Antiguo Testamento 2026 (Ven, sígueme)

13 – 19 abril:
“Estad firmes y ved la salvación de Jehová”
Éxodo 14–18


Éxodo 14–18 presenta uno de los momentos doctrinales más decisivos en la historia del pueblo del convenio: el instante en que Israel aprende que la liberación no depende de su fuerza, su estrategia ni su capacidad de huir, sino del poder salvador de Jehová. Atrapados entre el mar Rojo y el ejército de Faraón, los israelitas enfrentaron una realidad que, humanamente, no tenía salida. El pasado del cautiverio parecía alcanzarlos y el futuro prometido parecía cerrarse ante ellos. En ese punto crítico, cuando el miedo amenazaba con borrar la fe recién nacida, el Señor declaró una verdad eterna destinada a sostener a Su pueblo por generaciones: “No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros… Jehová peleará por vosotros” (Éxodo 14:13–14).

Doctrinalmente, este relato enseña que la salvación divina suele manifestarse cuando el pueblo del Señor ya no puede avanzar por sus propios medios. El mandamiento de “estar firmes” no implica pasividad, sino confianza: permanecer fieles, obedientes y espiritualmente anclados mientras Dios actúa con poder. Al abrir el mar y permitir que Israel caminara sobre tierra seca, Jehová no solo los libró físicamente de Egipto, sino que estableció un patrón espiritual: Él abre camino donde no lo hay, vence enemigos que el hombre no puede derrotar y transforma situaciones imposibles en testimonios duraderos de Su poder redentor.
Los capítulos siguientes refuerzan esta lección. En el cántico de Moisés (Éxodo 15), el pueblo aprende a reconocer que la victoria pertenece al Señor. En Mara, en el desierto de Sin y en Refidim (Éxodo 15–17), Israel descubre que el mismo Dios que vence ejércitos también provee agua, pan y dirección diaria. Incluso cuando el pueblo murmura o se siente débil, Jehová sigue sosteniéndolos, enseñándoles que la salvación no es un evento aislado, sino un proceso continuo de dependencia del convenio. En Éxodo 18, al recibir consejo sabio mediante Jetro, Moisés aprende que el Señor también salva y fortalece a Su pueblo mediante orden, liderazgo compartido y sabiduría inspirada.

Por esta razón, la liberación del mar Rojo se convirtió en el relato fundacional de fe para generaciones posteriores. Profetas y líderes lo recordaron para infundir valor, paciencia y esperanza en momentos de cautiverio y prueba. Así como el Señor “salvó Jehová aquel día” a Israel (Éxodo 14:30), este mismo poder salvador sigue vigente para todos los que, al sentirse atrapados por circunstancias abrumadoras, deciden creer, mantenerse firmes y mirar con fe para ver la salvación que Jehová hará en su vida.


Éxodo 14, Éxodo 15:1–21.
El Señor puede llevar a cabo un “gran hecho” en mi vida.


Éxodo 14 y Éxodo 15:1–21 relatan el momento en que el poder del Señor irrumpe en la historia de Su pueblo de una manera tan decisiva que transforma para siempre su identidad, su fe y su memoria espiritual. Israel no solo fue liberado de Egipto; fue testigo de un gran hecho—una obra divina imposible de atribuir a la fuerza humana. Atrapados entre el mar y el ejército de Faraón, los israelitas llegaron al límite de sus recursos. Allí, cuando ya no podían avanzar ni retroceder, Jehová actuó con majestad: abrió el mar, condujo a Su pueblo por tierra seca y derrotó definitivamente a quienes los oprimían. La salvación no fue parcial ni simbólica; fue completa, visible e innegable.
Doctrinalmente, este acontecimiento enseña que los “grandes hechos” del Señor suelen ocurrir cuando Sus hijos reconocen su total dependencia de Él. El cruce del mar Rojo no solo resolvió una crisis inmediata, sino que selló una verdad eterna: Dios tiene poder para cambiar el curso de la vida en un solo acto redentor. Aquello que parecía una amenaza final se convirtió en el escenario donde Jehová manifestó Su dominio sobre la naturaleza, los reinos y el destino de Su pueblo. El Señor no solo los rescató; los hizo avanzar hacia una nueva vida, dejando atrás un pasado que ya no podía reclamarlos.

El cántico de Moisés y de María (Éxodo 15:1–21) revela la respuesta adecuada ante un gran hecho divino: adoración, gratitud y testimonio. El pueblo canta no solo por lo que Dios hizo, sino por quién Él es—“varón de guerra”, Salvador y Redentor fiel a Su convenio. El cántico transforma la experiencia en memoria sagrada, enseñando que los grandes hechos del Señor deben ser recordados, proclamados y transmitidos. Al alabar a Dios, Israel aprende a ver su liberación como parte de un plan mayor, en el cual el mismo poder que abrió el mar los guiará hasta la tierra prometida.
Estos capítulos invitan a cada lector a reconocerse en la experiencia de Israel. Así como el Señor obró un gran hecho en el momento más desesperado de Su pueblo, Él sigue actuando hoy en la vida de quienes confían en Él. Cuando las circunstancias parecen cerrarse como el mar, y el pasado amenaza con alcanzarnos, Jehová aún tiene poder para abrir camino, transformar crisis en testimonio y convertir la liberación en un cántico nuevo. Éxodo 14–15 testifica que los grandes hechos del Señor no pertenecen solo al pasado: son promesas vivas para quienes creen, esperan y siguen avanzando con fe.


¿Cómo se habrán sentido los israelitas al ver que se acercaba el ejército de Faraón? 
Al leer Éxodo 14:1–10, es razonable imaginar que los israelitas se sintieron atrapados, aterrados y confundidos. Humanamente, no había salida: delante de ellos estaba el mar Rojo y detrás, el ejército más poderoso de la región. El miedo se mezcló con frustración y desesperanza; muchos pensaron que la liberación había sido un error y que la esclavitud era preferible a morir en el desierto. Doctrinalmente, esta reacción revela una verdad frecuente en la experiencia humana: aun después de haber visto milagros, el temor puede resurgir cuando el peligro parece inmediato. El corazón aún aprende a confiar plenamente en el Señor.

Si siento que necesito un milagro para sobrevivir a un desafío, ¿qué aprendo en Éxodo 14:13–31 que me inspire a buscar el poder de Dios?
Estos versículos enseñan que el poder de Dios se manifiesta cuando Sus hijos avanzan con fe en medio de lo imposible. El Señor no quitó de inmediato el peligro; primero pidió al pueblo que no temiera y que se mantuviera firme. Luego abrió el mar, un milagro que nadie podía anticipar ni producir. Aprendo que buscar el poder de Dios implica confiar cuando no veo la solución, obedecer aun con temor y dar pasos hacia adelante aun cuando el camino aún no es visible. El Señor pelea por Su pueblo y Su salvación llega en el momento exacto, no siempre cuando el miedo es mayor, sino cuando la fe es ejercida.

Al meditar en cómo he visto el poder del Señor en el pasado, ¿qué aprendo acerca de Él?
Al recordar experiencias pasadas con el poder del Señor, generalmente aprendemos que Él es constante, fiel y más poderoso que cualquier circunstancia. Muchas veces Su ayuda no llegó como yo esperaba, pero siempre llegó de una forma que me fortaleció espiritualmente. Aprendo que Dios no solo resuelve problemas; Él transforma a las personas que confían en Él. También aprendo que Su poder no siempre elimina las pruebas de inmediato, pero sí sostiene, guía y finalmente libera. Recordar estas experiencias fortalece la fe presente y prepara el corazón para confiar en futuros desafíos.

En Éxodo 15:1–19, ¿qué frases del cántico de alabanza resultan especialmente significativas?
Este cántico resalta varias verdades profundas, entre ellas: que el Señor es “mi fortaleza y mi cántico”, que “Jehová es varón de guerra” y que Su diestra es gloriosa en poder. Estas frases son significativas porque muestran que la alabanza surge después de la liberación, cuando el pueblo reconoce que la victoria pertenece completamente al Señor. El cántico transforma el milagro en testimonio y enseña que la gratitud consolida la fe. Al cantar, Israel no solo celebra el pasado; afirma su confianza en que el mismo Dios los guiará hacia el futuro.

¿Cómo puede un himno ayudarme a adorar cuando el Señor ha hecho algo asombroso por mí?
Los himnos ayudan a sellar espiritualmente las experiencias sagradas. Así como Israel cantó después de cruzar el mar, nosotros también podemos expresar gratitud mediante la música. Un himno como Oh Dios de Israel puede elevar el corazón, ayudar a recordar las obras del Señor y renovar la confianza en Su poder. Cantar o escuchar un himno en momentos de gratitud convierte la experiencia personal en adoración y permite que el Espíritu testifique nuevamente que el Señor sigue obrando grandes hechos en la vida de Sus hijos.

Conclusión final — Éxodo 14 y Éxodo 15:1–21 cierran con un testimonio poderoso: el Señor actúa decisivamente cuando Su pueblo llega al límite de sus propias fuerzas. El mar Rojo no fue solo un obstáculo superado; fue el umbral entre un pasado que ya no podía reclamar a Israel y un futuro abierto por la mano de Dios. Allí, donde el miedo parecía definitivo, Jehová mostró que Su salvación es real, completa y transformadora. Los “grandes hechos” del Señor no nacen de la autosuficiencia humana, sino de la fe ejercida cuando no hay salida visible.

El cántico de Moisés y de María sella esa liberación en la memoria sagrada del pueblo. Al alabar, Israel aprende que recordar es parte del discipulado: la gratitud convierte el milagro en testimonio y el testimonio fortalece la fe para el camino que sigue. Cantar no es un gesto accesorio; es una confesión pública de confianza en el Dios que salva hoy como salvó ayer. Por eso, un himno como Oh Dios de Israel puede elevar el corazón y renovar la certeza de que el mismo poder que abrió el mar sigue obrando en la vida de Sus hijos.

En última instancia, estos capítulos invitan a una decisión personal: estar firmes, avanzar con fe y recordar. Cuando las circunstancias se cierran como aguas profundas y el pasado amenaza con alcanzarnos, el Señor aún abre camino. Él transforma crisis en testimonio, temor en confianza y liberación en un cántico nuevo. Así, Éxodo 14–15 proclama una promesa viva: los grandes hechos del Señor no pertenecen solo al pasado; siguen ocurriendo en la vida de quienes creen, esperan y siguen adelante con fe.


Pensamiento reflexivo — Éxodo 14; Éxodo 15:1–21

Hay momentos en la vida en que uno se siente exactamente como Israel junto al mar Rojo: sin salida visible, con el pasado presionando desde atrás y el futuro cerrado delante. En esos instantes, el corazón tiembla y la fe parece pequeña. Sin embargo, Éxodo 14 nos recuerda una verdad consoladora: el límite de nuestras fuerzas suele ser el punto de partida del poder de Dios. Cuando ya no podemos avanzar ni retroceder, el Señor no se apresura; nos invita primero a no temer, a mantenernos firmes y a confiar.

El mar no se abrió antes de la fe, sino en respuesta a ella. Israel tuvo que creer antes de ver, caminar antes de comprender y avanzar antes de sentirse seguro. Así también, muchas veces el Señor no quita de inmediato nuestras circunstancias difíciles, pero sí nos sostiene mientras damos el paso que Él nos pide. El milagro ocurre en el camino, no solo al final.

Luego, en Éxodo 15, el canto enseña que recordar es un acto espiritual. La gratitud transforma la liberación en testimonio y el testimonio fortalece la fe para los desiertos que aún vendrán. Cantar —orar, agradecer, testificar— no cambia el pasado, pero redefine su significado y llena el presente de esperanza.

Este relato invita a una reflexión personal:
¿Qué mar tengo delante hoy?
¿Qué miedo me dice que no hay salida?

La promesa de Éxodo 14–15 es clara y viva: el Señor aún lleva a cabo grandes hechos en la vida de quienes confían en Él. Cuando el camino parece cerrado, Dios sigue siendo experto en abrir senderos donde solo hay agua profunda. Si permanecemos firmes, avanzamos con fe y aprendemos a recordar con gratitud, descubriremos que el mismo Dios que abrió el mar sigue obrando silenciosa y poderosamente en nuestra historia.


Éxodo 15:22–27, 16:1–15; 17:1–7
El Señor puede hacer que lo amargo sea dulce.


Después del cántico de victoria junto al mar Rojo, el pueblo de Israel entró rápidamente en una etapa menos gloriosa, pero profundamente formativa. Éxodo 15:22–27; 16:1–15 y 17:1–7 revelan que la liberación del cautiverio no elimina de inmediato las pruebas del desierto. Apenas tres días después de cantar alabanzas, Israel se encontró con aguas amargas en Mara, con hambre en el desierto de Sin y con sed extrema en Refidim. Estas experiencias enseñan que el camino del convenio incluye momentos en los que la vida parece perder su dulzura, aun después de haber visto milagros poderosos.
Doctrinalmente, estos pasajes testifican que el Señor no solo salva a Su pueblo de enemigos externos, sino que también obra en medio de las amarguras internas de la vida. En Mara, Jehová no cambió el entorno de inmediato; transformó el agua amarga en dulce, enseñando que Él tiene poder para cambiar la naturaleza de nuestras pruebas. El árbol arrojado a las aguas simboliza que, cuando el Señor interviene, aquello que parecía dañino puede convertirse en fuente de vida. Así, el pueblo aprende que no toda dificultad debe ser evitada; algunas están destinadas a ser transformadas.

En Éxodo 16, el Señor responde al hambre con maná del cielo, pan diario que no podía acumularse más allá de lo necesario. Esta provisión enseña que Dios no siempre quita la incertidumbre del mañana, pero sí promete sustento suficiente para el día presente. El maná hace dulce la experiencia del desierto al enseñar dependencia diaria, gratitud constante y confianza renovada. El Señor transforma la ansiedad por la escasez en una relación viva de fe continua.
En Refidim, cuando no había agua y el pueblo volvió a contender, el Señor nuevamente hizo que lo amargo fuera dulce al hacer brotar agua de la roca (Éxodo 17). Incluso ante la murmuración y la duda, Jehová respondió con misericordia, mostrando que Su poder redentor no se agota ante la debilidad humana. Doctrinalmente, este acto testifica que Cristo es la Roca espiritual de la cual fluye vida, aun en los lugares más secos del camino.
En conjunto, estos relatos enseñan que el Señor no siempre nos saca del desierto de inmediato, pero sí camina con nosotros en él. Él endulza lo amargo, sacia lo que parece vacío y transforma pruebas en instrumentos de crecimiento espiritual. Éxodo 15–17 afirma que el Dios que abrió el mar también puede sanar corazones cansados y convertir las experiencias más difíciles en fuentes de fe, si acudimos a Él con confianza y obediencia.


¿De qué manera ha hecho el Señor que las cosas amargas de tu vida sean dulces?
Las aguas de Mara representan experiencias que, al llegar a ellas, decepcionan, duelen o parecen imposibles de soportar. Doctrinalmente, Éxodo 15:23–27 enseña que el Señor no siempre evita que Sus hijos encuentren amargura, pero sí interviene para transformarla. En la vida personal, el Señor suele hacer dulce lo amargo al cambiar nuestra perspectiva más que la circunstancia: una pérdida se convierte en compasión, una decepción en humildad, una espera prolongada en confianza más profunda. Al acudir a Él, lo que inicialmente parecía solo dolor puede convertirse en una fuente de sanidad espiritual y crecimiento interior.

¿Qué valor han tenido esas experiencias “amargas” en tu vida?
Estas experiencias tienen un valor formativo esencial. Doctrinalmente, Mara fue un lugar de instrucción espiritual, donde el Señor “les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó” (Éxodo 15:25). De igual manera, las experiencias amargas en la vida personal suelen enseñar dependencia, paciencia y fe refinada. Con el tiempo, uno aprende que esas pruebas fortalecen el carácter espiritual, profundizan la relación con Dios y preparan el corazón para bendiciones futuras. Lo amargo, cuando es entregado al Señor, se convierte en un instrumento de santificación.

Al ver las murmuraciones de Israel en Éxodo 16 y 17, ¿qué aprendemos si reconocemos que a veces hacemos lo mismo?
Éxodo 16 y 17 muestran que incluso después de grandes milagros, el pueblo murmuró cuando enfrentó hambre y sed. Doctrinalmente, esto enseña que la fe necesita ser renovada constantemente. Al reconocer que nosotros también hemos murmurado, aprendemos que la queja suele surgir cuando el miedo desplaza la memoria espiritual. Israel olvidó rápidamente el mar Rojo y se concentró en la incomodidad del momento. Este patrón nos invita a examinar nuestro propio corazón y a reconocer que murmurar no cambia la circunstancia, pero sí debilita la confianza en Dios.

¿Qué aprendes de las experiencias de los israelitas que pueda ayudarte a murmurar menos y confiar más en Dios?
De estas experiencias aprendemos que el Señor siempre proveyó, aun cuando el pueblo dudó. El maná cayó diariamente; el agua brotó de la roca. Doctrinalmente, esto enseña que Dios es fiel incluso cuando Sus hijos son débiles. Recordar esta verdad ayuda a murmurar menos, porque fortalece la confianza en que el Señor conoce nuestras necesidades antes de que las expresemos. Confiar más implica aprender a esperar, a pedir con fe y a recordar las liberaciones pasadas como fundamento para la esperanza presente.

¿Qué enseñan estos versículos sobre Dios?
Éxodo 15–17 enseña que Dios es paciente, proveedor y misericordioso. Él escucha al pueblo aun cuando se queja, responde a necesidades reales y utiliza las pruebas para enseñar principios eternos. Doctrinalmente, se revela como un Dios que no abandona a Su pueblo en el desierto, sino que camina con ellos, los instruye y los sostiene día tras día. El Señor no solo provee pan y agua; provee formación espiritual, enseñando a Sus hijos a depender de Él y a reconocer Su mano en lo cotidiano.

¿Cómo ayuda 1 Nefi 2:11–12 a comprender mejor estas experiencias?
1 Nefi 2:11–12 describe a los hijos de Lehi que murmuraron porque no comprendían los tratos de Dios. Este pasaje ilumina Éxodo 15–17 al enseñar que la murmuración suele nacer de la falta de entendimiento espiritual. Doctrinalmente, ambas historias testifican que cuando las personas no confían en el propósito divino, interpretan las pruebas como abandono, en lugar de verlas como parte del plan de Dios. En contraste, quienes confían en el Señor aprenden a ver el desierto como un lugar de preparación, no de castigo.

Estos relatos testifican que el Señor puede hacer que lo amargo sea dulce cuando Sus hijos acuden a Él con fe. Las pruebas no desaparecen de inmediato, pero cambian de significado. Éxodo 15–17 y 1 Nefi 2 enseñan que el Dios que transforma aguas amargas, hace llover pan del cielo y brotar agua de la roca, sigue siendo el mismo hoy: un Dios que convierte la dificultad en crecimiento y la amargura en fe refinada.

Conclusión final — Éxodo 15–17 concluye con un testimonio profundo y consolador: el Dios que libra con poder también santifica mediante el proceso. Después del milagro espectacular del mar Rojo, el Señor permitió que Su pueblo entrara en un desierto donde la fe ya no sería sostenida por grandes prodigios visibles, sino por decisiones diarias de confianza. Las aguas amargas de Mara, el hambre del desierto y la sed de Refidim revelan que el Señor no mide Su amor por la ausencia de pruebas, sino por Su presencia constante en medio de ellas.

Doctrinalmente, estos capítulos enseñan que Dios no siempre elimina aquello que nos resulta amargo, pero sí redime su propósito. Lo que al principio parece frustración, escasez o abandono se convierte, con el tiempo, en escuela espiritual. En Mara, el Señor transforma el agua; en el desierto de Sin, enseña a depender del pan diario; en Refidim, hace brotar vida de la roca. Así, el pueblo aprende que la amargura no es señal de rechazo, sino una oportunidad para conocer más profundamente el carácter paciente, proveedor y misericordioso de Dios.
El patrón se repite en la experiencia personal de los creyentes. Al igual que Israel —y como los hijos de Lehi descritos en 1 Nefi 2—, muchas veces murmuramos porque no comprendemos los tratos del Señor en el momento presente. Sin embargo, al mirar hacia atrás, descubrimos que esas experiencias “amargas” refinaron la fe, ampliaron la compasión y fortalecieron la confianza en Dios. La memoria espiritual transforma la queja en gratitud y la incertidumbre en esperanza.

En última instancia, Éxodo 15–17 testifica que el desierto no es un castigo, sino un lugar de preparación. El Señor camina con Su pueblo, endulza lo que hiere, sacia lo que parece vacío y convierte pruebas reales en instrumentos de crecimiento eterno. El Dios que transformó aguas amargas, envió pan del cielo y dio agua de la roca sigue siendo el mismo hoy. Para quienes acuden a Él con fe, obediencia y perseverancia, lo amargo no tiene la última palabra: en las manos del Señor, puede llegar a ser dulce.


Pensamiento reflexivo — Éxodo 15:22–27; 16:1–15; 17:1–7

A veces creemos que, después de una gran bendición, el camino debería volverse fácil. Sin embargo, el relato del desierto nos enseña lo contrario: la fe no se prueba en el canto, sino en la sed; no se forma en la abundancia, sino en la espera. Israel cantó junto al mar y, pocos días después, probó aguas amargas, hambre e incertidumbre. Esa transición revela una verdad profunda: Dios no deja de amar cuando permite el desierto; al contrario, es allí donde enseña a amar de una manera más profunda.

Lo amargo no aparece para destruirnos, sino para revelarnos algo que aún no sabíamos de Dios… y de nosotros mismos. En Mara, el Señor no llevó al pueblo a otro lugar; transformó el agua del lugar donde ya estaban. En nuestra vida, muchas veces Él hace lo mismo: no cambia de inmediato la circunstancia, pero cambia el significado. El dolor se convierte en comprensión, la espera en madurez, la debilidad en una fe más real y menos superficial.

El maná enseña que no necesitamos respuestas para todo el mañana, sino gracia suficiente para hoy. Y el agua de la roca nos recuerda que, aun cuando el corazón se siente seco y cansado, Dios puede hacer brotar vida desde donde parecía imposible. La murmuración surge cuando olvidamos; la confianza nace cuando recordamos quién ha caminado con nosotros antes.

Este pasaje invita a una pregunta silenciosa y honesta:
¿Qué parte de mi vida hoy me parece amarga… y qué pasaría si se la entrego al Señor para que Él la transforme?

La promesa de Éxodo 15–17 es tierna y firme a la vez: el desierto no tiene la última palabra. Dios camina con nosotros, nos enseña paso a paso y, en Sus manos, incluso lo más amargo puede llegar a ser dulce.


Éxodo 16
El Señor me ofrece alimento espiritual a diario.


Éxodo 16 sitúa al pueblo de Israel en el corazón del desierto de Sin, lejos de Egipto y aún lejos de la tierra prometida, en un espacio donde la autosuficiencia humana se agota y la dependencia de Dios se vuelve ineludible. Allí, frente al hambre y la incertidumbre diaria, el Señor respondió no con abundancia acumulable, sino con provisión constante: maná del cielo, pan dado cada mañana, suficiente para el día presente. Este capítulo revela una verdad doctrinal profunda: el Señor no solo se interesa por sostener la vida física de Sus hijos, sino que desea enseñarles a recibir alimento espiritual de manera diaria y consciente.

Doctrinalmente, el maná representa más que sustento temporal; simboliza la revelación y la gracia que Dios ofrece día tras día a quienes confían en Él. El pueblo debía salir cada mañana a recoger lo necesario, aprendiendo que la vida espiritual no se sostiene con experiencias pasadas ni con reservas acumuladas de fe, sino con una relación viva y constante con el Señor. Cuando algunos intentaron guardar el maná más allá del tiempo indicado, este se corrompió, enseñando que la dependencia espiritual no puede aplazarse ni almacenarse para otro momento. El Señor invita a Sus hijos a venir a Él cada día, a escuchar Su voz de manera continua y a confiar en Su provisión constante.

Además, Éxodo 16 introduce el principio del día de reposo como parte del alimento espiritual. En el sexto día, el Señor proveyó lo necesario para dos días, enseñando que el reposo santo también nutre el alma. El maná no caía en sábado, no porque el Señor dejara de proveer, sino porque había preparado a Su pueblo con anticipación. Así, el Señor revela que el alimento espiritual incluye tanto la instrucción diaria como el tiempo sagrado para recordar, adorar y renovar el convenio.
En conjunto, Éxodo 16 testifica que Dios desea formar un pueblo que confíe en Él momento a momento. El maná enseña que el Señor ofrece guía, fortaleza y revelación suficientes para hoy, aun cuando el mañana siga siendo incierto. Este capítulo invita a reconocer que así como Israel dependía del pan del cielo cada mañana, nosotros también somos invitados a acudir diariamente al Señor para recibir el alimento espiritual que sostiene, fortalece y prepara el corazón para continuar el viaje del convenio.

¿Qué enseñan las instrucciones del Señor en Éxodo 16:16, 19, 22–26 sobre mi nutrición espiritual?
En estos versículos, el Señor manda recoger solo lo necesario para cada día, no guardar para el día siguiente (excepto antes del día de reposo) y confiar en que Él proveerá nuevamente mañana. Doctrinalmente, esto enseña que la nutrición espiritual requiere constancia diaria. La fe no se sostiene únicamente con experiencias pasadas; necesita renovación continua. También se enseña que el alimento espiritual no debe acumularse con ansiedad ni postergarse por pereza. El día de reposo revela que parte de esa nutrición incluye tiempo sagrado, preparación anticipada y confianza en la provisión divina. En conjunto, el Señor enseña equilibrio entre diligencia diaria y reposo santo.

¿Qué me da el Señor que es como el maná diario que dio a los israelitas?
El Señor da Su palabra, Su Espíritu y Su guía personal como maná diario. Estas bendiciones llegan de forma constante, suficiente y adaptada a las necesidades del momento. Doctrinalmente, así como el maná descendía cada mañana, el Señor ofrece impresiones espirituales, consuelo, corrección y fortaleza día tras día, no siempre en grandes manifestaciones, sino en pequeñas porciones continuas que sostienen el alma. Este alimento espiritual es un don de gracia, no algo que se gana, pero sí algo que se recibe con humildad.

¿Qué puedo hacer que sea similar a recoger maná?
Recoger maná espiritualmente implica actuar. Doctrinalmente, así como Israel debía salir de su tienda cada mañana, nosotros debemos acercarnos activamente al Señor. Acciones como orar, estudiar las Escrituras, escuchar al Espíritu, servir y guardar convenios son equivalentes espirituales a recoger maná. No basta con saber que el maná existe; es necesario salir y recogerlo. Además, el maná debía recogerse temprano, lo que enseña prioridad y diligencia: buscar primero al Señor antes de que el día nos consuma.

¿Qué otras lecciones enseña el milagro del maná sobre la vida espiritual diaria?
El maná no podía guardarse indefinidamente sin corromperse, lo que enseña que la espiritualidad no se delega ni se pospone. La fe prestada, el testimonio ajeno o el recuerdo antiguo no sustituyen la experiencia personal diaria con Dios. Doctrinalmente, el milagro también enseña igualdad: todos recibían lo suficiente, recordando que el Señor da según la necesidad, no según la comparación. El maná forma un pueblo dependiente de Dios, no autosuficiente espiritualmente.

¿Por qué ciertas cosas deben hacerse a diario para que sean eficaces?
Así como comer, dormir o respirar deben hacerse diariamente para sostener la vida física, la vida espiritual requiere prácticas constantes. Doctrinalmente, la influencia del Espíritu se mantiene mediante hábitos diarios, no esfuerzos esporádicos. La omisión prolongada debilita, mientras que la constancia fortalece. El Señor diseñó el crecimiento espiritual como un proceso diario para formar carácter, disciplina y una relación viva con Él, no solo para resolver crisis ocasionales.

¿Qué me siento inspirado a hacer para procurar experiencias espirituales a diario?
Este estudio invita a establecer hábitos espirituales sencillos pero constantes: orar con intención, estudiar una porción breve de las Escrituras, pausar para escuchar al Espíritu y apartar tiempo sagrado para el Señor. Doctrinalmente, el maná enseña que no necesito experiencias extraordinarias todos los días; necesito alimento suficiente hoy. Al procurar al Señor diariamente, preparo mi corazón para reconocer Su mano, recibir Su guía y avanzar con fe en el camino del convenio.

Éxodo 16 testifica que el Señor no solo alimenta cuerpos, sino almas. El maná enseña que Dios ofrece sustento espiritual diario, suficiente y confiable. Cuando aprendemos a acudir a Él cada día, descubrimos que Su gracia es constante y que el alimento espiritual recibido hoy nos fortalece para caminar fielmente mañana.

Conclusión final — Éxodo 16 concluye con una enseñanza doctrinal profunda y transformadora: el Señor forma a Su pueblo mediante una relación diaria de dependencia, no mediante una autosuficiencia espiritual acumulada. El maná no fue diseñado para asegurar el mañana, sino para santificar el hoy. Cada amanecer en el desierto invitaba a Israel a confiar nuevamente, a salir de su tienda y a reconocer que la vida —física y espiritual— se sostiene por la gracia constante de Dios.

Doctrinalmente, este capítulo revela que el Señor no busca discípulos que vivan de recuerdos espirituales pasados, sino hijos e hijas que acudan a Él cada día. El maná enseña que la revelación, la fortaleza y la guía llegan en porciones suficientes para el momento presente. Cuando el pueblo intentó guardar más de lo debido, el alimento se corrompió, mostrando que la fe no puede almacenarse sin relación viva con Dios. En contraste, quienes confiaron y obedecieron descubrieron que el Señor nunca dejó de proveer.
El día de reposo completa esta lección al mostrar que el alimento espiritual incluye tanto la diligencia diaria como el reposo sagrado. Dios prepara a Su pueblo no solo para trabajar, sino para recordar, adorar y renovar el convenio. Así, el Señor enseña que la vida espiritual saludable se construye con ritmo, constancia y confianza, no con ansiedad ni con esfuerzo esporádico.

En última instancia, Éxodo 16 testifica que el Señor no solo alimenta cuerpos en el desierto, sino que nutre almas en el camino del convenio. El Dios que hizo llover pan del cielo sigue ofreciendo hoy Su palabra, Su Espíritu y Su guía personal como maná diario. Cuando aprendemos a acudir a Él cada día —con humildad, disciplina y fe— descubrimos que Su gracia es suficiente, Su provisión es segura y que el alimento espiritual recibido hoy nos prepara para caminar fielmente mañana.


Pensamiento reflexivo — Éxodo 16

Éxodo 16 enseña que Dios educa el alma día por día. En el desierto, Israel aprendió que la vida no se sostiene con reservas del pasado ni con garantías del mañana, sino con una confianza renovada cada amanecer. El maná caía suficiente para hoy: ni más para asegurar el futuro, ni menos para generar temor. Así, el Señor formó un pueblo que aprendiera a mirar al cielo cada mañana y a reconocer que la gracia también tiene ritmo diario.

Este principio educa el corazón. Nos recuerda que la fe no es una experiencia acumulada, sino una relación viva. Guardar maná producía corrupción; de la misma manera, intentar vivir hoy de la fe de ayer nos deja espiritualmente vacíos. El Señor invita a salir de la tienda —a orar, escuchar, leer, servir— no por costumbre, sino por necesidad. La nutrición espiritual, como la física, requiere constancia sencilla y humilde.

El día de reposo completa la lección: confiar no es solo trabajar cada día, sino aprender a descansar en Dios. Prepararse para el sábado enseñó a Israel que el reposo también alimenta, que recordar y adorar renuevan fuerzas, y que Dios ya ha provisto lo necesario antes de que lo pidamos. La vida espiritual saludable se construye con diligencia y descanso, con acción y gratitud.

Este capítulo deja una pregunta formativa: ¿Qué maná me está ofreciendo el Señor hoy?
No siempre será extraordinario; a menudo será silencioso y suficiente. Pero si acudimos a Él cada día, descubriremos que la gracia de hoy alcanza para caminar hoy. Y, paso a paso, ese alimento diario nos prepara para seguir fieles mañana.


Éxodo 17:1–7
Jesucristo es mi roca espiritual y el agua viva.


Éxodo 17:1–7 sitúa a Israel en Refidim, un lugar sin agua, donde la necesidad física extrema pone a prueba la fe recién afirmada del pueblo. A pesar de haber visto milagros recientes, el desierto vuelve a confrontarlos con una realidad dura: la sed. En medio de la contienda y la duda —“¿Está Jehová entre nosotros, o no?”— el Señor manda a Moisés golpear la roca, y de ella brota agua abundante. Este acto sencillo y poderoso revela una doctrina central: cuando los recursos humanos se agotan, Dios provee vida desde una fuente inesperada.

Doctrinalmente, la roca es un símbolo profundo de Jesucristo. Así como la roca fue herida para dar agua al pueblo, Cristo fue herido para dar vida al mundo. El agua que brota no solo apaga la sed momentánea; sostiene el viaje. De igual manera, Jesucristo no solo alivia una necesidad inmediata, sino que se convierte en agua viva, fuente continua de renovación espiritual para quienes acuden a Él con fe. En Refidim, el Señor no reprocha primero la debilidad del pueblo; responde con misericordia, enseñando que Su poder salvador fluye incluso cuando la fe es imperfecta.

El nombre del lugar —Masá y Meriba— preserva la memoria de la prueba, recordando que dudar de la presencia de Dios es una tentación recurrente en el desierto de la vida. Sin embargo, el milagro enseña que Cristo permanece como roca firme cuando todo lo demás falla. Golpear la roca no fue un gesto de violencia, sino de obediencia; y la obediencia abrió una fuente de vida. Así, Éxodo 17:1–7 invita a confiar en que, aun en los momentos más secos del alma, Jesucristo sigue siendo la roca espiritual de la cual fluye el agua viva que fortalece, sana y permite seguir adelante en el camino del convenio.


¿En qué sentido es Jesucristo como una roca para mí?
Jesucristo es como una roca porque es firme, constante e inamovible en un mundo cambiante. Doctrinalmente, la roca representa un fundamento seguro sobre el cual edificar la vida. En los momentos de incertidumbre, tentación o prueba, Cristo no se desplaza ni se debilita; permanece igual. Así como la roca en Refidim no fue creada en el momento de la crisis, sino que ya estaba allí esperando ser usada por Dios, Jesucristo ya está presente antes de que lleguen nuestras pruebas. Apoyarse en Él significa confiar en Su carácter, en Sus promesas y en Su poder para sostener cuando todo lo demás parece inestable.

¿Cómo enseñan Salmo 62:6–7 y Helamán 5:12 que Cristo es una roca espiritual?
Estos pasajes enseñan que Cristo es refugio, fortaleza y fundamento. No es solo una roca que resiste, sino una sobre la cual se puede edificar con seguridad. Doctrinalmente, esto implica que la vida basada en Cristo no está libre de tormentas, pero sí está protegida contra la destrucción espiritual. Cuando la fe, las decisiones y los convenios descansan sobre Él, los “vientos” de la vida no tienen poder para derribar el alma. Cristo como roca espiritual brinda estabilidad interior, paz y seguridad eterna.

¿En qué sentido es Jesucristo como el agua?
Jesucristo es como el agua porque da vida, renueva y sacia. En Éxodo 17, el agua brota de la roca en un lugar seco y sin esperanza; de manera similar, Cristo trae vida espiritual a corazones cansados y sedientos. Doctrinalmente, el agua simboliza purificación, sanidad y continuidad de vida. Así como el cuerpo no puede sobrevivir sin agua, el espíritu no puede sostenerse sin Cristo. Él no solo calma una sed momentánea, sino que nutre constantemente el alma.

¿Qué enseñan Juan 4:10–14 sobre Cristo como “agua viva”?
En Juan 4, el Salvador enseña que el agua que Él da se convierte en una fuente que brota para vida eterna. Doctrinalmente, esto revela que Cristo no solo satisface necesidades espirituales inmediatas, sino que transforma interiormente a quienes acuden a Él. El agua viva no depende de circunstancias externas; fluye desde dentro por medio del Espíritu. A diferencia de las soluciones temporales del mundo, Cristo ofrece renovación permanente, esperanza duradera y comunión constante con Dios.

¿Cómo aclaran 1 Corintios 10:1–4 y 1 Nefi 11:25 el simbolismo del agua que brota de la roca?
Estos pasajes enseñan explícitamente que la roca espiritual que seguía a Israel era Cristo y que el agua simboliza Su amor y poder redentor. Doctrinalmente, esto confirma que el milagro en Refidim no fue solo físico, sino profético. El agua que brota representa la vida que fluye de Cristo hacia todos los que creen en Él. En 1 Nefi 11:25, el agua viva se asocia con el amor de Dios, enseñando que Cristo no solo sostiene la vida espiritual, sino que la llena de significado, propósito y redención.

Éxodo 17:1–7 testifica que Jesucristo es la roca espiritual que no falla y el agua viva que da vida eterna. Cuando todo parece seco, incierto o inestable, Él permanece firme y disponible. Al acudir a Cristo con fe, descubrimos que Su poder sostiene, Su amor renueva y Su gracia fluye abundantemente, permitiéndonos continuar el viaje del convenio con esperanza y fortaleza.

Conclusión final — Éxodo 17:1–7 culmina con un testimonio claro y consolador: cuando el alma llega a su sequedad extrema, Dios no se ausenta; provee vida desde la Roca. En Refidim, el pueblo dudó, contendió y preguntó si el Señor estaba entre ellos; aun así, el Señor respondió con misericordia. La obediencia abrió una fuente donde no la había, y el agua que brotó sostuvo el camino. Doctrinalmente, este milagro proclama que la salvación y la vida no nacen de los recursos humanos, sino de la provisión divina que fluye cuando confiamos.

La Roca herida apunta a Jesucristo: firme fundamento que no falla y fuente viva que no se agota. Cristo no solo resiste las tormentas; sostiene la edificación. No solo calma una sed momentánea; renueva continuamente. Así como el agua del desierto permitió seguir adelante, el agua viva del Salvador purifica, sana y fortalece para perseverar en el convenio. La duda puede nombrar lugares como Masá y Meriba; la fe, en cambio, descubre manantiales en la obediencia.

En última instancia, Éxodo 17 testifica que la presencia del Señor se manifiesta precisamente donde la necesidad es mayor. Cuando todo parece seco, incierto o inestable, Cristo permanece disponible: roca segura para edificar y agua viva para vivir. Al acudir a Él con fe, Su poder sostiene, Su amor renueva y Su gracia fluye abundantemente, permitiéndonos continuar el viaje del convenio con esperanza firme y fortaleza duradera.


Pensamiento reflexivo — Éxodo 17:1–7

Hay momentos en la vida en que el alma se siente como Refidim: un lugar sin agua, sin respuestas y sin fuerzas. No siempre llegamos allí por rebeldía; a veces llegamos después de haber visto milagros, obedecido y avanzado con fe. Aun así, la sed aparece. Éxodo 17 nos enseña que la sequedad no significa ausencia de Dios, sino una oportunidad para descubrirlo de una manera más profunda.

El pueblo preguntó: “¿Está Jehová entre nosotros, o no?”. Esa pregunta nace del cansancio y del miedo, no de la maldad. Y la respuesta de Dios no fue un reproche, sino un don: agua de la roca. El Señor no esperó una fe perfecta; respondió a una necesidad real. Así aprendemos que Dios no se aleja cuando dudamos, sino que permanece cerca cuando más lo necesitamos.

La roca en el desierto nos invita a mirar a Jesucristo de una manera personal. Cristo es roca cuando todo lo demás se mueve; es agua viva cuando el corazón está seco. A veces esperamos que Dios quite el desierto, pero Él decide hacer brotar vida dentro de él. No siempre cambia el lugar, pero siempre puede cambiar lo que fluye en nosotros.

Este pasaje deja una pregunta para el alma:
¿Dónde estoy buscando alivio cuando tengo sed espiritual?

La promesa de Éxodo 17 es tierna y firme: cuando acudimos a Cristo, aun con fe imperfecta, la roca sigue dando agua. Él no se agota, no se mueve y no deja de fluir. En los momentos más secos del camino, Jesucristo sigue siendo suficiente para sostenernos y permitirnos seguir adelante con esperanza.


Éxodo 17:8–16; 18:13–26
Los discípulos se ayudan unos a otros a “alivia[r] […] la carga” de realizar la obra del Señor.


Éxodo 17:8–16 y 18:13–26 revelan una doctrina esencial del discipulado: la obra del Señor nunca fue diseñada para llevarse a cabo en soledad. Después de experimentar milagros poderosos, Israel enfrenta ahora dos desafíos distintos pero relacionados: una batalla externa contra Amalec y una carga interna de liderazgo que amenaza con desgastar a Moisés. En ambos casos, el Señor enseña que Su obra avanza cuando Sus siervos se sostienen, se organizan y se ayudan mutuamente.

En la batalla contra Amalec, Israel no vence solo por la fuerza militar, sino por la interdependencia espiritual. Mientras Josué lucha en el valle, Moisés levanta la vara de Dios en lo alto del collado. Cuando sus fuerzas flaquean, Aarón y Hur sostienen sus manos, permitiendo que la victoria continúe. Doctrinalmente, este relato enseña que incluso los líderes llamados por Dios necesitan apoyo. La victoria del pueblo dependió de un acto sencillo pero profundo de servicio silencioso: sostener las manos cansadas de otro. Así, el Señor revela que la fortaleza espiritual colectiva supera la debilidad individual.

En Éxodo 18, la carga se manifiesta de otra forma. Moisés, fiel y diligente, intenta juzgar solo a todo el pueblo, hasta que Jetro le enseña una verdad inspirada: la obra del Señor debe compartirse. Al delegar responsabilidades y establecer líderes capaces, Moisés no abandona su llamado; lo fortalece. Doctrinalmente, este consejo revela que organizar, delegar y confiar en otros es parte de la sabiduría divina. El Señor no mide la fidelidad por el agotamiento, sino por la edificación del pueblo y la sostenibilidad de Su obra.
En conjunto, estos pasajes enseñan que el discipulado verdadero implica tanto recibir ayuda como ofrecerla. El Señor permite cargas pesadas no para quebrar a Sus siervos, sino para enseñarles a caminar juntos. Éxodo 17–18 testifica que cuando los discípulos se apoyan unos a otros—ya sea sosteniendo manos cansadas o compartiendo responsabilidades—la obra del Señor avanza con poder, orden y gozo, y las cargas se vuelven más ligeras porque se llevan en comunidad.

Cuando me identifico con Moisés y “me pesan las manos”, ¿qué me enseña el Señor acerca de Su obra?
Éxodo 17:12 muestra que aun un profeta llamado por Dios puede cansarse. Doctrinalmente, esto enseña que el agotamiento no es señal de infidelidad, sino una condición humana en la obra divina. El Señor no espera que Sus siervos sostengan la carga solos; permite el cansancio para enseñar dependencia mutua. Cuando “pesan las manos”, el Señor invita a reconocer límites, a aceptar ayuda y a confiar en que Su obra avanza mediante la comunidad, no por heroísmo individual.

Cuando soy como Aarón y Hur, ¿qué aprendo sobre el servicio cristiano?
Aarón y Hur no pelearon en el valle ni hablaron al pueblo; sostuvieron manos cansadas. Doctrinalmente, este acto enseña que el servicio silencioso y constante es esencial para la victoria espiritual. El Señor valora profundamente a quienes fortalecen a otros sin protagonismo. Ser discípulo incluye sostener a líderes, familiares y compañeros cuando flaquean, sabiendo que ese apoyo permite que la obra continúe con poder.

¿Qué enseña Jetro sobre aliviar la carga en la obra del Señor?
En Éxodo 18:13–26, Jetro enseña que delegar es un principio divino, no una concesión por debilidad. Doctrinalmente, compartir responsabilidades preserva la salud espiritual del líder y edifica al pueblo. El Señor obra mediante orden, consejo y confianza en otros. Al organizar y capacitar, Moisés no pierde autoridad; multiplica la capacidad del pueblo para servir y crecer.

¿Qué aprendo al ponerme en el lugar de cada persona sobre cómo se realiza la obra del Señor?
Al considerar a Moisés, Aarón, Hur y Jetro, aprendo que la obra del Señor requiere roles diversos y cooperación fiel. A veces lidero, otras veces sostengo, y en ocasiones aconsejo. Doctrinalmente, la obra avanza cuando cada discípulo acepta su papel con humildad. El Señor no busca uniformidad, sino unidad; no perfección individual, sino interdependencia.

¿Cómo ayudan Mosíah 4:27 y 18:8–9 a comprender este principio?
Mosíah 4:27 enseña que “no se requiere que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten”, confirmando que el Señor aprueba el equilibrio y condena el agotamiento innecesario. Mosíah 18:8–9 define el convenio de “llevar las cargas los unos de los otros”, estableciendo que aliviar cargas es una obligación del discipulado, no una opción. Doctrinalmente, estos pasajes confirman que ayudar y ser ayudado es parte del convenio con Cristo.

¿Qué me invita el Señor a hacer hoy para aliviar cargas en Su obra?
Este estudio invita a discernir cuándo pedir ayuda y cuándo ofrecerla. Doctrinalmente, el Señor me llama a servir con sabiduría: sostener manos cansadas, compartir responsabilidades y aceptar consejo inspirado. Al hacerlo, participo en una obra que no aplasta, sino que edifica, y descubro que las cargas se vuelven más ligeras cuando se llevan juntos.

Éxodo 17–18 testifica que el Señor realiza Su obra mediante discípulos que se apoyan mutuamente. Cuando aprendemos a aliviar cargas—sosteniendo, delegando y sirviendo—la obra del Señor progresa con poder, orden y gozo, y nosotros crecemos como verdaderos discípulos de Cristo.

Conclusión final — Éxodo 17–18 cierra con una verdad doctrinal que define el discipulado cristiano: la obra del Señor progresa por medio de un pueblo unido, no por el esfuerzo aislado de individuos fieles. En el campo de batalla contra Amalec y en la administración cotidiana del liderazgo, el Señor revela el mismo principio eterno: cuando Sus siervos se sostienen mutuamente, Su poder se manifiesta con mayor plenitud y Sus propósitos avanzan con orden y gozo.
La escena de Moisés con los brazos cansados proclama que aun los llamados por Dios necesitan ser sostenidos. La victoria no dependió solo del valor en el valle, sino de manos levantadas y manos sostenidas en lo alto. Ese servicio silencioso —el de Aarón y Hur— fue tan decisivo como la lucha misma. Así, el Señor enseña que sostener a otros es participar directamente en Su obra, aunque ese servicio no sea visible ni reconocido.

El consejo de Jetro completa la lección: compartir la carga no debilita el llamado; lo fortalece. Delegar, organizar y confiar en otros es sabiduría divina que protege a los líderes y edifica al pueblo. El Señor no glorifica el agotamiento ni la sobrecarga; glorifica la edificación sostenida de Su obra a través de muchos discípulos fieles que sirven juntos.
En conjunto, estos relatos invitan a una conversión del corazón: aprender cuándo pedir ayuda y cuándo ofrecerla, cuándo levantar manos cansadas y cuándo aceptar consejo inspirado. La obra del Señor no está diseñada para aplastar, sino para formar; no para aislar, sino para unir. Cuando los discípulos llevan las cargas unos de otros, la carga se vuelve ligera, la obra se vuelve gozosa y el pueblo del Señor avanza con poder.
Así, Éxodo 17–18 testifica que el Señor realiza Su obra mediante una comunidad de discípulos que se aman, se sostienen y sirven juntos. En esa interdependencia santa, las manos se levantan, las cargas se alivian y el Reino de Dios sigue adelante.


Pensamiento reflexivo — Éxodo 17:8–16; 18:13–26

Hay momentos en que servir al Señor se siente como sostener los brazos en alto demasiado tiempo: el deseo de hacer lo correcto sigue firme, pero las fuerzas comienzan a fallar. Éxodo 17 nos recuerda que el cansancio no es una señal de debilidad espiritual, sino una invitación divina a dejarse sostener. Moisés no perdió su llamamiento cuando sus manos se cansaron; al contrario, la obra del Señor avanzó cuando otros se acercaron y compartieron la carga.

Aarón y Hur no pronunciaron discursos ni ganaron batallas visibles. Simplemente permanecieron allí, sosteniendo lo que otro ya no podía sostener solo. Ese gesto silencioso nos enseña que muchas de las victorias espirituales más importantes ocurren gracias a servicios que casi nadie ve. A veces el acto más santo no es hacer más, sino estar presente, permanecer fiel y levantar las manos de alguien más.

El consejo de Jetro en Éxodo 18 amplía esta verdad al ámbito cotidiano. El Señor no espera que Sus siervos se desgasten hasta el límite para demostrar fidelidad. Delegar, organizar y confiar en otros no es falta de compromiso; es sabiduría inspirada. Dios no glorifica el agotamiento, glorifica una obra que se sostiene en el tiempo y que edifica a todos los que participan en ella.

Este relato nos invita a una reflexión honesta:
¿En qué áreas estoy intentando servir solo, cuando el Señor ha puesto a otros para ayudarme?
Y también:
¿A quién puedo sostener hoy con un acto sencillo, constante y silencioso?

La promesa de Éxodo 17–18 es clara y llena de consuelo: cuando los discípulos se ayudan unos a otros, las cargas se vuelven más ligeras y la obra del Señor se vuelve más gozosa. En la comunidad del convenio, nadie está llamado a sostenerlo todo; todos estamos llamados a sostenernos mutuamente.

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