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UN PATRIMONIO DE FIELES ALMAS
Al igual que Nefi de la antigüedad, puedo decir que nací de buenos padres, cuyos padres y abuelos fueron recogidos de las tierras de Suecia, Escocia e Inglaterra por dedicados misioneros . . . Tras unirse a la Iglesia, esos nobles hombres, mujeres y niños emprendieron viaje hacia el valle del Gran Lago Salado. Muchas fueron las pruebas y los sufrimientos que encontraron en su camino.
Presidente Thomas S. Monson
Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días
Vengan y ayúdennos a edificar y a crecer”, habían declarado Brigham Young y sus consejeros de la Primera Presidencia en una audaz misiva a conversos de la Iglesia en 1849, tan sólo dos años después de que la primera compañía de pioneros llegara al valle del Gran Lago Salado. Los conversos se dispersaron por la costa este de América y muchos otros les siguieron desde el otro lado del Atlántico.
Vinieron “uno de cada ciudad y dos de cada familia”, como lo había profetizado Jeremías en el Antiguo Testamento, y se ajustaban a la definición que el presidente Monson suele dar de un pionero: “Alguien que se adelanta para mostrar a otros el camino a seguir”.
Misioneros predicaron el evangelio restaurado de Jesucristo, siendo su mensaje un marcado contraste con la desesperanza que generaban las humeantes chimeneas de las fábricas y los abarrotados guetos industriales. Los misioneros cosechaban conversos de a cientos, la mayoría de ellos de la clase obrera, “de sangre
pura, de noble patrimonio, de honrada frugalidad e independencia, de dignas tradiciones e inquebrantable lealtad a la verdad”. El diario Birmingham Daily Press publicó que los misioneros “prometieron sacar a los trabajadores ingleses de sus esclavizadoras circunstancias” y que los conversos se congregaban como si estuvieran siguiendo “a un nuevo Moisés enviado por Dios”. No es de extrañar que cada presidente de la Iglesia y cada presidente del Quorum de los Doce Apóstoles tenga raíces en las islas británicas.
Algunos de los antepasados del presidente Monson, los Condie, se encontraban entre los primeros en aceptar el Evangelio y bautizarse en Escocia. Los siguieron los Sharp y los Watson, en medio de “una creciente oleada de emigración religiosa”. Los Miller llegaron de Rutherglen, Escocia; los Mace, del norte de Inglaterra, donde comenzó la cosecha del Evangelio. Los Monson eran de Suecia, la tierra “acariciada por la mano de la belleza”.
En una visita a Blekinge, Suecia, el presidente Monson encontró el nombre de su abuelo en un registro local con una anotación que decía: “Se unió a la iglesia mormona y partió hacia Utah”. “Tal vez no lleguemos a comprender hoy día la dificultad, el sacrificio y las privaciones que se requirieron para construir los caminos, la cultura, las escuelas, el fundamento mismo de la civilización actual, en el valle del Lago Salado, en el estado de Utah”, dijo el presidente Monson al honrar a sus fieles antepasados. “Llegaron a una nueva nación, a un idioma extraño y a una comunidad de desconocidos; pero a Dios sí lo conocían y, lo que es más importante, El los conocía a ellos y los bendijo y los hizo prosperar”.
Los Condie
Gibson Condie, nacido el 14 de junio de 1814, y su hermano Thomas, nacido en 1805, trabajaban en minas de carbón en el pequeño condado de Clackmannan en el corazón de Escocia. Gibson y su familia eran oriundos de las tierras bajas. El carbón abastecía los molinos y las fábricas de la floreciente revolución industrial que se extendía por Gran Bretaña. El trabajo era arduo y peligroso. Gibson dejó las minas y fue a trabajar para Thomas, quien había hecho lo mismo tiempo antes para administrar una hostería.
Thomas permitió que el misionero mormón William Gibson, uno de los primeros élderes escoceses, llevara a cabo reuniones en el segundo piso de la hostería. “Estoy muy agradecido de que uno de mis antepasados dejara las minas de carbón para trabajar en una hostería”, dijo el presidente Monson. En 1847 Gibson y su esposa fueron bautizados, y lo mismo hicieron Thomas y su familia más tarde ese mismo año.
Gibson y Cecelia Condie no eran aventureros, sino personas temerosas de Dios que se ceñían a las enseñanzas de la Biblia. Su fe los llevó a buscar una vida nueva en una tierra lejana. En 1848 dejaron su hogar, al igual que otros miembros de la Rama de Clackmannan, con rumbo al valle del Lago Salado. Junto a sus hijos, entre ellos dos hijas del matrimonio previo de Cecelia, partieron con todas sus posesiones materiales guardadas en un pequeño baúl.
Se unieron a otros conversos mormones en los muelles de Liverpool, entre quienes se encontraba la familia de su hermano Thomas, y abordaron el Zetland, por aquellos tiempos la más grande de las naves fletadas por los mormones y también la más nueva. El 29 de enero de 1849, el barco, con 250 santos a bordo, navegó por el río Mersey hacia el océano desde donde los briosos vientos lo impulsaron en su viaje de 4.800 kilómetros. “Las olas eran altas, el viaje fue largo y los camarotes eran estrechos”. Pese a ello, con gran devoción hicieron frente a la arriesgada travesía creyendo que al final les aguardaban bendiciones. Para algunos, el final llegó antes de lo esperado.
Ya alejados de tierra, el pequeño hijo de Gibson y Cecelia cayó enfermo. Nunca había sido muy saludable, y la predisposición a enfermar en el barco—“comida de mala calidad, agua en mal estado, ninguna ayuda fuera de los confines de esa pequeña embarcación”—probaron ser demasiado para el niño, y murió. El capitán del barco dirigió un breve servicio, tras lo cual el pequeño cuerpo, envuelto en una lona con barras de hierro que hicieran peso, fue deslizado a su tumba en el mar. Tras ello prosiguieron el viaje.
El presidente Monson se refirió a ese sombrío momento: “El padre, sin duda con sus brazos alrededor de su esposa, contuvo las lágrimas al pronunciar: ‘El Señor nos lo dio y el Señor nos lo quita; bendito sea el nombre del Señor. Un día volveremos a ver a nuestro hijo’”.
El barco atracó en Nueva Orleans el 2 de abril de 1849, después de sesenta y tres días en el mar.
Los hermanos Condie, Thomas y Gibson, junto a sus familias, compraron pasajes en el barco a vapor que navegaba por el río Misisipi hacia St. Louis, donde los dos hermanos encontraron trabajo en las minas de carbón de la comunidad cercana de Grove Diggins, para financiar el resto de su viaje. Durante su estancia en St. Louis, Cecelia dio a luz a una niña, Ellen, el 27 de abril de 1849. En la primavera de 1850, Gibson y Cecelia emprendieron su marcha hacia el oeste en una compañía de treinta yuntas de bueyes. Durante el trayecto, al igual que tantos otros santos pioneros, “se dedicaron a ayudar y servir. A veces se divertían con bailes o con otras actividades”.
Gibson y su familia entraron en el valle del Lago Salado en un carromato averiado, con dos bueyes delgaduchos y con la determinación de servir a Dios. Gibson era conocido por su familia como “un hombre gobernado por Dios en todas las cosas”. Acamparon en la plaza donde los primeros pioneros habían edificado un vallado que servía de refugio y protección. En esa zona estaría el hogar de los Condie durante cuatro generaciones.
Allí, Gibson y Cecelia tuvieron cinco hijos más, el último de los cuales fue Thomas Sharp Condie, abuelo del presidente Monson, y de quien recibió su nombre.
La vida en la ciudad giraba en torno al barrio donde el obispo era el líder religioso. Allí se celebraban reuniones de predicación todos los domingos y reuniones de ayuno un jueves al mes. Los Condie vivían en el Barrio Sexto. No eran sólo colonizadores pioneros, sino santos que apoyaban firmemente a su profeta, Brigham Young. Gibson Condie, sobrino de Gibson y Cecelia, nacido en 1835, se encontraba entre quienes respondieron al vehemente pedido del presidente Brigham Young en 1856, “de traer” a la compañía de carromatos de Martin y Willie que se encontraba varada en las llanuras. Tenía entonces veintiún años. Él y otros hombres se abrieron paso a través de más de cinco metros de nieve en el casi intransitable cañón que llevaba al valle, para que los emigrantes y quienes los habían ido a rescatar pudieran alcanzar su destino final. “Llegamos justo a tiempo para ayudarlos”, escribió Gibson. “Todos descendimos de la montaña y acampamos. El clima era tormentoso y el frío era intolerable. Tuvimos que mantener hogueras encendidas toda la noche para no morir congelados”.
En un muro de Martin’s Cove, Wyoming, hay una lista que reconoce a “aquellos que rescataron”. En una visita al lugar, el presidente Monson dijo de su pariente Gibson Condie, al observar los nombres grabados en el muro: “Bendito sea su nombre”.
Los Millery los Watson
Los misioneros encontraron a la familia Miller en el pueblo minero de Rutherglen, Escocia, una comunidad también conocida por su fabricación de textiles, papel y barcos. Uno de sus once hijos, Margaret, llegaría a ser la bisabuela del presidente Monson. En la primavera de 1848, los Miller también partieron de Liverpool hacia Nueva Orleans y de allí, por río, hasta St. Louis, llegando al bullicioso puerto en 1849.
Al igual que los Condie, la familia Miller trabajó transportando carbón hasta el río Misisipi donde lo cargaban en barcos por tres dólares la tonelada. La familia necesitaba el escaso dinero que ganaban para completar su viaje, pero les sobrevino la tragedia. Ese verano el cólera se esparció a lo largo del río Misisipi, atacando con más fuerza en St. Louis, donde perdieron la vida unos 4.500 inmigrantes a causa de la epidemia. Los Miller no se vieron exentos. En el espacio de dos semanas, murieron cuatro miembros de la familia, entre ellos los padres. Un diario familiar se refiere escuetamente a la tragedia:
“El hijo, William, de 18 años, murió aquí el 22 de junio de 1849. La madre, Mary, murió aquí el 27 de junio, cinco días después. Otro hijo, Archibald, de 15 años, murió dos días más tarde, y el esposo, Charles [Stewart Miller] murió el 4 de julio, una semana después”.
Más de un siglo después, en la ceremonia de la palada inicial del Templo de St. Louis, en 1993, el presidente Monson rendiría tributo a sus antecesores: “Siento que me encuentro en terreno sagrado en este lugar donde aquellos queridos antepasados míos culminaron su camino para encontrar a Dios y para establecer Su reino aquí en la tierra”.
Debido a la severidad de la plaga del cólera, no se podían encontrar ataúdes por ninguna parte. Los muchachos mayores desmantelaron los corrales de los bueyes e hicieron ataúdes para enterrar debidamente a sus padres y hermanos. Los nueve hijos restantes, tres varones y seis mujeres, tenían de veinticuatro a tres años de edad. Encontrándose huérfanos, en una ciudad extraña de un país extranjero, a más de mil seiscientos kilómetros de su anhelado destino, se las ingeniaron para viajar hacia el oeste. La hija mayor estaba casada, y junto a su esposo se encargó de criar a sus hermanos y hermanas. Escasos registros indican que todos ellos se fueron de St. Louis en la primavera de 1850 en un carromato tirado por los cuatro bueyes que habían usado para transportar carbón. Se unieron a otra compañía de pioneros y llegaron al valle del Lago Salado más tarde ese verano, asentándose también en el Barrio Sexto, cerca del Parque de los Pioneros (a unas siete calles hacia el sur de donde hoy está la Manzana del Templo).
En 1855, Margaret Miller, que tenía once años cuando murieron sus padres, se casó con Alexander Watson, un converso de Calder, Lanark, Escocia, quien había inmigrado a Utah en 1848 a la edad de trece años. El también había trabajado en St. Louis por un tiempo y de allí había cruzando las planicies en el verano de 1850. En 1859, les nació una hija a los Watson, Margaret Ellen, quien se casó con Thomas Sharp Condie el 2 de agosto de 1879 y se asentaron en la esquina de la Calle Gale y la 500 Sur, cerca del Parque de los Pioneros.
De este matrimonio de Margaret y Thomas Condie nació Gladys, la madre del presidente Monson, el 1 de octubre de 1902. Ella era la menor de nueve hijos: cuatro varones y cinco mujeres.
En un tiempo, el padre de Gladys, Thomas Condie, fue propietario de uno de los rebaños más grandes de ovejas en Utah, vendiendo la mayoría de los animales al mercado. Empleó a quienes consideraba los mejores pastores vascos. Su estilo tan dinámico de comerciar contribuyó significativamente a su éxito, pero lo mantenía lejos de su hogar la mayor parte del tiempo. Su negocio lo llevaba a los corrales de Chicago a vender sus ovejas, quedando Margaret atrás para criar a la familia. Cuando estaba en casa, entretenía a sus hijos en la oscuridad de la noche con historias de coyotes salvajes y aventuras. Agraciado por el éxito y por sus bienes se jubiló de joven y compró extensos terrenos para dejar como herencia a sus hijos. Cuando se casaron, les dio a sus hijas casas y propiedades de alquiler en las inmediaciones de la calle 500 Sur y 200 Oeste y a sus hijos les dio las escrituras de tierras de labranza en la zona de Granger, al sudoeste de Salt Lake City. Vivió toda su vida en la misma calle y, tras el fallecimiento de su esposa Margaret en 1930, se mudó con su hija Blanche.
Los Mace y los Monson
John Mace se unió a la Iglesia a principios de la década de 1840 en compañía de todos sus hermanos y hermanas. Aun cuando vivía en Leeds, Yorkshire, Inglaterra, la familia Mace era descendiente de hugonotes franceses, quienes pronunciaban su apellido Macé. (Esa conexión agrega otra nación europea a las tierras de procedencia del presidente Monson). John sirvió como presidente de rama en Leeds, pero en 1865 decidió viajar a Sión; su esposa, Harriet, permaneció en Inglaterra hasta que él pudiera ofrecerle un hogar en lo que ella imaginaba que era un verdadero desierto. Se le envió al valle de Cache, en el norte de Utah, y empezó a preparar un lugar para su familia. Dos años después, en 1867, fue llamado en una misión a Inglaterra, donde sirvió fielmente en la zona de Leeds hasta que sufrió un ataque fatal de pulmonía. Tras su muerte, la mayor parte de su familia emigró finalmente a Sión.
La “conferencia” de Leeds, como se le llamaba, fue por décadas el bastión de la Iglesia en Inglaterra. George, el hijo de John, su esposa Clara, y sus hijos, partieron de Leeds hacia Utah en 1883. Tanto George como Clara habían trabajado en lo que el poeta británico William Blake llamaba “los oscuros y satánicos molinos”. El era tintorero y ella tejedora. Mary Ann Bowden, la primera esposa de George, había fallecido, dejando a su marido con un hijo de un año de edad, John. George buscó una compañera que los amara a los dos, afecto que halló en Clara Judson. Se casaron en 1865 en Leeds. A John siempre se le consideró el mayor de los hijos de George y Clara, siendo sus hermanos menores Harry, James, Caroline, María (apodada “Rie”) y Mary Ann. Rie llegaría a ser la bisabuela del presidente Thomas S. Monson.
En 1883, George y su familia vendieron sus posesiones y compraron pasajes para el barco a vapor Nevada, con un total de 352 mormones a bordo. La travesía a vapor era más rápida y predecible que la efectuada en embarcaciones a vela, aun cuando los icebergs creaban peligros al cruzar el Atlántico. El Nevada promediaba unos 400 kilómetros por día. Tras llegar a Salt Lake City por tren desde el este, la familia Mace se estableció y George fue empleado por la compañía ferroviaria.
Los pasajeros del Nevada eran una mezcla de británicos y escandinavos. Al igual que en el caso de inmigrantes anteriores, hicieron amistades lo mejor que pudieron, teniendo en cuenta la diferencia de idiomas. Algunos hasta se enamoraron; el converso sueco Nels Monson entre ellos.
Nels Monson nació el 24 abril de 1867, en Torhamn, en la provincia sueca de Blakinge. El presidente Monson ha visitado la vieja capilla de Svartensgaten, la cual su familia habría frecuentado. Caminó por el vacío y vetusto edificio, todavía usado como iglesia, y se paró detrás del púlpito, pensando en el hecho de que su abuelo había dado su testimonio desde ese mismo lugar antes de salir de su tierra natal con destino a América.
Su barco, el Nevada, partió de Suecia hacia Liverpool, donde abordaron la nave más pasajeros de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Después de atravesar el Atlántico, tenían reservas en lo que Brigham Young llamaría “el buen barco Sión”, una de sus frases predilectas. Muchas cosas buenas surgirían de la travesía.
Allí fue donde Nels conoció a Rie Mace; él tenía veinticuatro años de edad y ella catorce. Nels aguardó siete años y después le propuso matrimonio. El día de su casamiento en el Templo de Salt Lake, él escribió en su diario: “Este es el día más feliz de mi vida. Hoy me casé con mi adorada por tiempo y por toda la eternidad. Han sido siete largos años de espera”.
Tan sólo tres días después del casamiento, Nels abordó un tren en el que cubriría la primera etapa de su viaje a Suecia, donde había sido llamado a servir en una misión. El presidente Monson dijo más tarde: “Esa es la clase de hombre que era el padre de mi padre”. Dejó a su flamante esposa y no regresó por dos años. “Hoy caminé por las calles de Torhamn (Suecia) en las que había caminado y jugado de niño”, escribió en su diario. “Vi a personas a quienes conocía desde mi infancia; visité muchos lugares familiares. Mi corazón rebosaba, y el espíritu del Evangelio llenaba mi alma. Pensé: ‘Ah, si todos cuantos pueden oír mi voz pudieran entender las palabras de la verdad’”. Después añadió: “Haré mis mayores esfuerzos para enseñarles”.
Lo que Nels escribía con más frecuencia en su diario era: “Tengo los pies mojados”. Otra cosa de gran significado que escribió fue: “Hoy fuimos a la casa de los Jansson. Conocimos a la hermana Jansson quien nos preparó una deliciosa cena. Es una gran cocinera”. Agregó: “Los niños cantaron o tocaron la armónica y bailaron y después ella pagó su diezmo. Cinco coronas para el Señor, una para mi compañero, el élder Ipson, y otra para mí”. Entre los niños de la familia Jansson estaba Franz, quien probablemente se unió a los demás para cantar. Franz, cuyo apellido cambió de Jansson a Johnson cuando entró en los Estados Unidos de América, llegó a ser el padre de Francés Johnson, la esposa del presidente Monson.
El presidente Monson ha hablado con marcado agradecimiento “del sacrificio del abuelo (Neis Monson) y particularmente del de la abuela que lo apoyó mientras él regresó a su tierra natal a predicar el evangelio”. Respecto a su abuela, él más tarde diría que “se había sacrificado por los demás a lo largo de su vida”.
Los Monson se han reunido en el templo en varias ocasiones para efectuar sellamientos por antepasados fallecidos. El presidente Monson se enorgullece de su patrimonio. Algunos de sus ancestros dejaron atrás hogar y familia, sepultaron hijos y padres y comenzaron de nuevo, no sólo una vez sino reiteradamente. Con fe en Dios, se apoyaron los unos a los otros en el arduo clima del desierto. “Cada uno de nosotros tiene un legado, ya sea de antepasados pioneros o de posteriores conversos”, ha declarado. “Ese legado ofrece una base de sacrificio y fe. Nuestro es el privilegio y la responsabilidad de edificar sobre tan firmes y estables cimientos”.
Más adelante ha aconsejado: “Forjemos una tradición de obediencia, tal como lo hicieron nuestros predecesores. Al hacerlo, no sólo seremos los nietos y nietas de grandes hombres y mujeres, sino tal vez los padres y madres, abuelos y abuelas de grandes hijos y nietos”.

























