Conferencia General Octubre 1953


Venid a Jesús

Élder Adam S. Bennion
Del Consejo de los Doce Apóstoles


Presidente McKay, mis hermanos y hermanas, y amigos: Esta es una conferencia maravillosa. El Espíritu del Señor está aquí; y su fe sostenedora y su compañerismo aumentan Su poder. Juntos damos testimonio al mundo de que esta es la Iglesia de Dios.

Sería ingrato y descortés si no expresara mi gratitud por las bendiciones de los últimos seis meses. En una carrera variada, estos meses han sido más ricos que cualquier otra experiencia en mi vida. La bondad de los amigos ha mantenido un nudo en mi garganta la mayor parte del tiempo, y en el espíritu de lo que el hermano Cowley acaba de decir, estoy aquí hoy gracias a la respuesta a la oración. Es algo inspirador ser ordenado a este oficio por el Presidente de esta Iglesia—profeta, vidente y revelador. Ese día nunca lo olvidaré.

Pero en las complicaciones que implicó tratar de dejar un trabajo y bajo la presión que acompaña a este, fui abatido, y permanecí cinco días sin poder moverme. He tenido dolores en mi vida, pero creo que estos fueron un poco más insoportables que cualquier otro que hubiera conocido. Por primera vez en mi vida, estaba completamente incapaz de moverme. Ahora, si el hermano Lee me perdona esta mención personal: él, junto con estos otros hermanos, son hombres de Dios. Tuvo la bondad de venir a mi casa. Él podría darles testimonio de mi impotencia y, en parte, de mi dolor. Le pedí una bendición, la cual me dio con el poder que posee. Soy un testigo viviente ante ustedes hoy, y doy mi testimonio humilde y agradecido de que, a la mañana siguiente, después de una noche de descanso tranquilo, me levanté y caminé. Les doy testimonio de que Dios aún interviene en los asuntos de los hombres, y que Sus siervos que poseen el sacerdocio son nuestros mayores médicos.

Cuando escuché esta mañana la declaración tan magistral del hermano [Stephen L.] Richards, deseé tener la capacidad de recurrir a esa misma fuente de inspiración para traer a cada miembro individual de esta Iglesia algunas cosas que he estado meditando en las últimas semanas.

La vida nunca fue pensada para ser unas vacaciones. Tiene sus problemas, sus perplejidades y sus crisis. Cuando somos niños, recurrimos a nuestros padres en busca de ayuda y apoyo. Al crecer hacia la madurez, recurrimos a nuestros semejantes y a nuestros líderes. Durante toda mi vida he recurrido a otra fuente—una fuente que deseo recomendarles. Ustedes la han tenido. Espero que la conserven siempre y la atesoren.

El Maestro de la humanidad vino a enseñarnos cómo vivir, y murió para que pudiéramos resucitar y vivir para siempre. Encuentro mi mayor desafío, así como mi mayor esperanza, cuando acudo a Él y pregunto: “¿Qué quiere Él que yo haga?”

Se han rendido homenajes a nuestros líderes, y no pretendo halagarlos, pero sí deseo expresar mi aprecio. Si desean entender lo que Jesús enseñó, cuál es su modelo de vida, les ruego que contemplen la vida de nuestro Presidente. Durante cuarenta años he estado asociado con él y he sentido su espíritu. Él es el ideal cristiano—un hombre que tiene la capacidad de traducir en acciones diarias las verdades sublimes de Aquel que es el Redentor de la humanidad.

Hace unas semanas tuve el privilegio de escuchar a un coro, muy parecido a este coro de hoy y de los últimos dos días. Me conmovió tanto que no puedo olvidar su canto. Ustedes han cantado su himno; recuerdan sus maravillosas palabras:

Jesús, el solo pensar en ti
De dulzura llena mi ser;
Pero más dulce es ver tu faz
Y en tu presencia estar.

Ni voz puede cantar, ni el corazón expresar,
Ni la memoria hallar
Un sonido más dulce que tu bendito nombre,
Oh Salvador de la humanidad.

Oh esperanza de todo corazón contrito,
Oh gozo de todos los mansos,
¡Cuán bondadoso eres con los que caen!
¡Cuán bueno con los que te buscan!

Jesús, sé tú nuestro único gozo,
Así como serás nuestro galardón;
Jesús, sé tú nuestra gloria ahora
Y por toda la eternidad.

—Bernardo de Claraval

Mis hermanos y hermanas, hacia los días venideros, en los problemas que enfrenten, les recomiendo la vida y el pensamiento de Jesucristo. En estos breves minutos, todo lo que puedo esperar hacer es dar un vistazo a una o dos cosas de su vida, una sugerencia sobre una o dos cosas que enseñó, y luego el testimonio posterior que llega a nosotros por ser Santos de los Últimos Días. Cualquiera que haya sido su formación, cualesquiera que sean ahora sus circunstancias, por favor recuerden estas cosas: Jesús nació lejos de su hogar para ser acostado en un pesebre. Creo que solo las madres aquí pueden apreciar plenamente lo que eso significa. Él nació como el Unigénito del Padre, y si hay quienes tienen dificultad para reconciliar el hecho de que no nació de José, les ruego que recuerden que Él debía ser el Autor de la resurrección, hecha posible por la divinidad que había en Él, nacida en Él y magnificada a lo largo de toda su existencia.

“Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lucas 2:40). Siempre me ha impresionado su gran despertar a los doce años.

“Y todos los que le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas” (Lucas 2:47).

Y luego, como señaló el presidente McKay en referencia a su gran tentación, después de cuarenta días, recuerdan que regresó, y “…volvió en el poder del Espíritu…” (Lucas 4:14) para llevar adelante su gran ministerio.

En los últimos seis meses he leído y releído los evangelios. Habiendo sido llamado a ser testigo de Él, tomé la resolución de comenzar por entenderle un poco más plenamente a Él y a su mensaje. Recordarán que “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38). Lo que hizo—y lo que predicó—constituyen los evangelios. De entre todos ellos, permítanme mencionar diez que bien pueden meditar:

1. Las Bienaventuranzas, en primer lugar, que en nueve breves versículos presentan una de las declaraciones más completas jamás dadas al mundo:

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros mintiendo.

Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros (Mateo 5:3–12).

2. La Regla de Oro, que nunca ha sido superada como principio para las relaciones humanas ni como guía para la vida individual: Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas (Mateo 7:12).

3. La Oración del Señor, modelo para toda la humanidad, cantada hermosamente ayer, contenida en sesenta y seis palabras: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por todos los siglos. Amén (Mateo 6:9–13).

4. El espíritu de la segunda milla: Y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos (Mateo 5:41).

5. Su concepto del perdón insinuado en la frase: Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete (Mateo 18:21–22).

6. “No juzguéis, para que no seáis juzgados.”

Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os será medido.

¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?

¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en tu ojo?

¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano (Mateo 7:1–5).

La aclaración de una tragedia en esta ciudad en los últimos días debería traer una solemne reflexión a los hombres y mujeres de este estado y comunidad, de que no deben acusar injustamente y con ligereza a dos de las mejores personas del mundo en la tragedia hasta ahora no resuelta que conmocionó a nuestro estado.

7. “…porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21).

8. “…buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

9. Esa observación desafiante para todos los padres: Así que, por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:20).

10. Ya insinuado aquí esta mañana dentro de nuestras limitaciones mortales, pero el ideal está ahí:

Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:48).

Y solo he mencionado diez. Si desean captar más plenamente su espíritu, les sugiero que recopilen y relean las más de treinta parábolas. Y luego, si desean ser conmovidos profundamente, lean junto con esas parábolas un número similar de milagros, y llegarán en alguna medida a captar el espíritu de esta gran Alma.

Es singularmente trágico que, después de todo lo que hizo por la bendición de la humanidad, haya sido llevado al Calvario. El Maestro de la humanidad sufrió la muerte más cruel conocida por los hombres. Y cualquiera que sea nuestra dificultad, Él siempre puede estar a nuestro lado y decir, sin palabras: “Todo lo que tú sufres, yo también lo he sufrido, y más” (véase D. y C. 19:18; 122:8). Por eso es tan maravilloso, como me escribió uno de mis amigos soldados, allá en las regiones desoladas de Alaska, enfrentando las dificultades del servicio militar: “Es tan maravilloso tener siempre a alguien que habla a tu lado y que comprende.”

Eso sería suficiente para cualquier hombre, pero como Santos de los Últimos Días tenemos otros dos testigos que no necesito desarrollar aquí. Si alguien en todo el mundo debería apreciar al Maestro de la humanidad, deberían ser los Santos de los Últimos Días. Aquí tenemos en el Libro de Mormón el relato de su aparición a aquellos pueblos que habían salido del Viejo Mundo seiscientos años antes de su nacimiento, junto con un remanente que había llegado mucho antes, cómo se apareció a ellos; y la gloria de todo esto es que se apareció después de haber resucitado. Algún día lo leerán en Tercer Nefi. Si desean ser tocados e inspirados hoy, les sugiero que antes de que termine el día lean el capítulo once, e imaginen que están sentados con aquella multitud que se había reunido en la tierra de Abundancia, y lo vean aparecer, porque vino a declararse a sí mismo, y el Padre lo acompañó, y oyeron su voz que decía:

“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre; a él oíd” (3 Nefi 11:7).

Y aconteció que había una gran multitud reunida, del pueblo de Nefi, alrededor del templo que estaba en la tierra de Abundancia; y se maravillaban y se asombraban unos a otros, y se mostraban unos a otros el gran y maravilloso cambio que había tenido lugar.

Y también conversaban acerca de este Jesucristo, de quien se había dado la señal concerniente a su muerte.

Y aconteció que mientras así conversaban unos con otros, oyeron una voz como si viniera del cielo; y volvieron sus ojos alrededor, porque no comprendían la voz que oían; y no era una voz áspera, ni una voz fuerte; sin embargo, y a pesar de ser una voz apacible, penetró hasta el centro a los que la oían, de modo que no hubo parte de su ser que no hiciera temblar; sí, penetró hasta lo más profundo de sus almas, e hizo arder sus corazones.

Y aconteció que otra vez oyeron la voz, y no la comprendieron.

Y de nuevo, por tercera vez oyeron la voz, y abrieron sus oídos para oírla; y sus ojos estaban fijos hacia el sonido de ella; y miraron atentamente hacia el cielo, de donde venía el sonido.

Y he aquí, la tercera vez comprendieron la voz que oían; y les decía: He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre; a él oíd.

Y aconteció que al comprender, alzaron de nuevo sus ojos hacia el cielo; y he aquí, vieron a un Hombre que descendía del cielo; y estaba vestido con una túnica blanca; y descendió y se puso en medio de ellos; y los ojos de toda la multitud estaban fijos en él, y no se atrevían a abrir la boca, ni siquiera unos a otros, y no sabían lo que significaba, porque pensaban que era un ángel que se les había aparecido.

Y aconteció que extendió su mano y habló al pueblo, diciendo: He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.

Y he aquí, yo soy la luz y la vida del mundo; y he bebido de aquella amarga copa que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre al tomar sobre mí los pecados del mundo, en lo cual he hecho la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio.

Y aconteció que cuando Jesús hubo hablado estas palabras, toda la multitud cayó a tierra; porque recordaron que se había profetizado entre ellos que Cristo se manifestaría a ellos después de su ascensión al cielo.

Y aconteció que el Señor les habló, diciendo: Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y también para que palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, para que sepáis que yo soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo.

Y aconteció que la multitud salió, y metieron sus manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, avanzando uno por uno, hasta que todos hubieron pasado, y vieron con sus ojos y palparon con sus manos, y supieron con certeza, y dieron testimonio de que era Él, de quien se había escrito por los profetas que vendría.

Y cuando todos hubieron pasado y lo hubieron visto por sí mismos, clamaron a una voz, diciendo: ¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Dios Altísimo! Y se postraron a los pies de Jesús, y le adoraron (3 Nefi 11:1–17).

Y si se sienten inspirados a leer un poco más esa misma noche, pasen al capítulo diecisiete:

¿Tenéis entre vosotros enfermos? Traédmelos aquí. ¿Tenéis cojos, o ciegos, o lisiados, o mancos, o leprosos, o secos, o sordos, o afligidos de alguna manera? Traédmelos aquí, y yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros; mis entrañas están llenas de misericordia.

Porque percibo que deseáis que os muestre lo que he hecho a vuestros hermanos en Jerusalén, pues veo que vuestra fe es suficiente para que yo os sane.

Y aconteció que cuando hubo dicho estas palabras, toda la multitud, de común acuerdo, salió con sus enfermos y sus afligidos, y sus cojos, y sus ciegos, y sus mudos, y con todos los que estaban afligidos de cualquier manera; y los sanó a todos los que eran traídos ante él.

Y todos ellos, tanto los que habían sido sanados como los que estaban sanos, se postraron a sus pies y le adoraron; y cuantos pudieron acercarse, por causa de la multitud, besaron sus pies, de modo que los bañaron con sus lágrimas.

Y aconteció que mandó que le trajeran a sus niños pequeños.

Y trajeron a sus niños pequeños y los sentaron en el suelo alrededor de él; y Jesús se puso en medio; y la multitud se apartó hasta que todos hubieron sido traídos ante él.

Y aconteció que cuando todos hubieron sido traídos, y Jesús estaba en medio, mandó a la multitud que se arrodillara en tierra.

Y aconteció que cuando se arrodillaron en tierra, Jesús gimió dentro de sí y dijo: Padre, estoy turbado a causa de la iniquidad del pueblo de la casa de Israel.

Y cuando hubo dicho estas palabras, él mismo también se arrodilló en tierra; y he aquí, oró al Padre, y las cosas que oró no pueden escribirse, y la multitud dio testimonio de los que le oyeron.

Y de esta manera dan testimonio: El ojo nunca había visto, ni el oído había oído antes, cosas tan grandes y maravillosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar al Padre;

Y ninguna lengua puede expresar, ni pueden ser escritas por hombre alguno, ni los corazones de los hombres pueden concebir cosas tan grandes y maravillosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar; y nadie puede concebir el gozo que llenó nuestras almas cuando le oímos orar por nosotros al Padre.

Y aconteció que cuando Jesús terminó de orar al Padre, se levantó; pero tan grande era el gozo de la multitud que estaban sobrecogidos.

Y aconteció que Jesús les habló y les mandó que se levantaran.

Y se levantaron de la tierra, y él les dijo: Bienaventurados sois por causa de vuestra fe. Y ahora, he aquí, mi gozo es completo.

Y cuando hubo dicho estas palabras, lloró, y la multitud dio testimonio de ello; y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y oró al Padre por ellos.

Y cuando hubo hecho esto, volvió a llorar;

Y habló a la multitud, y les dijo: He aquí a vuestros pequeñitos.

Y al mirar para ver, alzaron sus ojos hacia el cielo, y vieron los cielos abiertos, y vieron ángeles que descendían del cielo como en medio de fuego; y descendieron y rodearon a aquellos pequeñitos, y fueron rodeados de fuego; y los ángeles ministraban a ellos (3 Nefi 17:7–24).

Añadan a todo esto la manifestación de este mismo Jesús al joven Profeta en nuestros días. Recordad esa gran visión:

Por fin llegué a la conclusión de que debía permanecer en tinieblas y confusión, o bien hacer lo que Santiago indica, es decir, pedir a Dios. Finalmente me decidí a “pedir a Dios”, concluyendo que si él daba sabiduría a los que carecen de ella, y la da abundantemente y sin reproche, yo podía intentarlo.

Así que, de acuerdo con esta determinación de pedir a Dios, me retiré al bosque para hacer el intento. Era la mañana de un día hermoso y claro, a principios de la primavera de mil ochocientos veinte. Era la primera vez en mi vida que hacía un intento semejante, porque en medio de todas mis inquietudes nunca antes había intentado orar en voz alta.

Después de haberme retirado al lugar al que previamente había decidido ir, y al mirar a mi alrededor, encontrándome solo, me arrodillé y comencé a ofrecer a Dios los deseos de mi corazón. Apenas lo había hecho cuando inmediatamente fui dominado por un poder que me venció por completo, y tuvo una influencia tan asombrosa sobre mí que me ató la lengua de modo que no podía hablar. Una densa oscuridad me rodeó, y por un momento me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

Pero, esforzando todas mis facultades para invocar a Dios a fin de que me librara del poder de este enemigo que se había apoderado de mí, y en el mismo momento en que estaba a punto de ceder a la desesperación y entregarme a la destrucción—no a una ruina imaginaria, sino al poder de algún ser real del mundo invisible, que tenía un poder tan maravilloso como nunca antes había sentido en ningún ser—justo en ese momento de gran alarma, vi una columna de luz exactamente sobre mi cabeza, más brillante que el sol, que descendía gradualmente hasta posarse sobre mí.

Apenas apareció, me encontré libre del enemigo que me tenía atado. Cuando la luz reposó sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria desafían toda descripción, de pie sobre mí en el aire. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: “Este es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!” (JS—H 1:13–17).

Tenemos su relato en los evangelios. Tenemos su manifestación en Tercer Nefi. Y nuestra Iglesia descansa sobre el hecho de que él ha venido a declarar el evangelio eterno a nosotros en nuestros días y a restaurarlo. Os doy mi testimonio de que así lo ha restaurado. Me uno a estos hermanos aquí presentes, con quienes tengo el honor de asociarme semana tras semana, en ese testimonio. Aunque soy nuevo entre ellos, os doy testimonio de que son hombres fuertes; son hombres de Dios, y podéis sostenerlos con todo vuestro corazón.

Siempre me enfrento a un grupo de personas como vosotros, preguntándome qué haréis cuando esta conferencia haya terminado. Hoy os sugiero, como un pensamiento navideño, que esta vez hagáis algo al respecto. En los cuatro evangelios hay solamente ochenta y nueve capítulos en total. Con dos o tres de los más cortos en un día, si realmente queréis captar el espíritu de esta conferencia, os sugiero que leáis un capítulo de los evangelios cada día; y si lo hacéis con devoción, habréis leído nuevamente estos grandes testimonios para la época de Navidad. Y cuando llegue la Navidad este año, Santa Claus no podrá desplazar a Jesús, y la festividad se convertirá en un día santo. En los pocos minutos que toma—mañana, mediodía o noche—mi propio programa es leer al menos uno de estos capítulos cada noche antes de terminar el día—encontraréis la clave para un gran enriquecimiento espiritual. Mejor aún sería si leyerais el capítulo juntos como familia, y os doy la promesa de que si lo hacéis, no solo esta Navidad será gloriosa, sino que cada día de vuestra vida también captará el espíritu de estas sagradas palabras.

Ahora, en la resolución de vuestro corazón, permitidme desafiaros:

Noventa y nueve están contentos con sueños,
Pero la esperanza de un mundo renovado
Es el centésimo hombre que, con firme determinación,
Se empeña en hacer realidad ese sueño.

Que Dios ponga en vuestro corazón, entre los millones de personas, el ser ese centésimo hombre que se acerca a sí mismo y a su familia al Maestro de la humanidad, el guía y la inspiración de todos nosotros, en cuya presencia esperamos algún día volver, con todos nuestros seres queridos a quienes él ha redimido. Ruego sus bendiciones sobre vosotros, en su santo nombre. Amén.

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