Conferencia General Abril 2026
Elijan a Jesucristo como su guía
Élder Edward B. Rowe
De los Setenta
Necesito que Jesucristo sea mi guía en el trayecto de la vida en medio de las minas terrestres espirituales. Todos lo necesitamos.
Cuando escuché a la presidenta Freeman hablar sobre los días buenos y los días malos, me vino el pensamiento: “Ed, estás a punto de descubrir cuál de los dos es este día”.
Esta sagrada mañana de Pascua de Resurrección, me gustaría relatar una experiencia que me ayudó a entender cuánto necesitamos a Jesucristo para guiarnos en nuestra vida. Ruego que el Espíritu Santo les testifique del Cristo resucitado y que nuestro deseo de seguirlo aumente.
Hace varios años, cuando era un joven abogado, participé en la resolución de una disputa fronteriza entre países que habían estado en guerra. El trabajo requería que viajara a pie por áreas remotas que formaban parte de la zona de guerra reciente. Durante la guerra se habían colocado miles de minas terrestres. Allí había desminadores expertos trabajando para desactivar las minas. Sin embargo, para mi sorpresa, no se conocían todas las ubicaciones de las minas. De modo que en ocasiones, las personas las pisaban accidentalmente y resultaban heridas o incluso morían.
Para ayudarme a completar mi trabajo, se me había proporcionado un guía especial llamado Winta. Winta era muy conocido en la zona. Era de una ciudad fronteriza que había sido atacada. Se escapó y luego se ofreció como voluntario para permanecer en la región durante toda la guerra para observar las actividades del ejército enemigo. Conocía el terreno y lo que ocurrió durante la guerra.
Ya que era posible que algunos lugares a los que viajara tuvieran minas que no se habían detectado, recibí las siguientes instrucciones: Siga cuidadosamente a su guía. Winta conoce esta zona fronteriza por experiencia propia. Camine tras sus huellas unos pasos detrás de él. A donde él vaya, vaya usted. Donde él pise, pise usted. Literalmente debía seguir las huellas de Winta.
Durante varios días seguí a Winta por muchas áreas de la región fronteriza. Al principio me sentía inseguro y preocupado, y a veces caminaba por trincheras abandonadas, pueblos destruidos y otras zonas donde habían estado los ejércitos. Cuanto más caminábamos juntos y yo permanecía a salvo, más aumentaba mi confianza. Gracias a Winta, terminé mi trabajo sin sufrir daños y regresé a casa a salvo. Al seguir sus pasos, caminando con mi guía, desarrollé gran confianza y gratitud hacia él.
Jesucristo es nuestro guía perfecto y personal
Hermanos y hermanas, por mucho que en ese entonces necesitara que Winta fuera mi guía, he aprendido, y más importante aún, que necesito que Jesucristo sea mi guía en el trayecto de la vida en medio de sus minas terrestres espirituales. Todos lo necesitamos.
La invitación de Cristo es constante y coherente: “Ven, sígueme”. “Anda conmigo”. “Vuélvete a mí”. Su invitación es para todos, quienesquiera que seamos, dondequiera que estemos. Porque “él invita a todos […] a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha”. ¡Jesucristo no niega a nadie! ¡Nadie tiene por qué caminar solo!
“El Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio” nos invita a quienes estamos “trabajados y cargados” con nuestras debilidades e imperfecciones a caminar con Él como nuestro guía.
Jesucristo fue completamente obediente al Padre y declaró: “Yo os he dado el ejemplo”. “Aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros”. A medida que nos esforcemos por seguir Su ejemplo perfecto, Él nos fortalecerá y protegerá de las minas terrestres espirituales de Satanás.
Aunque la Expiación del Salvador es infinita, Su invitación es personal. Él nos invita a ustedes y a mí a aceptarlo como nuestro guía personal. Él sufrió no solo por la humanidad, sino por cada uno de nosotros individualmente. Como el presidente Russell M. Nelson nos enseñó: “Jesucristo tomó sobre Sí los pecados de ustedes, los dolores de ustedes, las angustias de ustedes y las debilidades de ustedes”. En resumen, Él los conoce personalmente y, por lo tanto, sabe cómo guiarles según sus fortalezas, debilidades y circunstancias.
Aunque nuestras sendas en la vida son únicas, cada una debe estar dentro de la senda de los convenios. Porque esa es la senda de Cristo. Entramos en esa senda y nos conectamos con Jesucristo como nuestro guía al ejercer fe en Él, arrepentirnos y hacer promesas sagradas, o convenios, con Él.
Seguimos Sus pasos en la senda de los convenios al estar en lugares santos como el templo, y al tener experiencias sagradas al participar de la Santa Cena, orar, estudiar las Escrituras y ministrar a los demás. Cuanto más tiempo pasemos con nuestro guía de esta manera, y nos esforcemos por seguir Su ejemplo, más desarrollaremos un vínculo profundo y una relación especial con Él y con nuestro Padre Celestial.
Sentiremos el amor del Salvador, seremos bendecidos con Su fortaleza y tendremos mayor confianza en Él. Incluso nuestra naturaleza misma cambiará para llegar a ser más semejantes a Él. Sentiremos más gozo y nuestro amor y gratitud por Él aumentarán.
Cristo tiene el poder no solo de guiar, sino también de sanar
Aunque el Salvador es nuestro guía perfecto, nosotros somos seguidores imperfectos. De hecho, “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Nuestro amoroso Padre Celestial sabía que así sería. Por lo tanto, nos proporcionó un Salvador; y debido a que Cristo cumplió los fines de la ley por medio de Su Expiación, el Padre le dio todo poder para sanarnos completamente cuando caminamos imperfectamente.
Yo sé que esto es verdad. Cuando he sido herido por minas terrestres espirituales, he experimentado el poder redentor y sanador de Cristo al ejercer fe en Él y arrepentirme con verdadera intención. He sido sanado espiritualmente por Jesucristo. ¡Les prometo que ustedes también pueden serlo!
Por favor, acepten Su invitación: “¿No os volveréis a mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane? […] Mi brazo de misericordia se extiende hacia vosotros, y a cualquiera que venga, yo lo recibiré”.
Por lo tanto, Jesucristo no solo es un guía perfecto y personal, ¡también es el Redentor resucitado y el Maestro Sanador!. No importa lo heridos que estén o lo imperfectos e inadecuados que se sientan al seguirlo, Él los ama. Su mano misericordiosa se extiende hacia ustedes incluso ahora. ¡Por favor, tómenla!
Conclusión
Esta mañana de Pascua de Resurrección, ruego que todos aceptemos la invitación de Cristo de ser nuestro guía y andar con Él. Y cuando tengamos dificultades o nos desviemos, volvamos a Él para que Él nos sane; para que Él los sane a ustedes. Como declaró el presidente Dallin H. Oaks: “¡Jesucristo es el camino!”. ¡Él vive! Él es nuestro Salvador y Redentor, el Cristo resucitado, a quien amo. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso presenta una poderosa metáfora doctrinal al comparar la vida con un campo minado espiritual, donde las decisiones, tentaciones y pruebas representan peligros invisibles pero reales. La experiencia personal del élder Edward B. Rowe al seguir cuidadosamente a su guía en una zona de guerra no solo añade autenticidad, sino que establece el fundamento simbólico del mensaje: así como la seguridad física dependía de seguir exactamente las huellas del guía, la seguridad espiritual depende de seguir fielmente a Jesucristo. Esta analogía no es superficial; revela una verdad central del evangelio: el discipulado no consiste en avanzar por cuenta propia, sino en una dependencia consciente, humilde y constante del Salvador. El relato muestra cómo la confianza se desarrolla progresivamente al caminar con el guía, lo cual refleja el proceso de fe en Cristo: comienza con incertidumbre, pero se fortalece mediante la experiencia vivida de protección y dirección divina.
Doctrinalmente, el discurso profundiza en dos funciones esenciales de Jesucristo: como Guía perfecto y como Sanador misericordioso. Primero, se enfatiza que Cristo no solo señala el camino, sino que camina con nosotros de manera personal, con pleno conocimiento de nuestras debilidades y circunstancias individuales. Esta dimensión personal del discipulado resalta la doctrina de una relación íntima con el Salvador, desarrollada a través de la senda de los convenios, las ordenanzas y las prácticas espirituales constantes. En segundo lugar, el discurso equilibra la exigencia del seguimiento con la realidad de la imperfección humana, introduciendo el poder sanador de la Expiación. No se trata solo de evitar “minas espirituales”, sino de ser restaurados cuando inevitablemente fallamos. Así, el mensaje culmina en una invitación esperanzadora: Cristo no solo guía al fiel, sino que levanta al caído. Esta dualidad —dirección y redención— encapsula el núcleo del evangelio: caminar con Cristo no garantiza ausencia de caídas, pero sí asegura que ninguna caída será definitiva si volvemos a Él.
Puntos doctrinales
1. Jesucristo es el guía indispensable en la vida
No podemos transitar con seguridad la vida espiritual sin la guía constante de Jesucristo.
El discurso establece que la vida mortal está llena de peligros invisibles —“minas espirituales”— que el ser humano por sí solo no puede identificar completamente. Así como el guía terrenal conocía el terreno por experiencia, Cristo conoce perfectamente el camino porque Él lo ha recorrido y vencido. Esta doctrina subraya la insuficiencia de la autosuficiencia espiritual y reafirma la necesidad de una dependencia activa del Salvador. No seguirlo no es solo una omisión, sino un riesgo espiritual real.
2. El discipulado verdadero implica seguir exactamente las huellas de Cristo
Seguir a Cristo no es simbólico; requiere imitar Sus acciones y obedecer Su ejemplo con precisión.
La instrucción de “pisar donde el guía pisa” representa una obediencia exacta, no selectiva. En términos doctrinales, esto apunta a la obediencia como principio salvador, no meramente cultural o externo. El discipulado auténtico exige alineación de la voluntad con la de Cristo. Este punto desafía cualquier noción de un cristianismo cómodo o parcial, enseñando que la seguridad espiritual está directamente ligada a la exactitud del seguimiento.
3. La relación con Cristo es personal e individual
Jesucristo conoce a cada persona de manera individual y guía según sus necesidades específicas.
El discurso resalta una doctrina profundamente consoladora: la Expiación es infinita en alcance, pero individual en aplicación. Cristo no guía a multitudes de forma genérica, sino a cada alma de manera personalizada. Esto implica que el discipulado no es comparativo, sino relacional. La guía divina se adapta a las circunstancias únicas de cada individuo, lo cual fortalece la confianza y elimina la idea de que el evangelio es un sistema rígido o impersonal.
4. La senda de los convenios es el camino seguro
La única ruta segura en la vida espiritual es permanecer dentro de la senda de los convenios.
El discurso conecta la guía de Cristo con prácticas concretas: fe, arrepentimiento, ordenanzas y fidelidad continua. La senda de los convenios no es solo un concepto doctrinal, sino un sistema divinamente establecido de protección espiritual. Este principio enseña que la seguridad no proviene solo de creer en Cristo, sino de vincularse a Él mediante compromisos sagrados y renovados constantemente.
5. La cercanía constante con Cristo transforma la naturaleza humana
Al caminar con Cristo, no solo recibimos ayuda, sino que somos transformados para llegar a ser como Él.
El discurso introduce la doctrina de la santificación progresiva. No se trata únicamente de evitar el pecado, sino de experimentar un cambio interno profundo. La repetición de actos espirituales (oración, sacramentos, servicio) no es ritualista, sino transformadora. Este punto revela que el evangelio no es solo correctivo (evitar el mal), sino también formativo (llegar a ser buenos).
6. Cristo no solo guía, también sana al pecador
Cuando fallamos, Jesucristo tiene el poder de sanarnos completamente mediante Su Expiación.
Este principio equilibra la exigencia del discipulado con la misericordia divina. El discurso evita una visión perfeccionista del evangelio al reconocer que todos inevitablemente tropezamos. La doctrina aquí es profundamente redentora: el fracaso no es el final, sino una oportunidad para experimentar el poder sanador de Cristo. Esto transforma la culpa en esperanza y el error en aprendizaje espiritual.
7. El arrepentimiento es el medio para recibir sanación
La sanación espiritual ocurre cuando ejercemos fe en Cristo y nos arrepentimos con sinceridad.
El arrepentimiento es presentado no como castigo, sino como proceso de restauración. Este enfoque doctrinal cambia la percepción del arrepentimiento de algo negativo a algo profundamente liberador. La invitación del Salvador es activa y continua, lo que revela Su disposición constante a recibir y sanar.
8. Nadie tiene que caminar solo en la vida
Jesucristo invita a todos sin excepción a seguirlo y recibir Su guía.
Este punto enfatiza la universalidad del evangelio. La invitación de Cristo no está condicionada por el pasado, las debilidades o la condición actual del individuo. Doctrinalmente, esto refleja la gracia inclusiva del Salvador. La soledad espiritual no es una realidad inevitable, sino una condición que puede superarse al aceptar la compañía divina.
9. La confianza en Cristo se desarrolla mediante la experiencia
A medida que seguimos a Cristo y vemos Sus bendiciones, nuestra fe y confianza en Él aumentan.
El discurso enseña que la fe no es estática, sino progresiva. La confianza en Cristo crece al experimentar Su guía y protección. Esto introduce un principio epistemológico del evangelio: el conocimiento espiritual se adquiere por experiencia vivida, no solo por comprensión intelectual.
10. Jesucristo es el camino seguro hacia la salvación
Cristo no solo muestra el camino, Él es el camino.
El mensaje culmina en una afirmación cristocéntrica absoluta: todo converge en Cristo. No hay rutas alternativas ni sustitutos espirituales. Esta doctrina reafirma la centralidad del Salvador en el plan de salvación y posiciona Su rol como exclusivo e indispensable. Seguirlo no es una opción entre muchas, sino la única vía hacia la vida eterna.
Pensamientos reflexivo
1. Seguir a Cristo requiere confianza antes de tener plena seguridad
Al inicio del relato, el autor camina con temor e incertidumbre, pero decide confiar en su guía. De igual manera, en la vida espiritual muchas veces debemos actuar con fe antes de ver resultados claros.
Este pensamiento revela un principio fundamental del discipulado: la fe precede a la evidencia. La confianza en Cristo no nace de la ausencia de riesgo, sino de la decisión de avanzar a pesar de él. El proceso espiritual implica caminar en territorios desconocidos donde la única certeza es la voz del Salvador. Así, el crecimiento espiritual ocurre cuando elegimos obedecer aun sin comprender plenamente, lo cual transforma la fe en una experiencia vivida y no solo conceptual.
2. La seguridad espiritual está en la obediencia exacta, no parcial
El mandato de pisar exactamente donde el guía pisa simboliza que pequeñas desviaciones pueden tener consecuencias graves.
Este principio desafía la tendencia humana a adaptar el evangelio a la conveniencia personal. La obediencia selectiva crea vulnerabilidad espiritual, mientras que la obediencia exacta genera protección. Doctrinalmente, esto enseña que los mandamientos no son restricciones arbitrarias, sino guías precisas diseñadas para preservar la vida espiritual. La fidelidad en los detalles es lo que diferencia entre seguridad y peligro en el camino del discipulado.
3. La relación con Cristo se fortalece caminando con Él diariamente
A medida que el autor caminaba con su guía, su confianza crecía. De igual manera, nuestra relación con Cristo se profundiza mediante experiencias constantes con Él.
El discurso presenta el discipulado como una relación dinámica, no estática. La cercanía con Cristo no ocurre de manera instantánea, sino progresiva, mediante prácticas espirituales repetidas: oración, estudio, convenios y servicio. Este pensamiento enseña que la fe madura en la constancia. La transformación espiritual no es producto de momentos aislados, sino de una convivencia continua con lo divino que moldea la mente y el corazón.
4. Cristo no solo nos guía cuando somos fuertes, sino que nos sana cuando fallamos
El discurso reconoce que, aun siguiendo a Cristo, podemos caer o ser heridos, pero Él tiene el poder de sanarnos completamente.
Este pensamiento equilibra justicia y misericordia en la doctrina de Cristo. No se espera perfección inmediata del discípulo, sino disposición constante a volver al Salvador. La Expiación no es solo preventiva (evitar el pecado), sino restauradora (sanar después del error). Esto cambia la perspectiva del fracaso: en lugar de ser una condena, se convierte en una oportunidad para experimentar el amor redentor de Cristo. Así, el discipulado se define no por la ausencia de caídas, sino por la constancia en regresar a Él.
Comentario final
El discurso del élder Edward B. Rowe se erige como una exposición profundamente cristocéntrica del discipulado, en la cual la metáfora del campo minado no solo ilustra los peligros de la vida mortal, sino que define con precisión la naturaleza del seguimiento de Jesucristo: un acto de dependencia consciente, continua y deliberada. Desde una perspectiva doctrinal, el mensaje articula una teología del caminar con Cristo donde la seguridad espiritual no radica en la capacidad del individuo, sino en la fidelidad con la que este alinea su voluntad con la del Salvador. La figura del guía no es meramente ilustrativa, sino reveladora de la función mediadora de Cristo en el plan de salvación: Él no solo conoce el camino, sino que es el único que puede conducirnos con certeza a través de un mundo moralmente incierto. En este sentido, el discurso reafirma una verdad central del evangelio restaurado: la obediencia exacta y el compromiso con la senda de los convenios no son requisitos arbitrarios, sino condiciones divinamente establecidas para la protección y el progreso espiritual.
Educativamente, el discurso ofrece un marco formativo integral para el desarrollo del discípulo, donde la experiencia, la práctica espiritual constante y la relación personal con Cristo convergen para producir transformación. La enseñanza no se limita a evitar el error, sino que apunta a una metamorfosis del ser: al caminar con Cristo, el creyente no solo es preservado, sino también refinado y santificado. Además, la inclusión del poder sanador de la Expiación introduce un equilibrio doctrinal esencial entre exigencia y gracia, recordando que el progreso espiritual no es lineal ni exento de caídas, pero sí redimible. Desde una perspectiva académica, esto posiciona el discurso dentro de una teología de la esperanza activa, donde el arrepentimiento no es un recurso de emergencia, sino un principio continuo de renovación. En última instancia, el mensaje invita a una pedagogía del discipulado en la que aprender de Cristo implica caminar con Él, confiar en Él y, finalmente, llegar a ser como Él.

























