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El Amanecer Despunta
Elías habría de regresar “antes que venga el día grande y terrible del Señor.” Esa misma expresión sugiere los últimos días de la tierra. Y sería en los últimos días, como el sueño de Nabucodonosor y la interpretación del profeta Daniel indicaron, cuando el Señor establecería Su reino por última vez. (Véase Daniel 2.)
El Señor hizo cuidadosa preparación para este acontecimiento. Después de siglos de oscuridad y error, la penumbra comenzó a levantarse gradualmente cuando mentes inquisitivas y corazones valientes se afirmaron en la Reforma, que habría de romper el dominio de la iglesia monopólica de la cristiandad. Paralelamente, la tierra recién descubierta de América estaba siendo colonizada. En dos o tres siglos, los anhelos de libertad afectaron a todos los países occidentales, encontrando su mayor florecimiento en América y su más sublime expresión escrita en la inspirada Constitución de los Estados Unidos de América. Ahora había una nueva nación fundada específicamente en la libertad política, personal y religiosa. El tiempo estaba maduro y el lugar preparado.
La Primera Visión.
Los Reformadores habían hecho lo mejor con sus recursos limitados, pero naturalmente las diferentes interpretaciones de su autoridad común — la Biblia — produjeron desacuerdo y diversidad doctrinal. Cuando un avivamiento religioso llegó a la región de Mánchester, Nueva York, a principios del siglo XIX, el clamor y la contienda de los diversos ministros dejaron al joven José Smith, de catorce años, confundido en cuanto a cuál iglesia era la correcta. Él registró:
Mientras me hallaba trabajando bajo las graves dificultades causadas por los conflictos de estas partes de religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, capítulo primero y versículo quinto, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente, y sin reproche, y le será dada.
Al fin llegué a la conclusión de que debía permanecer en la oscuridad y confusión, o de lo contrario tenía que hacer como Santiago dirige, esto es, pedir a Dios. Finalmente tomé la determinación de “pedir a Dios”, concluyendo que si Él daba sabiduría a quienes les faltaba y daba liberalmente, y no reprochaba, yo podía aventurarme. (José Smith—Historia 1:11, 13; en adelante JS—H.)
Así sucedió que un día de primavera de 1820 se arrodilló en oración en el bosque cerca de su hogar para hacer la pregunta crucial: ¿Cuál iglesia es la verdadera? Cuando comenzó a elevar su petición, lo primero que ocurrió fue que fue abrumado por un gran poder de oscuridad. Describió esto no como una fuerza imaginaria, sino como la influencia de un ser real del mundo invisible que tenía un poder tan maravilloso como jamás había sentido en ser alguno. Tan total era este poder que estaba a punto de abandonarse a él, cuando, en cierto sentido, giró una llave de liberación, pues invocó el nombre del Señor. Tan pronto como lo hizo, una luz descendió; y tan pronto como la luz estuvo allí, fue liberado del poder de las tinieblas.
Para mí, siempre ha habido una lección en esa experiencia. Mientras la luz, la virtud y la verdad a veces no soportan la presencia de la oscuridad y el mal y no permanecerán por elección donde está su presencia, en última instancia los poderes de la oscuridad no pueden soportar la presencia de la luz.
Por analogía, esto puede demostrarse hasta cierto punto con la electricidad. Podemos llevar un cable a una habitación y, por medio de un sistema de conexiones y apagadores, encender una luz. En el instante en que eso sucede, la oscuridad desaparece. Algo de ella puede ocultarse como sombras debajo de los muebles; pero dondequiera que la luz pueda penetrar, la oscuridad debe desvanecerse.
En otras palabras, tenemos la capacidad de introducir luz en una habitación; y, al hacerlo, la oscuridad debe disiparse. No conozco a nadie que pueda hacer lo contrario —es decir, introducir tal oscuridad en una habitación que la luz desaparezca.
El poder último descansa en el Señor y en Su sacerdocio, en Sus siervos. Esa idea debe ser un motivo de aliento para los miembros de la Iglesia cuando son invadidos por fuerzas que son malignas y oscuras. En última instancia, el poder de la luz puede mantenerlas a raya.
José Smith nos dice:
Cuando la luz reposó sobre mí vi a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria desafían toda descripción, de pie sobre mí en el aire. Uno de ellos me habló llamándome por mi nombre y dijo, señalando al otro: Éste es Mi Hijo Amado. ¡Escúchalo! (JS—H:17.)
Del propio Señor Jesucristo recibió el joven José su respuesta: no debía unirse a ninguna de las iglesias existentes porque “enseñan como doctrinas, mandamientos de hombres.” Se le dijo que la plenitud del evangelio le sería dada a conocer en algún tiempo futuro.
El Evangelio Restaurado.
Esta gloriosa visitación fue la primera de muchas manifestaciones celestiales al Profeta José Smith. Unos años después, en septiembre de 1823, en respuesta a otra ferviente oración, fue visitado por un ángel, Moroni, quien en cuatro visitas, durante un periodo de pocas horas, lo instruyó sobre la venida del reino. En particular, le habló de las planchas del Libro de Mormón escondidas en la cercana colina de Cumorah y de su llamamiento para traducirlas bajo la dirección del Espíritu. Recibió esas planchas cuatro años después, en septiembre de 1827; y, tras muchas vicisitudes, completó la traducción en junio de 1829.
Esa traducción dio lugar a otra ministración angelical. Mientras José y su escribiente, Oliver Cowdery, encontraban referencias al bautismo en las planchas, quisieron saber más al respecto. Inquiriendo del Señor en oración en las riberas del río Susquehanna, cerca de Harmony, Pensilvania, el 15 de mayo de 1829, fueron visitados por el Juan el Bautista resucitado, quien impuso sus manos sobre sus cabezas y les confirió el Sacerdocio Aarónico, de esta manera:
Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, yo confiero el Sacerdocio de Aarón, que posee las llaves del ministerio de ángeles, del evangelio del arrepentimiento y del bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; y esto no será quitado jamás de la tierra, hasta que los hijos de Leví vuelvan a ofrecer al Señor un sacrificio en rectitud. (D. y C. 13.)
Ahora tenían autoridad para bautizar —y bajo la instrucción del ángel procedieron a bautizarse el uno al otro.
No tuvieron que esperar mucho para recibir una mayor añadidura de autoridad del sacerdocio, pues una o dos semanas después Pedro, Santiago y Juan se les aparecieron y les confirieron el Sacerdocio Mayor o de Melquisedec, incluyendo el santo apostolado. Así ordenados, ya estaban calificados para establecer el reino de Dios en la tierra cuando el Señor así se los indicara.
Así fue que, el 6 de abril de 1830, se reunieron en la casa de troncos de Peter Whitmer, padre, en Fayette, Nueva York, y establecieron la Iglesia de Jesucristo bajo dirección divina. Oraron; confirmaron y otorgaron el don del Espíritu Santo a aquellos que ya habían sido bautizados; participaron de la Santa Cena; y ordenaron a hombres a oficios del sacerdocio. Hubo una gran efusión del Espíritu, de modo que todos se regocijaron y algunos profetizaron.
Otros presentes en la reunión recibieron el bautismo poco después de esto, y desde entonces la nueva iglesia creció continuamente. La gran obra de los últimos días había sido iniciada, y nadie podría detener su progreso.
Había más que debía ser dado. Mucho más. El Señor le dijo a Pedro que edificaría Su Iglesia sobre la roca de la revelación, y que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Le dijo a Pedro: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19; cursiva agregada.) La palabra daré deja claro que el Salvador no le había entregado aún esas llaves a Pedro en el momento en que habló. Eso ocurriría en el futuro.
Fue seis días después que Él tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan “y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías hablando con él.” (Mateo 17:1–3.)
Pedro propuso construir tres enramadas, lo que indica que percibió tal visitación como algo de naturaleza sumamente sagrada.
Una nube luminosa los cubrió y oyeron la voz de Dios el Padre, Elohim, respondiendo tal como respondería más tarde a José en la arboleda: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” (Mateo 17:5.)
En 1830, aún quedaba mucho por darse a José y a sus seguidores. Las más sagradas de estas adiciones serían dignas de un “tabernáculo” o un “templo.”
Ese pequeño grupo de seguidores iba a crecer. Aun siendo pocos en número, comenzaron —a pesar de pruebas extremas— a construir, por primera vez en la dispensación de la plenitud de los tiempos, un santo templo.
Porque tú sabes que hemos hecho esta obra con gran tribulación; y de nuestra pobreza hemos dado de nuestros bienes para edificar una casa a tu nombre, a fin de que el Hijo del Hombre tenga un lugar donde manifestarse a su pueblo. (D. y C. 109:5)
























