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De Adán a Enoc
Las primeras generaciones posteriores a los días de Adán y Eva constituyen quizá el período más misterioso de la historia de las Escrituras. A partir de las obras canónicas, sabemos que fue una época asombrosa de grandes acontecimientos, en la que estuvieron presentes los reinos contrapuestos de Dios y de Satanás, y en la que podían verse el poder y el atractivo de cada uno. La Biblia dedica solo unos pocos versículos al período que va desde la muerte de Adán hasta la traslación de la ciudad de Enoc. Sin embargo, la Restauración aporta mucho más. El relato de la Traducción de José Smith en el libro de Moisés añade información nueva y significativa, en particular en lo referente a la generación de Enoc.
Aunque nuestra información escritural sobre este período es escueta, aun así podemos obtener una visión general de las personas y los acontecimientos que hicieron de este tiempo temprano una era importante. Por lo que sabemos, podemos ver que una característica sumamente distintiva fue el contraste: el contraste siempre presente entre las obras de Dios y las de Satanás. Las Escrituras contienen dos historias paralelas, una del reino de Satanás y otra del reino de Dios. El modo de vida de Dios conduce a la felicidad, al establecimiento de Sion y a la santificación. El modo de vida de Satanás conduce al dolor, a las maldiciones y a la destrucción.
Las obras de Satanás
En cada dispensación en la que el Señor ha establecido Su obra, el adversario ha establecido la suya también. El reino falsificado de Satanás ha tenido éxito en crear dolor y sufrimiento, mientras que el del Señor ha conducido a las personas fieles a la felicidad y a la gloria eterna. Quizá no mucho tiempo después de que los hijos de Adán y Eva alcanzaran la madurez, el adversario comenzó a sembrar las semillas del pecado y de la incredulidad entre muchos de ellos. Las Escrituras registran que, después de que Adán y Eva enseñaron el Evangelio a sus hijos, Satanás vino entre ellos y “les mandó, diciendo: No lo creáis; y no lo creyeron, y amaron más a Satanás que a Dios. Y los hombres comenzaron desde entonces a ser carnales, sensuales y diabólicos” (Moisés 5:13).
Las Escrituras nos presentan la historia de Caín como un modelo de apostasía y como un ejemplo de la naturaleza de los seres humanos cuando se entregan a la influencia del mal. La revelación moderna proporciona información significativa que no se encuentra en la Biblia. Caín rechazó el camino de Dios (véase Moisés 5:25–26) y amó e hizo convenio con Satanás (véase Moisés 5:28–31). Como resultado de su crimen, Dios lo maldijo para que la tierra no le diera fruto (véase Moisés 5:36–37) y lo expulsó de Su presencia (véase Moisés 5:39, 41).
Pero esto no fue un incidente aislado en la historia: “Y así las obras de las tinieblas comenzaron a prevalecer entre todos los hijos de los hombres” (Moisés 5:55). “Y en aquellos días Satanás tuvo gran dominio entre los hombres, y se enfureció en sus corazones; y de allí en adelante vinieron las guerras y el derramamiento de sangre; y la mano del hombre estuvo contra su propio hermano, administrando muerte, a causa de obras secretas, procurando poder” (Moisés 6:15).
Multiplicado a lo largo de muchos años y muchas vidas, el proceso continuó: “Desde el día en que los creé, se han descarriado, y me han negado, y han buscado sus propios consejos en las tinieblas; y en sus propias abominaciones han ideado el asesinato, y no han guardado los mandamientos que di a su padre, Adán. Por tanto, han perjurado, y por sus juramentos han traído sobre sí la muerte” (Moisés 6:28–29).
Este nivel de maldad continuó hasta los días de Enoc, quien vio una visión de Satanás y de sus obras en la que símbolos dramáticos pusieron vívidamente de relieve los deseos y los objetivos del adversario. “Y vio a Satanás; y tenía una gran cadena en su mano, y cubría con ella todo el rostro de la tierra con tinieblas; y alzó la vista y se rió, y sus ángeles se regocijaron” (Moisés 7:26). Y “el Señor dijo a Enoc: He aquí a estos, tus hermanos; ellos son la hechura de Mis propias manos, y les di su conocimiento el día en que los creé; y en el Jardín de Edén di al hombre su albedrío; y a tus hermanos les he dicho, y también les he dado mandamiento, que se amen los unos a los otros, y que me escojan a Mí, su Padre; mas he aquí, están sin afecto, y odian su propia sangre” (Moisés 7:32–33).
Para la época de Noé, la humanidad se había vuelto tan perversa que se registran las siguientes palabras sin precedente: “Y vio Dios que la maldad de los hombres se había hecho grande en la tierra; y que todo hombre se enaltecía en la imaginación de los pensamientos de su corazón, siendo solo el mal continuamente” (Moisés 8:22). Se halló que aquella generación era tan malvada que a su gente no se le permitió seguir contaminando la tierra con su presencia. El Señor decretó que todos los seres vivientes sobre la tierra serían destruidos por el diluvio, con la excepción de aquellos que serían preservados para que Dios pudiera comenzar de nuevo Su obra creadora y restablecer Su convenio entre los hombres. Tal como será al fin del mundo, el mal debe ser eliminado, ya sea por medio del arrepentimiento o por medio de la destrucción. Para casi todas las personas en los días de Noé, la opción tomada fue la destrucción por la mano del Señor.
El triunfo de Sion
Si bien es claro por las Escrituras que el mundo en su conjunto, en aquellos días antiguos, puede caracterizarse como extremadamente malvado, los registros también nos dicen que al mismo tiempo había personas que eran extraordinariamente justas. Las mismas generaciones que produjeron a la humanidad en su nivel más bajo también produjeron a hombres y mujeres cuya disposición a obedecer y servir a Dios no tiene paralelo en la historia humana. La sociedad de Enoc fue hallada digna de ser tomada como grupo de la tierra para escapar de sus corrupciones y disfrutar de las bendiciones de una esfera superior. Más tarde, la comunidad de Melquisedec siguió ese ejemplo.
Génesis 5 enumera las genealogías del linaje por medio del cual continuaron el sacerdocio y los convenios del Evangelio, comenzando con Adán y terminando con los hijos de Noé. Poco se ofrece aparte de la información genealógica. Uno puede imaginar que grandes cosas se manifestaron en la vida de los santos justos. En cuanto al ministerio del gran patriarca Enoc, el relato bíblico declara únicamente lo siguiente: “Y caminó Enoc con Dios; y desapareció, porque le llevó Dios” (Gén. 5:24).
En el verano de 1830, cuando el profeta José Smith comenzó su obra en su Nueva Traducción de la Biblia, probablemente sabía poco acerca de Sion y casi nada acerca de Enoc. Sin embargo, entre las contribuciones más destacadas de la Traducción de José Smith se encuentra la adición de varias páginas de material completamente nuevo que tratan del período de Enoc y de sus labores para establecer Sion entre su pueblo. El libro de Moisés nos dice que, a pesar de la extendida maldad de aquellos días, la obra del Señor continuaba: “Y así el Evangelio comenzó a ser predicado desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados desde la presencia de Dios, y por Su propia voz, y por el don del Espíritu Santo” (Moisés 5:58). Moisés 6 y 8 complementan las genealogías de los patriarcas al añadir información acerca de ellos que no se encuentra en el relato correspondiente de Génesis 5. No obstante, la contribución más sustancial de esta sección es la gran cantidad de material concerniente al gran profeta Enoc y a su pueblo. Mientras que Génesis trata a Enoc en solo seis breves versículos (véase Gén. 5:18–19, 21–24), el relato de la Traducción de José Smith en Moisés 6 y 7 analiza su vida, misión y revelaciones en 116 versículos (véase Moisés 6:21, 25–8:2).
El material biográfico revelado a José Smith no tiene paralelo en la Biblia. Al igual que José Smith y muchos otros profetas, Enoc fue llamado desde la oscuridad (véase Moisés 6:26–31). El Señor le dijo: “Abre tu boca, y será llena, y Yo te daré expresión… He aquí, Mi Espíritu está sobre ti, por tanto, justificaré todas tus palabras” (Moisés 6:32, 34). El Señor dijo: “Unta tus ojos con barro y lávalos, y verás” (Moisés 6:35). Cuando Enoc hizo lo que se le mandó, “vio los espíritus que Dios había creado; y vio también cosas que no eran visibles al ojo natural; y desde entonces se divulgó el dicho por la tierra: El Señor ha levantado a un vidente entre Su pueblo” (Moisés 6:36). Como alguien que podía ver cosas “no visibles al ojo natural”, Enoc es un vidente prototípico: uno que realmente ve. Los extraordinarios dones espirituales de Enoc eran evidentes tanto para los justos como para los malvados: “Todos los hombres se ofendían por causa de él” (Moisés 6:37). Decían: “Hay algo extraño en la tierra; un hombre salvaje ha venido entre nosotros. Y aconteció que cuando lo oían, nadie ponía las manos sobre él; porque el temor vino sobre todos los que lo oían, porque caminaba con Dios” (Moisés 6:38–39). “Y conforme Enoc hablaba las palabras de Dios, el pueblo temblaba y no podía estar en su presencia” (Moisés 6:47).
En una revelación de 1835 a José Smith, aprendemos que “Enoc tenía veinticinco años cuando fue ordenado bajo la mano de Adán; y tenía sesenta y cinco años cuando Adán lo bendijo” (D. y C. 107:48). Tres años antes de la muerte de Adán, Enoc estuvo presente con Adán y sus descendientes justos en una gran reunión en el valle de Adán-ondi-Ahmán, donde Adán “les confirió su última bendición” (D. y C. 107:53). Estos y otros detalles biográficos “fueron todos escritos en el libro de Enoc, y han de ser testificados en su debido tiempo” (D. y C. 107:57).¹
Enoc condujo a su pueblo por los caminos de Dios y estableció entre ellos Sion: “los puros de corazón” (D. y C. 97:21). Mientras los malvados de la generación de Enoc eran maldecidos, “el Señor vino y moró con Su pueblo, y ellos moraron en rectitud” (Moisés 7:16). “El temor del Señor estaba sobre todas las naciones, tan grande era la gloria del Señor que reposaba sobre Su pueblo. Y el Señor bendijo la tierra, y fueron bendecidos en los montes y en los lugares altos, y prosperaron. Y el Señor llamó a Su pueblo Sion, porque eran de un solo corazón y una sola mente, y moraban en rectitud; y no había pobres entre ellos. Y Enoc continuó predicando en rectitud al pueblo de Dios. Y aconteció que en sus días edificó una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, es decir, Sion. Y aconteció que Enoc habló con el Señor, y dijo al Señor: Ciertamente Sion morará segura para siempre. Pero el Señor dijo a Enoc: A Sion he bendecido, pero al resto del pueblo he maldecido” (Moisés 7:17–20). Enoc “vio al Señor, y caminó con Él, y estuvo delante de Su rostro continuamente; y caminó con Dios trescientos sesenta y cinco años, teniendo cuatrocientos treinta años cuando fue trasladado” (D. y C. 107:49).
Mientras el resto del mundo permanecía en el curso que finalmente conduciría a la destrucción por el Diluvio, “Sion, con el paso del tiempo, fue llevada al cielo. Y el Señor dijo a Enoc: He aquí Mi morada para siempre” (Moisés 7:21). José Smith enseñó: “Él escogió a Enoc, a quien dirigió y dio Su ley a [él] y al pueblo que estaba con él; y cuando el mundo en general no quiso obedecer los mandamientos de Dios, después de caminar con Dios, Él trasladó a Enoc y a su Iglesia, y el sacerdocio o gobierno del cielo fue quitado.”² “Y todos los días de Sion, en los días de Enoc, fueron trescientos sesenta y cinco años. Y Enoc y todo su pueblo caminaron con Dios, y Él moró en medio de Sion; y aconteció que Sion ya no estaba, porque Dios la recibió en Su propio seno; y desde entonces se divulgó el dicho: Sion ha huido” (Moisés 7:68–69; véase también D. y C. 38:4).
José Smith enseñó que Enoc y su pueblo no fueron exaltados entonces, sino que fueron trasladados y designados para ministrar a otros:
“Ahora bien, este Enoc, Dios lo reservó para Sí mismo para que no muriera en ese tiempo, y lo designó para un ministerio a cuerpos terrestres, de los cuales poco se ha revelado… Él es un ángel ministrador, para ministrar a los que serán herederos de la salvación… Ahora bien, la doctrina de la traslación es un poder que pertenece a este sacerdocio. Hay muchas cosas que pertenecen a los poderes del sacerdocio y a sus llaves que han sido guardadas desde antes de la fundación del mundo. Están ocultas a los sabios y entendidos para ser reveladas en los últimos tiempos. Muchos han supuesto que la doctrina de la traslación era una doctrina mediante la cual los hombres eran llevados inmediatamente a la presencia de Dios y a una plenitud eterna. Pero esta es una idea equivocada. Su lugar de morada es el del orden terrestre, y un lugar preparado para tales personajes, a quienes Él mantuvo en reserva para ser ángeles ministradores a muchos planetas, y que aún no han entrado en una plenitud tan grande como aquellos que son resucitados de entre los muertos.”
Después de la traslación del pueblo de Enoc, muchos otros fueron llevados para unirse a ellos: “Fueron arrebatados por los poderes del cielo a Sion” (Moisés 7:27). Para la época de Noé, quizá las únicas opciones eran la traslación o la destrucción en el Diluvio. Pero aun después del Diluvio, toda la comunidad de Melquisedec fue trasladada y se unió a la ciudad de Enoc.
Sion en los últimos días
La santificación de la comunidad de Enoc ha proporcionado el modelo que todas las demás sociedades justas deben seguir. Comenzando no mucho después de que el material sobre Enoc fuera revelado en el invierno de 1830–31, llegaron a José Smith revelaciones adicionales que le enseñaron cómo iniciar el proceso de edificar Sion en la Iglesia de los últimos días. Al venir estas revelaciones tan temprano en la Restauración, han ayudado a trazar el curso para los Santos de los últimos días, quienes, bajo la dirección de profetas modernos, se esfuerzan por edificar Sion conforme a la voluntad del Señor. No debería sorprendernos que José Smith profetizara que, en nuestra propia búsqueda por edificar Sion, nosotros también tendríamos éxito, tal como lo tuvieron Enoc y su pueblo:
“La edificación de Sion es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en toda época. Es un tema en el que profetas, sacerdotes y reyes se han detenido con singular deleite. Han mirado hacia adelante con gozosa anticipación al día en que vivimos, y llenos de celestiales y gozosas anticipaciones han cantado, escrito y profetizado acerca de este nuestro día. Pero murieron sin verlo. Nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha escogido para llevar a cabo la gloria de los últimos días. A nosotros nos corresponde ver, participar y ayudar a impulsar la gloria de los últimos días, ‘la dispensación del cumplimiento de los tiempos’, cuando Dios ‘reunirá todas las cosas en Cristo, así las que están en los cielos como las que están en la tierra’ [Efesios 1:10], cuando los Santos de Dios serán reunidos en uno desde toda nación, tribu, pueblo y lengua; cuando los judíos serán reunidos en uno, [y] los malvados también serán reunidos para ser destruidos, según lo han dicho los profetas. El Espíritu de Dios también morará con Su pueblo y será retirado del resto de las naciones. Y todas las cosas, ya sean en los cielos o en la tierra, serán una, aun en Cristo.
“El sacerdocio celestial se unirá con el terrenal para llevar a cabo esos grandes propósitos. Y mientras estemos así unidos en la causa común de hacer avanzar el reino de Dios, el sacerdocio celestial no será un espectador ocioso. El Espíritu de Dios será derramado desde lo alto; morará en medio de nosotros. Las bendiciones del Altísimo reposarán sobre nuestros tabernáculos, y nuestro nombre será transmitido a las generaciones futuras. Nuestros hijos se levantarán y nos llamarán bienaventurados, y generaciones aún no nacidas se deleitarán de manera especial en las escenas que hemos atravesado, las privaciones que hemos soportado, el celo incansable que hemos manifestado, las dificultades insuperables que hemos vencido al sentar las bases de una obra que trajo la gloria y las bendiciones que ellos habrán de disfrutar; una obra que Dios y los ángeles han contemplado con deleite por generaciones pasadas, que encendió el alma de los antiguos patriarcas y profetas, una obra destinada a traer la destrucción de los poderes de las tinieblas, la renovación de la tierra, la gloria de Dios y la salvación de la familia humana.”
Como parte de “la renovación de la tierra”, Enoc y su pueblo regresarán para laborar con nosotros por “la salvación de la familia humana”. “Y justicia enviaré desde los cielos; y verdad haré brotar de la tierra, para dar testimonio de Mi Unigénito; … y haré que la justicia y la verdad barran la tierra como con un diluvio, para recoger a Mis escogidos de los cuatro cuartos de la tierra, a un lugar que Yo prepararé, una Ciudad Santa” (Moisés 7:62). José Smith preguntó: “Ahora pregunto, ¿cómo van a barrer la tierra la justicia y la verdad como con un diluvio? Respondo: Hombres y ángeles han de ser colaboradores para llevar a cabo esta gran obra, y ha de prepararse una Sion—una Nueva Jerusalén—para los escogidos que han de ser reunidos de los cuatro cuartos de la tierra, y ha de establecerse una ciudad santa. Porque el tabernáculo del Señor estará con ellos.” El Señor dijo que el pueblo de Enoc fue “separado de la tierra, y recibido a [Él] mismo: una ciudad reservada hasta que llegue un día de justicia, día que fue buscado por todos los hombres santos” (D. y C. 45:12). A Enoc le dijo: “Entonces tú y toda tu ciudad los encontraréis allí, y los recibiremos en nuestro seno, y ellos nos verán; y caeremos sobre sus cuellos, y ellos caerán sobre nuestros cuellos, y nos besaremos el uno al otro; y allí estará Mi morada, y será Sion, la cual saldrá de entre todas las creaciones que he hecho; y por el espacio de mil años la tierra reposará” (Moisés 7:63–64).
En los días de Enoc, la elección para todos era unirse a Sion o permanecer en el mundo. Mientras los ciudadanos del reino de Dios establecían una comunidad de paz sobre los principios de la fe y la rectitud, los ciudadanos del reino de Satanás continuaban en sus caminos sin arrepentimiento y cosechaban una siega de dolor y destrucción. Para la mayor parte de la humanidad, la historia del mundo desde Adán hasta Enoc fue una crónica continua de tragedia. La triste experiencia de quienes eligieron el mal demuestra que lo que dijo Alma es verdad: “La maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). Hoy vivimos en un mundo saturado de iniquidad, pero es en este mismo mundo donde se está llevando a cabo nuestra gran obra de edificar Sion.
























