Antiguo Testamento 2026 (Ven, sígueme)

2 – 8 febrero:
“El Señor llamó Sion a su pueblo”
Moisés 7


Moisés 7 presenta una de las revelaciones más elevadas y esperanzadoras de todas las Escrituras: la visión de Sion establecida entre los hombres y aceptada por Dios. En este capítulo, el Señor revela que Sion no surge por medios políticos, económicos o sociales, sino por la transformación espiritual de un pueblo que decide vivir conforme a convenios sagrados y en plena armonía con Jesucristo, “el Rey de Sion” (Moisés 7:53).
El relato de Enoc y su pueblo responde a un anhelo universal: el deseo de una sociedad libre de pobreza, violencia e injusticia. Sin embargo, Moisés 7 enseña que Sion no se edifica simplemente eliminando problemas externos, sino cambiando el corazón humano. El pueblo de Enoc llegó a ser “uno en corazón y voluntad” (Moisés 7:18) porque aprendió a someter su vida individual y colectiva a la voluntad del Señor. La unidad, la paz y la justicia que caracterizaron a Sion fueron el resultado natural de una vida centrada en Dios y en los convenios del Evangelio.
Doctrinalmente, Sion es tanto un lugar como una condición espiritual. Aunque Moisés 7 describe una ciudad real que fue “tomada al cielo” (Moisés 7:21), el Señor aclara en otras revelaciones que Sion es, en esencia, “los puros de corazón” (Doctrina y Convenios 97:21). Esto significa que la verdadera edificación de Sion comienza en el interior de cada persona. La pureza de corazón, la compasión, la rectitud personal y el amor cristiano son los fundamentos sobre los cuales el Señor puede establecer Su pueblo.
Moisés 7 también enseña que Sion se edifica en medio de un mundo marcado por la iniquidad y la contención. El pueblo de Enoc no se aisló del sufrimiento humano; al contrario, ministró con poder y misericordia en un entorno hostil. Su ejemplo demuestra que es posible vivir los principios de Sion aun cuando el mundo que nos rodea no los refleje plenamente.
Para los Santos de los Últimos Días, este capítulo invita a reflexionar sobre nuestra responsabilidad personal y colectiva en la edificación de Sion hoy. Si bien anhelamos una Sion futura y glorificada, el Señor nos enseña que su preparación comienza ahora, en nuestros corazones, en nuestros hogares y en nuestras comunidades. Al vivir los convenios, cuidar de los necesitados, buscar la unidad y centrar nuestra vida en Jesucristo, participamos activamente en la obra eterna de edificar Sion y preparar la tierra para la venida del Rey de Sion.

Enseñanzas principales
Moisés 7 — “El Señor llamó Sion a su pueblo”

Sion es el pueblo del Señor, no solo un lugar
Sion se define principalmente por quiénes la componen y por su relación con Dios. Aunque Moisés 7 describe una ciudad literal, el énfasis doctrinal está en un pueblo santificado que vive conforme a la voluntad del Señor y es reconocido por Él como Su propio pueblo.

Sion se caracteriza por la unidad espiritual
El pueblo de Enoc llegó a ser “uno en corazón y voluntad” (Moisés 7:18). Esta unidad no fue forzada ni superficial, sino el resultado de corazones alineados con Dios. La verdadera unidad surge cuando las personas subordinan sus intereses personales al propósito divino.

La pureza de corazón es el fundamento de Sion
Las Escrituras enseñan que Sion es “los puros de corazón” (Doctrina y Convenios 97:21). La santidad interior precede a cualquier transformación social. Sin corazones purificados por la fe, el arrepentimiento y los convenios, no puede existir Sion.

No hay pobreza ni desigualdad en Sion
En Sion “no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). Esto refleja un compromiso activo con la justicia, la mayordomía y el cuidado de los necesitados. La igualdad en Sion nace del amor cristiano y del uso recto de los bienes, no de la coerción.

Sion vive en rectitud en medio de un mundo inicuo
El pueblo de Enoc estableció Sion mientras el resto del mundo se llenaba de violencia y corrupción. Esto enseña que es posible vivir conforme a normas celestiales aun cuando la sociedad que nos rodea se aparte de Dios.

Jesucristo es el Rey y el centro de Sion
Sion existe porque Cristo la gobierna. Él es “el Rey de Sion” (Moisés 7:53), y Su Exp iación, Su autoridad y Su amor sostienen a Su pueblo. Sin Cristo como centro, no puede haber Sion verdadera.

Sion es aceptada y preservada por Dios
El Señor tomó a Sion al cielo (Moisés 7:21), mostrando que una sociedad fundada en justicia, unidad y pureza es digna de Su presencia. Esto simboliza la promesa de exaltación colectiva para quienes viven conforme a los principios de Sion.

La edificación de Sion comienza en el corazón y en el hogar
Antes de ser una realidad mundial, Sion debe formarse a nivel personal y familiar. La obediencia diaria, el amor cristiano y la fidelidad a los convenios preparan al pueblo del Señor para edificar Sion en mayor escala.

Sion está vinculada al plan eterno de Dios
Moisés 7 conecta la experiencia de Enoc con la Segunda Venida y el establecimiento final del reino de Dios. La Sion del pasado es un modelo y una promesa de la Sion futura que será plenamente revelada cuando Cristo regrese.

Dios llora por Sus hijos y por el mundo caído
La compasión divina revelada en Moisés 7 muestra que el establecimiento de Sion nace del amor profundo de Dios por la humanidad. El deseo del Señor de salvar y santificar a Sus hijos es la motivación central de Su obra redentora.


Moisés 7:16–21, 27, 53, 62–69
Puedo ayudar a edificar Sion.


Moisés 7 revela que la edificación de Sion no es únicamente una obra reservada para profetas del pasado o para un tiempo futuro, sino una responsabilidad continua del pueblo del Señor. Al contemplar la experiencia de Enoc y su Ciudad de Santidad, el profeta José Smith reconoció que había llegado nuevamente el tiempo en que Dios deseaba establecer Sion sobre la tierra.
Ese entendimiento no lo llevó a una contemplación pasiva, sino a una dedicación de por vida a la obra de edificar un pueblo preparado para morar en la presencia de Dios.

En los versículos 16–21 se describe la transformación espiritual del pueblo de Enoc: llegaron a ser “uno en corazón y en voluntad”, vivieron en rectitud y eliminaron la pobreza entre ellos. Esta descripción establece el modelo divino de Sion: una sociedad basada en la unidad, la justicia y la consagración, sostenida por la obediencia a los convenios y por el amor cristiano. Sion, en este sentido, no es simplemente una organización social ideal, sino una comunidad santificada por el poder del Evangelio de Jesucristo.

Los versículos 27 y 53 enseñan que Sion existe en contraste con un mundo caracterizado por la iniquidad, la violencia y el rechazo de Dios. Mientras las naciones se endurecen, el pueblo de Sion se define por su mansedumbre, su fe y su disposición a seguir al “Rey de Sion”, Jesucristo. Esta distinción aclara que edificar Sion implica vivir de manera diferente al mundo, guiados por principios celestiales en lugar de valores terrenales.

Finalmente, Moisés 7:62–69 amplía la visión de Sion más allá de la época de Enoc y la conecta con los últimos días. El Señor promete que Sion volverá a establecerse, que se unirá con la Sion de Enoc y que será un refugio y una defensa para los justos. Estas promesas colocan a los creyentes de hoy dentro del gran marco del plan eterno de Dios, mostrando que cada acto de fe, unidad y rectitud contribuye a la edificación progresiva de Sion.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que edificar Sion comienza en lo personal y se extiende a lo colectivo. Aunque aún “tenemos mucho trabajo por hacer”, el Señor invita a cada discípulo a participar activamente en esa obra sagrada. Al buscar ser “uno en corazón y en voluntad” con los demás, al vivir los convenios y al reflejar el amor de Cristo en nuestros hogares, barrios y comunidades, cada persona puede ayudar a preparar el camino para el establecimiento pleno de Sion en la tierra.

¿Qué es Sion según Moisés 7? — Moisés 7 enseña que Sion no es solo un lugar geográfico, sino una condición espiritual colectiva. En los versículos 18 y 19 se declara que el pueblo de Enoc era “uno en corazón y voluntad”, que moraban en justicia y que “no había pobres entre ellos”. Esto revela que Sion se define por la unidad espiritual, la rectitud personal y la justicia social, no simplemente por la organización externa.
Sion es una sociedad donde Dios habita con Su pueblo (véanse Moisés 7:16–17), donde los cielos y la tierra están en armonía. No es una comunidad perfecta por ausencia de pruebas, sino una comunidad transformada por convenios, arrepentimiento continuo y amor cristiano. Así, Sion es el resultado de personas que permiten que Dios gobierne sus corazones.

¿En qué se diferencia Sion del resto del mundo? — La diferencia fundamental entre Sion y el mundo radica en lo que gobierna el corazón humano. En Moisés 7:16–21 se describe un mundo lleno de violencia, corrupción y miseria, donde Satanás reina y la injusticia prevalece. En contraste, Sion se caracteriza por la presencia de Dios, la ausencia de opresión y la preocupación activa por los demás.
Mientras el mundo se edifica sobre el orgullo, la competencia y la desigualdad, Sion se edifica sobre la humildad, la unidad y el sacrificio. El mundo tolera la pobreza como un hecho inevitable; Sion la elimina mediante la justicia y la consagración. Esta diferencia no es meramente social, sino profundamente espiritual: Sion refleja el carácter de Cristo; el mundo refleja la caída no redimida.

¿Qué aprendemos del corazón de Enoc y de su pueblo? (Moisés 7:27, 53) — Enoc es descrito como un profeta que llora por la condición del mundo (Moisés 7:28–35), y su pueblo aprende a ver con los mismos ojos compasivos. Moisés 7:27 muestra que el temor del Señor reposaba sobre Sion, lo cual no significa terror, sino reverencia profunda y deseo de obedecer a Dios. Esa reverencia produce poder espiritual y protección divina.
En Moisés 7:53, se introduce la dimensión mesiánica: Enoc ve al Hijo del Hombre levantado en la cruz y comprende que la redención de Sion está inseparablemente ligada a Jesucristo. Esto enseña que Sion no puede edificarse solo con buenas intenciones o reformas sociales; debe edificarse sobre la Expiación de Cristo, que transforma a las personas desde dentro.

¿Qué papel juega Jesucristo en la edificación de Sion? (Moisés 7:62–69) — En los versículos 62–69, el Señor promete que Sion volverá a ser establecida en los últimos días, y que los cielos y la tierra se unirán nuevamente. Jesucristo es presentado como el centro de esta obra: Él es quien redime, reúne y santifica a Su pueblo. La Sion futura no será solo un recuerdo del pasado, sino una realidad restaurada mediante convenios y poder divino.
Estos versículos enseñan que edificar Sion es una obra tanto presente como futura. No se limita a una ciudad literal, sino que incluye la edificación de hogares, barrios y comunidades centradas en Cristo, preparadas para recibir Su venida. La Sion de los últimos días se construye gradualmente, corazón por corazón.

¿Cómo puedo ayudar hoy a edificar Sion? — Moisés 7 invita a reconocer que la edificación de Sion comienza a nivel individual. Cada persona contribuye cuando vive con rectitud, busca la unidad, rechaza la injusticia y cuida de los necesitados. Ayudar a edificar Sion hoy implica:
• Permitir que Cristo gobierne nuestras decisiones diarias.
• Trabajar por la unidad en la familia y en la Iglesia.
• Vivir los principios de consagración, generosidad y servicio.
• Llorar por el pecado y el sufrimiento del mundo, pero actuar con esperanza.
Tal como ocurrió con el profeta José Smith, quien entendió que había llegado el tiempo de restaurar Sion, el lector moderno es invitado a continuar esa obra. Sion no se edifica de una vez, sino mediante una vida consagrada, y cada acto de fe, justicia y amor genuino se convierte en una piedra viva en la Ciudad de Santidad.
Moisés 7 testifica que Sion es posible porque Dios la ha establecido antes y la establecerá nuevamente. Enseña que el cielo responde cuando un pueblo elige ser uno, vivir en justicia y centrar su vida en Jesucristo. La invitación es clara: no solo esperar a Sion, sino ayudar activamente a edificarla, comenzando por el propio corazón.

Si aún hay mucho trabajo por hacer para edificar Sion, ¿cómo comenzamos a hacerlo? — Las Escrituras enseñan que Sion no se edifica primero como una estructura externa, sino como una realidad espiritual interna. El trabajo comienza cuando personas imperfectas deciden vivir de una manera más alineada con el carácter de Cristo. Antes de que exista una “Ciudad de Santidad”, debe existir un pueblo santificado. Por eso, la pregunta “¿cómo lo hacemos?” se responde mejor con otra: ¿qué tipo de personas debemos llegar a ser?
Edificar Sion implica un proceso continuo de arrepentimiento, humildad, servicio y consagración. No se trata de lograr unidad ignorando diferencias, sino de subordinar intereses personales al bien común bajo la dirección del Señor. Así, el trabajo de Sion comienza en decisiones diarias: cómo tratamos a los demás, cómo reaccionamos ante el conflicto y cómo elegimos amar de manera deliberada.

¿Qué significa ser “uno en corazón y en voluntad”? (Moisés 7:18). Ser “uno en corazón y en voluntad” no significa pensar exactamente igual ni tener las mismas personalidades o experiencias. Significa compartir un mismo centro espiritual: Jesucristo. El “corazón” representa deseos, motivaciones y lealtades; la “voluntad” representa decisiones y acciones. Cuando ambos están alineados con la voluntad de Dios, surge una unidad real y duradera.
Esta unidad es activa, no pasiva. Requiere escuchar, ceder, perdonar y buscar el bien del otro incluso cuando no es conveniente. En Sion, las personas no se preguntan primero “¿qué quiero yo?”, sino “¿qué edifica al pueblo de Dios?”.

¿En qué ocasiones has sentido esa unidad con otros, y qué hicieron las personas para crearla? — Las experiencias más auténticas de unidad suelen surgir en contextos donde hay propósito compartido y sacrificio mutuo: una familia que enfrenta una prueba, un barrio que sirve unido, un equipo que trabaja con respeto y visión común. En esas situaciones, la unidad se crea cuando las personas:
• Escuchan con empatía y sin juicio.
• Renuncian al orgullo y a la necesidad de “tener la razón”.
• Sirven sin esperar reconocimiento.
• Se comprometen con un propósito mayor que ellos mismos.
Estas prácticas reflejan principios de Sion porque producen confianza, paz y fortaleza espiritual, aun en medio de imperfecciones.

¿Qué enseña Filipenses 2:1–4 sobre cómo edificar Sion? — Filipenses 2:1–4 enseña que la unidad se construye mediante humildad cristiana. Pablo exhorta a no hacer nada por contienda o vanagloria, sino a estimar a los demás como superiores a uno mismo. Este pasaje muestra que Sion se edifica cuando dejamos de centrarnos en nosotros mismos.
Aplicado hoy, este principio invita a:
• Priorizar la paz sobre el orgullo.
• Buscar comprender antes que ser comprendidos.
• Considerar activamente las necesidades ajenas.
La inspiración práctica aquí es clara: la humildad es una herramienta esencial para edificar Sion.

¿Qué enseña 4 Nefi 1:15–18? — 4 Nefi 1:15–18 describe una sociedad donde no hay contenciones, ni clases, ni desigualdad, porque el amor de Dios mora en el corazón del pueblo. La unidad de esta sociedad no es impuesta; es el resultado natural de una vida centrada en Cristo.
Este pasaje enseña que Sion florece cuando:
• El Evangelio se vive plenamente, no solo se profesa.
• Las diferencias económicas y sociales dejan de definir el valor de las personas.
• El amor de Cristo transforma la cultura del pueblo.
La inspiración aquí es esforzarse por eliminar actitudes de superioridad, envidia o comparación, y cultivar una visión más celestial de los demás.

¿Qué aporta Doctrina y Convenios 97:21 a nuestra comprensión de Sion? — Doctrina y Convenios 97:21 define a Sion como “los puros de corazón”. Esta declaración resume toda la doctrina: Sion es una cuestión de pureza interior, no solo de organización externa. La pureza de corazón implica intenciones rectas, amor sincero y lealtad al convenio.
La inspiración práctica es preguntarse con honestidad:
¿Mis deseos, mis palabras y mis acciones contribuyen a la pureza espiritual del pueblo de Dios?

¿Qué enseña Doctrina y Convenios 105:5 sobre el proceso de edificar Sion? — Doctrina y Convenios 105:5 enseña que Sion se edifica después de que el pueblo ha sido probado y disciplinado. Esto revela que la demora en establecer Sion no es castigo, sino preparación. El Señor edifica Sion cuando Su pueblo está listo para vivir sus leyes.
Este pasaje inspira paciencia y perseverancia: el proceso de edificar Sion nos está edificando a nosotros.

¿Qué te sientes inspirado a hacer personalmente para edificar Sion? — Al considerar estos pasajes, una inspiración común es comenzar con acciones concretas y alcanzables, como:
• Trabajar activamente por la unidad en la familia o el barrio.
• Escuchar con más compasión y juzgar menos.
• Servir de manera más consciente y constante.
• Renunciar al orgullo y buscar la guía del Señor en los conflictos.
Edificar Sion no requiere esperar un momento futuro ideal; comienza ahora, cuando elegimos vivir de una manera más semejante a Cristo.
Estas Escrituras enseñan que Sion se edifica corazón por corazón, relación por relación. La unidad en rectitud no es un ideal inalcanzable, sino el fruto de decisiones diarias basadas en humildad, amor y consagración. El Señor no nos pide crear Sion de una vez, sino avanzar fielmente en su edificación, confiando en que Él santifica nuestros esfuerzos y, a Su tiempo, hará de Su pueblo “uno en corazón y en voluntad”.

Conclusión final — Moisés 7 deja un testimonio claro y exigente: Sion no es un ideal lejano ni una utopía irreal, sino una obra divina posible que comienza en el corazón humano. La Ciudad de Santidad de Enoc no surgió por circunstancias favorables, sino porque un pueblo decidió vivir de manera diferente al mundo: uno en corazón y en voluntad, gobernado por convenios, justicia y amor cristiano. Esa decisión colectiva permitió que Dios habitara con ellos y que la tierra y el cielo se unieran.
Este pasaje también enseña que Sion siempre existe en contraste con el mundo. Mientras la sociedad caída se define por violencia, desigualdad y egoísmo, Sion se define por mansedumbre, unidad y consagración. No se edifica imitando los valores del mundo con lenguaje religioso, sino permitiendo que Jesucristo —el Rey de Sion— gobierne realmente la vida personal y comunitaria. Sin Cristo y Su Expiación, Sion no puede existir; con Él, incluso personas imperfectas pueden llegar a ser un pueblo santo.
La visión de Enoc amplía además nuestra perspectiva: Sion es una obra continua que atraviesa dispensaciones. La Sion del pasado no fue destruida, sino preservada; la Sion futura no será improvisada, sino preparada. Las promesas de Moisés 7:62–69 colocan a los creyentes actuales dentro del plan eterno de Dios, recordándonos que cada acto de fe, cada esfuerzo por la unidad y cada decisión recta contribuyen a esa edificación gradual.

Doctrinalmente, Moisés 7 afirma que edificar Sion comienza de manera personal y se manifiesta de forma colectiva. Requiere pureza de corazón, humildad cristiana, disposición a ser probado y un compromiso constante con el bien del prójimo. Aunque “todavía hay mucho trabajo por hacer”, el Señor no pide perfección inmediata, sino progreso fiel. El proceso mismo de edificar Sion es el medio por el cual Dios edifica a Su pueblo.
La conclusión es clara y esperanzadora: Sion es posible porque Dios la ha establecido antes y la establecerá nuevamente, y cada discípulo de Jesucristo está invitado a participar activamente en esa obra sagrada. Al elegir ser uno en corazón y en voluntad, al vivir los convenios y al reflejar el amor de Cristo en lo cotidiano, no solo esperamos a Sion: la comenzamos a edificar hoy, corazón por corazón, hasta que el Señor haga de Su pueblo una verdadera Ciudad de Santidad.


Moisés 7:53
Jesucristo es “el Rey de Sion”.


Moisés 7:53 proclama una de las verdades cristológicas más profundas del Antiguo y del Nuevo Testamento revelado: Jesucristo no solo es el Salvador individual de las almas, sino también el Rey legítimo de Sion. Al identificar a Cristo como “el Rey de Sion”, el Señor enseña que Sion no es una sociedad autosuficiente ni una utopía humana, sino un reino gobernado directamente por Jesucristo, fundado en Su autoridad, Su expiación y Su justicia.
Tener a Jesucristo como Rey implica más que reconocer Su divinidad; significa someter voluntariamente la vida personal y colectiva a Su gobierno. En Sion, Cristo reina no por coerción, sino por consentimiento: Su pueblo elige obedecerle, confiar en Él y vivir conforme a Sus mandamientos. Doctrinalmente, esto enseña que la verdadera libertad espiritual se encuentra al aceptar el reinado de Cristo y permitir que Él gobierne el corazón, las decisiones y las relaciones.
En este versículo, Jesucristo es presentado mediante títulos que revelan distintos aspectos de Su identidad divina y de Su misión redentora. Él es el Rey, el Ungido, el Mediador y la Puerta por la cual se entra a la vida eterna. Cada título subraya que no hay otro camino legítimo hacia Sion ni hacia la exaltación que no sea por medio de Él. Sion existe porque Cristo vive, reina y redime.
La invitación a “entrar por la puerta y subir por medio de [Él]” señala claramente la doctrina de que Jesucristo es el único acceso al Padre y al reino celestial. Entrar por la puerta implica aceptar a Cristo mediante la fe, el arrepentimiento, los convenios y la obediencia. Subir por medio de Él sugiere un proceso continuo de santificación y progreso espiritual, posible únicamente gracias a Su gracia y a Su poder redentor.
Finalmente, Moisés 7:53 conecta el reinado de Cristo en Sion con la adoración reverente y esperanzada de Su pueblo. Himnos como “Oh Rey de reyes, ven” reflejan esta expectativa sagrada: el anhelo de un pueblo que reconoce a Jesucristo como su Rey eterno y se prepara para recibirle. Así, este versículo invita a cada discípulo a examinar su propia lealtad, a decidir quién gobierna su vida y a prepararse espiritualmente para morar en el reino de Sion bajo el reinado glorioso de Jesucristo.

¿Qué significa para ti tener a Jesucristo como tu Rey? — Tener a Jesucristo como Rey significa reconocerlo como la autoridad suprema de tu vida, no solo como una influencia inspiradora. Un rey no es únicamente alguien a quien se admira: es alguien a quien se obedece, a quien se le rinde lealtad y en quien se confía para ser guiado y protegido. En términos del Evangelio, aceptar a Cristo como Rey implica permitir que Él gobierne lo que piensas, lo que eliges, lo que priorizas y cómo tratas a los demás. Es decir: Su voluntad pesa más que mis impulsos, Sus mandamientos son el marco de mi libertad, y Sus convenios se convierten en mi camino.
Además, como “Rey de Sion”, Cristo reina sobre un pueblo que busca ser “puro de corazón”. Por lo tanto, reconocerlo como Rey significa aceptar que mi vida debe alinearse con los valores de Sion: unidad, justicia, misericordia, santidad y consagración. En ese sentido, Cristo no gobierna por coerción, sino por verdad, amor y poder redentor: Su reinado se manifiesta cuando yo elijo someter mi corazón a Él.

¿Qué otros títulos de Jesucristo aparecen en este versículo y qué te enseñan acerca de Él? — En Moisés 7:53, además de “Rey de Sion”, se destacan títulos que amplían la comprensión de quién es Jesucristo y cómo salva:
“Hijo del Hombre”: Este título subraya que Cristo es el Mesías prometido, el elegido del Padre, con autoridad divina para juzgar y redimir. También señala Su cercanía con la condición humana: Él entiende la experiencia mortal desde dentro. Te enseña que Jesucristo no es un Salvador distante, sino un Redentor que conoce el dolor y la debilidad.
La imagen de la “puerta”: Que Cristo sea “la puerta” enseña que Él es el acceso legítimo y necesario a la salvación. No es solo un guía que muestra el camino; es el camino mismo. Esto revela exclusividad en el sentido doctrinal: no porque Dios quiera excluir, sino porque solo una Expiación infinita puede abrir el paso hacia la vida eterna.
El lenguaje de “subir”: La idea de “subir por medio de Él” sugiere elevación espiritual: ascender de un estado caído a uno santificado. Te enseña que Cristo no solo perdona; también transforma y eleva. Su poder no se limita a borrar culpa, sino a formar un nuevo corazón y llevarte a una vida más alta.
En conjunto, estos títulos enseñan que Jesús es Rey (gobierna), Hijo del Hombre (redime con autoridad y compasión) y Puerta (abre el acceso a Dios).

¿Qué crees que significa entrar “por la puerta y sub[ir] por medio de [Él]”? — Entrar por la puerta significa venir a Cristo de una manera real y completa: fe en Él, arrepentimiento, convenios y discipulado. La “puerta” representa el inicio del camino del convenio y el reconocimiento de que no podemos salvarnos por mérito propio. Es aceptar que el acceso a la vida espiritual no se logra por autosuficiencia, sino por gracia y mediación.
“Subir por medio de Él” describe lo que ocurre después de entrar: un proceso continuo en el que Cristo te lleva hacia arriba—hacia mayor santidad, luz y comunión con Dios. Subir implica crecimiento, refinamiento y perseverancia. No es un salto instantáneo; es un ascenso guiado por el Salvador mediante Su Espíritu. En la práctica, “subir por medio de Él” incluye aprender a pensar como Él, amar como Él, servir como Él y permanecer fiel a Sus convenios hasta el fin.
Así, la frase completa enseña una doctrina central: Jesucristo no solo inicia nuestra salvación; también la sostiene y la perfecciona. Él es la entrada, el camino y el poder que nos eleva hasta llegar a ser un pueblo de Sion bajo Su reinado.

Conclusión final — Moisés 7:53 culmina con una afirmación doctrinal decisiva: Sion existe y perdura porque Jesucristo reina. Reconocer a Cristo como el Rey de Sion significa entender que la santidad del pueblo y la estabilidad del reino no dependen de la capacidad humana, sino de la autoridad, la expiación y la justicia del Hijo de Dios. Sion no es una utopía social ni un proyecto moral autónomo; es un reino de convenio gobernado por Aquel que salva, transforma y eleva.

Este versículo enseña que el reinado de Cristo es voluntario y redentor. Él gobierna por consentimiento, no por coerción; por verdad y amor, no por fuerza. Tenerlo como Rey implica una lealtad viva que ordena deseos, decisiones y relaciones conforme a Su voluntad. En ese sometimiento libre se halla la verdadera libertad: la libertad de vivir como pueblo puro de corazón, unido en justicia y misericordia.
Asimismo, los títulos que acompañan a Cristo —Rey, Hijo del Hombre, Puerta— revelan la totalidad de Su obra. Él gobierna (Rey), redime con autoridad y compasión (Hijo del Hombre) y abre el acceso a Dios (Puerta). “Entrar por la puerta y subir por medio de Él” resume el camino del discipulado: fe, arrepentimiento y convenios que inician la vida en Cristo, seguidos por un ascenso continuo de santificación sostenido por Su gracia.
En última instancia, Moisés 7:53 invita a una decisión personal y colectiva: ¿quién gobierna nuestra vida? Al elegir a Jesucristo como Rey, no solo esperamos Sion; la comenzamos a vivir. Bajo Su reinado, el pueblo es formado, la unidad se hace posible y la esperanza se vuelve segura. Cristo no solo inaugura la salvación; la sostiene y la perfecciona, hasta hacer de Su pueblo una Sion preparada para morar con Él eternamente.


Moisés 7:28–69
Dios llora y se regocija por Sus hijos.


Moisés 7:28–69 ofrece una de las revelaciones más conmovedoras y doctrinalmente profundas sobre la naturaleza de Dios en todas las Escrituras. En esta visión, Enoc contempla no a un Dios distante o indiferente, sino a un Padre celestial profundamente involucrado en la experiencia humana, capaz de llorar por el sufrimiento de Sus hijos y, al mismo tiempo, de regocijarse en la esperanza de su redención. Este pasaje revela que el amor de Dios no es abstracto ni impersonal, sino real, sensible y profundamente compasivo.
En los versículos 28–40, Enoc queda sorprendido al ver que Dios llora. Su asombro surge porque, hasta ese momento, Enoc concebía a Dios principalmente como un Ser glorioso, todopoderoso y eterno. La visión corrige esa percepción limitada al mostrar que la omnipotencia de Dios no excluye la emoción, sino que la engrandece. Doctrinalmente, estos versículos enseñan que Dios posee sentimientos perfectos: Su tristeza no es debilidad, sino la expresión de un amor perfecto que respeta el albedrío humano y sufre cuando Sus hijos eligen el pecado, la violencia y la separación de Él.
A medida que la visión progresa, Enoc comienza a compartir el dolor de Dios y también llora (véase Moisés 7:41–44). Sin embargo, el Señor no deja a Enoc en la desesperanza. En los versículos 45–69, Dios revela razones eternas para el regocijo: la venida de Jesucristo, la promesa de redención, la victoria final sobre el pecado y la muerte, y el establecimiento de Sion en los últimos días. Estas promesas muestran que, aunque Dios llora por la maldad presente, Su plan de salvación garantiza una esperanza segura y gloriosa.
Doctrinalmente, este pasaje enseña que el gozo de Dios no niega Su dolor, ni Su dolor anula Su gozo. Ambos coexisten dentro de Su perfecta comprensión del pasado, del presente y del futuro. El Señor se regocija porque sabe que la Expiación de Jesucristo hará posible la salvación de todos los que se arrepientan, y que finalmente Sus hijos fieles heredarán la vida eterna.
Para los creyentes, Moisés 7:28–69 ofrece consuelo profundo. Saber que Dios llora con nosotros valida nuestro dolor y confirma que no estamos solos en nuestras aflicciones. Al mismo tiempo, Su invitación a “animar [nuestro] corazón” y a regocijarnos aun en medio de la amargura nos recuerda que la esperanza en Cristo puede sostenernos en las circunstancias más difíciles. Así, la visión de Enoc nos invita a confiar en un Dios que siente plenamente, que acompaña a Sus hijos en su sufrimiento y que, por medio de Jesucristo, transforma el dolor en gozo eterno.

¿Qué aprendió Enoc acerca de Dios, y qué aprendes tú en Moisés 7:28–40? — En Moisés 7:28–40, Enoc aprende que Dios no es un ser distante ni indiferente, sino un Padre perfectamente consciente y profundamente involucrado en la experiencia de Sus hijos. Enoc ve a Dios llorar, y con ello aprende que el amor divino no es abstracto: es personal, sensible y real. El Señor muestra que conoce la condición del mundo, ve la maldad, la violencia y el sufrimiento, pero también ve el potencial eterno de Sus hijos y el dolor que implica que se aparten de Él.
En estos versículos se revela que Dios llora por razones muy específicas: Sus hijos han sido creados a Su imagen y se les dio agencia; sin embargo, usan esa agencia para odiarse, oprimirse y alejarse de la vida. Por tanto, el llanto de Dios no es debilidad, sino la evidencia de un amor perfecto que honra la libertad humana y, al mismo tiempo, sufre por las consecuencias del pecado. Tú aprendes que Dios no solo juzga el mal; lo lamenta, porque cada pecado implica pérdida, oscuridad y separación. Aun así, el Señor también muestra que Su propósito es redentor: llama, advierte, invita y prepara un camino de salvación.

¿Por qué crees que Enoc se sorprendió al ver llorar a Dios? — Enoc se sorprende porque su comprensión previa —como la de muchas personas— probablemente incluía la idea de que Dios, por ser omnipotente, perfecto y glorioso, estaría por encima del dolor emocional. Ver llorar a Dios rompe esa suposición: Enoc esperaba un Dios que solo decretara o castigara, y en cambio ve un Dios que siente.
También se sorprende porque Enoc contempla la inmensidad divina: Dios gobierna mundos, posee toda sabiduría y poder, y aun así llora. Esa combinación parece paradójica desde una perspectiva humana: ¿cómo puede el Todopoderoso derramar lágrimas? La visión enseña que el poder absoluto de Dios no elimina Su compasión; al contrario, su perfección incluye amor perfecto, y el amor perfecto implica sensibilidad perfecta ante el dolor y la pérdida.

¿Por qué es importante para ti saber que Dios llora? — Saber que Dios llora es importante porque redefine tu relación con Él. Significa que no solo eres observado desde el cielo, sino amado desde el corazón de un Padre. Su llanto confirma que tu sufrimiento y tu lucha no son insignificantes; Dios no es indiferente a tus lágrimas, tus miedos o tus pérdidas. Esto aporta consuelo real: cuando duele, no estás solo, y tu dolor no es invisible para el Señor.
Además, saber que Dios llora te enseña algo sobre Su carácter: Él no se complace en castigar; se entristece por el pecado porque el pecado hiere a Sus hijos. Esto fortalece la esperanza en el arrepentimiento: el Señor no solo puede perdonar, sino que desea rescatar. Su dolor no es impotencia, sino amor que busca salvar.
Finalmente, esta doctrina invita a parecerse más a Dios. Si Dios llora por Sus hijos, entonces los discípulos de Cristo están llamados a desarrollar un corazón más compasivo: a llorar con los que lloran, a aliviar cargas y a trabajar por Sion. En ese sentido, el llanto de Dios no solo consuela; también forma al creyente, enseñándole a amar de manera más profunda y celestial.

Moisés 7:41–69 — Razones para animar el corazón y regocijarse aun en medio de la amargura
¿Por qué Enoc pudo regocijarse aun después de haber llorado? — En Moisés 7:41–69, Enoc aprende que el llanto de Dios no es el final de la historia. Después de ver la profunda maldad y el sufrimiento del mundo, Enoc recibe una visión más amplia del plan divino. Dios le muestra que el dolor presente no anula Su propósito eterno. Aunque la justicia exige consecuencias, la misericordia y la redención prevalecerán finalmente.
Enoc se regocija porque comprende que:
• Dios no ha abandonado a Sus hijos.
• El mal y la muerte no tienen la última palabra.
• Existe una obra futura de restauración, reunión y sanación.
El regocijo de Enoc no nace de ignorar el sufrimiento, sino de verlo dentro de un marco eterno, donde Dios ya ha preparado una victoria final mediante Jesucristo.

¿Qué razones para regocijarse encuentras en Moisés 7:41–69? — Estos versículos ofrecen varias razones poderosas para animar el corazón:
• La venida de Jesucristo: Enoc ve que el Hijo del Hombre será levantado, traerá redención y vencerá la muerte. Esto enseña que el sufrimiento humano es temporal, pero la Expiación es eterna.
• La resurrección y la vida eterna: Dios promete que los justos serán levantados y recibirán gloria. Esto permite enfrentar la pérdida, la injusticia y el dolor con esperanza, sabiendo que Dios restaurará lo que ahora parece irremediablemente roto.
• El regreso y la reunión de Sion: Enoc aprende que Sion no fue eliminada, sino reservada y que volverá a unirse con la Sion futura. Esta promesa enseña que Dios preserva lo bueno y lo santo, aun cuando el mundo se corrompe.
• La compasión constante de Dios: Aunque hay juicio, Dios sigue extendiendo Su mano todo el día. Esto revela que la misericordia sigue activa aun en tiempos de oscuridad.
Estas verdades permiten que el corazón se anime no porque la amargura desaparezca de inmediato, sino porque la esperanza se vuelve más grande que el dolor.

¿Qué te enseña esta visión que puede ayudarte a “animar tu corazón y regocijarte” a pesar de la amargura? (Moisés 7:44) — La visión de Enoc enseña que regocijarse no significa negar la amargura, sino confiar en Dios mientras se vive con ella. Enoc no deja de llorar porque deja de amar; deja de estar abrumado porque entiende que Dios ya ha previsto un desenlace redentor.
Esto puede ayudarte a:
• Aceptar que es válido llorar y sentir dolor.
• Confiar en que Dios ve el final desde el principio.
• Recordar que tu historia personal no se limita al momento presente.
• Anclar tu esperanza en Cristo, no en circunstancias cambiantes.
El regocijo que Dios ofrece es un regocijo con cicatrices, nacido de la fe en promesas futuras más que de la comodidad presente.

¿Cómo se relaciona esto con el mensaje del élder Jeffrey R. Holland, “La grandiosidad de Dios”?. En “La grandiosidad de Dios”, el élder Holland enseña que la grandeza de Dios se manifiesta precisamente en Su compasión, en que Él conoce el sufrimiento humano y aun así ofrece esperanza. Este mensaje armoniza profundamente con Moisés 7: Dios no es grande a pesar de que llora; es grande porque ama de tal manera que puede llorar y aun así salvar.
El élder Holland testifica que:
• Dios no es indiferente a nuestras pruebas.
• El amor divino es más grande que cualquier tragedia humana.
• La esperanza en Cristo permite seguir adelante aun cuando no todo se entiende.
Así como Enoc fue consolado al ver la obra redentora futura de Dios, este mensaje invita a confiar en la grandeza de Dios cuando nuestra perspectiva es limitada.

Moisés 7:41–69 enseña que Dios permite que veamos el dolor, pero no sin mostrarnos también la esperanza. Enoc aprende que el llanto y el regocijo no son opuestos en el plan de Dios: ambos coexisten en un amor perfecto que honra la agencia humana y garantiza una redención final.
Esta visión anima el corazón al recordar que ninguna amargura es eterna, ninguna injusticia es definitiva y ningún dolor queda sin respuesta. En Jesucristo, Dios ha preparado razones suficientes para que, aun llorando, podamos seguir adelante con fe y regocijo.

Conclusión final — Moisés 7:28–69 culmina con una de las revelaciones más profundas sobre el corazón de Dios que se encuentran en todas las Escrituras. Este pasaje testifica que el Padre Celestial no es distante ni emocionalmente indiferente, sino un Dios perfectamente amoroso, que llora por el sufrimiento de Sus hijos y, al mismo tiempo, se regocija con una esperanza eterna firmemente anclada en Jesucristo. Su llanto no revela debilidad, sino la grandeza de un amor perfecto que respeta la agencia humana y sufre cuando esa agencia conduce al pecado, la violencia y la separación.
La visión de Enoc enseña que el dolor de Dios y Su gozo no se contradicen. Ambos coexisten dentro de Su conocimiento perfecto del plan de salvación. Dios llora porque ama plenamente; Dios se regocija porque sabe que la Expiación de Jesucristo hará posible la redención, la resurrección y la victoria final sobre el pecado y la muerte. Así, el sufrimiento presente nunca tiene la última palabra, ni para Dios ni para Sus hijos.
Para el creyente, esta doctrina ofrece un consuelo extraordinario. Saber que Dios llora valida el dolor humano y confirma que nuestras aflicciones no pasan inadvertidas ante Él. Al mismo tiempo, la invitación divina a “animar el corazón” y regocijarse aun en medio de la amargura enseña que la esperanza en Cristo no elimina inmediatamente el dolor, pero sí lo transforma. El regocijo que Dios ofrece no es superficial ni ingenuo; es un gozo profundo, nacido de la certeza de que Su plan redentor es real, activo y victorioso.
En conjunto, Moisés 7:28–69 invita a confiar en un Dios que siente plenamente, que camina con Sus hijos en el sufrimiento y que, por medio de Jesucristo, convierte el llanto en esperanza y la amargura en gozo eterno. Esta visión afirma con poder que ninguna tristeza es definitiva, ninguna injusticia es eterna y ningún dolor queda sin respuesta cuando se confía en el Dios que llora con nosotros y se regocija en nuestra redención futura.


Moisés 7:59–67
Jesucristo vendrá otra vez en los últimos días.


Moisés 7:59–67 contiene una de las revelaciones más tempranas y claras sobre la Segunda Venida de Jesucristo y los acontecimientos que la precederán. En la visión de Enoc, el Señor sitúa la historia humana dentro de un marco profético amplio y lleno de esperanza: aunque la tierra experimente corrupción, violencia y apostasía, Dios no abandonará Su obra ni a Sus hijos. La Segunda Venida del Salvador es presentada como el clímax del plan de salvación y la respuesta definitiva a la injusticia y al sufrimiento del mundo.
En estos versículos, los últimos días se describen como una época de contraste: por un lado, habrá gran iniquidad y tinieblas espirituales; por otro, el Señor acelerará Su obra redentora. Moisés 7:62 declara que la justicia y la verdad se esparcirán “como un diluvio” para recoger a los elegidos y preparar a un pueblo para la venida del Hijo del Hombre. Doctrinalmente, esta imagen enseña que la obra de Dios en los últimos días no es defensiva ni limitada, sino poderosa, expansiva y guiada por revelación continua.
La profecía también vincula estrechamente la Segunda Venida con el establecimiento de Sion. Antes de que Cristo regrese en gloria, el Señor preparará un pueblo santificado, unido por convenios y comprometido con la rectitud. Sion se presenta como un refugio espiritual y una defensa contra las tormentas de los últimos días, lo que subraya que la preparación para la Segunda Venida es tanto personal como colectiva.
Además, Moisés 7:63–65 enseña que la venida del Salvador será literal, gloriosa y visible. Cristo regresará como Rey, acompañado de poder y majestad, para morar con Su pueblo. Esta promesa refuerza la doctrina de que la historia no avanza hacia el caos final, sino hacia la restauración, el juicio justo y el establecimiento pleno del reino de Dios sobre la tierra.
Doctrinalmente, Moisés 7:59–67 invita a los creyentes no al temor, sino a la esperanza activa. Saber que Jesucristo vendrá otra vez motiva a vivir con fe, a edificar Sion y a participar con diligencia en la obra de salvación. La visión de Enoc testifica que los últimos días, aunque desafiantes, serán también un tiempo de gran luz, de poder espiritual y de cumplimiento de las promesas divinas, preparándonos para recibir al Rey de reyes cuando Él vuelva a reinar sobre la tierra.

¿Qué te llama la atención de la forma en que estos versículos describen los últimos días? — Moisés 7:59–67 describe los últimos días con un equilibrio notable entre juicio y misericordia, advertencia y esperanza. Llama la atención que la Segunda Venida de Jesucristo no se presenta como un evento aislado, sino como la culminación de una obra prolongada que Dios realiza con paciencia y poder. Antes de la venida gloriosa del Salvador, el Señor prepara la tierra, extiende Su palabra, reúne a Su pueblo y ofrece oportunidades repetidas de arrepentimiento.
También destaca que los últimos días son descritos como un tiempo de gran contraste: por un lado, aumenta la iniquidad y el sufrimiento; por otro, se intensifica la luz, la revelación y la obra de salvación. La presencia simultánea de oscuridad y luz enseña que el Señor no abandona al mundo en su decadencia, sino que incrementa Su obra redentora precisamente cuando más se necesita.

¿Cómo sientes que se están cumpliendo las profecías de Moisés 7:62? — Moisés 7:62 profetiza que la verdad saldrá de la tierra y la justicia mirará desde los cielos, y que ambas se unirán para llenar la tierra. Esta imagen sugiere una obra combinada: revelación escrita y revelación viva, Escrituras antiguas restauradas y guía profética continua. Muchos sienten que esta profecía se cumple en la restauración del Evangelio, en la disponibilidad mundial de las Escrituras y en la proclamación constante de la verdad mediante profetas y apóstoles vivientes.
Además, el versículo habla de una obra que alcanza “los confines de la tierra”, lo cual se refleja en la expansión global del Evangelio, el aumento de templos, la traducción de las Escrituras y el acceso sin precedentes a la palabra de Dios. Esta profecía no describe solo eventos espectaculares, sino un crecimiento constante y expansivo de la verdad, accesible a personas de toda nación, lengua y pueblo.

¿Qué te enseñan estas expresiones sobre la obra de Dios en los últimos días? — Estas expresiones enseñan que la obra de Dios en los últimos días es intencional, ordenada y profundamente misericordiosa. El Señor no apresura el juicio sin antes extender la invitación al arrepentimiento y a la salvación. Su obra consiste en reunir, sellar, sanar y preparar, no solo en advertir.
Aprendes también que Dios obra desde múltiples direcciones a la vez: desde la tierra (por medio de las Escrituras, convenios y la historia sagrada) y desde los cielos (mediante revelación continua, el Espíritu Santo y el poder del sacerdocio). La unión de verdad y justicia revela que los últimos días no son solo un tiempo de espera, sino un período activo de edificación del reino de Dios, en el que cada persona puede participar.

¿Qué esperanza personal ofrece Moisés 7:59–67 sobre la Segunda Venida de Jesucristo? — Estos versículos ofrecen la esperanza de que Jesucristo vendrá a un mundo preparado, no abandonado. Él viene para morar con los justos, para reunir a Sion y para traer descanso y paz después de un largo período de prueba. La Segunda Venida no se presenta como motivo de temor para los fieles, sino como la consumación de promesas antiguas, el momento en que la justicia y la misericordia se encuentran plenamente.
Doctrinalmente, Moisés 7:59–67 enseña que vivir en los últimos días no es vivir en desesperación, sino en expectativa fiel. El Señor dirige activamente los acontecimientos, cumple Sus profecías y avanza Su obra con poder. Saber que Jesucristo vendrá otra vez invita a vivir con mayor rectitud, esperanza y compromiso, confiando en que la luz aumentará hasta que Él regrese.

Conclusión final — Moisés 7:59–67 cierra la visión de Enoc con una declaración profética llena de esperanza activa y certeza divina: la historia humana no avanza hacia el caos definitivo, sino hacia la venida gloriosa de Jesucristo y el establecimiento pleno de Su reino. Aunque los últimos días estarán marcados por contrastes intensos —iniquidad y rectitud, tinieblas y luz—, el Señor dirige cada acontecimiento conforme a un plan redentor cuidadosamente ordenado.
Estos versículos enseñan que la Segunda Venida no será un acto aislado ni repentino sin preparación previa, sino la culminación de una obra extensa de revelación, reunión y santificación. La imagen de la verdad que sale de la tierra y la justicia que mira desde los cielos revela a un Dios que obra simultáneamente en lo visible y en lo invisible, restaurando Escrituras, guiando mediante revelación continua y extendiendo Su Evangelio a todas las naciones. Así, la obra de los últimos días no es defensiva ni reactiva, sino expansiva, misericordiosa y llena de poder espiritual.
La visión también conecta inseparablemente la Segunda Venida con la edificación de Sion. Antes de que Cristo regrese como Rey, el Señor prepara un pueblo unido por convenios, purificado por la obediencia y sostenido por la fe. Sion aparece como refugio, defensa y señal de que Dios no abandona a Sus hijos en tiempos difíciles, sino que los reúne y fortalece para recibir al Salvador.
Doctrinalmente, Moisés 7:59–67 invita a vivir los últimos días no con temor, sino con expectativa fiel y compromiso consciente. Saber que Jesucristo vendrá otra vez motiva a vivir con mayor rectitud, a participar activamente en la obra de salvación y a edificar Sion en lo personal y en lo colectivo. La promesa final es clara y consoladora: la luz aumentará hasta que Cristo vuelva, y aquellos que confían en Él descubrirán que los últimos días, aunque desafiantes, son también un tiempo de gran esperanza, propósito y cumplimiento de las promesas eternas de Dios.

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