El Evangelio Restaurado y el Libro de Génesis

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¿Qué es el Antiguo Testamento?


La palabra testamento significa convenio, y el Antiguo Testamento, que incluye el convenio que Dios estableció con Israel en el Sinaí, recibe su nombre de esa fuente. El Nuevo Testamento deriva su nombre del nuevo convenio del cristianismo, el cual está contenido en sus páginas. Pasajes clave de las Escrituras en los que se basa en parte esta terminología son Jeremías 31:31–33, junto con referencias del Nuevo Testamento a las palabras de Jeremías (por ejemplo, Hebreos 8:8–13), y las palabras de Jesús en la Última Cena (véanse Mateo 26:28; Marcos 14:24; Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25). Jeremías habló de un nuevo convenio que Dios establecería con Su pueblo, no como el antiguo convenio escrito en tablas de piedra, sino como un nuevo convenio que sería escrito en los corazones humanos. Jesús presentó la Santa Cena como un “nuevo testamento” (Mateo 26:28). Aunque los términos Antiguo Testamento y Nuevo Testamento quizá no sean del todo apropiados como títulos para los dos registros —ya sea histórica o doctrinalmente—, los nombres transmiten bien la idea de que el convenio del Sinaí fue el precursor y el antecedente del convenio mayor del evangelio. Y ciertamente el registro sagrado que llamamos el Antiguo Testamento sirve adecuadamente para preparar el escenario y allanar el camino para la revelación mayor que habría de venir.

Es difícil definir qué es el Antiguo Testamento; una búsqueda más productiva es definir qué contiene el Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento es una colección de libros, compuesta por treinta y nueve libros que registran los tratos de Dios con Su pueblo del convenio en la época de Moisés: el Israel antiguo. El núcleo de su registro se extiende desde el llamamiento de Moisés, ca. 1250 a.C., hasta la época de Nehemías, ca. 432 a.C. Sin embargo, también incluye un registro que se remonta hasta la Creación y profecías que se extienden hasta la glorificación de la tierra. Su alcance, por lo tanto, es ilimitado, así como es ilimitado el alcance de la obra del Señor.

En la forma y organización actuales de las traducciones modernas de la Biblia, el registro sagrado del Israel antiguo puede dividirse en cuatro secciones: el prólogo, el núcleo histórico, los Escritos y los Profetas.

El prólogo

El prólogo del Antiguo Testamento es el libro de Génesis. Puede llamarse prólogo porque es una retrospección —un retroceso narrativo— respecto del relato histórico básico que constituye el núcleo del Antiguo Testamento. Génesis proporciona el trasfondo esencial para ese relato, el cual comienza con la obra de Moisés. De hecho, la revelación moderna nos enseña que el Antiguo Testamento comienza con Moisés (véanse Moisés 1:40; 2:1; y el análisis en el capítulo 5 de este volumen).

Génesis es significativo no solo por su relato de la Creación, sino también por el material que sigue. En él aprendemos acerca de la estancia temporal de la humanidad en Edén y su expulsión a la mortalidad. Trazamos el desarrollo paralelo de la obra de Dios y de la obra de Satanás entre los hombres, y seguimos la línea del sacerdocio patriarcal desde Adán hasta José. Sin embargo, el énfasis del primer libro de la Biblia recae claramente en los patriarcas y sus hijos. Solo once capítulos abarcan toda la historia desde la Creación hasta Abraham. Los treinta y nueve capítulos restantes tratan de la vida y de las relaciones familiares de tres hombres: Abraham, Isaac y Jacob. Génesis fue escrito para sus descendientes, desde la época de Moisés en adelante, con mensajes idealmente adaptados a sus necesidades.

El núcleo histórico

El núcleo del Antiguo Testamento es el amplio conjunto de material histórico que se extiende desde el llamamiento de Moisés hasta la carrera de Nehemías (ca. 1250–432 a.C.). Este núcleo incluye Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1–2 Samuel, 1–2 Reyes, 1–2 Crónicas, Esdras y Nehemías. Escritos por una variedad de autores, estos libros relatan la historia de Israel desde su constitución como nación en los días de Moisés hasta el final del período del Antiguo Testamento. Constituyen el marco histórico al que se añaden el prólogo de Génesis y las colecciones de los Escritos y de los Profetas.

Al igual que el Libro de Mormón, el Antiguo Testamento enseña sus mensajes en gran medida por medio de la historia. En sus páginas podemos ver cómo Dios actúa en los asuntos de la humanidad y cómo hombres y mujeres han respondido, o no han respondido, a los esfuerzos de Dios y de Sus siervos escogidos por bendecir sus vidas. A juzgar por algunas inconsistencias y problemas históricos del registro, parece que los historiadores anónimos del Antiguo Testamento no estuvieron todos igualmente inspirados ni disfrutaron necesariamente de la misma calidad de fuentes. Sin embargo, estos nobles y piadosos historiadores escribieron desde una perspectiva de profundo compromiso personal y obediencia a la voluntad del Señor. Su objetivo al escribir es evidente: esperaban que las generaciones futuras aprendieran, a partir de los ejemplos del pasado, a no cometer los errores que se habían cometido antes y a imitar la conducta de quienes habían vivido rectamente. Lamentablemente, la mayoría de las lecciones que los lectores modernos pueden aprender del Antiguo Testamento provienen de malos ejemplos.

Los libros históricos del Antiguo Testamento, incluido Génesis, constituyen el grupo más grande de la Biblia: 668 páginas (en la edición de la Biblia en inglés de los Santos de los Últimos Días), o el 56,4 por ciento del Antiguo Testamento de 1184 páginas. En comparación, el Nuevo Testamento tiene 404 páginas y el Libro de Mormón 531 páginas (edición en inglés de 1981). Ciertamente hay mucho que aprender acerca de la vida a partir de los acontecimientos registrados en el Antiguo Testamento. Como escribió Pablo: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para nuestra amonestación, a nosotros a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Corintios 10:11).

Los Escritos

Las traducciones a los idiomas modernos, lamentablemente, colocan las obras literarias del Antiguo Testamento, llamadas los Escritos, en un grupo anterior a los libros de los profetas, lo que sugiere una prioridad ya sea en fecha o en valor. La disposición antigua los coloca al final. Los Escritos incluyen los siguientes libros: Ester, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, el Cantar de los Cantares (también conocido como el Cantar de Salomón) y Lamentaciones (que aparece en las traducciones modernas entre Jeremías y Ezequiel). Varios de estos libros pertenecen a una categoría de escritura llamada literatura sapiencial, en la cual la sabiduría —o la capacidad de transitar la vida con prudencia y éxito— se transmite por medio de diversos estilos literarios. Quizá el ejemplo más destacado de la literatura sapiencial sea el libro de Proverbios, una colección de dichos breves que comunican sabiduría de una generación a otra. El libro de Salmos, el himnario del Israel antiguo, es considerado por muchos como insuperable en su expresión de devoción israelita.

Parece seguro afirmar que no todas las partes de los Escritos poseen el mismo grado de inspiración. No sabemos mucho acerca de la autoría ni de la fecha de composición de parte del material. José Smith declaró: “El Cantar de Salomón no son escritos inspirados”. Además, algunos Santos de los Últimos Días encuentran poco provecho espiritual en Eclesiastés, que presenta un pesimismo que parece contradecir el tono general de la Biblia, o en Ester, que ni siquiera menciona a Dios. Y algunos de los Proverbios parecen centrarse en valores mundanos más que en cosas espirituales. Aunque estos libros quizá no se comparen en todos los aspectos con las declaraciones divinas de Génesis o con los libros proféticos, no dejan de ser útiles e instructivos, y de ellos pueden extraerse importantes lecciones para la vida.

Los Escritos comprenden 200 páginas del Antiguo Testamento, o el 16,9 por ciento del total de páginas de ese volumen de Escritura.

Los Profetas

La última división en las traducciones modernas de la Biblia contiene las palabras de los profetas. A diferencia de la mayoría de los otros libros de la Biblia, que son anónimos, los libros proféticos se identifican por el nombre del autor (excepto en el caso de Jonás, una obra anónima que lleva el nombre del profeta de la historia). Por lo general, se dividen en dos grupos: los Profetas Mayores, que son Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel; y los Profetas Menores, que son Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías. La distinción entre “mayores” y “menores” se basa únicamente en la extensión de los libros y no en la importancia o la calidad de su contenido.

La Biblia trata su material profético de manera diferente a como lo hace el Libro de Mormón. En el registro nefita, las palabras de los profetas están integradas en el relato histórico. Por ejemplo, en el libro de Alma, Mormón incluye narración histórica, así como cartas y transcripciones (o resúmenes) de sermones y profecías. En el Antiguo Testamento, el contenido profético se encuentra en una colección separada, y los libros proféticos parecen haber sido compilados, en su mayor parte, independientemente del marco histórico.

Los Profetas comprenden 317 páginas, o el 26,8 por ciento, del Antiguo Testamento.

Lectura y comprensión
del Antiguo Testamento

Muchos lectores Santos de los Últimos Días consideran que el Antiguo Testamento es la parte más difícil de las obras canónicas de la Iglesia. Sin embargo, en lugar de pagar el precio necesario para descubrir sus hermosas verdades, lo evitan. Es cierto que el Antiguo Testamento presenta desafíos especiales que requieren soluciones especiales, pero esas soluciones están al alcance de la mayoría de nosotros, y las recompensas de nuestro esfuerzo serán considerables.

Los viajeros fuera de sus tierras natales suelen experimentar desconcertantes barreras culturales y lingüísticas. Debido a que el Antiguo Testamento es producto de una cultura muy distinta de la nuestra, y porque fue escrito en idiomas que relativamente pocos miembros de la Iglesia pueden leer, existen barreras para la mayoría de nosotros. Aun en traducción, la Biblia presenta desafíos. Por ejemplo, en los países de habla inglesa, la Iglesia utiliza la versión del rey Santiago, una traducción que tiene varios siglos de antigüedad y que está escrita en un dialecto que pocos lectores modernos pueden comprender adecuadamente sin esfuerzo. Al utilizar cualquier traducción, dependemos de la capacidad y de la integridad de los traductores. Sin embargo, a pesar de estos obstáculos, los estudiantes de la Biblia que pagan el precio del estudio diligente, reflexivo y acompañado de oración hallarán gran satisfacción en su lectura. A menudo se requieren trabajo arduo y paciencia.

Los principios enseñados en la revelación moderna sugieren cuatro claves para obtener el mayor provecho de la lectura del Antiguo Testamento:

1. Estudiar el Antiguo Testamento a la luz de la verdad del evangelio revelada en los tiempos modernos.
Gracias al Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Perla de Gran Precio y la Traducción de José Smith de la Biblia, tenemos un acceso más amplio al evangelio de Cristo que quienes no han sido bendecidos con la revelación moderna. José Smith, gran estudioso y maestro de la Biblia, proporcionó muchas explicaciones invaluables de pasajes bíblicos, y las palabras de sus sucesores proféticos han ofrecido perspectivas adicionales. Mediante la luz de la revelación moderna tenemos una visión más clara del significado de las Escrituras. Y con la perspectiva del plan completo del evangelio, dado a conocer por medio de la Restauración, podemos comprender los tratos de Dios con los hombres y las mujeres del pasado de una manera que no sería posible de otro modo. Nefi dijo que las Escrituras modernas “confirmarán la verdad” de la Biblia y “harán saber las cosas claras y preciosas que han sido quitadas” de ella. También “harán saber a todas las familias, lenguas y pueblos que el Cordero de Dios es el Hijo del Padre Eterno y el Salvador del mundo; y que todos los hombres deben venir a Él, o no pueden ser salvos” (1 Nefi 13:40). Por medio de una adición inspirada de los últimos días al Génesis, aprendemos que la Biblia y el Libro de Mormón “crecerán juntos para confundir las falsas doctrinas y poner fin a las contiendas”, y para llevar al pueblo del Señor “al conocimiento de sus padres … y también al conocimiento de mis convenios, dice el Señor”.

2. Tener el Espíritu Santo.
El estudio de las Escrituras sagradas acompañado de oración nos acerca a la fuente suprema de todo conocimiento. Como enseñó Nefi, la compañía del Espíritu es indispensable para el estudio de las Escrituras (véase 2 Nefi 25:4). Sin embargo, esa compañía solo está disponible para quienes viven en armonía con la voluntad de Dios.

3. Aprender cómo se expresaban los escritores antiguos.
Nefi observó la desventaja de su pueblo con los escritos de Isaías porque no conocían “la manera de profetizar de los judíos” (2 Nefi 25:1). Aprender la “manera de profetizar” de los judíos probablemente incluye familiarizarse con el lenguaje de la Biblia, sus modismos, métodos de enseñanza, estilos poéticos y técnicas literarias. Casi todo el material de los Escritos y de los Profetas está escrito en poesía. Debido a que los pueblos del antiguo Cercano Oriente (y de otras regiones) consideraban la poesía como una forma elevada de comunicación, en muchas culturas —incluido el Israel antiguo— las palabras divinas se escribieron en verso poético.

El elemento estructural más común de la poesía israelita es el paralelismo. En un verso poético típico, una idea se expresa dos veces (o más) en frases paralelas. Por lo general, las frases significan aproximadamente lo mismo, pero se eligen palabras diferentes para cada una. Por ejemplo, en Deuteronomio 32:1–2, Moisés dijo:

Oíd, cielos, y hablaré;
y escuche la tierra los dichos de mi boca.

Obsérvense los paralelos en “oíd” y “escuche”, “cielos” y “tierra”, y “hablaré” y “los dichos de mi boca”.

Goteará como la lluvia mi doctrina,
destilará como el rocío mi enseñanza,
como llovizna sobre la hierba tierna,
y como aguacero sobre la hierba.

La “manera de profetizar” entre los antiguos israelitas también incluye el uso frecuente de la metáfora, un recurso literario en el que una palabra o frase que significa una cosa se utiliza para representar otra, sugiriendo una semejanza entre ambas. Ejemplos conocidos son: “Judá es cachorro de león” (Génesis 49:9) y “El Señor es mi pastor” (Salmos 23:1).

Una alegoría es una metáfora en forma de relato, como en el ejemplo de la narración de Zenos acerca del olivo (véase Jacob 5) y en las parábolas de Jesús. La metáfora comunica eficazmente dentro de su propio marco cultural. Es un lenguaje artístico, pero está destinado a ser comprendido. Sugiere una semejanza, pero por lo general no una equivalencia exacta, y con frecuencia pretende suscitar solo impresiones generales. Rara vez los detalles son esenciales o están destinados a ser analizados minuciosamente.

4. Comprender el Antiguo Testamento dentro del contexto en el que se originó.
El conocimiento de las circunstancias históricas y culturales y de los asuntos contemporáneos a los que se dirigieron los escritores del Antiguo Testamento nos ayuda a comprender más plenamente lo que escribieron. Los Santos de los Últimos Días reconocen que es imposible comprender Doctrina y Convenios cabalmente sin conocer los acontecimientos contemporáneos de la historia de la Iglesia. Nefi, Mormón y Moroni entretejieron material profético en sus relatos históricos para que conociéramos el contexto de las revelaciones registradas en el Libro de Mormón. Gran parte del material del Antiguo Testamento está arraigado en realidades culturales y circunstancias históricas que nos resultan ajenas. Nefi, nativo del antiguo Cercano Oriente, declaró que, como otros judíos, podía comprender a Isaías porque había vivido en Jerusalén y conocía “acerca de las regiones circunvecinas” (2 Nefi 25:6; véase también el versículo 5). Al igual que con Doctrina y Convenios, nuestro estudio del Antiguo Testamento debe incluir una introducción al mundo en el que se originó y la consulta de fuentes que expliquen las circunstancias que condujeron a los acontecimientos y a las revelaciones.

Como ocurre con cualquier cosa de valor, hay un precio que pagar para aprender lo que se puede aprender del Antiguo Testamento. Y, como dijo José Smith acerca de la Biblia en general: “El que la lea con mayor frecuencia será quien más la aprecie”.

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