El Evangelio Restaurado y el Libro de Génesis

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¿Creemos en la Biblia?


Los Santos de los Últimos Días creen en la Biblia. La amamos y creemos en sus enseñanzas. Ocupa un lugar especial en nuestra religión que no puede ser llenado por ningún otro libro. El día en que se organizó la Iglesia, el Señor afirmó su veracidad (véase DyC 20:11), y el propio Libro de Mormón da testimonio de la Biblia y nos compromete con ella (véase 1 Nefi 13:20–23; 2 Nefi 29:2–13). Junto con muchos otros cristianos, tenemos fe en que los escritores antiguos de la Biblia fueron inspirados, y rechazamos las corrientes de la sociedad moderna que la devalúan y menosprecian sus enseñanzas. En muchos círculos hoy en día, la Biblia ha sido retirada de la posición de honor que una vez ocupó. Su historia ha sido explicada como mito, la perspectiva divina de sus autores ha sido considerada primitiva, y la norma moral que ha presentado al mundo durante casi dos mil años ha sido rechazada como arcaica y opresiva. Podemos estar agradecidos por las muchas buenas personas que se han mantenido firmes con este libro, y nos unimos a ellas al expresar nuestro agradecimiento a Dios por él.

¿Por qué, entonces, algunos piensan que los Santos de los Últimos Días no aceptan la Biblia? La razón es que tenemos creencias importantes acerca de ella que son muy diferentes de las de otros cristianos.

En primer lugar, a diferencia de muchos cristianos creyentes en la Biblia, sostenemos que la Biblia no llegó al mundo moderno en un estado puro. Al comienzo del Libro de Mormón, el profeta Nefi escribió acerca de la época de los primeros apóstoles y profetizó de una “iglesia grande y abominable”, cuyo fundador sería el diablo. Esa iglesia, compuesta por influencias apóstatas dentro del cristianismo primitivo, quitaría cosas “claras y sumamente preciosas” tanto de las Escrituras como del evangelio mismo. La Biblia no saldría al mundo sino hasta después de haber sido corrompida “por medio de las manos de la iglesia grande y abominable”, quedando menos pura y confiable de lo que había sido cuando se escribió originalmente (1 Nefi 13:4–6, 20–29). José Smith escribió: “Muchos puntos importantes relacionados con la salvación del hombre habían sido quitados de la Biblia o se habían perdido antes de que se compilara”. Declaró: “[Hay] muchas cosas en la Biblia que, tal como ahora se encuentran, no concuerdan con la revelación del Espíritu Santo que he recibido”. Y creía en la Biblia “tal como debería ser, tal como salió de la pluma de los escritores originales”. Pero “traductores ignorantes, copistas descuidados o sacerdotes corruptos y malintencionados han cometido muchos errores”. Por tanto, “creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente” (Art. de Fe 8), entendiendo que “traducida” presumiblemente incluye todo el proceso de transmisión desde los manuscritos originales hasta los textos en lenguas modernas.

La segunda razón por la cual algunos afirman que no creemos en la Biblia es que no pensamos que contenga la totalidad de la revelación de Dios a la humanidad. Aunque esta idea no se encuentra en ninguna parte de la propia Biblia y, de hecho, contradice el precedente bíblico de que Dios llame profetas para dar revelación actual a Su pueblo, muchos cristianos piensan que creer en la Biblia significa creer que no puede haber Escritura sagrada fuera de sus tapas. Pero debido a la Restauración, los Santos de los Últimos Días creemos lo contrario. El Señor dio a conocer más Escritura por medio del profeta José Smith que por medio de cualquier otro profeta, antiguo o moderno. El Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio abarcan 886 páginas de nuevo material canónico. También contamos con la Traducción de José Smith de la Biblia, los sermones y escritos del Profeta y de sus sucesores, y las prácticas inspiradas continuas de la Iglesia del Señor. La Restauración trajo una inundación de nuevo conocimiento que aclara, añade, sustenta, edifica y confirma lo que sabemos por medio de la Biblia. Por lo tanto, cuando la leemos, lo hacemos a la luz de la Restauración.

Un precedente profético

José Smith fue un restaurador y revelador de Escrituras que amó la Biblia y fue un estudioso serio de ella. De hecho, sus esfuerzos por estudiarla y conocerla bien constituyen una de las claves de la Restauración. Con los años llegó a conocer la Biblia tan bien que podía citar o parafrasear decenas de pasajes sin consultar el texto. Sus discursos estaban salpicados de lecciones y ejemplos bíblicos, lo que demostraba no solo un conocimiento de la Biblia misma, sino también una profunda comprensión de sus doctrinas.

El Profeta sabía que el dominio de las Escrituras no puede lograrse sin pagar el precio del estudio serio. Por ejemplo, en sus diarios personales durante 1835–36, registró con frecuencia sus esfuerzos por aprender hebreo para poder comprender mejor el Antiguo Testamento. Tres resultados importantes de su estudio de la Biblia hicieron aportes significativos a la Restauración.

Primero, la Traducción de José Smith —la revisión inspirada de la Biblia realizada por el Profeta— es el resultado directo de varios años de trabajo e inspiración al cumplir su llamamiento de proporcionar una traducción más correcta para la Iglesia. De esta empresa inspirada tenemos Selecciones del Libro de Moisés y José Smith–Mateo en la Perla de Gran Precio, y contamos con cientos de otros cambios y adiciones significativos, la mayoría de los cuales están ahora incluidos en las notas al pie de la edición de 1979 de la Biblia en inglés publicada por la Iglesia.

Segundo, varias de las revelaciones contenidas en Doctrina y Convenios surgieron como resultado de preguntas que se plantearon en la mente del Profeta mientras participaba en la Nueva Traducción. Las secciones 76, 77 y 91 son ejemplos evidentes, pero es probable que muchas otras hayan tenido su origen en este mismo proceso, ya sea de manera directa o indirecta.

Tercero, en gran medida fue en el proceso de su estudio inspirado de la Biblia que el Profeta adquirió gran parte de su comprensión del evangelio. Y cuando enseñaba a partir de la Biblia, transmitía ese conocimiento a otros. A partir de sus sermones registrados, podemos ver que una porción significativa de su enseñanza pública y privada consistía en exponer pasajes bíblicos. Fue en estos sermones y momentos de enseñanza basados en la Biblia donde transmitió a la Iglesia gran parte de su conocimiento revelado. Somos herederos de lo que se le reveló mientras usaba la Biblia como trampolín hacia la revelación.

Pero el contenido de la enseñanza del Profeta no era la Biblia en sí. Más bien, era la iluminación celestial que recibía mediante su estudio de ella. De hecho, la Biblia no era la fuente de su teología; lo era la revelación de Dios. Es evidente, a partir de las propias palabras de José Smith, que él sabía que lo que se le había revelado era una fuente de conocimiento más segura que lo que encontraba impreso en la página. Esta afirmación puede parecer extraña para quienes no comparten el testimonio de la divinidad de su llamamiento, pero quienes lo reconocen como profeta de Dios —enviado a restaurar la verdad en su pureza para los últimos días— entienden que la luz y el conocimiento que se le revelaron son la norma por la cual deben juzgarse todas las demás ideas, tradiciones o textos religiosos, incluida la Biblia. “Dios puede corregir las Escrituras por medio de mí, si así lo decide”, enseñó el Profeta. Con respecto a la Biblia dijo: “Tengo el libro más antiguo del mundo y el Espíritu Santo. Doy gracias a Dios por el libro antiguo, pero más aún por el Espíritu Santo”. Por medio de las palabras inspiradas del Profeta al comentar o enseñar pasajes de la Biblia, podemos ver las Escrituras antiguas bajo una nueva luz y comprenderlas de maneras que serían imposibles sin la instrucción divina. José Smith, el gran vidente, tenía la capacidad de ver en las páginas de la Biblia cosas que no son visibles al ojo natural. Esto fue posible porque el Espíritu que animaba sus facultades interpretativas era el mismo que había revelado originalmente esas palabras por medio de sus antiguos colegas proféticos.

Revelación moderna

Aunque amamos y usamos la Biblia, acudimos primero a las revelaciones de José Smith para encontrar respuestas a las preguntas del evangelio. Deberíamos, en palabras del presidente Ezra Taft Benson, “citar abundantemente las palabras del Señor para nuestra dispensación”, a fin de tener guía “del Señor mismo”.

En ocasiones, Santos de los Últimos Días bien intencionados tratan de obtener una comprensión de asuntos doctrinales buscando en profecías antiguas —como Isaías o el libro de Apocalipsis— en lugar de hacerlo en las Escrituras modernas. Aunque en la superficie esta práctica pueda parecer apropiada o, en el peor de los casos, inofensiva, existen al menos tres razones importantes por las que debemos centrarnos en lo que el Señor ha revelado en nuestro propio tiempo para comprender la doctrina e interpretar los escritos de la Biblia.

Primero, gran parte de la Biblia, y la mayor parte de la profecía bíblica, está escrita en poesía altamente literaria, un hecho que no se observa fácilmente en la traducción del rey Santiago. La metáfora, el lenguaje figurado que constituye la principal herramienta de estos escritos, se comprende plenamente solo cuando el lector forma parte del mismo mundo cultural, lingüístico, histórico, geográfico e ideológico que el escritor. Nefi señaló esta verdad cuando observó que él, siendo natural de Jerusalén, podía comprender los escritos proféticos, pero sus hijos no podían, pues habían sido criados en una cultura diferente y en una tierra distinta (véase 2 Nefi 25:5–6). Quizá a esto se refería cuando habló de conocer “la manera de profetizar de los judíos” (2 Nefi 25:1). En términos generales, la profecía bíblica no fue concebida para ser difícil, pero para la mayoría de los lectores modernos lo es, debido a la falta de familiaridad con su estilo literario y con el mundo extranjero del que provino. Estos factores hacen que la Biblia sea altamente susceptible a malentendidos, y con demasiada frecuencia ese malentendido da lugar a interpretaciones subjetivas.

En contraste, la revelación moderna tiene como trasfondo cultural el mundo actual, y por lo tanto es, en su mayor parte, clara y fácil de comprender. Fue revelada para nuestro tiempo, y podemos entenderla.

Segundo, la Biblia ha llegado hasta nuestros días en un estado de conservación que no es perfecto, como ya hemos visto.

Tercero, la razón más importante para obtener nuestro conocimiento del evangelio a partir de la revelación moderna es de naturaleza doctrinal. El Señor declaró a José Smith: “Esta generación tendrá mi palabra por medio de ti” (DyC 5:10). Una reflexión cuidadosa de esta breve declaración debería indicarnos que debemos obtener la palabra de Dios primero de las revelaciones de José Smith y de sus sucesores en la Presidencia de la Iglesia. El presidente Marion G. Romney, en un editorial de la Primera Presidencia publicado en 1981 en la revista Ensign, explicó por qué: “En cada dispensación, … el Señor ha revelado de nuevo los principios del evangelio. De modo que, aunque los registros de dispensaciones pasadas, en la medida en que no estén corrompidos, dan testimonio de las verdades del evangelio, aun así cada dispensación ha tenido revelada en su día suficiente verdad para guiar al pueblo de la nueva dispensación, independientemente de los registros del pasado. … El evangelio, tal como fue revelado al profeta José Smith, es completo y es la palabra directa del cielo para esta dispensación. Solo él es suficiente para enseñarnos los principios de la vida eterna”.

Dicho con franqueza y claridad, esto significa que, aunque amamos la Biblia, obtenemos nuestra doctrina de la revelación moderna. Al leer la Biblia, la interpretamos a la luz de lo que fue revelado en los últimos días, y no al revés. Este importante principio es una salvaguardia contra la desviación doctrinal. Con gusto usamos las palabras de la Biblia para confirmar, testificar e ilustrar las verdades de la revelación moderna, pero nuestro conocimiento del evangelio proviene de lo que fue revelado en la Restauración.

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