Gracias a Jesucristo

Conferencia General Abril 2026

Gracias a Jesucristo

Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Centrarse en el Salvador, en Su Expiación infinita y en lo que Él ha hecho por nosotros traerá gozo y claridad a nuestra vida.



Hace años, nuestra familia tuvo una perrita negra, una caniche llamada Lady. Era inteligente, enérgica y le encantaba ir a buscar la pelota. Estaba dispuesta a ir a por una pelota en cualquier momento, en cualquier lugar y durante todo el tiempo que alguien estuviera dispuesto a lanzársela.

Un día, después de haber lanzado varias veces la pelota para que me la trajera, decidí lanzar dos pelotas a la vez, una azul y otra amarilla. Lady salió corriendo tras la pelota azul, la recogió y comenzó a correr hacia mí, pero entonces vio la pelota amarilla. Dejó caer la pelota azul, corrió hacia la amarilla, la recogió y comenzó a acercarse a mí. Entonces pareció acordarse de la pelota azul, dejó la amarilla, se dio la vuelta, corrió hacia la azul, la recogió y comenzó a regresar. Al pasar junto a la pelota amarilla, se detuvo, dejó caer la azul, recogió la amarilla y volvió a correr. Entonces dejó caer la pelota amarilla, se dio la vuelta, corrió de regreso a la azul, la recogió y comenzó a correr hacia mí. Cuando Lady pasó de nuevo junto a la pelota amarilla, se detuvo bruscamente. Dejó caer la pelota azul y miró de un lado a otro a ambas pelotas. Al final se rindió, caminó hacia su canasta y se tumbó. Para Lady, dos pelotas eran demasiadas. Se sintió confundida, abrumada y desanimada.

En la vida tenemos que lidiar no solo con las preocupaciones azules y las amarillas, sino también con las rojas y las verdes, las naranjas y las moradas, con las de lunares y las de rayas, y con toda combinación posible. Tal vez nos sintamos como Lady: abrumados y desanimados, y que solo queramos volver a meternos en la cama.

No puedo añadir más tiempo a sus días ni eliminar las muchas preocupaciones que conlleva la vida moderna, pero sí puedo ofrecer este consejo: no todos los asuntos tienen el mismo valor, y mantener una perspectiva eterna nos ayuda a dar prioridad a aquello que tiene mayor valor. En este domingo de Pascua de Resurrección, reflexionemos sobre por qué centrarse en Jesucristo y en la “virtud infinita de Su gran sacrificio expiatorio” es lo más valioso y nos ayuda sin importar cuántas preocupaciones tengamos que afrontar. Su vida, Su misión y los frutos de Su Expiación nos bendicen infinita y diariamente.

Jesús vivió y murió para hacer la voluntad de Su Padre. Su Expiación infinita —la serie de acontecimientos que experimentó desde Getsemaní y Su muerte en la cruz hasta Su gloriosa Resurrección— es fundamental en el plan del Padre Celestial para nuestra salvación. El plan dependía de Jesucristo; no había alternativa. Él completó la Expiación y, al hacerlo, recibió “toda potestad […] en el cielo y en la tierra”.

Gracias a los méritos, la misericordia y la gracia de Jesucristo, podemos regresar al hogar de nuestro Padre Celestial y vivir en Su presencia. Esto solo es posible gracias a Jesucristo. El Salvador mismo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. Jesús, quien nos conduce a la salvación, tiene el poder de hacer por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos gracias a que Él completó Su Expiación.

Reflexionen sobre estas razones por las que celebramos la Pascua. En primer lugar, Jesucristo venció la muerte; literalmente, se levantó de la tumba. Gracias a Él, la resurrección es un don universal e incondicional para todos los que vienen a la tierra. La muerte no es el final, porque el espíritu y el cuerpo volverán a unirse para no separarse jamás.

En segundo lugar, Jesucristo tiene tanto el poder como el deseo de salvarnos de nuestros pecados. Gracias a Jesucristo, cuando nos arrepentimos y lo seguimos, “inmediatamente obrará para [n]osotros el gran plan de redención”. El Redentor padeció el castigo por los pecados, las transgresiones y los errores de todos. Él puede declarar inocentes, y lo hará, a todos los que crean en Su nombre, se arrepientan, sigan la senda de los convenios y se esfuercen por perseverar hasta el fin. “Todo el género humano puede salvarse” gracias a Él y a Su sacrificio expiatorio. Todo significa todos. Si todos, entonces cualquiera. Si cualquiera, entonces incluso uno. Y si incluso uno, entonces incluso ustedes.

Jesucristo tiene una capacidad infinita para perdonar, y promete que “cuantas veces mi pueblo se arrepienta, le perdonaré sus transgresiones contra mí”. Gracias a Jesucristo, los pecados de los que nos hemos arrepentido con sinceridad no dejan ninguna cicatriz, huella ni rastro espiritual. No hay una letra escarlata que llevar en la ropa, ni ahora ni en la eternidad. Cuando nos arrepentimos con verdadera intención, la totalidad del pecado, no solo una parte de él, queda, en sentido figurado, clavado en la cruz y ya no padecemos sus consecuencias espirituales. Después de arrepentirnos no le debemos más a la justicia porque Jesús ha saldado la deuda; Él nos absuelve del castigo que merecíamos. Somos perdonados, nuestro corazón y nuestras manos quedan limpios, y el Señor no se acuerda más de nuestros pecados. El Señor nuestro Dios “¡es poderoso! ¡El salvará! [Y] se regocijará por [nosotros]”.

En tercer lugar, Jesucristo comprende nuestros desafíos, pues tomó sobre Sí no solo nuestros pecados, sino también nuestras aflicciones, enfermedades y flaquezas. Gracias a que soportó y completó el sacrificio expiatorio infinito, Él nos comprende a la perfección. Él puede ser quien “[nos] consuele” y nos dé “la paz que tanto [queremos]”. Él, y solo Él, puede tener en cuenta cada factor que determina quiénes somos: la genética, la capacidad intelectual, las tradiciones, las experiencias, las dolencias mentales y emocionales, y cualquier otra circunstancia que afecte nuestra identidad. Él, y solo Él, finalmente nos juzgará “según [nuestras] obras, según el deseo de [nuestros] corazones”.

Gracias a Jesucristo, todo lo que es injusto en la vida puede corregirse y se corregirá. Él consagrará nuestras aflicciones para nuestro provecho, santificará para nosotros nuestro más profundo pesar, endulzará la copa amarga y nos calmará de manera fiable y constante. Si se lo permitimos, no padeceremos “ningún género de aflicciones que no [sean] consumidas en el gozo de Cristo”.

Centrarnos en el Salvador, en Su Expiación infinita y en lo que Él ha hecho por nosotros traerá gozo y claridad a nuestra vida, sin importar cuántas otras preocupaciones tengamos. Por esa razón los profetas antiguos y modernos siempre nos han dirigido y siempre nos dirigirán a Cristo. Quizás recuerden que el presidente Russell M. Nelson enseñó: “Sean cuales sean las preguntas o los problemas que tengan, la respuesta siempre se halla en la vida y las enseñanzas de Jesucristo”. Y el presidente Dallin H. Oaks, el profeta viviente del Señor en la actualidad, simplemente declaró: “Jesucristo es la senda”.

No es necesario que se sientan como nuestra perrita, Lady —confundidos, desanimados y abrumados— cuando se enfrenten a demasiadas pelotas; no es necesario que se arrastren de vuelta a la cama y se acobarden. En su lugar, mantengan la vista en la pelota, céntrense en el Salvador y procuren “ese don de la grata Expiación”. Entonces podrán cantar con gozo y confianza junto con los niños:

Confiaré en Cristo, seguiré Su voz.
Él no me abandonará, aun en mi error.
Hallo fuerza en Cristo, me consolará;
paso a paso creceré con Su bondad.

Gracias a que Jesucristo completó la Expiación, Él tiene el poder de ayudarlos a ustedes a lo largo de su experiencia terrenal y de redimirlos de la muerte, tanto física como espiritual. Celebren cada día el gozoso mensaje de la Pascua al reflexionar a diario sobre las bendiciones que reciben gracias a Él. “Venid, abrid el alma hoy a vuestro Salvador”.

En esta mañana de Pascua, añado mi testimonio del “grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida del Redentor al mundo”. Jesucristo es la Resurrección y la Vida, el Unigénito del Padre, el Cordero digno que fue inmolado, nuestro Redentor, nuestro Salvador, nuestro Intercesor y, con toda certeza, el Señor Resucitado. “[Él] vive aunque muerto fue”. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso del élder Dale G. Renlund desarrolla una enseñanza profundamente doctrinal mediante una narrativa sencilla pero simbólicamente poderosa: la experiencia de su perrita Lady ilustra la condición humana contemporánea, caracterizada por la saturación de preocupaciones, prioridades fragmentadas y una constante sensación de agobio. Esta imagen inicial no es trivial, sino que introduce una crítica implícita a la dispersión espiritual del ser humano moderno. Así como Lady no podía decidir entre múltiples pelotas y terminó paralizada, el individuo que intenta atender simultáneamente todas las demandas de la vida sin un principio rector termina confundido, desanimado y espiritualmente debilitado. La solución propuesta no es eliminar las preocupaciones, sino jerarquizarlas desde una perspectiva eterna, colocando a Jesucristo en el centro. De esta manera, el discurso establece una doctrina clave: la claridad espiritual no proviene de tener menos cargas, sino de tener el enfoque correcto.

A partir de esta base, el mensaje se eleva hacia una exposición teológica centrada en la Expiación de Jesucristo como el eje absoluto del plan de salvación. El discurso no solo afirma la centralidad de Cristo, sino su exclusividad: no hay alternativa, no hay otro medio por el cual el ser humano pueda ser redimido. Esta afirmación se desarrolla en tres dimensiones doctrinales fundamentales: primero, la victoria universal sobre la muerte mediante la Resurrección; segundo, la redención del pecado a través del arrepentimiento sincero; y tercero, la capacidad del Salvador de comprender y consolar perfectamente al individuo en todas sus aflicciones. Estas tres funciones no operan de manera aislada, sino integrada, mostrando a Cristo como Redentor total: vence la muerte, limpia el pecado y sana el alma herida. Así, el discurso presenta una teología de plenitud, donde nada en la experiencia humana queda fuera del alcance de la gracia divina.

Finalmente, el discurso concluye con una invitación profundamente práctica y transformadora: centrarse deliberadamente en Jesucristo como el principio organizador de la vida. Este enfoque no es meramente devocional, sino existencial. Implica reordenar prioridades, redefinir el éxito y reinterpretar las dificultades a la luz de la eternidad. Desde una perspectiva analítica, el mensaje propone que el gozo y la paz no son el resultado de circunstancias externas favorables, sino de una correcta orientación espiritual. Al centrarse en Cristo, el individuo no elimina las “muchas pelotas” de la vida, pero adquiere la capacidad de discernir cuál es la única que verdaderamente importa. En ese sentido, el discurso no solo enseña doctrina, sino que ofrece un marco educativo para vivir el evangelio con claridad, propósito y esperanza constante.

Puntos doctrinales

1. Centrarse en Jesucristo trae claridad y gozo
Priorizar al Salvador por encima de todas las preocupaciones ordena la vida y elimina la confusión espiritual.
El discurso enseña que el problema no es la cantidad de responsabilidades, sino la falta de un principio rector. Desde una perspectiva educativa, este principio invita a desarrollar una “visión jerárquica espiritual”, donde Cristo se convierte en el criterio para discernir lo verdaderamente importante. Enseñar esto implica ayudar a las personas a no reaccionar ante lo urgente, sino a actuar conforme a lo eterno.

2. La Expiación de Jesucristo es central y no tiene alternativa
El plan de salvación depende completamente de la Expiación de Cristo; sin Él, no hay redención.
Este punto establece una doctrina absoluta: Cristo no es opcional dentro del evangelio, es esencial. Educativamente, esto orienta toda enseñanza hacia un enfoque cristocéntrico. Todo principio, mandamiento o práctica debe vincularse a la Expiación, evitando así una enseñanza fragmentada o moralista. Cristo no solo enseña el camino, Él es el fundamento del mismo.

3. La Resurrección es un don universal e incondicional
Gracias a Jesucristo, todos resucitarán, sin excepción.
Esta doctrina ofrece una esperanza universal que trasciende méritos personales. Desde el punto de vista educativo, fortalece la fe en la justicia y misericordia de Dios. Enseñar este principio ayuda a desarrollar una perspectiva eterna de la vida y la muerte, reduciendo el temor y aumentando la confianza en el plan divino.

4. El perdón es total y elimina toda huella del pecado
Cuando nos arrepentimos sinceramente, Jesucristo borra completamente el pecado.
El discurso rompe con la idea de un perdón parcial o condicionado emocionalmente. Doctrinalmente, el arrepentimiento no deja residuos espirituales. Educativamente, este principio es transformador porque libera al individuo de la culpa persistente y fomenta una identidad renovada. Enseñar esto correctamente evita el desaliento y promueve una verdadera conversión.

5. Jesucristo comprende perfectamente nuestras experiencias
El Salvador conoce nuestras debilidades, dolores y circunstancias individuales.
Esta doctrina establece una conexión profundamente personal con Cristo. No se trata de un Redentor distante, sino de uno empático y conocedor. En un contexto educativo, este principio fortalece la confianza emocional y espiritual en Dios, ayudando a las personas a acudir a Él no solo en obediencia, sino también en vulnerabilidad.

6. Cristo tiene el poder de sanar y consolar completamente
No hay aflicción que no pueda ser sanada o transformada por Jesucristo.
El discurso amplía el concepto de salvación más allá del pecado, incluyendo el sufrimiento humano en todas sus formas. Educativamente, este principio enseña resiliencia espiritual: las pruebas no desaparecen necesariamente, pero pueden ser consagradas para nuestro bien. Esto ayuda a reinterpretar el dolor como parte del proceso formativo del alma.

7. El arrepentimiento activa el poder del plan de redención
Cuando nos arrepentimos, el plan de salvación comienza a obrar inmediatamente en nosotros.
El arrepentimiento es presentado como un proceso dinámico y accesible. Desde una perspectiva educativa, esto fomenta la acción inmediata y la responsabilidad personal. No es necesario esperar perfección para recibir ayuda divina; el cambio comienza en el momento en que el corazón se vuelve hacia Cristo.

8. Jesucristo es el único camino hacia el Padre
No hay otro medio por el cual podamos regresar a la presencia de Dios.
Esta doctrina reafirma la exclusividad del rol de Cristo en la salvación. Educativamente, esto centra la enseñanza en una relación directa con el Salvador, evitando depender únicamente de normas o estructuras externas. Cristo es tanto el medio como la meta del proceso espiritual.

9. Dios juzga con conocimiento perfecto de nuestras circunstancias
Jesucristo juzga considerando todos los factores que influyen en nuestra vida.
Este principio introduce una visión justa y compasiva del juicio divino. Desde el punto de vista educativo, elimina percepciones erróneas de un juicio rígido o superficial. Enseña que Dios comprende completamente al individuo, lo cual promueve esperanza y confianza en Su justicia perfecta.

10. El enfoque en Cristo es una práctica diaria y deliberada
Debemos centrar nuestra vida continuamente en el Salvador para recibir Sus bendiciones.
El discurso concluye con una invitación práctica: elegir conscientemente a Cristo cada día. Educativamente, esto implica desarrollar hábitos espirituales consistentes. El enfoque en Cristo no es un evento ocasional, sino una disciplina diaria que moldea la mente, el corazón y las decisiones.

Para reflexinar

1. Cuando todo parece importante, nada tiene verdadero valor
Así como Lady se confundió al intentar tomar dos pelotas, nosotros también podemos sentirnos abrumados cuando tratamos de atender demasiadas cosas a la vez sin una prioridad clara.
Este pensamiento invita a una introspección sincera: ¿qué ocupa el centro de nuestra vida? Espiritualmente, el desorden no proviene de la cantidad de responsabilidades, sino de la ausencia de Cristo como eje. Cuando el Salvador no es nuestra prioridad, incluso las cosas buenas pueden volverse distracciones. Al centrar nuestra vida en Él, todo lo demás encuentra su lugar correcto y el alma experimenta paz en medio del caos.

2. Cristo no solo es importante, es lo esencial
El discurso enseña que no todas las cosas tienen el mismo valor, y que Jesucristo debe ocupar el lugar principal por encima de todo.
Este principio transforma la manera en que vivimos el evangelio. No se trata de añadir a Cristo a una lista de prioridades, sino de hacer que Él sea la base sobre la cual se organizan todas las demás. Espiritualmente, esto implica una conversión más profunda: dejar de ver a Cristo como parte de nuestra vida y comenzar a ver nuestra vida como parte de Él. Allí nace el verdadero gozo y propósito.

3. El arrepentimiento no es carga, es liberación
Gracias a la Expiación, cuando nos arrepentimos sinceramente, nuestros pecados son completamente borrados.
Este pensamiento corrige una de las percepciones más dañinas: que el arrepentimiento es doloroso o humillante. En realidad, es un acto de amor divino que limpia, restaura y renueva. Espiritualmente, el arrepentimiento es el puente entre nuestra debilidad y la gracia de Cristo. Nos permite soltar el peso del pasado y caminar con esperanza hacia el futuro, sabiendo que en Él somos hechos nuevos.

4. Cristo entiende perfectamente lo que estás viviendo
El Salvador no solo expió los pecados, sino también nuestras aflicciones, dolores y debilidades.
Este pensamiento ofrece un consuelo profundo: no estamos solos en nuestras luchas. Cristo no observa desde la distancia; Él comprende desde la experiencia. Espiritualmente, esto cambia nuestra relación con Él, pasando del temor a la confianza. Podemos acudir a Él con total sinceridad, sabiendo que Su amor no es abstracto, sino profundamente personal. En esa relación, encontramos paz, consuelo y la fuerza para seguir adelante.

Comentario final

El discurso del élder Dale G. Renlund constituye una afirmación doctrinal clara y profundamente pedagógica de la centralidad absoluta de Jesucristo en el plan de salvación y en la experiencia diaria del discípulo. Desde una perspectiva académica, el mensaje no solo enseña principios aislados, sino que propone una reorganización integral de la vida espiritual: Cristo no es simplemente una prioridad entre muchas, sino el eje interpretativo que otorga significado, orden y propósito a todas las demás realidades. La metáfora inicial de la confusión ante múltiples “pelotas” revela una antropología espiritual precisa: el ser humano, sin una orientación cristocéntrica, tiende a la fragmentación interior, al agotamiento emocional y a la pérdida de claridad moral. En contraste, centrar la vida en Jesucristo —particularmente en Su Expiación infinita— no elimina las complejidades de la existencia, pero sí provee un marco coherente para discernir, priorizar y perseverar con gozo.

Desde un enfoque doctrinal más profundo, el discurso articula una teología de plenitud en Cristo: Él es simultáneamente el vencedor de la muerte, el redentor del pecado y el consolador perfecto de toda aflicción humana. Esta triple función no solo define Su identidad divina, sino que establece el alcance total de Su obra expiatoria. Educativamente, esto implica que toda enseñanza del evangelio debe converger en Cristo como fuente de vida, transformación y esperanza. El arrepentimiento, en este marco, deja de ser un mecanismo correctivo aislado para convertirse en un proceso continuo de acceso a la gracia, mediante el cual el individuo no solo es perdonado, sino también renovado en su naturaleza. Así, el discurso ofrece una pedagogía del discipulado centrada en la experiencia: aprender de Cristo es mirarlo, confiar en Él, y permitir que Su poder redentor reordene tanto el corazón como la conducta. En última instancia, el mensaje invita a una formación espiritual madura, donde el creyente no solo comprende doctrinas sobre Cristo, sino que vive diariamente desde Cristo y hacia Cristo como el principio organizador de toda su existencia.

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