Bradley R. Wilcox presenta una profunda reflexión doctrinal centrada en el verdadero significado de la Pascua de Resurrección desde la perspectiva del Libro de Mormón. Más allá de los acontecimientos dramáticos y visibles que acompañaron la muerte y resurrección de Jesucristo —como terremotos, tinieblas y destrucción—, el autor dirige la atención hacia una transformación más esencial: el cambio interior del alma. Este enfoque invita al lector a reconocer que la obra redentora de Cristo no solo afecta el mundo físico o futuro (como la resurrección), sino que tiene un impacto inmediato y personal en el corazón humano, llamando al arrepentimiento, la conversión y el crecimiento espiritual.
Asimismo, el texto establece que este cambio interno se logra mediante la fe en Jesucristo, la participación en las ordenanzas del sacerdocio y la vivencia de Su doctrina. A través de ejemplos tomados de 3 Nefi, se enseña que el Salvador no solo invita a creer en Él, sino a experimentar una transformación progresiva que conduce a llegar a ser como Él. Este proceso incluye reconocer Su divinidad, recibir un testimonio personal, acceder a Su poder mediante la obediencia y perseverar hasta el fin. En última instancia, el mensaje central es esperanzador: gracias a la Expiación de Cristo, el cambio verdadero —profundo, duradero y santificador— es posible para todos los hijos de Dios.
El Libro de Mormón y
el milagro de la Pascua de Resurrección
Por Bradley R. Wilcox
Liahona Abril 2026
Quien fue Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes
El relato de la Pascua de Resurrección en el Libro de Mormón nos señala más allá de los cambios externos y nos dirige hacia los cambios internos que ofrece el Salvador.
¿Cómo sería despertarse, mirar por la ventana y ver el paisaje totalmente cambiado?
Después de la muerte de Jesucristo, los habitantes de las Américas vieron cambiar su paisaje físico. Las convulsiones incluyeron un terremoto, tempestades, incendios y torbellinos. Ciudades enteras fueron destruidas y “toda la faz de la tierra fue alterada” (3 Nefi 8:12). Las tinieblas cubrieron la tierra durante tres días y en la oscuridad el pueblo oyó la voz del Salvador: “¿No os volveréis a mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane?” (3 Nefi 9:13).
Más tarde, las personas se reunieron en el templo y “estaban maravillándose y asombrándose entre sí, y mostrándose los unos a los otros el grande y maravilloso cambio que se había verificado” (3 Nefi 11:1). La mayor parte de mi vida, di por sentando que estaban hablando de los cambios en el paisaje. Podía imaginar a la gente diciendo: “¡Guau! ¡De repente hay una montaña en mi patio trasero!” o “¡Antes no tenía una propiedad frente al mar, y ahora la tengo!”.
Pero tal vez la gente se maravillaba de un cambio mucho más significativo que había tenido lugar, uno que era aún más “grande y maravilloso” que los cambios externos en el paisaje. Mientras estaban “conversando acerca de este Jesucristo” (3 Nefi 11:2), tal vez hayan recordado la invitación a cambiar espiritualmente en Su mandato de “que se arrepintiere[n] y viniere[n] a mí” (véase 3 Nefi 9:22).
Gracias a la Resurrección del Salvador, todos los hijos de Dios que vienen a la tierra recibirán un cuerpo resucitado. Sin embargo, no basta con recibir la inmortalidad por medio de la Resurrección de Cristo; también queremos llegar a ser como el Padre Celestial y Jesucristo en nuestro interior. El Libro de Mormón enseña acerca de la transformación interna que la Expiación del Salvador hace posible.
Reconocer Su divinidad
En 3 Nefi 11, leemos que el pueblo oyó una voz del cielo. Al principio no la entendieron, pero después de prestarle toda su atención, finalmente reconocieron la voz de Dios que declaraba: “He aquí a mi Hijo Amado” (versículo 7). El Padre Celestial no solo estaba presentando a Jesucristo; estaba testificando, como solo Él podía hacerlo, de la divinidad de Cristo.
El Salvador es el Hijo Primogénito de Dios en espíritu y el Hijo Unigénito en la carne (véanse Doctrina y Convenios 93:21; Juan 3:16). Esa es una de las razones importantes por las que Él pudo llevar a cabo la Expiación que hace posible nuestro cambio interno. Sin la Expiación de Jesucristo, automáticamente seríamos condenados por nuestros errores y pecados. Con Su Expiación, no solo podemos ser limpios de ellos, sino también aprender de ellos. Debido a la naturaleza divina de Cristo, Él puede ofrecernos gracia —ayuda y orientación divinas— que puede facultarnos para alcanzar nuestro potencial eterno.
El Salvador es el Hijo Primogénito de Dios en el espíritu y el Hijo Unigénito en la carne. Esa es una de las razones importantes por las que Él pudo llevar a cabo la Expiación que hace posible nuestro cambio interno.
Recibir un testimonio personal de Jesucristo y Su sacerdocio
El cambio interno comienza cuando demostramos fe en Jesucristo y en Sus siervos autorizados. Una de las primeras cosas que hizo Cristo cuando se apareció en la antigua América fue invitar a las personas, una por una, a ser testigos de Su Resurrección. Cada una de ellas vio y sintió las señas de Su sacrificio expiatorio (véase 3 Nefi 11:14–15). Y entonces, con gozo, clamaron: “¡Hosanna!” (versículo 17). Una traducción de esta palabra es “sálvanos”.
El Salvador respondió a su súplica de salvación llamando a Nefi y dándole el poder y la autoridad para bautizar (véase el versículo 21). De esa manera, Él enseñó que la salvación se obtiene mediante las ordenanzas efectuadas por la debida autoridad del sacerdocio.
Podrían preguntarse: “¿Acaso no tenían ya el sacerdocio las personas de las Américas? ¿No estaban ya efectuando bautismos autorizados?” (véase Mosíah 18:8–17). Sí, pero parece que Jesús tenía un propósito importante al dar esa autoridad públicamente a Nefi y a los otros discípulos. Tal vez quería dejar claro delante de todos que esas personas tenían la autoridad para representarlo y administrar las ordenanzas de salvación y exaltación cuando Él ya no estuviera. Tal vez esto era especialmente importante debido a que había habido cierta contención en cuanto a la manera correcta de bautizar (véase 3 Nefi 11:28).
Mediante las ordenanzas y los convenios del sacerdocio, el Padre Celestial pone las bendiciones a disposición de todos Sus hijos. Esas ordenanzas ayudan a las personas no solo a vencer al mundo, sino también a llegar a ser más semejantes al Padre Celestial y a Jesucristo.
Obtener acceso a Su poder por medio de Su doctrina
En segundo lugar, el cambio interno depende de que podamos obtener acceso de manera más abundante al poder de Cristo. En las Américas, el Salvador enseñó Su doctrina al pueblo, específicamente la doctrina que le dio el Padre Celestial (véase 3 Nefi 11:31–32). Esto incluye la fe en el Señor Jesucristo, el arrepentimiento, el bautismo y la recepción del Espíritu Santo (véanse los versículos 32–35). Si edificamos sobre ese fundamento, podemos perseverar hasta el fin “y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de [nosotros]” (versículo 39).
Por medio de la doctrina de Cristo, podemos tener acceso a Su poder y Él puede cambiar nuestra naturaleza misma. Sin fe y arrepentimiento, habría poco deseo de cambiar. Sin el bautismo y el don del Espíritu Santo, el poder para cambiar sería limitado. Sin el principio de perseverar hasta el fin, el cambio en nuestro paisaje interno sería para siempre superficial y temporal, sin tiempo para penetrar profundamente en nuestro corazón y llegar a ser parte de lo que somos.
Ser partícipes con Él
Por mucho que el Padre Celestial y Jesucristo nos amen y deseen bendecirnos y ayudarnos, no nos obligarán a cambiar. Vivir la doctrina de Cristo es la forma en que usamos nuestro albedrío moral para invitarlos a participar con nosotros en la obra de hacer nuestros Sus atributos divinos.
Cuando Jesucristo visitó a las personas de la antigua América, pronunció un discurso similar al Sermón del Monte que se encuentra en la Biblia, pero con algunas diferencias significativas. Por ejemplo, el Libro de Mormón incluye enseñanzas adicionales del Salvador que están ausentes en nuestra Biblia actual. Estas enseñanzas se centran en los primeros principios y ordenanzas del Evangelio: la fe en Jesucristo, el arrepentimiento, el bautismo y la recepción del Espíritu Santo (véase 3 Nefi 12:1–2). Esto ayuda a proporcionar un contexto para ver las bienaventuranzas que siguen como algo más que una colección de buenos consejos.
El presidente Harold B. Lee (1899–1973) llamó al Sermón del Monte, que comienza con las Bienaventuranzas, “una revelación [del] propio carácter [de Cristo] […] o lo que podría llamarse ‘una autobiografía’”. Son una invitación de Cristo a participar con Él en el proceso de recibir Sus atributos divinos. En griego, la palabra bienaventurado significa “afortunado” o “feliz”. Sin embargo, cuando se considera la conexión de las Bienaventuranzas con los Salmos, la palabra también podría sugerir algo “santo” o “exaltado”.
Después de elegir la fe en Jesucristo y hacer convenios, “bienaventurados son los pobres en espíritu que vienen a [Cristo]” (3 Nefi 12:3). Cuando somos pobres en espíritu, reconocemos que tenemos un largo camino por recorrer hasta llegar a ser como Dios y elegimos a Jesucristo como nuestro Ejemplo y Mentor perfecto para que nos ayude a llegar allí. Cuando fallamos, nos lamentamos por nuestros pecados y escogemos arrepentirnos (véase el versículo 4). Mostramos mansedumbre cuando nos reunimos a menudo para acercarnos a Él al tomar la Santa Cena. La Santa Cena nos ayuda a fortalecer nuestra relación por convenio con el Padre Celestial y con Jesucristo, acogiendo continuamente la fortaleza e influencia de Ellos en nuestra vida (véase el versículo 5).
Luego, el Salvador enseñó: “Y bienaventurados son todos los que padecen hambre y sed de rectitud, porque ellos serán llenos del Espíritu Santo” (versículo 6). El Espíritu Santo es el santificador, “el mensajero de gracia mediante el cual se aplica la sangre de Cristo para redimir nuestros pecados y santificarnos (véase 2 Nefi 31:17)”. Con Su compañía constante, llegamos a ser misericordiosos y puros de corazón como Cristo. El Espíritu Santo nos ayudará a convertirnos en pacificadores, capaces de soportar la persecución, tal como Cristo lo hizo (véase 3 Nefi 12:7–11).
El Espíritu Santo puede ayudarnos a cambiar nuestro comportamiento y elevar nuestros deseos y motivaciones a un nivel superior. La ley menor, una ley preparatoria, decía: “No matarás” (3 Nefi 12:21). El Salvador dijo que ni siquiera debíamos enojarnos con nuestro hermano (véase el versículo 22). La ley menor decía: “No cometerás adulterio” (versículo 27). El Señor dijo que ni siquiera debemos permitir que la lujuria entre en nuestro corazón (véanse los versículos 28–29). “Las cosas antiguas han pasado, y todas las cosas se han vuelto nuevas”, dijo el Salvador. “Por tanto, quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (versículos 47–48).
Apreciar Su don del tiempo
La perfección es el cambio interno que buscamos, pero parece imposible hasta que recordamos que la palabra perfecto en griego es teleios, que significa “completo”, “íntegro” o “plenamente desarrollado”. El prefijo tele signifca “a la distancia”. Encontramos el prefijo en palabras como teléfono, televisión y telescopio: comunicación y visión a la distancia. Vemos que, en el Libro de Mormón, Jesús no se llamó a Sí mismo perfecto sino hasta después de Su Resurrección. En Su misericordia, Él también nos da el don del tiempo para aprender y progresar a fin de llegar a ser íntegros y plenamente desarrollados.
En el Libro de Mormón podemos ver ese milagro en la vida de las personas después de la visita del Salvador. “Se convirtió al Señor toda la gente sobre toda la faz de la tierra […], y no había contenciones ni disputas entre ellos, y obraban rectamente unos con otros” (4 Nefi 1:2). “El amor de Dios […] moraba en el corazón del pueblo […] y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso” (versículos 15–16). Esos seguidores de Jesucristo pusieron en práctica lo que Él había enseñado y, con el tiempo, fueron transformados por medio de Su gracia. La sociedad de Sion en la que vivieron durante casi doscientos años nos muestra que, por medio de Cristo, los cambios positivos son posibles.
En la Pascua de Resurrección, celebramos la Resurrección de Cristo y la promesa que ofrece de que nosotros también resucitaremos con un cuerpo perfeccionado y glorificado. El relato de la Pascua de Resurrección en el Libro de Mormón nos señala más allá de los cambios externos y nos dirige hacia los cambios internos que ofrece el Salvador. El Libro de Mormón es otro testamento de Jesucristo y de nuestras posibilidades y potencial eternos gracias a Él.

























