Conferencia General Octubre 1953


La expiación del Salvador

El élder Marion G. Romney
Del Consejo de los Doce Apóstoles


Mis amados hermanos y hermanas y amigos: Tengo en mi bolsillo un excelente discurso, uno que he estado preparando durante tres meses. Sin embargo, encuentro necesario privarlos del gran placer de escucharlo en este momento porque ya ha sido dado. El presidente David O. McKay dio la mitad, y el obispo Joseph L. Wirthlin y el hermano Harold B. Lee usaron la mayoría de mis escrituras. Sin embargo, estoy muy feliz de estar en armonía con ellos.

Ruego al Señor que esté conmigo ahora mientras me dirijo a otro tema, uno que ha estado en mi mente esta tarde. Necesito sus oraciones y deseo que reflexionen conmigo en estas pocas palabras.

El tema al que me refiero es la expiación del Salvador, y ciertamente no podría haber un tema más apropiado con el cual concluir esta reunión. La expiación del Maestro es el punto central de la historia del mundo. Sin ella, todo el propósito de la creación de la tierra y de nuestra vida en ella fracasaría.

De las Escrituras aprendemos que desde el principio del mundo ha habido entre el pueblo del Señor quienes han comprendido el evangelio, mediante una ceremonia que señalaba hacia la expiación del Redentor. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de Edén, el Señor les mandó edificar un altar y ofrecer sacrificios. Ellos lo hicieron, y lo hicieron sin conocer la razón. ¡Cuánto desearía que toda la posteridad de Adán tuviera la fe de su primer padre terrenal, la fe de hacer lo que el Señor manda sin primero tener que saber el porqué! Pero continuando con nuestro tema:

“Y después de muchos días un ángel del Señor se apareció a Adán, diciendo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le dijo: No lo sé, sino que el Señor me lo mandó.

Y entonces el ángel habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Moisés 5:6–7).

El ángel enseñó a Adán otras cosas, algunas de las cuales el hermano Lee mencionó. Le dijo que en el meridiano de los tiempos el Redentor vendría al mundo, y que hasta que Él viniera, el pueblo de Dios debía ofrecer sacrificios de sangre con frecuencia. Debían hacerlo para dirigir su mente hacia el día en que el Redentor vendría y sería sacrificado por los pecados de todo el mundo. Luego el ángel enseñó a Adán el evangelio y le mandó arrepentirse y ser bautizado (Moisés 6:52), como se ha citado esta tarde por el hermano Lee.

Desde los días de Adán hasta los días de Jesucristo, todo pueblo que entendió el evangelio ofreció sacrificios de sangre, usando animales o aves sin defecto. Esto lo hacían en contemplación del gran acontecimiento que habría de ocurrir en el meridiano de los tiempos.

Cuando Jesús estaba a punto de pasar por ese terrible sufrimiento relacionado con la expiación, llevó a Sus discípulos a la Pascua. Mientras estaban reunidos en un aposento alto, Jesús partió el pan, lo bendijo y lo dio a Sus apóstoles, diciéndoles que hicieran esto frecuentemente en memoria de Su cuerpo, que pronto sería herido en la cruz por ellos, por ustedes y por mí. Luego tomó el vino, lo bendijo y se lo dio, diciéndoles que hicieran esto frecuentemente en memoria de Su sangre, que sería derramada por ellos (Lucas 22:19–20).

Entonces Jesús fue al Jardín de Getsemaní. Allí sufrió más intensamente. Sufrió mucho en la cruz, por supuesto, pero otros hombres también habían muerto por crucifixión; de hecho, un hombre colgaba a cada lado de Él cuando murió en la cruz. Pero ningún hombre, ni conjunto de hombres, ni todos los hombres juntos, han sufrido lo que el Redentor sufrió en el jardín. Fue allí para orar y sufrir. Uno de los escritores del Nuevo Testamento dice que “…era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44).

En esta dispensación, el Señor, al llamar al pueblo al arrepentimiento, les dice que, a menos que se arrepientan, deberán sufrir tal como Él sufrió. Describe ese sufrimiento en estas palabras:

“Cuyo padecimiento hizo que yo, Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y sangrara por cada poro, y padeciera tanto en el cuerpo como en el espíritu; y quisiera no beber la amarga copa y desmayar—

Sin embargo, gloria sea al Padre, y participé y terminé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (Doctrina y Convenios 19:18–19).

Ahora bien, mis hermanos y hermanas, no puedo aquí explicarles en detalle lo que significa para nosotros la expiación del Salvador. Pero sin ella, ningún hombre ni mujer resucitaría jamás. Desde el tiempo de Adán hasta el tiempo de Jesús, los hombres murieron—millones de ellos. Los montes y los valles estaban llenos de sus restos. Pero ni uno solo de ellos salió de la tumba como un ser resucitado hasta aquella gloriosa mañana en que Jesús resucitó. Sin Su victoria sobre la muerte, jamás habrían salido de sus sepulcros, por los siglos de los siglos. Fue necesaria la expiación de Jesucristo para reunir nuevamente los cuerpos y los espíritus de los hombres en la resurrección. Así, todo el mundo, creyentes y no creyentes, está en deuda con el Redentor por su segura resurrección, porque la resurrección será tan universal como lo fue la caída, que trajo la muerte a todo hombre.

Hay otra faceta de la expiación que me hace amar aún más al Salvador y llena mi alma de una gratitud indescriptible. Es que, además de expiar la transgresión de Adán, trayendo así la resurrección, el Salvador, mediante Su sufrimiento, pagó la deuda por mis pecados personales. Pagó la deuda por tus pecados personales y por los pecados personales de toda alma viviente que haya habitado la tierra o que llegará a vivir en la mortalidad. Pero esto lo hizo de manera condicional. Los beneficios de este sufrimiento por nuestras transgresiones individuales no vendrán a nosotros incondicionalmente en el mismo sentido en que la resurrección vendrá sin importar lo que hagamos. Si hemos de participar de las bendiciones de la expiación en lo que respecta a nuestras transgresiones personales, debemos obedecer la ley.

Y es perfectamente justo que se nos requiera obedecerla, porque por medio de la caída de Adán se preservó el albedrío del hombre. No tuvimos nada que ver con la entrada de la muerte en el mundo; la muerte vino como consecuencia de la caída de Adán (1 Corintios 15:21–22). Pero sí tenemos todo que ver con nuestros propios actos. Cuando cometemos pecado, nos alejamos de Dios y quedamos incapacitados para entrar en Su presencia. Ninguna cosa impura puede entrar en Su presencia (Moisés 6:57). No podemos, por nosotros mismos, por mucho que lo intentemos, librarnos de la mancha que está sobre nosotros como resultado de nuestras propias transgresiones. Esa mancha debe ser lavada por la sangre del Redentor, y Él ha establecido el camino mediante el cual puede ser removida. Ese camino es el evangelio de Jesucristo. El evangelio requiere que creamos en el Redentor, aceptemos Su expiación, nos arrepintamos de nuestros pecados, seamos bautizados por inmersión para la remisión de nuestros pecados, recibamos el don del Espíritu Santo por la imposición de manos, y continuemos fielmente observando, o haciendo lo mejor que podamos por observar, los principios del evangelio todos los días de nuestra vida.

Tenemos en la Iglesia una ordenanza que he mencionado. Es la Santa Cena. El Señor nos ha mandado participar de la Santa Cena regularmente. Los miembros de Su Iglesia son dirigidos por Él a acudir el día de reposo a la reunión sacramental y allí participar de la Santa Cena. ¿Y qué debemos hacer cuando participamos de la Santa Cena? Debemos pensar en todas estas cosas mencionadas anteriormente, y en muchas más. Si puedo recordar una de las oraciones, concluiré con ella. Para esto vamos a la reunión sacramental; esto es lo que debemos hacer cuando estamos allí. Piénsenlo:

“Oh Dios, Padre Eterno, te pedimos en el nombre de tu Hijo, Jesucristo, que bendigas y santifiques este pan para las almas de todos los que participen de él, para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo…”

Lo que debemos hacer al participar de la Santa Cena es pensar en el Redentor—en Su cuerpo herido al participar del pan, y en Su sangre derramada al participar del agua.

“…y testifiquen ante ti, oh Dios, Padre Eterno…”

Un testimonio es una declaración. Debemos, en silencio, testificar a nuestro Padre—

“…que están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de tu Hijo, y a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos que les ha dado…”

¿Con qué propósito?

“…para que siempre puedan tener Su Espíritu consigo” (Doctrina y Convenios 20:77).

Que Dios nos ayude a renovar nuestros convenios cada semana de esta manera y a recordar la redención obrada para nosotros por nuestro gran Redentor, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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