6 – 12 abril:
“Tened memoria de este día, en el cual habéis salido de Egipto”
Éxodo 7–13
Éxodo 7–13 narra uno de los acontecimientos más decisivos de toda la historia sagrada: la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Estos capítulos no solo relatan una serie de eventos milagrosos, sino que revelan profundamente quién es Dios, cómo actúa en favor de Su pueblo y por qué la memoria espiritual es esencial para la fe y la obediencia. El mandato divino de “tener memoria” no es un simple recordatorio histórico, sino una invitación permanente a reconocer la mano salvadora del Señor y a vivir conforme a esa experiencia redentora.
A lo largo de las diez plagas, el Señor manifiesta Su poder de manera progresiva y deliberada. Cada plaga es más que un castigo; es una revelación. Dios declara repetidamente que estas señales tienen un propósito claro: que Egipto, Faraón e Israel “conozcan que yo soy Jehová” y que “no hay otro como yo en toda la tierra” (Éxodo 7:5; 9:14). Frente a los dioses egipcios, a la autosuficiencia del poder humano y a la dureza del corazón de Faraón, Jehová se revela como el único Dios verdadero, soberano sobre la naturaleza, la vida y la muerte.
Mientras Faraón endurece su corazón una y otra vez, Moisés y los israelitas son testigos de un contraste espiritual profundo. Por un lado, ven la obstinación del poder terrenal que se resiste a la voluntad divina; por otro, contemplan señales inequívocas de que Dios está actuando a su favor. Estas manifestaciones no solo preparan el camino para la liberación física, sino que fortalecen la fe del pueblo y su confianza en el profeta del Señor. Israel aprende que la liberación no llega por negociación humana ni por fuerza política, sino por la intervención directa de Dios.
La culminación de este proceso llega con la décima plaga: la muerte de los primogénitos. Este acontecimiento marca un punto de quiebre definitivo, tanto histórico como doctrinal. La liberación de Israel tiene un costo, y ese costo se relaciona con la vida del primogénito. Sin embargo, el Señor provee un medio de salvación: la sangre del cordero sin defecto, colocada en los dinteles de las puertas, protege a los hogares de Israel. Así, la Pascua se establece no solo como un evento de escape, sino como una ordenanza de memoria, un acto sagrado destinado a recordar para siempre que la salvación viene por medio de la obediencia, la fe y el sacrificio designado por Dios.
Doctrinalmente, Éxodo 7–13 apunta más allá de Egipto. El cautiverio físico de Israel se convierte en un símbolo del cautiverio espiritual de toda la humanidad. La liberación final no vendría simplemente por la salida de Egipto, sino por el sacrificio del verdadero Primogénito: Jesucristo, el Cordero de Dios sin mancha. Así como la sangre del cordero protegió a Israel de la muerte, solo la sangre expiatoria de Cristo puede librar al ser humano del pecado y de la muerte eterna.
Por ello, el mandato “tened memoria de este día” adquiere un significado eterno. Recordar la salida de Egipto es recordar quién salva, cómo salva y a qué precio. Estos capítulos invitan al lector moderno a reflexionar sobre su propia liberación espiritual, a reconocer las señales del poder de Dios en su vida y a renovar su compromiso de seguir al Señor con fe, gratitud y obediencia. La historia de Éxodo 7–13 no es solo el pasado de Israel; es un testimonio vivo del Dios que libera, redime y cumple Sus promesas.
Éxodo 7–11
Puedo decidir ablandar mi corazón.
Éxodo 7–11 presenta una de las enseñanzas doctrinales más sobrias y personales de las Escrituras: la condición del corazón humano frente a la voluntad de Dios. A través del relato de las plagas y de la respuesta persistente de Faraón, el Señor revela que la liberación no depende únicamente del poder divino —que es absoluto—, sino también de la disposición del ser humano a escuchar, humillarse y obedecer. Este pasaje no se centra solo en lo que Dios hace, sino en cómo el corazón humano responde cuando Dios habla con claridad.
Doctrinalmente, estos capítulos enseñan que el endurecimiento del corazón no ocurre de manera repentina, sino progresiva. Faraón recibe múltiples advertencias, señales innegables y oportunidades reales para arrepentirse. Sin embargo, elige resistir, negociar parcialmente, postergar la obediencia o retractarse una vez que la presión disminuye. La Traducción de José Smith aclara un punto crucial: Dios no quita la agencia de Faraón; el endurecimiento ocurre porque Faraón elige rechazar la luz que recibe. Así, el texto enseña que cuando una persona resiste repetidamente la verdad, su capacidad espiritual para responder se debilita.
Este principio revela una doctrina esencial del albedrío: Dios respeta profundamente la libertad humana, incluso cuando esa libertad se usa para resistirle. El Señor envía señales no para forzar la obediencia, sino para invitar al arrepentimiento. Cuando esas invitaciones son rechazadas una y otra vez, el corazón se vuelve menos sensible, menos receptivo al Espíritu y más inclinado al orgullo y al temor. En ese sentido, “endurecer” describe un proceso interno: una rigidez espiritual que impide escuchar, sentir y cambiar.
En contraste, las Escrituras enseñan que un corazón blando es un corazón enseñable, dispuesto a someter la voluntad propia a la voluntad de Dios. Pasajes como 1 Nefi 2:16, Mosíah 3:19 y Éter 12:27 muestran que ablandar el corazón implica humildad, mansedumbre, disposición a aprender y confianza en que Dios puede transformar la debilidad en fortaleza. Un corazón blando no es débil; es sensible al Espíritu, firme en la fe y abierto a la corrección divina.
Éxodo 7–11, por tanto, no es solo un relato antiguo sobre un rey orgulloso; es un espejo espiritual. Invita al lector a preguntarse: ¿cómo respondo cuando el Señor me corrige?, ¿me acerco a Él solo cuando la presión aumenta?, ¿postergo la obediencia esperando condiciones más favorables?, ¿o permito que Su palabra transforme mi corazón de manera constante?
Esta introducción doctrinal prepara el estudio de estos capítulos con una invitación clara y personal: el endurecimiento o el ablandamiento del corazón no es inevitable; es una decisión. Aunque no controlemos todas las circunstancias, siempre podemos decidir cómo responder a la voz del Señor. Éxodo 7–11 testifica que la verdadera libertad —espiritual y, finalmente, eterna— comienza cuando elegimos rendir nuestro corazón a Dios.
¿Qué te llama la atención de las respuestas de Faraón a las plagas?
(Éxodo 7:14–25; 8:5–32; 9:1–26; 10:12–29; 12:29–33; con la aclaración de la Traducción de José Smith en Éxodo 7:3, 13; 9:12)
Lo que más llama la atención es el patrón repetitivo en la manera en que Faraón responde: Dios habla con claridad, ocurre una señal poderosa, Faraón experimenta presión, hace una promesa temporal… y luego retrocede cuando la incomodidad disminuye. No es solo rebeldía “de golpe”; es un ciclo de negociación, alivio, y endurecimiento renovado.
• Éxodo 7:14–25 (agua en sangre): Faraón ve una manifestación directa del poder de Jehová, pero la presencia de imitaciones por parte de sus magos le da “excusa” para no ceder. Aquí se nota cómo un corazón endurecido se aferra a cualquier argumento para mantener el control, aun cuando la evidencia apunta en otra dirección.
• Éxodo 8:5–32 (ranas, piojos/mosquitos, moscas): Llama la atención que Faraón pide alivio (“rogad a Jehová”) pero no se somete de corazón. Incluso intenta negociar obediencia parcial (“sacrificad… pero aquí”, o “no vayáis muy lejos”). Esto muestra una forma común de resistencia espiritual: querer bendiciones sin conversión, alivio sin rendición.
• Éxodo 9:1–26 (peste, úlceras, granizo): En algún punto, Faraón llega a reconocer el golpe (“he pecado… Jehová es justo”), pero su reconocimiento no se sostiene. Es como si su arrepentimiento fuera reactivo, basado en el dolor del momento, no en un cambio interno de voluntad. El corazón endurecido puede decir palabras correctas sin permitir que el Señor lo transforme.
• Éxodo 10:12–29 (langostas, tinieblas): El endurecimiento se vuelve más evidente: Faraón hace concesiones pequeñas, pero pone condiciones (“id vosotros… pero dejad…”). Luego, ante la tiniebla, vuelve a prometer y después rechaza con dureza, incluso con amenazas. Aquí se ve un deterioro: cuando se resiste repetidamente, la respuesta no solo se vuelve negativa; se vuelve hostil.
• Éxodo 12:29–33 (muerte de los primogénitos): Finalmente, el golpe es tan profundo que Faraón cede. Aun así, el relato deja claro que no es la misma cosa ceder por presión que cambiar el corazón. La liberación llega, pero el costo es terrible: Faraón aprendió tarde lo que pudo haber aprendido con humildad.
La aclaración de la Traducción de José Smith es importante porque ayuda a entender doctrinalmente el tema: el endurecimiento no es un “capricho” de Dios que anula la agencia. Más bien, Dios permite que Faraón siga el curso de sus decisiones, y al resistir repetidamente la luz, Faraón mismo se vuelve menos capaz de recibirla. Esa idea hace que el relato sea una advertencia personal: cada vez que pospongo obedecer, mi corazón corre el riesgo de volverse menos sensible.
¿Por qué la palabra “endurecer” describe bien el corazón de Faraón?
“Endurecer” describe bien su corazón porque retrata tres cosas a la vez:
1. Rigidez: Faraón no se flexibiliza ante la verdad; se “encierra” en su postura. Un corazón duro no se adapta a la voluntad de Dios; intenta que Dios se adapte a la propia voluntad.
2. Insensibilidad: Con cada plaga, Faraón pierde sensibilidad espiritual. Ve, oye y sufre, pero no aprende. El endurecimiento es como una capa que se forma sobre la conciencia: lo que antes habría conmovido, ahora apenas produce un cambio momentáneo.
3. Resistencia activa: El corazón de Faraón no solo es frío; es resistente. No es simple ignorancia, es una decisión repetida de mantener control, orgullo y autosuficiencia frente a Dios.
En resumen, “endurecer” es una palabra exacta porque comunica que su problema no era falta de información; era falta de rendición.
¿Qué aprendes sobre tener un corazón blando? (1 Nefi 2:16; Mosíah 3:19; Alma 24:7–8; Alma 62:41; Éter 12:27)
Estos pasajes enseñan que un corazón blando no es un corazón “débil”, sino un corazón enseñable, humilde y dispuesto.
• 1 Nefi 2:16: Nefi ora y el Señor “ablanda” su corazón. Aprendes que el corazón blando se recibe y se cultiva: nace de buscar al Señor con sinceridad. No es automático; se desarrolla cuando eliges preguntar, escuchar y creer.
• Mosíah 3:19: Un corazón blando se logra al “despojarse del hombre natural” y volverse “como un niño”: sumiso, humilde, manso, lleno de amor. Aquí aprendes que la blandura espiritual es una condición de discípulo: no es inmadurez; es confianza y docilidad ante Dios.
• Alma 24:7–8: Los anti-nefi-lehitas muestran un corazón cambiado: se arrepienten profundamente, odian el pecado y no quieren volver atrás. Un corazón blando no coquetea con el pecado; lo toma en serio y elige una ruptura real con lo viejo.
• Alma 62:41: Algunos se endurecen por las aflicciones; otros se humillan. Esto enseña que la prueba no define el corazón por sí sola: la prueba revela y también moldea según cómo respondamos. El corazón blando se inclina a aprender, no a culpar.
• Éter 12:27: Dios da debilidad para que seamos humildes; si venimos a Cristo, Él hace las debilidades fuertes. Esto enseña que un corazón blando no niega su debilidad; la entrega al Salvador y permite que la gracia opere.
En conjunto, estos versículos muestran que el corazón blando se caracteriza por: oración sincera, humildad, disposición a cambiar, seriedad ante el pecado y confianza en la gracia de Cristo.
Al meditar en tu propio corazón, ¿qué cambios te sientes inspirado a hacer? — El relato de Faraón te invita a cambios muy concretos, porque muestra con claridad cómo se forma la dureza: posponer, negociar, justificarse y retroceder cuando pasa la presión. Por contraste, estos son cambios inspirados que ayudan a ablandar el corazón (puedes adoptar los que más te hablen):
• Cambiar “cuando pase esto obedeceré” por “obedeceré ahora”. La demora es una herramienta típica del corazón endurecido. La obediencia inmediata es una señal de un corazón blando.
• Dejar la obediencia parcial. Faraón ofrecía concesiones (“pero no tan lejos”, “pero sin…”). Un cambio clave es rendir lo que más cuesta, no solo lo que es conveniente.
• Orar no solo por alivio, sino por transformación. Faraón quería que la plaga cesara; un corazón blando pide: “Señor, cámbiame”.
• Reconocer patrones de autoengaño. Por ejemplo: justificarte, minimizar impresiones espirituales, o prometer cambios que no sostienes. Nombrar el patrón lo debilita.
• Responder al Espíritu en lo pequeño. Un corazón blando se entrena al obedecer impresiones sencillas: pedir perdón, servir, estudiar, ser más amable, corregir hábitos. Lo pequeño prepara para lo grande.
La invitación doctrinal de Éxodo 7–11 es profundamente esperanzadora: no tienes que esperar a “ser perfecto” para tener un corazón blando. Puedes decidir hoy ser más humilde, más obediente y más receptivo al Señor. Y cada decisión así, por pequeña que parezca, evita el camino de Faraón y abre el camino de la liberación: primero del orgullo, luego del pecado, y finalmente de toda forma de cautiverio espiritual.
Conclusión final — El relato de Éxodo 7–11 termina dejando una impresión solemne y profundamente personal. Después de leer sobre plagas, advertencias, promesas rotas y un corazón que se vuelve cada vez más rígido, el lector comprende que la historia de Faraón no es solo la crónica de un antiguo gobernante derrotado por el poder de Dios, sino una lección viva sobre el alma humana. Dios se manifiesta con claridad, poder y misericordia; sin embargo, la respuesta del corazón determina si esa manifestación conduce a liberación o a mayor esclavitud interior.
Faraón nunca careció de evidencia. Vio señales innegables, escuchó la palabra del Señor repetidas veces y experimentó momentos de alivio que pudieron haberle enseñado gratitud y humildad. Sin embargo, cada vez que eligió posponer, negociar o retractarse, algo se fue endureciendo dentro de él. Su historia enseña que el mayor peligro espiritual no es el rechazo abierto, sino la obediencia aplazada, la fe condicionada y el arrepentimiento reactivo que solo surge cuando el dolor aprieta. Así, Faraón se convierte en una advertencia silenciosa: no todo el que reconoce a Dios con palabras le rinde el corazón.
En contraste, las Escrituras muestran que un corazón blando no es perfecto ni inmune a la prueba. Es un corazón que se inclina, que escucha, que permite que la corrección divina transforme la voluntad propia. Ablandar el corazón no significa perder fortaleza, sino redirigirla: pasar del orgullo a la humildad, del control a la confianza, de la resistencia a la rendición consciente. Es aceptar que Dios no solo quiere aliviar nuestras plagas, sino sanar nuestra naturaleza.
Éxodo 7–11 revela también la paciencia del Señor. Dios no abandona a Faraón tras el primer rechazo; insiste, advierte, concede oportunidades. Esta paciencia es un testimonio de amor, pero también una responsabilidad: cada invitación ignorada deja una huella. Por eso, el relato invita al lector a no trivializar las impresiones espirituales, ni a suponer que siempre habrá una oportunidad “más clara” o “más conveniente” para obedecer. La blandura del corazón se preserva respondiendo ahora, cuando el Señor habla.
Al cerrar estos capítulos, la pregunta ya no es qué hizo Faraón, sino qué haré yo. ¿Escucharé al Señor solo cuando la presión sea intensa, o permitiré que Su palabra me transforme aun en tiempos de calma? ¿Negociaré con Dios las partes de mi vida que me cuestan, o rendiré el corazón completo? ¿Usaré las pruebas para endurecerme o para humillarme?
La enseñanza final de Éxodo 7–11 es esperanzadora: el endurecimiento del corazón no es inevitable, y la blandura no es inalcanzable. Cada persona conserva la capacidad de elegir cómo responder a la luz que recibe. La verdadera liberación —más profunda que la salida de Egipto— comienza cuando uno decide, con humildad y fe, ablandar su corazón delante de Dios. Allí empieza el camino que conduce no solo al fin del cautiverio, sino a una relación transformadora con el Señor, en la que Su poder no solo se ve, sino que se recibe.
Éxodo 12:1–42
Jesucristo puede salvarme gracias a Su Expiación.
Éxodo 12:1–42 constituye uno de los pasajes más sagrados y doctrinalmente ricos de todo el Antiguo Testamento. En este capítulo, el Señor no solo libra a Israel de la décima plaga y de la esclavitud egipcia, sino que establece un modelo divino de salvación que apunta directamente a la Expiación de Jesucristo. La institución de la Pascua judía no fue un rito cultural incidental, sino una ordenanza simbólica revelada por Dios, diseñada para enseñar, recordar y testificar cómo Él salva a Su pueblo.
La liberación de los israelitas no ocurrió por casualidad ni únicamente por el poder visible de las plagas. Según Éxodo 12, la salvación dependía de obedecer con exactitud las instrucciones del Señor: escoger un cordero sin defecto, sacrificarlo, aplicar su sangre, comer la carne conforme a lo mandado y prepararse para salir. Esta enseñanza es central: la salvación requiere fe manifestada en obediencia, no solo conocimiento o cercanía cultural con el pueblo del convenio. Aquellos que no aplicaran la sangre del cordero —aun siendo israelitas— no quedarían protegidos.
Doctrinalmente, la Pascua revela que la salvación siempre ha sido posible únicamente mediante un sacrificio expiatorio. El cordero sin mancha, su sangre protectora y la liberación que sigue señalan con claridad profética a Jesucristo, “el Cordero de Dios”, cuya sangre nos libra no de una plaga temporal, sino de la muerte espiritual y eterna. Así como el heridor “pasó por alto” las casas marcadas con sangre, el juicio eterno es vencido cuando el creyente se acoge al sacrificio del Hijo de Dios.
El Señor también redefine el tiempo y la identidad de Su pueblo en este capítulo. Al declarar que ese mes sería “el principio de los meses”, Dios enseña que la redención marca un nuevo comienzo. Israel no solo sale de Egipto; nace como un pueblo redimido. Este principio doctrinal se aplica a cada discípulo de Cristo: la Expiación no solo nos rescata del pecado, sino que nos ofrece una nueva vida, una nueva identidad y un nuevo rumbo espiritual.
Los símbolos de la Pascua —el cordero, la sangre, el pan sin levadura, las hierbas amargas, la urgencia de salir— enseñan que la salvación es a la vez gratuita y exigente: gratuita porque Dios provee el sacrificio; exigente porque requiere dejar atrás la corrupción, recordar la amargura del cautiverio y salir sin demora del pecado. No se trata solo de ser protegidos, sino de estar dispuestos a abandonar Egipto por completo.
Finalmente, Éxodo 12 enseña que Dios desea que Su pueblo recuerde. La Pascua debía celebrarse “por estatuto perpetuo”, no para revivir el miedo, sino para anclar la identidad espiritual de Israel en la obra salvadora del Señor. De manera paralela, el Evangelio de Jesucristo invita a los creyentes a recordar continuamente Su Expiación —no como un evento distante, sino como una realidad viva que sigue salvando hoy.
Así, al estudiar Éxodo 12:1–42, el lector es invitado a ver más allá del relato histórico y a reconocer una verdad eterna: la misma mano que salvó a Israel por la sangre del cordero es la mano que hoy salva por la sangre de Jesucristo. La Pascua testifica que la liberación del cautiverio —sea físico o espiritual— siempre comienza cuando confiamos en el sacrificio que Dios ha provisto y respondemos con fe obediente.
La Pascua judía: obediencia exacta y salvación por medio del sacrificio
Éxodo 12 enseña que la salvación de la décima plaga no dependía de la identidad étnica de los israelitas ni de su sufrimiento previo, sino de obedecer con exactitud las instrucciones reveladas por el Señor. La Pascua no fue solo una ceremonia conmemorativa, sino un acto de fe activa. Cada símbolo apunta a Jesucristo y enseña cómo se reciben las bendiciones de Su Expiación: mediante fe, obediencia, recuerdo y disposición a abandonar el cautiverio.
Desarrollo del simbolismo de Éxodo 12
1. El principio de los meses (Éxodo 12:2)
Al redefinir el calendario de Israel, el Señor enseñó que la redención marca el verdadero comienzo de la vida. La salida de Egipto no fue solo un cambio geográfico, sino una nueva identidad como pueblo redimido. Doctrinalmente, esto apunta al principio de nacer de nuevo por medio de Jesucristo. La Expiación no solo nos rescata del pecado; nos ofrece una vida nueva, con un pasado redimido y un futuro dirigido por Dios.
2. El cordero sin defecto (Éxodo 12:3–5)
El cordero debía ser perfecto, sin defecto alguno, lo cual enseña que solo un sacrificio puro e inocente podía salvar. Este símbolo señala directamente a Jesucristo, cuya vida sin pecado lo calificó para ser el sacrificio expiatorio. La Pascua enseña que la salvación no puede lograrse mediante esfuerzos humanos imperfectos, sino únicamente por medio de un Salvador perfecto.
3. La sangre del cordero en los postes y dinteles (Éxodo 12:7, 13, 23)
La sangre no protegía automáticamente por existir; debía aplicarse de manera visible y deliberada. Esto enseña que el sacrificio de Cristo, aunque infinito, no opera automáticamente en la vida de una persona. La fe debe manifestarse en actos concretos: arrepentimiento, convenios y obediencia. La sangre en la puerta marcaba un hogar que confiaba en Dios; hoy, la sangre de Cristo marca un corazón que ha elegido seguirle.
4. El pan sin levadura (Éxodo 12:8, 15, 19–20)
La levadura simboliza corrupción porque se propaga y altera todo lo que toca. Comer pan sin levadura enseñaba que salir de Egipto requería dejar atrás la corrupción, no solo físicamente, sino espiritualmente. En relación con Cristo, este símbolo enseña que recibir las bendiciones de Su Expiación implica un compromiso sincero de abandonar el pecado y vivir de Su palabra, Él mismo el “pan de vida”.
5. Las hierbas amargas (Éxodo 12:8)
Dios no permitió que Israel olvidara lo que había sufrido. Las hierbas amargas enseñan que recordar el dolor del cautiverio ayuda a no regresar a él. Doctrinalmente, esto se relaciona con el arrepentimiento sincero: recordar la amargura del pecado fortalece el deseo de permanecer en la libertad que Cristo ofrece. La Expiación no elimina la memoria, pero sí transforma el significado del pasado.
6. Comer apresuradamente, vestidos para salir (Éxodo 12:11)
Israel no debía comer con comodidad, sino listos para partir. Este símbolo enseña que la liberación requiere decisión inmediata. No se puede recibir la salvación de Cristo mientras se mantiene el deseo de permanecer en Egipto. Doctrinalmente, esto enseña que el arrepentimiento no es pasivo ni aplazable; implica huir del pecado con determinación y sin demora.
7. El heridor (Éxodo 12:13, 23)
El heridor representa las consecuencias inevitables del pecado y la caída. La Pascua enseña que Dios no elimina el juicio, pero provee un medio de escape. Así como la sangre del cordero detenía al heridor, la Expiación de Cristo nos protege del juicio eterno cuando confiamos en Él. La salvación no es la ausencia de justicia, sino la victoria de la misericordia mediante un sacrificio sustitutorio.
8. La liberación de Israel (Éxodo 12:29–32)
La liberación no fue solo el fin de la esclavitud, sino el comienzo de una vida de responsabilidad y convenio. Doctrinalmente, esto enseña que la Expiación no solo rompe cadenas, sino que restaura el albedrío y permite elegir una vida guiada por Dios. Cristo no solo nos salva del pecado, sino que nos capacita para vivir con propósito y esperanza.
¿Qué más encuentras en las instrucciones y los símbolos de la Pascua que te recuerden a Jesucristo y a Su Expiación? — Un elemento adicional significativo es que el cordero debía ser comido. Esto enseña que el sacrificio no solo debía aceptarse intelectualmente, sino internalizarse. De manera paralela, Jesucristo enseñó que Sus seguidores debían “comer” simbólicamente de Él, es decir, hacer Su vida y Su sacrificio parte esencial de la propia vida. La Pascua no era solo protección externa, sino nutrición espiritual interna.
También destaca que la Pascua debía celebrarse en familia y en comunidad, lo cual enseña que la Expiación de Cristo tiene una dimensión colectiva: salva individuos, pero también edifica un pueblo del convenio.
¿Qué te dan a entender estos símbolos sobre cómo recibir las bendiciones de Su Expiación?
Estos símbolos enseñan que recibir las bendiciones de la Expiación requiere:
• Fe activa, no solo creencia pasiva.
• Obediencia exacta, incluso cuando no se comprende todo plenamente.
• Aplicación personal del sacrificio de Cristo.
• Renuncia real al pecado y disposición a salir del “Egipto” personal.
• Recuerdo constante de lo que Cristo ha hecho y de lo que nos ha liberado.
En conjunto, la Pascua enseña que la salvación es un don divino, pero debe ser recibido conscientemente. Jesucristo ya ha provisto el sacrificio; la pregunta que queda es si estamos dispuestos a marcar nuestra vida con Su sangre, abandonar el cautiverio y caminar hacia la libertad que solo Él puede dar.
Éxodo 12 testifica que Jesucristo puede salvarnos gracias a Su Expiación, y que esa salvación se manifiesta cuando confiamos en Su sacrificio, obedecemos Su palabra y elegimos salir definitivamente del pecado. La Pascua no es solo una historia antigua: es un patrón eterno de cómo Dios salva a Su pueblo, ayer y hoy, por medio del Cordero.
Conclusión final — Éxodo 12 culmina la historia de la liberación de Israel con una verdad eterna y profundamente personal: Dios salva por medio de un sacrificio que Él mismo provee, y esa salvación se recibe por fe obediente. La Pascua no fue solo el umbral entre la esclavitud y la libertad; fue la revelación anticipada del modo en que el cielo siempre ha obrado para rescatar a Sus hijos. Cada instrucción —precisa, simbólica y exigente— enseña que la misericordia no anula la justicia, sino que la satisface mediante un sustituto inocente.
El cordero sin defecto, su sangre aplicada deliberadamente, el pan sin levadura, las hierbas amargas y la urgencia por salir muestran que la redención es gratuita en su origen divino, pero transformadora en su recepción humana. Dios provee el sacrificio; el creyente responde con confianza, obediencia y una decisión real de abandonar el cautiverio. Así, la Pascua enseña que no basta con conocer la provisión: hay que aplicar la sangre, comer del sacrificio, recordar la amargura y partir sin demora.
Al redefinir el calendario, el Señor declara que la salvación inaugura una vida nueva. Israel no solo salió de Egipto; nació como pueblo redimido. De la misma manera, la Expiación de Jesucristo no solo perdona el pasado: crea identidad, orienta el futuro y restaura el albedrío para vivir en convenio. La liberación final de esa noche no fue el fin del camino, sino el comienzo de una vida guiada por Dios.
Por eso, Éxodo 12 no pertenece únicamente a la historia antigua. Es un patrón vivo que responde a la pregunta de todos los tiempos: ¿cómo salva Dios? La respuesta es clara y constante: por la sangre del Cordero. Hoy, como entonces, la invitación permanece abierta: confiar en el sacrificio que Dios ha provisto, marcar la vida con esa fe obediente y salir definitivamente del “Egipto” personal hacia la libertad que solo Jesucristo puede dar.
Éxodo 12:14–17, 24–27; 13:1–16
La Santa Cena me ayuda a recordar mi liberación, que ocurre a través de Jesucristo.
Estos pasajes de Éxodo revelan que el Señor no solo libera a Su pueblo del cautiverio, sino que instituye medios sagrados para que esa liberación nunca sea olvidada. Después de sacar a Israel de Egipto con mano poderosa, Dios mandó que la Pascua se observara “por estatuto perpetuo”, como una conmemoración anual destinada a preservar la memoria viva de la redención. La intención divina era clara: cuando el sufrimiento quedara atrás y las generaciones futuras no hubieran vivido la esclavitud, el pueblo seguiría recordando quién los había salvado y cómo lo había hecho.
Doctrinalmente, Éxodo 12 y 13 enseñan que recordar es un acto espiritual esencial. Olvidar las obras de Dios conduce a la autosuficiencia y al alejamiento del convenio; recordar, en cambio, fortalece la fe, renueva la gratitud y afirma la identidad del pueblo del Señor. Por eso, Dios vinculó la Pascua con la enseñanza a los hijos: cada generación debía aprender que su libertad no fue accidental, sino el resultado directo de la intervención divina.
Este principio se cumple de manera más plena en Jesucristo. Así como la Pascua ayudó a Israel a recordar su liberación de Egipto por medio de la sangre del cordero, la Santa Cena ayuda hoy a los discípulos de Cristo a recordar su liberación del pecado y de la muerte por medio de Su Expiación. No se trata solo de recordar un hecho histórico, sino de renovar convenios y afirmar, una y otra vez, que nuestra salvación proviene únicamente del Salvador.
Las instrucciones de Éxodo 12:14–17, 24–27 y 13:1–16 muestran que el recuerdo debía ser frecuente, visible y transmitido. De manera similar, la Santa Cena es una ordenanza recurrente, sencilla pero profundamente sagrada, mediante la cual los creyentes recuerdan “siempre” a Jesucristo, toman Su nombre sobre sí y renuevan su compromiso de seguirle. Así, la liberación pasada se convierte en una realidad espiritual presente.
Esta introducción invita a reflexionar sobre preguntas esenciales:
• ¿Cómo recuerdo yo las bendiciones de Dios en mi vida?
• ¿De qué manera la Santa Cena preserva ese recuerdo “durante generaciones”?
• ¿Qué similitudes existen entre la Pascua judía y la Santa Cena como memoriales de redención?
Al estudiar estos pasajes, el lector es invitado a reconocer que Dios salva y Dios manda recordar, y que el acto de recordar —especialmente por medio de ordenanzas sagradas— es una forma de permanecer en el camino del convenio. La Santa Cena, al igual que la Pascua, no solo mira hacia atrás; renueva la fe en la liberación que Jesucristo sigue ofreciendo hoy.
¿Qué estás haciendo para recordar las bendiciones de Dios para ti? — Éxodo 12–13 enseña que Dios no solo libera; también manda recordar. La Pascua fue instituida para que la memoria de la liberación no dependiera del estado de ánimo, de la emoción del momento ni de la cercanía del acontecimiento, sino de una práctica regular y sagrada. Aplicado a tu vida, esta pregunta te invita a identificar tus “Pascuas personales”: momentos en los que el Señor te ha sostenido, perdonado, guiado, protegido o fortalecido.
Recordar las bendiciones de Dios no es solo pensar en ellas de vez en cuando; es cultivar una memoria espiritual intencional. Algunas formas concretas (a modo de guía) incluyen: reconocer respuestas a la oración, registrar experiencias, agradecer en oración con especificidad, regresar mentalmente a promesas recibidas en tiempos difíciles, y volver a las Escrituras o mensajes que el Espíritu usó para hablarte. El punto doctrinal es este: la fe se alimenta de la memoria; cuando recuerdas lo que Dios ha hecho, aumentan tu confianza y tu disposición a seguirle hoy.
¿Cómo puedes preservar ese recuerdo “durante tus generaciones”? (Éxodo 12:14, 26–27) — En Éxodo 12:26–27, el Señor presupone algo muy realista: llegará un día en que los hijos preguntarán “¿qué es este rito?” y los padres tendrán que explicar la historia de salvación. Esto enseña que la memoria del convenio se preserva principalmente por transmisión, no por accidente. Dios quiso que la liberación se convirtiera en una identidad familiar y comunitaria.
Preservar el recuerdo “durante generaciones” implica al menos tres principios:
1. Repetición sagrada: lo que se repite con propósito permanece. La Pascua regresaba cada año; la Santa Cena regresa cada semana. Dios sabe que el corazón humano olvida con facilidad, por eso establece “recordatorios de convenio”.
2. Enseñanza intencional a los hijos: el recuerdo se consolida cuando se comparte. Al hablar de lo que Dios ha hecho, la fe se vuelve una herencia espiritual, no solo una experiencia privada.
3. Símbolos y relatos que se vuelven parte de la vida: Israel no solo contaba la historia; la vivía mediante un rito. De manera semejante, en el hogar, el recuerdo puede fortalecerse mediante prácticas reverentes: conversaciones espirituales, estudio familiar, testimonios, y relatos personales de liberación que los hijos aprendan a asociar con el poder de Dios.
Doctrinalmente, recordar “durante generaciones” significa formar una cultura de convenio donde la pregunta central no es “¿qué hemos logrado?”, sino: “¿cómo nos ha redimido el Señor?”
¿Qué similitudes ves entre la festividad de la Pascua judía y la Santa Cena?
Las similitudes son profundas porque ambas son ordenanzas/memorias de liberación centradas en un sacrificio provisto por Dios.
1. Ambas conmemoran una liberación real.
La Pascua recordaba la liberación de Egipto; la Santa Cena recuerda la liberación del pecado y la muerte por medio de Jesucristo. En ambos casos, el pueblo no se salva a sí mismo: Dios salva.
2. Ambas usan símbolos sencillos que enseñan doctrinas eternas.
En la Pascua: el cordero, la sangre, el pan sin levadura, la comida compartida.
En la Santa Cena: pan y agua (o vino), la congregación reunida, las oraciones del convenio.
Dios enseña lo infinito con lo simple: lo sagrado entra en lo cotidiano.
3. Ambas están diseñadas para ser repetidas y recordadas.
La Pascua debía guardarse “por estatuto perpetuo”; la Santa Cena es una repetición semanal. Esto enseña que la conversión requiere memoria constante, no un solo momento espiritual.
4. Ambas incluyen un elemento comunitario y familiar.
Israel celebraba en casas; los discípulos participan en congregación. La redención es personal, pero Dios la sella en un pueblo: la salvación produce comunidad.
5. Ambas señalan a Jesucristo.
La Pascua tipifica al Cordero de Dios; la Santa Cena declara abiertamente que la liberación ocurre por Su cuerpo y Su sangre, es decir, por Su sacrificio expiatorio.
¿Qué puedes hacer para “recordar siempre” a Jesucristo? (Moroni 4:3; 5:2) — Las oraciones sacramentales muestran que “recordar siempre” no es solo pensar ocasionalmente en Jesús; es una condición de vida del discípulo. En Moroni 4:3 y 5:2, “recordar” está unido a tomar sobre uno el nombre de Cristo, guardar Sus mandamientos y tener Su Espíritu. Por tanto, recordar siempre es:
1. Recordar mediante convenio (no solo emoción).
La Santa Cena no depende de sentir “algo fuerte” cada domingo, sino de renovar el compromiso con Cristo aunque el día sea difícil. La memoria espiritual madura se basa en convenios.
2. Recordar mediante preparación.
Recordar siempre se facilita cuando uno llega a la Santa Cena con el corazón preparado: reconciliado, arrepentido, humilde, dispuesto. La preparación convierte el rito en comunión.
3. Recordar mediante acciones durante la semana.
La Santa Cena te entrena para llevar a Cristo a la vida diaria: hablar como Él, perdonar como Él, elegir lo correcto cuando nadie mira, buscar al que sufre, resistir tentaciones. Recordar siempre significa: vivir con Cristo presente en las decisiones.
4. Recordar mediante gratitud específica.
La gratitud mantiene viva la memoria del Salvador. Cuando agradeces de forma concreta por Su perdón, Su paciencia, Su ayuda, tu corazón se vuelve más sensible a Él.
En resumen: recordar siempre a Jesucristo es renovar el convenio, vivir en obediencia, arrepentirse con sinceridad y buscar Su Espíritu como compañía constante.
¿Qué otras cosas desea el Señor que recuerdes? (Helamán 5:6–12; Moroni 10:3; D. y C. 3:3–5, 10; 18:10; 52:40) — Estos pasajes amplían el tema del “recuerdo” como una disciplina espiritual central:
Helamán 5:6–12: El Señor desea que recuerdes a “la Roca”, Jesucristo, como fundamento. Recordar aquí es construir la vida sobre Él para resistir tormentas espirituales.
Moroni 10:3: El Señor desea que recuerdes Su misericordia y Sus obras. Este recuerdo produce humildad, esperanza y apertura a la revelación.
Doctrina y Convenios 3:3–5, 10: El Señor desea que recuerdes que Su obra no puede ser frustrada, y que no debes temer más al hombre que a Dios. Recordar esto protege contra el desánimo y la presión del mundo.
Doctrina y Convenios 18:10: El Señor desea que recuerdes el valor de las almas. Recordar esto cambia cómo miras a los demás: con dignidad, paciencia y compasión.
Doctrina y Convenios 52:40: El Señor desea que recuerdes ser fiel y limpio. Recordar aquí es vigilar el corazón y mantener la vida alineada con el convenio.
En conjunto, estos pasajes enseñan que el Señor quiere que recuerdes: quién es Cristo, cómo actúa Dios, cuál es tu propósito, y cuánto valen las almas.
¿Qué aportan Kevin W. Pearson (“¿Aún están dispuestos?”) y el himno “Nos reunimos, Padre, hoy”? — El mensaje del élder Pearson refuerza la dimensión del “estar dispuestos” como esencia del convenio: la Santa Cena no es solo un recordatorio del pasado, sino una pregunta viva del presente: ¿Aún estás dispuesto? Dispuesto a tomar el nombre de Cristo, a cambiar, a servir, a perseverar. Ese “sí” repetido semana tras semana es lo que mantiene viva la memoria espiritual.
El himno “Nos reunimos, Padre, hoy” enseña la reverencia y la intención correcta: nos reunimos para adorar, para recordar al Salvador y para renovar lo prometido. Los himnos ayudan a recordar porque ponen doctrina en el corazón y convierten la reunión sacramental en una experiencia de pacto, no de rutina.
Éxodo 12–13 enseña que Dios salva y manda recordar. La Pascua preservó la memoria de la liberación de Israel; la Santa Cena preserva la memoria —y el poder presente— de la liberación que solo Jesucristo puede dar. Recordar no es nostalgia: es renovar el convenio, enseñar a la siguiente generación, y vivir de tal manera que el Salvador no sea solo una historia sagrada, sino la compañía real de cada día.
Conclusión final — Éxodo 12–13 enseña que la obra salvadora de Dios no termina con la liberación; continúa con el mandato de recordar. El Señor sabe que el corazón humano es frágil y propenso al olvido, por lo que instituye memoriales sagrados que anclan la identidad del pueblo del convenio en Su gracia redentora. La Pascua preservó, generación tras generación, la memoria de una noche en que la sangre del cordero marcó hogares y abrió el camino a la libertad. De manera paralela y más plena, la Santa Cena preserva hoy la memoria viva de la Expiación de Jesucristo, renovando convenios y trayendo al presente el poder de la redención.
Recordar, en la economía divina, no es nostalgia; es disciplina espiritual. Recordar es elegir gratitud en lugar de autosuficiencia, fidelidad en lugar de olvido, y esperanza en lugar de rutina. Por eso la Pascua y la Santa Cena son repetidas, sencillas y comunitarias: porque la conversión se sostiene cuando la memoria se cultiva. Al recordar “siempre” a Jesucristo, el discípulo aprende a vivir con Él en el centro de sus decisiones, a transmitir la fe como herencia espiritual y a permanecer en el camino del convenio aun cuando la esclavitud quede lejos en el pasado.
Así, estos pasajes proclaman una verdad permanente: Dios salva y Dios manda recordar. Y al obedecer ese mandato —al reunirnos, preparar el corazón, renovar convenios y enseñar a la siguiente generación— la liberación no solo se recuerda; se actualiza. La Santa Cena, como la Pascua, declara cada semana que Cristo vive, que Su sacrificio sigue vigente y que la libertad que Él ofrece no pertenece solo a la historia, sino al hoy de cada creyente.
























