Cumplid vuestras responsabilidades
El élder S. Dilworth Young
Del Primer Consejo de los Setenta
Esta mañana, mientras el presidente David O. McKay y el obispo Joseph L. Wirthlin hablaban, pensé para mí mismo que es nuestra responsabilidad llevar a cabo la obra de la Iglesia, cuya divinidad y propósito el presidente McKay testificó, y cuya organización inspirada el obispo Wirthlin afirmó. De alguna manera debemos nosotros mismos, mediante la inspiración del Señor y bajo Su guía, hacer que la meta destinada llegue a ser una realidad.
Había en la Iglesia, en las estacas de Sion, al 31 de diciembre de 1952, 1870 quórumes del Sacerdocio de Melquisedec que sumaban, en números redondos, 138,400 hombres. Todos ellos tienen el derecho y el privilegio de predicar el evangelio, cuando sean llamados, a cualquier parte de la tierra o dentro de sus propias estacas. Veintiocho mil novecientos cincuenta de estos hombres, por diversas razones, no están disponibles para los barrios o para las estacas en las que viven. Algunos están en misiones; 15,000 están dedicados a actividades de la Iglesia distintas del trabajo de quórum; cinco mil están fuera de casa; y más de cinco mil están en las fuerzas armadas. Sin embargo, queda un total de 109,000 hombres disponibles. Depende de la fortaleza de su testimonio y de lo que decidan hacer con este gran evangelio si lograremos o no tener éxito en aquello que el presidente McKay ha suplicado con tanto fervor esta mañana.
Calculo que en cada quórum del Sacerdocio de Melquisedec hay un promedio de cuarenta y ocho hombres que, por lo general, no recibirán dirección de ningún líder eclesiástico en cuanto a lo que deben hacer, excepto por medio de los presidentes de sus quórumes.
No serán utilizados por los obispos en los barrios; no serán utilizados por los oficiales de estaca; y si tienen alguna asignación, será porque los presidentes de sus quórumes se la asignen. En esto, en mi opinión, reside la prueba decisiva del liderazgo de los quórumes.
Cuando era mucho más joven, leí un versículo de las Escrituras. La primera lectura me conmovió profundamente. Me llené de asombro y reverencia ante sus implicaciones. Este es el pasaje:
“Ahora el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que el mundo fuese; y entre todas estas había muchas de las nobles y grandes;
y Dios vio que estas almas eran buenas, y se puso en medio de ellas, y dijo: A estos haré mis gobernantes; porque se hallaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer” (Abraham 3:22–23).
Confieso que cuando leí estas palabras por primera vez, brotó en mi corazón una intensa esperanza—si es que una persona puede tener una esperanza en orden inverso—de que yo pudiera, personalmente, haber sido uno de aquellos entre quienes el Salvador estuvo cuando eligió a los que habrían de nacer como líderes en la tierra. Creo que todo joven que tenga algún sentimiento por esta Iglesia tiene ese pensamiento. Pienso que no estoy solo en ello, en absoluto.
El Señor reveló a Abraham que él era uno de los escogidos. Ahora bien, Abraham fue llamado por el Señor a salir de los caldeos para ir a establecerse en Canaán. El Señor lo estaba probando. Creo que el Señor prueba a Sus líderes, aun a Sus más grandes líderes, confiándoles pequeñas responsabilidades en las que dirigirán a pocas personas. Si demuestran ser dignos y guían firmemente a estas personas hacia su exaltación, entonces Él añade cada vez más responsabilidad hasta que no hay límite en la capacidad, el desarrollo y la gloria de ese líder.
Recuerdo con bastante emoción las palabras con las que Abraham describió su acción. Salió de los caldeos con las almas “que habíamos ganado en Harán” (Abraham 2:15). Pienso que esas almas eran pocas. En mi humilde opinión, Abraham sacó de esa tierra un grupo de personas comparable en tamaño a un quórum de élderes. Probablemente cuando comenzó, tenía quizá cincuenta o sesenta, y el Señor lo probó para ver si los dirigiría como se le indicó, y así lo hizo.
Ahora bien, hermanos, estadísticamente ustedes tienen alrededor de cincuenta hombres en sus quórumes disponibles para asignaciones. Ustedes, jóvenes presidencias de élderes, jóvenes con entusiasmo pero aún con poca experiencia en la obra de la Iglesia, si han de dirigir a cincuenta hombres y pueden guiarlos a la rectitud, si lo hacen con éxito, el Señor los engrandecerá y les dará mayor liderazgo, hasta que finalmente encontrarán su lugar entre aquellos a quienes Él se refirió cuando habló con Abraham como los que llegarían a ser Sus líderes.
No es necesario presidir sobre la Iglesia, ni sobre una estaca ni sobre un barrio para calificar para algo tan grande. Sin embargo, sí creo que si ustedes presiden un quórum del sacerdocio, si es su responsabilidad llevar a la actividad a algún hombre, entonces, si no logran llevarlo a la actividad, no están cumpliendo con lo que el Señor tenía en mente cuando inspiró al presidente de estaca a llamarlos a esa posición elevada.
Y lo que digo acerca de un élder se aplica igualmente a un setenta o a un sumo sacerdote. No importa. Todos son oficios en el Sacerdocio de Melquisedec, y es este sacerdocio el que hará crecer esta Iglesia y llenará la tierra.
No permitamos, por lo tanto, hermanos, fallar en esa responsabilidad. No nos preocupemos, hermanos de los quórumes, por los hombres a quienes los obispos llaman. Esos hombres están atendidos, tienen algo que hacer. Pero no descansemos hasta que los hombres que no tienen una responsabilidad específica reciban tal responsabilidad mediante la actividad del quórum. Entonces creceremos y prosperaremos sobre el monte. Grande será nuestro gozo, porque cantaremos alabanzas y hosannas al Dios Altísimo, al ver Su gran obra llegar a su culminación.
Añado mi testimonio al del obispo Joseph L. Wirthlin, de que a la cabeza de esta Iglesia hay un profeta, un vidente y un revelador, y que aquellos que presiden con él, y que, bajo su dirección, dirigen los asuntos de esta Iglesia, son igualmente profetas, videntes y reveladores, y los sostengo con todo mi corazón. Oro para poder hacerlo con todas mis fuerzas, porque a menos que una persona lo haga con todas sus fuerzas, así como con su corazón, no se logra mucho.
Esta es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

























