Adán el Hombre

Adán el Hombre
Larry E. Dahl
Editado por Joseph Fielding McConkie y Robert L. Millet

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El Papel de Adán
desde la Caída Hasta el
Final… y Más Allá

Larry E. Dahl


Con la Caída, Adán ingresó en una nueva fase de su constante mayordomía de ayudar a que se produjera el paso a la inmortalidad y a la vida eterna del hombre. Su ministerio mortal tuvo una duración de novecientos treinta años. Luego, continuó ocupándose estrechamente de su posteridad en la tierra, dirigiendo, a través de sucesivas dispensaciones, la restauración del sacerdocio y sus llaves.

No cabe duda de que también presidió a los espíritus en el mundo espiritual post-terrenal, supervisando sus esfuerzos para prepararse para el ministerio mortal del Salvador y la consiguiente visita personal a dicho reino espiritual, con todos los eventos comprendidos en ella. Además, mantuvo, y seguirá manteniendo, una vigilia constante contra el poder del diablo y de sus ángeles, ya que “les hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos lados” (DyC 76:29).

En la batalla contra los santos de Dios, el diablo y sus ángeles no solo aplican directamente su oficio contra los Santos, sino que también utilizan a otros mortales cuyos corazones han capturado y quienes “aman las tinieblas más que la luz, porque sus hechos son malos” (DyC 10:20–21). En algunos puntos importantes a lo largo de la historia de la tierra, Adán debió enfrentar al diablo personalmente, o revelar su malicia a otros cuando el diablo se aparecía simulando ser un ángel de luz.

Por lo tanto, la batalla que se inició en el cielo continúa sobre la tierra. Dicha contienda proseguirá hasta su culminación final, lo que las Escrituras denominan “la batalla del gran Dios”, que se llevará a cabo al final del Milenio (DyC 88:110–115). Entretanto, Adán vigilará al diablo y, un día, presidirá un consejo especial en Adán-ondi-Ahmán, preparando la segunda venida del Señor. Además, tendrá un papel fundamental en el juicio y la resurrección de toda la humanidad y luego seguirá en su papel jerárquico —en el orden patriarcal del sacerdocio— en las eternidades por venir.

EL MINISTERIO MORTAL DE ADÁN

La Caída acarreó la muerte, tanto espiritual como temporal. La muerte espiritual llevó a que Adán fuera arrojado del Jardín de Edén y de la inmediata presencia de Dios, quedando sometido a las tentaciones y debilidades relacionadas con dicha condición mortal, y separado de Dios, con necesidad de reconciliación. La muerte temporal de Adán llegaría después —novecientos treinta años más tarde (Génesis 5:5)—, pero “dentro” del día mencionado por Dios cuando les dio instrucciones a Adán y a Eva respecto del árbol de la ciencia del bien y del mal (Moisés 3:16–17). La expiación de Jesucristo actuó como medio para que Adán y su posteridad pudieran vencer ambas muertes, para que resucitaran y se reconciliaran con Dios (véase DyC 29:40–43; Alma 42; 2 Nefi 9).

Adán conocía el Evangelio

Para que el hombre se reconcilie con Dios es necesario que obedezca los principios y sacramentos del convenio sempiterno, o la palabra del Evangelio (DyC 22:1; 66:2; 133:57). El Evangelio ha sido el mismo en todas las épocas y para todos los hombres. Adán conocía el Evangelio. Fue bautizado con agua. Fue “bautizado con fuego y con el Espíritu Santo”. Se le otorgó el sacerdocio “según el orden de Aquel que fue sin principio de días ni fin de años”, convirtiéndose en “un hijo de Dios” (Moisés 6:64–68).

¿Qué significa ingresar en esta orden? El presidente Ezra Taft Benson explicó:

“Ingresar en la orden del Hijo de Dios equivale, en nuestros días, a ingresar en la totalidad del Sacerdocio de Melquisedec, que únicamente se recibe en la casa del Señor. Debido a que Adán y Eva cumplieron con estos requisitos, Dios les dijo: ‘Estarán bajo la orden del que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad’.”

De hecho, “se le confirmaron todas las cosas a Adán mediante un santo sacramento; y se predicó el evangelio, y se proclamó un decreto de que debería estar en el mundo hasta su fin” (Moisés 5:59).

El lenguaje de Adán: puro e inmaculado

“El primer hombre situado sobre la tierra era un ser inteligente,” explicó el presidente Joseph Fielding Smith, “creado a la imagen de Dios, poseía sabiduría y conocimiento, tenía el poder de comunicar sus pensamientos mediante un lenguaje, tanto oral como escrito, que era superior a cualquier otra cosa que pudiera encontrarse hoy en la tierra.”

Adán y Eva tuvieron hijos e hijas que “comenzaron a separarse de dos en dos en la tierra, y a cultivarla y a cuidar rebaños; y también ellos engendraron hijos e hijas” (Moisés 5:3).
Un buen número de estos hijos rechazaron el evangelio cuando sus padres se lo enseñaron. Ellos “amaron a Satanás más que a Dios” y “desde ese tiempo los hombres empezaron a ser carnales, sensuales y diabólicos” (Moisés 5:12–13).

Pero “Adán escuchó la voz de Dios y exhortó a sus hijos a que se arrepintieran” (Moisés 6:1). Nacieron más niños, entre ellos Set, quien, al igual que su padre Adán, era un hombre bello y justo.
Con Set se dio inicio a una línea de patriarcas fieles a lo largo de muchas generaciones: Set, Enós, Cainan, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén (los siete fueron ordenados altos sacerdotes en el orden patriarcal del propio sacerdocio de Adán), Lamec (quien fue ordenado por Set) y Noé (quien fue ordenado por Matusalén).

Acerca de Adán, Set y Enoc, dice el registro de las Escrituras:

“Entonces empezaron estos hombres a invocar el nombre del Señor, y el Señor los bendijo.
Y se llevaba un libro de memorias, en el cual se inscribía en el lenguaje de Adán, porque a cuantos invocaban a Dios les era concedido escribir por el espíritu de inspiración; y poseyendo un lenguaje puro y sin mezcla, enseñaban a sus hijos a leer y a escribir…
…y se guardaba una genealogía de los hijos de Dios. Y éste era el libro de las generaciones de Adán, y decía: El día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo; a imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó, y los bendijo, y dio a ellos el nombre de Adán, el día en que fueron creados y llegaron a ser almas vivientes en la tierra sobre el escabel de los pies de Dios.” (Moisés 6:4–9)

¡Ah, si contáramos con ese libro de recuerdos! En la Biblia se han conservado partes de él, quizás sólo fragmentos. Lo que aparentemente son porciones adicionales han sido restauradas por el profeta José Smith y se encuentran en las Escrituras de los Últimos Días: el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Perla de Gran Precio y la Traducción de la Biblia realizada por José Smith.
Si tuviéramos acceso a todo el registro llevado por Adán y otros patriarcas justos, podríamos comprender la Creación, la Caída y las obras de Dios en las primeras generaciones de la posteridad de Adán tan “puro e inmaculado” como el lenguaje en que dicho registro fue escrito. Algún día lo tendremos.

El gobierno de Adán: una teocracia patriarcal

El primer gobierno sobre la tierra fue patriarcal y teocrático. Es decir, era administrado por familias, con los padres a la cabeza, y estaba dirigido por Dios. Las llaves del reino estaban en poder del patriarca justo de mayor edad. Él ordenaba y presidía a los demás patriarcas fieles, de acuerdo con las revelaciones que Dios le diera.

El profeta José Smith enseñó:

“El sacerdocio fue dado a Adán en primer lugar, él obtuvo la Primera Presidencia, y tuvo en su poder las llaves del reino, de generación en generación… Tenía dominio sobre toda criatura viviente.”[^5]

Ese dominio era tanto civil como religioso. Acerca de este primer gobierno, el élder Bruce R. McConkie escribió:

“Adán, nuestro padre, el primer hombre, es el sumo sacerdote que presidió la tierra durante años. El gobierno que le otorgó el Señor era patriarcal, y desde la expulsión del Edén hasta la expurgación de la tierra por medio del agua en los días de Noé, la parte justa de la humanidad fue bendecida y gobernada por una teocracia patriarcal.

Este sistema teocrático, creado según el modelo del orden y del sistema que reinaba en el cielo, fue el gobierno de Dios. Él mismo, aunque residía en el cielo, fue el Legislador, el Juez y el Rey. Daba directivas tanto civiles como eclesiásticas sobre todas las cosas; no existía separación alguna entre la Iglesia y el Estado, como ocurre hoy. Todos los asuntos gubernamentales se dirigían, controlaban y reglamentaban desde los cielos. Los administradores legales del Señor en la tierra servían por virtud de sus investiduras y ordenaciones en el sacerdocio sagrado y según eran guiados por el poder del Espíritu Santo.

Este orden se instituyó en los días de Adán, y descendió por linaje. Se designó que descendiera de padre a hijo. Se heredaba por sucesión; es el gobierno del sacerdocio; es el gobierno de Dios tanto en la tierra como en el cielo. E incluso hoy, pertenece a los descendientes literales del linaje escogido, al cual se hicieron las promesas (DyC 107:40–41).
El hecho de que este sistema ya no se utilice significa, sencillamente, que los hombres se han alejado de las formas antiguas y que ahora se gobiernan entre sí a su entera elección.”

Pero en el principio, el verdadero sistema del Señor prevaleció. Los hijos sucesivos que sustentaban el poder de uno u otro tipo en el reino original de la tierra fueron: Adán, Set, Enós, Cainan, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé.
En sus días respectivos, no cabe duda, había apóstatas que conformaban sus propios gobiernos. Pero aquellos que creyeron en el evangelio y que buscaron la salvación se mantuvieron sujetos al orden patriarcal revelado y establecido por el Patriarca Eterno.

Adán presidió a su justa posteridad bajo este sistema de teocracia patriarcal durante novecientos treinta años, recibiendo revelaciones, llevando un libro de recuerdos, enseñando, ordenando, implorando arrepentimiento, ofreciendo sacrificios, anticipándose al sacrificio expiatorio eterno e infinito del Salvador, y ejerciendo fielmente la autoridad de las llaves de la Primera Presidencia como cabeza de la primera dispensación del evangelio sobre la tierra.
Cuando se acercó el final de su ministerio mortal, Adán convocó a su posteridad justa para darles su última bendición.

Un consejo de despedida en Adán-ondi-Ahman

En marzo de 1835, se registró una revelación recibida por el profeta José Smith, que incluía parte de una importante e interesante información originariamente registrada en el libro de Enoc, un libro que probablemente fuera parte de aquel antiguo libro de recuerdos:

“Tres años antes de su muerte, Adán llamó a Set, Enós, Cainan, Mahalaleel, Jared, Enoc y Matusalén —todos ellos sumos sacerdotes— junto con el resto de los de su posteridad que eran justos, al valle de Adán-ondi-Ahman, y allí les confirió su última bendición. Y el Señor se les apareció, y se levantaron y bendijeron a Adán, y lo llamaron Miguel, el príncipe, el arcángel. Y el Señor suministró consuelo a Adán, y le dijo: Te he puesto para estar a la cabeza; multitud de naciones saldrán de ti, y tú les serás por príncipe para siempre. Y Adán se puso de pie en medio de la congregación, y, a pesar de que lo agobiaba el peso de sus años, lleno del Espíritu Santo, predijo todo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación. Todas estas cosas se escribieron en el libro de Enoc, y se testificará de ellas en su debido tiempo.” (DyC 107:53–57)

José Smith enseñó que la bendición que Adán dio a sus hijos fue una “bendición patriarcal”, y que la esperanza de Adán era “llevarlos ante la presencia de Dios”. Esa esperanza se concretó, puesto que el Señor se les apareció a ellos, no solo a Adán. ¡Qué maravillosa escena! Generaciones de la posteridad justa de Adán reunidas para honrar y recibir la bendición de su venerable padre al acercarse el final de su ministerio mortal, y contando ellos con el ministerio del Salvador.

Y qué adecuado tributo fue dado a Adán por el Señor, al afirmar que él era Miguel, el príncipe, el arcángel, y que sería la cabeza o el príncipe de toda su posteridad por siempre jamás.

En ese glorioso escenario, Adán, por el don del Espíritu Santo, “predijo todo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación”. En la actualidad, no tenemos acceso a dicha profecía, pero estamos seguros de que se encuentra registrada en el libro de Enoc y que “será testificada en su debido momento”. Al igual que Moroni, Adán pudo ver a través de los corredores del tiempo las escenas de la existencia mortal en la tierra y escribió, de hecho, la historia profética (ver Mormón 8:35). ¡Qué poderoso testimonio constituirá, cuando se lea esa historia profética después de los hechos, para aquellos que negaron o dudaron de la presciencia de Dios y de su poder de revelar el futuro a sus profetas! Y allí se presentarán muchas pruebas de ello. A todos los profetas de Dios se les han mostrado estas cosas y ellos han dejado sus registros como testimonio. El élder Wilford Woodruff enseñó:

“Adán, nuestro primer gran progenitor y padre, luego de la Caída recibió este evangelio, y recibió el santo sacerdocio con todo su poder, y sus llaves y sacramentos. Selló estas bendiciones sobre sus hijos: Set, Enós, Jared, Cainan, Mahalaleel, Enoc y Matusalén. Todos estos hombres recibieron este santo y sagrado sacerdocio. Todos profetizaron para poder recibir revelaciones. Todos tenían inspiración y dejaron su registro sobre la tierra; y ninguno de ellos dejó de ver y profetizar acerca del gran reino de Dios en los últimos días. Y cuando decimos esto de ellos, también lo decimos respecto de todo apóstol y profeta que viviera sobre la tierra. Sus revelaciones y profecías apuntan todas a nuestros días y al gran reino de Dios del que habló Daniel, ese gran reino de Dios del que hablaron Isaías y Jeremías, y a ese gran recogimiento de la casa de Israel del que hablan Ezequiel, Malaquías y muchos de los antiguos patriarcas y profetas.”

Tres años después de que esta trascendental familia se reuniera en Adán-ondi-Ahman, Adán murió. Su ministerio mortal llegó a su fin, pero su inclusión en la historia del mundo y su relación con los habitantes de la tierra no terminó.
Aún ostentaba las “llaves de la salvación bajo el consejo y la dirección del Muy Santo”. Solo había transcurrido uno de los siete “días” de existencia temporal de la tierra (DyC 77:6). Las “llaves de la salvación” de Adán incluyen, como explicó José Smith, las llaves de todas las dispensaciones “hasta el final de las dispensaciones que sean reveladas”. Todavía quedaba mucho por hacer.

El sacerdocio y las llaves reveladas por la autoridad de Adán

Desde la muerte de Adán hasta el presente, han existido numerosas apostasías que requirieron la restauración del evangelio y del sacerdocio. El profeta José Smith explicó que Adán dirigió dichas restauraciones. “El sacerdocio es un principio sempiterno”, dijo, “y existió con Dios desde la eternidad hasta la eternidad, sin principio de días ni fin de años. Las llaves tendrán que provenir del cielo cada vez que se envíe el evangelio. Cuando son reveladas desde el cielo, es por autoridad de Adán.”

Para seguir el orden del cielo, debe haber una delegación o una cadena de mando a través de la cual Adán lleve a cabo su importante obra. El profeta enseñó: “Cristo es el gran Sumo Sacerdote; Adán es el que le sigue.”
También dio esta explicación respecto de la posición de Adán en cuanto a la autoridad: “El sacerdocio fue primero dado a Adán; él obtuvo la Primera Presidencia y ostentó las llaves de generación en generación… Luego a Noé, quien es Gabriel, le sigue en autoridad a Adán en el sacerdocio… Estos hombres fueron los primeros que tuvieron las llaves en la tierra, y luego en el cielo.”

Por lo tanto, cuando Juan el Bautista entregó el sacerdocio aarónico a José Smith y a Oliver Cowdery, declarando que actuaba bajo la dirección de Pedro, Santiago y Juan (José Smith—Historia 1:72), podemos suponer que Pedro, Santiago y Juan también actuaron bajo la dirección de algún otro, es decir, de Adán, Noé o algún otro individuo autorizado.
Lo mismo se aplicaría a aquellos que aparecieron en el Monte de la Transfiguración (ver Mateo 17:1–9), y a todos los que recibieron alguna dispensación.

Adán y Noé: ministraciones y restauraciones

Adán y Noé no solo dirigían a otros en la restauración del sacerdocio y de sus llaves, sino que también se aparecieron en diversas ocasiones con diferentes propósitos. Noé, o Gabriel, se le apareció a Zacarías, hablándole de su futuro hijo, Juan (Lucas 1:5–23). También le anunció a María su singular privilegio de convertirse en madre del Hijo de Dios (Lucas 1:26–38).

Tanto Miguel como Gabriel se encontraban entre aquellos que se presentaron ante José Smith en esta, la dispensación de la plenitud de los tiempos. Doctrina y Convenios da cuenta de las apariciones en los últimos días, no solo de Moisés, Elías y Elías el profeta (véase DyC 110), sino también de Moroni, Juan el Bautista, Pedro, Santiago, Juan, Rafael y “diversos ángeles, desde Miguel o Adán hasta el tiempo actual, todos ellos declarando su dispensación, sus derechos, sus honores, su majestad y gloria, y el poder de su sacerdocio; dando línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poco aquí y otro poco allí” (DyC 128:20–21).

Poco sabemos de la mayor parte de estas visitas, salvo que ocurrieron y que sucedieron bajo la dirección de Adán.

La coordinación de esferas diferentes

Es interesante contemplar la logística de Adán al coordinar y dirigir los esfuerzos de seres diferentes provenientes de distintas esferas en estas diversas restauraciones y apariciones. Evidentemente, Adán se encontraba en el mundo espiritual posterior a la tierra desde el momento de su muerte hasta, por lo menos, la resurrección de Cristo. Puesto que, en un principio, se le dieron las llaves para presidir a los espíritus de todos los hombres, sin duda continuó presidiéndolos allí. Desde su ubicación en el mundo espiritual postterrenal, Adán debió haber continuado haciendo todo “bajo el consejo y la dirección del Muy Santo”, lo cual implica que estaba en contacto constante con el Salvador.

Además, algunos de aquellos que fueron enviados a la tierra para restaurar el sacerdocio y sus llaves bajo la dirección de Adán, antes de la primera resurrección, fueron seres trasladados, tales como Moisés y Elías. José Smith, hablando de estos seres trasladados, enseñó que “su lugar de residencia es de orden terrestre, un lugar preparado para dichos personajes que Él [Dios] mantuvo en reserva para que sean ángeles administradores en muchos planetas, y que aún no habían ingresado en una totalidad tan grande como los que resucitaron de los muertos.”

Así, por espacio de tres mil años, Adán —desde su morada en el mundo espiritual postterrenal— habría estado coordinando los esfuerzos de al menos tres esferas de acción. Luego, una vez que la resurrección fue instituida en el meridiano de los tiempos (y es posible que Adán haya sido una de las primeras personas, si no la primera, en resucitar después de Cristo), la base de operaciones de Adán estaría en cualquier lugar desde donde dichos seres resucitados esperan el momento en que esta tierra se convierta en celestial y en su hogar eterno.

Debemos recordar que las llaves del sacerdocio pertenecen a Adán desde el mundo premortal, durante su ministerio mortal, en el mundo espiritual postmortal y hasta la resurrección.

Vigilando al diablo

La obsesión del diablo es obstruir la obra de Dios: “engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él” (Moisés 4:4), hacer a todos los hombres “miserables como él” (2 Nefi 2:27), “hacer la guerra a los santos de Dios y rodearlos por todos lados” (DyC 76:29), “[sellarlos] como cosa suya” y tener “todo poder sobre [ellos]” (Alma 34:35).

En una visión, Enoc observó que cuando Satanás había tenido un éxito transitorio en los días de Noé, “miró hacia arriba y se rió, y sus ángeles se alegraron” (Moisés 7:26). Sin embargo, el diablo no tiene poder ilimitado. Como enseñó José Smith:

“Los espíritus de los hombres del bien no pueden interferir con los del mal más allá de los límites prescritos, puesto que Miguel, el arcángel, no se atrevió a acusar directamente al diablo, pero dijo: ‘El Señor te reprenda, Satanás’.”

También parecería que los espíritus del mal tienen límites, restricciones y leyes mediante las cuales son gobernados o controlados, y que conocen su destino futuro. Por eso dijeron a nuestro Salvador: “¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?” Y cuando Satanás se presentó ante el Señor, entre los hijos de Dios, dijo que llegaba de “ir y venir por la tierra, y de recorrerla de punta a punta”. Se lo denomina “príncipe del poder del aire”, y es evidente que poseen un poder que nadie, salvo aquellos que tengan el sacerdocio, puede controlar.

El profeta también declaró brevemente: “El diablo no tiene ningún poder sobre nosotros, a no ser que se lo permitamos. Cuando nos rebelamos ante cualquier cosa que provenga de Dios, el diablo toma el poder.” Aparentemente, podemos evitar, en la mayoría de los casos, ser sometidos por el poder del diablo si somos obedientes a Dios. No obstante, hay momentos en que Satanás intenta traspasar sus límites y debe ser vigilado por alguien que ostente mayor poder que él.

Hay tres ocasiones en los registros de las Escrituras en que esa persona resulta ser Adán.

Una disputa con el diablo sobre el cuerpo de Moisés

Adán disputó con el diablo sobre el cuerpo de Moisés (Judas 1:9). ¿Por qué? Evidentemente, el diablo insistía en que, cuando Moisés muriera, su cuerpo le sería entregado a él. No obstante, Adán regía por sobre el diablo, y Moisés fue trasladado.

El élder Joseph Fielding Smith sugirió que era necesario que Moisés y Elías el Profeta fueran preservados de la muerte “porque tenían una misión que cumplir, y debía cumplirse antes de la crucifixión del Hijo de Dios, y no podía hacerse en el espíritu. Debían tener cuerpos tangibles.”

Respecto a la disputa entre Adán y el diablo, el élder Bruce R. McConkie escribió:

“Parece ser, entonces, que Satanás, ansioso por obstruir los propósitos del Señor, se disputaba el cuerpo de Moisés. Esto significa que buscaría la muerte mortal del legislador de Israel, de modo que no tuviera un cuerpo tangible en el cual pudiera venir, junto con Elías, quien también había sido trasladado sin haber probado la muerte, para conferir las llaves del sacerdocio a Pedro, Santiago y Juan.”

Puesto que Moisés no fue el primero en ser trasladado de esta tierra, es posible que esta misma disputa, bajo los mismos principios, se haya producido anteriormente.

Oposición del Príncipe del Reino de Persia

En Daniel, capítulo 10, hay un relato de un mensajero celestial enviado a Daniel para ayudarlo a comprender su visión de los últimos días. El mensajero le explicó a Daniel que había sido detenido porque “el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí, Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme” (Daniel 10:13).

Parecería que el príncipe del reino de Persia era Satanás o uno de sus emisarios, agitando a una nación para que se volviera hostil al pueblo del Señor. Miguel acudió para ayudar.

Detectó al diablo cuando apareció como un ángel de luz

En 1842, al recordar a los Santos algunos de los hechos maravillosos de la Restauración del Evangelio, José Smith incluyó una experiencia que él mismo tuvo con el diablo y con Miguel en las orillas del río Susquehanna. El diablo se apareció como un ángel de luz, y Miguel vino a desenmascararlo (véase DyC 128:20).

¿Cuántas otras ocasiones han existido a lo largo de la historia de la tierra en que Lucifer y Miguel se enfrentaron? Es razonable pensar que esto se ha producido repetidas veces.

Otro concilio en Adán-ondi-Ahman

Adán mantuvo una reunión importante con su posteridad justa en Adán-ondi-Ahman tres años antes de morir. Antes de la segunda venida del Señor, Adán convocará otra importante reunión en ese mismo lugar sagrado. Nuevamente se reunirán los justos, y nuevamente aparecerá el Señor. Sin embargo, esta vez, en lugar de predecir “todo lo que le ocurrirá a su posteridad hasta la última generación”, Adán escuchará los informes de su posteridad.

Sobre este hecho futuro, José Smith enseñó:

“Daniel, en el capítulo séptimo, habla sobre el Anciano de Días; se refiere al hombre más antiguo: nuestro padre Adán, Miguel. Él reunirá a sus hijos y realizará un consejo con ellos para prepararlos para la llegada del Hijo de Dios. Él (Adán) es el padre de la familia humana y preside a los espíritus de todos los hombres, y todos los que han tenido las llaves deberán estar a su lado en este gran consejo. Esto se producirá antes de que algunos de nosotros dejemos esta etapa de acción. El Hijo del Hombre está a su lado, y allí recibe gloria y dominio. Adán entrega su mayordomía a Cristo, la cual le fue conferida, al igual que las llaves de todo el universo, pero mantiene su lugar como cabeza de la familia humana.”

Joseph Fielding Smith agregó lo siguiente:

“Este encuentro de los hijos de Adán, donde los miles y las decenas de miles se reúnan para el juicio, será uno de los grandes eventos que ha experimentado esta atribulada tierra. En esta conferencia o consejo, todos los que hayan tenido las llaves de una dispensación presentarán un informe de su mayordomía. También lo hará Adán, y luego entregará a Cristo toda la autoridad. Después, Adán será confirmado en su designación como el príncipe sobre su posteridad y se lo instalará oficialmente y coronará eternamente. Luego Cristo será recibido como el Rey de reyes y Señor de señores.
No sabemos cuánto tiempo durará este encuentro, o cuántas sesiones formarán parte de este gran consejo. Basta con saber que es una reunión del Sacerdocio de Dios desde el inicio de esta tierra hasta el presente, en la cual se brindarán informes, y todos aquellos a quienes se les hayan otorgado dispensaciones (talentos) declararán sus llaves y sus ministerios e informarán de su mayordomía de acuerdo con la parábola.
Serán juzgados porque esta es una reunión de los justos, aquellos que han ostentado u ostentan las llaves de la autoridad en el Reino de Dios sobre esta tierra. No será el juicio de los viles.
Cuando todas las cosas estén preparadas, y cada llave y cada autoridad estén en orden, con un informe completo y perfecto de la mayordomía de cada hombre, entonces Cristo recibirá estos informes y se instalará como el legítimo Gobernador de esta tierra. Tomará su lugar en este gran consejo por la voz unánime de los cientos que, por derecho del Sacerdocio, estarán reunidos allí. Esto precederá al gran día de la destrucción de los malvados y será la preparación para el Reino Milenario.”

En realidad, dicha reunión en Adán-ondi-Ahman será un momento de gran importancia para Adán. Pero el final todavía no ha llegado. Aún tiene que cumplir un papel fundamental en la resurrección, en el juicio final y en la batalla definitiva contra el diablo y sus ángeles.

EL PAPEL DE ADÁN EN LA RESURRECCIÓN Y EN EL JUICIO

“Mas he aquí, de cierto os digo que antes que pase la tierra, Miguel, mi arcángel, sonará su trompeta, y entonces todos los muertos despertarán, porque se abrirán sus sepulcros y saldrán; sí, todos” (DyC 29:26).

Fue el Salvador quien venció a la muerte a través de la suya propia y de la resurrección, pero evidentemente las llaves para lograr la resurrección de todos los demás se le dieron a Adán, y él se las entregó a otros.

El presidente Spencer W. Kimball habló acerca de las llaves de la resurrección en la conferencia general de abril de 1977, citando brevemente al presidente Brigham Young. En dicho discurso, el presidente Young declaró:

“Estas personas suponen que nosotros poseemos todos los sacramentos para la vida, la salvación y la exaltación, y estamos administrando dichos sacramentos. No es así. Poseemos todos los sacramentos que pueden administrarse en la carne, pero existen otros sacramentos y administraciones que deben llevarse a cabo más allá de este mundo. Sé muy bien que preguntarán cuáles son. Mencionaré uno: No hemos, ni podemos recibir aquí, el sacramento y las llaves de la resurrección. Se les entregará a aquellos que han atravesado esta etapa de acción y que han recibido nuevamente sus cuerpos, como ya ha ocurrido en muchas oportunidades, y seguirá ocurriendo del mismo modo.
Les entregarán los sacramentos aquellos que ostentan las llaves de la resurrección, para poder salir y resucitar a los santos, del mismo modo en que recibimos el sacramento del bautismo, se entregarán las llaves de la autoridad para bautizar a otros para la remisión de sus pecados. Este es uno de los sacramentos que aquí no podemos recibir, y hay muchos más.”

Qué apropiado es que Adán, quien trajo la muerte al mundo por medio de la Caída, sea el que convoque a su posteridad desde la tumba, para proclamar la resurrección con el sonido de su trompeta. Puesto que todos los muertos no se levantarán al mismo tiempo, y algunos han muerto hace más de cien años, aquella trompeta deberá sonar varias veces hasta que la escuchen todos los hijos de Adán (DyC 88:94–102).

La resurrección y el juicio son, de algún modo, hechos simultáneos, puesto que “vuestra gloria será aquella por medio de la cual vuestro cuerpo será vivificado” (DyC 88:28). Pero además, habrá un registro, luego una alabanza o bien una afirmación de nuestros lugares en los diversos reinos preparados para albergar a toda la humanidad.

Al igual que la resurrección, no cabe duda de que el juicio será un asunto de llaves y delegación. El élder Bruce R. McConkie escribió:

“El Anciano de Días, el hombre más anciano y más antiguo de la tierra, Adán nuestro padre, está sentado para juzgar a los justos de su raza.”

No debemos olvidar que los Doce Apóstoles del Cordero, que estuvieron junto al Señor en su ministerio en Jerusalén, juzgarán a toda la casa de Israel, refiriéndose al sector que cumplió los mandamientos, “y a ningún otro” (DyC 29:12). En ese gran día habrá una enorme jerarquía de jueces, de los cuales Adán, bajo Cristo, será el jefe de todos. Esos jueces juzgarán a los justos que se encuentren bajo su jurisdicción, pero el mismo Cristo, personalmente, juzgará a los viles.

El profeta José Smith tuvo la visión de una escena tierna del juicio, resaltando el papel de Adán al presentar su justa posteridad a nuestro Padre Celestial y al Salvador, para que estos reciban su recompensa eterna. Heber C. Kimball relata esta visión en su diario:

“Allí se encontraba el Padre Adán y les abría la puerta (a los Doce), y a medida que ingresaban, los abrazaba uno por uno y los besaba, y los coronaba ante la presencia de Dios… La impresión que la visión dejó en la mente del hermano José fue de tal magnitud, que nunca podía cesar su llanto al recordarla.”

Durante un discurso pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake, el presidente Kimball mencionó la misma visión:

“Esto trae a mi mente la visión que tuvo José Smith, cuando vio a Adán abrir la puerta de la Ciudad Celestial y admitir a las personas, una por una. Luego vio al Padre Adán conduciéndolos al trono, uno por uno, cuando fueron coronados Reyes y Sacerdotes de Dios. La mención de este hecho solo tiene la intención de que sus mentes comprendan los principios del orden; pero, de todos modos, se aplicará a todo miembro de la Iglesia.”

LA BATALLA DEL GRAN DIOS

La resurrección y el juicio continuarán durante los miles de años desde que arribe el Salvador y comience el Milenio: “Y Satanás será atado, aquella serpiente antigua que es llamada el diablo, y no será desatado por espacio de mil años. Y entonces quedará suelto por una corta temporada, para poder reunir a sus ejércitos” (DyC 88:110–111).

Tristemente, hacia el final de los mil años, estarán aquellos mortales en la tierra que “de nuevo empezarán a negar a su Dios” (DyC 29:22). Sin duda alguna, algunos de ellos formarán parte del ejército que Satanás conforme en ese momento. La otra parte de su ejército estará compuesta por todos aquellos espíritus que escogieron seguir a Lucifer.

Satanás reunirá a todo aquel que niegue a Dios, cuya mentalidad y fin están descritos en la revelación moderna:

“Aquello que traspasa una ley, y no se rige por la ley, antes procura ser una ley en sí mismo, y dispone permanecer en el pecado, y del todo permanece en el pecado, no puede ser santificado por la ley, ni por la misericordia, la justicia o el juicio. Por tanto, tendrá que permanecer sucio aún” (DyC 88:35).

Satanás y sus “huestes del infierno” vendrán a combatir contra Miguel y sus ejércitos, “incluso las huestes del cielo”. Esta batalla, que se producirá al final del Milenio, es la batalla final en la guerra que comenzó en los cielos. Se la denomina “la batalla del gran Dios” o la batalla de Gog y Magog.

El resultado es seguro:

“Y el diablo y sus ejércitos serán arrojados a su propio lugar, para que nunca más tengan poder sobre los santos. Porque Miguel peleará sus batallas, y vencerá al que ambiciona el trono de aquel que sobre él se sienta, sí, el Cordero. Esta es la gloria de Dios y de los santificados; y nunca más verán la muerte” (véase DyC 88:112–116).

Cuando haya terminado la batalla del gran Dios y todos estén ubicados en sus reinos respectivos, Adán continuará presidiendo a su posteridad durante toda la eternidad.

CONCLUSIÓN

El papel de Adán desde la Caída hasta el final de los tiempos es fundamental en el plan de salvación y la restauración del sacerdocio. Como el primer hombre y el primer patriarca, Adán desempeña un rol clave en la dispensación del evangelio a través de generaciones, presidencia en el mundo espiritual y en la lucha continua contra las fuerzas del mal. A través de su ministerio mortal, que duró novecientos treinta años, y su legado eterno, Adán ayudó a guiar a su posteridad a través de sacrificios, enseñanzas y bendiciones, asegurando que el sacerdocio y las llaves del reino de Dios se transmitieran de generación en generación.

La restauración del evangelio, el sacerdocio y la autoridad de Adán continúan siendo relevantes en cada dispensación, y su influencia perdura, incluso en el mundo espiritual y post-terrenal. El momento culminante de su ministerio será en el juicio final, donde presidirá a su posteridad y entregará la autoridad a Cristo, quien será coronado como el Rey de Reyes. En este proceso, Adán desempeña un papel esencial en la resurrección, el juicio final, y la batalla definitiva contra Satanás, asegurando el triunfo del bien y el cumplimiento de los propósitos divinos.

Finalmente, la figura de Adán no solo tiene un significado trascendental en la historia de la humanidad, sino que también desempeñará un papel eterno en el reino celestial, supervisando y guiando a su posteridad en las eternidades venideras, mientras que continúa sirviendo bajo la dirección de Cristo, el Salvador de la humanidad.