Conferencia General Octubre 1953


Fe

Élder Bruce R. McConkie
Del Primer Consejo de los Setenta


Ha sido mi privilegio, durante ya siete años, servir en el Primer Consejo de los Setenta con el élder Richard L. Evans, y creo poder certificar, por conocimiento personal nacido de esa asociación, que el hermano Richard es un hombre de gran capacidad y devoción a la causa de Cristo. Él apoya y sostiene a los hermanos y a los programas de la Iglesia, y estoy convencido de que tiene una gran misión que cumplir en su nuevo y elevado llamamiento.

Creo que, quizás, hay pocos nombres en la Iglesia más conocidos y difundidos que el suyo; y en el campo de su talento y asignación particular, el de la radio, se acerca tanto como cualquier hombre podría a ser indispensable. En lo personal, y estoy seguro de hablar también por los demás miembros del Consejo, estamos complacidos con la selección que se ha hecho y le brindamos, así como a todos los hermanos que se sientan en este estrado, nuestro apoyo, amor y afecto unidos.

Al hermano Hugh B. Brown y al hermano Marion D. Hanks aún no los conozco bien, pero junto con el resto de estos hermanos, y con todos ustedes, extiendo una cordial mano de hermandad.

He tenido en mi corazón por algún tiempo, si el Espíritu me concede palabras y dirección, decir unas cuantas palabras en esta gran conferencia acerca de aquella fe que conduce a la vida y a la salvación, y sin la cual ningún hombre puede ser salvo en el reino de Dios.

Brevemente, hablando solo en forma de esquema, me gustaría sugerir:

Primero, qué es la fe.

Segundo, cómo puede obtenerse la fe.

Y tercero, la prueba mediante la cual se puede saber si hemos obtenido fe en medida suficiente como para justificar la esperanza de vida y salvación.

El profeta José Smith enseñó, como se encuentra registrado en las Lecciones sobre la Fe—las cuales recomiendo a todos los hombres—que la fe es el primer principio de la religión revelada, que es el fundamento de toda justicia, que es un principio de poder. Enseñó que la fe es la certeza que tienen los hombres de la existencia de cosas que no han visto, que es la causa motriz de toda acción en los seres inteligentes, y que es el primer gran principio gobernante que tiene poder, dominio y autoridad sobre todas las cosas.

Él dio esta fórmula mediante la cual los hombres pueden ejercer fe en Dios para vida y salvación:

Primero, debemos creer en Dios, y eso significa en el Dios verdadero y viviente, el Ser que realmente existe y es nuestro Padre Celestial, a cuya imagen fuimos creados, y quien por su gracia y por su deseo de ver a sus hijos alcanzar la salvación, apareció en nuestros días junto con su Hijo amado para iniciar esta gran obra.

No es suficiente creer en un dios de madera o de piedra, uno que ha sido creado por los hombres, ni creer en el dios descrito en credos que han sido creados por los hombres. Debemos llegar a la verdad si queremos tener fe.

La fe está fundada en la verdad. Fue Alma quien dijo que “…si tenéis fe, esperáis cosas que no se ven, pero que son verdaderas” (Alma 32:21); y así, sin verdad, no puede haber fe.

El segundo requisito para obtener fe es tener una idea correcta del carácter, las perfecciones y los atributos de Dios. El Profeta resume el carácter de Dios en estas palabras, y creo que todo miembro de la Iglesia debería memorizarlas:

Primero, que Él era Dios antes de que el mundo fuese creado y el mismo Dios que era después de que fue creado.

Segundo, que es misericordioso y clemente, lento para la ira (Neh. 9:17; Sal. 103:8), abundante en bondad, y que lo ha sido desde la eternidad y lo será por toda la eternidad (Sal. 41:13; D. y C. 20:17).

Tercero, que no cambia (Morm. 9:19), ni hay variación en Él (Sant. 1:17), y que su curso es un eterno ciclo (D. y C. 35:1).

Cuarto, que es un Dios de verdad y no puede mentir (Tito 1:2).

Quinto, que no hace acepción de personas (Hech. 10:34).

Y sexto, que es amor (1 Jn. 4:8).

Luego el Profeta presenta los atributos de Dios, también en número de seis, como siguen: conocimiento, fe o poder, justicia, juicio, misericordia y verdad. Las perfecciones de Dios se describen como las perfecciones que corresponden a los atributos de su naturaleza.

Luego, el tercer requisito para obtener fe para vida y salvación es vivir de tal manera que tengamos el conocimiento real de que el curso de vida que seguimos está en armonía con la voluntad divina.

Supongo que hay muchas personas en la Iglesia que tienen un conocimiento considerable de los atributos de Dios. Pienso que aún hay más que tienen una idea correcta de su carácter y de sus perfecciones. Y estoy seguro de que casi todos, quizás todos en la Iglesia, creen en Él como el Ser personal que realmente vive. Pero el punto en el que fallamos al adquirir fe, fe para vida y salvación, es que no ordenamos nuestras vidas de tal manera que tengamos la seguridad de que nuestra conducta está en armonía con la voluntad divina.

La fe viene por la rectitud, y sin rectitud y obediencia no podemos tener la medida de fe que nos salvará.

Ahora, la prueba mediante la cual se puede saber si realmente tenemos fe es muy sencilla. Es la verdad eterna proclamada por el Señor cuando dijo: “Y estas señales seguirán a los que creen” (Marcos 16:17). Si tenemos fe, habrá señales. Si no hay señales, no hay fe. Donde hay fe, habrá dones del Espíritu; habrá ministración de ángeles y la realización de milagros. Donde hay fe, habrá apóstoles y profetas; habrá autoridad del sacerdocio; habrá conocimiento de Dios y la organización del reino de Dios en la tierra.

Ahora, les sugiero que la fe es el gran fundamento sobre el cual debemos edificar: fe en Dios, fe en Cristo, fe en la verdad restaurada y en los oráculos vivientes que dirigen el reino bajo el Señor en nuestros días.

Por la fe todas las cosas pueden hacerse. No hay nada demasiado difícil para el Señor (Gén. 18:14), y si tenemos fe, podemos hacer todo lo que sea necesario, conforme a su mente y voluntad. Por la fe fueron hechos los mundos (Heb. 11:3); por la fe los elementos pueden ser controlados, los ríos desviados de sus cauces, y los montes removidos. Por la fe podemos recibir la ministración de ángeles, ver a nuestros enfermos sanados y a los muertos resucitados; y lo que es más importante que todo esto, por la fe podemos vivir de tal manera que lleguemos a ser hijos de Dios y coherederos con Jesucristo, con derecho a recibir, heredar y poseer, como Él lo ha hecho antes, la plenitud del reino del Padre.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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