Al Rescate – La biografía de Thomas S. Monson

29
UN ESPÍRITU INQUEBRANTABLE

A veces, ante el púlpito, la gente parece tener diferentes personalidades. Con el presidente Monson, lo que que vemos ante el púlpito es lo mismo que veremos en persona.

Élder Dallin H. Oaks Quorum de los Doce Apóstoles


A las cuatro de la tarde del 16 de mayo de 1989, el presidente Monson, Segundo Consejero de la Primera Presidencia y subdirector del consejo de administración de la Universidad Brigham Young, dio la bienvenida a cincuenta invitados a los servicios dedicatorios del Centro de BYU en Jerusalén para Estudios del Cercano Oriente, ubicado en el Monte Scopus, frente al Monte de los Olivos. El edificio de varios millones de dólares alojaría las ramas de la Iglesia en Jerusalén y serviría de hogar a los estudiantes de la universidad durante cursos semestrales en el extranjero. Entre los discursantes en la dedicación se encontraban el presidente Howard W. Hunter, el élder Boyd K. Packer, el élder Jeffrey R. Holland, y otros. El presidente Monson pidió al presidente Hunter, encargado de la edificación durante diez difíciles años de aprobaciones y construcción, que pronunciara la oración dedicatoria: “Este edificio se ha construido para alojar a quienes Te aman y procuran aprender en cuanto a Ti y seguir los pasos de Tu Hijo, nuestro Salvador y Redentor. Rogamos que todos los que aquí entren para enseñar, aprender o para cualquier otro propósito, sean bendecidos por Ti y sientan Tu Espíritu”1.

“El presidente Monson dirigía la reunión”, recuerda el élder Holland. “El tenía menos antigüedad que el presidente Hunter en el Quorum, pero ejercía más autoridad que él debido a que integraba la Primera Presidencia. El tuvo la maravillosa y magnífica cortesía de pedir al presidente Hunter que ofreciera la oración dedicatoria, un gesto de suma fineza. Esa es una característica típica del presidente Monson. El respeta, él tiende una mano y lo hace repetidamente. Siempre está atento para hacer lo bueno”2.

El presidente Monson se había sentado junto al presidente Hunter durante los años en que el presidente Hinckley había servido como consejero del presidente Kimball; había servido con el presidente Hunter en comités y ambos habían asistido juntos a tantas conferencias que perdieron la cuenta. El había estado en la congregación en el Tabernáculo cuando Howard W. Hunter fue sostenido como nuevo miembro del Quorum de los Doce. El presidente Hunter era un hombre con el prestigio de ser propiamente como Cristo, humilde y bondadoso.

Howard W. Hunter y Thomas S. Monson habían trabajado juntos por primera vez en 1956, cuando el hermano Hunter era director regional para la dedicación del Templo de Los Angeles, y el hermano Monson imprimió los boletos. “Su asignación era enorme”, dijo Tom en esa ocasión. “Yo solamente vi lo que tenía que ver con los boletos codificados a color, y membretados y numerados de la manera más ordenada que jamás había visto”3.

También compartieron un momento el 3 de octubre de 1963, al encontrarse en la recepción fuera de la oficina del presidente David O. McKay. El élder Hunter estaba terminando algunos asuntos y Tom se hallaba allí para una entrevista con el Presidente, sin saber por qué razón lo había citado. El élder Hunter lo sabía. “Percibí las lágrimas en sus ojos, incluso la sonrisa en sus labios y el entusiasmo en su voz”, comentó después el presidente Monson. “No entendí por qué estaba tan emocionado. Fue después de que conversé con el presidente McKay, cuando me llamó a ser parte de los Doce, que llegué a entender. Howard W. Hunter se había enterado de por qué estaba yo ahí esa tarde. Él ya había estado en esa situación y había experimentado lo que yo pronto experimentaría”4.

Un año, durante una reñida campaña electoral para gobernador del estado de Utah, el presidente Monson, quien toma muy en serio sus deberes cívicos, le preguntó a su esposa por quién había votado. Ella respondió: “No voté por ninguno; hacen demasiadas promesas que al fin no cumplen”. El la miró y dijo: “¿Qué hiciste? ¿Dejaste el espacio en blanco?”. Ella respondió: “No, por supuesto que no. Escribí el nombre de Howard W. Hunter; él es tan modesto y tan humilde. Ciertamente, él es la clase de persona que nuestro Padre Celestial guiaría al éxito”. El se lo comentó al presidente Hunter, quien sonrió y dijo: “Dele las gracias de mi parte”5.

El presidente Hunter llevaba su diario personal de forma prodigiosa, tal como Thomas Monson, y era un erudito en ruinas antiguas. Antes de que el élder Monson fuera a Perú, en 1978, para crear una estaca en Trujillo, el élder Hunter lo alentó para que “se asegurara de visitar las ruinas de Chan Chan”, la ciudad precolombina más grande de Sudamérica, con una población de 30.000 personas. “No hay nada como esas ruinas en todo el mundo”, dijo el élder Hunter entusiasmado al mostrar un ejemplar de tres páginas de su diario personal que detallaba su visita a ese lugar. Cuando el élder Monson fue a Chan Chan, la anotación que hizo fue mucho más breve: «Todo lo que vi fue arena. Me llevó quince minutos. El hermano Hunter vio ruinas de una cultura, un pueblo, aun una civilización desaparecidos hace mucho, pero preservados en la memoria”6.

La reunión de los Doce después de la muerte del presidente Benson era la quinta vez que el presidente Monson participaba en el nombramiento del hombre que el Señor había escogido como Su profeta. El presidente Hunter retuvo al presidente Hinckley y al presidente Monson como sus consejeros. En una conferencia de prensa dos días después, el presidente Monson confirmó su apoyo, diciendo: “Quiero que todos sepan que usted [presidente Hunter] es un hombre de talento, un hombre de gran compasión, y un líder que socorre al hambriento y al desamparado. Y en el espíritu del Maestro, su gran deseo siempre ha consistido en levantar a los demás hacia El. Dios lo bendiga en su ministerio”7.

La nueva Primera Presidencia de la Iglesia se dedicó a su obra. El presidente Hunter llamó a Jeffrey R. Holland para ocupar la vacante en el Quorum de los Doce, y el 23 de junio de 1994, el nuevo Apóstol fue ordenado en la reunión regular de la Primera Presidencia y del Quorum de los Doce en el templo. Él había servido como rector de la Universidad Brigham Young de 1980 a 1989, cuando fue llamado como miembro del Primer Quorum de los Setenta. Él y el presidente Monson habían compartido una tierna asociación. “Usted me entrevistó cuando me empleó el Sistema Educativo de la Iglesia en 1965 y desde entonces me ha alentado y guiado en cada momento crucial de mi vida”, escribió el élder Holland en una nota emotiva de aprecio al presidente Monson pocos días después de ser llamado a los Doce. “Creo que no tengo un mejor amigo, un mayor defensor, un intercesor más firme, ni un ejemplo más amoroso”8.

El presidente Monson expresó sentimientos similares a su amigo y frecuente compañero de pesca. “En quinto grado, cuando tenía 11 años de edad, gané un campeonato de canicas”, le explicó en una nota al élder Holland. “Me sentía muy orgulloso de una canica especial que me permitió ganar, y muchos preguntaban si se la prestaría. Unicamente se la habría prestado a mi hermano menor, pero a usted se la habría regalado”9.

Las cartas del “Libro Especial” en la oficina del presidente Monson—nombre más bien incorrecto, siendo que tiene numerosos volúmenes—están llenas de expresiones de “unas pocas” personas a quienes ha impresionado y vidas que ha transformado. Neal A. Maxwell fue otro del Quorum de los Doce que tenía gran afecto por Tom Monson. Por muchos años, el presidente Monson ha guardado una nota de su íntimo amigo. “Te amo”, dice simplemente, y está firmada, “Neal”.

Después de que el presidente Hunter fue apartado, el presidente Monson escribió este comentario en su diario personal: “Ésta es la primera vez en mucho tiempo que hemos tenido al Presidente de la Iglesia sentado en su silla habitual”10. No le agradaba que a la Primera Presidencia “se le sometiera”—según las palabras del presidente Monson—a una sesión fotográfica en la sala de reuniones. Para alguien que trata de evitar que le tomen una fotografía, podría considerarse irónico que existan docenas de álbumes llenos de tales fotos que describen casi cincuenta años enfrente de las cámaras.

El presidente Monson dirigió la asamblea solemne el l de octubre de 1994, indicando en su diario personal: “Hoy es un día importante en la historia de la Iglesia. Howard W. Hunter fue sostenido como Presidente de la Iglesia y como profeta, vidente y revelador”11.

El presidente Hunter inició su cargo con un sinnúmero de problemas de salud. El presidente Monson comentó: “Es un gozo servir como consejero del presidente Howard W. Hunter, quien posee un espíritu inquebrantable. Aunque su cuerpo es frágil, tiene el deseo de servir con todo su corazón y su alma en la sagrada función a la que el Señor lo ha llamado”12.

Siete años antes, la diabetes le había comprometido los nervios y los músculos de la pierna derecha, y los médicos habían previsto que “pasaría el resto de su vida en una silla de ruedas”. En ese momento, le pidió al presidente Monson que le diera una bendición, en la cual él expresó palabras de afirmación “de que el Señor no lo llamó al Consejo de los Doce debido a sus piernas, y que todas las partes de su cuerpo y de su mente que justificaban su llamamiento todavía funcionaban eficazmente”. En esa época, el presidente Hunter servía como Presidente en Funciones del Quorum de los Doce. Un año después, el 22 de junio de 1988, con el fallecimiento del presidente Romney, el élder Hunter fue apartado como Presidente del Quorum de los Doce.

En la mañana del domingo 1 de abril de 1988, los espectadores de la conferencia observaron a Howard W. Hunter levantarse lentamente de su silla y, con la ayuda de un bastón, dirigirse al púlpito. “Al aproximarse al final de su mensaje, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás”. El élder Monson escribió en su diario: “Logré poner mi mano debajo de su hombro y amortiguar la caída. El élder Packer y yo lo ayudamos inmediatamente a ponerse de pie y, sin perder una sílaba, siguió leyendo su mensaje del teleprompter”.

El presidente Monson percibió “que habíamos presenciado un milagro en el momento que Howard W. Hunter fue capaz de llegar al púlpito, e incluso un segundo milagro cuando se encontró ante el púlpito por segunda vez”14.

Dos años después, en abril de 1990, al concluir la reunión de los jueves de la Primera Presidencia y los Doce en el templo, el presidente Hunter había preguntado si alguien tenía algo que deseara presentar que no estuviese incluido en la agenda. La sala estaba en silencio, ya que a los apóstoles se les había avisado que el Presidente tenía un asunto que deseaba mencionar. Dijo simplemente: “Quisiera hacerles saber que esta tarde voy a casarme”. Entonces habló acerca de Inis Stanton, una mujer de California a quien había estado visitando por cierto tiempo, y dijo que el presidente Hinckley iba a realizar la ceremonia en el Templo de Salt Lake. “He invitado al presidente Monson para que sea uno de los testigos, y el obispo de Inis será el otro”. El 9 de octubre de 1983, el presidente Monson había hablado en el funeral de Clair Hunter, la esposa del presidente Hunter15.

Durante su presidencia, Howard W. Hunter dedicó el Templo de Orlando (Florida) y el de Bountiful (Utah), y anunció que se edificarían tres nuevos templos: en Nashville, Tennessee; Cochabamba, Bolivia; y Recife, Brasil. Creó la estaca número 2.000 de la Iglesia en la Ciudad de México, y participó en los servicios conmemorativos por el 150 aniversario del martirio del profeta José Smith.

En su discurso después de la asamblea solemne en octubre, el presidente Hunter dijo a los miembros que los había invitado “a contemplar el templo del Señor como el gran símbolo de su calidad de miembros. Es el más profundo deseo de mi corazón que cada miembro de la Iglesia sea digno de entrar al templo. Seamos personas que asisten al templo”16. Ese llamado hizo que se diera mayor atención a la adoración en el templo.

Cuando el presidente Hunter dedicó el templo número 46 de la Iglesia en Orlando, Florida, el 9 de octubre de 1994, habían pasado cinco años desde que un Presidente de la Iglesia había asistido a la dedicación de un templo. El presidente Hunter, con la dignidad y el manto del profeta escogido del Señor, presidió siete sesiones dedicatorias y pronunció cuatro discursos. El presidente Monson habló en una de las sesiones en cuanto al tema de la cortesía, una cualidad que aprendió en su juventud y que ha valorado al relacionarse con otras personas. “Cada vez que acude a mi mente la palabra cortesía, pienso en aquellos que parecen ejemplificarla en todo lo que hacen”, dijo, citando el templo como “un lugar de cortesía. Habrá quienes irán al templo y no sabrán por dónde ir, y ustedes, maravillosos obreros que trabajarán con diligencia en el templo, sean siempre bondadosos y esfuércense por que cada persona sepa que es bienvenida en la casa del Señor”17.

El 8 de enero de 1995, el presidente Hunter dedicó el Templo de Bountiful, Utah. Le pidió al presidente Monson que dirigiera la ceremonia de la piedra angular y la debida instalación de la misma esa fría y ventosa mañana de domingo. Poniéndose sus abrigos, cada miembro de la Primera Presidencia tomó la paleta y entonces se llamó a la hermana Hunter para que hiciera lo mismo en representación de las mujeres de la Iglesia.

El presidente Monson había preparado la oración dedicatoria tras pedírselo el presidente Hunter. Este, débil pero resuelto, leyó la oración en las dos primeras sesiones, la cual incluía la gran esperanza: “Procuramos ser como Tú; tratamos de modelar nuestras vidas de acuerdo con la vida de Tu Hijo; deseamos la rectitud en nosotros mismos, en nuestros hijos, y en los hijos de nuestros hijos”18.

El lunes, el presidente Hinckley presidió las sesiones dedicatorias del Templo de Bountiful, siendo el presidente Monson responsable de las sesiones del martes. El lunes por la noche, se dio cuenta de que no tenía un par de calcetines blancos elásticos para el día siguiente. Llamó por teléfono a la farmacia del Hospital LDS para ver si podía conseguir un par, y la joven que contestó le prometió que encontraría lo que él necesitaba. Pero la conversación no terminó allí. Con cierta vacilación, ella preguntó si sería posible que le diera una bendición a un joven, Joshua Holdaway, a quien habían encontrado después de haber estado perdido en las montañas cerca de Salt Lake City en temperaturas bajo cero, y que se encontraba muy grave en el hospital. El le dijo que lo haría con mucho gusto.

Esa noche, fue a la habitación de Joshua y encontró a “un espléndido joven” de unos dieciocho años de edad. Tenía los pies vendados en forma parecida a su propio pie cuando había estado internado en el hospital un año antes. Asimismo, los dedos estaban vendados individualmente. La preocupación era que la severidad de la congelación requiriera que se le amputaran los dedos de las manos, los de los pies y posiblemente los mismos pies. El presidente Monson comentó: “Le hablé de los hidromasajes … y le pregunté si Corky, el fisioterapeuta que me trató a mí, estaba todavía allí, y dijo que sí. Intercambiamos impresiones en cuanto a la cámara hiperbárica que ambos habíamos soportado. Fue bueno que por el hecho de haber pasado yo algunas de esas cosas, me fue posible hablarle con la voz de la experiencia”19. Después de que conversaron, el padre de Josh se unió al presidente Monson para darle al joven una bendición del sacerdocio.

La empleada de la farmacia era prima de Josh Holdaway, y al día siguiente llegó una carta de ella a la oficina del presidente Monson. Indicó que rara vez trabajaba en la farmacia los lunes por la noche, y que en esa ocasión estaba de suplente. Rara vez contestaba el teléfono, pero sintió que era “una inspiración de lo alto” que el presidente Monson llamara esa noche, cuando tanto se le necesitaba20.

La madre de Joshua también escribió una carta de agradecimiento, y comentó que Josh le había dicho ese día: “Mamá, quiero que me laves el cabello, porque tengo el presentimiento de que el presidente Monson va a venir a verme mientras me encuentre aquí”21.

El martes y el jueves de esa semana, el presidente Monson presidió las sesiones dedicatorias del Templo de Bountiful, vestido en su traje blanco, y calcetines especiales. Mencionó la visita que hizo a Joshua Holdaway y pidió a los presentes que unieran su fe en favor de Josh.

El presidente Monson regresó al hospital el viernes, esa vez para ver al presidente Hunter, quien se había ido después de la sesión del martes por la manaña, diciendo: “Tom, no me siento bien. Creo que será mejor que me vaya a casa”. En esa sesión había tenido dificultades para dar vuelta a las páginas de su discurso y finalmente permitió que su secretario lo ayudara. El presidente Monson escribió en su diario personal: “Le tomé la mano y la besé tiernamente. Le dije que me sentía muy complacido porque él había podido dedicar el Templo de Bountiful y también el Templo de Orlando”. El presidente Hunter sonrió, asintió con la cabeza y dijo: “Gracias. Yo también”22. Al día siguiente, sábado, el presidente Monson presidió las últimas cuatro sesiones dedicatorias e impartió el amor del presidente Hunter a la gente que se hallaba en el templo. Durante los seis días de dedicación, asistieron 201.655 personas a sesiones en el Templo de Bountiful, el Tabernáculo de Salt Lake, el Centro Regional de Bountiful, y los tabernáculos de Ogden, de Brigham City y de Logan.

En sus tareas con proyectos humanitarios y de la comunidad, el presidente Monson había cultivado una buena relación con muchos líderes locales de otras iglesias. Dos semanas después de la dedicación del Templo de Bountiful, el presidente y la hermana Monson asistieron a un servicio de oración y bendición de la Insignia Episcopal para el obispo George H. Niederauer, a quien el Papa había nombrado sucesor del obispo William Weigand como Obispo Católico de Salt Lake City. El obispo Weigand había sido transferido a la diócesis de Sacramento, California. Fue una noche espectacular en la Catedral de la Madeleine. Al presidente Monson le habían pedido que hablara junto con el Gobernador del estado de Utah y un ministro Luterano que era responsable de la Asociación Ministerial de Salt Lake. Los Monson se sintieron acogidos cuando el obispo Niederauer los mencionó en sus palabras de apertura y “expresó el placer que tuvo al visitar el Templo de Bountiful durante la recepción al público, indicando que lo había disfrutado mucho”23.

Al día siguiente, a los Monson y al élder y a la hermana Faust se les invitó a la catedral para el ordenamiento oficial y la instalación del obispo Neiderauer, presidido por el Cardenal Roger Mahony, de California. También asistió Agostino Cacciavillan, el nuncio apostólico de California. El ordenamiento duró tres horas y quince minutos. Uno de los sacerdotes que iba en la fila saludó a los Monson y dijo: “¿No están contentos de que no estemos honrando al Papa? Eso habría llevado mucho más tiempo”24.

Al presidente Monson se le pidió que hiciera uso de la palabra. El élder Gene R. Cook le expresó más tarde por escrito: “Lo que usted hizo en la Catedral de la Madeleine el martes por la noche fue absolutamente magistral, al hablar sin notas, pero con el Espíritu y con una dignidad que fue evidente para todos los presentes.” A su modo de ver, continuó, el presidente Monson “tuvo un impacto favorable en el mundo de los que no son miembros y especialmente en la Iglesia Católica, al declararles realmente que somos cristianos y que deseamos cooperar con ellos, y aún permanecer asidos a lo que creemos y sabemos que es verdadero”25.

Con un almuerzo efectuado el 7 de febrero de 1995, y con el presidente Monson actuando como maestro de ceremonias, los líderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días honraron al nuevo obispo católico. En tal acontecimiento estuvieron presentes la Primera Presidencia y el Quorum de los Doce, con el Obispo Niederauer y sus asociados de la Diócesis Católica de Salt Lake, incluyendo el Monseñor Terrence Fitzgerald, el Reverendo Monseñor M. Francis Mannion, el Reverendo Monseñor John J. Hedderman, el Padre Joseph M. Mayo y el Diácono Silvio Mayo.

El presidente Monson ha hecho muchas amistades con las personas que ha conocido al viajar de un país a otro en sus asignaciones. Al tomar asiento en un avión durante un viaje a través de Estados Unidos, le pidió al hombre que estaba a su lado si podría cambiar de asiento con su colega y compañero de viaje de las oficinas de la Iglesia, Ron Gunnell, a lo cual accedió de buena gana. Al ponerse de pie, le mencionó al presidente Monson que un amigo de ambos de la región norte de Utah le había dado algunas gallinas del presidente Monson. El presidente, sonriendo, le dijo: “Siéntese”, y los dos conversaron en cuanto a gallinas durante todo el vuelo26.

El primer domingo de febrero, el presidente Monson habló a estudiantes en una transmisión del Sistema Educativo de la Iglesia. Fue la reunión más concurrida que había tenido lugar en el Centro Marriott de la Universidad Brigham Young, y compartió algunas de sus tiernas experiencias con el presidente Hunter. Temprano ese día, había ido a ver al Presidente y lo encontró muy cordial, sensible y sentimental. “Voy a contarles a los estudiantes algunas de las lecciones que he aprendido de usted”, explicó, pero agregó que no estaba seguro de si contaría acerca de los zapatos. El presidente Hunter lo miró curiosamente.

“En nuestras reuniones del templo”, explicó el presidente Monson, “me he sentado a su lado todos estos años, y los cordones de mis zapatos siempre se desataban y los de usted no. Un día tuve el valor de preguntarle: ‘Howard, ¿cómo es que los cordones de mis zapatos siempre se desatan y los suyos no?’.

“Porque les hago nudo doble”, había respondido el élder Hunter. “Usted está haciendo un nudo corredizo, y así es como se hace un nudo doble”. Entonces se inclinó y le ató los zapatos al presidente Monson. Desde ese momento, el presidente Monson lo ha hecho de esa manera.

Cuando el presidente Monson llevó sus zapatos a un taller de reparaciones de calzado para que se los lustraran, el zapatero— una persona algo particular que siempre usaba botas de vaquero, sombreros negros y barba—lo sorprendió cuando intentó pagarle por los zapatos recién lustrados. “Le cobraré el año que entra”, dijo. “¡Feliz Año Nuevo!” Fue algo simple, pero que conmovió al presidente Monson. “Creo que hay gente buena en todas partes”, anotó en su diario personal, “y si uno los trata con respeto, no importa cuál sea su ocupación, posición o condición social, ellos van a responder en forma recíproca”27.

El siguió visitando hogares de ancianos y centros del cuidado de la salud, llegando a la conclusión de que sus visitas se alargaban porque saludaba a casi todos los pacientes, aun aquéllos a quienes no conocía, y posaba con los empleados para tomar fotografías. Una Navidad, al visitar a Louie McDonald, un amigo de la infancia, uno de los pacientes lo tomó del brazo al salir del cuarto, y preguntó si le llevaría algunos chocolates la próxima vez que fuera. “Trataré de hacerlo”, respondió el presidente Monson. Una semana después, regresó con chocolates para Louie y otra bolsa para su nuevo amigo. El recuerda que al dejar caer la bolsa, el hombre pareció sorprendido—y encantado. Para el ocupado apóstol que nunca lo estaba demasiado para los necesitados, fue motivo de dicha aquella Navidad28.

El presidente Hunter comenzó a empeorar en febrero de 1995 y sus inspiradas palabras de la previa conferencia general de octubre acudieron a la mente de muchas personas: “Cuando un Presidente de la Iglesia está enfermo o no funciona totalmente en todos los deberes de su oficio, sus dos consejeros, quienes con él constituyen el Quorum de la Primera Presidencia, prosiguen la obra de la Presidencia. Cualquier asunto, norma, programa o doctrina de mayor relevancia, es considerado en asamblea por los consejeros de la Primera Presidencia y el Quorum de los Doce Apóstoles. Ninguna decisión surge de la Primera Presidencia y del Quorum de los Doce sin la total unanimidad entre todos sus integrantes. Siguiendo esa norma inspirada, la Iglesia continuará progresando sin interrupción”29.

El 3 de marzo de 1995, a las 8:30 de la mañana, el presidente Hinckley y el presidente Monson se hallaban en una reunión con el Obispado Presidente cuando recibieron la noticia del fallecimiento del presidente Hunter. Inmediatamente, los dos fueron a la residencia de los Hunter en un edificio cerca de las oficinas de la Iglesia. La salud del presidente Hunter se había estado deteriorando desde el día de la dedicación del Templo de Bountiful, cuando el presidente Monson hizo la observación de que “el pronóstico no parece ser optimista”30. Inis Hunter compartió con las dos Autoridades las últimas palabras de su esposo. Éstas “no eran un prolongado sermón ni un detallado código para nuestra conducta, sino más bien un mensaje divino de su corazón para el nuestro. Es algo poderoso, penetrante, memorable. A quienes lo estaban atendiendo, él simplemente les dijo: ‘Gracias’, y entonces se fue”31. En su diario personal, el presidente Monson escribió: “Ha fallecido un grandioso y tierno gigante del Señor. Sirvió bien como presidente, aunque sólo por un breve período de nueve meses. Ahora comenzará una nueva era de liderazgo”32.

El comité del funeral, que incluía al élder Thomas S. Monson; al élder Boyd K. Packer; a F. Michael Watson, secretario de la Primera Presidencia; a Elaine Jack, presidenta general de la Sociedad de Socorro; a Ray Bryant, funcionario del Tabernáculo; y a Richard Bretzing, jefe de seguridad, se reunió para hacer los planes necesarios. Se dispuso un velorio privado para familiares, Autoridades Generales y sus respectivas familias en la Funeraria Larkin, el 6 de marzo, y uno para el público el 7 de marzo. La cantidad de gente era tal que el horario se prolongó desde las 19:00 hasta las 21:00 horas. En el funeral, efectuado en el Tabernáculo de la Manzana del Templo, los dos consejeros del presidente Hunter tomaron sus asientos a ambos lados de la silla roja vacía.

En un tributo final al presidente Hunter, en nombre de los nueve millones de miembros de la Iglesia en ese entonces, el presidente Monson dijo: “Al igual que el Maestro, Howard W. Hunter creció desde humildes comienzos hasta lograr una magnífica misión en todo el mundo. El también aumentó ‘en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres’; él también fortaleció las manos caídas; él también recordó al huérfano y a las viudas en sus tribulaciones; él también dio de sí mismo para bendición de los demás”33. El presidente Monson sabía—por propia experiencia—a lo que se refería. También la vida de él es así.