El Evangelio Restaurado y el Libro de Génesis

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En el Jardín de Edén


Nuestra tierra no es hoy como era cuando fue creada por primera vez, ni es ahora como será en su condición final. Tiene su propio ciclo de existencia mediante el cual está siendo transformada desde “materiales” en bruto (Abr. 3:24) hasta un “estado santificado e inmortal” (D. y C. 130:9). Esta transformación puede identificarse en seis etapas.

Etapa 1: La Creación.
Nuestros relatos escriturarios tratan de la creación del mundo físico en el que vivimos. Hasta que la Creación fue llevada a cabo, la tierra y los materiales de los que fue hecha estaban sin forma, vacíos, desorganizados y aún en un estado de caos (véase Gén. 1:2).

Etapa 2: El Jardín de Edén.
Algunas escrituras describen a Edén como un lugar distinto sobre la tierra del cual Adán y Eva fueron expulsados en la Caída (por ejemplo, Moisés 4:29, 31; 5:4). Pero dado que su caída trajo consigo la caída de toda la tierra (véase 2 Nefi 2:22), parece mejor considerar que todo el mundo, y no solo una parte de él, se hallaba en una condición edénica. Después de la Creación, la tierra ya no estaba en el estado formativo que la caracterizaba antes de su culminación. Ahora estaba organizada y era muy buena, términos sinónimos que muestran que se encontraba en un estado de paraíso. Aunque la tierra era física, también era espiritual, lo que significa que era pura, incorrupta y estaba en armonía con Dios, tal como tenemos “experiencias espirituales” cuando estamos en armonía con Él. El Señor dijo: “Era espiritual el día que la creé; porque permanecía en la esfera en la cual yo, Dios, la creé” (Moisés 3:9).

Etapa 3: La Caída.
La Caída fue la transformación de la tierra a su condición actual, provocada por las acciones de Adán y Eva.

Etapa 4: El mundo caído.
La caída de nuestros primeros padres produjo un cambio dramático en la tierra. Ya no era un estado de paraíso, en el que todas las cosas estaban organizadas y en armonía. Ya no podía describirse como “muy buena” o “espiritual”. Ahora estaba caída, habiendo descendido a una condición menos santa. En contraste con ser espiritual, ahora era natural, lo que significa que las leyes de la naturaleza que observamos hoy entraron en vigor. En este mundo caído estamos sujetos al dolor, la enfermedad, la tristeza, la desilusión, la discapacidad y muchos otros problemas. Pero cuando nosotros, los hijos de nuestro Padre Celestial, supimos de la oportunidad de venir a este lugar con todos sus peligros, gritamos de gozo (véase Job 38:4–7), porque sabíamos que solo a través de las circunstancias de la vida terrenal podemos progresar hacia nuestro destino final.

Etapa 5: El Milenio.
Cuando Jesucristo regrese, la tierra será transformada milagrosamente de su estado natural y caído a un estado semejante en muchos aspectos a como era en Edén. La tierra “será renovada y recibirá su gloria paradisíaca” (A de F 10). De nuevo estará organizada, será muy buena y espiritual. Las circunstancias de la Caída serán revertidas: entre otras cosas, la tristeza y la muerte ya no existirán (véase D. y C. 101:29).

Etapa 6: La tierra celestial.
Después del Milenio esta tierra llegará a ser el reino celestial. “Porque después que haya cumplido la medida de su creación, será coronada de gloria, aun con la presencia de Dios el Padre, para que los cuerpos que son del reino celestial la posean para siempre jamás; porque para este fin fue hecha y creada, y para este fin son santificados. … Por tanto, será santificada; … y los justos la heredarán” (D. y C. 88:19–20, 26; véanse también los vv. 10–18; cf. 130:9).

La Caída

Al estudiar las experiencias de Adán y Eva en el Jardín de Edén, debemos guiarnos por el reconocimiento de tres limitaciones fundamentales de lo que sabemos:

  1. No tenemos un relato completo.
  2. No sabemos qué es figurativo y qué es literal.
  3. No sabemos cuánto sabían y entendían Adán y Eva.

Sin estas salvaguardas, podemos llegar con demasiada facilidad a conclusiones que no están respaldadas por la evidencia escrituraria.

El relato de la Traducción de José Smith sobre la experiencia en Edén comienza con una revelación de trasfondo acerca de Satanás (véase Moisés 4:1–4). En ella, Moisés fue enseñado que Satanás estuvo con Dios en el mundo premortal, donde presentó una promesa de campaña imposible de salvar a todos. Se rebeló e intentó derrocar al Padre y al Hijo, buscando el honor y el poder de Dios. Así, “llegó a ser Satanás, sí, aun el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos a su voluntad” (Moisés 4:4). Esta introducción tiene el propósito de ayudarnos a comprender quién era nuestro adversario en el Jardín y advertirnos contra creer cualquier cosa que él dijera allí o cualquier cosa que quiera que creamos ahora. La Traducción de José Smith incluye una adición importante: que al desear engañar a Eva, Satanás “procuró destruir el mundo”, sin conocer “la mente de Dios” (Moisés 4:6). Puede parecer extraño que alguien que presumiblemente conservaba el recuerdo de los concilios en los cielos no supiera que no podía destruir el mundo ni frustrar el plan de Dios al inducir a Adán y Eva a caer. Tal vez esto muestre que había llegado a tener éxito incluso en engañarse a sí mismo. Su promesa a Eva de que no moriría al comer el fruto fue una mentira, pero aún más lo fue la insinuación de que Dios no quería que Adán y Eva comieran del fruto porque no quería que llegaran a ser “como dioses, conociendo el bien y el mal” (Moisés 4:11; véase también el v. 10). Eva comió del fruto porque era “bueno para comer”, “agradable a los ojos” y —probablemente lo más importante— porque la haría “sabia”. Ella dio a Adán, y él comió también (Moisés 4:12).

Dios respondió al acto de comer el fruto dirigiéndose a cada uno de los participantes de manera individual. A Satanás se le dijo que, aunque podría dañar a la posteridad de Eva, la posteridad de Eva le causaría un daño mayor. El pronombre singular del texto sugiere a Cristo, cuya victoria sobre el pecado y la muerte mediante la Expiación neutralizaría a Satanás y sus obras (Moisés 4:21; cf. Heb. 2:14). Las solemnes palabras de Dios a Eva y a Adán a veces se interpretan erróneamente como maldiciones. Más bien, son explicaciones de las condiciones que ellos se habían acarreado; eran introducciones a cómo sería la vida en una tierra caída. A Eva se le dijo que el alumbramiento de hijos sería difícil, que su deseo sería para su marido y que él se enseñorearía de ella (véase Moisés 4:22). La segunda de estas no se explica en las escrituras, pero tiene su correlato en el deseo natural de Adán por su esposa que fue anunciado cuando Eva fue creada por primera vez (véase Moisés 3:24). El presidente Kimball y otros líderes de la Iglesia expresaron la preferencia obvia por presidir antes que gobernar como parte de la relación entre el hombre y la mujer. La introducción de Adán a la mortalidad se centra en una cosa: la vida sería difícil. En la condición caída de la tierra, el suelo estaría “maldito”, y haría falta arduo trabajo y aflicción para ganarse la vida de él. La tierra produciría de manera natural “espinos” y “cardos” en lugar de alimento comestible, el cual solo podría obtenerse mediante trabajo diario y sudor. Finalmente, trabajaríamos duro toda la vida y luego moriríamos (Moisés 4:23–24; véase también el v. 25).

En nuestros días, los líderes de la Iglesia han puesto un énfasis especial en la necesidad de que cumplamos rectamente las responsabilidades que fueron dadas por primera vez a Adán y Eva: “Por designio divino, los padres han de presidir sobre sus familias con amor y rectitud y son responsables de proveer las necesidades de la vida y la protección de sus familias. Las madres son principalmente responsables de la crianza de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, los padres y las madres están obligados a ayudarse mutuamente como compañeros iguales”.

Después de la Caída, el proceso de la vida mortal comenzó tal como el Señor había dicho a Adán y Eva que sucedería. Trabajaron para ganarse la vida de la tierra y, a su debido tiempo, trajeron hijos al mundo, y sus hijos a su vez tuvieron hijos. Adán y Eva no quedaron sin revelación, pues el Señor les dio mandamientos por su propia voz. Cuando fueron obedientes a lo que se les había dicho, un ángel les enseñó más, así como el Espíritu Santo (véase Moisés 5:1–9). Dios les reveló los primeros principios y ordenanzas del evangelio y les explicó el plan de salvación (véase Moisés 6:50–63; D. y C. 29:42). Adán fue “arrebatado por el Espíritu del Señor, y fue llevado al agua, y fue sumergido en el agua, y fue sacado del agua. Y así fue bautizado, y el Espíritu de Dios descendió sobre él, y así nació del Espíritu, y fue vivificado en el hombre interior” (Moisés 6:64–65).

En algún momento después de su expulsión de Edén, Adán y Eva pudieron mirar atrás a sus experiencias y regocijarse de haber entrado en el mundo caído. Adán dijo (Moisés 5:10):

Bendito sea el nombre de Dios, porque a causa de mi transgresión
[a] se me han abierto los ojos,
[b] y en esta vida tendré gozo,
[c] y nuevamente en la carne veré a Dios.

Eva respondió (Moisés 5:11):

Si no hubiera sido por nuestra transgresión,
[a] nunca habríamos tenido posteridad,
[b] ni habríamos conocido el bien y el mal,
[c] [ni habríamos conocido] el gozo de nuestra redención y la vida eterna que Dios concede a todos los obedientes.

Es claro que, en esta reflexión posterior, Adán y Eva pudieron ver que la Caída fue algo bueno, un paso positivo hacia adelante en la progresión de los hijos de Dios. A partir de estos pasajes y de otros, podemos resumir lo siguiente acerca de sus circunstancias en el Jardín antes de su transgresión:

  1. No había muerte. Las escrituras enseñan que Adán y Eva introdujeron la muerte en el mundo. Antes de su caída, ellos y todos los demás seres vivientes de la tierra eran inmortales (Moisés 3:17; 4:8–9, 25; 6:48; 2 Nefi 2:22).
  2. Adán y Eva no podían tener hijos. Las escrituras no nos dicen por qué Adán y Eva no podían tener hijos antes de la Caída. El hecho de que sus ojos aún no estuvieran abiertos y no supieran que estaban desnudos quizá no haya sido el único factor (Moisés 5:11; 6:48; 2 Nefi 2:23, 25).
  3. Adán y Eva estaban en la presencia de Dios. Mientras estuvieron en Edén, nuestros primeros padres pudieron interactuar con Dios en persona. La tierra era un lugar santo y puro, adecuado para su presencia divina. Adán “hablaba con Él y caminaba con Él”.
  4. Adán y Eva eran inocentes y no tenían conocimiento del bien y del mal. Esta situación es difícil de entender para nosotros porque es muy distinta de nuestras propias circunstancias (véase Moisés 4:12–13, 28; 5:10–11; Alma 42:3). Adán y Eva eran personas inteligentes y por lo demás maduras que, en cuanto al conocimiento de la diferencia entre el bien y el mal, aparentemente eran más semejantes a niños pequeños que a adultos. Sin embargo, tenían la capacidad de elegir y se les presentó una elección entre dos cursos de acción distintos. Un curso —abstenerse de comer el fruto— les permitiría permanecer en Edén. El otro —comer el fruto— provocaría que salieran de allí. Adán y Eva, como los niños demasiado pequeños para ser bautizados, no eran moralmente responsables y, por tanto, no podían pecar. No obstante, aún debían enfrentar las consecuencias de sus acciones, tal como un niño demasiado pequeño para pecar no puede evitar los efectos naturales de tocar un objeto caliente o caer de un árbol.

Las escrituras no presentan la decisión de Adán y Eva como una elección cuidadosamente razonada ni como una basada en el deseo de hacer lo correcto. Más bien, se describe como un acto de desobediencia a los deseos expresos de Dios (véanse Gén. 2:17; Rom. 5:17–19; Alma 42:12; D. y C. 29:40–41; Moisés 4:17, 23). Sin embargo, solo tenemos un relato breve; no sabemos hasta qué punto el relato es figurativo ni cuánto comprendían Adán y Eva de los principios implicados. En cualquier caso, nuestros primeros padres tomaron la decisión correcta, una decisión en armonía con el plan de Dios, absolutamente necesaria para nuestro progreso continuo y que nos bendice hasta el presente. José Smith dijo: “Adán no cometió pecado al comer el fruto, porque Dios había decretado que debía comer y caer. Pero en cumplimiento del decreto, debía morir. Solo [eso], que debía morir, fue lo que dijo el Señor; por tanto, el Señor nos designó caer y también nos redimió”.

Pero ¿por qué Dios no creó simplemente el mundo en tal condición que el plan estuviera en marcha desde el principio? ¿Por qué colocó Dios a Adán y Eva en un paraíso con la expectativa de que tanto ellos como ese paraíso necesitarían caer? Sugiero una respuesta doble. Primero, todas las cosas fueron creadas para ser muy buenas, porque esa es la naturaleza de Dios y de su obra. Dios crea cosas que están organizadas, son espirituales y están en armonía con su orden. Segundo, quizá el hombre necesitaba ejercer su propio albedrío para caer y morir, porque Dios no impondría esas condiciones sobre nosotros. Según Alma, nuestra condición caída es algo que nosotros mismos nos ocasionamos (véase Alma 42:12). Pero si Dios no impondría las condiciones de la mortalidad, entonces es razonable sugerir que Adán y Eva, quienes tomaron decisiones que afectan a todo ser humano, no actuaron sin nuestra aprobación específica. Puesto que ellos nos representaban en lo que hicieron, tiene sentido que en los concilios premortales los sostuviéramos para actuar en nuestro favor.

El Plan de Salvación

José Smith enseñó: “Después que Dios había creado los cielos y la tierra, descendió y en el sexto día dijo: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen’. ¿A imagen de quién? A imagen de los Dioses los creó, varón y hembra: inocentes, inofensivos y sin mancha, llevando el mismo carácter y la misma imagen que los Dioses. Y cuando el hombre cayó, no perdió su imagen, sino su carácter, reteniendo aún la imagen de su Creador”. Después de la Caída, nuestros primeros padres se encontraron en una condición que difería sustancialmente de la del Jardín de Edén. Podemos resumir sus circunstancias, y las de sus descendientes hasta el día de hoy, de la siguiente manera:

  1. Todos los seres vivientes son mortales. La muerte física se convirtió en el destino inevitable no solo de Adán y Eva, sino de toda forma de vida que existiría sobre la tierra (1 Cor. 15:22; Moisés 3:17; 4:8–9, 25; 6:48; 2 Nefi 2:22; Alma 42:6). La Caída puso en funcionamiento las leyes de la naturaleza tal como las conocemos y sujetó toda vida a un proceso de envejecimiento, muerte y descomposición.
  2. Adán y Eva fueron capaces de tener posteridad. Esta doctrina, única entre los Santos de los Últimos Días, se encuentra en las enseñanzas de Eva, Enoc y Lehi (Moisés 5:11; 6:48; 2 Nefi 2:23, 25). La Caída hizo posible que viniéramos a la tierra y, presumiblemente, también inició el proceso de reproducción para las plantas y los animales.
  3. Adán y Eva fueron expulsados de la presencia de Dios y, por tanto, sufrieron muerte espiritual. Al venir a la tierra, dejamos la presencia de Dios y entramos en un mundo caído e impuro que no puede soportar Su presencia. Heredamos una naturaleza caída que nos hace impuros, y nuestros propios pecados nos hacen indignos de nuestro Padre Celestial. Todos los seres humanos son “concebidos en pecado”, lo que significa que nacen en un mundo de pecado. Y “cuando comienzan a crecer, el pecado concibe en sus corazones” (Moisés 6:55). Así llegan a ser “carnales, sensuales y diabólicos, por naturaleza” (Alma 42:10). La alienación resultante de Dios es la muerte espiritual (véanse Alma 42:6–11, 14; Hel. 14:16; D. y C. 29:40–41; 67:11–12).
  4. Adán y Eva ya no eran inocentes, sino que tenían conocimiento del bien y del mal. Al obtener este conocimiento, sus ojos fueron abiertos, se volvieron moralmente responsables y pudieron pecar (Moisés 4:12–13, 28; 5:10–11; Alma 42:3).

De estas consecuencias de la Caída, la capacidad de tener hijos y la capacidad de discernir entre el bien y el mal son profundas bendiciones y fuentes de gozo. Aunque el poder conocer lo correcto y lo incorrecto y ser responsables de nuestras decisiones crea la posibilidad de peligro, error y tristeza, no podemos progresar bajo ninguna otra circunstancia. Pero las consecuencias restantes de la Caída son otra cuestión. Las Escrituras no describen la muerte física y espiritual como bendiciones, sino como monstruos—enemigos tan poderosos que no podemos resistirlos (véanse 2 Nefi 9:10, 26).

La muerte física fue conquistada de una vez y para siempre mediante la expiación de Jesucristo. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:22). Este es un don automático de la Expiación que llegará a todas las personas y no requiere ningún acto de nuestra parte. “En esto todos los hombres son redimidos, porque la muerte de Cristo efectúa la resurrección, que trae una redención de un sueño interminable, del cual todos los hombres despertarán por el poder de Dios cuando suene la trompeta; … siendo redimidos y librados de este vínculo eterno de la muerte, que es una muerte temporal” (Mormón 9:13; cf. Alma 11:41–44).

La muerte espiritual—una consecuencia tanto de la Caída como de nuestros propios pecados—también solo puede ser remediada mediante la expiación de Jesucristo. Nuestros pecados nos mantienen alejados de la presencia de nuestro Padre Celestial y nos colocan en un estado de separación, alienación y extrañamiento de Él. Amulek enseñó que Dios “no salvará a su pueblo en sus pecados. … Porque … ha dicho que ninguna cosa inmunda puede heredar el reino de los cielos; por tanto, ¿cómo podéis ser salvos, a menos que heredéis el reino de los cielos? Por tanto, no podéis ser salvos en vuestros pecados” (Alma 11:36–37; cf. 1 Nefi 10:21). Amulek enseñó además: “Porque es necesario que se haga una expiación; pues conforme al gran plan del Dios Eterno debe hacerse una expiación, o de lo contrario toda la humanidad inevitablemente perecería; sí, todos se han endurecido; sí, todos han caído y están perdidos, y deben perecer a menos que sea por la expiación que es necesario que se haga” (Alma 34:9). Alma añadió: “Y ahora bien, no había medio de rescatar a los hombres de este estado caído. … Por tanto, conforme a la justicia, el plan de redención no podía llevarse a cabo sino bajo condiciones de arrepentimiento de los hombres en este estado probatorio. … Y así vemos que toda la humanidad había caído, y estaba en las garras de la justicia; sí, la justicia de Dios, que los consignaba para siempre a ser separados de Su presencia” (Alma 42:12–14).

La muerte espiritual, según enseñan las Escrituras, nos coloca en una situación de la cual no podemos salvarnos a nosotros mismos. El abismo entre nosotros y nuestro Padre Celestial es salvado por Jesucristo, quien quita nuestros pecados y paga su castigo cuando nos arrepentimos y ejercemos fe en Él. Por medio de Su expiación somos hechos sin pecado ante la ley y, por tanto, dignos de entrar en la presencia de Dios. Pero debido a que es la dignidad de Jesús y no la nuestra la que nos hace limpios, siempre estaremos en deuda con Él y siempre lo veremos como nuestro Salvador. Alma enseñó: “Y ahora bien, el plan de misericordia no podía llevarse a cabo a menos que se hiciera una expiación; por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para llevar a cabo el plan de misericordia, para satisfacer las exigencias de la justicia, a fin de que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también” (Alma 42:15). Amulek lo resumió así: “Él vendrá al mundo para redimir a su pueblo; y tomará sobre sí las transgresiones de los que crean en Su nombre; y estos son los que tendrán vida eterna” (Alma 11:40).

Como dijo José Smith, a causa de la Caída hemos perdido la naturaleza divina que poseíamos en el Jardín de Edén. Pero “por medio de la expiación de Cristo y la resurrección y la obediencia al evangelio, seremos nuevamente conformados a la imagen de Su Hijo Jesucristo. Entonces habremos alcanzado la imagen, la gloria y el carácter de Dios”.⁷ Debido a que Cristo nos redime del pecado y de la muerte, nosotros también podemos regocijarnos, como lo hicieron Adán y Eva, de estar aquí en este campo de prueba de la mortalidad. El evangelio—las buenas nuevas de salvación—es la invitación de Cristo para que aceptemos el don de Su sacrificio expiatorio y permitamos que Su gracia y misericordia nos guíen de regreso a nuestro Padre Celestial. Jesús dijo: “Escuchad a aquel que es el abogado ante el Padre, que aboga vuestra causa ante Él—Diciendo: Padre, he aquí los sufrimientos y la muerte de aquel que no cometió pecado, en quien te complaciste; he aquí la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel a quien diste para que tú mismo fueses glorificado; por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida eterna” (D. y C. 45:3–5).

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