No para el ocioso
El obispo Thorpe B. Isaacson
Primer Consejero en el Obispado Presidente
Presidente David O. McKay, presidente Richards, presidente Clark, mis amados hermanos y hermanas: Me siento muy humilde esta tarde al estar ante ustedes y ocupar esta posición. Sinceramente ruego que tengan una oración en su corazón por mí, y humildemente oro para que el Señor me sostenga. Hay aquí un espíritu muy hermoso y dulce; lo hubo esta mañana. Reconocemos ese espíritu como el dulce Espíritu de nuestro Padre Celestial.
Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tenemos una gran responsabilidad, una responsabilidad individual. La membresía en la Iglesia no es para el ocioso, ni para quien busca un camino fácil hacia la salvación. Sin embargo, no debería ser difícil para nosotros guardar los mandamientos del Señor si tenemos el deseo en nuestro corazón de hacerlo y si estamos dispuestos a esforzarnos. Es cierto que debemos formar buenos hábitos de vida recta, y los buenos hábitos son tan fáciles, y de hecho más fáciles de formar que los malos hábitos. No debería ser demasiado difícil para nosotros ser veraces, honestos, orar y cumplir con nuestras obligaciones con integridad.
Sí, tenemos el derecho de escoger el camino que queremos seguir. De ese modo desarrollamos nuestra propia fortaleza de carácter. Sin embargo, si solo hacemos las cosas que se nos requieren, tal vez no logremos un desarrollo pleno. Hacer lo correcto solo porque somos obligados a hacerlo, en lugar de hacerlo porque tenemos el deseo de hacerlo, no contribuye al desarrollo adecuado del carácter; porque el Señor, hablándonos en Doctrina y Convenios, sección 58, versículos 26 al 29, dice:
“Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todas las cosas, el mismo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe recompensa.
De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una buena causa, y hacer muchas cosas de su propia voluntad, y efectuar mucha justicia;
porque el poder está en ellos, por lo que son agentes para sí mismos. Y en la medida en que los hombres hagan el bien, de ninguna manera perderán su recompensa.
Pero el que no hace nada sino hasta que se le manda, y recibe el mandamiento con corazón dudoso, y lo guarda con pereza, ese es condenado” (Doctrina y Convenios 58:26–29).
Probablemente nuestra primera y mayor responsabilidad es asegurarnos de que nosotros mismos vivamos recta y correctamente. Cuando un hombre fracasa en la vida, la causa a veces está dentro de sí mismo. A menudo somos destruidos desde dentro, así como por fuerzas externas. La mala conducta destruye nuestra moral y nos convierte en víctimas fáciles de las fuerzas externas que también debilitan nuestra espiritualidad; y la espiritualidad es tan esencial para el alma del hombre como las vitaminas lo son para su cuerpo.
A menos que podamos desterrar la indiferencia, vencer la indolencia, renunciar a la injusticia, superar la intemperancia, expulsar la intolerancia y abolir la ingratitud de nuestras almas, quizá no seamos buenos representantes de la Iglesia, porque ¿no ha dicho el salmista: “Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmos 127:1)?
Consideremos por un momento la indiferencia. La indiferencia puede traer gran tragedia a nuestras almas, ya sea indiferencia hacia las leyes del país, indiferencia hacia las leyes de Dios o indiferencia hacia los derechos y privilegios de los demás. Cuando quebrantamos las leyes del país, hay una consecuencia. Cuando quebrantamos las leyes de Dios, también hay una consecuencia, y cuando mostramos indiferencia unos hacia otros, alguien sufre.
Consideremos la profanación del día de reposo. Seguramente nuestro Padre Celestial debió haber considerado esto importante cuando nos dio el mandamiento acerca del día de reposo, pues nos dijo comenzando en Éxodo 20:8, y si tan solo pudiéramos pensar en esto cuando quebrantamos el día de reposo, creo que seríamos más cuidadosos al respecto:
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra;
pero el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que está dentro de tus puertas;
porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Éxodo 20:8–11).
Para muchas personas, el domingo ahora se considera un día de descanso o de ocio, no un “día santo” (Doctrina y Convenios 59:9). Consideremos esto antes de quebrantar el día de reposo.
Ahora bien, hay muchas maneras de ser veraces. Puede que no digamos exactamente una mentira, pero si no alzamos nuestra voz para corregir una situación cuando podríamos hacerlo, ¿no somos tan culpables como aquel que no dice toda la verdad? La indiferencia es una manera de iniciar el camino hacia el dolor.
La indolencia es otra característica destructiva. Uno de los factores más importantes en la formación del carácter es el trabajo y nuestra actitud hacia él. Recuerdo haber escuchado al presidente Clark decir un día a algunos de nosotros: “Estoy agradecido por las bendiciones del trabajo”. Personalmente lo considero un desafío. Lo considero un remedio para el desaliento y la tristeza. Si logramos hacer algo de valor en el transcurso de nuestro trabajo diario, podemos retirarnos por la noche sintiendo que nuestro día ha sido bien empleado.
Cuando Brigham Young condujo a los santos a este valle del Lago Salado, sabía que entre ellos había algunos que no asumirían su responsabilidad como debían, y sabía que se requeriría el esfuerzo conjunto de todos si habían de sobrevivir y tener éxito. Les inculcó la necesidad de trabajar para poder comer. El Señor nos ha dicho en Génesis 3:19: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Génesis 3:19). Creo que es nuestra responsabilidad individual trabajar diligentemente, e incluyo en esto el trabajo y el servicio en la Iglesia.
La injusticia es otro gran mal. Como Santos de los Últimos Días, debemos preocuparnos por la justicia y el bienestar de todas las personas, porque la membresía de esta Iglesia está compuesta por personas de todas las naciones; tus abuelos y los míos vinieron de países extranjeros, unidos en una causa común: llevar la salvación a las almas de los hombres.
En nuestras distintas esferas de la vida debemos tener cuidado de no poner nuestros intereses personales por encima del bienestar del grupo. Esto sería injusto. En la vida pública hemos visto personas que consideran el efecto de cada acción, primero cómo les afectará a ellos mismos, y después cómo afectará a los demás.
El egoísmo es una de las mayores causas de la injusticia. Pocos de nosotros reconocemos en nosotros mismos la mezquindad de espíritu o la pequeñez de carácter. Pocos admitimos que apoyamos a una persona porque tiene razón, en lugar de hacerlo por su importancia. ¿Cuántas veces hemos escuchado a padres decir a sus hijos: “Preferiría que no te juntaras con los hijos de nuestros vecinos porque no pertenecen a nuestro mismo nivel social”? Estas son injusticias, pero son comunes hoy en día. Debemos renunciar a la injusticia si queremos crecer espiritualmente.
Debemos procurar vencer la intemperancia, porque es autodestructiva, devastadora para el carácter y paralizante para el progreso personal. Hemos visto a hombres en posiciones destacadas en nuestras comunidades traer tristeza y deshonra sobre sí mismos y sus familias porque no supieron dominar sus apetitos.
Hace algunos meses tuve el privilegio de cruzar el país en tren, y allí conocí a un oficial de alto rango del ejército, y conversamos durante muchas horas. Entre otras cosas, me dijo que el aumento de los trastornos nerviosos en el ejército, provocado en gran medida por el alcohol y otras cosas, era muy preocupante y alarmante. Indicó que era el factor más autodestructivo con el que el ejército tenía que lidiar, y me dijo que un tercio de los hospitales de este país estaban ocupados por pacientes con trastornos nerviosos, en gran parte causados por el uso de alcohol y otras drogas, y que sería muy alarmante para el país si conociéramos la verdadera situación.
La intolerancia es otro mal autodestructivo. Si no se elimina de nuestro carácter, puede reflejarse en la Iglesia tanto como en nosotros mismos, porque la hermandad, como la caridad, comienza en el hogar. Si queremos ser tolerantes, debemos obedecer el primero y grande mandamiento; debemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, y luego debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
La hermandad y el amor hacia la humanidad deben residir en nuestros corazones, en nuestras calles, en nuestras ciudades. De lo contrario, quizá no los tengamos en nuestro propio corazón. En gran medida juzgamos a los demás por nosotros mismos. Si somos intolerantes con otros, podemos esperar el mismo trato hacia nosotros. La fortaleza interna de la Iglesia se manifiesta en gran medida en la manera en que tratamos a los demás.
Ahora bien, probablemente el mayor de todos los pecados es el pecado de la ingratitud; pero nosotros, favorecidos entre todos los hijos de nuestro Padre, debemos llenar nuestro corazón de gratitud por la magnitud del poder del evangelio y las bendiciones que Él nos ha dado. Los recursos mediante los cuales progresamos son las verdaderas cualidades de carácter que poseemos. Debemos mostrar gratitud por nuestras bendiciones. Podemos ser juzgados más por lo que amamos que por lo que poseemos.
Nuestras mayores bendiciones como pueblo son espirituales, no materiales. Cuanto más envejezco, más convencido estoy de que no hay muchas cosas de gran importancia que no pertenezcan al ámbito espiritual. Están las cosas verdaderamente importantes, y luego están las demás.
Nada puede contribuir tanto a nuestro propio crecimiento como ser hombres y mujeres que amen el hogar, teman a Dios, valoren la libertad y vivan con templanza.
Que como individuos consideremos nuestra propia responsabilidad en la Iglesia y procuremos ser mejores Santos de los Últimos Días. Cada uno de nosotros podría quizá hacer uno o dos ajustes en su propia vida que nos harían mejores Santos de los Últimos Días.
Me siento bien en esta obra porque es la obra del Señor. Amo a las personas; ustedes han sido maravillosos conmigo mientras voy a ustedes de estaca en estaca. Y estoy agradecido por la oportunidad de participar de su espíritu y de escuchar sus testimonios. Sus bondades y cortesías hacia todos los hermanos son apreciadas. Sentimos cercanía y calidez mediante nuestra asociación con ustedes.
Personalmente, me resulta imposible expresar mi gratitud por mi asociación con estos buenos hombres. Tengo gran amor, respeto y admiración por cada uno de ellos. Estoy particularmente agradecido por mi estrecha asociación con el obispo Joseph L. Wirthlin y el obispo Carl Buehner. Amo a estos hombres. Sí, conversamos juntos y oramos juntos. Cuando uno tiene tristeza, todos la tenemos. Estoy agradecido por mi asociación con todos mis hermanos de las Autoridades Generales. A medida que llego a conocerlos, considero que es la mayor experiencia de mi vida estar con ellos y participar de su espíritu y de su consejo, porque son profetas de Dios. ¿Consideran ustedes a estos hermanos como considerarían a los apóstoles de la antigüedad? En Doctrina y Convenios, sección 68, versículo 4, recordemos esto:
“Y todo lo que hablen cuando son movidos por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la mente del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación” (Doctrina y Convenios 68:4).
Ahora bien, creo que como pueblo debemos tener esto en mente cuando estos hermanos nos dan consejo y orientación. Hablando del amor que mora en el corazón de los hombres, no conozco a ningún pueblo en el mundo que tenga el ejemplo a seguir como lo tiene este pueblo en el Presidente de la Iglesia. Hablando de amor y de belleza, estoy seguro de que haríamos bien en tratar de emular ese espíritu y ese amor, que es el mismo amor que el Salvador ejemplificó cuando estuvo aquí en la tierra.
Esta es una obra dulce. No podría ser de otra manera, porque es la obra de nuestro Padre Celestial entre los hijos de los hombres. He tenido algunas experiencias en el ámbito educativo como maestro durante diecisiete años, como superintendente de escuelas, como entrenador deportivo, y encontré cierta satisfacción en ello, y estoy agradecido por esas experiencias, pero no son como esta obra. No hay nada igual en el mundo, y quisiera suplicar a todo hombre, mujer, joven y niño en la Iglesia que tenga alguna actividad, que preste algún servicio en la Iglesia. Mientras he estado asociado con esta obra, estoy seguro de que yo he sido el mayor beneficiado. Ha sido dulce y edificante para mí. Desde lo más profundo de mi corazón quiero agradecer al Señor por Sus bondades hacia mí. Creo saber lo que es ser humilde, y sé que cuando acudo al Señor con el espíritu correcto, mis oraciones son contestadas. Sé que el Espíritu del Señor puede ser comprendido. Sé que el Espíritu del Señor puede estar siempre presente para nosotros si nosotros mismos permanecemos en armonía con Él. Que el Señor nos bendiga y nos dé el poder para ayudarnos unos a otros a ser felices. Que nos conceda verdadero consuelo y amistad genuina, y que nos bendiga para que podamos cumplir la medida de nuestra creación aquí en la tierra, de modo que cuando llegue el momento de dejar la mortalidad, podamos partir sin sentir pesar por la manera en que nos hemos tratado unos a otros. Demos unos a otros esas flores, esas alabanzas y esas palabras amables ahora, aquí, mientras estamos vivos para disfrutarlas.
Quisiera suplicar a mis amigos y compañeros que son miembros de la Iglesia que participen en todas las actividades de la Iglesia. Entonces conocerán cuán grandes son las bendiciones y sabrán lo que es la verdadera felicidad, y el Señor los bendecirá. Y también quisiera suplicar y alentar a mis amigos que no son miembros de la Iglesia a que consideren seriamente el bautismo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Que Dios nos bendiga para que seamos verdaderos Santos de los Últimos Días, que seamos humildes y orantes, que prestemos ese dulce servicio que el Señor espera de nosotros, y que recibamos las bendiciones que Él tiene reservadas para nosotros, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

























