El Gozo de Traer Almas al Reino
Élder LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Hermanos: Me siento honrado de tener el privilegio de reunirme con ustedes aquí esta noche. He disfrutado mucho de las sesiones de esta conferencia. Siento que el Señor ha estado cerca de nosotros, y si regresamos a nuestros campos de labor y observamos el consejo y la instrucción que se han dado, resultará en una gran edificación para la Iglesia.
Ruego sinceramente poder disfrutar del espíritu del Señor durante los pocos momentos que esté ante ustedes. Se me ha sugerido que diga unas palabras acerca de la obra misional de la Iglesia. Aquellos de ustedes que han asistido a las sesiones de esta conferencia sabrán que varios de los hermanos ya han hablado sobre este importante tema. No puedo pensar en nada de lo que preferiría hablar. Amo la obra misional. He tenido el privilegio de cumplir cuatro misiones para la Iglesia, y realmente no quisiera criar a un hijo sin que tuviera la oportunidad de disfrutar esa experiencia, aun cuando tuviera que servir a su país.
Me pregunto si realmente apreciamos la gran importancia del sistema misional de la Iglesia. A menudo he dicho que, para mí, es la organización o institución más grande del mundo—sin ella el reino no podría edificarse. Estaba pensando en esto esta mañana, y me preguntaba qué diría el Salvador si estuviera aquí esta noche hablando a este cuerpo del sacerdocio, los instrumentos en sus manos para llevar adelante su obra en la tierra.
Podríamos preguntarle su opinión acerca de la importancia de la obra, algo así: “Maestro, ¿es porque consideraste que la obra misional era tan sumamente importante que comenzaste los primeros versículos de tu introducción a las revelaciones contenidas en Doctrina y Convenios con un mensaje sobre la obra misional?” Introduzco lo que deseo decir leyendo esos versículos:
“Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas y cuyos ojos están sobre todos los hombres; sí, de cierto os digo: Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros que estáis sobre las islas del mar, oíd juntamente.
“Porque de cierto, la voz del Señor es para todos los hombres, y no hay quien escape; y no hay ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado…
“Y la voz de advertencia será para todo pueblo, por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días.
“Y ellos saldrán y nadie los detendrá, porque yo, el Señor, los he mandado” (D. y C. 1:1–2, 4–5).
Ese es el comienzo de la introducción a las revelaciones del Señor para guiar a su Iglesia y su reino en esta dispensación, tal como Él habló estas palabras al profeta José Smith.
Y entonces podríamos decir: “Maestro, cuando te despediste de tus apóstoles después de tu resurrección, ¿mostraste la importancia de esta obra misional en tu último mandamiento a ellos: ‘Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura… y estas señales seguirán a los que creen…’ (y luego mencionó las señales) ‘…y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’” (véase Marcos 16:15–18; Mateo 28:19–20).
Me gustaría darles mi testimonio esta noche de que mi experiencia me ha enseñado que Cristo nunca ha revocado esa promesa. Dondequiera que van los misioneros, llevando su santo sacerdocio y dando testimonio de la verdad, el Señor va con ellos. Él va con ellos y llena sus corazones hasta rebosar.
He recibido muchas cartas de misioneros mientras fui presidente de misión que indican eso. Tengo un extracto de una carta de una viuda en el campo misional en la que decía que cinco almas estaban a punto de ser traídas a la Iglesia, y el solo pensamiento de ello llenaba su corazón de tal gozo que sentía que iba a estallar; y luego añadió: “tal felicidad nunca la he conocido en mi vida.”
¿Será porque el Señor prometió que estaría con ellos hasta el fin del mundo, y estamos acercándonos a ese fin, que un misionero puede hacer una declaración como la que escuché en Oregón hace unas semanas de un misionero que acababa de regresar de su misión? Bajó su puño sobre el púlpito y dijo: “Hermanos y hermanas, hoy no aceptaría un cheque por un millón de dólares a cambio de la experiencia de mi misión.”
¿Será porque el Señor está cumpliendo su promesa: “Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, que cuando nos reunimos durante horas y horas, seis u ocho horas seguidas, en el campo misional con un grupo de misioneros dando sus testimonios y reportando su obra, a menudo no hay un solo ojo seco? ¿Será porque el Salvador ha cumplido su promesa de estar con ellos? Después de todo, Él crea los sentimientos del corazón humano, y como he dicho muchas veces, es el mejor remunerador de todo el mundo. Sus siervos están mejor recompensados, aun sin salario, que otros que reciben grandes sueldos por predicar.
Escuché al presidente Grant decir en Europa, cuando era presidente de la Misión Europea, que a pesar de los años que había servido como apóstol en la Iglesia, el mayor gozo que había tenido en su ministerio fue en el campo misional. Y después de que habíamos estado reunidos en una reunión del sacerdocio en Róterdam durante todo un día, porque había traído a cien misioneros consigo desde Inglaterra, y cada uno había tenido la oportunidad de hablar, y no había un solo ojo seco, se volvió hacia nosotros los misioneros y dijo: “Ahora, hermanos, hoy hemos participado de las cosas ricas del Espíritu del Señor. Ahora salgan,” dijo, “y entréguenlas, entréguenlas a la gente; cuanto más den, más tendrán.” ¿No es maravilloso? He estado en reuniones misionales donde sentí que era elevado a otro mundo, y que si abriera mis ojos podría ver a los ángeles del cielo allí. Para mí, eso es evidencia de cuánto valora el Señor esta obra.
Cuando Él estaba sobre el Monte de los Olivos y dijo a sus discípulos que el templo sería derribado y que no quedaría piedra sobre piedra, ellos le preguntaron: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida y del fin del mundo?” Él les habló de guerras y rumores de guerras, de tempestades y terremotos, y así sucesivamente, y luego dijo: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mat. 24:2, 14).
¿Y cómo será predicado? Pablo dijo que “la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios.” ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (véase Rom. 10:14–17). Así que, si el Maestro ha de venir a reclamar su reino, el evangelio debe ser predicado en todo el mundo para testimonio a todas las naciones.
¿Será porque esta obra misional es tan importante para Él que cuando dijo a uno: “Sígueme”, y este respondió: “Señor, permíteme primero ir a enterrar a mi padre”, Jesús, como si estuviera diciendo al sacerdocio de su Iglesia que no deben buscar excusas para no predicar el reino, dijo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios”? Y otro dijo: “Señor, te seguiré; pero déjame primero despedirme de los que están en mi casa”; y Jesús le dijo: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:59–62).
Y luego envió a los Setenta. ¿Será porque la obra es tan importante que les dijo: “La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lucas 10:2)?
Y, hermanos, en esta dispensación, cuando los hombres eran convertidos por primera vez a la Iglesia, acudían al profeta José para saber por medio de él, del Señor, qué debían hacer que fuese más agradable al Señor; y casi invariablemente la respuesta venía del Señor por medio del Profeta de esta dispensación, que debían meter la hoz y segar, porque la mies ya estaba blanca para ser recogida; y luego añadía que si sucedía que trabajaban todos sus días y llevaban tan solo una alma a Él, ¡cuán grande sería su galardón en el reino de su Padre! (véase D. y C. 14:1–11; 15:1–6; 18:15).
He pensado en esa promesa y he llegado a la conclusión de que no cambiaría las amistades que he tenido con aquellos a quienes he tenido el privilegio de traer a esta Iglesia, con la ayuda del Señor, como uno de sus misioneros, por toda la riqueza de este mundo. Cuando el Señor dijo: “Si lleváis tan solo una alma a mí, ¡cuán grande será vuestro gozo!”, nunca comprendí realmente lo que eso significaba hasta que recibí una carta de un hombre de Phoenix, cuando yo era presidente de la Misión de los Estados del Sur, en la que indicaba que su padre había sido uno de los primeros conversos del estado de Misisipi allá por 1840, y decía: “Desde entonces, los propios descendientes de mi padre han dado 100 años de servicio misional a esta Iglesia”, y en ese momento había quince en el campo misional, y nosotros teníamos tres de ellos. Conté esa historia aquí en el Barratt Hall, en una conferencia misional en 1940, justo 100 años después de que aquel hombre había sido llevado al redil por los esfuerzos de un misionero, y ese buen hermano estaba presente, y al finalizar la reunión se me acercó y dijo: “Hermano Richards, ahora son 160 años.” Cuando se comienzan a sumar quince o veinte años por año, rápidamente se convierten en cifras grandes.
Piensen en el joven misionero que pudo haber recorrido los pantanos de Misisipi en aquellos primeros días, cuando muchos misioneros contraían fiebre de malaria, y si solo hubiera traído, digamos, a una sola alma a la Iglesia, podría haber sentido que sus labores habían sido en vano. Pero en el transcurso de 100 años hay 160 años de servicio misional provenientes únicamente de los descendientes de ese hombre, sin contar todos los conversos que ellos hicieron, y los conversos de estos, y los conversos de estos, hasta que habría, literalmente, un imperio de personas que se unieron a la Iglesia porque ese misionero trajo a ese hombre a la Iglesia.
¿Será por la importancia de esta gran obra misional que cuando el Salvador preguntó a los doce discípulos nefitas qué deseaban de Él, todos menos tres expresaron el deseo de vivir hasta la edad asignada al hombre y luego venir a Él en su reino, pero tres de ellos dudaron, y Él les dijo que percibía que su deseo era el mismo que el de su apóstol Juan, que deseaban permanecer para traer almas a Él hasta que viniera en su reino, y por ese deseo los elogió?
Indicó que el deseo de los nueve era bueno, pero que el deseo de los tres era mayor: tener en su corazón el deseo de traer almas a Él (véase 3 Nefi 28:1–7).
Hermanos, siento que todo hombre que posee el sacerdocio de Dios debería desear contribuir a la obra misional de esta Iglesia. Creo que todo padre en Israel debe criar a sus hijos con el deseo de ser misioneros. Cuando pensamos en las bendiciones que tenemos, en el sacerdocio que poseemos, vale más que toda la riqueza y el éxito del mundo. ¿Por qué no habríamos de querer compartirlo con aquellos que no conocen la verdad y hacer posible que ellos también disfruten de las gloriosas bendiciones que son nuestras como miembros de esta Iglesia?
Les recuerdo la historia que el presidente Grant solía contar acerca de aquel buen hermano escandinavo que vino a Utah. No había sido enseñado mucho en cuanto al evangelio, pero lo amaba. El obispo fue a él y le enseñó la ley del diezmo, y pagó su diezmo; le enseñó la ofrenda de ayuno, y pagó su ofrenda de ayuno; y luego fue a pedirle una contribución para la construcción de una capilla, y el hermano no entendía por qué eso no podía salir del diezmo, pero antes de que el obispo terminara con él, pagó su contribución para la capilla; y luego el obispo fue a él para pedirle que su hijo fuera a una misión, y el hermano dijo: “Esa es la gota que derrama el vaso. Es nuestro único hijo. No podemos dejarlo ir.” Entonces el obispo respondió: “Hermano, ¿a quién ama usted en este mundo más que a nadie fuera de su familia inmediata?” Él pensó un momento y luego dijo: “Creo que amo a ese joven misionero que vino a la tierra del sol de medianoche y me enseñó el evangelio del Señor Jesucristo.” Entonces el obispo replicó: “¿Cómo le gustaría que alguien amara a su hijo como usted ama a ese joven?” “Sí,” dijo, “Obispo, usted gana otra vez. Lléveselo.”
Cuando fui a mi primera misión, el presidente Anthon H. Lund nos dijo a los misioneros que la gente allá nos amaría. “Ahora no se enaltezcan en el orgullo de su corazón,” dijo, “ni piensen que los aman porque son mejores que otros; los amarán por su llamamiento y por el Espíritu del Señor que reposa sobre ustedes.” Yo no entendía bien lo que el hermano Lund quería decir, pero cuando llegó el momento de dejar Holanda para regresar a casa, derramé muchas más lágrimas que cuando dejé a mis seres queridos para ir a Holanda. Fui a un hogar; y un hombre lo suficientemente mayor para ser mi padre, que había servido toda su vida en el gobierno, con una larga barba, se arrodilló en el suelo, tomó mi mano entre las suyas, la abrazó, la besó y la bañó con sus lágrimas, y entonces comprendí lo que el hermano Lund quería decir. Luego fui a otro hogar donde una mujer dijo, con lágrimas corriendo por sus mejillas: “Hermano Richards, fue difícil ver a mi hija partir hacia Sion hace unas semanas, pero es mucho más difícil verlo a usted partir.” Entonces comprendí realmente lo que el hermano Lund quiso decir: que nos amarían por el Espíritu que llevamos con nosotros al mundo.
Siento que todo padre en Israel debería desear ver a su hijo ir a una misión, y si él mismo no ha ido, creo que debería querer hacerlo, o al menos ayudar en la obra misional de estaca. Creo que todos deberíamos desear tener a nuestro crédito, cuando finalmente se haga un balance, que hemos hecho algo en la gran causa misional de esta Iglesia.
El presidente McKay nos lanzó un desafío en el templo de Logan el otro día: que cada uno de nosotros debería tratar de traer un alma a la Iglesia durante el próximo año. Si cada miembro de esta Iglesia lo intentara, ¡piensen en la cosecha que habría! Y cuando lo consideramos, aquí mismo en la obra misional de estaca, tenemos todos nuestros edificios para ofrecer a nuestros amigos, tenemos un gran programa. Pienso ahora en un hombre que vino a mi oficina hace algunos meses. Estaba aquí desde Michigan con su familia, y dijo: “Obispo, ¿cómo puedo llevar a mi familia a su Iglesia? He visto y oído tanto acerca de sus actividades para los jóvenes, y nosotros no tenemos ninguna,” dijo, “y debo hacer que mis hijos disfruten de estas cosas.”
Y así, aquí mismo entre nosotros, si simplemente llevamos el mensaje a nuestros vecinos y amigos, muchos de ellos se unirán a la Iglesia.
Desde el cierre de la reunión de la tarde, conversé con un hombre durante casi una hora en mi oficina. Vivió en uno de nuestros pueblos aquí en Utah durante tres años y nadie le ofreció el evangelio ni le dijo nada acerca de él ni lo invitó a asistir a una de nuestras reuniones; luego se mudó a California y, años después, llegó a la oficina de un buen hombre que le dio un libro para leer, y ahora es élder en esta Iglesia.
No sé si esta historia es verdadera o no, pero es una buena historia, y me gusta contarla; la escuché cuando era joven. Se cuenta de un inglés que compró una granja aquí en el condado de Davis; no era miembro de la Iglesia y todos a su alrededor eran mormones, pero, saben, cuando se encontraban con este vecino inglés, no querían imponerle su religión, así que se limitaban a intercambiar saludos y hablar de asuntos actuales. Finalmente, uno de los vecinos fue llamado a una misión en Gran Bretaña, y mientras estaba allí, su amigo inglés decidió regresar a visitar a sus familiares en Inglaterra; y estando allí, una noche tomó un periódico y leyó un anuncio de una conferencia mormona que se llevaría a cabo, con invitación para todos y sin colecta—ya saben cómo es eso. “Bueno,” se dijo a sí mismo, “después de haber vivido entre ellos todo este tiempo, no sé nada de lo que creen. Supongo que será mejor que vaya a escucharlos.” Así que fue, y para su sorpresa, el orador principal esa noche era su vecino de al lado, de allá del condado de Davis, y tuvo que ir hasta Gran Bretaña para lograr que ese vecino le hablara de la obra maravillosa y prodigio que el Señor ha comenzado en nuestros días.
Conocí a un presidente de misión de estaca en una de nuestras estacas fuera de Utah, y supe que era converso a la Iglesia; había vivido en Salt Lake City durante doce años, pero nunca había asistido a una de nuestras reuniones, ni se unió a la Iglesia hasta que se mudó y los misioneros lo contactaron. Le pregunté: “¿Por qué no se unió cuando estaba en Salt Lake?” Él respondió: “Nadie me invitó.”
Hermanos, espero que aquí mismo en casa hagamos una buena obra misional. Obispos, no sean demasiado reservados al dar a estos presidentes de misión la ayuda que necesitan, cuando tienen personas que no son miembros viviendo dentro de los límites de su estaca. Algunas de estas estacas llegarán a ser comparables a nuestras misiones extranjeras por la obra misional que se está realizando y el espíritu misional que está llegando a la Iglesia.
Es una gran pérdida para un hombre perder la experiencia de una misión. Es una gran pérdida para un hogar no tener a sus hijos sirviendo en misiones. Hace poco, uno de nuestros presidentes de misión informó que habían llegado dieciocho misioneros a su misión provenientes de hogares donde los padres no eran activos en la Iglesia, pero en poco tiempo, en quince de esos hogares los padres se habían vuelto activos, de modo que la obra misional no solo se realiza con aquellos a quienes encontramos en el campo misional, sino también en nuestros propios hogares, en la vida de los misioneros, en las comunidades en que vivimos, en los barrios y estacas, elevando la espiritualidad mediante la obra misional que se realiza en ellos.
También estamos tratando de llegar a lo que llamamos los grupos minoritarios. Me agrada el espíritu que tiene el hermano Kimball con estos lamanitas. Creo que es debido a la importancia de esta gran obra misional que él los ama como lo hace. Estuve en la casa de un presidente de estaca no hace mucho, y había una fotografía de su hijo misionero sobre el piano, y pregunté: “¿Dónde está sirviendo?” Y la esposa respondió: “Allá entre los indios.” Y casi no me atreví a hacer la siguiente pregunta, tenía temor. Finalmente reuní valor y dije: “¿Cómo lo está disfrutando?” “¡Oh, obispo!” dijo ella, “él cree que son maravillosos. Incluso está pensando en volver a vivir allí cuando termine su misión.”
Creo que eso es lo que el Señor quiso decir cuando dijo: “Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Él planta ese amor en sus corazones.
Escuché recientemente a una joven dar su informe misional entre los indios, y lloraba al hablar de las almas de aquellas mujeres entre quienes había trabajado. Tal vez nosotros no habríamos pensado que valían la pena ser salvadas. Y así tenemos a los indios, a los mexicanos, a los chinos, a los japoneses y a otras razas de personas entre nosotros, y recuerden que el Señor dijo: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones” (Mateo 24:14).
Y cuando Juan vio al ángel volando en medio del cielo con el evangelio eterno, era para ser predicado a toda nación, tribu, lengua y pueblo (véase Apocalipsis 14:6–7). ¿Deja eso a alguien fuera? Si no, entonces esa es parte de la gran responsabilidad misional que tenemos hacia el mundo.
Les doy mi testimonio de que es una de las experiencias más dulces que pueden venir, y espero que incluso nuestros jóvenes que han estado en las fuerzas armadas no sean privados del privilegio de servir en misiones. Creo que los obispos deberían entrevistarlos a todos, y si son dignos, darles la oportunidad; y aun si no pueden ir, se sentirán atraídos a la Iglesia porque han sido invitados.
Quisiera decir, para concluir, a los obispos: no se limiten a sentarse en sus oficinas y decidir que los jóvenes no pueden costear una misión. Les contaré una historia que me relataron. Un buen hermano, amigo mío, que procura mantener siempre a un misionero en el campo, decidió ir a una zona pobre de la ciudad para ver si el obispo podría proporcionarle un misionero. Entonces dijo: “¿Tiene usted un joven que desearía ir a una misión, pero no lo ha llamado porque cree que no tiene los recursos?” El obispo respondió: “Tenemos precisamente a un joven así.” Mi amigo dijo: “Entonces hable con él.” El obispo fue a verlo, y cuando le dijo que quería que fuera a una misión, el rostro del joven se iluminó y dijo: “Obispo, tengo el dinero ahorrado para mi misión en el banco. He estado esperando dos años a que usted me dijera que quería que fuera a una misión.” Me pregunto cuántos hombres en Israel han esperado a sus obispos, y el llamamiento nunca llegó.
Que Dios nos ayude a levantarnos a la altura de la importancia de esta gran obra misional, lo ruego humildemente, y dejo con ustedes mi amor y bendiciones, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

























