Conferencia General Abril 2026
Él los conoce por su nombre
Por el élder Clement M. Matswagothata
De los Setenta
El nombre que más influencia eterna tiene en nosotros es el sagrado nombre de Jesucristo.
Hace años, al acercarme nervioso al púlpito para hablar en una conferencia de estaca, mi hija, tratando de calmar mis nervios, me dijo: «Papá, no te preocupes por cometer un error. De todos modos, aquí nadie recordará nuestro largo apellido».
Mi apellido, Matswagothata, es de Botsuana. En mi lengua materna significa “salir de una situación difícil” o “alguien que hace cosas difíciles”. Aunque no siempre creo que pueda hacer cosas difíciles, mi apellido me recuerda que el Salvador puede y nos guiará en cada etapa de la vida, sobre todo en momentos difíciles.
Todos necesitamos recordatorios así durante nuestro trayecto terrenal. Tal vez es por eso por lo que nuestro amoroso Padre Celestial nos da la oportunidad cada semana de hacer un convenio con Él como parte de la ordenanza de la Santa Cena. Nos invita a tomar sobre nosotros el nombre de Su Hijo, a recordarlo siempre y a guardar Sus mandamientos. Nos da poder para vencer los desafíos de la vida mortal.
Recuerden quiénes son
Aunque mi apellido le ha brindado esperanza y resiliencia a mi familia, me regocijo más en el nombre de Jesucristo, porque mediante este, quienes vienen a Él, pueden ser salvos. Aun cuando Jesucristo nos invita a recordarlo siempre y tomar sobre nosotros Su nombre, Él también nos recuerda y nos conoce por nuestro nombre.
En el Antiguo Testamento, el Señor enseñó a Moisés esta verdad: “Te he conocido por tu nombre”.
En el Jardín de Edén, llamó a Adán.
En el sepulcro vacío, llamó a María.
En el camino a Damasco, llamó a Saulo.
Y en la Arboleda Sagrada, llamó a José.
Él los llamó a todos por su nombre.
Él los conoce y los llama a ustedes por su nombre también, desde ciudades concurridas a pueblos tranquilos, en el idioma que hablen. Él los escucha, los ve y los conoce.
Él conoce sus alegrías y se regocija con ustedes. Él conoce sus pesares y puede socorrerlos y elevarlos. Gracias a Su Expiación, Él conoce sus cargas, dolores y lágrimas silenciosas. El profeta Alma enseñó que, mediante Su Expiación, Jesucristo “tomar[ía] sobre sí los pecados de su pueblo”.
Alma también enseñó que “él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y […] tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo […], a fin de que […] sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos”.
Otros se pondrán en su camino
Hermanos y hermanas, muchos cargan en silencio dolores, enfermedades, soledad, ansiedad u oraciones sin respuesta aparente. Otros afrontan conflictos, pobreza o aislamiento que muy pocos de nosotros comprendemos plenamente.
Cuando la vida parezca injusta y confusa, en los momentos oscuros cuando se vean tentados a preguntar: “Oh Dios, ¿en dónde estás?” recuerden esta poderosa verdad: Él los conoce. Él quien “descendió debajo de todo” sabe cómo sanar su corazón quebrantado y restaurarlos a ustedes nuevamente. Confíen en Su promesa de que el sol saldrá de nuevo, y que mañana será mejor que hoy.
Aprendí esto de manera más profunda en una época difícil de mi vida. Cuando era un joven presidente de estaca y mi esposa, Busi, y yo criábamos a nuestra familia, parecía venir un desafío tras otro. Acabábamos de enterrar a mi madre. Dos semanas después, volvimos a estar junto a una tumba, esta vez con mi consejero, llorando la muerte de su hijo adolescente. Las presiones del trabajo me abrumaban y me preguntaba si estaba a la altura para enfrentar los desafíos de la vida en casa, en el trabajo y ante el Señor.
La canción de la Primaria expresaba bien mis oraciones: “Padre Celestial, dime, ¿estás ahí? ¿Y escuchas siempre cada oración?”.
La respuesta me llegó de forma inesperada.
Un domingo, mientras iba a una conferencia de barrio, derramé mi corazón al Señor. Al llegar al centro de reuniones, un alegre niño de la Primaria me detuvo y me dijo: “Tenemos que hablar”. Con una expresión muy seria, preguntó, casi con voz de regaño: “¿Cuándo dejará de ser un niño travieso?” Yo sabía que estaba en problemas. Antes de que pudiera responder, él agregó: “Cada mañana y cada noche, mis padres nos piden que oremos por usted”.
Nunca podré describir por completo lo que sentí mientras permanecí allí de pie. Me sentí visto, me sentí amado, sentí que me conocían y que no estaba solo. Y al mirar al niño a los ojos, sentí la calidez del amor del Salvador.
Para Él, nunca estamos perdidos entre la multitud. Él sabe cómo comunicarse con nosotros por medio de un himno, una sonrisa, una palabra amable y, a veces, personas inesperadas. Así como esa familia oró por mí, hay alguien orando por ustedes.
Recuerden: su dolor no es una señal de que Dios no los ama. Él realmente los ama. El presidente D. Todd Christofferson enseñó: “En medio de este fuego purificador, en lugar de enojarte con Dios, acércate a Él”.
Se nos invita a andar con Él
El Salvador no solo los conoce, sino que también desea que ustedes lleguen a conocerlo a Él y a Su Padre. En Su Oración Intercesora, Jesús declaró: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.
Él es el Buen Pastor que nos conduce a pastos verdes y aguas de reposo. Él es la Luz del mundo que ilumina nuestra senda para que no andemos en tinieblas.
La pregunta no debería ser: “¿Andará conmigo el Salvador?”. Él lo hará. La verdadera pregunta es: “¿Andaré yo con Él?”.
Al escoger andar con Jesucristo, todo comienza a cambiar. Él ya no es un conocido casual, sino un leal amigo celestial. Los invito a que decidan recordarlo y seguirlo, no de forma casual ni ocasional, sino deliberadamente y siempre. Ruego que lleguemos a ser la clase de discípulos que se fijan, tienden la mano y elevan, como lo hizo el Salvador.
Testifico que, al escuchar Su voz en las Escrituras, seguir las enseñanzas de los profetas y apóstoles vivientes, arrepentirnos a diario y oír Su invitación de “ven, sígueme”, hallaremos paz en este mundo tumultuoso.
Sentiremos Su Espíritu y tendremos gozo aun en los momentos más difíciles. Hallaremos fortaleza para confiar en Él y en Sus promesas de un mañana mejor.
“Salir de una situación difícil” es más que un apellido para mí. Es un testimonio de una realidad eterna: que mediante la fe en Jesucristo y al tomar sobre nosotros Su nombre gracias a los convenios que hicimos en el bautismo, la Santa Cena y en Su Santa Casa, nos da acceso a Su poder habilitador que puede y cambiará nuestra vida. Sé que, en Su tiempo y a Su manera, siempre hay una manera de avanzar. Porque Él no solo conoce el camino; Él es el camino.
Ya sea que su nombre represente a la primera generación en la Iglesia o a un legado multigeneracional de fe, el nombre que más influencia eterna tiene en nosotros es el sagrado nombre de Jesucristo. Honramos a los que nos precedieron, pero sobre todo lo honramos a Él, porque en Su nombre estamos unidos mediante la identidad por convenio.
Testifico que Jesucristo restauró Su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Lleva Su nombre y contiene la plenitud de Su Evangelio, con ordenanzas y convenios que nos unen a Él. Testifico que Jesús es el Cristo, el Príncipe de Paz. Él renovará nuestra fortaleza y nos brindará gozo, porque Él viene “con sanidad en sus alas”. Él nos tiende la mano una y otra vez porque desea guiarnos a casa, uno por uno, por nombre. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso “Él los conoce por su nombre” despliega una teología profundamente personal del discipulado, donde la relación con Jesucristo deja de ser abstracta para convertirse en íntima, concreta y transformadora. Desde el inicio, el uso del apellido del autor no es un simple elemento anecdótico, sino una clave interpretativa: la identidad no solo define quiénes somos, sino que también puede apuntar hacia lo que podemos llegar a ser en Cristo. Sin embargo, el discurso rápidamente trasciende la identidad terrenal para centrarla en el nombre supremo: el de Jesucristo. En este sentido, se plantea una inversión doctrinal significativa: no somos nosotros quienes únicamente recordamos a Cristo, sino que Él también nos recuerda, nos conoce y nos llama personalmente. Esta reciprocidad revela una relación viva, donde el conocimiento divino no es general ni distante, sino profundamente individual.
A lo largo del mensaje, se desarrolla una de las doctrinas más consoladoras del Evangelio: la omnisciencia compasiva del Salvador. Él no solo conoce nuestros nombres, sino también nuestras cargas, dolores y luchas invisibles. El discurso conecta esta verdad con la Expiación, mostrando que Cristo puede socorrer porque primero experimentó plenamente la condición humana. Esta enseñanza no es meramente teórica; se ilustra mediante experiencias personales que revelan cómo Dios responde a las súplicas a través de medios sencillos e inesperados. El episodio del niño de la Primaria actúa como un momento revelador: Dios se manifiesta en lo cotidiano, en lo aparentemente pequeño, confirmando que nadie está perdido en la multitud. Este enfoque subraya una teología de la mediación divina, donde el cielo toca la tierra por medio de personas comunes que actúan como instrumentos de consuelo.
Finalmente, el discurso plantea una invitación decisiva que transforma la pasividad espiritual en compromiso activo: la pregunta no es si Cristo camina con nosotros, sino si nosotros elegimos caminar con Él. Esta inversión es doctrinalmente profunda, ya que desplaza el énfasis desde la disponibilidad constante del Salvador hacia la respuesta humana. Así, el discipulado se presenta como una elección deliberada y sostenida, centrada en recordar, seguir y llegar a conocer verdaderamente a Cristo. El mensaje culmina integrando identidad, convenio y redención: tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo no es solo un acto ritual, sino una transformación ontológica que nos conecta con Su poder habilitador. En conjunto, el discurso ofrece una visión esperanzadora y profundamente relacional del Evangelio: un Dios que conoce, un Salvador que comprende y un camino que se recorre, no en anonimato, sino “uno por uno, por nombre”.
Puntos doctrinales
1. Jesucristo nos conoce individualmente por nuestro nombre
El Salvador no trata a Sus hijos de manera general, sino que nos conoce personal, íntima y perfectamente.
Este principio revela una dimensión profundamente personal de la divinidad. El conocimiento de Cristo no es meramente omnisciente en sentido abstracto, sino relacional y afectivo. La reiteración de ejemplos bíblicos (Adán, Moisés, María, Saulo, José Smith) establece un patrón doctrinal: Dios siempre ha tratado con Sus hijos de forma individual. Esto contrasta con la percepción moderna de anonimato espiritual y reafirma que la salvación es una experiencia personalizada, no masiva.
2. Tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo es central en los convenios
La Santa Cena y otras ordenanzas nos invitan a asumir la identidad espiritual ligada al nombre de Cristo.
El discurso conecta identidad y convenio de forma poderosa. No se trata solo de recordar a Cristo, sino de adoptar Su nombre como parte de nuestra identidad espiritual. Esto implica transformación: vivir de acuerdo con ese nombre. Doctrinalmente, el nombre representa autoridad, pertenencia y propósito. Así, el convenio no es solo un compromiso externo, sino una redefinición interna del ser.
3. La Expiación permite que Cristo comprenda y socorra perfectamente
Jesucristo conoce nuestras aflicciones porque las experimentó plenamente en Su Expiación.
Este punto profundiza en la naturaleza empática del Salvador. No solo tiene poder para salvar, sino comprensión perfecta para consolar. La Expiación se presenta como un acto de conocimiento experiencial, no solo judicial. Esto transforma la relación con Cristo: no acudimos a un juez distante, sino a un Redentor que “sabe” por experiencia cómo ayudarnos. Es una doctrina que une justicia, misericordia y compasión en una sola realidad redentora.
4. Dios responde a nuestras oraciones mediante medios sencillos y personas
El Señor se comunica y consuela a Sus hijos a través de instrumentos humanos y experiencias cotidianas.
El relato del niño de la Primaria ilustra una teología de la mediación divina: Dios obra a través de otros. Esto redefine la expectativa de revelación, alejándola de lo espectacular hacia lo cotidiano. Doctrinalmente, implica que cada creyente puede ser un canal de gracia para otros. Además, enseña que la respuesta divina no siempre elimina la prueba, pero sí confirma la compañía y el amor de Dios en medio de ella.
5. El sufrimiento no es evidencia de ausencia divina
Las pruebas y el dolor no significan que Dios no nos ame; más bien, Él está presente y actúa en medio de ellos.
Este principio corrige una de las interpretaciones más comunes del sufrimiento humano. El discurso enseña que el dolor no es contradicción del amor divino, sino contexto donde ese amor se manifiesta con mayor profundidad. La invitación a acercarse a Dios “en el fuego purificador” introduce una teología del refinamiento espiritual, donde las pruebas se convierten en medios de acercamiento y transformación.
6. El discipulado es una decisión activa de caminar con Cristo
La pregunta clave no es si Cristo está con nosotros, sino si nosotros elegimos andar con Él.
Este es uno de los giros más profundos del discurso. Cambia el enfoque desde la iniciativa divina (siempre presente) hacia la respuesta humana. Doctrinalmente, resalta el albedrío y la responsabilidad personal en la salvación. El discipulado no es pasivo ni automático; requiere intención, constancia y compromiso. Esta enseñanza transforma la relación con Cristo en una elección diaria y deliberada.
7. Conocer a Dios y a Jesucristo es la esencia de la vida eterna
La vida eterna consiste en una relación real y progresiva de conocimiento con el Padre y el Hijo.
Este principio redefine la vida eterna no como una recompensa futura únicamente, sino como una relación presente que se desarrolla. Conocer a Dios implica comunión, experiencia y transformación. Así, la salvación no es solo destino, sino proceso relacional. El discurso invita a pasar de un conocimiento superficial a una relación profunda y viva con lo divino.
8. El nombre de Jesucristo es la identidad más importante del creyente
Por encima de cualquier herencia o historia personal, la identidad en Cristo es la que tiene valor eterno.
El cierre del discurso sintetiza su mensaje central: nuestra identidad definitiva no está en nuestros orígenes, sino en nuestra relación con Cristo. Esto tiene implicaciones profundas: igualdad espiritual, propósito redentor y pertenencia al pueblo de Dios. El nombre de Cristo se convierte en el eje que unifica a todos los creyentes, trascendiendo cultura, historia y circunstancias personales.
Para reflexivos
1. Nunca eres invisible para Dios
Aunque a veces podamos sentirnos olvidados o insignificantes, el discurso enseña que Jesucristo nos conoce de manera individual y perfecta.
Este pensamiento confronta una de las luchas más profundas del ser humano moderno: la sensación de anonimato y desconexión. En un mundo donde la identidad puede diluirse entre multitudes, la doctrina de que Cristo nos conoce por nombre restaura el valor personal y eterno del individuo. No se trata solo de consuelo emocional, sino de una afirmación doctrinal poderosa: nuestra existencia tiene significado divino. Esta verdad invita a reinterpretar la soledad no como abandono, sino como una oportunidad para descubrir la cercanía silenciosa de Dios.
2. Dios muchas veces responde de formas sencillas
Las respuestas a nuestras oraciones no siempre llegan de manera espectacular, sino a través de personas, palabras o momentos cotidianos.
Este pensamiento redefine la expectativa espiritual. Frecuentemente, el ser humano espera manifestaciones extraordinarias, pero el discurso enseña que lo divino se revela en lo ordinario. Esto requiere una sensibilidad espiritual afinada: aprender a discernir la mano de Dios en lo simple. Doctrinalmente, implica que el cielo opera constantemente en la tierra, pero de manera sutil. Así, cada interacción humana puede convertirse en un medio de revelación, elevando la vida diaria a un espacio sagrado.
3. El dolor no significa que Dios esté ausente
Las pruebas y dificultades no son evidencia de abandono divino, sino parte del proceso de crecimiento y refinamiento espiritual.
Este pensamiento desafía una interpretación común del sufrimiento. En lugar de ver el dolor como señal de distancia divina, el discurso lo presenta como un contexto donde el amor de Dios puede manifestarse con mayor profundidad. La Expiación de Cristo garantiza que no hay experiencia humana que Él no comprenda. Por tanto, el sufrimiento puede transformarse en un puente hacia una relación más profunda con Dios, en lugar de ser un obstáculo. Esta perspectiva ofrece esperanza sin negar la realidad del dolor.
4. Seguir a Cristo es una decisión diaria y deliberada
El discipulado no ocurre automáticamente; requiere elegir constantemente caminar con el Salvador.
Este pensamiento pone el énfasis en la responsabilidad personal dentro del plan de salvación. Aunque Cristo siempre está dispuesto a caminar con nosotros, la relación se activa mediante nuestra decisión consciente de seguirle. Esto transforma la fe en acción: no basta con creer, es necesario vivir de acuerdo con esa creencia. Doctrinalmente, resalta el papel del albedrío y la constancia en el desarrollo espiritual. Cada día se convierte en una oportunidad de renovar ese compromiso y profundizar la relación con Cristo.
Comentario final
El discurso “Él los conoce por su nombre” ofrece una síntesis doctrinal profundamente rica sobre la naturaleza personal de la relación entre Jesucristo y cada individuo, articulando una teología del discipulado centrada en la identidad, el convenio y la redención. Desde una perspectiva académica, el mensaje se sostiene sobre un eje fundamental: el conocimiento divino no es meramente omnisciente, sino relacional y redentor. Cristo no solo conoce “acerca de” nosotros, sino que nos conoce “en” nuestras experiencias, gracias a la realidad de Su Expiación. Esta distinción es crucial, pues transforma la comprensión de la salvación de un modelo abstracto a uno profundamente encarnacional, donde el Salvador participa plenamente en la condición humana para poder socorrerla eficazmente.
Asimismo, el discurso presenta una doctrina elevada de la identidad por convenio. Tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo no es un acto simbólico aislado, sino una incorporación espiritual a Su obra y a Su naturaleza. En términos teológicos, esto implica una transformación ontológica progresiva: el discípulo no solo sigue a Cristo, sino que llega a reflejar Su carácter. Este proceso se nutre mediante prácticas constantes —como la Santa Cena, el arrepentimiento diario y la obediencia— que reafirman la relación de convenio y permiten el acceso continuo al poder habilitador del Salvador. De este modo, la identidad cristiana no se define por herencia cultural o circunstancial, sino por una relación viva y activa con Jesucristo.
Finalmente, el discurso aporta una dimensión pastoral significativa al enseñar que la respuesta divina frecuentemente se manifiesta en lo cotidiano y en lo comunitario. Esta idea refuerza una eclesiología práctica: los miembros de la Iglesia no son meros participantes pasivos, sino instrumentos mediante los cuales Dios ministra a Sus hijos. Así, la experiencia religiosa auténtica integra lo personal y lo comunitario, lo divino y lo humano. En conjunto, el mensaje invita a una fe madura, caracterizada por la confianza en un Salvador que conoce, acompaña y transforma, y por un discipulado consciente que responde a ese conocimiento con lealtad, acción y esperanza.

























