Es Pascua de Resurrección: Nadie camina solo

Conferencia General Abril 2026

Es Pascua de Resurrección: Nadie camina solo

Por el élder Gerrit W. Gong
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Al andar por fe con el Señor, permaneciendo en Él y Él en nosotros, llegamos a saber que Él vive.



Al finalizar esta conferencia general de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Domingo de Pascua de Resurrección, nosotros, tal como los discípulos en el camino a Emaús, ansiamos que nuestro Salvador permanezca con nosotros, pues es Pascua de Resurrección.

El Evangelio de Lucas dice: “Dos [discípulos] iban el mismo día” —el de Pascua de Resurrección— “a una aldea llamada Emaús, […] como a sesenta estadios de Jerusalén” (a unos 12 kilómetros o 7 millas). Emaús significa “fuentes termales”, un lugar de sanación.

Imagínense que vamos andando a Emaús. Se nos une un extraño; él ve que estamos tristes. Le decimos: “Jesús nazareno […], profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo” ha sido crucificado. Y “hoy es el tercer día desde que esto ha acontecido”.

Mientras caminamos, el extraño abre las Escrituras y explica todas las cosas concernientes a Jesucristo. Nuestro corazón arde en nosotros. Al acercarnos a la aldea, le pedimos a nuestro nuevo compañero: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde”.

Nuestro amigo come con nosotros; toma el pan, lo bendice, lo parte y nos lo da. Nuestros ojos son abiertos y lo reconocemos: es Jesucristo resucitado. Aunque no lo reconocimos antes, Él ha estado andando con nosotros todo el tiempo.

El Evangelio de Marcos testifica que Jesús se apareció tres veces en ese día de Pascua de Resurrección, pero al principio no lo reconocieron.

“Se apareció primeramente a María Magdalena”, quien pensó que Jesús era el hortelano.

Después Jesús se apareció “a dos de ellos que iban caminando”. Esos dos discípulos en el camino a Emaús finalmente lo reconocieron al “partir el pan”.

En tercer lugar, Jesús “se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa”. “Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: […] Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy”. Para mostrar que no era un espíritu, Jesús comió “parte de un pescado asado y un panal de miel”.

Jesucristo, al andar con Sus discípulos por el camino a Emaús, revela un modelo del convenio. A veces, en nuestro polvoriento camino a Emaús, nos sentimos solos, incomprendidos, agobiados, invisibles. Pero cuando Él “nos habl[a] en el camino”, Sus palabras en las Escrituras hacen que arda nuestro corazón. Al partir y bendecir el pan de la Santa Cena, Sus ordenanzas y convenios nos ayudan a conocerlo. Al andar con Él por fe, permaneciendo en Él y Él en nosotros, llegamos a saber que Él vive, que Sus promesas de Pascua de Resurrección son reales.

Cada día de reposo, invitamos a todos a venir a adorar a Jesucristo en la comunidad de Su Iglesia restaurada. En la ordenanza de la Santa Cena, hacemos convenio de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, a recordarlo siempre y a guardar Sus mandamientos. Él promete que siempre podremos tener Su Espíritu con nosotros. Al dar testimonio de Jesús y recordarlo cada semana, permanecemos en Él y andamos con Él.

Así como los discípulos en el camino a Emaús le piden a Jesús que permanezca con ellos, Jesucristo promete permanecer con nosotros. En los capítulos 14 y 15 del Evangelio de Juan, Jesús enseña a Sus discípulos y a nosotros cómo Él permanece, pertenece y anda con nosotros. Su fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte.

Cuando tenemos una pregunta, un problema o sentimos gozo, Jesucristo dice: “Yo soy tu respuesta: tu camino, tu verdad, tu vida”.

Para permanecer con nosotros, en Juan 14, Jesús nos promete el primer y el segundo Consolador. El primer Consolador del que habla Jesús es el Espíritu Santo.

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”.

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo”.

El segundo Consolador del que habla Jesús es Él mismo. Él promete: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”.

Porque “el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él”.

“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él”.

Permanezcan y moren. En Juan 15, Jesucristo también enseña que Él es la vid y que Dios, nuestro Padre, es el labrador. Un pámpano “no puede llevar fruto por sí mismo”. Nosotros, sin el Señor, nada podemos hacer. Pero “el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto” y “vuestro fruto permane[ce]”. Jesús dice: “Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté [o permanezca] en vosotros, y vuestro gozo sea completo”.

Comenzamos esta conferencia general con una asamblea solemne. Las asambleas solemnes marcan hitos o acontecimientos importantes de la Iglesia, como el sostenimiento de un nuevo Presidente de la Iglesia. Ya sea que una asamblea solemne se celebre más temprano o más tarde, según un modelo sagrado y un precedente, demostramos simbólicamente un compromiso y apoyo unificado.

Las asambleas solemnes datan del antiguo Israel, incluso de la dedicación del templo por el rey Salomón. En esta dispensación se celebró una asamblea solemne histórica el 27 de marzo de 1836, luego de terminarse el Templo de Kirtland.

En esta conferencia, en asamblea solemne, fuimos testigos y sostuvimos al presidente Dallin H. Oaks como el profeta del Señor y nuestro profeta, con el presidente Henry B. Eyring y el presidente D. Todd Christofferson como nuestra Primera Presidencia, y al élder Gérald Caussé y al élder Clark G. Gilbert como miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles.

Al “busca[r] primeramente el reino de Dios y su justicia”, seguimos a Jesucristo y al profeta del Señor voluntaria y obedientemente, con gozo. Somos ricamente bendecidos al hacerlo.

Agradecemos que el presidente Dallin H. Oaks sea nuestro último discursante. Cuando yo era estudiante de primer año en la Universidad Brigham Young y el presidente Oaks era el nuevo rector, hablamos juntos en una mesa redonda para padres y futuros alumnos. Mientras esperaba que comenzara el programa, el presidente Oaks se acercó para tranquilizarme. Con una cálida sonrisa, dijo que él llevaba una corbata roja, porque cumplía cuarenta años y se sentía viejo. Para mí, como estudiante de primer año, ¡cuarenta eran muchos años!

Luego, el presidente Oaks me contó una historia. Todavía recuerdo el principio. Al abrir un cofre grande lleno de monedas, un abuelo invitó a sus nietos a juntar todas las monedas que pudieran. Entusiasmados, los nietos juntaron puñados de las monedas más abundantes pero menos valiosas, como las de uno, cinco y diez centavos. Sin embargo, una nieta escogió solo unas pocas monedas. Él le preguntó por qué. Ella respondió: “Abuelo, todas mis monedas son de oro”.

El presidente Dallin H. Oaks, un hombre amado e instruido por el Señor, ha ejemplificado el principio de “bueno, mejor y excelente” toda su vida. Él escoge la parte espiritual excelente. Él enseña por precepto y con el ejemplo cómo seguir a nuestro Salvador.

La Expiación de Jesucristo lo cambia todo. Brinda la resurrección literal. Permite que regresemos a la presencia de Dios y la unión eterna de las familias. Podemos sanar, reconciliarnos y permanecer en el convenio. Como Nefi en la antigüedad, nuestra alma se deleita en los convenios que el Señor ha hecho, “en su gracia, y en su justicia, y poder, y misericordia en el gran y eterno plan de liberación de la muerte”.

Este es mi testimonio de la Pascua de Resurrección:

“Jesucristo […] murió, fue sepultado, y resucitó al tercer día, y ascendió a los cielos”.

“Yo sé […] vive mi Señor” y “Él vive y siempre cantaré: […] mi Señor y Rey”.

Al caminar por nuestros polvorientos caminos a Emaús, Él estará con nosotros. Si ven a alguien caminando solo y triste, ¿podrían andar con él? Que nadie esté sentado solo y que nadie deba recorrer su camino a Emaús solo o sin ser visto. Veamos y andemos juntos en Su amor para que Él permanezca con nosotros y en nosotros, y nosotros en Él, en esta Pascua de Resurrección y cada día, lo ruego en el sagrado y santo nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso “Es Pascua de Resurrección: Nadie camina solo” del élder Gerrit W. Gong desarrolla una narrativa profundamente cristocéntrica que sitúa la experiencia humana dentro del simbolismo del camino a Emaús, transformándolo en una metáfora del discipulado contemporáneo. A través de este relato, el discurso enseña que la vida del creyente es, en esencia, una peregrinación espiritual en la que, aunque muchas veces no lo percibamos, Jesucristo camina a nuestro lado. La progresión narrativa —desde la tristeza inicial de los discípulos hasta el reconocimiento del Salvador al partir el pan— refleja el proceso de revelación espiritual: primero caminamos con dudas o dolor, luego somos instruidos por las Escrituras, y finalmente llegamos a conocer a Cristo mediante los convenios y las ordenanzas . Este patrón no solo es histórico, sino también experiencial, invitando al oyente a verse a sí mismo en ese camino.

El discurso profundiza doctrinalmente al introducir el concepto de “permanecer en Cristo”, tomado del Evangelio de Juan, como una relación recíproca y constante: el discípulo permanece en Él, y Él en el discípulo. Esta unión no es simbólica, sino real y transformadora, mediada por el Espíritu Santo (el Consolador) y por la misma presencia de Cristo prometida a los fieles. Así, el mensaje redefine la soledad humana: aunque existan momentos de aparente abandono, la realidad doctrinal es que el Salvador nunca se aparta; más bien, es nuestra percepción la que necesita ser iluminada. La Santa Cena y los convenios semanales se presentan como medios concretos para reconocer esa compañía divina, de manera similar a cómo los discípulos reconocieron a Cristo al partir el pan.

Finalmente, el discurso culmina en una dimensión ética y comunitaria: si Cristo camina con nosotros, también nosotros debemos caminar con los demás. La invitación a no dejar que nadie “camine solo” traslada la doctrina a la práctica del amor cristiano, donde el discipulado se manifiesta en la empatía, la inclusión y el servicio. Desde un enfoque analítico, el mensaje integra magistralmente doctrina (la Resurrección y la permanencia de Cristo), experiencia (el camino personal del creyente) y praxis (el cuidado de los demás), presentando el Evangelio no solo como un sistema de creencias, sino como una forma de vida en la que la presencia de Cristo transforma tanto la relación con Dios como la relación con el prójimo.

Puntos doctrinales

1. Jesucristo vive y camina con nosotros
El Salvador resucitado acompaña a Sus discípulos, aun cuando no siempre lo reconocen.
Este principio enseña que la compañía divina es una realidad constante, no una excepción. Muchas veces la percepción humana está limitada por el dolor, la duda o la distracción, pero doctrinalmente Cristo nunca abandona a Sus hijos. Este entendimiento fortalece la fe y brinda consuelo en momentos de soledad, mostrando que la presencia del Señor no depende de nuestras emociones, sino de Su fidelidad.

2. Las Escrituras abren el entendimiento y encienden el corazón
Al estudiar las Escrituras, llegamos a comprender a Jesucristo y a sentir Su influencia espiritual.
El discurso muestra que el conocimiento espiritual no es solo intelectual, sino también experiencial. Cuando Cristo “explica las Escrituras”, el corazón arde, lo que simboliza la confirmación del Espíritu. Esto enseña que el estudio de la palabra de Dios es un medio esencial para la revelación personal y el crecimiento espiritual.

3. Los convenios y ordenanzas permiten reconocer a Cristo
La Santa Cena y otros convenios nos ayudan a conocer y recordar al Salvador.
Así como los discípulos reconocieron a Cristo al partir el pan, los creyentes modernos lo reconocen mediante las ordenanzas. Este principio destaca que los convenios no son rituales vacíos, sino medios divinos de conexión con Cristo. Educativamente, enseña que la repetición semanal de la Santa Cena fortalece la memoria espiritual y la relación con Él.

4. Permanecer en Cristo trae gozo y fruto espiritual
Al permanecer en Cristo, nuestra vida produce fruto y nuestro gozo es completo.
La metáfora de la vid y los pámpanos enseña la dependencia total del ser humano de Cristo. Sin Él, no hay crecimiento espiritual verdadero. Este principio recalca que la vida cristiana no es autosuficiente, sino relacional. Permanecer en Cristo implica fe constante, obediencia y comunión espiritual continua.

5. El Espíritu Santo es el Consolador que guía y enseña
El Espíritu Santo nos enseña todas las cosas y nos recuerda las verdades divinas.
Este punto resalta la función activa del Espíritu en la vida del creyente. No solo consuela, sino que instruye y recuerda, lo que conecta con el tema central del discurso: la memoria espiritual. Doctrinalmente, enseña que no estamos solos en nuestro aprendizaje, sino que contamos con guía divina constante.

6. Jesucristo mismo es nuestro Consolador y nunca nos deja solos
El Salvador promete manifestarse a quienes le aman y guardan Sus mandamientos.
Este principio profundiza la relación personal con Cristo. No es una relación distante, sino íntima y real. La promesa de que Él y el Padre “harán morada” con el fiel indica una unión espiritual profunda. Esto enseña que la obediencia abre la puerta a una comunión más cercana con la divinidad.

7. La Expiación de Jesucristo lo cambia todo
Gracias a la Expiación, hay resurrección, redención, sanación y unidad eterna.
Este es el fundamento doctrinal del discurso. La Resurrección no es solo un evento histórico, sino una realidad que transforma el presente y el futuro del creyente. Educativamente, enseña que toda esperanza cristiana —sanación emocional, perdón, vida eterna— se encuentra en Cristo.

8. El discipulado incluye acompañar y servir a los demás
Así como Cristo camina con nosotros, debemos caminar con quienes están solos o necesitados.
Este principio traduce la doctrina en acción. El Evangelio no solo se cree, se vive. Acompañar a otros refleja el amor de Cristo y hace visible Su presencia en el mundo. Este punto enseña que el verdadero discipulado implica empatía, inclusión y servicio activo.

  1. La comunidad de la Iglesia fortalece la fe y el compromiso

Adorar juntos y sostener a los líderes del Señor fortalece la unidad y el discipulado.
El discurso conecta la experiencia individual con la colectiva. La Iglesia no es solo una institución, sino una comunidad de convenio donde los creyentes crecen juntos. Esto enseña que el progreso espiritual también ocurre en comunidad y bajo dirección profética.

Para reflexional

1. Aun cuando no lo vemos, Cristo camina con nosotros
Los discípulos en el camino a Emaús no reconocieron al Salvador al principio, pero Él estuvo con ellos todo el tiempo.
Este pensamiento enseña a desarrollar una fe más madura, basada no solo en lo visible, sino en la confianza en las promesas divinas. En la educación espiritual, es fundamental aprender a reconocer la presencia de Dios más allá de las emociones inmediatas. Este principio ayuda a fortalecer la resiliencia espiritual en momentos de duda o dificultad.

2. El aprendizaje espiritual transforma el corazón, no solo la mente
Cuando Cristo explicó las Escrituras, los discípulos sintieron que su corazón ardía dentro de ellos.
Este principio destaca que la verdadera enseñanza del Evangelio debe involucrar tanto el intelecto como el espíritu. No basta con comprender conceptos; es necesario sentir su verdad. En un contexto educativo, esto invita a enseñar de manera que se fomente la experiencia espiritual, donde el conocimiento se convierta en convicción personal.

3. Los convenios nos ayudan a reconocer y permanecer con Cristo
Los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, lo que simboliza las ordenanzas como medios de revelación.
Este pensamiento enseña que los convenios no son actos rutinarios, sino oportunidades de encuentro con lo divino. Desde una perspectiva formativa, participar conscientemente en las ordenanzas fortalece la identidad espiritual y la relación con Cristo. La repetición de estos actos sagrados educa el alma y refuerza la memoria espiritual.

4. El verdadero discipulado se expresa al acompañar a otros
El discurso invita a no dejar que nadie camine solo, reflejando el ejemplo de Cristo.
Este principio conecta la doctrina con la acción. La educación en el Evangelio no solo busca conocimiento, sino transformación del carácter. Acompañar a otros desarrolla empatía, responsabilidad social y amor cristiano. Enseña que la fe auténtica se manifiesta en el servicio y en la capacidad de ver y cuidar a quienes nos rodean.

Comentario final

Desde una perspectiva doctrinal y académica, el discurso “Es Pascua de Resurrección: Nadie camina solo” del élder Gerrit W. Gong constituye una profunda síntesis del discipulado cristiano centrado en la presencia viva y constante de Jesucristo. A través del relato del camino a Emaús, el mensaje no solo rememora un evento post-resurrección, sino que lo reinterpreta como un arquetipo de la experiencia espiritual del creyente: caminar, aprender, reconocer y finalmente permanecer en Cristo. Este patrón revela que el conocimiento de Cristo no es inmediato ni meramente intelectual, sino progresivo y mediado por las Escrituras, el Espíritu y las ordenanzas. Así, el discurso articula una teología de la “presencia divina continua”, donde la aparente ausencia del Salvador es en realidad una invitación a desarrollar discernimiento espiritual y sensibilidad al obrar del Espíritu Santo.

En términos educativos, el discurso ofrece un modelo formativo integral que une doctrina, experiencia y práctica. Enseña que el aprendizaje espiritual ocurre en comunidad, se fortalece mediante convenios y se manifiesta en el servicio hacia los demás. La invitación a no dejar que nadie “camine solo” traduce una verdad doctrinal en una ética relacional: así como Cristo permanece con nosotros, nosotros debemos permanecer con los demás. Este mensaje puede entenderse como una pedagogía del acompañamiento divino y humano, donde el discipulado auténtico implica tanto reconocer la compañía constante del Salvador como convertirse en instrumentos de esa misma compañía para otros. En última instancia, el discurso enseña que la Pascua no es solo una conmemoración, sino una realidad viviente: Cristo vive, permanece con nosotros y nos invita a vivir de tal manera que Su presencia se haga tangible en cada relación y en cada acto de amor cristiano.


“Al andar por fe con el Señor, permaneciendo en Él y Él en nosotros, llegamos a saber que Él vive.”
Esta frase encapsula el núcleo del Evangelio restaurado: el conocimiento de que Jesucristo vive no proviene únicamente de evidencia externa, sino de una relación viva y continua con Él. “Andar por fe” implica acción, confianza y constancia; mientras que “permanecer en Él” señala una unión espiritual profunda, sostenida por convenios y obediencia. Doctrinalmente, esta expresión enseña que el testimonio no es estático, sino el resultado de una experiencia progresiva en la que el creyente, al vivir el Evangelio, llega a conocer personalmente la realidad del Cristo resucitado. Es una invitación a transformar la fe en una relación viva que confirma la verdad eterna de Su Resurrección.

“Nuestros ojos son abiertos y lo reconocemos: es Jesucristo resucitado… Él ha estado andando con nosotros todo el tiempo.”
Esta frase enseña que el reconocimiento de Jesucristo es un proceso espiritual que ocurre cuando nuestros “ojos” son abiertos por el Espíritu, permitiéndonos discernir Su presencia más allá de lo visible; doctrinalmente, revela que el Salvador camina constantemente con nosotros, aun cuando no lo percibimos en momentos de duda, tristeza o confusión. La idea de que “Él ha estado andando con nosotros todo el tiempo” expresa una verdad profunda: la compañía divina no depende de nuestra percepción, sino de Su fidelidad. Desde una perspectiva educativa, este principio invita a desarrollar fe perseverante y una reflexión espiritual retrospectiva, en la cual el creyente aprende a reconocer, con el tiempo, la guía y el amor de Cristo en su vida, transformando así la aparente soledad en una certeza de compañía divina continua.

“Que nadie deba recorrer su camino a Emaús solo o sin ser visto.”
Esta frase traduce una verdad doctrinal en un principio práctico de discipulado cristiano: así como Jesucristo camina con nosotros y ve nuestras necesidades, nosotros estamos llamados a hacer lo mismo por los demás. “No recorrer el camino a Emaús solo” simboliza la responsabilidad de acompañar, consolar y sostener a quienes atraviesan momentos de tristeza, duda o soledad. Doctrinalmente, refleja el mandamiento de amar al prójimo y de ministrar como lo hizo el Salvador, quien no solo enseñó, sino que caminó con Sus discípulos. Desde una perspectiva educativa, esta enseñanza forma el carácter cristiano al desarrollar empatía, sensibilidad espiritual y compromiso activo, recordándonos que muchas veces somos los instrumentos mediante los cuales Cristo hace sentir Su presencia en la vida de otros.

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