas relata. Así, aprendemos de luchas en las relaciones que se desarrollaron en torno a asuntos como la propiedad, los matrimonios, las herencias, la maternidad y las esperanzas y necesidades no satisfechas. Al igual que nosotros, los antepasados de la casa de Israel eran seres humanos que a veces respondían a la vida de maneras muy humanas. Sin embargo, al leer Génesis, debemos tener presente que no contamos con un relato completo de las matriarcas y los patriarcas, sino solo con un registro de algunos acontecimientos clave que moldearon sus vidas. Quizá algunos de estos acontecimientos están en la Biblia porque son la excepción, y no la regla. Tampoco comprendemos plenamente los desafíos que enfrentaron, las realidades de su cultura ni las suposiciones y creencias que formaban su sociedad. El autor inspirado de Génesis presentó la historia con honestidad y sin juicio ni racionalización. Se muestra a Dios consciente de las debilidades que aquejan a todos los seres humanos, y parece ser más paciente con ellas de lo que a veces somos nosotros. Fue especialmente atento a aquellos cuyas circunstancias de vida eran particularmente difíciles. En los casos en que parece que se cometió una injusticia—aun por hombres y mujeres buenos—Dios la compensó al proveer bendiciones adicionales a quienes habían sido afectados adversamente (véase Gén. 16:3–10; 21:9–21; 29:30–35; 31:10–12). Jehová es el gran Igualador en estos relatos, prefigurando cómo Su expiación finalmente nivelará el terreno de la vida para todas las personas. Quizá uno de los mensajes de Génesis es que Dios escogió a la familia de Abraham y obró por medio de ellos para cumplir Sus propósitos, a pesar de cualesquiera debilidades que tuvieran, tal como esperamos que lo haga con nosotros.
Las vidas de las matriarcas y los patriarcas son ejemplos para nosotros de fidelidad y valentía. Cuando el siervo de Abraham fue a Harán para buscar esposa para Isaac, Rebeca demostró una fe extraordinaria al estar dispuesta a salir de su hogar y de su familia para casarse con un hombre que no conocía (véase Gén. 24:1–67). Cuando se le preguntó cuál era su deseo, respondió: “Iré”. En respuesta, su familia la bendijo y dijo: “Hermana nuestra eres tú; sé madre de millares de millones” (Gén. 24:58, 60). Años más tarde, Rebeca mostró gran sabiduría y valor cuando su esposo tenía la intención de dar su bendición principal a Esaú en lugar de Jacob. Sabiendo por revelación personal que Jacob debía recibir la bendición, guio cuidadosamente la situación y se aseguró de que la profecía se cumpliera conforme a la voluntad del Señor (véase Gén. 27:1–29). Abraham y Jacob son ejemplos de personas obedientes que se apresuraron a hacer lo que el Señor les mandó (véase Abr. 2:3–4; Gén. 22:1–3; 31:3, 17–18; 35:1–5). Lea y Raquel se apresuraron a decir: “Haz todo lo que Dios te ha dicho”, aun cuando eso significaba dejar para siempre a sus padres y su tierra natal (Gén. 31:16). En cuanto a Isaac, José Smith dijo: “Era más santo y más perfecto delante de Dios, y vino a Él con un corazón más puro y con más fe que los hombres de este día”. Y la esposa de Abraham, Agar, fue visitada dos veces por un ángel, quien le dio consuelo y le anunció el futuro (véase Gén. 16:7–14; 21:17–18).
La revelación moderna nos dice dónde se encuentran ahora estas grandes personas: Abraham “ha entrado en su exaltación y se sienta en su trono”, e Isaac y Jacob “han entrado en su exaltación, conforme a las promesas, y se sientan en tronos, y no son ángeles sino dioses” (D. y C. 132:29, 37). Puesto que la exaltación llega a las parejas y no solo a los esposos, ciertamente las esposas de Abraham, Isaac y Jacob están con ellos en su gloria. Y tenemos toda razón para creer que entre ellas no solo se encuentran aquellas que fueron favorecidas en esta vida—Sara, Rebeca y Raquel—sino también las esposas que fueron menos amadas o que fueron llamadas siervas o concubinas, o de quienes poco se dice en Génesis—including Agar, Cetura, Lea, Bilhá y Zilpá.
























