27 abril – 3 mayo:
“Santidad a Jehová”
Éxodo 35–40; Levítico 1; 4; 16; 19
Los capítulos finales de Éxodo 35–40 y las secciones seleccionadas de Levítico 1; 4; 16; 19 revelan que la liberación de Israel de Egipto no fue el destino final del plan divino, sino el comienzo de un proceso más profundo: la santificación del pueblo del convenio. Salir del cautiverio físico fue un acto poderoso de redención, pero no bastaba con dejar atrás Egipto; era necesario que Egipto saliera del corazón de Israel. Por ello, el Señor declaró con claridad Su propósito eterno: “Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová vuestro Dios” (Levítico 19:2). La santidad —no solo la prosperidad, la seguridad o la tierra prometida— era el verdadero objetivo del éxodo.
Para lograr esa transformación después de generaciones de esclavitud, Dios estableció un camino pedagógico y redentor. Mandó edificar el tabernáculo, un espacio sagrado en medio del desierto, para enseñar que Él deseaba morar entre Su pueblo y convertir su campamento en un lugar de santidad. A través de convenios, leyes y ordenanzas, el Señor buscó reordenar la vida cotidiana de Israel, moldear sus acciones externas y, con el tiempo, cambiar su corazón. Los sacrificios de Levítico —el holocausto, la ofrenda por el pecado y, de manera culminante, el Día de la Expiación— no eran fines en sí mismos, sino símbolos vivos que enseñaban que la santidad solo es posible mediante una expiación vicaria y purificadora.
Así, el tabernáculo, la ley y los sacrificios apuntaban todos en una misma dirección: hacia el Salvador. Cada altar, cada velo y cada derramamiento de sangre enseñaban que el pecado separa, que Dios es santo y que solo mediante la expiación se puede volver a Su presencia. Este mensaje no pertenece solo a Israel antiguo. Todos hemos experimentado, en mayor o menor medida, la cautividad del pecado, y a todos se nos invita a emprender el mismo camino espiritual: dejar atrás la esclavitud interior y acercarnos a Jesucristo, quien no solo libera, sino que santifica. Por ello, la promesa sigue vigente: “Puedo haceros santos” (Doctrina y Convenios 60:7). La santidad a Jehová es, ayer y hoy, el propósito supremo de la redención.
Éxodo 35–40; Levítico 19
El Señor quiere que llegue a ser santo.
Los capítulos Éxodo 35–40 y Levítico 19 revelan que la intención suprema del Señor al redimir a Israel no era solo cambiar su ubicación geográfica, sino transformar su condición espiritual. Haber salido de Egipto significó liberación del cautiverio físico, pero el propósito divino iba mucho más allá: Dios deseaba formar un pueblo santo, un pueblo que aprendiera a vivir en Su presencia y a reflejar Su carácter. Por ello, el Señor declaró: “Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová vuestro Dios” (Levítico 19:2). Esta declaración no es solo un mandamiento, sino una invitación a llegar a ser algo nuevo mediante una relación de convenio con Él.
En Éxodo 35–40, el mandamiento de edificar el tabernáculo enseña que la santidad comienza cuando Dios mora en medio de Su pueblo. Cada detalle —los materiales consagrados, el trabajo voluntario del pueblo, la disposición ordenada del espacio sagrado y la gloria del Señor llenando el tabernáculo— muestra que el Señor desea acercarse a Sus hijos y elevarlos espiritualmente. El tabernáculo se convierte en un modelo visible de la vida santa: un lugar donde lo común se consagra, donde el orden divino reemplaza el caos del desierto y donde la presencia de Dios santifica todo lo que toca.
Levítico 19 traslada esa santidad del santuario a la vida diaria. El Señor enseña que ser santo no consiste únicamente en rituales sagrados, sino en una forma de vivir: honrar a los padres, guardar los mandamientos, actuar con justicia, mostrar misericordia al prójimo y amar al prójimo como a uno mismo. Así, Dios revela que la santidad no es inalcanzable ni reservada a unos pocos, sino un proceso continuo en el que cada aspecto de la vida —personal, familiar y social— puede alinearse con Su voluntad.
En conjunto, estos pasajes enseñan que el Señor no solo libera, instruye y protege, sino que transforma. Él quiere que Su pueblo llegue a ser santo porque Él mismo es santo, y porque vivir en Su presencia requiere un corazón purificado y una vida consagrada. El mensaje para Israel es también el mensaje para nosotros: Dios nos invita a permitir que Su presencia, Sus convenios y Su palabra nos cambien gradualmente, hasta que nuestra vida refleje cada vez más Su santidad.
Los capítulos Éxodo 35–40 describen más que un proyecto arquitectónico; relatan un proceso de transformación espiritual. El Señor mandó a Israel construir un tabernáculo para enseñarles, de forma visual y práctica, cómo un pueblo redimido llega a ser un pueblo santo. Cada objeto colocado en el tabernáculo cumplía una función ritual, pero también comunicaba verdades doctrinales profundas que dirigían la mente y el corazón hacia el Salvador y Su obra redentora. La santidad no era automática por estar cerca de cosas sagradas; se aprendía al comprender lo que esas cosas representaban y al vivir conforme a los convenios asociados con ellas.
El arca del convenio (Éxodo 37:1–9; 40:20–21; véase también Éxodo 25:20–22)
¿Qué objeto encontraste?
El arca del convenio, ubicada en el Lugar Santísimo, cubierta por el propiciatorio y custodiada por querubines.
¿Qué podría representar ese objeto?
Doctrinalmente, el arca representaba el trono terrenal de Dios y Su presencia entre el pueblo del convenio. En su interior se guardaban las tablas de la ley, lo que enseña que la ley divina está inseparablemente unida a la presencia de Dios. El propiciatorio, rociado con sangre en el Día de la Expiación, simbolizaba la misericordia que cubre la ley mediante la expiación.
¿Qué sugiere en cuanto a aumentar en santidad y al Salvador?
El arca dirige los pensamientos hacia Jesucristo como Aquel que cumple la ley perfectamente y hace posible que la justicia y la misericordia se encuentren. Aumentar en santidad implica permitir que la ley de Dios esté “dentro” de nosotros y que la Expiación de Cristo cubra nuestras imperfecciones, haciéndonos aptos para morar en la presencia de Dios.
El altar del incienso (Éxodo 40:26–27; véanse también Éxodo 30:1, 6–8; Apocalipsis 8:3–4)
¿Qué objeto encontraste?
El altar del incienso, situado frente al velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo.
¿Qué podría representar ese objeto?
El incienso que ascendía continuamente simbolizaba las oraciones del pueblo que suben hasta Dios. El hecho de que ardiera cada día enseña la necesidad de una comunión constante con el Señor.
¿Qué sugiere en cuanto a aumentar en santidad y al Salvador?
Este altar dirige la mente a Jesucristo como el gran Mediador que presenta nuestras oraciones ante el Padre. Aumentar en santidad requiere una vida de oración sincera y constante, mediante la cual nuestro corazón se va alineando con la voluntad de Cristo.
El candelabro (Éxodo 37:17–24; véanse Mateo 5:14–16; Juan 8:12)
¿Qué objeto encontraste?
El candelabro de oro (la menorá), cuya luz iluminaba el Lugar Santo.
¿Qué podría representar ese objeto?
El candelabro representaba la luz divina que disipa las tinieblas. Doctrinalmente apunta a la revelación, a la verdad y a la guía espiritual que provienen de Dios.
¿Qué sugiere en cuanto a aumentar en santidad y al Salvador?
El candelabro dirige los pensamientos a Jesucristo como “la luz del mundo”. Llegar a ser santos implica caminar en Su luz y reflejarla en nuestra vida diaria, permitiendo que Su verdad ilumine nuestras decisiones y acciones.
El altar del holocausto (Éxodo 38:1–7; véanse también Éxodo 27:1; 29:10–14)
¿Qué objeto encontraste?
El altar del holocausto, ubicado en el atrio, donde se ofrecían sacrificios de animales.
¿Qué podría representar ese objeto?
Este altar representaba la necesidad de expiación por el pecado. La sangre derramada enseñaba que el perdón requiere un sacrificio sustitutivo.
¿Qué sugiere en cuanto a aumentar en santidad y al Salvador?
El altar apunta directamente a Jesucristo como el Cordero de Dios que ofrece el sacrificio perfecto y final. Aumentar en santidad requiere aceptar Su sacrificio y ofrecer, a nuestra vez, un “corazón quebrantado y un espíritu contrito”.
La fuente (lavatorio) de agua (Éxodo 30:17–21; véanse 2 Crónicas 4:6; Isaías 1:16; Jeremías 33:8)
¿Qué objeto encontraste?
La fuente de agua donde los sacerdotes se lavaban antes de ministrar.
¿Qué podría representar ese objeto?
La fuente simbolizaba la purificación y la limpieza necesarias para servir en la presencia del Señor.
¿Qué sugiere en cuanto a aumentar en santidad y al Salvador?
Este objeto dirige los pensamientos a la purificación que Cristo ofrece mediante Su Expiación. Aumentar en santidad implica arrepentimiento continuo y disposición a ser limpiados para poder servir a Dios dignamente.
Levítico 19 y la santidad en la vida diaria
¿Qué encuentras en dichos mandamientos que pueda ayudarte a procurar la santidad del Señor?
Levítico 19 enseña que la santidad no se limita al tabernáculo, sino que se vive en lo cotidiano: honrar a los padres, actuar con justicia, cuidar del pobre, rechazar la idolatría y amar al prójimo como a uno mismo. Estos mandamientos revelan que la santidad es una forma de vida que refleja el carácter de Dios.
¿Qué te sientes inspirado a hacer para vivir más cabalmente esos principios?
Doctrinalmente, estos mandamientos invitan a integrar la adoración a Dios con la conducta diaria. Vivir más cabalmente estos principios implica permitir que la Expiación de Jesucristo transforme no solo nuestros actos religiosos, sino también nuestras relaciones, decisiones y actitudes. Así, la santidad deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una experiencia vivida.
Éxodo 35–40 muestra cómo Dios enseña la santidad mediante símbolos sagrados que apuntan a Cristo; Levítico 19 enseña cómo esa santidad debe manifestarse en la vida diaria. Juntos, estos pasajes testifican que el Señor no solo desea habitar entre Su pueblo, sino transformarlo hasta que llegue a ser santo por medio de Jesucristo.
Conclusión final — Los relatos de Éxodo 35–40 y Levítico 19 convergen en una verdad central del plan de Dios: la redención no culmina en la liberación, sino en la transformación. Jehová no sacó a Israel de Egipto únicamente para cambiar su entorno, sino para cambiar su corazón. El éxodo fue el comienzo de un camino pedagógico y espiritual mediante el cual el Señor enseñó a Su pueblo cómo vivir en Su presencia y llegar a ser santo, conforme a Su propia santidad.
El tabernáculo, con cada uno de sus objetos y ordenanzas, actuó como un evangelio visual. Desde el atrio hasta el Lugar Santísimo, Israel aprendió que acercarse a Dios requería expiación, purificación, revelación, oración constante y obediencia a la ley divina. Nada en el tabernáculo era accidental: todo apuntaba a Jesucristo. El altar del sacrificio enseñaba que el pecado exige una expiación; la fuente proclamaba la necesidad de ser limpiados; el candelabro testificaba de la luz divina; el altar del incienso mostraba la comunión constante con Dios; y el arca del convenio revelaba que, gracias a la Expiación, la ley y la misericordia se encuentran en Cristo. Así, la santidad no era una abstracción, sino una experiencia progresiva de acercamiento al Salvador.
Sin embargo, el Señor no permitió que la santidad quedara confinada al espacio sagrado. Levítico 19 extiende las lecciones del tabernáculo a la vida cotidiana y declara que el pueblo santo se reconoce por la manera en que vive, trata a los demás y ordena su corazón. Honrar a los padres, actuar con justicia, cuidar del vulnerable y amar al prójimo se convierten en expresiones concretas de una vida transformada. De este modo, Dios enseña que la verdadera santidad es integral: se cultiva en la adoración y se manifiesta en las decisiones diarias.
En conjunto, estos pasajes testifican que el Señor no solo habita entre Su pueblo, sino que obra en él. La santidad no se logra por simple proximidad a lo sagrado, sino por una relación de convenio sostenida por la Expiación de Jesucristo. Él es el centro del tabernáculo y el fundamento de la ley; es quien limpia, ilumina, intercede y reconcilia. Por medio de Él, el mandato “Santos seréis” se convierte en una promesa posible.
Así, el mensaje final de Éxodo 35–40 y Levítico 19 es profundamente esperanzador: Dios llama a personas imperfectas a llegar a ser santas, y provee el camino para lograrlo. Ese camino conduce a Jesucristo y se recorre día a día, permitiendo que Su presencia, Sus convenios y Su gracia transformen nuestra vida hasta que refleje, cada vez más, la santidad del Señor.
Pensamiento reflexivo — Al leer Éxodo 35–40 junto con Levítico 19, surge una invitación íntima y personal: Dios no solo quiere acercarse a mí, quiere transformarme. Israel salió de Egipto en un momento histórico, pero aprender a ser santo fue un proceso diario. Del mismo modo, yo puedo haber dejado atrás ciertas “Egiptos” en mi vida, pero el Señor sigue trabajando pacientemente para que mi corazón también sea liberado, ordenado y consagrado.
El tabernáculo enseña que Dios desea habitar en medio de lo cotidiano. Materiales comunes se volvieron sagrados cuando fueron ofrecidos con disposición y organizados conforme a Su voluntad. Eso me recuerda que mi vida —con su rutina, imperfecciones y limitaciones— puede convertirse en un espacio santo si permito que el Señor esté en el centro. La santidad no comienza cuando todo está perfecto, sino cuando invito a Dios a morar conmigo tal como estoy.
Levítico 19 me confronta con una verdad sencilla pero profunda: la santidad se vive en lo ordinario. No solo en momentos de adoración formal, sino en cómo trato a mi familia, cómo respondo al necesitado, cómo actúo cuando nadie me ve. Ser santo no es aislarme del mundo, sino reflejar el carácter de Dios en medio de él.
Este texto me invita a preguntarme:
¿Estoy permitiendo que la presencia de Cristo transforme mis actitudes, mis relaciones y mis decisiones diarias?
¿Estoy caminando hacia el Lugar Santísimo solo con los pies, o también con el corazón?
La promesa es esperanzadora: el Señor no espera santidad instantánea, sino disposición constante. Día a día, Él limpia, ilumina, intercede y reconcilia. Al seguir a Jesucristo, la santidad deja de ser una meta inalcanzable y se convierte en un camino posible, recorrido paso a paso, hasta que mi vida refleje —aunque sea de manera imperfecta— la santidad de Aquel que habita conmigo.
Éxodo 35:4–35; 36:1–7
El Señor me pide que entregue mis ofrendas con un corazón dispuesto.
En Éxodo 35:4–35; 36:1–7, el Señor revela un principio central de la adoración verdadera: Él no solo se interesa por lo que ofrecemos, sino por cómo lo ofrecemos. Después de haber sido redimidos de Egipto, los israelitas recibieron la invitación de contribuir a la edificación del tabernáculo, la morada sagrada donde Jehová manifestaría Su presencia entre ellos. Esta invitación no fue una imposición forzada, sino un llamado espiritual: “todo aquel a quien su corazón impulsare” debía traer su ofrenda. Así, el Señor enseñó que las ofrendas aceptables nacen de un corazón dispuesto y agradecido, no de la coerción.
Doctrinalmente, este pasaje muestra que el acto de dar es una forma de consagración. Los israelitas ofrecieron oro, plata, telas finas, habilidades artesanales y trabajo diligente; es decir, entregaron tanto bienes materiales como talentos personales. El hecho de que las ofrendas fueran tan abundantes que Moisés tuvo que pedir al pueblo que dejara de traerlas (Éxodo 36:6–7) testifica que un corazón transformado por la redención desea participar activamente en la obra del Señor. Dar con gozo se convierte, entonces, en una evidencia visible de un corazón que ha comenzado a ser santificado.
Estos versículos también enseñan que el Señor valora y santifica los dones individuales. Bezaleel, Aholiab y los “sabios de corazón” fueron llamados y capacitados para usar sus habilidades específicas en la obra sagrada. De esta manera, el Señor revela que no todos ofrendan de la misma forma, pero todos pueden ofrendar algo valioso cuando lo hacen con disposición. El servicio, el talento y el esfuerzo personal son tan sagrados como las ofrendas materiales cuando se entregan con un espíritu voluntario.
En última instancia, este relato dirige la mirada hacia Jesucristo, quien ofreció el mayor don de todos con un corazón perfectamente dispuesto. Al invitar a Su pueblo a dar libremente, el Señor nos enseña a reflejar el carácter del Salvador y a participar de manera consciente y gozosa en Su obra. Así, Éxodo 35–36 nos recuerda que el Señor no mide nuestras ofrendas por su cantidad, sino por la disposición del corazón con que las entregamos, y que cada acto de dar con amor nos acerca más a Él.
En Éxodo 35–36, el Señor transforma una relación espiritual inconstante en un acto colectivo de consagración. Aunque Israel había vacilado en su fidelidad tras el éxodo, aquí responde con unidad, generosidad y diligencia. El mandato de edificar el tabernáculo no se impone por fuerza; se extiende como invitación a quienes “su corazón les movía”. Doctrinalmente, el pasaje enseña que la verdadera adoración nace de un corazón dispuesto y que el servicio voluntario es evidencia de un corazón que comienza a alinearse con Dios.
¿Qué aprendes de los israelitas que podría ayudarte a servir mejor al Señor?
Aprendo que el servicio aceptable ante Dios surge de la gratitud y la disposición, no de la obligación. Israel respondió con prontitud, alegría y abundancia; dieron hasta que “sobró”. Doctrinalmente, esto enseña que cuando recordamos la redención del Señor, el deseo natural es participar activamente en Su obra. Servir mejor implica permitir que el corazón sea el motor del servicio y no solo el deber externo.
Puede ser que Él no te pida metales preciosos, lino ni madera para un tabernáculo. ¿Qué te ha dado el Señor y qué te pide que ofrezcas?
El Señor me ha dado tiempo, talentos, recursos, oportunidades y, sobre todo, capacidad de elegir. Doctrinalmente, Él pide que ofrezca lo que ya me confió: mis dones, mi energía, mi voz, mis habilidades y mi voluntad. La consagración moderna no se mide por materiales sagrados, sino por la disposición a poner lo cotidiano al servicio de fines santos.
¿En qué ocasiones tu “[te] movió a venir a la obra para trabajar en ella”?
Ese impulso espiritual suele manifestarse cuando el Espíritu despierta compasión, gratitud o un sentido claro de propósito: al servir a otros, aceptar un llamamiento, apoyar una obra justa o dedicar tiempo a edificar fe en el hogar. Doctrinalmente, ese “movimiento del corazón” es una invitación del Señor a participar con gozo en Su obra redentora y a permitir que el servicio refine el carácter.
Éxodo 35–36 testifica que el Señor no busca ofrendas forzadas, sino corazones dispuestos. Cuando respondemos como Israel —con generosidad voluntaria y diligente— nuestro servicio deja de ser intermitente y se convierte en consagrado. Así, el acto de dar no solo edifica la obra del Señor, sino que edifica al dador y lo acerca más a Él.
Conclusión final — Los pasajes de Éxodo 35–36 confirman que el Señor no edifica Su obra por medio de la imposición, sino mediante corazones transformados por la redención. Al invitar a Israel a contribuir libremente al tabernáculo, Jehová enseñó que la adoración verdadera nace de la gratitud y se expresa en la consagración voluntaria de lo que Él mismo ha confiado a Sus hijos. La abundancia de las ofrendas —hasta el punto de tener que detenerlas— revela que cuando el corazón recuerda la liberación del Señor, el dar deja de ser una carga y se convierte en gozo.
Este relato también declara que toda ofrenda cuenta cuando se presenta con disposición: bienes, tiempo, habilidades y servicio diligente. El Señor santifica tanto el don visible como el esfuerzo silencioso, y llama a cada persona a aportar según sus dones. Así, el dar no solo edifica un lugar sagrado, sino que consagra al dador, alineando su voluntad con la de Dios.
En última instancia, Éxodo 35–36 dirige la mirada a Jesucristo, quien ofreció el don supremo con un corazón perfectamente dispuesto. Al seguir Su ejemplo y responder a los impulsos del Espíritu, nuestro servicio deja de ser intermitente y se vuelve consagrado. De esta manera, el Señor nos enseña que no mide la cantidad de nuestras ofrendas, sino la disposición del corazón, y que cada acto de dar con amor nos acerca más a Él y nos transforma en participantes gozosos de Su obra redentora.
Éxodo 40:12–14
Las ordenanzas del templo se dieron en la antigüedad.
En Éxodo 40:12–14, el Señor manda a Moisés lavar, vestir y ungir a Aarón y a sus hijos antes de que ministren en el tabernáculo. Estos versículos, breves pero profundamente significativos, enseñan que desde los primeros tiempos de la historia sagrada Dios estableció ordenanzas formales, sagradas y autorizadas como medio para preparar a Sus siervos para entrar en Su presencia y servir en cosas santas. La santidad requerida para ministrar ante Jehová no surgía de la voluntad humana, sino de un proceso divinamente instituido de purificación, investidura y consagración.
Doctrinalmente, estas acciones —lavamiento, investidura y unción— revelan que las ordenanzas del templo no son una invención posterior, sino que tienen raíces antiguas en el plan eterno de Dios. El lavamiento simboliza la limpieza espiritual; las vestiduras sagradas representan una nueva identidad y un compromiso de rectitud; y la unción señala la autorización y el poder divinos conferidos para actuar en el nombre del Señor. Juntas, estas ordenanzas enseñan que nadie se aproxima a Dios sin preparación, y que el acceso a lo sagrado siempre ha estado acompañado de convenios y actos simbólicos ordenados por Él.
Además, Éxodo 40:12–14 muestra que estas ordenanzas no eran solo personales, sino también intergeneracionales: Aarón y sus hijos recibieron las mismas ordenanzas para asegurar la continuidad del sacerdocio y del servicio sagrado. Esto subraya una verdad doctrinal clave: Dios revela Su plan “de la misma manera ayer, hoy y para siempre”, y las ordenanzas del templo han sido consistentemente el medio por el cual Él instruye, santifica y autoriza a Su pueblo para servirle.
En conjunto, este pasaje testifica que las ordenanzas del templo forman parte del evangelio desde la antigüedad y que su propósito siempre ha sido preparar a los hijos de Dios para vivir en santidad y acercarse a Él. Así como en los días de Moisés, el Señor continúa invitando hoy a Su pueblo a recibir ordenanzas sagradas que enseñan verdades eternas y los preparan para Su presencia.
En Éxodo 40:12–14, el Señor manda a Moisés lavar, vestir y ungir a Aarón y a sus hijos para que ministren en el tabernáculo. Estas acciones no eran meros ritos externos; constituían ordenanzas divinamente instituidas que preparaban a las personas para entrar en lo sagrado y que, desde la antigüedad, testifican de Jesucristo y de Su obra redentora. A continuación, se desarrolla cada punto de forma independiente, usando los pasajes indicados.
Lavamiento (Salmo 51:2; Ezequiel 36:25–27)
El lavamiento simboliza la purificación del pecado y la necesidad de ser limpiados para comparecer ante Dios. David suplica: “Lávame más y más de mi maldad” (Salmo 51:2), reconociendo que la limpieza verdadera proviene del Señor. Ezequiel amplía esta promesa al declarar que Dios rociará “agua limpia” y dará “un corazón nuevo” y “un espíritu nuevo” (Ezequiel 36:25–27). Doctrinalmente, el lavamiento enseña que la santificación comienza con la limpieza que Cristo otorga; no es solo un acto externo, sino una renovación interior operada por el Espíritu. Así, el lavamiento antiguo apunta a Jesucristo como la fuente de toda purificación.
Ponerse vestiduras sagradas (Isaías 61:10; Mateo 22:11–14; Apocalipsis 19:7–8)
Las vestiduras sagradas representan identidad, convenio y justicia. Isaías se regocija en haber sido “vestido con vestiduras de salvación” (Isaías 61:10), enseñando que Dios cubre al fiel con Su justicia. En la parábola del convite de bodas, el invitado sin vestidura adecuada es excluido (Mateo 22:11–14), lo que subraya que entrar en la presencia del Rey requiere preparación espiritual. Apocalipsis describe a la esposa del Cordero vestida de lino fino, “las acciones justas de los santos” (Apocalipsis 19:7–8). Doctrinalmente, las vestiduras testifican de Cristo, quien provee la justicia que nos reviste y nos capacita para permanecer en la presencia de Dios.
Unción (Lucas 4:18–19; Hechos 10:38)
La unción con aceite simboliza consagración, autoridad y poder del Espíritu. Jesús declara: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido” (Lucas 4:18–19), identificándose como el Ungido prometido. Pedro testifica que “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret” (Hechos 10:38). Doctrinalmente, la unción señala que Jesucristo es el Mesías (el Ungido) y que toda autoridad y poder para bendecir, sanar y redimir proceden de Él. Las unciones antiguas enseñan que el servicio santo se realiza por investidura divina, no por mérito humano.
Los lavamientos, vestiduras y unciones de Éxodo 40:12–14 demuestran que las ordenanzas del templo se dieron en la antigüedad y que su propósito siempre ha sido dirigir a los hijos de Dios hacia Jesucristo. Cada ordenanza testifica de una faceta de Su obra: Él limpia, reviste con justicia y unge con poder. Así, las ordenanzas no solo preparan para ministrar en lo sagrado, sino que revelan el camino por el cual Cristo purifica, consagra y salva a Su pueblo.
Conclusión final — El testimonio de Éxodo 40:12–14 proclama una verdad eterna del plan de Dios: el acceso a Su presencia siempre ha estado acompañado de ordenanzas sagradas, divinamente instituidas y centradas en Jesucristo. Desde los días de Moisés, el Señor enseñó que la santidad no se improvisa ni se alcanza solo por deseo humano; se recibe mediante procesos revelados que limpian, revisten y consagran al discípulo para el servicio santo.
El lavamiento declara que nadie puede comparecer ante Dios sin ser purificado, y testifica que Cristo es la fuente de toda limpieza espiritual. Las vestiduras sagradas enseñan que el Señor no solo perdona, sino que otorga una nueva identidad, cubriendo al fiel con justicia y preparándolo para permanecer en Su presencia. La unción proclama que el poder para servir y redimir no procede del hombre, sino del Ungido del Padre, Jesucristo, de quien fluye toda autoridad divina.
En conjunto, estas ordenanzas antiguas revelan un patrón constante: Dios prepara a Su pueblo mediante convenios visibles que enseñan realidades invisibles. Lo que comenzó en el tabernáculo no fue un rito aislado, sino una expresión temprana del evangelio eterno, cuyo centro es Cristo. Así como Aarón y sus hijos fueron preparados para ministrar, hoy el Señor continúa invitando a Sus hijos a recibir ordenanzas que los acerquen a Él.
Por tanto, Éxodo 40:12–14 testifica que las ordenanzas del templo no solo conectan pasado y presente, sino que señalan el camino de salvación: Jesucristo limpia, reviste y unge a Su pueblo para que pueda vivir en santidad y finalmente morar en la presencia de Dios.
Pensamiento reflexivo — Al unir Éxodo 35–36 con Éxodo 40, descubro que el Señor obra primero en el corazón y luego en la vida entera. Antes de lavar, vestir y ungir a Sus siervos, invitó a Su pueblo a dar voluntariamente. Como si dijera: la santidad comienza cuando decides ofrecerte, y se profundiza cuando permites que Yo te prepare.
Los israelitas trajeron ofrendas porque recordaban su liberación; Aarón y sus hijos recibieron ordenanzas para poder servir. En ambos casos, Dios no forzó nada. Esperó disposición. Me enseña que Él no busca actos perfectos, sino corazones abiertos: primero para dar con gozo, luego para ser transformados con poder.
Este relato me invita a preguntarme:
¿Estoy ofreciendo mi tiempo, mis talentos y mi voluntad con gratitud, o con reserva?
¿Permito que el Señor no solo reciba mis ofrendas, sino que también me lave, me revista y me consagre?
Cuando doy con un corazón dispuesto, mi vida se vuelve un tabernáculo. Y cuando acepto las ordenanzas del Señor, mi servicio deja de depender de mis fuerzas y comienza a fluir del poder de Cristo. Así comprendo que la verdadera adoración no termina en lo que entrego, sino en en quién me convierto: alguien dispuesto a dar, y humilde para ser transformado.
Levítico 1:1–9; 4; 16
Gracias al sacrificio de Jesucristo, puedo ser perdonado.
Los pasajes de Levítico 1:1–9; 4; 16 revelan que, desde la antigüedad, el Señor enseñó a Su pueblo que el perdón de los pecados es posible únicamente mediante un sacrificio expiatorio. Aunque los rituales levíticos —holocaustos, ofrendas por el pecado y el solemne Día de la Expiación— puedan parecernos distantes, su propósito era profundamente doctrinal: instruir a Israel sobre la gravedad del pecado, la necesidad de arrepentimiento y la misericordia de Dios al proveer un medio de reconciliación. Cada sacrificio señalaba que el perdón no era automático ni trivial, sino que requería una vida ofrecida en lugar del pecador.
Doctrinalmente, el holocausto de Levítico 1 enseña la entrega total a Dios; la ofrenda por el pecado de Levítico 4 muestra que incluso las transgresiones no intencionales requieren expiación; y Levítico 16 proclama que solo mediante sangre expiatoria el pueblo podía ser limpiado colectivamente y restaurado a la comunión con Jehová. Estos sacrificios repetidos no quitaban el pecado de manera definitiva, pero apuntaban proféticamente a Jesucristo, el Cordero sin mancha, cuyo sacrificio perfecto cumpliría y reemplazaría todas esas ordenanzas.
Así, Levítico testifica que el perdón siempre ha sido posible porque Dios, en Su amor, provee un Sustituto. Gracias al sacrificio de Jesucristo, lo que en la ley de Moisés se enseñaba por símbolos y sombras se cumple plenamente: el pecador puede ser limpiado, reconciliado con Dios y restaurado espiritualmente. Estos capítulos declaran que la Expiación no es un concepto tardío del Evangelio, sino el centro mismo del plan de redención desde el principio.
Los pasajes Levítico 1:1–9; 4; 16 pueden parecernos lejanos por sus ritos y símbolos, pero su propósito es profundamente familiar: enseñar cómo el pecado es expiado y cómo el pecador puede ser perdonado. El holocausto (Levítico 1) subraya la entrega total; la ofrenda por el pecado (Levítico 4) aborda la culpa real del transgresor; y el Día de la Expiación (Levítico 16) proclama una purificación anual que restaura al pueblo a la comunión con Dios. En conjunto, estos sacrificios apuntan inequívocamente a Jesucristo, el sacrificio perfecto y definitivo, por cuya sangre somos limpiados y reconciliados con el Padre.
¿Qué palabras o frases me recuerdan a Jesucristo y a Su sacrificio expiatorio?
Expresiones recurrentes como “sin defecto”, “hará expiación por él”, “derramar la sangre”, “para perdón” y “delante de Jehová” apuntan a un sustituto perfecto y a un mediador. “Sin defecto” anticipa al Salvador sin pecado; “hará expiación” declara que la culpa puede ser cubierta; y la sangre derramada señala que la vida se ofrece en lugar del pecador. Estas frases, repetidas, preparan al lector para comprender a Jesucristo como el Cordero de Dios.
¿Qué aprendo de estos sacrificios sobre el sacrificio del Salvador?
Aprendo que la expiación no es simbólica ni superficial: el pecado cuesta vida, requiere sustitución y demanda entrega total. El Salvador cumple todo lo que estos ritos prefiguraban: Él ofrece Su vida voluntariamente, una vez y para siempre, logrando una purificación completa que los sacrificios repetidos solo podían señalar.
¿Qué tengo en común con las personas que hacían esos sacrificios?
Compartimos la necesidad de perdón. Como ellos, comparecemos ante Dios conscientes de nuestra insuficiencia y dependientes de Su misericordia. La diferencia es que hoy miramos retrospectivamente a la Expiación ya realizada por Cristo, mientras ellos miraban prospectivamente al Mesías prometido.
El sacrificio hoy: un principio que permanece
Aunque el Señor ya no requiere sacrificios de animales, el principio del sacrificio continúa. 3 Nefi 9:19–20 enseña que el Señor pide “un corazón quebrantado y un espíritu contrito”, y Doctrina y Convenios 64:34 recalca la disposición del corazón más que la ofrenda material.
¿De qué manera ofreces este tipo de sacrificios?
Ofrezco este sacrificio al arrepentirme con sinceridad, rendir mi voluntad a Dios, obedecer cuando cuesta, servir con constancia y elegir la fe sobre la autosuficiencia. Estas decisiones cotidianas son sacrificios vivos que expresan confianza en la Expiación de Cristo y permiten que Su gracia transforme el corazón.
¿Qué enseña Moisés 5:7 sobre cómo ver mis sacrificios?
En Moisés 5:7, Adán aprende que sus sacrificios se hacen “en similitud del sacrificio del Unigénito”. Esto enseña que todo sacrificio aceptable obtiene su significado cuando se orienta a Jesucristo. No es el acto externo lo que santifica, sino su conexión consciente con el Salvador y Su obra redentora.
Levítico 1; 4; 16 testifica que el perdón siempre ha sido posible porque Dios provee un camino expiatorio. Ese camino culmina en Jesucristo. Gracias a Su sacrificio, el arrepentimiento es eficaz, la culpa es removida y el creyente puede ser reconciliado con Dios. Los ritos antiguos, lejos de ser ajenos, anuncian el centro del Evangelio: gracias al sacrificio de Jesucristo, puedo ser perdonado.
Conclusión final — Los mensajes de Levítico 1; 4; 16 confluyen en una declaración eterna del evangelio: Dios siempre ha provisto un camino para el perdón, y ese camino conduce a Jesucristo. Los sacrificios antiguos, con toda su solemnidad y detalle, no fueron un sistema primitivo ni meramente ceremonial, sino un lenguaje sagrado mediante el cual el Señor enseñó verdades profundas sobre el pecado, el arrepentimiento y la misericordia divina. Cada animal sin defecto, cada gota de sangre y cada acto del sumo sacerdote proclamaban que el pecado es serio, que la reconciliación requiere expiación y que el perdón es un don otorgado por Dios, no un derecho automático del hombre.
En ese marco, Israel aprendió que no podía salvarse a sí mismo. El holocausto enseñaba entrega total; la ofrenda por el pecado, responsabilidad personal; y el Día de la Expiación, esperanza colectiva. Sin embargo, la repetición constante de estos sacrificios dejaba claro que algo mayor aún estaba por venir. Levítico no termina en el altar del tabernáculo, sino que apunta más allá, hacia Jesucristo, el Cordero sin mancha que cumpliría plenamente lo que la ley solo podía prefigurar. En Él, la expiación ya no sería temporal ni simbólica, sino perfecta y eterna.
Este mismo principio se extiende a la vida del discípulo hoy. Aunque ya no se ofrecen sacrificios de animales, el Señor sigue invitando a Sus hijos a vivir el principio del sacrificio mediante un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Así como enseñó a Adán que sus sacrificios eran “en similitud del sacrificio del Unigénito”, también nos enseña que toda obediencia, todo arrepentimiento y toda renuncia adquieren significado cuando se ofrecen con fe en Cristo. No es el acto externo lo que salva, sino su orientación consciente al Salvador.
En última instancia, Levítico testifica que el perdón no es una idea tardía del evangelio, sino su centro desde el principio del tiempo. Gracias al sacrificio de Jesucristo, el pecador puede ser limpiado, la culpa puede ser removida y la comunión con Dios puede ser restaurada. Los ritos antiguos, lejos de ser ajenos, proclaman una verdad profundamente personal y actual: gracias al sacrificio de Jesucristo, puedo ser perdonado.
Pensamiento reflexivo — Al contemplar Levítico 1; 4; 16, descubro que Dios siempre ha hablado al corazón humano con un mismo mensaje: no estás solo con tu culpa; Yo he provisto un camino. Los sacrificios antiguos, con su solemnidad, me recuerdan que el pecado no es ligero ni trivial, pero también que la misericordia de Dios es más profunda que mi insuficiencia. Cada animal “sin defecto” ofrecido en el altar era una confesión silenciosa: necesito que alguien tome mi lugar.
Ese clamor encuentra respuesta plena en Jesucristo. Él es el sacrificio que no se repite, la entrega total que yo no podría ofrecer por mí mismo. Al mirar esos ritos, no siento distancia, sino cercanía: como Israel, yo también llego con manos vacías y un corazón necesitado. La diferencia es que hoy sé quién es el Sustituto y qué ha hecho por mí.
Este texto me invita a rendir aquello que más pesa: la culpa, el miedo a no ser suficiente, la tentación de “compensar” con esfuerzos propios. Cristo no me pide que me salve, sino que confíe. Cuando ofrezco un corazón quebrantado y un espíritu contrito, no traigo algo pequeño; traigo lo único que Él pide para aplicar plenamente Su gracia.
Así, Levítico deja de ser un libro de ritos antiguos y se convierte en una promesa viva: gracias al sacrificio de Jesucristo, puedo ser perdonado hoy. Y ese perdón no solo borra el pasado; me devuelve la paz, restaura la comunión con Dios y me permite comenzar de nuevo con esperanza.
























