Siento el amor de mi Salvador

Conferencia General Abril 2026

Siento el amor de mi Salvador

Por el élder Pedro X. Larreal
De los Setenta

Ruego que cada uno de nosotros sienta el amor de nuestro Salvador al participar de la Santa Cena.



Mis queridos hermanos y hermanas, ¿saben cuánto los ama el Salvador? Si no lo saben o nunca lo han pensado antes, espero que al final de este mensaje sepan cómo encontrar la respuesta a esa pregunta.

Hace unas semanas, en un devocional para estudiantes de la Universidad Brigham Young, nuestro profeta, el presidente Dallin H. Oaks, inició su discurso compartiendo este pensamiento: “Siento que debo recalcar la advertencia que nos dio el presidente Russell M. Nelson de que ‘en los días futuros, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo’. Una de las muchas razones por las que necesitarán la influencia constante del Espíritu Santo es que viven en una época en la que el adversario se ha vuelto tan eficaz en disfrazar la verdad que, si no tienen el Espíritu Santo, serán engañados”.

Podemos renovar esa influencia del Espíritu Santo cada semana al prepararnos personalmente para participar de la Santa Cena.

El Señor resucitado hizo hincapié en la importancia de la Santa Cena cuando visitó el continente americano e instituyó esa ordenanza entre los nefitas y lamanitas fieles. Bendijo los emblemas de la Santa Cena y los dio a Sus discípulos y luego a la multitud, y al mismo tiempo les mandó, diciendo: “Y siempre haréis esto por todos los que se arrepientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros, para que testifiquéis al Padre que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros”.

La Santa Cena es la ordenanza que reemplaza los sacrificios de sangre y los holocaustos de la ley mosaica. Al participar de esta ordenanza, podemos recibir la promesa que dio el Salvador. En 3 Nefi 9:20 leemos: “Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo”.

Al participar de esta ordenanza con un corazón quebrantado, el Señor nos promete la bendición de contar con la compañía y la guía constante del Espíritu Santo.

La Santa Cena representa la Expiación de Jesucristo. Durante ese sagrado momento, cuando toda nuestra atención está puesta en Él y nos centramos en Su sacrificio expiatorio, ¿cómo no vamos a sentir Su gran amor por nosotros? ¿Cómo no nos vamos a sentir importantes cuando recordamos que Él voluntariamente se ofreció para ser el Intercesor entre nosotros y el Padre?

En Lucas 22:19–20 leemos:

“Entonces tomó el pan, y habiendo dado gracias, lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.

“Asimismo, tomó también la copa, después que hubo cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre, que por vosotros se derrama”.

Cuando Cristo pronunció estas palabras que se encuentran en Lucas, Él estaba enfocado en nosotros; la Santa Cena se dio para nuestro beneficio. Fíjense de nuevo en lo que Él dice: “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado”. Y en el siguiente versículo, Él dice: “Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre, que por vosotros se derrama”.

Queridos hermanos y hermanas, el Señor usa una y otra vez el pronombre vosotros para enfatizar y recordarnos que la Santa Cena es para nosotros: ¡para ustedes y para mí!

La ordenanza de la Santa Cena hace que la reunión sacramental sea la reunión más sagrada e importante de la Iglesia. Durante la Santa Cena, debemos esforzarnos por apartar de nuestra mente todo pensamiento mundano. Este es un momento para estar en oración y ser reverentes; no es un momento para leer libros ni revistas seculares, no es un momento para revisar nuestro teléfono celular. Este momento sagrado es para sentir Su amor por nosotros y recordarlo a Él, para saber que nunca estamos solos y que Su Espíritu estará con nosotros para ayudarnos durante las pruebas y los desafíos.

El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “Si participamos semanalmente y en forma apropiada en la ordenanza de la Santa Cena, nos hacemos merecedores de la promesa de ‘que siempre [tendremos] su Espíritu [con nosotros]’ (D. y C. 20:77)”.

El don del Espíritu Santo es la brújula que nos guía para tomar decisiones correctas y nos santifica de todo pecado.

En este Domingo de Pascua, en el que celebramos la Resurrección de Jesucristo, quiero invitarles, con todas mis fuerzas y con todo mi amor, a que salgamos hoy con la determinación de elevar nuestra preparación espiritual y reverencia al participar de la Santa Cena. Es vital. Como dijo el presidente Nelson, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la compañía del Espíritu Santo en estos últimos días.

Sé que Jesucristo vive y que Él nos conoce. Él siempre tiene los brazos abiertos y listos para ayudarnos. Él nos ama más de lo que podemos comprender. Es mi oración que cada uno de nosotros sienta el amor de nuestro Salvador al participar de la Santa Cena y contar con la influencia del Espíritu Santo en estos días en los que el adversario no descansa.

Testifico del manto sagrado de nuestro profeta, el presidente Dallin H. Oaks, como profeta, vidente y revelador. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso “Siento el amor de mi Salvador” se construye sobre una invitación profundamente espiritual: redescubrir la Santa Cena no como una rutina semanal, sino como un encuentro sagrado con el amor redentor de Jesucristo. Desde una perspectiva narrativa, el mensaje inicia planteando una pregunta esencial —¿sabemos realmente cuánto nos ama el Salvador?— y a lo largo del desarrollo, no solo responde a esa interrogante, sino que guía al oyente hacia una experiencia personal donde ese amor puede sentirse de manera tangible. La Santa Cena se presenta como el medio privilegiado para esa experiencia, un espacio donde la memoria, el convenio y la presencia divina convergen. No es simplemente recordar un hecho pasado, sino participar activamente en una realidad espiritual presente: la Expiación de Cristo aplicada al alma individual.

A nivel doctrinal, el discurso establece una conexión inseparable entre la Santa Cena y la compañía constante del Espíritu Santo. Esta relación no es incidental, sino condicional y profundamente significativa: al recordar siempre a Cristo, se nos promete Su Espíritu. En este sentido, la ordenanza se convierte en una renovación continua del vínculo con lo divino. El análisis del texto revela una preocupación teológica contemporánea: la creciente influencia del error y la confusión espiritual en el mundo moderno. Frente a este contexto, el Espíritu Santo se presenta como una “brújula” indispensable, y la Santa Cena como el medio recurrente para asegurar esa guía. Así, la práctica sacramental adquiere una dimensión no solo devocional, sino también protectora y orientadora en la vida del creyente.

Finalmente, el discurso culmina con un llamado a la reverencia y a la intencionalidad en la adoración. El énfasis en apartar distracciones y centrar la mente en Cristo durante la Santa Cena revela una teología de la atención: lo que elegimos recordar y cómo lo hacemos determina la calidad de nuestra experiencia espiritual. El mensaje sugiere que sentir el amor del Salvador no es un evento automático, sino el resultado de una preparación consciente y un corazón dispuesto. En conjunto, el discurso presenta una visión del Evangelio donde el amor de Cristo no solo se enseña, sino que se experimenta, particularmente en momentos sagrados donde el creyente se acerca deliberadamente a Él.

Puntos doctrinales

1. La Santa Cena es el medio principal para sentir el amor de Jesucristo
La ordenanza de la Santa Cena permite recordar la Expiación y experimentar personalmente el amor del Salvador.
Este principio sitúa la Santa Cena en el centro de la vida espiritual del creyente. No es un acto simbólico pasivo, sino un encuentro activo con el amor redentor de Cristo. El discurso recalca que el amor del Salvador no solo se comprende intelectualmente, sino que se siente espiritualmente al recordar Su sacrificio. Esto eleva la ordenanza a una experiencia transformadora donde memoria y presencia divina se entrelazan.

2. La compañía constante del Espíritu Santo depende de recordar siempre a Cristo
Al participar dignamente de la Santa Cena y recordar al Salvador, recibimos la promesa de tener siempre Su Espíritu con nosotros.
Aquí se establece una relación condicional clave en la doctrina restaurada: recordar a Cristo produce la presencia del Espíritu. Esta conexión revela que la espiritualidad no es accidental, sino cultivada mediante prácticas sagradas. El Espíritu Santo se presenta como resultado de un compromiso consciente con Cristo, lo cual convierte la Santa Cena en un canal continuo de guía, consuelo y santificación.

3. El Espíritu Santo es esencial para la supervivencia espiritual en los últimos días
Sin la influencia constante del Espíritu Santo, seremos vulnerables al engaño espiritual.
Este punto introduce una dimensión escatológica al discurso. El mundo contemporáneo es descrito como un entorno de confusión donde la verdad puede ser fácilmente distorsionada. En este contexto, el Espíritu Santo no es opcional, sino esencial para discernir correctamente. Doctrinalmente, esto eleva la urgencia de vivir de manera digna para retener Su compañía, posicionando la vida espiritual como una lucha activa por la claridad y la verdad.

4. La Santa Cena reemplaza los sacrificios de la ley mosaica
La ordenanza sacramental es el nuevo convenio que centra la adoración en la Expiación de Cristo.
Este principio conecta el Evangelio restaurado con la continuidad bíblica. La Santa Cena no es una práctica aislada, sino el cumplimiento de un sistema anterior de sacrificios. Esto revela una progresión doctrinal: de sacrificios externos a una conmemoración interna y espiritual del sacrificio perfecto de Cristo. La ordenanza, por tanto, no solo recuerda, sino que testifica de la suficiencia absoluta de la Expiación.

5. Participar dignamente requiere preparación y reverencia
Para recibir las bendiciones de la Santa Cena, debemos participar con un corazón quebrantado y un espíritu contrito.
El discurso enfatiza la actitud interior como condición esencial. No basta con participar externamente; la eficacia espiritual depende de la disposición del corazón. Este principio introduce una teología de la preparación espiritual, donde la reverencia y la concentración permiten una experiencia más profunda con lo divino. Además, subraya que la distracción mundana puede limitar nuestra capacidad de sentir el amor del Salvador.

6. La Santa Cena reafirma que el sacrificio de Cristo fue personal
El uso del término “vosotros” enseña que la Expiación fue individual y directa para cada persona.
Este detalle lingüístico tiene un peso doctrinal significativo. El discurso destaca que Cristo se ofreció “por vosotros”, enfatizando la naturaleza personal de Su sacrificio. Esto transforma la percepción de la Expiación: no es un evento general para la humanidad, sino un acto dirigido a cada alma. Esta individualización fortalece la relación personal con Cristo y profundiza el sentido de valor y propósito en cada creyente.

7. El Espíritu Santo actúa como guía y agente de santificación
El Espíritu Santo es una “brújula espiritual” que dirige nuestras decisiones y nos purifica del pecado.
Este punto amplía el rol del Espíritu más allá del consuelo. Se presenta como una fuerza activa que guía, corrige y transforma. Doctrinalmente, implica que la santificación no ocurre de manera automática, sino mediante la influencia constante del Espíritu. Esto refuerza la necesidad de mantener una vida espiritual disciplinada para permanecer sensibles a Su dirección.

8. La adoración verdadera requiere enfoque total en Cristo
Durante la Santa Cena debemos apartar distracciones y centrar nuestra mente y corazón en el Salvador.
Este principio introduce una teología de la atención espiritual. Lo que enfocamos determina lo que experimentamos. El discurso sugiere que sentir el amor de Cristo no es automático, sino resultado de una intención consciente. La reverencia se convierte en un medio para acceder a una experiencia más profunda con lo divino. En un mundo saturado de distracciones, este llamado adquiere una relevancia aún mayor.

Para reflexinar

1. El amor de Cristo se siente, no solo se entiende
El discurso enseña que no basta con saber que Cristo nos ama; ese amor debe experimentarse personalmente, especialmente en la Santa Cena.
Este pensamiento distingue entre conocimiento intelectual y experiencia espiritual. En la teología del Evangelio restaurado, la verdad no solo se aprende, sino que se vive y se siente. La Santa Cena se convierte en el puente entre doctrina y experiencia, donde el creyente pasa de comprender el sacrificio de Cristo a internalizarlo emocional y espiritualmente. Esto transforma la fe en algo vivo y dinámico.

2. La preparación espiritual determina la profundidad de la experiencia
Para sentir el amor del Salvador, es necesario participar de la Santa Cena con reverencia, concentración y un corazón sincero.
Este pensamiento introduce la responsabilidad personal en la experiencia espiritual. Dios ofrece Su Espíritu, pero la calidad de esa experiencia depende de nuestra disposición interior. La distracción, la rutina o la falta de intención pueden limitar lo que podríamos recibir. Así, la adoración se convierte en un acto consciente y deliberado, donde el enfoque espiritual abre la puerta a una conexión más profunda con Cristo.

3. El Espíritu Santo es indispensable en tiempos de confusión
El discurso recalca que sin la guía constante del Espíritu Santo, es fácil ser engañado en un mundo lleno de distorsión de la verdad.
Este pensamiento resalta la urgencia espiritual de nuestra época. No se trata solo de vivir correctamente, sino de discernir correctamente. El Espíritu Santo se presenta como una necesidad vital, no como un complemento opcional. Esto eleva la importancia de prácticas como la Santa Cena, ya que se convierten en medios esenciales para mantener claridad espiritual en medio de la confusión moderna.

4. Cristo hizo Su sacrificio pensando en ti personalmente
La Expiación no es solo un acto general, sino un sacrificio hecho de manera individual para cada persona.
Este pensamiento tiene un impacto profundo en la identidad espiritual. Saber que Cristo pensó en cada individuo al ofrecer Su vida transforma la relación con Él. Ya no es un Salvador distante, sino alguien íntimamente involucrado en nuestra vida. Esto fortalece el sentido de valor personal y motiva una respuesta de gratitud y compromiso. La Santa Cena se convierte entonces en un momento donde esa realidad se recuerda y se siente con mayor intensidad.

Comentario final

El discurso “Siento el amor de mi Salvador” presenta una teología profundamente sacramental del discipulado, en la cual la Santa Cena se erige como el eje central de la experiencia espiritual del creyente. Desde una perspectiva académica, el mensaje articula una doctrina en la que memoria, convenio y presencia divina convergen en un acto litúrgico recurrente que no solo conmemora la Expiación, sino que la hace espiritualmente accesible en el presente. La insistencia en “recordar siempre” a Cristo no debe entenderse como un ejercicio meramente cognitivo, sino como una práctica espiritual que activa la promesa divina de la compañía constante del Espíritu Santo. En este sentido, la Santa Cena funciona como un medio de renovación continua del vínculo con Dios, reafirmando semanalmente la relación de convenio y facilitando la transformación progresiva del alma.

Asimismo, el discurso responde a una necesidad contemporánea al subrayar la centralidad del Espíritu Santo como guía indispensable en un mundo caracterizado por la confusión doctrinal y moral. La advertencia sobre la imposibilidad de “sobrevivir espiritualmente” sin Su influencia introduce una dimensión escatológica que intensifica la urgencia del compromiso espiritual. El Espíritu no solo consuela, sino que ilumina, orienta y santifica, convirtiéndose en la brújula que permite discernir la verdad en medio del error. De este modo, la participación digna y reverente en la Santa Cena no es simplemente una práctica devocional, sino un acto estratégico de preservación espiritual en los últimos días.

Finalmente, el discurso ofrece una visión profundamente personal y redentora del amor de Jesucristo. Al enfatizar que Su sacrificio fue realizado “por vosotros”, se establece una doctrina de individualización de la Expiación que transforma la identidad del creyente: cada persona es objeto directo del amor divino. Esta comprensión no solo consuela, sino que educa espiritualmente, invitando a una respuesta activa de reverencia, gratitud y discipulado consciente. En conjunto, el mensaje enseña que el amor del Salvador no es una abstracción doctrinal, sino una realidad que puede sentirse, renovarse y profundizarse regularmente mediante una participación intencional en las ordenanzas sagradas.

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