El Evangelio Restaurado y el Libro de Génesis

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Jacob y la
Casa de Dios


El Antiguo Testamento cuenta la historia de una relación entre una familia y su Dios. El Dios era Jehová, y la familia era la casa de Israel. Génesis, el comienzo de la historia familiar, es un libro acerca de los convenios que se hicieron entre Jehová y esa familia—convenios que ligaban a ambas partes en una relación de confianza y obligación mutuas. Entre las promesas que Dios hizo a nuestros antepasados no se encuentran solo aquellas que se enfatizan en la Biblia—la tierra y la posteridad terrenal—sino también otras que conocemos por medio de la revelación moderna, y particularmente en nuestros templos, que tienen profundas implicaciones tanto ahora como en las eternidades.

En Bet-el y Peniel

La historia de la vida de Jacob estuvo marcada por experiencias espirituales que se cuentan entre las más poderosas registradas en las Escrituras. La primera de ellas ocurrió cuando se dirigía a Harán para buscar esposa. Jacob se detuvo en un lugar llamado Luz, donde dos generaciones antes su abuelo Abraham había edificado un altar y orado (véase Gén. 12:8; Abr. 2:20). El texto nos dice únicamente que estaba oscuro y que Jacob decidió pasar allí la noche, quizá sin saber que se hospedaba en un terreno que había sido santificado por la adoración previa de Abraham. Aquella noche Jacob “soñó”, o como diríamos hoy, vio una visión. Vio una escalera que se extendía desde la tierra hasta el cielo. Ángeles subían y bajaban por ella, y el Señor mismo estaba en lo alto. Repitiendo promesas que había hecho al padre y al abuelo de Jacob, el Señor le dijo que la tierra sería suya y de sus descendientes. Le prometió una gran posteridad que se extendería en todas direcciones, y le dijo, como había dicho a sus padres, que en él y en su descendencia serían “benditas todas las familias de la tierra” (Gén. 28:14; véanse también los vv. 11–13). Al final de su visión Jacob exclamó: “Ciertamente Jehová está en este lugar… No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo”. Llamó al lugar “Bet-el”—que significa “Casa de Dios” (Gén. 28:19; véanse también los vv. 16–17)—y permaneció como un sitio sagrado entre sus descendientes a lo largo de todo el Antiguo Testamento.

El Señor dijo a Jacob que tanto lo “guardaría” como lo haría volver a su tierra natal (Gén. 28:15). Durante los años que Jacob vivió en Harán, el poder divino que lo guardaba hizo que prosperara; se casó con cuatro esposas y finalmente fue padre de doce hijos y algunas hijas (véase Gén. 37:35; 46:7). Sus posesiones materiales crecieron de manera similar. Luego, después de veinte años en la región de Harán, un ángel le recordó que Dios era la fuente de su prosperidad y le dijo que por fin había llegado el momento de regresar a su hogar (véase Gén. 31:3, 10–12). Mientras iba camino a su tierra natal, “los ángeles de Dios” lo encontraron (Gén. 32:1). Dado que la palabra ángel significa “mensajero”, debió de haber un mensaje, pero no se nos dice cuál fue.

La siguiente gran experiencia espiritual registrada de Jacob ocurrió cuando se acercaba a Canaán: “Y Jacob se quedó solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba… Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has perseverado con Dios y con los hombres, y has vencido. Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar Peniel; porque dijo: He visto a Dios cara a cara, y ha sido preservada mi vida” (Gén. 32:24, 26–30). El nombre Peniel significa “Rostro de Dios”.

Parece que el autor de Génesis eligió escribir acerca de esta experiencia con tal reserva que dejó muchas cosas deliberadamente poco claras e imprecisas. Al mismo tiempo, parece que el texto no se preservó intacto a lo largo de los siglos de su transmisión. Al igual que la visión de Jacob de la escalera que se extendía al cielo, esta experiencia no se desarrolla en las Escrituras modernas, y la Traducción de José Smith no aporta información nueva al respecto. Sin embargo, en los acontecimientos de Bet-el y Peniel hay mensajes que los Santos de los Últimos Días, iluminados por el Evangelio restaurado, pueden entender de manera distinta que otros lectores. En ninguna parte de Génesis ni del Antiguo Testamento, por ejemplo, se nos dice qué significa que todas las naciones sean bendecidas por medio de la descendencia de Jacob. Pero sabemos por medio de la Restauración que en Cristo, la Descendencia suprema de Jacob, la salvación se pone a disposición de toda la humanidad. Y sabemos que el llamamiento de la casa de Israel es bendecir a todas las naciones llevándoles el Evangelio con sus convenios y ordenanzas que exaltan. Tampoco podemos entender por el Antiguo Testamento qué significa que los descendientes de Israel serían en número “como el polvo de la tierra” (Gén. 28:14). Pero por medio de la revelación moderna aprendemos acerca de las familias eternas y de la posteridad eterna, y de los poderes divinos disponibles en nuestros templos que hacen posibles esas bendiciones. En verdad, las promesas de Génesis incluyen la redención por medio de un Salvador, los sellamientos en el templo para formar familias eternas y la vida eterna en la presencia de Dios. La escalera en la visión de Jacob probablemente representa los peldaños en nuestra búsqueda por obtener esas bendiciones a medida que avanzamos a través de las experiencias de la vida y de los convenios y ordenanzas de la casa del Señor. El élder Marion G. Romney sugirió lo siguiente:

“Jacob se dio cuenta de que los convenios que hizo con el Señor allí eran los peldaños de la escalera que él mismo tendría que subir para obtener las bendiciones prometidas—bendiciones que le darían derecho a entrar en el cielo y a asociarse con el Señor.

“Porque se había encontrado con el Señor y había entrado en convenios con Él allí, Jacob consideró el lugar tan sagrado que lo llamó Bet-el [Casa de Dios]…

“Jacob no solo pasó por la puerta del cielo, sino que, al vivir de acuerdo con cada convenio, también entró por completo. De él y de sus antepasados Abraham e Isaac, el Señor ha dicho: ‘…porque no hicieron otra cosa sino lo que les fue mandado, han entrado en su exaltación, conforme a las promesas, y se sientan en tronos, y no son ángeles sino dioses’ (D. y C. 132:37)”.

«Los templos son para todos nosotros lo que Bet-el fue para Jacob».

Si el templo es el lugar donde el cielo y la tierra se encuentran, tal como la escalera de Bet-el lo fue en la visión de Jacob, entonces la lucha de Jacob en Peniel fue una experiencia complementaria y un paso adicional en su currículo celestial. Quizá esto se sugiera en el hecho de que uno de los acontecimientos tuvo lugar cuando salía de su hogar y el otro cuando regresaba; el primero cuando era un joven soltero y el segundo cuando ya era esposo de mujeres que serían sus compañeras eternas. En la experiencia de Peniel se hacen evidentes elementos de un encuentro celestial, aun cuando solo estén insinuados o velados en el texto: fue de noche y el acontecimiento llegó a su clímax con la llegada del alba; Jacob fue “dejado solo”, y sin embargo luchó con alguien; al igual que sus abuelos Abram y Sarai, recibió un nuevo nombre, símbolo de su nueva relación con Dios en el convenio; Jacob recibió una bendición que valía todo su esfuerzo; y testificó que había “visto a Dios cara a cara”. Ya sea por el uso cuidadoso de un lenguaje simbólico por parte del autor, o por inexactitudes en la transmisión del texto, quedamos preguntándonos acerca de la identidad del varón con quien Jacob luchó. ¿Fue Dios, un ángel o un mortal? Quizá podamos considerar poco probable que haya habido una lucha literal, y sumamente improbable que un mortal luchara con un ángel o con Dios. Tal vez fue otro mortal, que actuaba en lugar de Dios, enviado para representarlo al conferir a Jacob sus bendiciones.

De nuevo en Bet-el

Después de que Jacob entró en su tierra prometida, el Señor le mandó que regresara a Bet-el, el lugar donde había visto la escalera que ascendía al cielo (véase Gén. 35:1–15). Para prepararse para la experiencia allí, Jacob instruyó a los miembros de su casa a desechar sus ídolos, a purificarse y a cambiarse de ropa. Mientras viajaban hacia el sur, “el terror de Dios estaba sobre las ciudades que estaban alrededor de ellos” (Gén. 35:5), lo cual indica que el Señor los acompañaba en su jornada y quizá también que su arrepentimiento y purificación habían sido reconocidos. En Bet-el, Dios se apareció a Jacob “y lo bendijo” (Gén. 35:9). Luego reiteró el cambio de su nombre y confirmó las promesas que ya le había hecho de una posteridad numerosa y de la posesión de la tierra de Canaán por parte de su familia. Jacob edificó allí un altar e hizo una ofrenda al Señor.

Al igual que ocurre con sus otras experiencias sagradas, este acontecimiento en Bet-el se relata en solo unos pocos versículos breves y con muy pocos detalles. Aunque Jacob es el único mortal mencionado en el relato cuando Dios se apareció, el hecho de que él instruyera a los miembros de su familia a purificarse y prepararse sugiere que en algún punto de la experiencia ellos también participaron. Sabemos por medio de la revelación moderna que Jacob recibió la ordenanza del templo del matrimonio sellado para el tiempo y para toda la eternidad, porque ese es un requisito para la exaltación (véase D. y C. 132:37). Si sus visitas anteriores, en soledad, a Bet-el y Peniel fueron experiencias del templo en las que entró en convenios con el Señor y recibió promesas a cambio, entonces quizá esta segunda experiencia en Bet-el fue el acontecimiento culminante en el que Jacob, sus esposas y sus hijos dignos fueron sellados juntos como familias eternas.

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