El Santo Templo

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Todo Hecho en Orden


Tras los acontecimientos dramáticos en el Templo de Kirtland, las dificultades y las persecuciones exigieron que los Santos se movieran. Dondequiera que se establecían, hacían planes para construir un templo. Esto fue así tanto en Independencia como en Far West, Misuri. En este período la persecución cayó sobre los Santos con furia sin precedentes y finalmente huyeron a Nauvoo, Illinois. Allí nuevamente vino la revelación y el mandamiento de edificar una casa del Señor. El Señor dio la razón: “porque no se halla lugar en la tierra donde él pueda venir a restaurar otra vez lo que se os ha perdido, o lo que él os ha quitado, aun la plenitud del sacerdocio.” (D&C 124:28.)

Al describir parte de la obra que se realizaría en el templo añadió: “porque en él están ordenadas las llaves del santo sacerdocio, para que recibáis honor y gloria.” (D&C 124:34.)

El Señor explicó que el propósito de la edificación de la casa era revelar las ordenanzas. “Y en verdad os digo, que se edifique esta casa a mi nombre, para que revele mis ordenanzas en ella a mi pueblo. Porque me dignaré revelar a mi iglesia cosas que han estado ocultas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación de la plenitud de los tiempos.” (D&C 124:40–41.)

Había mencionado que el templo sería un lugar para llevar a cabo “vuestras unciones, y vuestros lavamientos, y vuestros bautismos por los muertos, y vuestras asambleas solemnes, y vuestros monumentos por vuestros sacrificios por los hijos de Leví, y para vuestros oráculos en vuestros lugares santísimos donde recibís conversaciones, y vuestros estatutos y juicios, para el principio de las revelaciones y fundamento de Sion, y para la gloria, honor e investidura de todos sus municipios, … por la ordenanza de mi santa casa, que mi pueblo siempre es mandado a edificar a mi santo nombre.” (D&C 124:39.)

Orden, Ordenar, Ordenanza.

Para explicar algo del significado de las ordenanzas comienzo con el Tercer Artículo de Fe. Este declara: “Creemos que por la expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.”

La palabra ordenanza significa “una observancia religiosa o ceremonial”; “un rito establecido.”
El Oxford English Dictionary (Oxford, Inglaterra, 1970) da como primera definición de la palabra order: “disposición en filas o hileras,” y como segunda definición: “disposición en secuencia o en relación apropiada.” A primera vista esto puede no parecer tener mucha importancia religiosa, pero en realidad sí la tiene.

Entre las ordenanzas que realizamos en la Iglesia están las siguientes: bautismo, santa cena, el nombrar y bendecir a los niños, administrar a los enfermos, apartar a miembros para llamamientos en la Iglesia y ordenar a oficios. Además hay ordenanzas superiores, realizadas en los templos. Estas incluyen lavamientos, unciones, la investidura y la ordenanza de sellamiento, conocida generalmente como matrimonio en el templo.

La palabra ordenanza proviene de la palabra orden, que significa “una fila, una hilera, una serie.” La palabra orden aparece con frecuencia en las Escrituras. Algunos ejemplos son: “…estableció el orden de la iglesia” (Alma 8:1); “…todas las cosas serán restauradas a su propio orden” (Alma 41:2); “…todas las cosas se harán en orden” (D&C 20:68); “mi casa es una casa de orden” (D&C 132:8). Mormón incluso definió la depravación como estar “sin orden” (Moroni 9:18).

La palabra ordain (ordenar), pariente cercana de las otras dos palabras, tiene como primera definición: “poner en orden, arreglar, preparar”; también, “nombrar o admitir al ministerio de la iglesia cristiana… mediante la imposición de manos u otra acción simbólica.”
De todo este trabajo lexicográfico surge la impresión de que una ordenanza, para ser válida, debe hacerse en el orden apropiado.

Orden, Ordenar, Ordenanza.
Orden — Poner en filas o hileras, en la secuencia o relación apropiada.
Ordenar — El proceso de colocar las cosas en filas de relación apropiada.
Ordenanza — La ceremonia mediante la cual las cosas se ponen en el orden apropiado.

Las Ordenanzas del Evangelio Autorizadas son Cruciales.

Ahora bien, ¿qué hay de las ordenanzas del evangelio? ¿Qué tan importantes son para nosotros como miembros de la Iglesia?

¿Puedes ser feliz, puedes ser redimido, puedes ser exaltado sin ellas?
Respuesta: Son más que aconsejables o deseables, o incluso necesarias. Más aún que esenciales o vitales. Son cruciales para cada uno de nosotros.

Aprendemos de las revelaciones:

“Y este sacerdocio mayor [de Melquisedec] administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, aun la llave del conocimiento de Dios.
Por consiguiente, en las ordenanzas de éste, se manifiesta el poder de la divinidad.
Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne.” (D&C 84:19–21; énfasis añadido).

Este capítulo no pretende ser una discusión meramente teórica. Más bien, lo dirijo directamente a ti, el lector, con la intención —si puedo lograrlo— de inducir en tu mente y tu corazón un interés tan serio en las ordenanzas del evangelio que, si aún no las has recibido, procures calificarte para cada una de ellas en la secuencia apropiada y hacer y guardar los convenios que se relacionan con cada una.
Si ya has recibido las ordenanzas, espero que estas palabras despierten en ti una nueva determinación de observar estrictamente los convenios que encarnan. En otras palabras, asegúrate de que las ordenanzas válidas formen parte de tu vida; que todo lo referente a ellas, en tu caso, esté en el orden apropiado.

Considera esta ilustración: Supongamos que un agente llega a ti ofreciéndote una gran oferta en un seguro. Afirma que su póliza ofrece protección completa. Habla de una cobertura generosa, primas muy bajas, sin penalidades por hacer un reclamo —aun uno grande—. Otros beneficios también hacen que la póliza parezca mejor que cualquier otra que hayas considerado.

Quedas impresionado por la compañía de seguros que menciona el vendedor. Has oído que es completamente respetable. Al estudiar la póliza, tu interés crece, pues encuentras que ofrece más para ti y exige menos de ti que cualquier póliza que hayas considerado antes.

Ahora verificas cuidadosamente a la compañía y quedas satisfecho de que, en efecto, es respetable. Respaldan sus pólizas. Algunos de tus amigos han tratado con ellos durante años y siempre han quedado satisfechos. Parece, entonces, que has encontrado un verdadero hallazgo. Así que comienzas a pagar las primas y recibes la póliza completa.

Pero en este relato imaginario hay algo que no descubriste: en realidad, hay un problema. El inconveniente es que este vendedor nunca fue contratado por aquella compañía. Ellos no lo han autorizado a representarlos. La compañía no está enterada de que él está usando su nombre. Obtuvo copias de la póliza y del membrete y ajustó la póliza para darle mayor atractivo. Mando imprimir algunos formularios y membretes, y estableció su propio negocio.

Cuando él redacta una póliza y cobra las primas, éstas no van a la oficina central. Su copia de la póliza va a parar a un cajón en algún lugar, y el dinero de las primas, a su bolsillo. Probablemente, piensa él, no habrá ningún reclamo contra la póliza de todos modos—al menos no mientras él esté cerca. Como se trata de un seguro de vida, ciertamente no habrá reclamo mientras la persona asegurada esté viva. Como suele decirse, te han vendido “gato por liebre.”

Mientras tanto, tú te sientes tranquilo pensando que estás bien asegurado. Te sientes satisfecho y supones que, cuando llegue el día—como sin duda llegará—tu reclamo será pagado. ¡Pobre de ti! Obviamente la compañía rechazará el reclamo. No se les puede obligar a honrar pólizas excepto aquellas emitidas por agentes autorizados, contratados y certificados por ellos. No importa cuán convencido hayas estado de que ese hombre era un agente legítimo: no lo era, y ninguno de sus acuerdos hechos en nombre de la compañía es válido.

¿Recibirás simpatía? Sí. ¿El valor total de la póliza? ¡De ninguna manera! ¿No recibirías nada? Bueno, quizá algo. Mientras no supiste la diferencia, disfrutaste la tranquilidad de pensar que estabas bien asegurado—por lo que sea que eso valga.

Mi esposa tiene una tía anciana. Ella fue una de catorce hijos. Quizá hace setenta y cinco años, Millicent, en Brigham City, Utah, llevó a sus hermanitos y hermanitas al pueblo para ver el desfile de Peach Days.

Con asombro y emoción caminaron el largo camino hasta el pueblo. No habían estado allí mucho tiempo cuando llegó un carro tirado por caballos que regaba agua por las calles para asentar el polvo. Lo observaron maravillados; y cuando pasó, se fueron a casa, muy impresionados. Pensaron que el desfile había terminado. Estuvieron bastante satisfechos, hasta que un año después aprendieron la diferencia.

Si te hubieran vendido la póliza de seguro de la que hablamos, tú también podrías haberte sentido satisfecho, incluso complaciente, pensando que estabas bien asegurado. ¡Qué sorpresa cuando descubrieras la verdad! En alguna conversación posterior vendría el sermón: “Debiste haber sido más cuidadoso sobre dónde pusiste tu confianza. Deberías haber revisado con más detenimiento.”

Ahora permíteme aplicar esta ilustración a las ordenanzas del evangelio.

Con estas ordenanzas no hay descuentos. No existe comprar a crédito. Nada se pone nunca en oferta a precios reducidos. Nunca hay algo por nada. No existe tal cosa como una “ganga.” Pagas el valor completo. Se involucran requisitos y convenios. Y a su debido tiempo recibirás el valor completo. Pero para obtener ese valor completo debes—absolutamente debes—tratar con un agente autorizado.

Permíteme citar esta escritura tan significativa de la sección 132 de Doctrina y Convenios:

Y en verdad, os digo que las condiciones de esta ley son estas: Todos los convenios, contratos, ligaduras, obligaciones, juramentos, votos, desempeños, conexiones, asociaciones o expectativas que no se hagan y celebren y sellen por el Santo Espíritu de la promesa, por aquel que ha sido ungido, tanto para el tiempo como para toda la eternidad, y eso también sumamente santo, por revelación y mandamiento por medio de mi ungido, a quien he designado en la tierra para poseer este poder (y he designado a mi siervo José para poseer este poder en los últimos días, y no hay jamás más de uno sobre la tierra a la vez sobre quien se confieren este poder y las llaves de este sacerdocio), no tienen eficacia, ni virtud, ni fuerza en y después de la resurrección de los muertos; porque todos los contratos que no se hagan para este fin terminan cuando los hombres mueren.

He aquí, mi casa es una casa de orden, dice el Señor Dios, y no una casa de confusión.
¿Aceptar é yo una ofrenda, dice el Señor, que no se haga en mi nombre? ¿O recibiré de vuestras manos aquello que yo no haya designado? ¿Y designaré yo para vosotros, dice el Señor, sino por ley, así como yo y mi Padre os lo ordenamos antes que el mundo fuese?

Yo soy el Señor tu Dios; y te doy este mandamiento: que ningún hombre vendrá al Padre sino por mí o por mi palabra, que es mi ley, dice el Señor.

Y todo lo que hay en el mundo, ya sea ordenado por los hombres, por tronos, o principados, o potestades, o cosas de nombre, cualesquiera que sean, que no sean por mí o por mi palabra, dice el Señor, será derribado, y no permanecerá después que los hombres hayan muerto, ni en ni después de la resurrección, dice el Señor vuestro Dios. Porque todas las cosas que permanecen son por mí; y todas las cosas que no son por mí serán sacudidas y destruidas. (D. y C. 132:7–14; énfasis añadido.)

Esa escritura es muy clara. Él no aceptará, “dice el Señor,” una ofrenda que no se haga en Su nombre. Tampoco recibirá de nuestras manos aquello que Él no haya designado. Y las cosas que son “ordenadas por los hombres… no permanecerán… en ni después de la resurrección.”

Con estas palabras solemnes en mente, cada Santo de los Últimos Días debe hacer un inventario de su progreso espiritual y preguntarse: ¿Está mi vida en orden? ¿Tengo todas las ordenanzas del evangelio que debería poseer a estas alturas de mi vida? ¿Son válidas?

Si puedes responder afirmativamente a estas preguntas, y si las ordenanzas están bajo la influencia del poder y la autoridad selladores, permanecerán intactas eternamente. En ese caso, tu vida, hasta este punto, está en el orden apropiado. Entonces te convendría pensar en tu familia, vivos y muertos, con las mismas preguntas en mente.

Límites de la autoridad delegada.

Ahora hago otra comparación al explicar algo que es comprendido por relativamente pocos. Es común en el mundo que las instituciones deleguen autoridad y al mismo tiempo limiten estrictamente el alcance de lo que se delega. Por ejemplo, en una sucursal bancaria el gerente puede tener autorización para conceder préstamos hasta cierta cantidad. Si alguien solicita un préstamo mayor que esa cantidad, entonces un supervisor debe aprobarlo. Para cantidades aún mayores, las normas del banco pueden exigir que sólo el presidente y director ejecutivo pueda aprobar el préstamo.

Si un compromiso de préstamo es hecho por un gerente de sucursal dentro de la política, el banco lo honrará, aun cuando ese gerente después renuncie y vaya a trabajar para un banco competidor.

En una ocasión asistí a una reunión de la junta directiva de una corporación. La junta decidió dar a cierto empleado autoridad para comprometer a la compañía en algunos asuntos importantes. Se aprobó una moción para este fin. Entonces uno de los directores observó que una moción no era suficiente; debía ser una resolución, una resolución formal debidamente registrada en las actas. Así que la moción fue sustituida por una resolución, porque delegar autoridad es un asunto serio.

La práctica de delegar autoridad y a la vez limitarla es tan común en los negocios y la educación, en el gobierno, en las organizaciones culturales, que no deberíamos tener dificultad en comprender ese principio en la Iglesia.

A un misionero se le da autoridad para enseñar y para bautizar. Con cierta aprobación, puede ordenar a alguien a un oficio del sacerdocio. Sin embargo, si es un élder, no puede ordenar a alguien como setenta o sumo sacerdote, porque su autoridad es limitada. De manera similar, un obispo puede llamar y relevar dentro de los límites de su jurisdicción. Pero no podría, por ejemplo, apartar a un miembro del sumo consejo de estaca. Asimismo, un presidente de estaca puede apartar a un miembro del sumo consejo de estaca, pero no puede ordenar a un patriarca.

Aquellos que poseen el Sacerdocio Aarónico, o el sacerdocio preparatorio, poseen la autoridad, cuando son específicamente dirigidos, para realizar aquellas ordenanzas que pertenecen a ese sacerdocio. Pueden bautizar. Pueden bendecir la Santa Cena y realizar cada servicio relacionado con el sacerdocio menor. Sin embargo, no pueden confirmar a alguien como miembro de la Iglesia, porque eso requiere una autoridad mayor.

Bajo el mismo principio, aquellos que poseen el Sacerdocio de Melquisedec pueden realizar las ordenanzas relacionadas con el sacerdocio mayor.

Pero a menos que se les dé una autorización especial, no pueden investir, ni sellar, ni realizar aquellas ordenanzas que pertenecen al templo. Hay límites.

En una ocasión escuché decir al presidente Kimball, como otros presidentes de la Iglesia también han dicho, que aunque él posee todas las llaves que se poseen sobre la tierra, hay llaves que él no posee. Hay llaves que no le han sido dadas como Presidente de la Iglesia, porque están reservadas para un poder y autoridad superiores. Por ejemplo, él dijo que no posee las llaves de la resurrección. El Señor las posee, pero no las ha delegado —ni en la antigüedad ni a los profetas modernos—. El presidente Kimball mencionó también la autoridad para mandar a los elementos, para caminar sobre las aguas. El Señor tiene este poder, pero no lo ha dado a los mortales, aunque hay ocasiones en que hombres rectos han sido inspirados a mandar a las fuerzas de la naturaleza y han sido obedecidos.

Autoridad para todas las ordenanzas.

No obstante, en la Iglesia poseemos suficiente autoridad para realizar todas las ordenanzas necesarias para redimir y exaltar a toda la familia humana. Y, debido a que tenemos las llaves del poder sellador, lo que atamos en el orden apropiado aquí será atado en los cielos. Esas llaves —las llaves para sellar y atar en la tierra y que quede atado en los cielos— representan el don supremo de nuestro Dios. Con esa autoridad podemos bautizar y bendecir, podemos investir y sellar, y el Señor honrará nuestros compromisos.

El Profeta José Smith dijo que con frecuencia le preguntaban:
«¿No podemos ser salvos sin pasar por todas esas ordenanzas, etc.?» Yo respondería: No, no la plenitud de la salvación. Jesús dijo: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay, y voy a preparar lugar para vosotros». Casa aquí mencionada debería haberse traducido como reino; y cualquier persona que sea exaltada a la morada más alta tiene que obedecer una ley celestial, y toda la ley también. (HC, 6:184.)

En otra ocasión, hablando sobre el mismo tema, dijo:
«Hay moradas para aquellos que obedecen una ley celestial, y hay otras moradas para aquellos que no cumplen la ley, cada hombre en su propio orden. Hay bautismo, etc., para que lo ejerzan los que están vivos, y bautismo por los muertos que mueren sin el conocimiento del Evangelio.
«Yo estoy avanzando en mi progreso hacia la vida eterna. No sólo es necesario que seáis bautizados por vuestros muertos, sino que tendréis que pasar por todas las ordenanzas por ellos, de la misma manera que vosotros habéis pasado por ellas para salvaros. . . . ¡Oh! Les ruego que sigan adelante, sigan adelante y hagan firme su llamamiento y elección». (HC, 6:365.)

El presidente Joseph Fielding Smith dijo:
No me importa qué oficio ocupes en esta Iglesia, puedes ser un apóstol, puedes ser un patriarca, un sumo sacerdote, o cualquier otra cosa, y no puedes recibir la plenitud del sacerdocio a menos que entres en el templo del Señor y recibas estas ordenanzas de las cuales habla el profeta. Ningún hombre puede obtener la plenitud del sacerdocio fuera del templo del Señor.

Luego dijo que hubo un tiempo en que los Santos no podían construir templos, cuando no había una casa preparada en la cual recibir las ordenanzas, particularmente cuando las persecuciones eran intensas.

Pero ahora tenemos templos, y no puedes recibir estas bendiciones en las cimas de las montañas, tendrás que entrar en la casa del Señor, y no puedes obtener la plenitud del sacerdocio a menos que vayas allí. No pienses que porque alguien tenga un oficio más alto en la Iglesia que tú, estás excluido de las bendiciones, porque puedes entrar en el templo del Señor y obtener todas las bendiciones que han sido reveladas, si eres fiel, tenerlas selladas sobre ti como élder en esta Iglesia, y entonces tienes todo lo que cualquier hombre puede obtener. Tiene que haber oficios en la Iglesia, y no todos somos llamados al mismo llamamiento, pero puedes obtener la plenitud del sacerdocio en el templo del Señor. (Elijah, the Prophet and His Mission, páginas 46-47.)

El Profeta José Smith declaró: “Si no hay cambio de ordenanza, no hay cambio de sacerdocio. Dondequiera que las ordenanzas del evangelio sean administradas, allí está el sacerdocio.” (Elijah, the Prophet and His Mission, página 28.)

Las ordenanzas del templo
Como se mencionó anteriormente, las ordenanzas del templo incluyen bautismos, ordenaciones, investiduras, matrimonios y otras ordenanzas de sellamiento. Dije antes que en este libro no discutiríamos las ceremonias y ordenanzas del templo más allá de lo que la Iglesia ha publicado previamente. Incluyo aquí un breve resumen de la información disponible en impresos con referencia a las ordenanzas del templo.

Investir es enriquecer, dar a otro algo duradero y de gran valor. Las ordenanzas de la investidura en el templo enriquecen de tres maneras:
(a) Quien recibe la ordenanza recibe poder de Dios. “Los recipientes son investidos con poder de lo alto.”
(b) El recipiendario también es investido con información y conocimiento. “Reciben una educación relativa a los propósitos y planes del Señor.” (Mormon Doctrine, página 227.)
(c) Cuando una persona es sellada en el altar, recibe bendiciones, poderes y honores gloriosos como parte de su investidura.

Hay dos definiciones o descripciones publicadas sobre la investidura, la primera por el presidente Brigham Young:

Permítanme darles una definición breve. Su investidura es recibir todas aquellas ordenanzas en la Casa del Señor que son necesarias para ustedes, después de haber salido de esta vida, para permitirles volver a la presencia del Padre, pasando a los ángeles que están como centinelas, pudiendo darles las palabras clave, las señales y los signos pertenecientes al Santo Sacerdocio, y obtener su exaltación eterna a pesar de la tierra y del infierno. (Discourses of Brigham Young, comp. John A. Widtsoe [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1971], página 637.)

El élder James E. Talmage describió la investidura así:

La Investidura del Templo, tal como se administra en los templos modernos, comprende instrucción relativa al significado y la secuencia de las dispensaciones pasadas, y la importancia del presente como la era más grande y majestuosa en la historia humana. Este curso de instrucción incluye un relato de los eventos más prominentes del período creativo, la condición de nuestros primeros padres en el Jardín de Edén, su desobediencia y consecuente expulsión de esa morada dichosa, su condición en el mundo solitario y lúgubre cuando fueron condenados a vivir por medio del trabajo y el sudor, el plan de redención mediante el cual la gran transgresión puede ser expiada, el período de la gran apostasía, la restauración del Evangelio con todos sus antiguos poderes y privilegios, la condición absoluta e indispensable de pureza personal y devoción a lo recto en la vida presente, y un estricto cumplimiento con los requisitos del Evangelio. (The House of the Lord, páginas 99-100.)

Esta declaración del hermano Talmage deja en claro que cuando recibas tus investiduras recibirás instrucción relativa al propósito y los planes del Señor al crear y poblar la tierra. Se te enseñará lo que debe hacerse para que obtengas la exaltación.

El Señor reprendió al pueblo por su vacilación en edificar el templo en Kirtland y dijo: “Sí, en verdad os digo, os di un mandamiento de que debíais edificar una casa, en la cual casa tengo a bien investir con poder de lo alto a aquellos a quienes he escogido; porque esta es la promesa del Padre para vosotros.” (D&C 95:8-9.)

La bendición de la investidura es requerida para la exaltación completa. Todo Santo de los Últimos Días debe procurar ser digno de esta bendición y obtenerla.

Las ordenanzas de lavamiento y unción se mencionan a menudo en el templo como ordenanzas iniciatorias. Será suficiente para nuestros propósitos decir solamente lo siguiente: Asociadas con la investidura están los lavamientos y las unciones—en su mayoría simbólicos en naturaleza, pero que prometen bendiciones definidas e inmediatas así como bendiciones futuras. En cuanto a estas ordenanzas, el Señor ha dicho: “Os digo, ¿cómo serán aceptables para mí vuestros lavamientos, si no los realizáis en una casa que habéis edificado a mi nombre?” (D&C 124:37.)

Y nuevamente: “Os digo que vuestras unciones y vuestros lavamientos… son ordenados mediante la ordenanza de mi santa casa.” (D&C 124:39.)

En relación con estas ordenanzas, en el templo serás oficialmente investido con la prenda del templo y se te prometerán maravillosas bendiciones en relación con ella. Es importante que escuches atentamente cuando se administren estas ordenanzas y que procuren recordar las bendiciones prometidas y las condiciones sobre las cuales se realizarán.

La ordenanza del sellamiento es aquella ordenanza que une a las familias eternamente. El matrimonio en el templo es una ordenanza de sellamiento. Cuando una pareja es sellada en el templo tras un matrimonio civil, los hijos que les hayan nacido antes de ese momento, y por lo tanto no nacidos en el convenio, son sellados a ellos en una ordenanza breve y sagrada.

Siempre me ha impresionado que las ordenanzas del templo se administran con reverencia y cuidado. No son complicadas ni extravagantes, sino que son típicas de la simplicidad de los principios del evangelio.

Por favor, asegúrate de que tu vida esté en completo orden. Esto sólo se logra al recibir tus bendiciones del templo, tus ordenanzas, porque “en las ordenanzas de él, se manifiesta el poder de la divinidad.” (D&C 84:20.)

Ahora pues, si dieres oído a mi voz y guardares mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa. (Éxodo 19:5-6)

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