El Evangelio Restaurado y el Libro de Génesis

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Adán y Eva


“¿Cuál fue el designio del Todopoderoso al crear al hombre? Fue exaltarlo para que llegara a ser como Dios”. Mediante la revelación moderna sabemos quiénes somos, de dónde venimos y adónde iremos después de esta vida. Pero en cuanto a cómo fuimos creados, el Señor ha escogido revelar poco.

Los relatos de la creación del ser humano son breves, simplificados y, al menos en cierta medida, simbólicos, aunque no siempre sabemos qué es simbólico y qué no lo es. El relato de Génesis 2:7 describe a Dios formando al hombre del polvo de la tierra. La palabra formó de la versión Reina-Valera traduce un vocablo hebreo que se usa para describir la obra de un alfarero que hace una vasija de barro. Algunos líderes de la Iglesia primitiva expresaron reservas respecto a que nuestra creación haya sido exactamente como la de un alfarero y su obra. Algunos creyentes en la Biblia, incluidos algunos Santos de los Últimos Días, ven la evolución como un proceso mediante el cual Dios creó, desarrolló y diferenció la vida en la tierra. Al hacerlo, rechazan la creencia general de muchos científicos modernos de que dicho proceso no tuvo una mano guía ni un plan divino. Teniendo en mente el gran diseño de “mundos sin número” (Moisés 1:33), algunos Santos de los Últimos Días han sugerido que Adán y Eva nacieron de padres en otro lugar y fueron traídos a esta tierra cuando estuvo lista para ellos o que nacieron aquí de Padres Celestiales.

Ante todas estas ideas, el presidente Spencer W. Kimball nos recordó: “No sabemos exactamente cómo ocurrió su venida a este mundo, y cuando seamos capaces de entenderlo, el Señor nos lo dirá”. Es evidente que existen límites respecto a lo que Dios está dispuesto a darnos a conocer en este tiempo. Cuando Moisés deseó saber más acerca de las creaciones de Dios de lo que Él quería revelar, el profeta recibió una respuesta que sigue siendo pertinente hoy: “Porque para mis propios fines he hecho estas cosas. Aquí hay sabiduría, y permanece en mí” (Moisés 1:31).

La intención de estas palabras es clara: Dios sabe lo que hace, pero no siempre comparte con nosotros lo que sabe ni lo que hace. Lo que se nos ha revelado acerca de nuestra Creación no son detalles científicos de cómo se llevó a cabo. Más bien, el Señor ha provisto imágenes generales suficientes para ayudarnos a comprender la Creación en un contexto doctrinal. La Creación es el telón de fondo de la Caída y de la Expiación, y el Señor ha revelado solo lo necesario para que podamos entender esos otros fundamentos. Durante el Milenio nuestras preguntas serán contestadas: “En ese día en que el Señor venga, revelará todas las cosas: las que han pasado y las cosas ocultas que ningún hombre conoció, las cosas de la tierra, por las cuales fue hecha, y el propósito y el fin de ella” (DyC 101:32–33).

La singularidad de los seres humanos

Los relatos de la creación del ser humano (véanse Gén. 1:26–28; Moisés 2:26–28; Abr. 4:26–28) no dejan duda de que somos únicos entre todas las creaciones de Dios. Esto se manifiesta al menos de tres maneras.

Primero, los seres humanos fueron creados a imagen de Dios: “Y yo, Dios, dije a mi Unigénito, que estaba conmigo desde el principio: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. … Y yo, Dios, creé al hombre a mi propia imagen; a imagen de mi Unigénito lo creé” (Moisés 2:26–27; cf. Abr. 4:26–27). El cristianismo tradicional rechaza una interpretación literal de la afirmación de Génesis de que el hombre fue creado a imagen de Dios (véanse Gén. 1:26–27). Sin embargo, las palabras del relato bíblico deben tomarse en su sentido natural. Los términos imagen y semejanza son traducciones correctas de las palabras hebreas ṣelem y demût. La primera se usa principalmente para estatuas y otras imágenes representativas; la segunda se basa en un verbo que significa “parecerse” o “ser como”. Una antigua estatua de un rey de Siria contiene una inscripción con esas mismas dos palabras, ambas refiriéndose a la estatua. Esto muestra que los términos indican una semejanza literal y reconocible del rey, del mismo modo que en Génesis indican que el hombre es una semejanza literal y reconocible de Dios. De manera similar, la Biblia nos dice que Adán más tarde “engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen” (Gén. 5:3). José Smith enseñó: “Dios mismo, que se sienta entronizado en esos cielos, es un hombre como uno de ustedes. … Si lo vieran hoy, lo verían como un hombre. Porque Adán fue un hombre en forma e imagen como Él”.

Segundo, Dios dio al ser humano dominio sobre el resto de Sus creaciones. La mayordomía del hombre se extiende no solo a las plantas y a los animales, sino también a la tierra misma (véase Moisés 2:26).

Tercero, Dios estuvo más directamente involucrado en la creación del ser humano que en la creación de las demás cosas. Obsérvese el lenguaje cuidadosamente escogido para el origen de las plantas y los animales: “Produzca la tierra hierba. … Y produjo la tierra hierba” (Moisés 2:11–12). “Produzcan las aguas en abundancia seres vivientes … que las aguas produjeron en abundancia” (Moisés 2:20–21). Y “Produzca la tierra seres vivientes” (Moisés 2:24). Las plantas y los animales fueron creados cuando Dios mandó a la tierra y al mar que los produjeran. Pero el proceso de la creación del ser humano se describe en términos marcadamente distintos: “Hagamos al hombre. … Y yo, Dios, creé al hombre” (Moisés 2:26–27). El relato de Abraham es aún más explícito: “Descendamos y formemos al hombre. … Y así los Dioses descendieron para organizar al hombre” (Abr. 4:26–27). Cualquiera que haya sido el proceso mediante el cual se creó al ser humano, las Escrituras dejan claro que dicho proceso fue distinto del proceso mediante el cual se creó el resto de la vida.

Adán

La creación del ser humano es tanto el punto culminante como el acto final de las labores de Dios en los relatos de la Creación. Fue después de su creación que Dios cesó y reposó de Su obra (véanse Moisés 3:1–2). A partir de ese momento, las Escrituras pasan a ser un registro de la familia humana, y las demás cosas que Dios creó desempeñan un papel solo en la medida en que los seres humanos interactúan con ellas. Este énfasis muestra que nuestros primeros padres, Adán y Eva, junto con su posteridad hasta el fin del tiempo, fueron la razón fundamental de la obra creativa de Dios en la tierra.

Las Escrituras nos dan dos relatos distintos de la creación de Adán y Eva. El primero aparece en la narración de los seis días —en Génesis 1, Moisés 2 y Abraham 4—. El segundo se encuentra en los capítulos que siguen en Génesis, Moisés y Abraham. Allí tenemos un relato de la formación del hombre a partir de la tierra (véanse Gén. 2:7; Moisés 3:7; Abr. 5:7) y un relato separado de la creación de Eva (véanse Gén. 2:18, 21–25; Moisés 3:18, 21–25; Abr. 5:14–19).

En las Escrituras leemos que Dios “formó al hombre del polvo de la tierra” (Moisés 3:7; Abr. 5:7). Adán aprendió que comería del suelo todos los días de su vida (véase Moisés 4:23), y el Señor le dijo: “Volverás a la tierra… porque de ella fuiste tomado” (Moisés 4:25). En los relatos de la creación de Adán, su conexión con el suelo de la tierra se muestra no solo en estos versículos sino también en su nombre. El sustantivo hebreo ’āḏām, que significa “hombre” y que con frecuencia se traduce como “Adán” en la versión Reina-Valera, procede de la misma raíz que ’ăḏāmâ, la palabra para suelo, tierra o polvo. El nombre Adán, “Hombre”, es la forma masculina, y ’ăḏāmâ es la femenina. El ’āḏām fue hecho de la ’ăḏāmâ, lo que muestra la estrecha relación entre la humanidad y la “Madre Tierra”. El nombre de Adán, por lo tanto, significa algo así como “hombre de la tierra”, “hombre del suelo” o “hombre terrenal”.

Pero los elementos de la tierra no serían el único componente en la creación de Adán. Después de que los Dioses formaron al hombre del suelo, “tomaron su espíritu (es decir, el espíritu del hombre) y lo pusieron en él”. Luego, un acto divino dio vida a la combinación de cuerpo y espíritu: los Dioses “soplaron en su nariz el aliento de vida”, por lo cual “el hombre llegó a ser un alma viviente” (Abr. 5:7). José Smith enseñó: “Cuando Dios sopló en la nariz del hombre, este llegó a ser un alma viviente. Antes de eso no vivía, y cuando aquello fue retirado, su cuerpo murió”. “Dios hizo al hombre y puso en él el espíritu de Adán”, y “Dios hizo un tabernáculo y puso en él un espíritu, y llegó a ser un alma humana”.

La palabra hebrea ’āḏām significa “hombre” en sentido genérico —humano más que varón—. Aunque estos versículos representan la creación de un hombre real e histórico, también representan la creación de la mujer y de toda la familia humana, porque los pronombres y las conjugaciones verbales referentes al ’āḏām son casi siempre plurales. “Y yo, Dios, creé al hombre a mi propia imagen; a imagen de mi Unigénito lo creé; varón y hembra los creé” (Moisés 2:27). Hay una progresión en este versículo desde “lo creé” a “los creé”, y desde “el hombre” a “varón y hembra”, lo cual muestra que lo que se describe es la creación tanto de Adán como de Eva. El presidente Spencer W. Kimball declaró que el hombre creado aquí “no era un hombre separado, sino un hombre completo, que es esposo y esposa”. Además, “el día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo; a imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó, y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán” (Moisés 6:8–9).

Eva

Las Escrituras destacan los comienzos de Eva con el relato de su creación a partir de una de las costillas de Adán. El texto hebreo de Génesis 2:22 dice: “Y el Señor Dios hizo de la costilla… una mujer”. Aunque el lenguaje del relato es ciertamente figurativo, las palabras están escogidas deliberadamente para enseñar más de lo que se ve a simple vista. De todas las creaciones terrenales del Señor, la mujer es única, porque todo lo demás —el hombre incluido— fue creado de la tierra. Pero ella fue hecha del hombre, de una parte de su cuerpo que fue retirada precisamente para hacerla a ella.

El simbolismo no pasó inadvertido para Adán. Él reconoció que la mujer era carne y hueso suyo de una manera real. Se pertenecían y se correspondían el uno al otro porque ninguno estaba completo por sí solo. Al hombre le faltaba una parte que solo podía recuperarse con la mujer a su lado, de modo que percibió instintivamente su incompletitud, así como ella tenía un deseo natural de estar con él (véase Moisés 4:22). Por causa de ese sentimiento de incompletitud, el hombre dejará voluntariamente a sus padres para unirse a su esposa. Puesto que colectivamente ellos son ’āḏām, y por separado son menos que completos, solo cuando están juntos llegan a ser “una sola carne”.

Incluso la ubicación de la costilla desempeña un papel en la imagen de esta unidad. La hermana Patricia T. Holland declaró: “Las Escrituras indican que Dios figurativamente tomó una costilla del costado de Adán para hacer a Eva, no de su frente para que ella lo guiara, ni de su espalda para que lo despreciara, sino de su costado, bajo su brazo, cerca de su corazón. Allí, hueso de sus huesos y carne de su carne, esposo y esposa debían estar unidos en todo, lado a lado”.

José Smith enseñó que Adán y Eva no fueron simplemente compañeros de viaje en el Jardín de Edén. Eran un matrimonio, y Dios realizó la ordenanza: “[El matrimonio es] una institución del cielo, solemnizada por primera vez en el jardín de Edén por Dios mismo, por la autoridad del sacerdocio eterno”. Aunque estaban desnudos, no se avergonzaban en la intimidad de su nuevo hogar, y sus ojos aún no estaban abiertos (véanse Moisés 3:25; 4:13).

“Y llamó Adán el nombre de su mujer Eva, por cuanto ella fue la madre de todos los vivientes” (Moisés 4:26). El nombre de la mujer no significa literalmente “madre de todos los vivientes”, pero se le dio porque cumpliría ese papel. Su nombre —ḥawwâ en hebreo— es una palabra femenina singular que muy probablemente procede de una raíz arcaica del verbo vivir. La ortografía en la Biblia hebrea sugiere un sentido intensivo o facilitador, de modo que significa algo así como “dadora de vida”.

Adán, el sacerdocio y la revelación

El profeta José Smith enseñó en cuanto a la importancia de Adán en el sacerdocio: “Cristo es el Gran Sumo Sacerdote; Adán es el siguiente”.

“El sacerdocio fue dado primero a Adán; él obtuvo la primera presidencia y tuvo las llaves de ella de generación en generación. La obtuvo en la creación, antes de que el mundo fuese formado. … A él se le dio dominio sobre toda criatura viviente. Él es Miguel, el arcángel del que se habla en las Escrituras. …

“El sacerdocio es un principio eterno y existió con Dios desde la eternidad y existirá hasta la eternidad, sin principio de días ni fin de años. Las llaves tienen que ser traídas del cielo siempre que se envía el evangelio. Cuando son reveladas desde el cielo, es por la autoridad de Adán. … El Padre llamó a todos los espíritus delante de Él en la creación del hombre y los organizó. Él (Adán) es la cabeza; se le mandó multiplicarse. Las llaves le fueron dadas a él y por medio de él a otros, y él tendrá que dar cuenta de su mayordomía, y ellos a él”.

Así, Adán, bajo Cristo, preside sobre toda la familia humana. “Él fue el primero y padre de todos, no solo por progenie, sino que fue el primero en poseer las bendiciones espirituales; a él se le dio a conocer el plan de las ordenanzas para la salvación de su posteridad hasta el fin; a él fue revelado primero Cristo, y por medio de él Cristo ha sido revelado desde el cielo y continuará siendo revelado de aquí en adelante. Adán posee las llaves de la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos”. Además, “las dispensaciones de todos los tiempos han sido y serán reveladas por medio de él desde el principio hasta Cristo, y desde Cristo hasta el fin de todas las dispensaciones”.

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