Vivos en Cristo

Conferencia General Abril 2026

Vivos en Cristo

Por el presidente Dallin H. Oaks
Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Sigamos a Cristo por medio de la renuncia a la contención y mediante el uso del lenguaje y los métodos de los pacificadores.



I.
En este glorioso domingo de Pascua de Resurrección, he decidido hablar primero sobre la Resurrección, que es un pilar de nuestra fe.

La Resurrección literal de Jesús es el tema de tantos pasajes de las Escrituras que es una doctrina bien asentada entre los creyentes de la Biblia y del Libro de Mormón. Para nosotros, la resurrección universal es igualmente cierta. En el Libro de Mormón se enseña lo siguiente:

“El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma […].

“Pues bien, esta restauración vendrá sobre todos, tanto viejos como jóvenes, esclavos así como libres, varones así como mujeres, malvados así como justos” (Alma 11:43, 44).

Me pregunto si apreciamos plenamente la enorme importancia de la creencia de una resurrección literal y universal. La convicción de que la muerte no es el final de nuestra identidad cambia todo el enfoque de la vida terrenal. Influye en cómo vemos los desafíos físicos de esta vida. Nos brinda fortaleza y perspectiva para soportar los desafíos terrenales que afronta cada uno de nosotros y también aquellos a quienes amamos. ¡Significa que las deficiencias de la vida terrenal solo son temporales! También nos da el valor para enfrentar nuestra propia muerte o la de nuestros seres queridos, incluso aquellas muertes que podríamos denominar prematuras.

Nuestra creencia en la Resurrección también nos alienta a cumplir con las responsabilidades familiares en la vida terrenal. Nos ayuda a vivir unidos en amor en esta vida, a la espera de reunirnos y relacionarnos con júbilo en la venidera. Todas estas verdades se han predicado con gran claridad en esta sesión de la conferencia.

II.
No es tarea fácil ser dignos de comparecer ante Cristo. Muchos escritores actuales definen la época en la que vivimos como tóxica, una época de desprecio u hostilidad hacia los adversarios. Esta hostilidad afecta a muchas relaciones diferentes en la sociedad, incluyendo a muchos cuyas creencias cristianas deberían orientarlos de otra manera.

Nuestro Salvador, Jesucristo, nos enseñó cómo debemos relacionarnos los unos con los otros. Los grandes mandamientos de la ley, enseñó Él, eran amar: a Dios y al prójimo (véase Mateo 22:37–39).

Cuando se le preguntó: “¿Y quién es mi prójimo?”, Jesús respondió con una parábola que alababa la acción misericordiosa de un samaritano, quien pertenecía a un grupo al que los judíos excluían y menospreciaban (véase Lucas 10:29–37). Sin embargo, las enseñanzas de Jesús sobre el círculo de amor trascendieron más allá de los samaritanos. En el Sermón del Monte, Él declaró:

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43–44).

¡Qué enseñanzas tan revolucionarias para las relaciones personales! ¡Amen incluso a sus enemigos! Pero ¿quiénes son nuestros enemigos? El significado completo de enemigos en las fuentes de las cuales los traductores del rey Santiago eligieron la palabra enemigos incluye a los enemigos militares, pero incluso se extiende a quienes se opongan activamente unos a otros. Hoy podríamos decir que se nos manda amar a nuestros adversarios. Todos los seres terrenales son amados hijos de Dios. El presidente David O. McKay enseñó: “No hay mejor manera de manifestar el amor por Dios que demostrar un amor abnegado por nuestros semejantes”.

Hace muchos años, en una conferencia de estaca, fui testigo de ese amor poco común por un adversario. Al mirar a la congregación antes de que comenzara la reunión, tuve la impresión inusual de pedirle a una hermana en particular, que llevaba un vestido amarillo, que discursara. Le pregunté al presidente de estaca si creía que esta hermana daría un discurso adecuado si se le pidiera. Él dijo que creía que sí. A petición mía, más tarde él la llamó de entre la congregación para dar un breve discurso.

Mientras ella se aproximaba, yo me sentía preocupado por lo que ella fuera a decir. Se presentó como una enfermera que atendía a pacientes en un centro de atención médica especializada. Entre los pacientes se encontraba uno al que describió como “el hombre más repulsivo” que había conocido. (¿Hacia dónde se dirigía esto?, me pregunté). Confinado en una cama, aquel hombre procuraba hacerles la vida imposible a las enfermeras que cuidaban de él: empleaba un lenguaje grosero, escupía en el suelo y las insultaba constantemente de otras maneras desagradables. Ella lo despreciaba.

Una noche escuchó un fuerte estruendo que provenía de la habitación de aquel hombre. En respuesta, ella corrió a su habitación y se sorprendió al encontrarlo en el suelo, revolviéndose en un charco de vidrios rotos, líquido y sangre. En ese momento, se produjo un profundo cambio en ella. Sintió una especie de corriente eléctrica de amor de nuestro Padre Celestial hacia ese hombre y lo vio como un hijo de Dios.

Al arrodillarse y sostenerlo en sus brazos mientras trataba de consolarlo, él dijo: “Quiero ir a casa. Solo quiero ir a casa”. En poco tiempo, el hombre falleció. Ella testificó que haber visto a un enemigo al que despreciaba como un hijo de Dios fue una de las experiencias espirituales más grandes de su vida. Para mí, fue una lección que necesitaba aprender sobre el amor de nuestro Padre Celestial por todos Sus hijos. Esa lección puede transformarnos a todos para que nos veamos unos a otros como hijos de Dios que se pertenecen mutuamente.

Años más tarde, el presidente Howard W. Hunter describió así ese mismo amor que Dios siente por Sus hijos: “El mundo en que vivimos se beneficiaría enormemente si los hombres y las mujeres de todas partes pusieran en práctica el amor puro de Cristo, que es bondadoso, manso y humilde […]; no [deja] lugar para la intolerancia, el odio ni la violencia […]. Insta a las personas diferentes a vivir juntas en amor cristiano independientemente de sus creencias religiosas, raza, nacionalidad, posición económica, formación académica o cultura”.

III.
Cada uno de nosotros puede esforzarse por seguir las enseñanzas del Salvador en cuanto a cómo relacionarnos los unos con los otros. Esto no significa renunciar a nuestros valores. Los convenios que hemos hecho nos posicionan, inevitablemente, como participantes devotos en la eterna batalla entre la verdad y el error. Equilibramos nuestras diversas responsabilidades.

Este equilibrio no es fácil, ya que cuando tratamos de guardar todos los mandamientos en nuestra vida personal, a veces se nos acusa de no amar a quienes no lo hacen. Cuando mostramos un amor personal y apoyamos causas nobles, a veces se nos malinterpreta como sugiriendo que apoyamos resultados que contradicen nuestros otros deberes religiosos. Sin embargo, como seguidores de Cristo, debemos tratar de vivir en paz y amor con otros hijos de Dios que no comparten nuestros valores ni tienen las obligaciones por convenio que nosotros hemos asumido. En un gobierno democrático deberíamos procurar la equidad para todos. En innumerables circunstancias, la sospecha y hasta la hostilidad hacia las personas desconocidas dan paso a la amistad cuando las relaciones personales generan un respeto mutuo.

El profeta José Smith enseñó que debemos “dar amor abundantemente” a todas las personas. Refiriéndose a nuestro Salvador, el apóstol Juan escribió: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Podemos seguir el ejemplo de Jesucristo, quien es nuestro modelo a seguir, al elegir amar a los demás, aun cuando ellos demuestren poco o ningún amor por nosotros. Él declaró: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9; véase también 3 Nefi 12:9).

¡Los pacificadores! Cómo cambiaría el mundo si los seguidores de Cristo renunciaran a las palabras crueles e hirientes en todas sus comunicaciones.

En una conferencia general, el presidente Russell M. Nelson nos desafió “a elegir ser pacificadores, ahora y siempre”.

¿Cómo puede alguien ser un pacificador?

El obispo que intenta sanar a un matrimonio atribulado o resolver una controversia personal está trabajando por la paz.

Los hombres y las mujeres jóvenes son pacificadores cuando renuncian al placer temporal de las actividades gratificantes y se involucran en proyectos de servicio y en otros actos de bondad.

Las personas que intentan reducir el sufrimiento humano y las que trabajan para promover el entendimiento entre los diferentes pueblos también son importantes trabajadoras de la paz. También lo son las madres y los padres fieles que, con amor, cuidan de sus hijos o acogen a niños bajo su cuidado y los crían en rectitud, en lugar de permitir que queden marcados y con cicatrices por los pecados de otras personas.

Nuestros misioneros procuran ser pacificadores. Ellos predican el arrepentimiento de la corrupción personal, la codicia y la opresión, porque solo mediante la reforma individual de cada persona puede una sociedad entera llegar a elevarse por encima de semejantes maldades. Al invitar a todos a arrepentirse y venir a Cristo, los misioneros trabajan por la paz al ayudar a hombres y mujeres individualmente a venir a Cristo y experimentar “un potente cambio” de corazón y conducta (Mosíah 5:2).

Mis hermanos y hermanas, como seguidores de Cristo, sigámoslo por medio de la renuncia a la contención y mediante el uso del lenguaje y los métodos de los pacificadores. Evitemos lo que es cruel y hostil tanto en nuestras familias como en otras relaciones personales. Procuremos ser santos, como nuestro Salvador, en cuyo santo nombre, el nombre de Jesucristo, testifico. Amén.


Un comentario

El discurso “Vivos en Cristo” del presidente Dallin H. Oaks se desarrolla como una reflexión doctrinal que conecta la realidad eterna de la Resurrección con las exigencias prácticas del discipulado cristiano en un mundo contemporáneo marcado por la contención. Narrativamente, el mensaje comienza estableciendo la Resurrección como un pilar inamovible de la fe, no solo como una creencia teológica, sino como una verdad que redefine completamente la experiencia humana: saber que la muerte no es el final transforma la manera en que enfrentamos el sufrimiento, las limitaciones físicas y la pérdida . Este fundamento doctrinal no permanece abstracto, sino que se convierte en la base para una ética relacional más elevada, donde el creyente está llamado a vivir de acuerdo con la perspectiva eterna que la Resurrección ofrece.

A medida que el discurso progresa, se introduce una tensión clave: vivir como discípulos de Cristo en una sociedad caracterizada por la hostilidad y la polarización. Aquí, el presidente Oaks propone una respuesta radicalmente cristiana: amar no solo al prójimo, sino también al adversario. Esta enseñanza no se presenta como idealismo ingenuo, sino como una transformación profunda de la percepción humana, ejemplificada en la experiencia de la enfermera que aprende a ver a un hombre despreciado como un hijo de Dios. Este relato actúa como un punto de inflexión narrativo, mostrando que el verdadero cambio no ocurre primero en la conducta externa, sino en la manera en que vemos a los demás. Así, el discurso redefine el concepto de “enemigo” y lo sustituye por una visión teológica de la humanidad como una familia divina.

Finalmente, el mensaje culmina en el llamado a convertirse en pacificadores, integrando doctrina y acción. El discipulado no se limita a creer en Cristo, sino a imitarlo en el lenguaje, las actitudes y las relaciones. La renuncia a la contención y la adopción de métodos pacíficos se presentan como evidencias tangibles de una vida verdaderamente “en Cristo”. Desde una perspectiva analítica, el discurso logra una síntesis notable: parte de una doctrina central (la Resurrección), la vincula con una transformación interna (ver a los demás como hijos de Dios) y la traduce en una práctica concreta (ser pacificadores). En conjunto, ofrece una visión integral del Evangelio como una fuerza que no solo promete vida eterna, sino que también tiene el poder de sanar y elevar las relaciones humanas en el presente.

Puntos doctrinales

1. La Resurrección es un pilar fundamental de la fe
Jesucristo resucitó literalmente, y todos los seres humanos también resucitarán.
Creer en la Resurrección no solo responde a la pregunta sobre lo que ocurre después de la muerte, sino que transforma profundamente cómo vivimos hoy. Si la vida continúa, entonces cada experiencia —el dolor, las pruebas, los esfuerzos y las relaciones— adquiere un significado eterno. Nada es en vano.
Este principio invita a mirar la vida con una perspectiva más elevada y esperanzadora. Las pérdidas dejan de ser finales y se convierten en pausas temporales; las dificultades ya no son absurdas, sino formativas. Doctrinalmente, la Resurrección revela a un Dios justo y misericordioso que no abandona a Sus hijos en la muerte, sino que les ofrece restauración completa. Así, vivir con esta convicción fortalece la fe, consuela el corazón y motiva a perseverar con esperanza, sabiendo que lo mejor aún está por venir.

2. La perspectiva eterna transforma la vida presente
Creer en la Resurrección cambia la forma en que enfrentamos los desafíos y responsabilidades terrenales.
Cuando comprendemos que la vida terrenal es solo una parte de un plan eterno, nuestras prioridades, decisiones y reacciones comienzan a transformarse. Las dificultades dejan de percibirse como obstáculos permanentes y se entienden como experiencias pasajeras con propósito formativo.
Este principio enseña que la fe en la Resurrección no es solo una esperanza futura, sino una guía práctica para el presente. Nos permite enfrentar los desafíos con mayor paciencia, actuar con más sabiduría y valorar profundamente nuestras relaciones, especialmente la familia. Doctrinalmente, nos recuerda que lo que construimos con amor y rectitud tiene continuidad más allá de esta vida, lo que motiva a vivir con intención, compromiso y una esperanza firme que trasciende las circunstancias temporales.

3. El mandamiento supremo es amar a Dios y al prójimo
El amor es la base de toda relación cristiana, incluso hacia aquellos que se oponen a nosotros.
El mandamiento de amar a Dios y al prójimo —incluso a quienes se oponen a nosotros— nos invita a ir más allá de las respuestas naturales del orgullo o la ofensa. Este amor no depende de la conducta del otro, sino de una decisión consciente de reflejar el carácter divino.
Este principio eleva el discipulado a un nivel más profundo, donde el verdadero cambio ocurre en la manera en que vemos y tratamos a los demás. Amar a los enemigos no es debilidad, sino una manifestación del poder espiritual que viene de Cristo. Doctrinalmente, nos enseña que la caridad purifica el corazón, sana relaciones y nos acerca a Dios, ayudándonos a actuar con misericordia en lugar de juicio, y con paz en lugar de contención.

4. Todos son hijos de Dios, incluso nuestros adversarios
Debemos ver a cada persona como un hijo o hija de Dios, independientemente de su conducta o actitud.
Reconocer que cada persona es un hijo o hija de Dios cambia radicalmente nuestra percepción, incluso hacia aquellos que nos resultan difíciles o que actúan de manera negativa. Esta visión trasciende la conducta externa y nos invita a ver el valor eterno del alma.
Este principio enseña que la verdadera conversión no solo implica cambiar nuestras acciones, sino también nuestra manera de ver a los demás. Cuando aprendemos a mirar con los ojos de Dios, el juicio se transforma en compasión y el rechazo en comprensión. Doctrinalmente, este enfoque nos acerca al amor puro de Cristo, permitiéndonos tratar a todos con dignidad y misericordia, y convirtiéndonos en instrumentos de sanación en un mundo que muchas veces ve con dureza en lugar de con gracia.

5. El amor puro de Cristo elimina la hostilidad y la contención
La caridad reemplaza el odio, la intolerancia y la violencia.
El amor puro de Cristo no es pasivo ni limitado a sentimientos internos; es una fuerza activa que cambia la manera en que respondemos a la ofensa, al desacuerdo y a la diferencia. Donde hay caridad, la hostilidad pierde fuerza y la contención comienza a disiparse.
Este principio enseña que la verdadera madurez espiritual se manifiesta en la capacidad de responder con amor donde naturalmente surgiría el conflicto. Doctrinalmente, la caridad no solo mejora nuestras relaciones personales, sino que tiene un impacto expansivo en la familia, la comunidad y la sociedad. Al practicar este amor, nos convertimos en instrumentos de paz, demostrando que el Evangelio de Jesucristo no solo transforma al individuo, sino que también tiene el poder de sanar las divisiones del mundo.

6. Ser pacificadores es una evidencia del verdadero discipulado
Los seguidores de Cristo deben renunciar a la contención y promover la paz en todas sus relaciones.
Ser pacificador no es solo evitar conflictos, sino actuar intencionalmente para sanar, reconciliar y edificar relaciones. Implica dominar el lenguaje, las emociones y las reacciones, eligiendo responder con mansedumbre en lugar de contención.
Este principio enseña que el verdadero discipulado se manifiesta en lo cotidiano, especialmente en cómo tratamos a los demás en momentos de tensión. Doctrinalmente, ser pacificador es reflejar el carácter de Cristo, quien trajo paz en medio del conflicto. Vivir así demuestra una fe madura y activa, donde el Evangelio no solo se cree, sino que se practica, convirtiendo al discípulo en un instrumento de armonía y sanación en su entorno.

7. Es posible amar sin comprometer la verdad
Podemos mantener nuestros valores y convenios mientras mostramos amor hacia quienes piensan diferente.
El Evangelio enseña que es posible sostener convicciones firmes sin dejar de mostrar amor genuino hacia los demás. La verdad guía nuestras decisiones, mientras que el amor define la manera en que nos relacionamos.
Este principio revela un equilibrio esencial en el discipulado cristiano: no se nos pide elegir entre defender la verdad o amar al prójimo, sino integrar ambos en nuestra vida. Doctrinalmente, refleja el ejemplo perfecto de Jesucristo, quien enseñó con claridad y a la vez trató a todos con compasión. Vivir este equilibrio evita caer en extremos dañinos —la rigidez sin empatía o la tolerancia sin principios— y nos forma como discípulos maduros, capaces de influir positivamente en un mundo diverso sin perder nuestra identidad espiritual.

8. El arrepentimiento individual eleva a la sociedad
El cambio personal es la base para mejorar el mundo.
El arrepentimiento no es solo un proceso individual de mejora espiritual, sino una fuerza transformadora que impacta todo lo que nos rodea. Cada persona que cambia, que se vuelve a Dios y mejora su conducta, contribuye silenciosamente a un mundo mejor.
Este principio enseña que las grandes transformaciones sociales no comienzan con sistemas o estructuras, sino con decisiones personales guiadas por el Evangelio. Doctrinalmente, el arrepentimiento es un don que renueva el alma y, al multiplicarse en muchos individuos, genera una cultura de paz, justicia y compasión. Así, el discipulado no solo salva al individuo, sino que también influye en la sociedad, convirtiendo el Evangelio en una fuerza viva que sana tanto al corazón humano como al entorno en el que vive.

9. Seguir a Cristo implica vivir como Él vivió
El discipulado verdadero se refleja en nuestras acciones, palabras y relaciones.
Seguir a Cristo no es solo una declaración de fe, sino un compromiso diario de reflejar Su vida en nuestras acciones, palabras y relaciones. Imitar a Cristo implica adoptar Su manera de amar, perdonar, servir y actuar con rectitud en cada circunstancia.
Este principio enseña que el Evangelio es transformador, no solo informativo. Creer en Cristo es el inicio, pero vivir como Él vivió es el proceso continuo de conversión. Doctrinalmente, esto significa permitir que Su ejemplo moldee nuestro carácter hasta que nuestras decisiones reflejen Su naturaleza. Así, el discipulado se convierte en una experiencia integral que impacta cada aspecto de la vida, llevando al creyente a una mayor semejanza con el Salvador y a una vida centrada en la paz, el amor y el servicio.

Para reflexionar

1. La Resurrección transforma la manera de vivir el presente
El discurso enseña que la creencia en la resurrección literal y universal cambia completamente nuestra perspectiva de la vida. Si la muerte no es el final, entonces las pruebas, el dolor y las limitaciones terrenales son temporales.
Este principio revela que la doctrina de la Resurrección no es solo teológica, sino profundamente práctica. Al comprender que nuestra identidad es eterna, el sufrimiento adquiere propósito y las decisiones presentes se orientan hacia lo eterno. La fe en la resurrección produce resiliencia espiritual y una visión más elevada de la vida, donde lo inmediato deja de dominar lo importante .

2. Amar a los adversarios es una manifestación del amor divino
Jesucristo enseñó que debemos amar incluso a nuestros enemigos, lo cual implica ver a los demás como hijos de Dios, sin importar su conducta o actitud hacia nosotros.
Este principio desafía la naturaleza humana y eleva el estándar del discipulado. No se trata solo de tolerancia, sino de transformación espiritual: pasar de ver “enemigos” a ver “hermanos”. El ejemplo de la enfermera ilustra cómo una experiencia espiritual puede cambiar radicalmente la percepción del otro. Doctrinalmente, este amor refleja el carácter de Dios y se convierte en un medio de santificación personal.

3. Ser pacificador es una responsabilidad activa del discípulo de Cristo
El discurso enfatiza que seguir a Cristo implica renunciar a la contención y adoptar activamente el rol de pacificador en nuestras relaciones y comunidades.
La paz no es pasiva, sino una obra consciente. Este principio amplía la idea de discipulado hacia lo social: nuestras palabras, decisiones y acciones contribuyen a edificar o destruir. En un mundo marcado por la hostilidad, el pacificador se convierte en un agente de cambio espiritual y moral. Ser pacificador implica sacrificio, dominio propio y una visión centrada en Cristo.

4. El equilibrio entre verdad y amor define el verdadero discipulado
El presidente Oaks enseña que podemos mantener firmemente nuestros valores sin dejar de amar a quienes piensan diferente.
Este principio resuelve una tensión común: defender la verdad sin caer en la dureza o la intolerancia. El discipulado maduro no abandona convicciones, pero tampoco pierde la caridad. Doctrinalmente, esto refleja el equilibrio perfecto de Jesucristo: lleno de gracia y de verdad. En la práctica, este equilibrio permite convivir en sociedades diversas sin comprometer la fe ni el amor cristiano.

Comentario final

El discurso “Vivos en Cristo” del presidente Dallin H. Oaks presenta una síntesis doctrinal profundamente coherente del discipulado cristiano, anclada en dos ejes fundamentales: la realidad transformadora de la Resurrección y la exigencia ética del amor cristiano. Desde una perspectiva académica, el mensaje articula una teología práctica donde la escatología (lo que creemos sobre la vida después de la muerte) redefine la ética cotidiana. La certeza de una resurrección universal no solo consuela, sino que reconfigura la conducta humana: otorga propósito al sufrimiento, dignidad a la vida y dirección a las decisiones. Así, el discurso vincula doctrina y praxis, mostrando que creer correctamente conduce a vivir correctamente.

Asimismo, el énfasis en el amor hacia los adversarios y en la identidad de “pacificadores” eleva el estándar del discipulado a un nivel distintivamente cristológico. En un mundo caracterizado por la polarización, el llamado a renunciar a la contención no implica debilidad doctrinal, sino una manifestación de madurez espiritual. Desde una óptica educativa, este mensaje enseña que el verdadero seguidor de Cristo debe desarrollar competencias espirituales complejas: sostener convicciones firmes mientras practica una caridad inclusiva y activa. En conjunto, el discurso no solo instruye, sino que forma carácter; no solo informa, sino que transforma, invitando a los creyentes a encarnar una fe que armoniza verdad, amor y esperanza eterna.


“La convicción de que la muerte no es el final de nuestra identidad cambia todo el enfoque de la vida terrenal.”
Esta frase resume el poder transformador de la doctrina de la Resurrección en la vida diaria.

Esta afirmación encapsula el núcleo del Evangelio restaurado: la naturaleza eterna del alma y la realidad de la Resurrección. Se establece que la identidad humana no es temporal ni accidental, sino eterna y divinamente originada. Esta verdad redefine la existencia mortal, transformando el sufrimiento en experiencia formativa, las relaciones en vínculos eternos y las decisiones en actos con consecuencias perpetuas. En términos teológicos, la frase conecta la doctrina de la resurrección con la ética del discipulado, mostrando que creer en la vida eterna no solo consuela, sino que exige una manera distinta de vivir: más fiel, más esperanzada y más centrada en Cristo.


“Todos los seres terrenales son amados hijos de Dios.”
Una declaración central que fundamenta el mandamiento de amar incluso a los adversarios.

Esta declaración constituye uno de los fundamentos más profundos de la teología cristiana: la paternidad universal de Dios y la hermandad espiritual de la humanidad. Elimina cualquier justificación para el odio, la discriminación o la indiferencia, ya que redefine la identidad de cada persona no por sus acciones, sino por su origen divino. Desde esta perspectiva, amar a los adversarios deja de ser un ideal abstracto y se convierte en una consecuencia lógica de reconocer su naturaleza eterna.

Este principio transforma la manera en que el discípulo de Cristo percibe a los demás: no como oponentes, sino como hijos de Dios en proceso. Esto eleva el estándar del amor cristiano hacia una caridad madura y redentora, capaz de ver más allá de las fallas humanas. Así, el mandamiento de amar no solo se convierte en una exigencia moral, sino en una expresión directa del conocimiento doctrinal.


“Sigamos a Cristo por medio de la renuncia a la contención y mediante el uso del lenguaje y los métodos de los pacificadores.”
Esta frase encapsula el llamado práctico del discurso: vivir activamente como pacificadores.

Esta declaración define el discipulado cristiano en términos profundamente prácticos: no basta con creer en Cristo, es necesario imitar Su carácter. La renuncia a la contención refleja el rechazo de aquello que es contrario al Espíritu, mientras que el uso deliberado de un lenguaje pacificador manifiesta la influencia de Cristo en el corazón. La paz, en este sentido, no es solo ausencia de conflicto, sino una expresión activa de justicia, misericordia y dominio propio.

Este principio enseña que el verdadero seguidor de Cristo se distingue por cómo responde ante la oposición. En lugar de reaccionar con dureza o contienda, el discípulo elige edificar, sanar y reconciliar. Así, ser “pacificador” no es una cualidad pasiva, sino una evidencia visible de conversión, donde la doctrina internalizada se traduce en acciones que reflejan el carácter del Salvador.

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