Antiguo Testamento 2026 (Ven, sígueme)

4 – 10 mayo:
“No seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis”
Números 11–14; 20–24; 27


Los relatos de Números 11–14; 20–24; 27 presentan una de las lecciones espirituales más solemnes del peregrinaje de Israel: la incredulidad y el temor pueden frustrar grandes promesas, mientras que la fe humilde permite que el poder del Señor se manifieste. Aunque Israel había sido redimido con señales poderosas, el desierto reveló una lucha interior persistente entre confiar en Dios o rebelarse contra Él. Por eso, el llamado divino —expresado con claridad por Josué y Caleb— resuena como un principio eterno: “No seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis”.

Doctrinalmente, estos capítulos muestran que la rebeldía no siempre se manifiesta como abierta desobediencia, sino también como murmuración, desánimo, impaciencia y temor. En Números 11–14, el pueblo se queja por las pruebas del camino y finalmente rechaza entrar en la tierra prometida por miedo a sus habitantes, prefiriendo la aparente seguridad del pasado antes que avanzar por fe hacia el futuro prometido. El resultado enseña una verdad sobria: temer más a las circunstancias que a Dios conduce a perder bendiciones preparadas por Él.

Los capítulos 20–24 amplían esta enseñanza al mostrar que incluso los líderes escogidos no están exentos de consecuencias cuando actúan sin plena confianza en el Señor. Moisés, al golpear la roca con ira, y Balaam, al intentar acomodar la palabra de Dios a intereses humanos, ilustran que el poder divino fluye únicamente cuando hay obediencia reverente. Sin embargo, estos mismos relatos también testifican que la voluntad del Señor no puede ser frustrada: aun a través de instrumentos imperfectos, Dios bendice a Su pueblo y reafirma Sus promesas.

Finalmente, Números 27 revela que el Señor prepara el futuro con misericordia y orden. Al llamar a Josué para suceder a Moisés, Dios enseña que Su obra continúa y que el liderazgo inspirado es parte de Su cuidado constante. Esto refuerza el mensaje central: no hay razón para temer cuando el Señor guía, ni justificación para rebelarse cuando Él ha hablado.

En conjunto, estos pasajes enseñan que el verdadero enemigo del progreso espiritual no es el desierto ni los gigantes de Canaán, sino un corazón que duda del poder y de la bondad de Dios. El mensaje para Israel —y para nosotros— es claro y esperanzador: cuando confiamos en Jehová y avanzamos con fe, Él pelea nuestras batallas, cumple Sus promesas y nos conduce, paso a paso, hacia la tierra que ha preparado.


Números 11:11–17, 24–29; 12
La revelación está al alcance de todos, pero Dios guía Su Iglesia a través de Su profeta.


Los pasajes de Números 11:11–17, 24–29; 12 establecen un principio esencial del orden divino: Dios puede derramar Su Espíritu sobre muchos, pero dirige a Su pueblo mediante profetas a quienes Él llama y autoriza. En medio de la carga del liderazgo, Moisés clama al Señor y recibe una respuesta que revela tanto la amplitud de la revelación como la necesidad de un gobierno inspirado: el Espíritu es compartido con setenta ancianos para ayudar en la obra, sin disminuir la autoridad profética de Moisés.

Cuando Eldad y Medad profetizan en el campamento, el relato enseña que la revelación no está confinada a un solo lugar ni a una élite. Moisés se regocija en que otros reciban el Espíritu y expresa un deseo amplio: “¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta!”. Este episodio afirma que Dios desea hablar a Sus hijos y capacitarlos para servir; la revelación personal y los dones espirituales son reales y accesibles.

Sin embargo, Números 12 equilibra esa amplitud con claridad doctrinal. La corrección del Señor a Miriam y Aarón subraya que no toda revelación es igual en función o autoridad. Dios declara que con Moisés habla “cara a cara”, estableciendo que el profeta principal recibe revelación para guiar a todo el pueblo. Así, el Señor protege la unidad y evita la confusión: muchos pueden ser inspirados, pero uno es llamado para presidir y establecer la dirección doctrinal.

En conjunto, estos capítulos enseñan que la Iglesia del Señor florece cuando se honran ambas verdades: la revelación personal para edificación individual y el liderazgo profético para guía colectiva. La invitación es doble y armoniosa: buscar el Espíritu con fe y, a la vez, seguir al profeta que Dios ha designado para conducir a Su pueblo.

El problema que afrontaba Moisés y la solución que Dios propuso (Números 11:11–17, 24–29)

El problema. Moisés se encontraba abrumado espiritual, emocional y administrativamente. El pueblo murmuraba constantemente; la carga del liderazgo se había vuelto demasiado pesada para un solo hombre. En su clamor al Señor, Moisés expresa cansancio, soledad y una sensación de incapacidad humana ante una responsabilidad divina que excedía sus fuerzas. Doctrinalmente, esto revela que incluso los profetas fieles sienten el peso del llamamiento y reconocen su dependencia absoluta de Dios.

La solución divina. El Señor no reprende a Moisés por su debilidad; más bien, amplía Su obra. Dios manda reunir a setenta ancianos y promete tomar “del espíritu que está sobre ti” y ponerlo sobre ellos. Esto no implica dividir ni disminuir el poder profético de Moisés, sino extenderlo. La doctrina que emerge es que el Señor gobierna Su obra por medio de delegación revelada, consejo y unidad espiritual. El liderazgo en el reino de Dios no es solitario ni competitivo, sino cooperativo y sostenido por el Espíritu.

 “¡Ojalá que todos los del pueblo de Jehová fuesen profetas!” (Números 11:29)

Esta exclamación de Moisés es profundamente doctrinal y visionaria. No expresa un deseo de anarquía espiritual ni de que todos lideren Israel, sino un anhelo de que todo el pueblo viva en tal sintonía con Dios que pueda recibir revelación personal constante.

Moisés reconoce que el verdadero problema de Israel no era la falta de dirección profética, sino la falta de sensibilidad espiritual del pueblo. Si todos fueran “profetas” en el sentido personal —receptivos al Espíritu, obedientes a la voz del Señor y guiados por revelación—, la murmuración cesaría y la fe aumentaría.

Este principio armoniza directamente con las enseñanzas modernas del presidente Russell M. Nelson, quien enseñó que la revelación no es un privilegio exclusivo de los líderes, sino una necesidad espiritual para cada miembro del pueblo del convenio. En su mensaje “Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas”, el presidente Nelson declara que sobrevivir espiritualmente en los últimos días requiere aprender a recibir y seguir la revelación personal. Así, el deseo de Moisés anticipa una verdad eterna: el Señor desea un pueblo espiritualmente autosuficiente, guiado por el Espíritu, aunque siempre dentro del orden divino.

Advertencias en Números 12: límites y orden en la revelación

Números 12 presenta una corrección esencial al posible malentendido del capítulo anterior. María y Aarón cuestionan la autoridad singular de Moisés, alegando que el Señor también había hablado por medio de ellos. Su error no fue reconocer que recibían revelación, sino confundir revelación personal con autoridad profética universal.

El Señor interviene directamente y establece una doctrina clave:

  • A otros profetas Él se les da a conocer en sueños y visiones.
  • Con Moisés habla “cara a cara”, porque él ha sido llamado para presidir.

La advertencia es clara: no toda revelación confiere el mismo alcance ni la misma mayordomía. Desafiar al profeta que el Señor ha puesto para liderar a Su pueblo es desafiar el orden divino. La consecuencia que sufre María subraya la seriedad de este principio.

Lo que el Señor desea que comprendas sobre la revelación personal y seguir a Su profeta

Doctrinalmente, el Señor desea que comprendamos dos verdades que deben mantenerse en equilibrio:

  1. La revelación personal es real, necesaria y esperada.
    Cada persona puede y debe recibir revelación para su propia vida, familia y responsabilidades. Esta es la aspiración expresada por Moisés y reafirmada por los profetas modernos.
  2. La revelación personal no reemplaza el liderazgo profético.
    El Señor gobierna Su Iglesia mediante profetas llamados y autorizados. La revelación personal nunca contradice ni compite con la revelación profética, sino que la confirma y la apoya.

El mensaje de Números 11 y 12, leído en conjunto, enseña que el Señor desea un pueblo espiritualmente sensible y humildemente alineado. Ser guiados por el Espíritu no significa independencia del profeta, sino mayor capacidad para reconocer y seguir la voz del Señor cuando habla por medio de Sus siervos escogidos.

El clamor de Moisés y la corrección divina posterior revelan una doctrina eterna: Dios desea que todos Sus hijos aprendan a oír Su voz, pero también que respeten el orden por el cual Él dirige Su obra. La revelación personal fortalece la fe; el profeta preserva la unidad. Cuando ambos principios se honran juntos, el pueblo del Señor avanza con poder, claridad y paz.

Conclusión final —  Números 11 y 12, leídos como una sola unidad doctrinal, revelan con notable claridad cómo Dios gobierna a un pueblo que Él desea instruir espiritualmente sin permitir que se fracture en confusión. El relato comienza con un profeta agotado que reconoce humildemente su dependencia del Señor, y termina con una corrección divina que protege el orden revelado. Entre ambos momentos se establece una verdad eterna: Dios derrama Su Espíritu con generosidad, pero guía Su Iglesia mediante profetas que Él llama y autoriza.

El clamor de Moisés muestra que el liderazgo en el reino de Dios no se sostiene por la autosuficiencia, sino por la revelación. El Señor responde no retirando la carga, sino compartiéndola espiritualmente, extendiendo el Espíritu a otros sin disminuir la autoridad profética. Este patrón revela que la obra de Dios avanza por medio de consejo, delegación inspirada y unidad espiritual. Cuando Eldad y Medad profetizan, el deseo de Moisés —“¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta!”— expresa el corazón de Dios: un pueblo espiritualmente sensible, capaz de recibir guía divina para su propia vida.

Sin embargo, Números 12 enseña que esa amplitud revelatoria no elimina la necesidad de un centro de autoridad profética. La reprensión a Miriam y Aarón no invalida la revelación personal; la ordena. El Señor establece que, aunque muchos pueden ser inspirados, uno ha sido llamado para presidir y recibir revelación para todo el pueblo. Así, Dios protege la unidad doctrinal y evita que la inspiración personal se convierta en competencia espiritual o fragmentación.

Este equilibrio —revelación personal abundante y liderazgo profético claro— es el modelo divino para Su Iglesia en todas las dispensaciones. Tal como enseñó el presidente Russell M. Nelson, la revelación personal es indispensable para sobrevivir espiritualmente, pero siempre opera en armonía con la revelación que Dios da a Su profeta para guiar a la Iglesia. El Señor no nos pide elegir entre una y otra; nos invita a honrar ambas simultáneamente.

En última instancia, Números 11–12 testifica que Dios desea un pueblo que escuche Su voz y confíe en Su orden. La revelación personal fortalece la fe, refina el carácter y guía las decisiones diarias; el profeta preserva la unidad, establece la dirección y protege la pureza doctrinal. Cuando estos principios se mantienen juntos, el pueblo del Señor no solo avanza, sino que lo hace con poder espiritual, claridad divina y una paz que nace de saber que Dios gobierna Su obra conforme a Su sabiduría perfecta.

Pensamiento reflexivo

Hay una ternura profunda en estos capítulos: un profeta cansado que confiesa su debilidad, un Dios que no lo reprende, y un pueblo invitado a aprender a escuchar mejor la voz del Espíritu. Números 11–12 nos recuerda que Dios no espera perfección antes de hablar; espera humildad. Moisés no ocultó su agotamiento ni su sensación de insuficiencia, y precisamente allí —en su honestidad— el Señor amplió la revelación y compartió el Espíritu con otros. El mensaje es consolador: cuando la carga parece demasiado pesada, Dios no siempre la quita, pero nunca la deja sin sostén.

El deseo de Moisés —“¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta!”— revela el corazón del discipulado: Dios anhela que cada uno de nosotros aprenda a reconocer Su voz en lo personal. La revelación no es un privilegio reservado; es una invitación diaria. Sin embargo, Números 12 nos enseña con igual claridad que escuchar a Dios personalmente no nos autoriza a caminar solos. La revelación personal florece cuando se vive en armonía con el orden divino, no en competencia con él.

Este equilibrio invita a una reflexión íntima: ¿busco la revelación para acercarme más a Dios o para afirmar mis propias opiniones? ¿Escucho al Espíritu con un corazón dispuesto a ser corregido y alineado? El Señor desea un pueblo sensible a Su voz y, a la vez, humilde para seguir al profeta que Él ha llamado. Como enseñó el presidente Russell M. Nelson, necesitamos la revelación personal para vivir espiritualmente, pero esa revelación siempre nos conducirá a mayor unidad, no a separación.

Al final, Números 11–12 susurra una promesa de paz: cuando aprendemos a escuchar a Dios y a confiar en Su orden, no caminamos solos ni confundidos. Caminamos guiados, sostenidos y unidos. Allí, la fe se fortalece, el carácter se refina y el corazón descansa en la certeza de que Dios gobierna Su obra con sabiduría perfecta y amor constante.


Números 12:3
“Moisés era muy manso”.


Números 12:3 introduce una de las descripciones espirituales más profundas del liderazgo conforme al corazón de Dios: “Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”. Doctrinalmente, esta afirmación no exalta una cualidad pasiva o débil, sino que revela el fundamento espiritual de la verdadera autoridad profética. En las Escrituras, la mansedumbre no es ausencia de poder, sino poder sometido voluntariamente a la voluntad de Dios. Moisés poseía autoridad, revelación y responsabilidad únicas; sin embargo, no se defendió a sí mismo cuando fue criticado injustamente. Su silencio no fue señal de inseguridad, sino de confianza absoluta en que el Señor es quien justifica y vindica a Sus siervos.

La mansedumbre de Moisés se manifiesta como una disposición constante a escuchar a Dios antes que reaccionar a los hombres. Este rasgo explica por qué el Señor podía hablar con él “cara a cara” y confiarle la conducción de Israel: la mansedumbre crea espacio para la revelación, porque el ego no compite con la voz divina. Así, Números 12:3 enseña que el liderazgo en el reino de Dios no se sostiene por la autoafirmación ni por la defensa personal, sino por un corazón humilde que permite que Dios actúe, hable y juzgue en Su debido tiempo.

¿Qué significa ser manso? (Números 12:3) Doctrinalmente, la mansedumbre no equivale a debilidad, pasividad ni falta de carácter. Ser manso significa someter voluntariamente la propia voluntad a la de Dios, aun cuando se posee poder, autoridad o razón suficiente para imponerse. La mansedumbre es fuerza espiritual bajo control divino.

El élder David A. Bednar, en su mensaje “Mansos y humildes de corazón”, enseña que la mansedumbre es una combinación de humildad, docilidad ante el Espíritu y disposición a aprender, que se manifiesta especialmente en la forma en que respondemos a la corrección, a la oposición y a la injusticia. Una persona mansa confía más en Dios que en su propia capacidad para defenderse o justificarse.

Por tanto, cuando Números 12:3 declara que Moisés era “muy manso”, no está describiendo un rasgo de personalidad, sino una condición espiritual que explica por qué el Señor podía confiarle Su poder, Su revelación y Su pueblo.

¿Qué aprendes de los ejemplos de mansedumbre de Moisés?

a) Éxodo 18:13–25 — Mansedumbre para aceptar consejo. Moisés, aun siendo el profeta principal y el mediador del convenio, escucha el consejo de Jetro y reconoce que no puede hacerlo todo solo. Su mansedumbre se manifiesta en su disposición a aprender y a cambiar, incluso cuando el consejo proviene de alguien que no preside Israel. Doctrinalmente, esto enseña que la mansedumbre permite que el liderazgo se perfeccione mediante consejo inspirado y evita el agotamiento espiritual.

b) Números 11:26–29 — Mansedumbre ante el don espiritual de otros. Cuando otros profetizan, Moisés no se siente amenazado. Su respuesta —“¡Ojalá que todo el pueblo de Jehová fuese profeta!”— revela que la mansedumbre no compite por protagonismo, sino que se regocija cuando el Espíritu obra en otros. Moisés entiende que la obra es del Señor, no suya.

c) Números 12 — Mansedumbre frente a la crítica injusta. María y Aarón cuestionan su autoridad. Moisés no se defiende ni responde. Su silencio permite que el Señor mismo lo vindique. Aquí la mansedumbre se muestra como confianza absoluta en la justicia divina. Doctrinalmente, este pasaje enseña que no toda crítica requiere respuesta, y que Dios defiende a quienes no se defienden a sí mismos por orgullo.

d) Hebreos 11:24–27 — Mansedumbre para renunciar al poder mundano. Moisés rechaza los privilegios de Egipto para identificarse con el pueblo de Dios. La mansedumbre aquí es sumisión a una identidad divina por encima del prestigio terrenal. Él elige obedecer a Dios aun cuando eso implica sufrimiento y pérdida temporal.

e) Moisés 1:10–11 — Mansedumbre ante la gloria de Dios. Después de experimentar la presencia divina, Moisés declara: “Ahora sé que el hombre no es nada”. Esta no es autodegradación, sino claridad espiritual. La mansedumbre nace cuando el hombre comprende su pequeñez frente a Dios y, paradójicamente, su valor como hijo de Dios.

¿Cómo demostró mansedumbre el Salvador y qué enseñan esos ejemplos?. La mansedumbre de Jesucristo es el modelo perfecto de este atributo.

  • Mateo 11:29 — El Salvador se describe a Sí mismo como “manso y humilde de corazón”, enseñando que la mansedumbre es una cualidad que invita descanso espiritual y confianza.
  • Mateo 27:11–14 — Guarda silencio ante acusaciones falsas. Su mansedumbre no es debilidad, sino obediencia consciente al plan del Padre.
  • Lucas 22:41–42 — En Getsemaní, somete Su voluntad: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Aquí se revela la esencia doctrinal de la mansedumbre: obediencia absoluta aun en el sufrimiento extremo.
  • Juan 13:4–5 — Lava los pies de Sus discípulos. La mansedumbre se expresa en servicio humilde, aun cuando Él es el Maestro y Señor.

Estos ejemplos enseñan que la mansedumbre es indispensable para: obedecer a Dios sin reservas, servir sin buscar reconocimiento, soportar injusticia sin resentimiento, ejercer poder sin dominar.

La mansedumbre no disminuyó la grandeza de Moisés; la hizo posible. Tampoco debilitó al Salvador; lo convirtió en el instrumento perfecto de redención. Estos ejemplos enseñan que en el reino de Dios, la verdadera fortaleza nace de un corazón rendido, y que solo quienes son mansos pueden recibir gran poder espiritual sin corromperse. Ser manso es aprender a confiar en Dios más que en uno mismo, y permitir que Él sea quien dirija, corrija y glorifique Su obra.

Conclusión final — Números 12:3 revela que la mansedumbre no es un rasgo secundario del liderazgo espiritual, sino su cimiento más profundo. En Moisés, la mansedumbre se manifestó como poder consagrado: autoridad real sometida voluntariamente a la voluntad de Dios. Por eso pudo escuchar consejo sin sentirse disminuido, regocijarse cuando otros recibían dones espirituales, guardar silencio ante la crítica injusta y renunciar a los honores del mundo para identificarse con el pueblo del convenio. La mansedumbre creó en él el espacio donde la revelación pudo fluir sin interferencias del ego, permitiendo que Dios hablara, actuara y juzgara en Su debido tiempo.

Este mismo principio alcanza su perfección en Jesucristo, quien, siendo el Señor de todo, eligió obedecer, servir y someter Su voluntad al Padre aun en el sufrimiento extremo. Su ejemplo confirma que la mansedumbre no reduce la grandeza; la hace eficaz. Como enseñó el élder David A. Bednar, la mansedumbre combina humildad, docilidad al Espíritu y disposición a aprender, y se prueba especialmente ante la corrección, la oposición y la injusticia.

Así, la doctrina de Números 12:3 invita a una redefinición del poder en el reino de Dios: la verdadera fortaleza nace de un corazón rendido. Ser manso es confiar más en Dios que en la propia defensa, servir sin buscar reconocimiento y ejercer autoridad sin dominar. Quienes abrazan esta mansedumbre reciben poder espiritual sin corromperse y permiten que el Señor dirija, corrija y glorifique Su obra por medio de ellos.

Pensamiento reflexivo— Hay una fuerza silenciosa en la mansedumbre que rara vez se reconoce a primera vista. Moisés no fue manso porque careciera de autoridad, sino porque sabía en quién confiaba. Cuando fue cuestionado injustamente, eligió callar y dejar espacio para que Dios hablara. En ese silencio no hubo debilidad, sino fe; no hubo pasividad, sino una entrega consciente de su causa al Juez perfecto. La mansedumbre, así entendida, no apaga la voz del liderazgo: la purifica.

Este principio se ilumina plenamente en Jesucristo, quien, siendo el Señor de todo, eligió obedecer, servir y someter Su voluntad al Padre incluso en Getsemaní. Su mansedumbre no disminuyó Su poder; lo hizo redentor. Como enseñó el élder David A. Bednar, la mansedumbre se prueba cuando respondemos a la corrección, a la oposición y a la injusticia con docilidad al Espíritu.

Este texto nos invita a mirarnos por dentro: ¿defiendo mi reputación o confío mi causa a Dios? ¿Escucho con humildad o reacciono con orgullo? La mansedumbre abre un espacio sagrado donde el ego se aquieta y la revelación fluye. Allí, Dios dirige, corrige y glorifica Su obra. Ser manso es aprender a descansar en Dios, sabiendo que cuando Él gobierna, nada esencial se pierde y todo lo eterno se gana.


Números 13–14
Con fe en el Señor, puedo tener esperanza en el futuro.


Números 13–14 presenta un contraste doctrinal decisivo entre ver el futuro con los ojos del temor o mirarlo con los ojos de la fe. Israel se encuentra a las puertas de la tierra prometida, con la promesa divina ya declarada; sin embargo, el informe de los espías revela que la verdadera batalla no era militar, sino espiritual. Doctrinalmente, estos capítulos enseñan que la fe en el Señor no elimina los desafíos del porvenir, pero transforma la manera en que se interpretan. La misma tierra, las mismas ciudades fortificadas y los mismos enemigos produjeron dos respuestas opuestas: desesperanza basada en el miedo y esperanza anclada en la fidelidad de Dios.

La reacción de la mayoría del pueblo demuestra que el temor nace cuando el futuro se evalúa sin recordar las obras pasadas del Señor. A pesar de haber visto milagros, liberación y provisión divina, Israel permitió que el presente amenazante eclipsara las promesas del convenio. En contraste, Josué y Caleb interpretaron el futuro desde una perspectiva de fe: no negaron la realidad de las dificultades, pero afirmaron que la presencia del Señor era mayor que cualquier obstáculo. Así, Números 13–14 enseña que la esperanza verdadera no se fundamenta en circunstancias favorables, sino en la convicción de que el Señor cumple lo que promete.

Doctrinalmente, estos capítulos revelan que la incredulidad no solo priva de bendiciones futuras, sino que prolonga innecesariamente el camino. El rechazo a avanzar con fe tuvo como consecuencia el retraso del cumplimiento de la promesa. En cambio, la fe perseverante —aunque sea sostenida por pocos— mantiene viva la esperanza aun cuando el futuro parece incierto. Números 13–14, por tanto, enseña que cuando el pueblo del Señor confía en Él, puede mirar adelante con esperanza, sabiendo que el futuro no está determinado por gigantes ni murallas, sino por la fidelidad inmutable de Dios.

¿Por qué los israelitas querían “volver[se] a Egipto”? (Números 14:3). Desde una perspectiva doctrinal, el deseo de volver a Egipto no refleja nostalgia geográfica, sino regresión espiritual. Egipto simboliza el cautiverio conocido; Canaán, en cambio, representa una promesa que requiere fe, valentía y confianza continua en el Señor. Cuando los israelitas enfrentaron ciudades fortificadas y enemigos poderosos, el temor los llevó a reinterpretar el pasado: el sufrimiento de la esclavitud fue minimizado, mientras que el desafío del futuro fue magnificado.

Doctrinalmente, esto enseña que el temor distorsiona la memoria espiritual. Cuando se pierde de vista quién es Dios y lo que ya ha hecho, el futuro se percibe como una amenaza en lugar de una promesa. Volver a Egipto parecía más seguro porque implicaba un dolor conocido, controlable, aunque carente de libertad. Así, Números 14:3 revela que sin fe, incluso la liberación puede parecer menos deseable que el cautiverio, y que el corazón humano, cuando no confía plenamente en el Señor, tiende a elegir seguridad aparente en lugar de promesas divinas.

¿Cómo describirías el “otro espíritu” que hubo en Caleb? (Números 14:24). El “otro espíritu” en Caleb describe una actitud interior sostenida por fe constante, no por circunstancias favorables. Caleb vio exactamente lo mismo que los demás espías: gigantes, murallas y riesgos reales. Sin embargo, interpretó la realidad desde la fidelidad de Dios, no desde su propia insuficiencia. Su espíritu era distinto porque estaba anclado en la confianza, no en el miedo.

Doctrinalmente, este “otro espíritu” se caracteriza por: una visión espiritual que prioriza las promesas del Señor sobre los obstáculos visibles, lealtad firme aun cuando la mayoría se opone, perseverancia que no se desgasta por el desánimo colectivo.

El texto subraya que Caleb “siguió cumplidamente a Jehová”. Esto enseña que la fe verdadera no es momentánea ni emocional, sino constante y obediente, incluso cuando el cumplimiento de la promesa se retrasa. Ese espíritu distinto es el que el Señor reconoce y recompensa.

¿Qué llama la atención sobre la fe de Caleb y Josué, y cómo aplicar sus ejemplos hoy?. La fe de Josué y Caleb destaca porque fue minoritaria pero firme. No negaron las dificultades ni minimizaron los riesgos; sin embargo, proclamaron con claridad que “si Jehová se agrada de nosotros”, Él los llevaría a la tierra prometida. Su fe no dependía del consenso del pueblo, sino de su relación personal con Dios.

Doctrinalmente, su ejemplo enseña que: la fe no siempre será popular, la esperanza en el futuro requiere valentía para hablar y actuar conforme a la verdad, confiar en el Señor implica avanzar aun cuando otros retroceden.

Aplicado a la vida personal, estos ejemplos invitan a evaluar cómo enfrentamos nuestras propias “tierras prometidas”: decisiones difíciles, cambios, llamamientos, pruebas o promesas aún no cumplidas. La fe de Caleb y Josué nos enseña a no definir el futuro por el tamaño de los obstáculos, sino por la grandeza de Dios. Elegir su camino significa decidir creer, aun cuando el miedo parezca razonable, que el Señor cumple Sus promesas y que con Él, el futuro siempre puede estar lleno de esperanza.

Números 13–14 enseña que el futuro no se pierde por falta de promesas, sino por falta de fe. Mientras el temor empuja a volver a Egipto, la fe impulsa a avanzar hacia Canaán. El “otro espíritu” de Caleb y la fe perseverante de Josué testifican que confiar en el Señor transforma la incertidumbre en esperanza y convierte el futuro —por desafiante que sea— en un lugar donde Dios ya ha preparado la victoria.

Conclusión final — Números 13–14 testifica que el futuro del pueblo de Dios se decide más en el corazón que en el campo de batalla. Israel no fracasó por falta de promesas ni por la fuerza de sus enemigos, sino por permitir que el temor reinterpretara la realidad y eclipsara la memoria de las obras del Señor. Cuando la fe se debilita, incluso la libertad conquistada puede parecer menos deseable que el cautiverio conocido; pero cuando la fe permanece, aun los obstáculos más imponentes se convierten en escenarios para que Dios manifieste Su poder.

En contraste con la incredulidad colectiva, el “otro espíritu” de Caleb y la fe perseverante de Josué revelan el camino de la esperanza verdadera. Ellos no negaron las dificultades, pero se negaron a absolutizarlas. Miraron el futuro desde la fidelidad de Dios y no desde la insuficiencia humana. Esa fe —constante, obediente y valiente— sostuvo la esperanza aun cuando la promesa parecía retrasarse.

Doctrinalmente, estos capítulos enseñan que la incredulidad prolonga el camino, mientras que la fe perseverante mantiene viva la esperanza hasta que la promesa se cumple. Avanzar con fe no garantiza ausencia de pruebas, pero sí garantiza la presencia del Señor. Así, Números 13–14 nos invita a elegir cómo miramos el porvenir: con los ojos del temor que retrocede hacia Egipto, o con los ojos de la fe que avanza hacia Canaán. Quienes confían en el Señor descubren que el futuro no está determinado por gigantes ni murallas, sino por la fidelidad inmutable de Dios, quien ya ha preparado la victoria para los que creen.

Pensamiento reflexivo — Hay momentos en la vida en que el futuro se presenta como Canaán: una promesa real, pero rodeada de incertidumbre. Números 13–14 nos recuerda que no todos vemos el mismo futuro de la misma manera, aun cuando enfrentamos las mismas circunstancias. Israel vio gigantes y murallas; Caleb y Josué vieron la fidelidad de Dios. La diferencia no estuvo en la información, sino en el corazón.

El deseo de “volver a Egipto” revela cuán tentador puede ser refugiarse en lo conocido cuando avanzar exige fe. El miedo hace que el pasado parezca más seguro de lo que fue y que el futuro parezca más peligroso de lo que realmente es. Pero la fe obra de otro modo: recuerda lo que Dios ya ha hecho y confía en lo que aún hará. Por eso, el “otro espíritu” de Caleb no negó la dificultad; se negó a permitir que la dificultad definiera el desenlace.

Este relato invita a una pregunta personal: ¿qué voces están interpretando hoy mi futuro? Cuando el temor habla más fuerte que la promesa, la esperanza se apaga; cuando la fe persevera, aun siendo minoritaria, la esperanza se mantiene viva. Avanzar con fe no garantiza un camino sin pruebas, pero sí asegura la compañía del Señor en cada paso.

Al final, Números 13–14 nos enseña que el futuro no se decide por el tamaño de los obstáculos, sino por la grandeza de Dios. Elegir la fe es elegir avanzar, aun con temblor, confiando en que Aquel que prometió ya va delante. Quienes caminan así descubren que la esperanza no es ingenuidad, sino una confianza profunda en la fidelidad inmutable del Señor.


Números 21:4–9
Si miro hacia Jesucristo con fe, Él puede sanarme espiritualmente.


Números 21:4–9 presenta una de las tipologías mesiánicas más claras del Antiguo Testamento y enseña una doctrina central del Evangelio: la sanación espiritual proviene de mirar a Jesucristo con fe. En medio del desánimo y la murmuración, Israel experimenta las consecuencias del pecado —las serpientes ardientes—, una imagen poderosa del efecto destructivo de apartarse de Dios. La respuesta divina, sin embargo, no es la eliminación inmediata del sufrimiento, sino la provisión de un medio sencillo de sanación: mirar con fe a la serpiente de bronce levantada por Moisés.

Doctrinalmente, el acto de “mirar” no era mágico ni mecánico; requería humildad, confianza y obediencia. Algunos pudieron haber considerado la instrucción demasiado simple o incluso ilógica; no obstante, la sanación dependía de creer la palabra del Señor y actuar conforme a ella. Así, el pasaje enseña que la fe verdadera no siempre se manifiesta en grandes gestos, sino en una decisión sincera de volver el corazón hacia Dios, aun cuando la solución parezca sencilla.

Este símbolo apunta directamente a Jesucristo, quien sería “levantado” para que todo aquel que mire a Él viva. Tal como la serpiente de bronce fue levantada para salvar de la muerte física, el Salvador fue levantado para ofrecer sanación espiritual, perdón y vida eterna. Números 21:4–9, por tanto, enseña que cuando el dolor espiritual es consecuencia del pecado, la esperanza no se halla en huir, negar o justificar, sino en mirar a Cristo con fe, confiar en Su poder redentor y aceptar humildemente la sanación que solo Él puede otorgar.

¿Qué podría representar la serpiente de bronce?. Las Escrituras del Libro de Mormón enseñan con claridad que la serpiente de bronce representa a Jesucristo levantado para la salvación del mundo. Los profetas explican que así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, el Hijo de Dios sería levantado para que todo el que mirara a Él con fe viviera (véanse 1 Nefi 17:40–41; Alma 33:18–22; Helamán 8:13–15).

Doctrinalmente, la serpiente de bronce simboliza el poder redentor de Cristo accesible a todos, sin distinción, mediante un acto sencillo de fe. No sanaba por su material ni por el acto físico de mirar, sino porque dirigía el corazón del pueblo hacia el medio que Dios había provisto. Así, la serpiente es un tipo de Jesucristo, quien ofrece vida espiritual a quienes vuelven su mirada a Él.

¿Qué pueden representar las mordeduras de serpiente?. Las mordeduras representan los efectos espirituales del pecado, la rebelión y el endurecimiento del corazón. En el relato original, las serpientes aparecen después de la murmuración y la pérdida de gratitud; del mismo modo, los profetas del Libro de Mormón enseñan que el pecado introduce dolor espiritual y separación de Dios.

Doctrinalmente, las mordeduras simbolizan cómo el pecado hiere, debilita y, si no se busca sanación divina, conduce a la muerte espiritual. Este símbolo enseña que la humanidad no puede curarse por sí misma; necesita un Redentor provisto por Dios.

¿Por qué algunas personas se rehusaron a mirar? (Números 21:9; Alma 33:20–21). Los profetas explican que algunos no miraron por la “sencillez del medio”. El orgullo, la incredulidad o la dureza de corazón hicieron que rechazaran una solución que parecía demasiado simple. Doctrinalmente, esto enseña que el mayor obstáculo para la sanación espiritual no es la falta de poder en Cristo, sino la resistencia humana a confiar plenamente en Él.

Esta experiencia es común en la vida espiritual: a veces las personas tropiezan con mandamientos sencillos, prácticas básicas (orar, arrepentirse, perdonar) o invitaciones claras del Señor, porque esperan soluciones más complejas o espectaculares. El evangelio, sin embargo, funciona por fe humilde.

¿Alguna vez te ha pasado algo similar?. Desde una perspectiva doctrinal aplicada, esta pregunta invita a la introspección. A menudo, el Señor ya ha provisto el medio de sanación —arrepentimiento, oración, sacramentos, consejo profético—, pero el orgullo, el temor o la postergación nos impiden “mirar”. El relato enseña que saber dónde está la sanación no siempre equivale a recibirla; es necesario actuar con fe.

¿Qué te sientes inspirado a hacer para “mirar al Hijo de Dios con fe” más plenamente? (Helamán 8:15). Mirar al Hijo de Dios con fe implica enfocar deliberadamente la vida en Él. Doctrinalmente, esto incluye: confiar en Su Expiación cuando el pecado hiere, aceptar Su palabra aun cuando desafía nuestras preferencias, perseverar en la obediencia sencilla y constante.

Los profetas enseñan que mirar a Cristo no es un acto momentáneo, sino una orientación continua del corazón, una elección diaria de creer que Él puede sanar lo que por nosotros mismos no podemos sanar.

¿Qué tiende a alejarnos de Cristo y cómo bendice Él a quienes se mantienen centrados en Él?. Al comparar Números 21:4–9 con Mateo 14:25–31 (Pedro caminando sobre el agua) y 1 Nefi 8:24–28 (el sueño del árbol de la vida), se revela un patrón doctrinal consistente:

Lo que aleja de Cristo: el miedo al entorno (las olas, los gigantes, las burlas), la distracción por voces ajenas al Señor, la incredulidad nacida del orgullo o del desánimo.

Las bendiciones de mantenerse centrado en Él: poder para hacer lo humanamente imposible, sanación espiritual real y duradera, firmeza y claridad aun en medio de la confusión.

En todos estos relatos, Cristo bendice a quienes mantienen la mirada fija en Él, no porque sean perfectos, sino porque confían.

Las enseñanzas de Números 21, confirmadas por los profetas del Libro de Mormón, testifican que la sanación espiritual siempre ha estado al alcance de la humanidad. El Señor no ha ocultado el remedio; lo ha levantado a la vista de todos. La pregunta decisiva no es si Cristo puede sanar, sino si estamos dispuestos a mirar a Él con fe. Quienes lo hacen descubren que incluso las heridas más profundas pueden ser sanadas por el poder redentor del Hijo de Dios.

Conclusión final — Números 21:4–9 proclama una verdad redentora sencilla y poderosa: la sanación espiritual llega cuando elegimos mirar a Cristo con fe. El Señor no eliminó de inmediato las consecuencias del pecado; proveyó, en cambio, un medio humilde y accesible que requería confianza y obediencia. Así, el relato enseña que el poder para sanar no reside en la complejidad del remedio, sino en la disposición del corazón para creer y actuar conforme a la palabra de Dios.

La serpiente de bronce prefigura a Jesucristo, levantado para que todo el que mire a Él viva. Las mordeduras simbolizan las heridas reales del pecado; la sanación, el perdón y la vida nueva que solo el Salvador puede otorgar. La negativa de algunos a mirar revela que el mayor obstáculo no es la ausencia de poder divino, sino la resistencia humana a confiar en lo sencillo del Evangelio.

En armonía con el testimonio del Libro de Mormón, este pasaje invita a una elección diaria: mantener la mirada fija en Cristo cuando el miedo, la distracción o el orgullo intentan desviarla. Quienes miran a Él descubren que la fe transforma el dolor en esperanza, la debilidad en fortaleza y la herida en sanación duradera. En definitiva, el remedio está a la vista; la bendición llega a quienes deciden mirar con fe.

Pensamiento reflexivo — Hay dolores que no se resuelven huyendo ni explicándolos mejor. Israel aprendió que, aun cuando el sufrimiento era real, el remedio ya estaba a la vista. No se les pidió entenderlo todo, ni escalar, ni demostrar fuerza; se les pidió mirar. En ese gesto sencillo había humildad, confianza y obediencia. Mirar era reconocer que la sanación no nacía del esfuerzo propio, sino de volver el corazón a Dios.

La serpiente levantada señala a Jesucristo: al Salvador que sería levantado para sanar lo que el pecado hiere. A veces lo más difícil no es creer que Él puede sanar, sino aceptar que el camino es sencillo. El orgullo quiere soluciones complejas; el miedo posterga; la culpa baja la mirada. Pero el Evangelio susurra: mira y vive.

Este relato nos invita a una elección diaria. Cuando el alma duele, ¿miramos hacia dentro con reproche, hacia atrás con nostalgia, o hacia Cristo con fe? Mantener la mirada en Él no elimina de inmediato todas las consecuencias, pero sí introduce poder redentor en medio de ellas. Allí, la fe convierte el dolor en esperanza, la debilidad en fortaleza y la herida en un lugar donde Dios puede obrar.

El remedio no está escondido. Está levantado. La sanación llega cuando elegimos mirar.


Números 22–24
Puedo obedecer la voluntad de Dios, aunque otras personas intenten persuadirme a no hacerlo.


Números 22–24 presenta una enseñanza doctrinal profunda acerca de la obediencia a la voluntad de Dios en medio de presiones externas persistentes. El relato de Balaam y Balac muestra que conocer la palabra del Señor no siempre garantiza una obediencia firme; a menudo, la verdadera prueba surge cuando otros intentan persuadirnos, recompensarnos o intimidarnos para que actuemos en contra de lo que Dios ya ha revelado.

Doctrinalmente, estos capítulos enseñan que la voluntad de Dios puede ser clara, pero la tentación de acomodarla a los deseos humanos es real. Balaam recibió instrucción divina directa, pero permitió que la insistencia de Balac, el honor prometido y las recompensas materiales crearan una tensión entre lo que Dios había dicho y lo que otros deseaban que hiciera. El relato deja en claro que la obediencia parcial, la racionalización espiritual y la búsqueda de aprobación humana pueden conducir a decisiones que, aunque parezcan justificadas, no reflejan una sumisión plena a Dios.

Al mismo tiempo, Números 22–24 testifica que los propósitos del Señor no pueden ser frustrados por la presión humana. Aun cuando Balaam intentó acomodarse a la voluntad de Balac, Dios puso Su palabra en su boca y transformó maldiciones en bendiciones. Esto enseña que el Señor gobierna soberanamente, pero también responsabiliza a Sus siervos por la rectitud de sus intenciones. La obediencia verdadera no consiste solo en decir las palabras correctas, sino en alinear el corazón con la voluntad de Dios, aun cuando hacerlo implique perder prestigio, recompensa o aprobación social.

Así, Números 22–24 invita a reflexionar que cada discípulo enfrenta momentos en los que otros —personas influyentes, expectativas culturales o beneficios aparentes— intentan persuadirlo a desviarse del camino revelado. La doctrina central de estos capítulos afirma que obedecer a Dios con integridad requiere valentía espiritual, claridad moral y la disposición de permanecer fiel, incluso cuando la presión externa es constante. En esa obediencia firme se halla la protección divina y la certeza de que los planes del Señor siempre prevalecerán.

¿Cómo trató Balac de persuadir a Balaam? (Números 22:5–7, 15–17). Balac recurrió a estrategias progresivas de persuasión. Primero envió mensajeros con promesas implícitas de recompensa; luego, al no lograr su objetivo, envió príncipes “más honorables”, acompañados de ofertas explícitas de riqueza, honra y promoción personal. Doctrinalmente, este patrón revela que la tentación rara vez se presenta de forma abrupta; suele incrementarse gradualmente, apelando al deseo humano de reconocimiento, seguridad material o influencia.

El relato enseña que las presiones externas pueden adoptar formas respetables y atractivas. Balac no pidió abiertamente rebelión contra Dios; pidió un “servicio” que parecía compatible con el prestigio espiritual de Balaam. Así, Números 22 expone una verdad doctrinal: la tentación más peligrosa no siempre es la más evidente, sino aquella que busca justificar la desobediencia mediante recompensas legítimas mal orientadas.

¿Qué te llama la atención de las respuestas de Balaam? (Números 22:18, 38; 23:8, 12, 26; 24:13). Las respuestas de Balaam son doctrinalmente llamativas por su claridad verbal y su ambigüedad interior. En múltiples ocasiones declara una verdad correcta: no puede ir más allá de lo que el Señor diga, aunque se le ofrezca “casa llena de plata y oro”. Balaam reconoce la autoridad absoluta de Dios sobre sus palabras.

Sin embargo, el texto también revela una tensión espiritual: aunque Balaam afirma obediencia, permanece expuesto voluntariamente a la presión. Repite la verdad, pero continúa dialogando con la tentación. Doctrinalmente, esto enseña que decir lo correcto no siempre equivale a tener un corazón plenamente alineado. Balaam habló conforme a la voluntad de Dios, pero permitió que el deseo de ganancia mantuviera abierta la puerta de la negociación.

¿Qué advertencia doctrinal se desprende del hecho de que Balaam finalmente cediera? (Números 31:16; Judas 1:11). El desenlace de Balaam es una advertencia solemne. Aunque no pudo maldecir a Israel con palabras, lo traicionó mediante consejo, induciendo al pecado. Esto enseña doctrinalmente que la obediencia parcial o circunstancial no protege el corazón. Balaam respetó la letra del mandato divino, pero violó su espíritu.

Las Escrituras posteriores identifican este patrón como “el camino de Balaam”: conocer la verdad, enseñarla correctamente, pero vender la lealtad espiritual por beneficio personal. La advertencia es clara: nadie cae repentinamente; la caída es precedida por pequeñas concesiones internas que, con el tiempo, erosionan la fidelidad.

¿Cómo puedes mantenerte fiel al Señor a pesar de las presiones de los demás?. Desde una perspectiva doctrinal aplicada, el relato enseña varios principios protectores:

  • Aceptar la primera respuesta del Señor sin buscar excepciones convenientes.
  • Cerrar la puerta a la negociación cuando la voluntad de Dios ya ha sido revelada.
  • Examinar las motivaciones del corazón, no solo la corrección externa de las acciones.
  • Recordar que la fidelidad no se mide solo por lo que decimos públicamente, sino por las decisiones privadas que tomamos cuando la presión continúa.

El contraste implícito del relato muestra que Dios puede cumplir Sus propósitos aun cuando Sus siervos vacilan; sin embargo, la bendición personal pertenece a quienes obedecen con integridad. Mantenerse fiel implica elegir a Dios repetidamente, incluso cuando la persuasión es persistente, atractiva y socialmente aprobada.

Números 22–24 enseña que conocer la voluntad de Dios es una bendición, pero permanecer fiel a ella es una prueba continua. Balaam demuestra que es posible hablar por Dios y, aun así, fallar en someterle plenamente el corazón. El mensaje doctrinal es claro: cuando otros intenten persuadirnos con honra, recompensa o aprobación, la obediencia verdadera requiere no solo palabras correctas, sino una lealtad interior inquebrantable. En esa fidelidad constante se halla la protección espiritual y la aprobación duradera del Señor.

Conclusión final — Números 22–24 concluye con una advertencia doctrinal tan sobria como necesaria: conocer la voluntad de Dios no es lo mismo que someter plenamente el corazón a ella. El relato muestra que la presión externa —honra, recompensa, influencia o aprobación social— puede coexistir con un conocimiento correcto de la verdad y, aun así, desviar el alma si no se responde con obediencia íntegra. En la experiencia de Balaam, aprendemos que repetir palabras verdaderas no garantiza fidelidad si el corazón permanece abierto a la negociación.

El Señor demuestra, al mismo tiempo, que Sus propósitos no pueden ser frustrados: transforma maldiciones en bendiciones y gobierna soberanamente aun cuando Sus siervos vacilan. Sin embargo, la narrativa también deja claro que la responsabilidad moral recae en las intenciones. La obediencia parcial, la racionalización espiritual y el diálogo prolongado con la tentación erosionan la lealtad hasta que se traiciona el espíritu del mandamiento, aunque se conserve su letra.

La lección final es personal y práctica: la fidelidad se decide antes de que la presión aumente. Se preserva al aceptar la primera respuesta del Señor, cerrar la puerta a excepciones convenientes y examinar las motivaciones internas más que la corrección externa. Así, Números 22–24 testifica que la verdadera obediencia requiere valentía espiritual y claridad moral para permanecer fiel cuando otros intentan persuadirnos a no hacerlo. En esa lealtad interior e inquebrantable se halla la protección espiritual y la aprobación duradera del Señor.

Pensamiento reflexivo — Hay una diferencia profunda entre oír la voz de Dios y permitir que esa voz gobierne el corazón. Balaam conocía la palabra del Señor y la expresó con exactitud, pero dejó abierta una puerta interior a la negociación. Allí, en ese espacio no resuelto, la presión encontró terreno fértil. Números 22–24 nos recuerda que la obediencia no se pierde de golpe; se erosiona lentamente cuando seguimos escuchando ofertas que ya deberíamos haber rechazado.

El relato invita a mirarnos con honestidad: ¿qué conversaciones seguimos manteniendo después de que Dios ya ha respondido? A veces no negamos la verdad, pero la rodeamos; no desobedecemos abiertamente, pero posponemos el cierre del corazón. La tentación rara vez exige una renuncia inmediata a Dios; suele pedir solo “considerar”, “pensarlo mejor”, “no ser tan radical”. Así comienza el camino de Balaam.

Al mismo tiempo, hay consuelo: Dios cumple Sus propósitos aun cuando otros presionan. Sin embargo, la paz interior y la protección espiritual pertenecen a quienes eligen la fidelidad antes de que la presión aumente. La obediencia que protege no es la que habla bien, sino la que descansa sin reservas en la primera respuesta del Señor.

Este pasaje nos invita a una decisión serena y valiente: cuando la voluntad de Dios es clara, cerrar la puerta a la negociación. Allí, aunque se pierdan honores o recompensas, se gana algo mayor: un corazón íntegro, una conciencia en paz y la certeza de caminar bajo la aprobación duradera del Señor.

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