El Libro de Mormón: un gran instrumento de conversión
Élder Alma Sonne
Asistente del Consejo de los Doce Apóstoles
Mis hermanos y hermanas, espero que todos los maestros de la Iglesia tengan a su disposición el magnífico discurso pronunciado por el élder Mark E. Petersen. Creo que el espíritu del anticristo está muy extendido en el mundo y se manifiesta como nunca antes. Esto coloca sobre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días una gran responsabilidad, porque nuestra misión es predicar a Jesucristo, y a este crucificado.
En esta gran conferencia de la Iglesia, en esta temporada, estamos celebrando dos grandes acontecimientos, según lo veo. El tiempo de Pascua, que conmemora la resurrección del Señor Jesús, y la organización de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días el día 6 de abril de 1830. Tengo ante mí la declaración hecha por el profeta José Smith relativa a aquella primera reunión de organización, donde seis humildes hombres se reunieron e iniciaron el gran movimiento que hoy avanza con tanta rapidez. El Profeta escribe:
Habiendo abierto la reunión con solemne oración a nuestro Padre Celestial, procedimos, conforme al mandamiento previo, a preguntar a nuestros hermanos si nos aceptaban como sus maestros en las cosas del Reino de Dios, y si estaban satisfechos de que procediéramos y fuésemos organizados como Iglesia de acuerdo con dicho mandamiento que habíamos recibido. A estas proposiciones respondieron con un voto unánime. Entonces impuse las manos sobre Oliver Cowdery y lo ordené élder de la “Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”; después de lo cual, él me ordenó también a mí al oficio de élder de dicha Iglesia. Luego tomamos pan, lo bendijimos y lo partimos con ellos; también vino, lo bendijimos y lo bebimos con ellos. Después impusimos las manos sobre cada miembro presente de la Iglesia, para que recibieran el don del Espíritu Santo y fueran confirmados miembros de la Iglesia de Cristo. El Espíritu Santo fue derramado sobre nosotros en gran medida: algunos profetizaron mientras todos alabábamos al Señor y nos regocijábamos en gran manera (DHC 1:77–78).
No necesito decirles, mis hermanos y hermanas, que la Iglesia, que comenzó con tan humilde origen, creció y prosperó. La organización se completó con apóstoles, profetas, sumos sacerdotes, setentas, élderes, presbíteros, maestros, diáconos, patriarcas y obispos. Era la única Iglesia en la tierra organizada de esta manera, aun cuando estos oficios del sacerdocio existieron en la Iglesia Primitiva.
Observé que en el relato de esta reunión se introdujeron tres procedimientos importantes: primero, el principio del consentimiento común, de que ningún hombre puede presidir en la Iglesia sin el consentimiento de los miembros; segundo, la introducción del sacramento de la Cena del Señor, lo cual era muy apropiado porque el primer principio del evangelio restaurado es la fe en el Señor Jesucristo; y tercero, la ordenanza de la imposición de manos para el don del Espíritu Santo cuando una persona es confirmada miembro de la Iglesia, o cuando es ordenada o apartada para alguna responsabilidad en la Iglesia.
La Iglesia, organizada de esta manera, ha sentido desde su inicio un fuerte impulso—un motivo apremiante—de predicar el evangelio en todo el mundo y de edificar el reino de Dios sobre la tierra.
No hace mucho, en el libro de Gordon B. Hinckley, What of the Mormons?, leí el relato dramático del viaje misional de Samuel H. Smith en la región cercana a su hogar. Probablemente fue el primer esfuerzo misional en esta dispensación. Samuel tenía diecinueve años y era hermano del profeta José Smith. Llevaba consigo ejemplares del Libro de Mormón en una mochila sobre sus hombros. Después de caminar veinticinco millas el primer día, el posadero le negó alojamiento. Continuando su viaje al día siguiente, visitó al reverendo John P. Greene, un ministro metodista. El reverendo Greene aceptó un libro, pero se negó a comprarlo. Sin embargo, durante su ausencia mientras visitaba su circuito, su esposa leyó el libro y, como muchos otros, quedó profundamente impresionada. La señora Greene instó a su esposo a leerlo. Él lo hizo y, como resultado, ambos se unieron a la Iglesia.
Samuel H. Smith regresó de su misión algo desanimado, sintiendo que había fracasado. Pero, sin que él lo supiera, el libro había llegado a manos de Brigham Young. Él lo leyó y comenzó a investigar el mormonismo. Lo hizo durante dos años y luego él también se unió a la Iglesia. La misión de Samuel H. Smith no había sido un fracaso. El libro distribuido por él y por otros también llegó a manos del Dr. Willard Richards, de Boston, Massachusetts, quien, al leer la primera página, comentó: «O Dios o el diablo escribió ese libro». Cuando terminó de leerlo, concluyó que provenía de Dios y también se unió a la Iglesia.
Más tarde, el volumen fue leído por Parley P. Pratt, un ministro de la Iglesia Campbelita. Él también quedó impresionado y se unió a la Iglesia para llegar a ser uno de sus misioneros más destacados. Leo su testimonio: «Mientras leía, el Espíritu del Señor estaba sobre mí, y supe y comprendí que el libro era verdadero tan clara y manifiestamente como un hombre sabe y comprende que existe. Mi gozo fue entonces completo, por así decirlo, y me regocijé lo suficiente como para compensar más que todos los dolores, sacrificios y fatigas de mi vida».
Parley P. Pratt llevó el libro a su hermano, Orson Pratt, entonces un joven de diecinueve años. Él, como los demás, leyó el libro y se convirtió, llegando a ser una gran fuerza en la Iglesia.
Uno de los presidentes de misión declaró ayer que el veinticinco por ciento de los conversos en su misión fueron traídos a la Iglesia mediante la lectura del Libro de Mormón. Ciertamente, es un libro poderoso. Es un gran instrumento de conversión. Debe ser leído y estudiado por todos los Santos de los Últimos Días, pues fortalecerá su fe y les dará valor y esperanza para seguir adelante en la gran obra del Señor.
La Iglesia, desde su mismo comienzo en esta dispensación, ha hecho todo esfuerzo posible, según me parece, para dar a conocer al mundo la restauración del evangelio y la misión de José Smith, el Profeta. Esta impresión vino a mí con gran fuerza al leer una epístola dirigida a los miembros de la Iglesia con fecha del 7 de abril de 1851. Esto fue menos de cuatro años después de que los pioneros entraran en el Valle del Lago Salado. La epístola estaba firmada por Brigham Young, Heber C. Kimball y Willard Richards, y estaba dirigida a los «Santos esparcidos por toda la tierra».
Aprendí de esa epístola que todos los Doce Apóstoles estaban entonces en el extranjero, excepto Wilford Woodruff y Ezra T. Benson. Su presidente, Orson Hyde, estaba en Kanesville, Iowa; Parley P. Pratt estaba en camino a Chile; su misión era a todas las tierras que bordean el Océano Pacífico; Orson Pratt estaba en algún lugar de los Estados Unidos camino al valle para asociarse con la Universidad de Deseret; John Taylor estaba en Boulogne, Francia, «predicando, publicando y traduciendo»; Lorenzo Snow estaba en Italia, visitando los estados italianos; Erastus Snow estaba en Copenhague, Dinamarca, donde traducía el Libro de Mormón; Franklin D. Richards presidía la Misión Británica con sede en Liverpool, Inglaterra; Amasa Lyman y Charles C. Rich estaban en camino al Cajon Pass, y George A. Smith presidía en el condado de Iron. Todos ellos estaban predicando el evangelio «a toda nación, tribu, lengua y pueblo» (Apoc. 14:6).
¿Qué mejor evidencia podrían dar de su sinceridad e integridad? Seguramente, el mejor liderazgo de la Iglesia era necesario aquí en el valle, donde se estaban sentando las bases de una gran comunidad; se trazaban y poblaban ciudades, pueblos y aldeas; se edificaban iglesias y escuelas; y se construían caminos y puentes. Pero la obligación primordial que descansaba sobre la Iglesia entonces, como ahora, era predicar el evangelio y proclamar la misión divina del profeta José Smith. En esta tremenda responsabilidad, los líderes de la Iglesia han sido diligentes y decididos. Que se nos conceda la fe y el entendimiento para continuar en esta gran empresa y así cumplir con la solemne obligación que descansa sobre todos nosotros, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

























