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La Creación
En 1982, el élder Bruce R. McConkie, del Cuórum de los Doce Apóstoles, nos recordó: “Nuestro análisis debe comenzar apropiadamente con la franca declaración de que nuestro conocimiento acerca de la Creación es limitado. No conocemos el cómo, el porqué ni el cuándo de todas las cosas. Nuestras limitaciones finitas son tales que no podríamos comprenderlas si nos fueran reveladas en toda su gloria, plenitud y perfección. Lo que se ha revelado es aquella porción de la palabra eterna del Señor que debemos creer y entender si hemos de concebir la verdad acerca de la Caída y de la Expiación y, por tanto, llegar a ser herederos de la salvación. Esto es todo lo que estamos obligados a saber en nuestra época”. En efecto, hay muchas preguntas acerca de la Creación para las cuales el Señor no nos ha dado respuestas. Los Santos de los Últimos Días fieles, aun habiendo sido bendecidos con lo que sabemos mediante la revelación moderna, necesitan conformarse por ahora con no conocer todas las cosas.
Relatos revelados
En la Iglesia tenemos cuatro relatos revelados de la Creación, tres de los cuales se encuentran en las Escrituras.
Génesis 1 y 2.
El relato de Génesis 1 y 2 está en palabras de Moisés y describe cosas que le fueron mostradas en visión. Moisés es el narrador, y Dios es mencionado en tercera persona: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. … Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz” (Gén. 1:1, 3). El Antiguo Testamento no nos dice nada acerca del origen del relato bíblico de la Creación, ni siquiera de su autoría. Los Santos de los Últimos Días pueden atribuirlo a Moisés debido a información importante contenida en la Traducción de José Smith de la Biblia.
Moisés 2 y 3.
La Traducción de José Smith del relato de Génesis se encuentra ahora en Moisés 2 y 3 en la Perla de Gran Precio. Fue revelada al profeta José Smith en algún momento del verano u otoño de 1830. Dios, y no Moisés, es quien habla, y Moisés cita las palabras de Dios: “Sí, en el principio creé yo los cielos y la tierra. … Y yo, Dios, dije: Sea la luz; y fue la luz” (Moisés 2:1, 3). Sabemos de la autoría mosaica de este registro (y, por consiguiente, también de Génesis 1–2) porque va precedido de una gran visión en la que Dios se apareció a Moisés y le mostró Sus obras creadoras (véase Moisés 1). Dios le dijo a Moisés que había creado “mundos sin número” y que los había creado por medio de Su Hijo Unigénito (Moisés 1:33; véase también el versículo 32). Pero “solo se dará cuenta a Moisés de esta tierra y de sus habitantes” (Moisés 1:35). “Y ahora, Moisés, hijo mío, te hablaré concerniente a esta tierra sobre la cual estás; y escribirás las cosas que te hablaré” (Moisés 1:40). “He aquí, te revelo concerniente a este cielo y a esta tierra; escribe las palabras que hablo. … Sí, en el principio creé yo los cielos y la tierra” (Moisés 2:1). A continuación sigue el relato de la Creación.
El relato de la Traducción de José Smith difiere del relato de Génesis en varios aspectos. La mayoría de los cambios hechos por José Smith son relativamente pequeños, pero entre los más importantes se encuentra el énfasis en que Jesucristo estuvo presente en la Creación, trabajando junto con el Padre. A Génesis 1:5 se añade: “Y esto lo hice por la palabra de mi poder”, refiriéndose a Cristo como el Creador (Moisés 2:5). Más adelante en el capítulo, “Y dijo Dios” se reemplaza por “Y yo, Dios, dije a mi Unigénito, que estaba conmigo desde el principio” (Moisés 2:26; véase también el versículo 27). Otras pequeñas adiciones de palabras hacen el texto más claro (por ejemplo, Moisés 2:16, 18).
Abraham 4 y 5.
Al igual que el relato del libro de Moisés, el relato del libro de Abraham también se encuentra en la Perla de Gran Precio. Está narrado con las palabras de Abraham y describe la obra de los Dioses creadores: “Y descendieron al principio, y ellos, es decir, los Dioses, organizaron y formaron los cielos y la tierra. … Y ellos (los Dioses) dijeron: Sea la luz; y fue la luz” (Abraham 4:1, 3). Debido a que este es un relato de obras aún por realizarse, una sesión de planificación (véanse Abraham 4:31; 5:3–4), el presidente Joseph Fielding Smith lo llamó el “plano” de la Creación.
El templo.
En el templo también aprendemos acerca de la Creación, como lo han enseñado los líderes de nuestra Iglesia.
Los días de la Creación
En los relatos de las Escrituras se nos enseña acerca de la obra creadora de Dios en seis días. “Pero primero”, preguntó el élder McConkie, “¿qué es un día? Es un período de tiempo específico; es una edad, un eón, una división de la eternidad; es el tiempo entre dos acontecimientos identificables”. La vaguedad de esta definición es deliberada, al igual que las palabras que el élder McConkie escogió para referirse a la duración de los días: “Cada día, sea cual sea su duración, tiene la extensión necesaria para sus propósitos”. Además, “no existe ninguna declaración revelada que especifique que cada uno de los ‘seis días’ involucrados en la Creación haya tenido la misma duración”.
Resulta conveniente para nuestro análisis que los números de los versículos correspondientes a los días sean los mismos en cada uno de los tres relatos escriturales de la Creación.
Día 1: El cielo y la tierra; la luz (vv. 1–5).
El relato de la Traducción de José Smith recalca que nuestro registro escritural se refiere únicamente a nuestra propia tierra y a su entorno en el cosmos: “He aquí, te revelo concerniente a este cielo y a esta tierra. … Sí, en el principio creé el cielo y la tierra sobre la cual estás” (Moisés 2:1; énfasis añadido). Cuando fue formada por primera vez, la tierra “estaba vacía y desolada, porque [los Dioses] no habían formado nada sino la tierra” (Abraham 4:2). Dios dijo: “Sea la luz; y fue la luz” (Moisés 2:3), una luz que era tanto “brillante” (Abraham 4:4) como “buena” (Moisés 2:4). La luz creada el primer día debe haber sido algo distinto de la luz diurna del cuarto día que resultó de la posición de la tierra con respecto al sol. La luz del primer día parece ser una luz primordial con la cual comienza la Creación. Tal vez fue, como describen los científicos, un “Big Bang” en el que la energía pura explotó en una bola de fuego cósmica en expansión, donde la energía se convirtió en nubes de gas y materia y, con el tiempo, en galaxias, estrellas y planetas. El estallido inicial del poder divino con el que comenzó la Creación aún arde hoy al iluminar los billones de estrellas y galaxias y al proporcionar la energía para cada molécula de materia. Todo ello da testimonio de la majestad creadora de Dios, porque “los elementos son el tabernáculo de Dios” (DyC 93:35). La revelación moderna habla de la luz de Cristo que “procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio” (DyC 88:12). Cristo está “en todo y por todo, la luz de la verdad” (DyC 88:6), y Su luz ilumina el sol, la luna, las estrellas e incluso a nosotros (véanse DyC 88:7–11). Suya es la luz “que está en todas las cosas, que da vida a todas las cosas, que es la ley por la cual todas las cosas son gobernadas, aun el poder de Dios que se sienta sobre su trono, que está en el seno de la eternidad, que está en medio de todas las cosas” (DyC 88:13).
Día 2: La atmósfera (vv. 6–8).
La palabra firmamento de la versión del rey Santiago traduce un término hebreo que significa “extensión” o “estiramiento”. La palabra expansión utilizada en el libro de Abraham representa mejor el término original. Esta expansión separó las aguas de la superficie de la tierra de las aguas de arriba; es decir, el agua del océano del agua atmosférica, o de las nubes. En la imagen de las Escrituras, las aguas de arriba permanecieron en su lugar hasta el Diluvio, cuando se “abrieron las ventanas de los cielos” y llovió durante cuarenta días y cuarenta noches (Gén. 7:11; véase también el v. 12).
Día 3: El océano; el continente; la vida vegetal (vv. 9–13).
El lenguaje sugiere la creación de un solo continente y un solo cuerpo de agua oceánica en esta etapa temprana de la historia de la tierra. En cuanto al comienzo de la vida vegetal en la tierra, el registro abrahámico es el más claro y explícito: “Y los Dioses organizaron la tierra para que produjera hierba de su propia semilla, y la hierba produjera hierba de su propia semilla, dando semilla según su género; y la tierra produjera el árbol de su propia semilla, dando fruto cuya semilla solo pudiera producir lo mismo en sí, según su género” (Abraham 4:12). El principio biológico establecido en el tercer día es fundamental para toda la vida en la tierra, tanto para las plantas como para los animales. José Smith lo llamó “un decreto del Señor”: los seres vivos producen semilla para propagar su género, y cada uno surge únicamente de su propia especie “y no puede surgir conforme a ninguna otra ley o principio”.
Día 4: El sol, la luna y las estrellas; las revoluciones y rotaciones de la tierra (vv. 14–19).
En el cuarto día, la tierra fue colocada en su posición con respecto al sol, la luna y las estrellas visibles. También se establecieron sus revoluciones y rotaciones. Las “lumbreras en la expansión de los cielos” (Abraham 4:14) no solo proporcionarían energía y luz a la tierra, sino que también determinarían la manera en que medimos el tiempo (v. 14). Medimos un día como una rotación de la tierra sobre su eje. Un año es una revolución de la tierra alrededor del sol. Nuestras estaciones están determinadas por el ángulo de la tierra en sus revoluciones. Un mes representaba originalmente una revolución de la luna alrededor de la tierra. Las estrellas son señales que indican direcciones en la noche: la Cruz del Sur señala el sur, y la Osa Mayor y la Estrella Polar señalan el norte. El sol gobernaría el día, y la luna y las estrellas gobernarían la noche (véase Abraham 4:16). José Smith enseñó: “Dios colocó el sol, la luna y las estrellas en los cielos y les dio sus leyes, condiciones y límites que no pueden traspasar sino por Su mandato. Todos se mueven en perfecta armonía en su esfera y orden y son para nosotros maravillas, luces y señales”. Estos ciclos de días, estaciones y años son más importantes de lo que a veces advertimos. La distinción entre la noche y el día, por ejemplo, es fundamental. Los seres humanos, la mayoría de los animales y muchas plantas tienen ritmos biológicos que están conectados con los ciclos alternantes del día y la noche. Y el año determina los calendarios reproductivos e incluso la duración de la vida de muchas formas de vida.
Día 5: Los animales acuáticos; las aves (vv. 20–23).
El comienzo de la vida animal en la tierra se produjo cuando los Dioses mandaron, o prepararon (véase Abraham 4:21), que las aguas produjeran vida “abundantemente” (vv. 20, 21). De las aguas fueron creadas dos grandes categorías de animales: las criaturas marinas y las aves. Estas fueron las primeras en recibir un mandamiento: debían “fructificar”, “multiplicarse”, “llenar las aguas” y “multiplicarse en la tierra” (v. 22).
Día 6: Los animales terrestres; los seres humanos (vv. 24–31).
A continuación, la tierra produjo, en respuesta al mandato divino, los animales terrestres. Estos se describen en categorías amplias. “Ganado” se utiliza para traducir una palabra hebrea que se refiere a animales domésticos grandes; “reptiles” sugiere animales más pequeños de muchas variedades; y “bestias de la tierra” traduce un término que se refiere a animales grandes no domesticados. El mandamiento para que estos animales fueran fecundos y se multiplicaran no se registra en los relatos escriturales, pero las palabras “según su género” (vv. 24–25) sugieren que el mandato divino de reproducirse estaba en vigor.
El acto culminante de la obra de Dios en el sexto día fue la creación de los seres humanos. Como hijos de Dios, cuya vida eterna constituía la obra y la gloria del Padre (véase Moisés 1:39), ellos fueron la razón principal por la cual la tierra y todo lo que hay en ella fueron creados. Solo cuando los seres humanos estuvieron en su lugar, la obra de la Creación quedó completa.
De la nada
En sus sermones y escritos, el profeta José Smith proporcionó ideas inspiradas acerca de la Creación.⁷ Enseñó: “Los doctores eruditos nos dicen que Dios creó los cielos y la tierra de la nada. Consideran blasfemia contradecir la idea. Te llamarán necio. Les preguntas por qué. Ellos dicen: ‘¿Acaso no dice la Biblia que Él creó el mundo?’ Y deducen que tuvo que ser de la nada”. Esta es la doctrina de la creación ex nihilo —“creación de la nada”—. Es una creencia fundamental del cristianismo tradicional que se basa en la idea de que Dios no puede necesitar ni carecer de nada. Si Dios necesitara materiales preexistentes para crear, significaría que es insuficiente y no todopoderoso y, por lo tanto, no Dios. Pero José Smith enseñó: “Dios no hizo la tierra de la nada, porque es contrario a una mente racional y a la razón que algo pueda surgir de la nada. Además, es contrario al principio y al medio por el cual Dios obra”. “Esta tierra fue organizada o formada a partir de otros planetas que fueron desintegrados y remodelados y convertidos en aquel en el que vivimos. Los elementos son eternos”. Que el Profeta se refería no a grandes porciones de otras tierras, sino a elementos reciclados, queda claro: “La palabra crear proviene de la palabra bārā’. [Esta] no significa eso; significa organizar, de la misma manera que [un] hombre usaría el término al construir un barco. De ahí inferimos que Dios tenía materiales a partir de los cuales organizar—caos, materia caótica. El elemento tenía existencia desde el tiempo en que [Dios] la tenía. Los principios puros del elemento son principios que nunca pueden ser destruidos; pueden ser organizados y reorganizados, pero no destruidos”. Los científicos modernos concuerdan con José Smith, quien articuló lo que hoy llaman el principio de la “conservación de la materia y la energía”. La materia puede convertirse en energía o en otras formas de materia. Puede ser “organizada y reorganizada”, pero no puede ser creada de la nada ni puede ser destruida.
Muy bueno
La Creación no fue un acontecimiento fortuito ni un producto aleatorio de la naturaleza. Fue una obra deliberada realizada por mandato de Dios y cumplida bajo Su dirección: “Y yo, Dios, dije: Sea la luz; y fue la luz” (Moisés 2:3). “Y yo, Dios, dije: Júntense las aguas… y sea la tierra seca; y fue así” (Moisés 2:9). “Y yo, Dios, dije: Produzca la tierra ser viviente… y fue así” (Moisés 2:24). La revelación moderna enfatiza este principio, añadiendo expresiones como “y fue así, tal como hablé” (Moisés 2:6; véanse también los vv. 5, 7, 16), y “y fue así, tal como ordenaron” (Abraham 4:7; véanse también los vv. 9, 11). Después de que se dieron los mandamientos para las actividades creadoras, “los Dioses observaron esas cosas que habían ordenado hasta que obedecieron” (Abraham 4:18; véanse también los vv. 10, 12). Este observar “hasta que obedecieron” sugiere que los Creadores no fueron simples espectadores, sino que supervisaron el proceso o se aseguraron de que los elementos obedecieran. Así, no se sorprendieron al constatar que lo que habían creado era “bueno”.
Después de la mayoría de los acontecimientos de la Creación, Dios evaluó Su obra y la declaró “buena” (Moisés 2:4, 10, 12, 18, 21, 25). La Traducción de José Smith enseña que este juicio no fue solo una evaluación de la actividad de cada día, sino una valoración acumulativa del proceso continuo. Por ejemplo, después del cuarto día Dios dijo: “Y yo, Dios, vi que todas las cosas que había hecho eran buenas” (Moisés 2:18).
Tras el final de la Creación, al concluir la obra del sexto día, Dios empleó un lenguaje diferente para evaluar Sus logros: “Y yo, Dios, vi todo lo que había hecho, y he aquí, todas las cosas que había hecho eran muy buenas” (Moisés 2:31; énfasis añadido). No fue sino hasta que los seres humanos estuvieron sobre la tierra que esta y todo lo que había en ella fueron declarados “muy buenos”. Pero esta valoración implica más que la simple presencia de Adán y Eva. En otra parte aprendemos que cuando la Creación fue concluida y Adán y Eva fueron colocados en la tierra, la tierra era “espiritual”, un término que describe su naturaleza antes de que se volviera “caída” y “natural”. “Todas las cosas fueron creadas primero; mas espiritualmente fueron creadas y hechas conforme a mi palabra” (Moisés 3:7; énfasis añadido). Después de la Creación, todas las cosas fueron “espirituales” hasta la Caída. Eran ciertamente físicas, materiales y tangibles, pero eran espirituales en el sentido de que no habían caído, eran inmortales, estaban en armonía con el orden divino y aún no estaban sujetas a la decadencia y la corrupción ni a lo que observamos como las leyes de la naturaleza. “Porque era espiritual el día que lo creé; pues permanece en la esfera en la cual yo, Dios, lo creé; sí, aun todas las cosas que preparé para el uso del hombre” (Moisés 3:9). Esta condición pura se sugiere en las palabras “muy bueno”. Antes de la Caída, las cosas eran espirituales de la misma manera en que las personas serán espirituales cuando sean resucitadas, cuando “no pueden morir más; sus espíritus se unen a sus cuerpos para no separarse jamás; convirtiéndose así el todo en espiritual e inmortal, para no ver más corrupción” (Alma 11:45; énfasis añadido).
Dinosaurios y otros seres vivientes
En la superficie de la tierra, el Señor nos ha dado un registro de Su actividad creadora aquí desde el principio, mostrando Su mano cuidadosa en la preparación de nuestro planeta para recibir a Sus hijos. Este relato de la Creación a menudo es difícil de comprender. En el Milenio lo entenderemos mejor, pues se nos promete que cuando Cristo regrese revelará “las cosas que están arriba, y las cosas que están abajo, las cosas que están en la tierra y sobre la tierra” (DyC 101:34). En la corteza terrestre vemos una sucesión de estratos que muestran evidencia del transcurso del tiempo. Las capas inferiores son las más antiguas; las superiores, las más recientes. En el registro de esas capas vemos evidencia de que, cuando la tierra fue formada por primera vez, no había vida en ella. Pero con el paso del tiempo y conforme el Señor lo mandó, la tierra produjo vida: primero plantas y luego animales, aumentando la complejidad de los organismos a medida que avanzaba el tiempo. Entre los primeros habitantes de nuestro planeta estuvieron los dinosaurios, no los únicos, pero sí los más conocidos de la vida prehistórica. ¿Dónde encajan en la historia de la tierra? Como resumió el paleontólogo de la Universidad Brigham Young James A. Jensen: “Es muy simple. Los dinosaurios fueron reales. Vivieron aquí en la tierra en algún momento durante el tiempo en que la tierra estaba siendo preparada para nosotros”.
Las Escrituras enseñan que cuando Adán y Eva fueron colocados sobre la tierra eran inmortales y vivían en un estado de paraíso (véanse 2 Nefi 2:22; Moisés 3:17). Ellos, y aparentemente también las plantas y los animales, no estaban sujetos a la muerte, la cual llegó cuando nuestros primeros padres transgredieron la ley divina y trajeron la Caída. Pero ¿cómo armonizamos los restos fósiles que registran la muerte de millones de plantas y animales prehistóricos con la evidencia escritural de que no hubo muerte en la tierra hasta la Caída? Tal vez la respuesta más sencilla sea la correcta: parece que durante el tiempo en que la tierra estaba siendo creada, sí hubo muerte en la tierra. Los ciclos de vida de plantas y animales, incluidas sus muertes, formaron parte de la Creación, parte del medio por el cual Dios preparó la tierra para nosotros. Durante los seis días, Dios dejó la tierra lista para la familia humana. Anticipando nuestras necesidades, dispuso todo lo que sería requerido para nuestra existencia y bienestar. Creó la atmósfera que necesitaríamos para respirar y las plantas y los animales que sostendrían nuestra vida. El registro geológico nos dice que creó grandes bosques, rebosantes de vida silvestre de toda clase, cuyas plantas y animales, con el paso del tiempo, vivirían, morirían, se descompondrían y se transformarían en las reservas de carbón y petróleo que hoy impulsan nuestro mundo. La preparación de este recurso por parte de Dios nos permitiría tener luz en nuestros hogares y capillas, Escrituras impresas en nuestras manos y alimentos frescos en nuestras mesas. Y esa misma fuente de energía permitiría a los líderes de la Iglesia y a los misioneros viajar por la tierra llevando el mensaje del evangelio. Todas estas bendiciones requirieron que otras formas de vida fueran creadas antes que nosotros, cada una con su función en el proceso, cada una cumpliendo el propósito para el cual Dios la colocó aquí.
Las Escrituras de los Santos de los Últimos Días dejan claro que cuando Cristo venga de nuevo la tierra será transformada de su actual estado caído a un estado de paraíso en el que nuevamente no habrá muerte (véase DyC 101:29). La tierra será glorificada para soportar la presencia de Dios y será “renovada”, es decir, hecha nueva otra vez, y restaurada a su “gloria paradisíaca”, esto es, hecha de nuevo como era antes de la Caída (A de F 10). Esto no sucederá como un desarrollo natural de la biología de la tierra, sino como una intervención repentina y dramática del poder divino para superar el curso de la naturaleza. De manera semejante, parece probable que cuando la Creación avanzó hasta el punto en que la tierra estuvo lista para Adán y Eva, tuvo lugar una transición igualmente dramática que la glorificó y la transformó de su condición en desarrollo a un estado de paraíso en el que no había muerte. Dios intervino en el curso de Su proceso creativo natural para cambiar la tierra y hacerla un hogar apropiado para los comienzos de la historia humana. Fue hecha “espiritual”, o “muy buena”. La llamó Edén y colocó en ella a un hombre y una mujer, Adán y Eva. Más tarde, la Caída de nuestros primeros padres causó la caída de la tierra y de todo lo que había en ella. La Caída introdujo la muerte en nuestro mundo, y la condición paradisíaca fue retirada. Dado que la evidencia geológica registra solo muerte y no vida, no quedaría ningún rastro de Edén una vez que dejó de existir, sin importar cuánto tiempo hubiera durado.
























