23 – 29 marzo
“Me he acordado de mi convenio”
Éxodo 1–6
Éxodo 1–6 abre el relato de la liberación de Israel no con milagros espectaculares, sino con una verdad doctrinal profunda: Dios recuerda y cumple Sus convenios aun cuando Su pueblo parece olvidado, oprimido y sin esperanza. Estos capítulos presentan un marcado contraste entre la aparente ausencia de Dios y Su acción silenciosa pero decisiva en la historia. Israel crece en Egipto conforme a la promesa hecha a Abraham, Isaac y Jacob, pero ese crecimiento provoca temor en Faraón y conduce a una opresión cada vez más severa. Desde una perspectiva humana, las promesas parecen fracasar; desde la perspectiva divina, el convenio sigue avanzando.
El sufrimiento de Israel no significa abandono. Al contrario, prepara el escenario para que el Señor se revele como el Dios del convenio. El clamor del pueblo esclavizado “sube” ante Dios, y el texto subraya cuatro verbos clave que definen esta sección: Dios oyó, Dios se acordó, Dios miró y Dios conoció (Éxodo 2:24–25). “Acordarse” no implica que Dios hubiese olvidado, sino que decide actuar conforme a Sus promesas eternas. El convenio deja de ser una promesa pasada y comienza a manifestarse como una obra redentora presente.
La experiencia de Moisés refuerza esta doctrina. Llamado desde una zarza ardiente en un momento de aparente fracaso personal, Moisés aprende que el poder de la liberación no reside en su capacidad, sino en el nombre y la fidelidad del Dios que lo envía: “YO SOY”. Cuando Moisés duda y el pueblo se desalienta por el aumento de la carga, el Señor responde reafirmando Su identidad y Su propósito: “Yo soy Jehová… y me he acordado de mi convenio” (Éxodo 6:2–5). Así, la liberación de Israel no se presenta como un acto improvisado, sino como el cumplimiento deliberado de un pacto antiguo.
Doctrinalmente, Éxodo 1–6 enseña que los convenios de Dios no se invalidan por la opresión, el tiempo ni la debilidad humana. Aun cuando el pueblo no ve resultados inmediatos y los líderes se sienten insuficientes, el Señor avanza Su obra conforme a lo que prometió. Estos capítulos invitan al lector moderno a confiar en que el Dios que recuerda Su convenio con Israel es el mismo que recuerda hoy Sus promesas, escucha el clamor de Sus hijos y actúa, a Su debido tiempo, con poder redentor.
Éxodo 1–2
Dios puede obrar por medio de mí para cumplir Sus propósitos.
Éxodo 1–2 enseña una verdad profundamente alentadora: Dios cumple Sus propósitos eternos por medio de personas comunes que actúan con fe, valor y rectitud, aun cuando ellas mismas no perciben la magnitud de su influencia. En medio de la opresión egipcia y de decretos diseñados para destruir la vida y la esperanza, el Señor no obra inicialmente mediante manifestaciones espectaculares, sino a través de decisiones justas tomadas por individuos fieles.
Las parteras hebreas, Sifrá y Puá, ilustran este principio con claridad. Al temer a Dios más que a Faraón, preservan la vida de los niños y, sin saberlo, se convierten en instrumentos clave para la preservación del pueblo del convenio. Su valentía muestra que la obediencia silenciosa puede tener consecuencias históricas. Del mismo modo, la madre de Moisés, su hermana y aun la hija de Faraón actúan conforme a la compasión y la conciencia moral, y esas decisiones individuales convergen para proteger al libertador de Israel. Ninguna de ellas recibe una comisión profética, pero todas participan en la obra divina.
La vida temprana de Moisés refuerza esta doctrina. Criado entre dos mundos —hebreo por nacimiento y egipcio por crianza—, Moisés no parece aún el líder que liberará a Israel. Incluso sus acciones impulsivas y su huida al desierto revelan imperfección y aprendizaje. Sin embargo, Dios no desecha a Sus siervos por su inexperiencia o errores, sino que los prepara con paciencia. El Señor utiliza tanto la adversidad como el anonimato para formar a quienes empleará en Su obra redentora.
Doctrinalmente, Éxodo 1–2 testifica que Dios no depende del poder político, la fuerza militar ni la grandeza humana para cumplir Sus propósitos. Él obra mediante personas dispuestas a hacer lo correcto en circunstancias difíciles. Este pasaje invita al lector a reconocer que la fidelidad diaria —proteger la vida, defender lo justo, actuar con compasión— puede ser el medio por el cual Dios bendice a muchos. Así, estos capítulos enseñan que cada creyente puede ser un instrumento en las manos del Señor, aun cuando su papel parezca pequeño o invisible, porque los propósitos de Dios avanzan por medio de corazones fieles.
Las mujeres en Éxodo 1–2: instrumentos silenciosos del plan divino
¿Qué te llama la atención de las mujeres descritas en Éxodo 1–2?
Llama poderosamente la atención que las mujeres de Éxodo 1–2 no ocupan cargos de autoridad política ni religiosa, y sin embargo se convierten en protagonistas morales y espirituales del relato. Su rasgo común no es la fuerza ni la posición social, sino el temor de Dios, la compasión y el valor para hacer lo correcto aun bajo riesgo personal. Las parteras hebreas desafían directamente el mandato del faraón; la madre de Moisés actúa con fe creativa en medio de una ley de muerte; su hermana observa, espera y habla con sabiduría en el momento oportuno; y la hija de Faraón escucha su conciencia por encima de la política de su propio padre. Todas ellas destacan porque actúan, no se paralizan por el miedo, y porque su rectitud se manifiesta en decisiones concretas y prácticas.
¿Cómo ayudaron a cumplir el plan de Dios para Su pueblo?
Estas mujeres ayudaron a cumplir el plan de Dios preservando la vida cuando la política buscaba destruirla. Las parteras impidieron el genocidio silencioso; la madre de Moisés protegió al niño clave del plan divino; su hermana aseguró que el niño fuera criado por su propia madre; y la hija de Faraón garantizó su supervivencia y educación. De manera notable, Dios utilizó incluso a alguien dentro de la casa del opresor para proteger al libertador de Israel. Ninguna de estas mujeres conocía el alcance completo del plan divino, pero cada una hizo lo que estaba a su alcance. Juntas, sus decisiones encadenadas permitieron que Moisés viviera, creciera y fuera preparado para liberar al pueblo del convenio.
¿Qué te enseñan sus esfuerzos sobre el servicio en la obra de Dios?
Sus esfuerzos enseñan que el servicio en la obra de Dios no siempre es visible, público ni reconocido, pero es profundamente significativo. Dios obra a través de personas que sirven desde la fe, la conciencia y la obediencia diaria, aun cuando sus acciones parezcan pequeñas o limitadas. Estas mujeres no predicaron sermones ni lideraron ejércitos, pero salvaron vidas, resistieron el mal y protegieron el futuro del pueblo de Dios. Su ejemplo muestra que el Señor valora la fidelidad más que la prominencia y que la obra divina avanza mediante actos de servicio llenos de amor, valor y rectitud, especialmente en tiempos de oscuridad.
Conclusión final: Éxodo 1–2 concluye con un testimonio poderoso y esperanzador: Dios avanza Sus propósitos eternos por medio de personas dispuestas, no necesariamente prominentes. En un contexto marcado por la opresión, el temor y la aparente ausencia de Dios, el relato revela que la obra divina no se detiene ni depende de grandes gestas públicas, sino de decisiones rectas tomadas día a día por corazones fieles. La fidelidad silenciosa resulta ser el terreno donde Dios siembra liberación futura.
Las mujeres de Éxodo 1–2 encarnan esta verdad con especial fuerza. Sin reconocimiento oficial ni autoridad visible, ellas eligieron temer a Dios, proteger la vida y actuar con valentía moral. Al hacerlo, se convirtieron en agentes decisivos del plan de salvación, demostrando que el Señor valora profundamente la obediencia, la compasión y la integridad, aun cuando el mundo no las note. Sus acciones, unidas como eslabones de una misma cadena, preservaron al libertador de Israel y aseguraron el futuro del pueblo del convenio.
La historia temprana de Moisés refuerza esta enseñanza: Dios no llama a los perfectos; perfecciona a los que llama. A través de experiencias ordinarias, errores humanos y largos períodos de anonimato, el Señor prepara a Sus siervos conforme a Su sabiduría. Nada de lo vivido por Moisés fue desperdiciado; todo formó parte de una preparación divina que, con el tiempo, daría fruto abundante.
En conjunto, Éxodo 1–2 invita a cada lector a reconocer que su vida también puede ser un instrumento en las manos de Dios. Defender lo justo, proteger la vida, actuar con fe y compasión en medio de circunstancias difíciles no es insignificante; es precisamente así como el Señor cumple Su obra. Estos capítulos afirman que cuando un corazón elige la fidelidad, Dios puede convertir incluso los actos más pequeños en parte de Sus grandes propósitos redentores.
Éxodo 1–3
Jesucristo es mi Libertador.
Éxodo 1–3 introduce el gran relato bíblico de la liberación mostrando, desde el inicio, que la salvación es una obra divina iniciada por Dios mismo en respuesta al sufrimiento de Su pueblo. Israel se multiplica en Egipto conforme a las promesas hechas a los patriarcas, pero ese crecimiento despierta temor y conduce a una esclavitud sistemática y deshumanizante. El texto presenta una realidad central del Evangelio: el pueblo del convenio puede estar oprimido, pero nunca está olvidado. Desde esta perspectiva, la liberación de Israel anticipa y prefigura la obra redentora de Jesucristo, el Libertador definitivo.
En Éxodo 1, la esclavitud revela el poder del pecado, del miedo y de los sistemas que buscan destruir la vida y la identidad del pueblo de Dios. Sin embargo, el plan de Faraón fracasa porque la vida prospera aun bajo opresión, una verdad que apunta a Cristo, quien vence la muerte precisamente allí donde parece dominar. Las parteras hebreas, al temer a Dios, se convierten en instrumentos de preservación de la vida, recordándonos que el poder redentor del Señor suele manifestarse primero de manera silenciosa y aparentemente frágil.
Éxodo 2 traslada el enfoque del sufrimiento colectivo a la historia personal de Moisés, cuya vida es preservada de manera milagrosa. El niño condenado a morir es salvado mediante agua, cuidado maternal y compasión, elementos que más adelante se convertirán en símbolos centrales de la liberación. Doctrinalmente, este capítulo enseña que Dios prepara a los libertadores antes de manifestar públicamente Su poder. Moisés experimenta rechazo, injusticia y exilio, aprendiendo que la liberación no se logra por fuerza humana. Este patrón refleja la misión de Jesucristo, quien también fue rechazado, sufrió injustamente y descendió a la condición humana antes de llevar a cabo la redención eterna.
En Éxodo 3, la revelación alcanza un punto decisivo. Dios se manifiesta a Moisés en la zarza ardiente, un símbolo poderoso de la presencia divina que no consume ni destruye, sino que santifica y envía. El Señor se revela como el Dios que ve, oye y conoce el sufrimiento de Su pueblo, y declara Su propósito de descender para librarlo. Aquí se establece con claridad la doctrina central del pasaje: la liberación comienza con Dios, no con el hombre. El nombre divino “YO SOY” apunta a un Ser eterno, autosuficiente y fiel, que actúa conforme a Sus convenios. En clave cristológica, este nombre anticipa las declaraciones de Jesucristo como el “Yo Soy”, Aquel que desciende para liberar no solo de la esclavitud física, sino del pecado y la muerte.
En conjunto, Éxodo 1–3 enseña que Jesucristo es el verdadero Libertador, y que toda liberación temporal en las Escrituras apunta a Su obra redentora eterna. Así como Israel no podía salvarse a sí mismo, la humanidad necesita un Redentor que actúe con poder, compasión y fidelidad al convenio. Estos capítulos invitan al lector a confiar en que el mismo Señor que vio la aflicción de Israel ve hoy nuestras cargas, oye nuestro clamor y, en Su debido tiempo, desciende para librar, sanar y conducir a Su pueblo hacia la libertad prometida.
¿Qué palabras y frases de Éxodo 1–3 se comparan con el cautiverio espiritual u otras dificultades actuales?
Éxodo 1–3 utiliza un lenguaje que describe con notable claridad la experiencia universal del cautiverio, no solo físico sino también espiritual. Palabras y expresiones como “los hicieron servir con dureza” (Éxodo 1:13), “amargaron su vida con dura servidumbre” (1:14), “gimiendo a causa de la servidumbre” (2:23) y “aflicción” (3:7) reflejan estados que hoy pueden manifestarse como pecado persistente, culpa, adicciones, ansiedad, opresión emocional, injusticia o cargas prolongadas. El cautiverio en Egipto se convierte así en un símbolo del estado del alma cuando se siente atrapada y sin poder para liberarse por sí misma.
Frases como “no conoció José” (1:8) también pueden compararse con épocas en las que las personas o las sociedades olvidan a Dios, y ese olvido abre la puerta a nuevas formas de esclavitud espiritual. En contraste, cuando el texto declara que Dios “oyó su gemido” y “conoció” su condición (2:24–25), enseña que ninguna carga moderna —por silenciosa o prolongada que sea— pasa inadvertida para el Señor.
¿Cómo procuraron ser liberados los hijos de Israel y cómo respondió el Señor? (Éxodo 2:23–25; 3:7–8)
Los hijos de Israel no comenzaron su liberación con organización política ni rebelión armada, sino con clamor. El texto es intencional al señalar que “clamaron” y “gemían”, lo cual representa una súplica profunda que nace del reconocimiento de la impotencia humana. Doctrinalmente, esto enseña que la liberación espiritual comienza cuando el corazón se vuelve a Dios con humildad y dependencia.
La respuesta del Señor es descrita con una secuencia reveladora:
• Dios oyó → Él escucha el clamor sincero.
• Dios se acordó de su convenio → Él actúa conforme a promesas eternas, no a impulsos momentáneos.
• Dios miró → Él observa con compasión activa.
• Dios conoció → Él comprende plenamente la experiencia humana.
En Éxodo 3:7–8, el Señor declara que ha descendido para librar a Su pueblo. Esta respuesta enseña que Dios no solo envía ayuda a distancia, sino que interviene personalmente, conforme a Su plan y a Su tiempo. La liberación no es inmediata, pero es segura porque está anclada en el convenio.
¿De qué modo ha “descendido para librarte” el Señor?
El Señor desciende para librar hoy de muchas maneras: mediante Jesucristo y Su Expiación, por medio del arrepentimiento, del perdón, de la fortaleza espiritual que llega en la prueba, de la guía del Espíritu Santo y del poder de los convenios. Así como Israel no fue sacado de Egipto de un día para otro, muchas liberaciones modernas son procesos, no eventos instantáneos.
Él desciende cuando da paz en medio de la aflicción, cuando abre caminos inesperados, cuando fortalece para soportar lo que aún no se puede cambiar, y cuando transforma el corazón aun antes de cambiar las circunstancias. Doctrinalmente, Éxodo enseña que la presencia del Señor en la prueba es ya una forma de liberación, porque rompe el aislamiento espiritual y devuelve la esperanza.
¿Qué similitudes ves entre Moisés y Jesucristo?
(véanse Deuteronomio 18:18–19; 1 Nefi 22:20–21)
Las Escrituras presentan a Moisés como un tipo profético de Jesucristo. Ambos son levantados por Dios como libertadores, mediadores y reveladores de la voluntad divina. Moisés libera a Israel de la esclavitud física; Jesucristo libera a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ambos actúan por mandato directo del Padre y hablan Sus palabras con autoridad divina.
¿Qué similitudes hay entre Éxodo 1:22; 2:1–10 y Mateo 2:13–16?
En ambos relatos, un gobernante temeroso decreta la muerte de niños inocentes para preservar su poder. En Éxodo, Faraón ordena matar a los varones hebreos; en Mateo, Herodes manda matar a los niños de Belén. En ambos casos, el libertador es preservado milagrosamente: Moisés mediante el agua y la compasión; Jesucristo mediante la huida y la protección divina.
Esta similitud enseña que el poder del mundo siempre teme a la liberación que Dios prepara, pero también que ningún decreto humano puede frustrar el plan divino. La vida del Salvador, como la de Moisés, fue preservada porque Su misión era esencial para la redención.
¿Qué similitudes ves entre Éxodo 24:18 y Mateo 4:1–2?
Moisés entra en la presencia de Dios en el monte durante cuarenta días y cuarenta noches; Jesucristo ayuna cuarenta días en el desierto antes de comenzar Su ministerio. En ambos casos, el período de soledad, sacrificio y preparación precede a una manifestación mayor de poder espiritual. Esto enseña que la comunión profunda con Dios suele requerir apartamiento, obediencia y sacrificio.
¿Qué desea el Señor que comprendas acerca de Él y de Su poder?
El Señor desea que comprendas que Él es el Libertador fiel, que actúa conforme a convenios eternos, que ve tu aflicción personal y que desciende para salvar. Desea que sepas que Su poder no solo rompe cadenas externas, sino que transforma el corazón, prepara a Sus siervos con paciencia y cumple Sus promesas aun cuando el camino parece largo. Éxodo testifica que la liberación no depende de la fuerza humana, sino del Dios que dice: “Yo estaré contigo”.
Conclusión final: Éxodo 1–3 concluye con un testimonio doctrinal profundo y lleno de esperanza: la liberación siempre comienza con Dios y culmina en Jesucristo. Estos capítulos muestran que el cautiverio —ya sea físico, espiritual o emocional— no es señal de abandono divino, sino el escenario donde el poder redentor del Señor se manifiesta con mayor claridad. Israel estaba oprimido, pero no olvidado; afligido, pero visto; atado, pero conocido por Dios. Esa misma verdad se extiende a toda la humanidad.
El relato enseña que el Señor oye el clamor sincero, recuerda Sus convenios y actúa conforme a Su tiempo perfecto. La liberación no surge de la fuerza humana ni de estrategias terrenales, sino de la intervención personal de un Dios que “desciende” para salvar. En ese descenso se anticipa la misión de Jesucristo, quien vino no solo a romper cadenas externas, sino a redimir el corazón, vencer el pecado y derrotar la muerte.
Las similitudes entre Moisés y Jesucristo confirman que toda liberación temporal en las Escrituras apunta a una liberación eterna. Así como Moisés fue preservado, preparado y enviado para sacar a Israel de Egipto, Jesucristo fue enviado por el Padre para sacar a la humanidad de un cautiverio mucho más profundo. Ningún poder terrenal pudo frustrar ese plan, porque la obra del Señor se cumple conforme a Sus promesas.
En conjunto, Éxodo 1–3 invita al lector a confiar plenamente en Jesucristo como su Libertador personal. Testifica que Él ve nuestras cargas actuales, oye nuestros gemidos silenciosos y actúa —a veces de manera gradual, pero siempre con fidelidad— para conducirnos hacia la libertad prometida. La enseñanza final es clara y consoladora: cuando el Señor dice “Yo estaré contigo”, ninguna esclavitud es permanente y ninguna aflicción es invisible para Él.
Éxodo 3:1–6
Puedo mostrar reverencia por las cosas y los lugares santos.
Éxodo 3:1–6 presenta uno de los momentos más sagrados de toda la Escritura: el instante en que Dios se revela a Moisés en la zarza ardiente. Este pasaje enseña que la santidad no depende del lugar en sí, sino de la presencia de Dios, y que cuando el Señor se manifiesta, el ser humano es invitado a responder con reverencia, humildad y obediencia. Un desierto común se transforma en tierra santa no por su geografía, sino porque Dios está allí.
Moisés no se encuentra en un templo ni en un entorno ceremonial; está cuidando ovejas, realizando una labor cotidiana. Esto enseña que los momentos sagrados pueden surgir en medio de la vida ordinaria cuando el corazón está dispuesto a escuchar al Señor. Sin embargo, una vez que Dios se manifiesta, Moisés debe cambiar su actitud: detenerse, acercarse con cuidado y obedecer el mandato divino de quitarse el calzado. Este acto externo simboliza una verdad interna: reconocer la santidad de Dios y nuestra propia pequeñez ante Él.
El mandato “no te acerques” seguido de “quita tu calzado” establece un principio doctrinal clave: la reverencia es una respuesta consciente a la santidad divina. Dios no rechaza a Moisés, pero sí le enseña que el acceso a lo sagrado requiere respeto, preparación espiritual y sumisión. Cubrir su rostro expresa temor reverente, no terror, sino un profundo reconocimiento de estar ante el Dios vivo, el Dios del convenio, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
Doctrinalmente, Éxodo 3:1–6 enseña que mostrar reverencia por las cosas y los lugares santos comienza con reconocer la presencia de Dios, ajustar nuestra conducta y someter nuestra voluntad a la Suya. Este pasaje invita al lector moderno a reflexionar sobre cómo se aproxima al Señor en lugares santos como el hogar, la capilla, el templo y aun en momentos personales de oración y estudio. Cuando tratamos lo sagrado con respeto y humildad, declaramos —como Moisés— que reconocemos quién es Dios y quiénes somos nosotros ante Él.
¿Recuerdas alguna ocasión en la que algo te llenó de asombro y te maravillaste?
El asombro suele surgir cuando somos confrontados con algo que trasciende lo ordinario: una experiencia espiritual profunda, una respuesta clara a la oración, un momento de revelación personal o incluso una manifestación de belleza y orden que nos hace sentir pequeños. Estas experiencias tienen en común que interrumpen la rutina y despiertan una conciencia más elevada de significado. No son meramente emocionales; suelen dejar una impresión duradera porque nos colocan frente a algo que percibimos como más grande que nosotros mismos.
¿Cómo reaccionaste ante ese asombro?
La reacción inicial ante el asombro suele ser detenerse. El ritmo normal se rompe y surge un silencio interior. Muchas personas experimentan una mezcla de quietud, atención intensa y respeto espontáneo. No hay prisa por hablar ni actuar; más bien, existe el deseo de no profanar el momento, de observar y recibir. Esa reacción revela que el asombro auténtico no impulsa a la ligereza, sino a la contención y al recogimiento.
¿Cómo describirías las emociones que sentiste?
Las emociones asociadas al asombro suelen incluir humildad, gratitud, paz profunda y, a veces, una sensación de pequeñez acompañada de seguridad. No es miedo paralizante, sino un reconocimiento reverente de límites personales frente a algo sagrado o trascendente. A menudo se experimenta una claridad espiritual que ordena los pensamientos y suaviza el corazón, dejando el deseo de vivir con mayor rectitud o propósito.
Al leer Éxodo 3:1–6, ¿qué te impresiona de la experiencia inspiradora de Moisés?
Impresiona que la experiencia de Moisés ocurre en un contexto completamente ordinario: está apacentando ovejas en el desierto. No está buscando una visión ni se encuentra en un lugar formalmente sagrado. Esto enseña que Dios puede manifestarse en medio de la vida cotidiana, transformando lo común en santo. También impresiona que la zarza arda sin consumirse, símbolo de una presencia divina que no destruye ni abruma, sino que invita y sostiene. La experiencia no comienza con un mandato, sino con una revelación que despierta asombro y atención.
¿Qué hizo Moisés para mostrar reverencia por Dios?
Moisés muestra reverencia mediante acciones concretas y conscientes. Primero, se detiene y no se acerca apresuradamente. Luego obedece el mandato divino de quitarse el calzado, reconociendo que está sobre tierra santa. Finalmente, cubre su rostro, gesto que expresa humildad profunda y reconocimiento de la majestad divina. Estas acciones revelan que la reverencia no es solo una emoción interna, sino una respuesta externa deliberada que alinea el cuerpo, la mente y el espíritu con la santidad del momento.
¿Qué relación ves entre sus acciones y la reverencia por las cosas sagradas?
Las acciones de Moisés enseñan que la reverencia comienza con el reconocimiento de lo sagrado y se expresa mediante obediencia, humildad y autocontrol. Quitar el calzado simboliza dejar atrás lo profano; cubrir el rostro simboliza reconocer la superioridad y santidad de Dios; detenerse simboliza priorizar lo espiritual sobre lo inmediato. Esta relación muestra que la reverencia no depende del lugar en sí, sino de la actitud del corazón y de la disposición a ajustar nuestra conducta cuando Dios se manifiesta.
Doctrinalmente, Éxodo 3:1–6 enseña que tratamos las cosas sagradas con reverencia cuando cambiamos nuestra manera de acercarnos a ellas: hablamos diferente, actuamos diferente y escuchamos con mayor atención. Así como Moisés respondió con respeto tangible, el creyente moderno es invitado a honrar lo sagrado —en el templo, en la adoración, en el hogar y en la vida diaria— mediante actitudes y acciones que reflejen conciencia de la presencia de Dios.
¿Por qué son sagrados para ti ciertos lugares y cosas en tu vida?
Las cosas y los lugares santos lo son porque allí has reconocido la presencia, las promesas o la obra de Dios en tu vida. Pueden ser lugares físicos —como el templo, una capilla, un rincón del hogar donde oras— o prácticas espirituales —las Escrituras, los convenios, la Santa Cena—. Su santidad no proviene de su forma externa, sino de que Dios se ha manifestado allí mediante el Espíritu, te ha hablado, te ha corregido o te ha consolado. Tal como se enseña en la sección “Recordar las promesas” del mensaje del élder David A. Bednar, lo sagrado se vuelve significativo cuando recordamos activamente las promesas que Dios nos ha hecho y cómo Él las ha cumplido. Recordar convierte un espacio común en un lugar santo.
¿En qué se diferencia la forma en que los tratas de cómo tratas las cosas comunes?
La diferencia principal está en la intención y la actitud. Las cosas comunes se usan con rapidez, sin mucha reflexión; las cosas sagradas se reciben, se honran y se protegen. Frente a lo sagrado, hay mayor cuidado en el lenguaje, en la conducta y en la preparación interior. Por ejemplo, uno se prepara espiritualmente para el templo o la Santa Cena de una manera distinta a como se prepara para actividades ordinarias. Esta diferencia refleja lo que Moisés hizo al quitarse el calzado: ajustó su comportamiento porque reconoció que estaba ante algo santo. Tratar lo sagrado de forma distinta es una manera de testificar, incluso en silencio, que Dios es real y que Sus promesas importan.
¿Qué te maravilla del Evangelio? (a la luz del himno “Asombro me da”)
El himno invita a maravillarse de que Dios descienda al nivel del ser humano, que Jesucristo conozca personalmente el dolor, el pecado y la debilidad, y aun así ofrezca redención. El asombro del Evangelio nace de verdades como estas: que el perdón es real, que los convenios nos unen eternamente, que la gracia opera incluso cuando somos imperfectos. Maravillarse del Evangelio no es ingenuidad; es reconocer repetidamente lo extraordinario en lo que podría volverse familiar. El canto y la meditación ayudan a renovar ese asombro cuando la rutina amenaza con apagarlo.
¿Cómo evitas tratar las cosas sagradas con ligereza?
Evitar la ligereza requiere intencionalidad espiritual constante. Dos mensajes ayudan particularmente en este esfuerzo:
a) Enseñanzas de Ulisses Soares
En “Maravillado por Cristo y Su Evangelio”, se enseña que el asombro espiritual se preserva cuando centramos nuestra atención en Jesucristo, no solo en las prácticas externas del Evangelio. Recordar quién es Cristo y lo que ha hecho por nosotros evita que los convenios se vuelvan mecánicos. El asombro se mantiene vivo cuando el discipulado es consciente y deliberado.
b) Enseñanzas de Gérald Caussé
En “¿Sigue siendo maravilloso para ustedes?”, se advierte que la familiaridad puede erosionar la reverencia si no renovamos nuestra gratitud y memoria espiritual. El mensaje invita a proteger lo sagrado mediante pequeños actos: preparación digna, lenguaje respetuoso, reflexión frecuente y agradecimiento explícito. La maravilla se conserva cuando no damos por sentado lo que costó tanto al Salvador.
Éxodo 3 enseña que la reverencia no es automática; es una elección repetida. Así como Moisés cambió su manera de acercarse al reconocer la presencia de Dios, tú también preservas lo sagrado cuando recuerdas las promesas, te maravillas del Evangelio y actúas con intención espiritual. De ese modo, las cosas y los lugares santos no pierden su poder, sino que continúan siendo espacios donde Dios te habla y te transforma.
Conclusión final: Éxodo 3:1–6 culmina como una invitación profunda y personal a reconocer la santidad de Dios y responder a Su presencia con reverencia consciente. El relato de la zarza ardiente enseña que lo sagrado no se limita a espacios formales ni a momentos extraordinarios; surge allí donde Dios se manifiesta y donde el corazón humano está dispuesto a detenerse, escuchar y obedecer. Un desierto común se convierte en tierra santa cuando Moisés reconoce quién está delante de él y ajusta su conducta en consecuencia.
A lo largo de esta reflexión, se hace evidente que la reverencia nace del asombro espiritual: esa experiencia que nos hace callar, nos vuelve humildes y nos recuerda nuestra dependencia de Dios. Moisés no respondió con curiosidad ligera ni con confianza apresurada, sino con obediencia tangible —quitándose el calzado, cubriendo su rostro, deteniéndose—, enseñándonos que la reverencia es tanto una actitud interior como una acción exterior. Así, el respeto por lo sagrado se expresa en cómo hablamos, cómo actuamos y cómo nos preparamos espiritualmente.
Este pasaje también ayuda a discernir por qué ciertos lugares, prácticas y cosas son sagrados para nosotros hoy: lo son porque allí hemos recordado promesas, sentido la presencia del Espíritu y experimentado la obra de Dios. Tratar lo sagrado de manera distinta a lo común no es formalismo, sino testimonio silencioso de fe. Es declarar, como Moisés, que reconocemos la santidad de Dios y nuestra responsabilidad de acercarnos a Él con humildad.
Finalmente, Éxodo 3 nos advierte contra el peligro de la familiaridad sin reverencia. La maravilla del Evangelio —que Dios descienda, que perdone, que haga convenios y transforme corazones— debe renovarse intencionalmente. Cuando recordamos las promesas, centramos nuestra atención en Jesucristo y cuidamos los pequeños actos de devoción diaria, lo sagrado conserva su poder transformador.
Así, este pasaje afirma que la reverencia no es un sentimiento pasajero, sino una elección continua que permite que las cosas y los lugares santos sigan siendo espacios donde Dios nos habla, nos instruye y nos cambia.
Éxodo 3–4
Dios da poder a quienes Él llama a hacer Su obra.
Éxodo 3–4 enseña con gran claridad que el poder para cumplir la obra de Dios no proviene de la capacidad humana, sino del llamamiento divino y de la presencia constante del Señor. Estos capítulos marcan la transición decisiva entre la opresión silenciosa de Israel y el inicio activo de su liberación, y lo hacen revelando una verdad doctrinal fundamental: cuando Dios llama, Él mismo provee el poder, la autoridad y los medios necesarios para que Su obra se lleve a cabo.
En Éxodo 3, Dios se revela a Moisés en la zarza ardiente como el Dios vivo, eterno y fiel al convenio. El llamamiento de Moisés no surge de su iniciativa personal; al contrario, Moisés se encuentra consciente de su pequeñez, de sus limitaciones y de su pasado. La misión que recibe —librar a Israel de Egipto— es humanamente imposible. Sin embargo, el Señor no responde a las dudas de Moisés exaltando sus talentos, sino reafirmando Su propia identidad y Su promesa: “Yo estaré contigo”. Doctrinalmente, esto establece que la suficiencia del siervo nace de la presencia de Dios, no de la autoconfianza.
Éxodo 4 profundiza esta enseñanza al mostrar la paciencia del Señor frente a las inseguridades de Moisés. Ante cada objeción —“¿Quién soy yo?”, “¿Y si no me creen?”, “No soy elocuente”, “Envía a otro”—, Dios responde con señales, promesas y apoyo adicional. El poder divino se manifiesta en milagros visibles, pero también en algo más sutil y duradero: la disposición del Señor de enseñar, corregir y fortalecer a Su siervo línea por línea. Incluso cuando Moisés se siente incapaz de hablar, Dios provee a Aarón como compañero, enseñando que Dios no solo capacita individualmente, sino que también llama a otros para sostener Su obra.
Estos capítulos revelan que el poder de Dios no elimina inmediatamente el temor ni la debilidad humana, pero los transforma en instrumentos de humildad y dependencia espiritual. Moisés no es llamado porque sea perfecto, sino porque está dispuesto a obedecer. El Señor no busca siervos autosuficientes, sino corazones dispuestos a confiar en Él y a actuar conforme a Su palabra.
Doctrinalmente, Éxodo 3–4 testifica que todo llamamiento divino viene acompañado de poder divino, aunque ese poder se manifieste gradualmente y a menudo a través de pruebas, aprendizaje y apoyo mutuo. Estos capítulos invitan al lector moderno a reconocer que, cuando Dios llama a servir —en la familia, en la Iglesia o en la vida personal—, Él también promete Su presencia, Su guía y Su poder. La obra es Suya, y Él fortalece a quienes humildemente aceptan participar en ella.
¿Cuáles fueron las preocupaciones de Moisés y cómo respondió Jehová a cada una?
Al leer Éxodo 3–4, se observa que Moisés expresa una serie progresiva de preocupaciones muy humanas, y que el Señor responde a cada una con paciencia y poder:
• “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón?” (Éxodo 3:11).
Moisés duda de su valor personal. Jehová no exalta a Moisés, sino que dirige la atención hacia Él mismo: “Yo estaré contigo” (3:12). La respuesta divina enseña que la autoridad del siervo proviene de la presencia de Dios, no de su autoestima.
• “Si me preguntan cuál es Su nombre, ¿qué les diré?” (3:13).
Moisés teme no tener la autoridad doctrinal necesaria. Jehová responde revelando Su nombre eterno, “YO SOY”, y reafirmando Su identidad como el Dios del convenio (3:14–15). Así, Dios otorga a Moisés conocimiento revelado, no solo instrucciones.
• “No me creerán ni oirán mi voz” (4:1).
Moisés duda del impacto de su testimonio. Jehová responde con señales (la vara, la mano leprosa), enseñando que el poder de convencer pertenece a Dios, no al mensajero.
• “Nunca he sido hombre elocuente” (4:10).
Moisés se siente limitado en sus habilidades. Jehová responde con una verdad fundamental: Él es el creador del hombre y, por tanto, puede capacitarlo para hablar (4:11–12).
• “Envía a otro” (4:13).
Aquí Moisés expresa un deseo de evadir el llamamiento. Aun cuando el Señor se disgusta, no lo rechaza; en Su misericordia, provee a Aarón como apoyo (4:14–16). Esto enseña que Dios no abandona a Sus siervos por su debilidad, sino que los sostiene con ayuda adicional.
¿Qué encuentras en Éxodo 3–4 que pueda inspirarte cuando te sientas poco capaz?
Estos capítulos inspiran porque muestran que sentirse incapaz no descalifica a una persona del servicio divino. Moisés es llamado precisamente cuando se siente insuficiente, inseguro y consciente de sus limitaciones. La inspiración central es esta: Dios no espera que Sus siervos sean autosuficientes; espera que confíen en Él.
Éxodo 3–4 enseña que el Señor:
• Llama a personas imperfectas.
• No retira el llamamiento ante la duda inicial.
• Da poder “línea por línea”.
• Provee apoyo, tiempo y paciencia.
Cuando una persona se siente poco capaz, estos capítulos testifican que la debilidad puede convertirse en un canal de poder, porque conduce a una mayor dependencia del Señor.
¿En qué ocasiones has visto que Dios te ha dado poder a ti o a otras personas para hacer Su obra?
Dios da poder de muchas maneras que a veces solo se reconocen en retrospectiva. Esto puede verse cuando:
• Alguien enseña o testifica con claridad que no sabía que tenía.
• Una persona sirve en un llamamiento para el cual se sentía inadecuada, pero recibe fortaleza espiritual.
• Se expresa compasión, paciencia o valentía que supera las capacidades naturales.
• Se recibe guía específica mediante el Espíritu para ayudar a otra persona.
Así como con Moisés, el poder de Dios suele manifestarse en el momento de actuar, no antes. Estas experiencias confirman que el Señor no solo llama, sino que capacita activamente a quienes aceptan Su llamado, aun cuando lo hagan con temor o dudas.
Éxodo 3–4 enseña que la obra de Dios no avanza gracias a la confianza humana, sino gracias a la fidelidad divina. Moisés llega a ser un gran profeta no porque siempre se creyera capaz, sino porque aprendió a confiar en el Dios que lo llamó. Estos capítulos invitan a reconocer que, cuando Dios llama, Él también promete Su presencia, Su poder y Su ayuda, haciendo posible lo que por nosotros mismos sería imposible.
Conclusión final: Éxodo 3–4 culmina con una enseñanza doctrinal clara y profundamente consoladora: la obra de Dios no depende de la capacidad natural de Sus siervos, sino de Su presencia fiel y de Su poder activo. Moisés, quien llega a ser uno de los profetas y líderes más grandes de la historia sagrada, comienza su llamamiento sintiéndose pequeño, insuficiente y temeroso. Sin embargo, el Señor no lo descarta por sus debilidades; al contrario, las utiliza como el terreno donde puede manifestarse Su poder.
Estos capítulos revelan que Dios llama a personas reales, con dudas reales, y responde a cada temor no con exigencias imposibles, sino con promesas, señales, paciencia y apoyo. La frase clave del llamamiento —“Yo estaré contigo”— resume toda la doctrina del pasaje: la suficiencia del siervo no está en sí mismo, sino en el Dios que lo envía. Así, el poder divino no elimina automáticamente el temor, pero lo transforma en humildad, dependencia y obediencia.
Éxodo 3–4 también enseña que el poder de Dios suele manifestarse en el proceso, no de manera instantánea. El Señor capacita línea por línea, experiencia tras experiencia, y a menudo mediante la ayuda de otros, como Aarón. De este modo, la obra de Dios se convierte en una obra compartida, sostenida por la gracia, la revelación y el compañerismo espiritual.
En conjunto, estos capítulos invitan a cada lector a confiar en que todo llamamiento divino viene acompañado de poder divino. Cuando Dios llama a servir —en la familia, en la Iglesia o en la vida personal—, Él no solo manda: promete Su presencia, Su guía y Su ayuda constante. La conclusión es firme y esperanzadora: lo que Dios pide, Él mismo lo hace posible, y quienes confían en Él descubren que Su poder se perfecciona precisamente en la debilidad.
Éxodo 5–6
Los propósitos del Señor se cumplirán en Su propio tiempo.
Éxodo 5–6 presenta una de las lecciones más realistas y formativas del discipulado: cuando Dios inicia Su obra, el cumplimiento de Sus propósitos no siempre es inmediato, ni sigue el ritmo que esperamos. Estos capítulos muestran que el camino hacia la liberación puede comenzar con resistencia, desánimo y aparente retroceso, y aun así formar parte esencial del plan divino. El Señor no abandona Su obra cuando surgen obstáculos; más bien, los utiliza para enseñar, refinar y preparar a Su pueblo para una liberación más profunda y duradera.
En Éxodo 5, Moisés y Aarón obedecen el mandato divino y se presentan ante Faraón con la palabra del Señor. Sin embargo, lejos de producir liberación inmediata, su obediencia parece empeorar la situación: Faraón aumenta la carga de trabajo, retira los recursos y acusa al pueblo de pereza. Esta experiencia enseña que la obediencia fiel no siempre produce resultados visibles de inmediato, y que a veces el primer efecto de seguir a Dios es una prueba mayor. El desaliento del pueblo y la frustración de Moisés reflejan una reacción humana comprensible: cuando la promesa tarda, la fe es probada.
Éxodo 6 responde directamente a esta crisis espiritual. El Señor no reprende a Moisés por su desaliento, sino que reafirma Su identidad, Su poder y Su fidelidad al convenio. Repite con énfasis: “Yo soy Jehová”, recordándole que Él es el mismo Dios que hizo promesas a Abraham, Isaac y Jacob. Aquí se introduce una verdad doctrinal clave: Dios no está reaccionando a los eventos; está cumpliendo un plan establecido desde la eternidad. La liberación de Israel no será apresurada ni improvisada, sino realizada conforme al tiempo, al poder y a la sabiduría del Señor.
En estos capítulos, el Señor también amplía la visión del propósito divino. No solo promete sacar a Israel de Egipto, sino redimirlo, adoptarlo como Su pueblo y establecer una relación de convenio. Así, el retraso aparente no es un fracaso, sino una preparación para una liberación que revelará plenamente quién es Jehová y quién es Israel ante Él. La demora permite que el poder de Dios sea manifestado con claridad y que el pueblo aprenda a confiar, no en circunstancias favorables, sino en la palabra del Señor.
Doctrinalmente, Éxodo 5–6 enseña que los propósitos del Señor no se frustran por la oposición humana, el endurecimiento de corazones ni la impaciencia del creyente. Aunque el cumplimiento pueda parecer lento o incluso invisible, Dios avanza Su obra con perfecta fidelidad. Estos capítulos invitan al lector moderno a perseverar cuando la obediencia parece no dar fruto inmediato, recordando que el tiempo del Señor es parte de Su misericordia y de Su poder, y que Sus promesas siempre se cumplen, aunque no siempre según nuestras expectativas.
¿Qué ocurrió cuando Moisés hizo la voluntad del Señor y no vio los resultados esperados? (Éxodo 5:4–9, 20–23)
Moisés obedeció fielmente el mandato del Señor al presentarse ante Faraón; sin embargo, la situación empeoró. Faraón respondió con dureza, incrementando la carga de trabajo del pueblo y acusándolo de pereza. El resultado inmediato de la obediencia fue mayor aflicción, lo que provocó el resentimiento de los capataces israelitas y el profundo desaliento de Moisés. Este pasaje muestra una realidad espiritual frecuente: hacer lo correcto no garantiza alivio inmediato, y cuando los resultados visibles contradicen las promesas, el corazón puede llenarse de confusión y dolor.
Moisés expresa su frustración abiertamente ante el Señor: pregunta por qué fue enviado y por qué la situación no solo no mejoró, sino que empeoró. Esta honestidad revela que el desaliento no es falta de fe, sino parte del proceso de aprender a confiar en Dios cuando Sus propósitos aún no se manifiestan plenamente.
¿Cómo ayudó el Señor a Moisés a superar sus sentimientos de desánimo? (Éxodo 6:1–13)
La respuesta del Señor a Moisés no consiste en una reprensión, sino en una reafirmación poderosa de quién es Él y de lo que hará. El Señor comienza declarando: “Ahora verás lo que yo haré a Faraón”, desplazando el enfoque de la debilidad humana al poder divino. Luego, repite con énfasis: “Yo soy Jehová”, recordándole a Moisés que Él es el Dios del convenio, fiel a las promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob.
El Señor ayuda a Moisés de varias maneras concretas:
• Le recuerda Sus promesas: reafirma que Él sacará, redimirá y tomará a Israel como Su pueblo.
• Amplía la perspectiva: Moisés aprende que la demora no es fracaso, sino parte de un plan mayor.
• Le asegura acción futura: el Señor no niega la dificultad presente, pero promete con certeza el cumplimiento final.
• Lo invita a persistir: a pesar del desánimo del pueblo, el Señor vuelve a enviar a Moisés, enseñándole que la obra de Dios continúa aun cuando los demás no estén listos para recibirla.
Así, el Señor fortalece a Moisés no cambiando de inmediato las circunstancias, sino anclando su fe en la identidad, el poder y la fidelidad de Dios.
¿De qué modo te ha ayudado el Señor a persistir en hacer Su voluntad?
El Señor suele ayudarnos a persistir de maneras similares a como ayudó a Moisés. Muchas veces no elimina la dificultad de inmediato, pero fortalece el corazón para seguir adelante. Él ayuda mediante recordatorios espirituales de promesas ya recibidas, paz en medio de la incertidumbre, palabras de aliento por medio de las Escrituras o de otras personas, y una convicción interna de que seguir Su voluntad sigue siendo lo correcto, aun cuando los resultados no sean visibles.
Con frecuencia, el Señor nos sostiene enseñándonos que la obediencia es un acto de confianza, no un contrato de resultados inmediatos. Al mirar atrás, muchas personas reconocen que la persistencia en momentos de desánimo fue lo que permitió que, con el tiempo, los propósitos del Señor se cumplieran de una manera más profunda y transformadora de lo que inicialmente esperaban.
Éxodo 5–6 enseña que el desaliento no invalida el llamamiento ni detiene el plan de Dios. Cuando los esfuerzos sinceros parecen fallar, el Señor invita a confiar en Su tiempo, a recordar Sus promesas y a seguir adelante con fe. Así como Moisés aprendió que la obra del Señor avanza aun cuando no se ve progreso inmediato, el creyente moderno puede hallar consuelo en saber que los propósitos del Señor siempre se cumplirán, en Su propio tiempo y a Su manera.
Conclusión final: Éxodo 5–6 concluye con una enseñanza doctrinal sobria y profundamente consoladora: el aparente retraso en el cumplimiento de las promesas de Dios no es señal de fracaso, sino parte esencial de Su plan redentor. Estos capítulos muestran que incluso cuando la obediencia parece producir mayor dificultad y el desánimo invade tanto al pueblo como a los líderes, el Señor sigue obrando con fidelidad perfecta, conforme a convenios eternos que no pueden ser anulados por la oposición humana ni por la impaciencia del corazón.
La experiencia de Moisés enseña que hacer la voluntad del Señor no siempre trae resultados inmediatos, pero siempre produce crecimiento espiritual. El aumento de la aflicción no significó que Moisés hubiera fallado ni que Dios hubiera cambiado de propósito. Al contrario, el Señor utilizó ese momento de crisis para revelar con mayor claridad quién es Él: el Dios del convenio, el Redentor, Aquel que actúa con poder soberano y a Su debido tiempo. Al repetir “Yo soy Jehová”, el Señor ancló la fe de Moisés no en las circunstancias visibles, sino en Su identidad inmutable.
Doctrinalmente, Éxodo 5–6 testifica que la obra de Dios avanza aun cuando no vemos progreso inmediato, y que el desaliento no invalida el llamamiento ni detiene el plan divino. El Señor fortalece a Sus siervos recordándoles Sus promesas, ampliando su perspectiva y enseñándoles a persistir cuando la fe es probada. La demora aparente prepara una liberación más completa, una redención que no solo cambia circunstancias externas, sino que forma un pueblo que aprende a confiar plenamente en la palabra de Dios.
En conjunto, estos capítulos invitan al lector moderno a perseverar con fe cuando los esfuerzos sinceros parecen no dar fruto inmediato. Afirman que el tiempo del Señor es parte de Su misericordia y de Su poder, y que Sus propósitos siempre se cumplirán, no según nuestras expectativas humanas, sino conforme a Su sabiduría perfecta. Éxodo 5–6 deja una promesa firme: cuando Dios ha hablado, la liberación vendrá; y cuando llegue, revelará plenamente Su poder, Su fidelidad y Su amor redentor.
























