Conferencia General Octubre 1953


Todo Miembro un Misionero

Élder John Longden
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles


 “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mat. 5:6).

En las palabras iniciales de nuestro querido presidente McKay al comienzo de esta conferencia, expresó su esperanza de que nuestras almas fueran elevadas e inspiradas. Estoy seguro de que pueden testificar conmigo que nuestro Padre Celestial literalmente nos ha bendecido, y que nuestras almas han sido elevadas porque hemos sido inspirados por la palabra del Señor.

He notado, sin excepción, que cada persona que ha ocupado este púlpito, sin importar su llamamiento en la Iglesia o su posición en la comunidad o en la nación, antes de asumir estas responsabilidades, ha invocado las bendiciones de nuestro Padre Celestial para poder hablar bajo la inspiración del Espíritu. Al estar ante ustedes esta tarde, reconozco que debo depender de la inspiración de mi Padre Celestial por medio de su Hijo, Jesucristo, porque enseñar el evangelio de Jesucristo no se puede hacer por la sabiduría de los hombres, sino únicamente por el poder de Dios.

Mucho se ha dicho hoy y ayer en estas sesiones de conferencia acerca del programa misional de la Iglesia. Me sentiría muy ingrato si no tomara un momento para rendir homenaje a un gran misionero que hoy no está con nosotros, pero que estaba aquí hace seis meses ocupando un asiento en la fila que tengo el privilegio de ocupar—el élder Stayner Richards.

Él verdaderamente ejemplificó el verdadero espíritu misional de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y estoy seguro de que tocó el corazón de miles en las Islas Británicas o dondequiera que haya trabajado para difundir la verdad y la justicia, dedicando su energía y talento a la edificación del reino de Dios.

Así que rindo homenaje a su memoria hoy. Tuve el privilegio de trabajar con él durante aproximadamente catorce años en la Estaca Highland, la estaca en la que ahora resido.

Retrocediendo algunos años, un profeta de Dios, Brigham Young, declaró:

“…no hay hombre ni mujer en esta Iglesia que no esté en una misión. Esa misión durará mientras vivan, y es hacer el bien, promover la rectitud, enseñar los principios de la verdad y persuadirse a sí mismos y a todos los que los rodean a vivir esos principios para que puedan obtener la vida eterna” (Discursos de Brigham Young, ed. 1943, p. 322).

Ese es el verdadero espíritu misional. Esa fue la palabra de un profeta de Dios hace muchos años. La misma enseñanza se proclama desde este púlpito hoy: que cada individuo que tiene membresía en esta, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, está en una misión, y que esa misión es enseñar, primero por el ejemplo y, segundo, por el precepto, las verdades de este evangelio, que es el evangelio de salvación y exaltación en la presencia de nuestro Padre Celestial y de su Hijo, Jesucristo.

Me emociona tener el privilegio de recorrer misiones y visitar estacas y reunirme con los grupos misionales de estaca para captar el espíritu de aquellos que han sido específicamente llamados a la obra misional.

Al recorrer la Misión Canadiense Occidental hace unos meses, escuché muchas historias misionales conmovedoras. Hay una en particular que quisiera compartir con ustedes. Permítanme llevarlos por un momento a un campo de concentración en Francia, donde están encarcelados dos prisioneros alemanes, jóvenes que no se habían conocido hasta que estuvieron en ese campo.

Uno de ellos estaba utilizando su tiempo para estudiar la palabra del Señor, a fin de aferrarse al testimonio que tenía. Esto llamó la atención del otro prisionero alemán, quien le preguntó qué era lo que le interesaba tanto. La respuesta fue que estaba leyendo La Voz de Advertencia. Estoy seguro de que esto resulta familiar para muchos misioneros reunidos hoy y para quienes puedan estar escuchando por televisión y radio.

Así comenzó una conversación sobre el evangelio. Luego, este joven se interesó, y siguieron muchas conversaciones. Terminó la guerra. Fueron liberados. Uno de ellos regresó a su localidad en Alemania, donde continuó investigando aquello que había escuchado en un campo de concentración en Francia. Luego solicitó el bautismo. Fue bautizado y, después de algunos meses, el presidente Wunderlich lo llamó a servir en una misión para la Iglesia. El joven converso dijo: “Solo tengo doce marcos”, pero el presidente Wunderlich, debido a que poseía el sacerdocio de Dios y podía hablar con ese poder y autoridad que vienen a quienes son verdaderamente llamados a servir al Señor, le hizo una promesa: que si aceptaba el llamamiento y respondía a él, el Señor proveería el camino.

Así, el joven, con fe sencilla, creyendo como hemos escuchado desde este púlpito hoy, aceptó el llamamiento y cumplió su misión. Tuve el privilegio de entrevistarlo mientras realizaba trabajo misional de estaca en la ciudad de Edmonton, Canadá. Había emigrado de Alemania y ahora vive en Canadá.

Todos tenemos una esfera de influencia, hermanos y hermanas. Quisiera hacer la siguiente pregunta hoy: “¿Cuándo fue la última vez que tuvieron una conversación sobre el evangelio con alguien que no pertenece a la Iglesia?”

No necesitan responderla en voz alta, solo en su mente. Humildemente ruego que el Espíritu del Señor nos impulse a ejercer nuestra influencia legítima para enseñar los principios de salvación y exaltación a los hijos de nuestro Padre Celestial.

Me emociona ver a alguien aquí en la audiencia hoy que no se avergüenza del evangelio de Jesucristo. Después de haber servido una misión en los Estados del Sur para esta gran Iglesia antes del cambio de siglo, decidió continuar su educación en ingeniería eléctrica, por lo que eligió la gran Universidad de Cornell. Un domingo, cada estudiante tenía la oportunidad y el privilegio de pasar frente al estrado, estrechar la mano del primer presidente de Cornell, Andrew White, presentarse y decir de dónde provenía. Cuando llegó el turno de este joven, dijo: “Thomas E. Yates, de Scipio, Utah.” Inmediatamente Andrew White preguntó: “¿Es usted mormón?”

El hermano Yates no vaciló, porque no se avergonzaba del evangelio de Jesucristo (véase Rom. 1:16). Respondió: “Sí, señor, lo soy.”

Entonces Andrew White le pidió una entrevista para el domingo siguiente. El hermano Yates dijo que esa semana se le hizo muy larga, porque comprendía la persecución que habían sufrido los misioneros, incluso cuando él mismo había estado en los Estados del Sur.

Pero el tiempo pasó, y fue conducido al despacho de Andrew White. Allí se le reveló por qué había sido invitado a esa entrevista.

Andrew White le contó que, en una ocasión, mientras era representante especial ante el gobierno ruso, había entablado una gran amistad con el conde León Tolstói, el gran filántropo y escritor ruso. En cierta ocasión, cuando fue a visitarlo a su casa, el sirviente le informó que Tolstói estaba en el campo arando, y que si quería verlo tendría que ir allí, lo cual hizo.

Al encontrarse con Tolstói, intercambiaron el saludo habitual, y luego Tolstói dijo: “Si desea conversar conmigo, tendrá que acompañarme mientras termino de arar.”

Así lo hizo, y conversaron sobre muchos temas. Después de una conversación sobre religión, Tolstói dijo a Andrew White: “Pero, ¿qué hay de su religión americana?”

Andrew White respondió: “No tenemos una iglesia estatal en América. A las personas se les permite adorar a Dios según los dictados de su propia conciencia.”

Tolstói dijo: “Yo sé todo eso. Sé que la Iglesia Católica se originó en Roma. Sé que la Iglesia Luterana se originó en Alemania, y que la Iglesia Episcopal se originó en Inglaterra; pero quiero saber algo acerca de su religión americana, comúnmente llamada la Iglesia Mormona.”

Andrew White respondió: “Debo admitir que sé muy poco acerca del pueblo mormón, excepto que son un pueblo supersticioso y peculiar.”

Entonces Tolstói decidió reprender a Andrew White, por grande que fuera, y para no perder el significado de esta reprensión, quisiera leérsela:

“Entonces el conde León Tolstói, en su manera honesta, firme pero amable, reprendió al embajador: ‘Dr. White, estoy muy sorprendido y decepcionado de que un hombre de su gran erudición y posición sea tan ignorante en este importante asunto. El pueblo mormón enseña la religión americana: sus principios enseñan a las personas no solo acerca del cielo y sus glorias, sino también cómo vivir de manera que sus relaciones sociales y económicas se establezcan sobre una base sólida. Si las personas siguen las enseñanzas de esta Iglesia, nada podrá detener su progreso; será ilimitado.

“‘Ha habido grandes movimientos en el pasado, pero han desaparecido o han sido modificados antes de alcanzar su madurez. Si el mormonismo puede perdurar, sin ser modificado, hasta alcanzar la tercera y cuarta generación, está destinado a convertirse en el mayor poder que el mundo haya conocido.’”

Creo esto, al estar hoy ante ustedes y testificar que esto llamado mormonismo ha continuado a través del curso del tiempo durante 123 años, sin cambios, sin modificaciones, y que es la plenitud del evangelio de Jesucristo.

Sí, bienaventurados son aquellos que tienen hambre y sed de justicia, y hermanos y hermanas, creo que los hombres hoy en el mundo tienen hambre y sed de justicia.

Es nuestra gran responsabilidad, como se ha señalado aquí, ser humildes siervos en las manos del Señor para llevar este glorioso mensaje a esas personas.

Que Dios nos bendiga con esta visión y con el espíritu de la obra misional, mientras doy testimonio de que estas cosas son verdaderas, en el nombre de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.

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